Capítulo IX

La esperanza renaciente

Sintió que el corazón se le saldría del pecho en cualquier momento junto con la amarga sensación en su garganta, las manos le temblaban violentamente y su mirada incrédula estaba fija en el cuerpo moribundo; posado a un metro de ella, inspirando con dificultad y cubierto en su propia sangre, se hallaba el auténtico salvador de la humanidad.

– ¡El mayor Erwin está herido de gravedad! –gritó Floch.

Esas palabras finalmente la hicieron reaccionar.

Haciendo uso de toda su fuerza, y también con la asistencia del capitán, reclinó la cabeza del hombre sobre sus piernas. Su hemorragia era detenida por un vendaje improvisado, y aunque se notaba cómo gotas de sangre escurrían de la herida hasta manchar su ropa, su rostro se hallaba libre de magulladuras.

– Tiene un abdomen desgarrado y sus órganos vitales se ven afectados, ¡él pierde toda su sangre! Pensé que podíamos usar la inyección para curarlo, ¿verdad? –su voz se quebró–. ¡Lo he traído aquí para que puedan revivirlo!

Theresa no había dicho ni una sola palabra, tan solo acariciaba la fisonomía del comandante con lágrimas deslizándose por sus mejillas. No quedaba ni rastro de la mujer que había demostrado ser minutos antes, porque su alma estaba rompiéndose en miles de fragmentos.

Nadie podía culparla, no cuando sostenía al agonizante comandante entre sus brazos. Parecía encerrada en su propia burbuja, aislada de la discusión que se alzaba a pocos metros: ¿se había dado por vencida sobre revivir a Erwin? Manifestaba una actitud sosegada a pesar de todo, siendo ella la única que permanecía serena en medio de la tormenta.

– ¡Necesitamos a Erwin! –exclamó Layla, entonces observó a los reclutas–. Él es su comandante y el hombre que les ha brindado la victoria cientos de veces, ¿cómo diablos pueden dudar en revivirlo?

El capitán chasqueó la lengua, harto de la situación. ¿Cómo se atrevían esos mocosos a sobreponer a Armin por encima de Erwin? Si bien el menor de los dos era un genio, carecía de la experiencia y liderazgo que caracterizaban al comandante; no era una decisión complicada.

Lo único que debía hacer era suministrarle el suero a Erwin y sería suficiente para su transformación, si pensaba con la cabeza fría, dejando atrás el sentimentalismo y todo eso, era la decisión correcta.

– ¡Estuviste de acuerdo en salvar a Armin! –vociferó Eren.

– Debo salvar al que liberará a la humanidad.

Mikasa, quién había permanecido en silencio durante toda la disputa, sujetó la cuchilla con fuerza mientras que sus oscuros ojos se llenaban de lágrimas. Aquel hecho alertó a Levi, quién la observó repulsivo.

– Tú… ¿te das cuenta de lo que estás haciendo?

Hange y los demás se mantuvieron inmóviles en el otro tejado, analizando la deprimente situación con un nudo en la garganta. Nadie parecía querer intervenir, la decisión a tomar era muy dolorosa.

– Erwin es… el líder de nuestro batallón. –declaró apacible y feroz–. ¿Y te gustaría verlo morir? El tiempo se acaba, sal de mi camino.

Theresa tenía a Erwin entre sus brazos, mientras todos discutían. Ajena a quién debían revivir.

– ¿No me has oído, mocoso? –de repente el muchacho cogió la caja, intentando arrebatarla de sus manos a como dé lugar. Ackerman suspiró, observando sus manos–. Eren, no permitas que tus emociones te cieguen.

– Mis sentimientos me ciegan, ¿eh?

No lo hacen, tan solo eres un niño atrapado en este infierno que quiere regresar con vida a casa; qué cruel es el destino que nos tiene prisioneros, querido muchacho. Especuló Theresa, en llanto mudo.

– ¿Por qué no me diste la jeringa de inmediato?

– Porque, en algún lugar, pensé que Erwin podía estar vivo.

– Que Floch lo cargara… ¡Ni siquiera pudimos imaginarlo!

– Puede ser… –hizo una pausa y agregó–: Pero ahora que Erwin está aquí, la prioridad es suya.

