CAPITULO 8
Cuando el taxi me dejó en el apartamento, ya eran casi las once de la noche. Exhausta, entré y encontré a Tanya mirando Keeping up with the Kardashians. Estaba bebiendo una coca cola dietética como siempre y vestía otra camiseta rosada y azul de la hermandad y shorts que combinaban, de cuando iba a la universidad.
Tanya detuvo el programa y se levantó del sofá.
—¡Volviste! No sabía si pasarías la noche en casa. ¿Qué tal el viaje?
Dejé mis cosas sobre la encimera y abrí el refrigerador esperando encontrar algo para comer. Afortunadamente, había unas tiras de queso que eran mías. Las tomé.
—Estuvo bueno. Tiene una isla privada con una cabaña que fue donde nos quedamos. Toda el área es preciosa.
—¿Una isla privada? ¿Me estás tomando el pelo? —Tanya tomó asiento en una banqueta de la cocina, donde yo estaba de pie—. ¡Qué envidia te tengo! Mira cómo te estás bronceando con todos estos viajes. Tengo que conseguirme un multimillonario que me lleve con frecuencia al Caribe.
Bajé la vista hacia los antebrazos. Ni se me había ocurrido que me estuviera bronceando pero estaba adquiriendo un color bastante bonito.
—Salir con un multimillonario tiene sus ventajas, debo reconocerlo.
Ella se rió.
—Las cosas han estado tranquilas aquí.
Desenvolví el queso y extraje una tira para comer.
—Al menos parece que te sientes mejor —le dije, masticando.
Ella asintió.
—Así es. Mejor estar aburrida antes que enferma. Entonces, ¿cómo está Edward, después de todo? ¿Han tenido la conversación?
—¿La conversación?
—Ya sabes, sobre si son novios, ese tipo de cosas. Ya es hora, ¿no?
¿Será que todos ven mis intenciones tan fácilmente? ¿Cómo podría salir con Edward en secreto si la gente podía leerme los pensamientos? Tenía que recordarme que jamás debía jugar al póker.
—De hecho, la tuvimos.
—¿Ah sí? ¿Cómo surgió? ¿Tú la comenzaste?
Hice una mueca ante el recuerdo de la tarde anterior. Había terminado bien, pero había habido algunas sacudidas.
—Algo así. En realidad, antes de ello discutimos un poco. Cuando estábamos allí nos encontramos con una ex novia de él.
A mi compañera se le abrieron bien los ojos.
—¿En su isla privada?
Negué con la cabeza.
—No, estábamos en una isla cercana más grande comiendo algo y comprando algunas provisiones para la cabaña.
—Ah, está bien. ¡Vaya mierda! ¿Era sexy?
Lancé las manos arriba.
—¡Un poco de comprensión me vendría bien!
Ella se encogió de hombros.
—Estoy tratando de descubrir cuánta comprensión necesitas. A juzgar por tu reacción, supongo que era de infarto. Lo siento, eso suena brutal.
Hice una mueca.
—Es surfista profesional. Estaba allí modelando, en realidad.
Tanya levantó las cejas.
—¿Coqueteó con él?
—¡Ay sí! Edward dijo que creía que me estaba probando.
Fue su turno de hacer una mueca.
—¿Cómo reaccionó él?
Recordar la reacción de Edward, o la ausencia de ella, a los coqueteos de Irina me produjo una nueva burbuja de náuseas en el estómago.
—No le dijo nada. Parece que no creyó que tuviera importancia.
—Ahora veo por qué discutieron. ¿Cómo se llama esta chica surfista?
—Irina Diamond. Y sí, pero la conversación que tuvimos al respecto terminó bien.
Mientras le hablaba, Tanya había sacado rápidamente su teléfono y estaba pulsando y deslizando la pantalla. Con la boca hizo una "O".
—Mira esos abdominales, ¡por Dios! Lo siento mucho, Isabella, que una chica tan sexy como ella intentara seducir a tu hombre debió de haber sido terrible.
Le arrebaté el teléfono de las manos.
—¡Tanya, realmente no me estás ayudando!
Intentó tomar su teléfono de nuevo pero yo lo aparté.
—¡Solo trato de comprender la situación, Bella! Devuélveme el teléfono. Te prometo que dejaré de investigar a esta chica.
Negué con la cabeza.
—Ni siquiera has escuchado la parte buena aún.
Hizo un último intento por agarrar el teléfono, pero fui más rápida que ella. Finalmente, descansó las manos sobre el regazo.
—Bueno, está bien. Entonces, aparece esta ninfa de la costa marina con unos abdominales que parecen sacados de un libro de anatomía. ¿Qué sucede después?
