Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de Kat097, yo solo me adjudico la traducción, con el debido permiso de la autora.
Disclaimer: Twilight characters are property of Stephenie Meyer, this story is from Kat097, I'm just translating with the permission of the author.
Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite fanfiction)
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Capítulo Nueve
Jacob medio cargó a Bella de regreso a su camioneta, acomodándola en el asiento del pasajero antes de subir al asiento del conductor y encender los faros, siguiendo el camino que se alejaba de la casa tan rápido como se atrevía. Lanzó una mirada nerviosa a la mujer a su lado. Sus manos se retorcían en su regazo, su respiración era entrecortada. Su rostro estaba pálido y sus ojos muy abiertos.
Se detuvo en el pequeño camino de entrada de la cabaña y saltó para ayudar a Bella a llegar a la puerta. Sus delgados dedos temblaron contra su brazo.
Jacob entró primero, encendió todas las luces de la planta baja y dejó que Sam saliera al jardín. Bella cayó en un asiento en la mesa de la cocina y Jacob se puso a trabajar, poniendo la tetera al fuego y dejando caer bolsitas de té en un par de tazas.
Después de unos minutos, cuando ambos estuvieron sentados y sosteniendo tazas de té humeantes, Jacob se sentó pacientemente, viendo cómo la sangre regresaba a las mejillas de Bella y sus manos dejaban de temblar. Ella veía fijamente la mesa con tristeza, pero él podía ver la angustia detrás de sus ojos oscuros.
—¿Bella? —Ella lo miró y él ladeó la cabeza—. ¿Quieres contarme lo que pasó?
Entonces ella lo hizo. Le contó todo, viendo cómo su rostro se volvía cada vez más incrédulo, desde ese primer sueño hasta las flores, el hombre de la ventana, el hombre de sus sueños, el hombre que la había encontrado en el laberinto.
Él bebió un sorbo de té.
Bella negó con la cabeza en silencio, apartándose el cabello del rostro mientras lo observaba.
—Lo sé. Sé que suena loco, pero... estos sueños, no son sueños. Jacob, cuando volví aquí después de ver a ese hombre en la ventana, fui directamente arriba y encontré otra flor en mi cama. Ese tulipán. —Hizo un gesto hacia el alféizar de la ventana—. ¿Cómo pudo llegar allí?
Jacob se quedó en silencio durante un largo momento, mirando las flores. Su frente se contrajo pensando y Bella vio sus ojos oscuros que se movían de las flores a su rostro.
—Estoy tratando de pensar en una manera de explicar esto sin sonar… no sé… ¿condescendiente, tal vez? Pero te das cuenta de cuán...
—¿Loca me escucho? Oh, estoy muy consciente —dijo Bella secamente y Jacob sonrió.
—En cuanto a las flores… bueno, no cultivamos ásteres ni narcisos. Pero pueden crecer salvajes en el bosque. El viento pudo arrastrarlos o algún animal silvestre los arrojó en su camino.
—¿En mi almohada, en medio de la noche, en una casa cerrada? —preguntó Bella secamente y Jacob se encogió de hombros, suspirando.
—No lo sé. Pero… ¿qué es exactamente lo que intentas decirme, Bella? ¿Que tus sueños se hacen realidad? ¿Que alguien te acecha?
Y ahí estaba. La exposición del hecho de que Bella no sabía lo que estaba tratando de decirle, o lo que estaba tratando de explicar. ¿Cómo podía explicarlo cuando ella no entendía nada?
Jacob miró las flores de nuevo y frunció el ceño.
—Si crees que alguien te deja esas flores, quizás esté intentando decirte algo.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, las flores tienen significados. Narcisos significan vida nueva o vida eterna, algo así. —Jacob arrugó la cara, pensando—. Ásteres… creo que eso significa paciencia. Y los tulipanes son para anunciar el amor por alguien.
Bella lo miró fijamente.
—¿Cómo diablos sabes todo eso? ¿Eso es algo de jardinería? —inquirió sorprendida y Jacob tuvo la decencia de lucir avergonzado.