Y justo cuando el cadete iba a oponer resistencia, Levi lo envió al borde del tejado de un puñetazo en el rostro. Su compañera, furiosa ante el acto violento, se lanzó contra el capitán con el fin de arrebatarle el suero; a sabiendas que el mayor no opondría resistencia debido al cansancio.

– ¡Sabes tan bien como yo que la humanidad nunca conquistará a los titanes sin Erwin!

– Tiene razón, Mikasa. ¡Cálmate, para esta locura! –intervino Floch, racional–. Dios mío, capitana Theresa dígales algo: solo usted tiene la última palabra, se trata de su marido. ¿Qué debemos hacer?

La capitana no respondió.

– ¡Decidan de una maldita vez quién vive y quién muere! –gritó Jean.

– Es más bien sin Armin que estamos jodidos… –masculló Eren, al borden tejado–. Piénselo bien, fue él quién planeó todo. ¡Todo es gracias a Armin, incluso el que estemos aquí!

Fue entonces cuando Hange decidió intervenir, lanzándose contra la recluta. No demoró en alejarla del capitán, quién continuaba aferrándose a la caja metálica como si su vida dependiese de ello. Mikasa lanzó un grito de desesperación e intentó liberarse de su agarre, en vano.

– ¡El cuerpo de exploración está casi destruido, necesitamos de Erwin! –soltó Hange, agobiada de tantas peleas absurdas–. La humanidad tiene puesta su esperanza en él, no podemos permitir que muera también. Todos confían en el comandante, incluso los ciudadanos enjaulados en las murallas.

– Eso también puede hacerlo Armin. –suplicó Mikasa, sumida en llanto.

– ¡Suficiente! –Floch tomó a Eren de los brazos y tiró de él–. Erwin Smith merece el suero, no Armin.

– ¡No, no! –gritó Mikasa.

Jeager bufó y se incorporó con debilidad, alzó la cara ensangrentada.

– ¡No somos el mayor ni yo quiénes salvaremos a la humanidad, es Armin!

Fue suficiente para que recibiera un nuevo golpe que lo arrojó contra el tejado próximo, una patada que no había sido proporcionada por el capitán. Eren, adolorido e incrédulo por la repentina paliza que le habían suministrado, observó con desconcierto a la mujer que tenía a pocos metros.

– No te atrevas a hablar así de Erwin. –escupió Theresa recién bajando la pierna debido al certero golpazo, sus ojos grises brillaron de nuevo–. Me importa una mierda que seas un cobarde, no es pecado de nadie que una escoria como tú haya heredado habilidades titánicas. No logro percibir lo que vio Erwin en ti, he intentado comprender cómo es que te ha confiado su propia vida.

Bufó y apretó los puños, furiosa.

– Eres un maldito cobarde que depende de los demás, Eren Jeager. –masculló, levantando el rostro con repulsión tallado en el mismo–. ¿Acaso crees que montando una rabieta puedes conseguir lo que quieres? ¿No importa lo que piensen los demás? Maldito egoísta, Erwin ha ocupado el puesto de comandante durante muchísimos años; fue él quién te salvó de una ejecución y quién te permitió continuar en la legión.

– Tessie. –murmuró Layla, incrédula a sus palabras–. Tessie, no lo hagas…

– ¿QUÉ DEMONIOS ME INTERESA UN MALDITO OCÉANO? Todo lo que quiero es volver ilesa a casa en compañía de mi esposo, quién es la verdadera esperanza de esta sociedad atormentada. Tus lloriqueos no me afectan ni me harán cambiar de opinión, Eren.

– Despídanse. –pidió Hange–. Por la humanidad y por nosotros, es lo correcto.

Tsk, chiquilla estúpida.

Schneider se volteó a mirarle, pálida y jadeante.

– ¡Cállate! –le refutó, con los ojos ardiendo en llamas. Levi la observó con repulsión–. No me estoy dejando influenciar por el sentimentalismo ni estoy actuando por una simple corazonada, tan solo actúo como un verdadero subordinado debe hacerlo. Vas a hacer lo que te diga y vas a hacerlo sin rechistar, porque de esto depende que Erwin viva. ¿Te ha quedado claro, Levi Ackerman? Ahora mismo no tolero tus comentarios estúpidos, si estás aquí para estorbarme, entonces apártate de mi maldito camino.