Resoplé. Iba a ponerse caprichosa con esto.
—Está bien. Toma tu teléfono, pero basta de comentarios acerca de lo sexy que es Irina, ¿está bien? O de su cuerpo.
Tanya sonrió y tomó el teléfono como un niño al que le regalan un dulce.
—Gracias. Entonces, te encontraste con esta mujer, ¿y luego qué?
—Bueno, estábamos en esta tiendita y ella entra. Todos la miran porque está en bikini. —Observé a mi amiga detenidamente, pero tenía una cara de póker mejor que la mía—. Se nos acerca y le dice "Eddie", como si fueran amantes.
Al oír esto, Tanya estalló en una carcajada.
—¿"Eddie"? ¿Tú lo llamas así?
—¡No! No creo que le quede bien.
Ella negó con la cabeza, todavía riendo.
—Yo tampoco.
Le conté sobre su historia de noviazgo, excluyendo la parte del tatuaje. Tanya asentía atentamente.
—Parece que ahora solo son amigos, ¿no? Obviamente su relación personal es útil en lo profesional, pero en realidad ahora ella no le interesa.
Tamborileaba con los dedos sobre la encimera, pensando si debía soltarle lo del tatuaje.
—Bueno, hay un detalle extraño. Tiene un diamante tatuado en las costillas.
Observé cómo Tanya lo procesaba durante un segundo antes de quedar con la boca abierta.
—Espera. ¿Se lo hizo por ella?
Asentí.
—Se lo hizo cuando tenía veinte.
Frunció los labios mientras reflexionaba.
—Ahora tiene como treinta, ¿no? Fue hace mucho tiempo.
—Sí, treinta y uno. Dice que no tiene motivos para quitárselo porque todavía son amigos. Parece que no se llevan mal.
—En realidad, eso es bastante bueno. Si todavía la amara pero no pudiera estar con ella, le dolería verse esa cosa cada vez que se quita la camisa. Sé que cuando la ruptura con alguien es desagradable tengo que deshacerme de todo lo que me recuerde al tipo.
Me froté el meñique. A veces no puedes deshacerte de todos los recordatorios.
—Supongo que tienes experiencia —le comenté.
Tanya sonrió.
—Incluso descarto la ropa interior que usaba cuando termino con alguien.
—¿Qué?
Sonrió a medias.
—Lo siento, ¿demasiada información?
—¡Por Dios! ¡Sí! ¿Por qué diablos harías eso?
Cerró un ojo, riéndose entre dientes.
—¿De verdad quieres saberlo?
Lo pensé, pero negué con la cabeza.
—Tienes razón, no quiero.
Siguió riéndose por un minuto antes de recobrar la compostura.
—Como sea, tiene este tatuaje. Dijiste que había una parte buena.
Le conté acerca de cómo Edward me había reconfortado, y también sobre la foto que tomó. Le sorprendió que quisiera tener una foto de mí en la cabaña y en el apartamento. Ver cómo reaccionó ante la historia me hizo sentir mejor acerca de mi reacción ante la situación. Me había conmocionado verlo cerca de Irina pero, después de todo, las cosas habían terminado bien.
—Bueno, todo eso suena bien —me dijo—. Estoy muy feliz por ti. ¿Cómo marcha el otro aspecto de la relación?
—¿Qué aspecto?
—El sexo, tonta.
Me sonrojé. La mente de Tanya nunca se apartaba de los temas sucios.
—Marcha bien.
Esperó, sus ojos azules me instaban a que continuara.
—¿Marcha bien? No puedes salir con un hombre tan atractivo y dejarme con eso. Aquí estoy mirando reality shows y engullendo coca-cola light.
Me encogí de hombros. No era algo de lo que me gustara hablar, ni siquiera con Tanya.
—Estaban en su isla privada. Si se quedaron adentro e hicieron el misionero en la cama, te voy a dar una bofetada.
Las mejillas se me encendieron aún más al pensar lo lejos de la realidad que estaba la insinuación de Tanya. Sabía que estaba intentando que perdiera los estribos. Ella sabía que me desconcertaría que hablara tan directamente sobre sexo.
—Te diré que no nos quedamos adentro todo el día. Pero no te diré más que eso.
Tanya proyectó el labio, haciendo un mohín.
—¿No puedes lanzarle un huesito a esta chica?
Le salía bien hacerse la patética, pero me mantuve firme.
—Lo siento. Simplemente no me gusta hablar de esas cosas. Lo sabes.
Suspiró y dejó caer los hombros bruscamente. Sentada sobre la banqueta de la cocina, con su atuendo de la hermandad y el cabello rubio que le cubría el rostro, lucía casi graciosa.