—No exactamente. Es más bien… mi esposa pensó que sería una actividad divertida para parejas tomar clases de arreglos florales —murmuró y Bella sonrió débilmente.
Se sentó en silencio por un momento.
—¿Quieres que llame a la policía?
—No. No tiene caso, no puedo probar nada. Las alarmas no sonaron. La cabaña está completamente cerrada antes de que me vaya a la cama, por lo que no podría haber entrado o salido tan rápido.
—Entonces, ¿qué estás sugiriendo? —preguntó Jacob de nuevo, no grosero ni agresivo, sino genuinamente perplejo.
Bella miró su té que se enfriaba rápidamente.
—… No lo sé. Solo sé que no me estoy imaginando esto.
Jacob tragó su último sorbo de té y se echó hacia atrás en su silla, haciendo una mueca cuando su teléfono móvil sonó irritante.
—Esa es mi esposa. Ya debería haber vuelto para cenar.
—Lo siento... —comenzó Bella, pero él hizo un gesto con la mano para excusarla y sacó el teléfono.
—No hay problema. —La miró—. Te diré qué… Mañana por la tarde subiremos a la casa. Revisaremos todas las puertas y nos aseguraremos de que el sistema de alarma esté encendido correctamente. ¿Eso ayudaría a tranquilizar tu mente?
Bella asintió y él sonrió cálidamente.
—Está bien. ¿Quieres que me quede? Solo que Leah puede ponerse un poco temperamental cuando se trata de cocinar…
—Vete. No te arriesgues a la ira de una mujer enojada. —Bella sonrió débilmente y él se rio entre dientes, parándose y caminando con ella hacia la puerta.
—Tienes mi número. Llama si pasa algo. Mantén a Sam contigo y cierra con seguro justo después de que me vaya, ¿está bien?
—Está bien —susurró ella y él le guiñó un ojo.
—Te traeré un poco del pastel inglés de Leah. El mejor del condado.
Bella durmió inquieta pero no tuvo visitas. Se despertó poco después de las siete, sintiendo como si no hubiera dormido nada y decidió tomar una ducha.
Pararse bajo el chorro de agua caliente alivió sus hombros tensos y doloridos e inclinó la cabeza hacia atrás dejando que el agua corriera por su rostro. Hoy, averiguarían todo. Lo harían. Tenía que haber algo en esa casa para explicar lo que estaba sucediendo.
Tenía que haber una explicación lógica, se dijo Bella, mirando su reflejo en el espejo empañado del baño. Pasó la mano por el cristal y se examinó la piel enrojecida y los ojos decididos.
Tenía que haberlo.
Jacob llegó puntualmente a las seis de la tarde, con un cuenco de pastel inglés en la mano.
—Leah dice que lo cocines a ciento ochenta grados por veinte minutos y que esta noche vamos a comer pastel de carne por si quieres un poco —saludó y Bella sonrió, poniendo el cuenco en el refrigerador.
—Eso suena bien.
—Tendrás suerte si sobra. Es mi favorito y no es probable que quede mucho. —Él se rio entre dientes, llevándola a la camioneta.
—¿Cuánto tiempo llevas casado? —preguntó Bella y él volvió a reír, una risa algo seca.
—Cinco años, por todos mis pecados. Los dos teníamos veintitrés años y parecía lo mejor que podíamos hacer en nuestro día libre. Así que fuimos a Londres, nos casamos, compramos unos bocadillos en Tesco y fuimos a dar un paseo por Victoria Embankment.
Bella lo miró fijamente y luego sonrió.
—Eso es encantador, Jacob.
—Sí, nuestras familias no lo creyeron así. Nos hicieron tener una gran fiesta. Pero el día de nuestra boda pudimos ver a un hombre perfectamente quieto mientras pintaba con aerosol plateado junto al río Támesis, entonces, ¿quién ganó realmente? —Él le guiñó un ojo y ella soltó una suave risa.
El sol estaba cayendo, por lo que parecía más un día de principios de verano que de mediados de primavera. Jacob parecía estar mucho más relajado y la determinación de Bella creó un ambiente mucho mejor que la noche anterior.