Allí estaba, esa mujer degenerada había regresado.

– Maldita escoria. –refunfuñó el capitán–. ¿Te das cuenta de lo que estás haciendo?

– ¡Te dije que mantuvieras la boca cerrada! –exclamó de vuelta, echa una furia–. ¡En medio de su maldita discusión ni siquiera se tomaron un tiempo de pensar correctamente, todo fue basado en el inútil sentimentalismo! Mientras se lamentaban de sus despreciables vivas, hallé una manera en que ninguno de los dos muera, solamente deben seguir mis órdenes: así que tómenlo o déjenlo.

– Maldita, ¿quién demonios te crees para darme órdenes?

– Una maldita que puede traer de vuelta a Erwin Smith.

Se hizo silencio.

– Le darás el suero a Armin y el chiquillo comerá el cuerpo de Bertholdt, sin rechistar. –ordenó y los reclutas chillaron, emocionados–. ¡Qué se callen la maldita boca, ese desgraciado me vale mierda y lo prefiero muerto! –les advirtió, luego volvió toda su atención al capitán–. Ayúdame a mover los cuerpos de estos dos, porque usaré la sangre del titán fundador para convertir a Erwin en titán; posteriormente me encargaré de que devore a Reiner.

Absolutamente a nadie se le había ocurrido eso.

– Debes lanzarme esa jeringa vacía de inmediato, robaré la sangre del mocoso y la inyectaré en el comandante. Si mis cálculos no fallan, se convertirá en un titán sin inteligencia que robará el poder de Reiner sin caer en cuenta. –suspiró y le miró a la cara–. Muévete, no hay tiempo.

Tsk, recibido.

Los reclutas se marcharon con un nudo en la garganta y pronto mudaron los otros dos cuerpos a un tejado a diez metros de distancia, una vez allí el plan comenzó. Theresa solo podía rogarle al cielo que le permitiese una segunda oportunidad a Erwin, que su estrategia diera buenos resultados y pudieran salvar a ambos sin tantas consecuencias.

– Dios mío, ayúdanos.

Theresa actuó rápido. En lo que el capitán inyectó el suero en el moribundo cadete y le arrojó la jeringa al unísono, ella se movió con prisa; cogió la jeringa en sus manos y no dudó en clavarla justo en la nuca de Eren, causando que este gimiera de dolor ante aquello. Después hincó la aguja en la piel de su amado.

Lágrimas corrían por sus mofletes hasta caer en el rostro de Smith, fue entonces cuando se vio obligada a apartarse de él, esperando impaciente a que sus planes dieron fruto y el comandante emergiera convertido en un titán sin inteligencia. Ambos soldados se unieron al resto, expectantes.

– Va a funcionar. –le dijo Layla, suave–. Funcionará, Tessie.

El corazón volvió a su sitio cuando Erwin se transformó en un titán puro, un ser que corrió hacia el inconsciente Reiner y pronto un crujido seguido de una lluvia de sangre fue lo último que apreció de él. Los gritos por parte de la víctima pararon poco después, entonces supieron que ya no estaba. Tras haber devorado a semejante escoria, había adquirido el poder del titán acorazado. Estaba vivo.

Un estruendo se escuchó al unísono, ambos titanes comenzaban a recobrar su humanidad.

Ambos capitanes se lanzaron hacia el cuerpo del comandante sin medir el peligro, entre ambos pudieron sacar al hombre que les había concedido la victoria: Erwin respiraba, estaba tan vivo como horas antes, libre de heridas y con sus extremidades completas.

– ¡Erwin, estás bien! –chilló Theresa, abrazando al comandante mientras se deshacía en lágrimas. Levi chasqueó la lengua de nuevo, impresionado por lo que veía–. Estás bien, ahora estás a salvo.

Levi suspiró aliviado mientras se alejaba de aquella emotiva escena, no lloraba desde la defunción de sus amigos y ese escenario no iba a hacerle perder la razón. Esa loca definitivamente amaba al comandante, todavía se sorprendía por la estrategia apresurada que había creado: ¿todo el tiempo que permaneció callada estaba buscando una solución? Tsk, estaba desquiciada y loca de remate.