—Está bien —dijo un momento después—. Pero, en general, ¿las cosas marchan bien?
Inhalé profundamente.
—Sí, el asunto de Irina fue aterrador, pero lo que más me asustó fue darme cuenta de cuánto comienza a significar él para mí.
—Parece que te lo estás tomando en serio bastante rápido.
—Supongo —le dije, sorprendiéndome por el dejo de tristeza en mi tono.
—¿Él se siente del mismo modo?
¿Se sentía así? Me había dicho que estaba loco por mí y que tuviera una fotografía de mí en su cabaña era un gesto tierno, pero simplemente me costaba confiar completamente en él. Sabía que pasaba mucho tiempo fuera, en lugares muy diferentes y conocía el efecto que causaba en las mujeres. Por otro lado, en realidad, no me había dado ningún motivo para que no confiara en él. Quizás era algo que solo tomaría un poco de tiempo.
—Dijo que estaba loco por mí —le respondí—. No sé cuánto más puede hacer para hacerme saber qué siente.
—Los viajes a las islas también han sido lindos. ¿Ya has considerado decirle la palabra que empieza con A?
El pánico me inundó todo el sistema. ¿Ya me había enamorado de Edward, después de años de que no me interesaran los hombres?
—No. Me parece muy pronto, ¿no crees? No ha pasado tanto tiempo.
Tanya se puso de pie y tomó un vaso de agua.
—Es lo que es —dijo. Tomó un sorbo—. No tienes que apurarte. Solo preguntaba. Como sea, probablemente debería irme a la cama. Hasta mañana.
Le deseé buenas noches y me senté en el lugar que ella había ocupado un rato antes. ¿Amaba a Edward? Las cosas habían transcurrido tan rápido que ni siquiera me había detenido a analizar mis sentimientos. El tiempo pasaba, no obstante. Me gustara o no, mi relación con Edward no podía permanecer en el mismo lugar indefinidamente.
Cuando Edward y yo aterrizamos ayer en el JFK, me dijo que debía hacer algunos cambios antes de viajar de regreso a Brasil. Volvería tan pronto como pudiera y se aseguraría de hacérmelo saber. Aunque volara en charter como lo hacía, no comprendía cómo podía sostener su agenda. Sonaba extenuante pasar tanto tiempo en tantos lugares distintos.
La mañana del lunes me encontró en un lugar muy conocido: delante de la computadora del trabajo. Aunque la oficina era algo a lo que todavía me estaba acostumbrando. Pasé la mañana ordenando mi bandeja de entrada y leyendo la lista extensa de recordatorios de la oficina que esperaban allí. A pesar de que quería ponerme a trabajar en la tarea más interesante de crear el plan de inversión de Edward, si no terminaba con estos correos electrónicos ahora, simplemente se acumularían y tal cantidad se volvería inmanejable. Era una parte importante de mi trabajo asegurarme de que no me perdiera ninguna comunicación que podría ser de vital importancia.
Mi diligencia valió la pena cuando vi un correo electrónico que Carl me había enviado diez minutos antes de que llegara a la oficina. El mensaje decía que me reuniera con él en su oficina a las diez. Tenía una oportunidad interesante sobre un cliente potencial que quería que analizáramos. Configuré una alarma en mi calendario para la reunión y me apuré a leer el resto de los mensajes.
Ya tenía la reunión encima antes de que hubiera podido comenzar el trabajo para Edward. Tomé un anotador y me dirigí apurada por el piso hasta la oficina de Carl. Esta vez, la puerta se encontraba abierta, aunque estaba al teléfono.
Me hizo una seña con la mano para que entrara y di un paso adelante, me quedé esperando justo delante de la puerta.
—Ted, tengo una reunión. Tendremos que continuar con esto durante el almuerzo. Sí, entendido, 12:30. En el lugar de siempre. Nos vemos.
Colgó el teléfono y se volvió hacia mí.
—Isabella, muchas gracias por venir. Cierra la puerta y toma asiento.
Eso hice. Carl revolvió unos papeles hasta que encontró el expediente que quería. Aunque no era un ludita, prefería hacer las cosas en papel más que la mayoría de la gente de la empresa. Era el motivo por el que tomaba notas en un anotador en lugar de hacerlo en mi computadora portátil. Prestar atención a los pequeños detalles como aquel era importante en Waterbridge-Howser.
Dio un golpe con las manos y se las frotó entre sí, mirándome por encima de sus anteojos.
—Primero: Cullen. No me ha llegado ninguna noticia mala, lo que, desde mi punto de vista, significa que las cosas marchan bien. ¿Estoy en lo cierto?