—Llamé a Shelley Cope para avisarle que íbamos a entrar. Dijo que estaba bien y que nos aseguremos de que esté limpio. Envió a un equipo de limpieza la semana pasada para prepararla para la familia.
—¿Sabes cuándo llegan?
—En cualquier momento de la próxima semana. El señor y la señora Cullen vienen de Londres, así que no queda lejos. El mayor viene de Los Ángeles, el hijo del medio y su esposa regresan de Italia y la menor, su hija, estuvo en Nueva York, por lo último que supe. Por mi vida no puedo recordar la mayoría de sus nombres. —Jacob se detuvo frente a las puertas delanteras y apagó el motor antes de darle una breve sonrisa.
—¿Lista para averiguar qué pasa?
—Estoy lista para intentarlo —murmuró Bella, desabrochando su cinturón de seguridad y mirando por la ventana a la sepulcral entrada de Cullen Hall.
Había aproximadamente cuarenta habitaciones en Cullen Hall, divididas en tres pisos. La ventana en la que Bella vio a Edward estaba en el piso medio, así que mientras Jacob revisaba los códigos del sistema de alarma, ella subió la gran escalera, girando hacia el ala este. Los suelos de madera oscura resonaron bajo sus pies y se movió sobre la alfombra que corría por el centro del pasillo. Las puertas aparecieron a ambos lados de ella y cerró los ojos, tratando de calcular exactamente en qué ventana lo había visto. Contando las puertas de madera en su lado derecho, se movió a la segunda puerta desde el final del pasillo y giró la perilla.
Era uno de los muchos dormitorios, decorado con buen gusto en un estado que se adaptaba a la edad y el estilo de la casa, pero con comodidades modernas. Tenía una gran cama con dosel, arreglada con sábanas limpias, una mesa con un espejo frente a ella. Bella pasó junto a una chimenea con un sillón, pasó los dedos por un estante de libros cubiertos de cuero mientras se dirigía a la ventana.
Esta era definitivamente la habitación. Miró hacia el lugar en el que estaba y se agarró al alféizar de la ventana, dolorosamente consciente de que estaba de pie donde él había estado.
Se estremeció y se giró, apoyándose contra el alféizar de la ventana mientras observaba alrededor de la habitación. No sintió nada. Ni nervios ni intranquilidad.
Era solo una habitación.
Jacob se encontró con ella en el vestíbulo de la entrada.
—¿Encontraste algo?
—No. —Bella suspiró sin querer admitir lo tonta que se sentía. Jacob sonrió cálidamente, palmeando su hombro de una manera amistosa.
—Solo necesito revisar la puerta de la cocina y luego saldré. ¿Estarás bien caminando de regreso o quieres esperar a que te lleve?
—Voy a caminar de regreso, necesito aire. Dale las gracias de mi parte a Leah por la comida.
—Lo haré. No volveré hasta el martes, así que te llamaré, ¿de acuerdo?
Desapareció por el pasillo de la derecha, hacia el comedor y la cocina. Bella se giró hacia la puerta principal y luego vaciló cuando una brisa fría la atravesó. Giró la cara al pasillo opuesto por el que había bajado Jacob. Un ceño fruncido arrugó su frente y comenzó a seguir la brisa, buscando una puerta o ventana abierta.
Aproximadamente a la mitad del pasillo, al doblar una esquina, encontró una puerta que estaba entreabierta. Bella apoyó la mano en el pomo y cerró los ojos brevemente ante la fría temperatura. Demasiado fría.
Antinaturalmente fría.
La brisa la envolvió mientras empujaba la puerta y la dejaba abrirse. Crujió a medida que avanzaba, cortando el silencio como una cuchilla de afeitar afilada. Bella sintió un nudo en la garganta cuando entró en la habitación.
Era una biblioteca. Estantes de roble oscuro se alineaban en las paredes, puertas de vidrio protegían tomos de cuero que nadie había leído en décadas. La habitación olía a fresco, y el polvo no se levantó de la alfombra cuando la pisó. Bella mantuvo la mirada baja, examinando los muebles, la mesa tallada a mano y las sillas antiguas que estaban tan bien mantenidas que parecerían nuevas si no fuera por el estilo.