– Oh, santo cielo. Erwin, estás a salvo. –pronunció Hange entrecortadamente, mientras se hincaba junto a la pareja–. La humanidad ha recuperado a su salvador, finalmente lo ha hecho y todo gracias a ti, Theresa. Hallaste la solución cuando no parecía haberla.

– Lo único que no tiene solución es la muerte.

– Salvaste a dos hombres de las manos de la muerte, Theresa. No parecen existir obstáculos para ti.

– Hemos ganado. –Erwin parpadeó, débil y confuso por la situación. Su esposa lo tomó entre sus brazos para besar su frente, cariñosa–. Finalmente hemos ganado la batalla.

Layla se posó junto a Hange con la mirada perdida.

– Me alegro que estén a salvo. –sonrió, débil.

– Ven, Lowell. Dejemos a esta parejita sola, tienen mucho de qué hablar. –se incorporó–. Eres buena en el campo medicinal, ¿me ayudarías a cambiar los vendajes de mi ojo?

– Menudo momento romántico. –rió la muchacha, incorporándose junto a la sub-comandante y la siguió de cerca. Tomaron asiento en uno de los muchos escombros–. Lamento no tener conmigo ni un poco de agua, Hange.

Ella negó con la cabeza, suave.

– No hay problema, Lowell. –le sonrió de la misma manera y volvió a sorprenderse ante el sonrojo de la recluta–. Me alegro tanto de que Erwin esté vivo, él es la esperanza de la humanidad.

– Eso es cierto. –le quitó el vendaje para reemplazarlo–. Además de que Tessa no pararía de llorar y un pequeño crecería sin su padre. No era la idea, agradezco enormemente que esté vivo.

– ¿Has visto a Levi?

– No, no sé dónde se ha metido. –colocó nuevas vendas sobre su ojo lastimado–. Podrás resistir con eso hasta que volvamos a la muralla, ¿te duele? –sonrió cuando la mujer negó–. Sobrevivirás.

En medio de su burbuja, ninguna de las dos se dio cuenta cuando Erwin se acercó a ambas con tranquilidad, apoyándose de Theresa debido a su debilidad. Se aclaró la garganta para anunciarse.

– Hange y Layla, ¿todo está bien? –preguntó.

– ¡Comandante Erwin! –se levantó rápidamente para hacer el saludo–. Estamos bien.

– ¿Estamos? Te falta un ojo, está claro que no estás bien. –negó Lowell, frunciendo el ceño.

– Eso es lo de menos. –su semblante se volvió oscuro–. Erwin, ¿qué hacemos con los cuerpos?

Oh, ninguno de los presentes había pensado en ello.

– Quémenlos y recuperen sus capas, se las entregaremos a sus familias. Identifiquen cada una de ellas para evitar confusiones. –decretó.

– Erwin, debemos buscar el sótano. –le dijo su esposa, interrumpiéndolo–. Deja que los reclutas se encarguen de la identificación de cadáveres, tú debes ir a verificar qué es lo que hay en el dichoso sótano. –comentó.

Habían pasado tantas cosas, tanta muerte, sangre y dolor que lo había olvidado por completo.

Smith había renunciado a ese sueño cuando entregó su vida, se había despedido de cada una de sus esperanzas e incluso había dejado atrás cualquier fantasía que lo conectase al mundo de los vivos; jamás pensó que se vería envuelto de nuevo en ese anhelo. Ahora su corazón latía de nuevo en su pecho, rápido y careciente de sufrimiento. Lo habían salvado de las garras de la muerte, otra vez.

Las respuestas a todas sus teorías estaban al alcance de sus manos, finalmente podía conocer cuál había sido el origen de aquellas bestias. ¿Qué opinarían sus compañeros si estuvieran presentes? Todos aquellos soldados que habían entregado sus corazones por la humanidad y lo habían seguido al final, ¿lo juzgarían por querer llegar a ese bendito sótano? ¿los decepcionaría por no partir a él?

No era momento de pensar en esas cosas, el futuro de la humanidad estaba ante sus ojos.