Asentí con la cabeza.
—Las cosas marchan muy bien. Estoy preparando los últimos detalles de la estrategia y pronto estaré lista para presentarla.
—Excelente. Es un cliente complicado, así que no le des tregua, pero hasta el momento parece que te estás encargando del asunto. Buen trabajo.
—Gracias. —Sonreí. Carl comprendía que era parte de ser un buen jefe el asegurarse de que la gente se sintiera apreciada cuando hacía bien su trabajo. Cada granito de arena contribuía.
—Te lo mereces. Como siempre, hazme saber si necesitas algo. De cualquier manera, te pedí que vinieras porque tengo un posible cliente que creo que sería perfecto para ti. ¿Crees que podrías acomodar tu agenda para otra presentación promocional?
Trabajar en la presentación promocional para otro cliente nuevo significaría muchos días trabajando hasta tarde además de lo que ya estaba haciendo para Edward.
Sin embargo, como había demostrado la presentación para Edward, trabajar en un nuevo negocio era la mejor manera de obtener incentivos y ascensos. Acababa de obtener un ascenso, así que probablemente este no me significaría otro más, pero sería otro granito de arena para mi próximo avance. Con todo lo que Edward pasaba fuera, no era como si tuviera una presión en mi vida personal. Si me ponía a pensar, la distracción sería agradable.
—Por supuesto —le respondí.
—Excelente. Tendrás un analista trabajando contigo en ella, lo que debería alivianar un poco la carga temporal. El candidato es una mujer que ha impulsado su fama como modelo deportiva vendiendo equipos deportivos para el hogar.
¿Dijo modelo deportiva? Sentí una opresión en el pecho. Por más que pareciera muy poco probable debía asegurarme.
—¿El cliente potencial es Irina Diamond?
Carl frunció el entrecejo y miró el expediente.
—No. Su nombre es Selena Devries. ¿Quién es Irina Diamond?
El alivio me recorrió todo el cuerpo desde el pecho hacia afuera. Pensé en una mentira adecuada para decirle acerca de Irina.
—Una surfista profesional sobre la que obtuve información cuando realizaba la investigación para la cuenta de Cullen —le dije. En gran medida aquello era cierto, según la definición de investigación que se considerara—. También hace un poco de modelaje deportivo. Perdón por interrumpir.
—De verdad tienes una comprensión muy buena de la cuenta. —Se rió por lo bajo—. Tengo que decirlo, es impresionante. Realmente estás al tanto de todo lo relacionado con ese tipo.
Me sonrojé, pero estaba examinando de nuevo el expediente y no lo notó. Cuando terminó de darme los detalles acerca de Selena Devries, me dio la instrucción de que le proveyera un plan de acción y algunos materiales para comienzos de la semana siguiente. Salí de su oficina emocionada ante la oportunidad de conseguir otro cliente considerable.
Luego de regresar a mi oficina, le envié un mensaje de texto a Edward con las novedades. Algunas horas más tarde me respondió.
Excelente. Tendrás que contarme más cuando hablemos. Intentaré llamarte esta semana.
Decepcionada porque no podría hablar con él aquella noche, le respondí con otro mensaje.
¿No puedes escaparte esta noche ni siquiera un ratito?
Le llevó otros quince minutos responderme.
Con suerte podré dormir esta noche, lo siento. Apenas tenga tiempo libre, te llamaré.
Frustrada, dejé el teléfono sobre el escritorio y retomé mi trabajo. No era que yo no tuviera muchas cosas que hacer. Edward me había dicho desde el principio que era un hombre muy ocupado y que generalmente no tenía mucho tiempo para dedicarle a una relación de verdad. En aquel momento no le hice caso pero quizás ese era un motivo de ruptura para mí. Estar en una relación con un hombre que constantemente saltaba de un continente a otro significaba que debería pasar mucho tiempo básicamente como soltera. Hasta entonces no había sido un problema, pero ahora me daba cuenta de que podría ser que me estuviera enganchando.
El resto de la jornada laboral se fue difuminando, al igual que el resto de la semana de trabajo. El fin de semana pasó sin ninguna llamada de Edward. Cada vez que le enviaba un mensaje de texto, demoraba tanto en responder que había perdido las esperanzas de tener una conversación. Otra semana de trabajo pasó hasta que llegó el viernes otra vez. El jueves me había quedado hasta tarde trabajando en la presentación de Devries, por lo que cuando mi teléfono sonó media hora más temprano el viernes por la mañana, me molesté. Lo tomé y vi que era Edward.
Contenta de finalmente tener noticias de él, atendí.