La brisa golpeó su nuca e hizo una mueca, sabiendo que no había ninguna ventana detrás de ella, pero cuando se giró, con los ojos aún bajos, vio una chimenea, la rejilla de hierro limpia y lista para usar debajo de una repisa de mármol.
Sus ojos se deslizaron por la pared con temor, sabiendo que no quería mirar, sabiendo que era algo que temía.
Era una pintura al óleo, colocada en un marco con bordes dorados. Los ojos de Bella pasaron por el cliché telón de fondo de una cortina y una mesa, deslizándose sobre los pantalones oscuros, el elegante chaleco y la limpia camisa blanca, ligeramente teñida de amarillo por el tiempo. Vio hombros anchos y una mandíbula fuerte y estrecha, una nariz recta, cejas más espesas de lo previsto y cabello castaño rojizo oscuro, cuidadosamente peinado.
Vio unos ojos color café oscuro que perforaban los suyos.
Él la miró, tranquilo y resplandeciente en su belleza antinatural, el óleo le daba a su palidez un tinte realista que Bella no necesitaba ver, porque lo había visto moverse, hablar, tocar.
Un sollozo aterrorizado se atascó en su garganta cuando sus ojos se posaron en la delgada placa de bronce que estaba atornillada cuidadosamente en el marco.
Edward Mason Cullen
1845—1874
Bella corrió.
Pasó corriendo el laberinto, hacia el lago, sin apenas darse cuenta de que había comenzado a llover, las pesadas gotas manchaban el suelo a medida que avanzaba. Le dolían los pulmones y estaba jadeando de manera poco atractiva para respirar, sollozando mientras atravesaba la puerta principal. Escuchó a Sam gemir ansiosamente adentro, desesperado por llamar su atención.
Bella abrió la puerta, empujando a Sam hacia abajo mientras él saltaba hacia ella. Se apartó el pelo empapado de la cara.
—Tenemos que irnos —le susurró, yendo a la cocina y sacando una bolsa de la compra de la alacena debajo del fregadero. Arrojó los tazones de comida de Sam con una bolsa de su comida, antes de meter su computadora portátil en su estuche y ponerla allí también. Sam estaba en la puerta, mirando con expresión ansiosa mientras ella daba vueltas en la cocina. Soltó otro gemido bajo.
Bella lo empujó hacia las escaleras y fue al baño, agarrando su cepillo de dientes y un neceser, metiendo los pocos cosméticos que tenía antes de girarse para ir a la habitación. El miedo y el pánico que la devoraban no habían disminuido y rechazó la idea de cambiarse y ponerse ropa más seca.
Tenía que dejar este lugar. No podía quedarse en esta casa, en esta propiedad, no ahora que lo sabía. O tal vez siempre lo supo y esto era solo la confirmación de miedos que estaban tan profundos, arraigados, que los había negado en su propia mente.
Estaba siendo acechada por un hombre que llevaba muerto más de un siglo.
Bella se detuvo, todavía mirando su ropa colgada en el armario. Se sentía débil y temblaba, la ropa húmeda se le pegaba incómodamente, áspera contra su piel. La realidad de lo que estaba sucediendo la golpeó y luchó contra las lágrimas, alcanzando una maleta grande que estaba en el fondo del armario y arrojando algunos vaqueros y camisas, antes de girarse para dejarla en la cama.
Gritó y dejó caer la maleta, sus manos volaron hacia su rostro surcado de lágrimas.
Una flor, una anémona azul pálido, yacía sobre su almohada.
No tiene un respiro la pobre Bella... Y deja otra flor en su cama, una más que se suma al alféizar de la ventana. ¿Qué opinan del cuadro de Edward Cullen en la biblioteca? ¿Cuáles son sus teorías?
De corazón muchas gracias por sus comentarios, alertas y favoritos, es bueno saber que sí les está gustando la historia y las tiene al borde como a mí, lo prometido es deuda, así que aquí les dejo el capi extra por alcanzar los 200 rr.
No se olviden de decirme qué les pareció el capítulo.
Nos leemos en la siguiente actualización.
Sarai