—Hola —le dije.
—Hola, hermosa. Discúlpame por llamar tan temprano. Esta es la primera vez que tengo un poco de tiempo libre desde hace un par de semanas. —Se lo oía extenuado.
Me restregué los ojos, intentando despertarme.
—Comenzaba a pensar que te habías olvidado de mí. ¿Está todo bien?
—Algo así. Ahora mismo estoy en Lisboa, en realidad. Volé hace algunas horas. No sé si te mencioné que venía aquí.
Me decepcionaba un poco que no me hubiera contado que iba a viajar, pero supuse que no importaba. Me senté en la cama y me di cuenta de que sentía un poco de náuseas.
—No me dijiste. ¿Qué haces allí?
—Más reuniones. Estamos haciendo una campaña en el mercado europeo con algunos de nuestros trajes de baño para surfear.
—Parece que tu vida ha sido una locura.
Suspiró.
—Para ser sincero, esto es casi normal. Como te dije, suelo andar por todas partes.
Las náuseas que sentía estaban empeorando. ¿Será que la comida china que había cenado la noche anterior estaba en mal estado? Quizás simplemente extrañaba tanto a Edward que me producía aquello. Esperaba que no me estuviera enfermando. Trabajar en una presentación mientras estabas enferma era una buena receta para la miseria.
—¿Cuándo crees que regresarás?
Oí la voz de otro hombre del lado de Edward. Él maldijo.
—Lo siento, Isabella, tengo que irme. Los materiales para mi próxima reunión no están listos, aparentemente. Te avisaré cuándo esté de regreso en Nueva York apenas tenga un panorama más claro. Dependerá de cómo vayan las reuniones aquí. Lo siento, de nuevo. Me pondré en contacto pronto.
El corazón me dio un vuelco. La agenda de Edward realmente estaba agobiando nuestra relación. Antes había dado por sentado la cantidad de tiempo que lo veía y ni siquiera era mucha.
—Está bien, adiós.
Cortó. Bajé la vista hacia el teléfono y vi que todavía me quedaban otros cuarenta minutos antes de que tuviera que levantarme. Cuando me di vuelta para hundirme en la almohada, sentí una nueva ola de náuseas. Temiendo que fuera a vomitar, me levanté y corrí al baño. Casi no llego.
Después de eso, me sentí mejor. Fui a la cocina y saqué un refresco que tomé lentamente. Las náuseas parecían haber desaparecido casi por completo, así que decidí que iría al trabajo. Qué hacer acerca de Edward era otra historia. No era realmente su culpa que estuviera tan ocupado, pero aun así me sentía más que un poquito abandonada. A pesar de que no estaba segura exactamente de qué podía hacer él, necesitaba que habláramos al respecto.
Si íbamos a ser una pareja, no podíamos mantenerlo en secreto para siempre. Edward había dicho correctamente que relacionarse con los clientes no estaba expresamente prohibido. No quería divulgar nuestra relación a toda la oficina, pero podíamos arriesgarnos a tener una linda cena en la ciudad. Demostraría cuánto me importaba él. Cuando fuera que Edward regresara, me decidí a invitarlo a salir a comer un buen bistec. Yo lo invitaría.
Al final llamó unos días más tarde. Aparentemente, la respuesta en Lisboa había sido mediocre. No era el fin de la línea para el emprendimiento, pero regresaría a Nueva York por unos días para trabajar con otro equipo sobre cómo proceder. Cuando le dije que quería llevarlo a cenar, se mostró sinceramente emocionado. Llegaría el viernes tarde, por la mañana y saldríamos el viernes por la noche, a pesar de mis quejas sobre el jet lag.
.
Finalmente, llegó la noche del viernes. A pesar de mi agenda atareada, logré hacerme tiempo para comprar un vestido nuevo para la ocasión. Era un vestido de tubo negro, fruncido y de corte al cuerpo para que colgara desde las caderas. Con los zapatos negros de tacón de aguja, los labios rojos y el cabello que se me rizaba de la manera apropiada, me sentía más sexy de lo que nunca me había sentido para una cita. Cuando ingresé a la cocina para alardear frente a Tanya, la mandíbula se le cayó.
—¡Mírate, chica sexy! Apuesto a que definitivamente se le hará agua la boca.
Sonreí radiante.
—Gracias. ¿Tú saldrás?
Ella asintió. Vestía un vestidito muy corto azul brillante que me hizo suponer que iría a una discoteca.
—Sí, esta noche nos vamos a merodear por allí con las chicas. De hecho, iré a tomar unos tragos temprano a la casa de Jen antes de salir a cenar e ir a bailar. Quién sabe, quizás hasta enganche a mi propio multimillonario. ¿Adónde vais?
—Strip House. Después de todos estos fines de semana caribeños supongo que yo puedo invitarlo a comer un rico bistec.
El timbre de nuestra puerta sonó. Eché un vistazo al reloj del horno: las siete en punto. Agobiado como probablemente debía de estar por el viaje, llegó puntual. Luego de despedirme rápidamente de Tanya y de agarrar mi bolso de mano, me apresuré a bajar para encontrarme con Edward afuera.
Estaba recostado contra un poste de la luz, mirando su reloj pulsera como si estuviese posando para una fotografía. Llevaba una camisa negra con las mangas arrolladas hacia arriba y pantalones negros. La piel tenía el color dorado de un hombre que ha estado pasando mucho tiempo en un clima tropical. Los días que estuvimos lejos casi me habían hecho olvidar lo atractivo que me resultaba. La manera en la que estaba allí de pie, casi hizo que lo invitara a subir a mi apartamento para poder ponerle las manos encima de inmediato.
Levantó la mirada y se enderezó. Lo observé disfrutar de mi aspecto para la noche. Subiendo la vista desde mis piernas hasta los ojos, sonrió.
—Hola, Isabella.
Mi sonrisa resplandeció.
—Hola, Edward.
—Me gusta tu atuendo. —Dio un paso para acercarse a mí y se inclinó para susurrarme al oído—: Lucirá aún mejor desparramado por el suelo.
Presioné la mejilla contra su pecho.
—Creo que tienes razón. Pero primero debemos alimentarnos.
Me tomó de la mano.
—¿Adónde vamos?
—Hice una reserva en Strip House. Está lindo afuera, así que creo que deberíamos caminar.
Edward miró alrededor y luego se encogió de hombros.
—Guíame.
Llegamos a Strip House veinte minutos más tarde, de la mano todo el camino. El restaurante estaba decorado con un estilo de burdel de 1890, con empapelado rojo y luces bajas. La guía Zagat Guide tenía razón: definitivamente tenía un estilo romántico y un poco travieso. Estaba muy satisfecha con la elección.
Edward miró alrededor y disfrutó de la vista de todo.
—Buena elección —me dijo. Mientras la anfitriona nos conducía hasta nuestros asientos, deslizó la mano por mi espalda, tocando la banda de mi ropa interior a través del vestido.
Me estremecí ante el gesto íntimo. Los pensamientos de cómo podría terminar la noche lanzaron una ola de calor por todo mi cuerpo. Cada roce simplemente hacía que lo anhelara más aún. La forma en que lo deseaba rozaba lo alarmante: los últimos dos años me había esmerado por ser una persona autosuficiente, pero nada podía reemplazar a estas manos sobre mi cuerpo.
Tomamos asiento y ordenamos rápidamente. Pedí una botella de malbec para compartir y ambos ordenamos bistec. Edward lucía más relajado de lo que yo había pensado que estaría. Aunque, de nuevo, estaba impresionada por su capacidad de cambiar de un modo a otro a la perfección.
Charlamos hasta que llegó el vino. Había decidido que quería esperar hasta tener un poco de coraje líquido antes de sacar el tema de su agenda. Todavía no había ninguna respuesta que se me ocurriera en cuanto a lo que podía hacer pero pensé que no haría daño que tuviera presente el hecho de que me molestaba. Si se ofendía, quizás, por mucho que doliera, sacarlo de mi vida sería lo mejor. Algún tipo de equilibrio entre el trabajo y la vida de quien fuera con quien terminara era importante para mí. Por más loco que me sonara, me di cuenta de que pensar en él en esos términos no era demasiado inverosímil. Por supuesto, aquel era solo mi punto de vista. No estaba segura de que él se sintiera del mismo modo.
Una vez que el vino hubo llegado, tomé un gran trago. Al mirar a Edward, percibí que me observaba detenidamente. Me conocía lo suficiente como para saber que algo pasaba.
—¿Entonces? —le dije, recomponiéndome— ¿Cómo estuvo tu viaje?
Apretó las cejas.
—Bien. Negocios. ¿Hay algo que me quieras decir?
Inhalé profundamente.
—Te fuiste por mucho tiempo.
—Ya lo sé. Fue extenuante.
—¿Es normal para ti?
Se mordió el labio.
—Sí y no. Sucede. Cuando diriges una empresa, a veces simplemente debes ser la persona que se encargue de las cosas.
—¿No puedes simplemente delegar a alguien más y despedirlos si no lo hacen bien?
Una llama estalló en la parte posterior de sus ojos mientras su mandíbula continuaba moviéndose.
—Podría, seguro. Podría hacer lo que quisiera.
La intensidad con la que comenzó a hablar me sobresaltó. Sabía que podía adivinar la respuesta a la siguiente pregunta, pero aun así la formulé.
—¿Y entonces por qué no lo haces?
—Porque hay muchas personas cuyos trabajos dependen de que mi compañía sea buena en lo que hace y les debo a todas ellas el intentar que mi compañía sea lo mejor que pueda.
Me hallé asintiendo antes de darme cuenta. Era una respuesta más altruista de la que esperaba.
—Además —continuó—, tengo treinta y uno. No me estoy acercando precisamente a la edad de retirarme. Aunque haya tenido mucho éxito, todavía tengo ambiciones por las cuales impulsar más a la compañía.
Aquella se acercaba más a la respuesta que había supuesto.
—¿Cómo encajo yo en esos planes? —le pregunté. Las lágrimas luchaban por salir, pero las contuve. No quería llorar a causa de esta conversación, en especial en público.
Su expresión se suavizó.
—Todavía intento resolverlo. Créeme, lo tengo muy presente.
—Estas dos últimas semanas fueron muy difíciles para mí. Sentía que era solo algo más en tu lista de tareas pendientes.
Suspiró.
—Isabella, te dije en el juego de los Knicks que soy un hombre muy ocupado.
—Ya lo sé. Y no le di importancia en aquel momento. Pero se está volviendo un problema para mí. —Todavía estaba aguantando el llanto, pero no sabía cuánto más de esta conversación podría aguantar antes de que los lagrimones comenzaran a caer. Me resultaba raro no poder controlar mejor las emociones en público.
Inhaló profundamente de nuevo. Los labios delgados y los ojos entornados me indicaban que estaba pensando mucho qué diría a continuación. Esperé. Finalmente, habló:
—Solo necesito un poco de tiempo para resolver cómo hacer para que funcione. Eres importante para mí. Creo que ya te lo he demostrado. Aunque yo no sea perfecto, quiero hacer que esto funcione y suelo obtener lo que quiero cuando me lo propongo. —Sonrió—. Solo ten paciencia, por favor. Estoy trabajando en ello.
Era la mejor respuesta que podía esperar. Una sonrisa surgió en mis esperanzas. Estaba aliviada porque no se había puesto demasiado a la defensiva. Tenía razón: no hacía tanto tiempo que salíamos. No podía esperar que cambiara su estilo de vida de la noche a la mañana. Si estaba trabajando en ello, era suficiente.
Escuché que su teléfono vibraba. Metió la mano en el bolsillo y le echó un vistazo al teléfono rápidamente antes de volver a levantar la vista hacia mí.
—Discúlpame, está configurado para vibrar solamente cuando es una llamada de algún número importante. Pero esta noche seremos solo nosotros dos. Puede esperar. Lo dejaré aquí mientras voy al sanitario de hombres para que no pienses que me estoy escabullendo para encargarme de los negocios, ¿está bien?
Me sorprendió la manera en que sus ojos verdes me estudiaron el rostro. Su expresión me mostró cuán en serio se tomaba nuestra conversación. Asentí con la cabeza mostrándole que estaba de acuerdo.
—Gracias por escucharme —le dije—. Significa mucho.
Vi que se relajaba mientras sonreía.
—Lo intento. Ya vuelvo.
En efecto, dejó el teléfono junto a los cubiertos. Lo observé, preguntándome cuántas personas debían de estar intentando comunicarse con Edward a toda hora alrededor del mundo. Resultaba increíble que fuera el nexo de una empresa tan inmensa. Seguro, yo tenía que llevar el teléfono del trabajo conmigo en todo momento, pero más que nada era para atender a mis jefes. Cuando la gente acudía a Edward, era porque habían decidido que él necesitaba saber algo. Él quería esa comunicación.
El teléfono destelló —aunque no vibró— y, a pesar de mis instintos de respeto por su privacidad, lo miré. ¿Qué sería lo que la gente le enviaba a Edward a cualquier hora? Pensé que probablemente sería algo casi indescifrable para mí: informes de ganancias, recordatorios internos o algo parecido. En vez de ello, era un mensaje de texto. Lo leí al revés y sentí que se me hacía un nudo en la garganta.
El mensaje era de Irina Diamond. Extendí el brazo hasta el otro lado de la mesa y arrebaté el teléfono para leer el mensaje de manera adecuada.
¡Hola, Eddie! Me divertí mucho montando tu GALLO ;-)
El estómago me dio un vuelco. Sentía un sabor ácido en la boca. Quería lanzar el teléfono al otro lado de la sala. Junto con el vino. Sentí que la sala giraba como si fuera la embarcación de velocidad de Edward. Me sentía tan mal que pensé que vomitaría en el restaurante.
Se había dado un revolcón con Irina Diamond mientras estaba en su viaje de "negocios".
Mezclando negocios con placer. Estaba casi más enojada conmigo misma que con él por haber sido tan tonta. ¿Cómo podía haberme tragado sus estúpidas palabras encantadoras?
Inhalé un aire viciado y me levanté de la mesa. Edward podría encargarse de la cuenta sin problemas. De hecho, debería. No quería tener nada que ver con él.
Las lágrimas me inundaron los ojos mientras me marchaba del restaurante.
Estaba demasiado conmocionada para sentir nada excepto aturdimiento. ¿Cómo podría haberme hecho eso? Después de haberme asegurado tan convincentemente que ya no sentía nada por Irina, había tenido sexo con ella. Así como si nada. Probablemente ni siquiera había significado nada para él. Quizás no sentía nada por ella y simplemente tuvo sexo porque pensó que podía salir impune y necesitaba aliviar el estrés. ¿Cuáles eran las posibilidades de que yo lo descubriera, después de todo? Estuve todo el tiempo en Nueva York confiando en que no llamaba porque estaba demasiado ocupado. Con el trabajo, por supuesto.
Encontré un taxi y me subí. Unos minutos después, estaba en el apartamento. Le di un billete de veinte dólares al conductor del taxi y no esperé la vuelta. Con la vista aún borrosa por las lágrimas, abrí la puerta del apartamento y entré. No había nadie; Tanya ya debía de haberse marchado con las amigas. Por un momento consideré la idea de unirme a ellas pero lo pensé mejor. Estar con gente no era lo que necesitaba en ese preciso momento. Por ahora, lo único que quería era estar sola en mi cama y llorar.
Mi teléfono había estado vibrando adentro de la cartera durante todo el trayecto en taxi a casa. No me atreví a mirarlo. Edward seguramente tenía alguna excusa brillante para ese mensaje pero ni siquiera quería escuchar su voz en aquel momento. Mientras volvía a reproducir mentalmente nuestra relación, no podía creer lo estúpida que había sido. Por supuesto que un multimillonario amante de la adrenalina como él no querría estar atado a alguien como yo. Era demasiado prudente, demasiado aburrida para satisfacer sus necesidades. Seguro, a veces quería tener la seguridad de contar con alguien cuando volvía a casa, pero aquello nunca sería suficiente.
Siempre querría más.
Mi teléfono volvió a vibrar. Enojada, lo saqué del bolso de mano. Como era de esperar, era Edward. Había llamado diez veces y me había enviado dos mensajes de texto. No los leí antes de presionar el botón de encendido del teléfono. Quizás nunca lo haría. Podía pedirle a Tanya que encendiera el teléfono y los borrara por mí.
Una nueva ola de náuseas y lágrimas se apoderó de mí. Me recosté sobre la cama y lloré tanto como nunca antes. Cada sollozo me sacudía tan fuerte que dolía. En algunos momentos me costaba respirar, pero finalmente lo lograba. Simplemente no podía creer que hubiera hecho aquello. ¿Cómo pudo? Justo cuando finalmente me había abierto, me apuñaló por la espalda y retorció la navaja para no fallar.
Vagamente, oí un golpe en la puerta. Me había seguido a casa. Me senté y vi que el maquillaje había manchado la almohada. Genial, algo más para lavar.
Probablemente parecía un mapache. Aun así, no podía tenerlo golpeando la puerta por siempre. Mis vecinos presentarían una queja por ruidos en mi contra. Fui hasta la puerta.
—Vete —le grité—. Ni siquiera puedo mirarte a los ojos en este momento.
Los golpes se detuvieron por un segundo y luego sonaron más suaves. Me sorprendió que no me hubiera respondido con otro grito. Típico de Edward tener una respuesta medida en un momento como aquel. Mientras que previamente había admirado la manera en que podía controlarse, ahora pensaba que podría ser algún tipo de robot.
Quizás se marcharía si simplemente le gritaba de frente. Abrí la puerta y me encontré con un hombre que no era Edward.
Sentí como si mi cabeza fuera un globo de helio. Los ojos azules detrás de los anteojos sin montura brillaban con una intensidad furiosa que yo pensaba que había dejado atrás.
Era James.
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La historia de Isabella y de Edward continúa en: Entregarse a lo Bello.
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Muchas gracias por los comentarios. Que pasen un hermoso fin de semana.
Marie ƸӜƷ