– Erwin, finalmente lo has conseguido. –le susurró Theresa, entonces lo abrazó por la espalda con dulzura–. Ve a ese jodido sótano y encuentra las respuestas que siempre has buscado, lo mereces. La humanidad requiere que su salvador le conceda esas respuestas. –él suspiró y se dejó abrazar.

Theresa siempre tenía razón.

– Ven conmigo.

– No. –ella negó con la cabeza–. Es un hallazgo que la Legión de Reconocimiento debe obtener, es una misión que únicamente va a tus manos. No iré contigo esta vez, Erwin.

– Una vez perteneciste a la legión. –susurró cerrando los ojos–. Acompáñame, Tessa. Requeriré de ti cuando todo se haya aclarado, porque siempre he necesitado de ti para ser fuerte.

– Erwin…

– Tessa, te lo ruego. –esa declaración le rompió el corazón a ella.

– De acuerdo, iré contigo. Seré tu pilar en este momento.

Inesperadamente, Jeager rompió su burbuja de amor cuando gritó:

– ¡Es por aquí! –Eren activó su equipo y bajó de la muralla para emprender el viaje al sótano, siendo flaqueado por los pocos que iban con él–. Reconocería este camino dónde sea, síganme.

Los elegidos para la misión no tardaron en apresurar el paso. No fue mucho el tiempo en que usaron el equipo de maniobras, empezaron a caminar cuando los edificios derrumbados no les sirvieron como soporte para deslizarse. No fue una paseo sencillo, no cuando se cubrían de la sangre de los soldados fallecidos y se topaban con sus cadáveres repentinamente.

Eren caminaba por las calles en completo silencio, recordando cada detalle de su niñez antes de que los titanes aparecieran y le recordaran a la humanidad por qué viven tras los muros. Conmemoró cuando sus padres permanecían con vida y su única preocupación era ser un niño bueno, cuando era feliz y no lo sabía. Pasados unos minutos, se encontró con su hogar.

– Es esta.

Su voz se rompió con lo dicho, pero en ningún momento sus ojos avecinaron lágrimas. Los hombres se acercaron a apartar los escombros, conforme las chicas tenían la llave en las manos. Erwin miró a su esposa, pidiéndole de esa manera que prosiguiera con la expedición. Ella asintió con un suspiro.

Theresa se acercó a la puerta y metió la llave en el cerrojo, justo cuando iba a rodar el picaporte, este no cedió en ningún momento. La capitana frunció el ceño y mordió su labio, les echó un vistazo.

– No es la llave. –declaró.

– Pero es la llave de mi padre, ¡es la llave del sótano!

– Vuelve a probar, Theresa. –solicitó Hange.

– Claro. –introdujo de nuevo la llave en la cerradura e intentó moverla, volvió a suspirar–. Es inútil, si continúo así romperé esta cosa. –movió la llave en todas las direcciones posibles.

Menuda manera de conseguir la victoria, Erwin miró a su esposa en completa calma.

– Aparta, Tessa. –en cuanto ella lo hizo, derrumbó la puerta de una sola patada–. Tengan cuidado, no tenemos idea de lo que hay dentro. –demandó.

Levi prendió una lámpara cercana y el sótano no tardó en iluminarse, parecía una oficina común y corriente, nada que les diese mala espina hasta el momento. Los dos mayores se adelantaron en búsqueda de algún experimento o respuestas, mientras que los de menor rango observaban todo desde la entrada. Theresa mantenía la llave en su mano todavía, recostada de la pared.

– Nada por aquí. –informó Eren.

– Si lo que dicen las etiquetas es verdad, estos son simples medicamentos. –informó Hange.

– Y estos son libros de medicina, nada fuera de lo común. –respondió Levi.

– Debe haber un lugar en dónde puedan ocultarlo, tal vez una trampilla en el escritorio. –dijo Erwin, acercándose al librero para obtener mejor vista–. Indaguen en los lugares menos pensados, Grisha Jeager era un genio en el negocio de las mentiras. –agregó.

Ackerman estaba toqueteando el mármol de la mesa cuando un vaso cayó al suelo, rompiéndose en miles de fragmentos. Chasqueó la lengua y se agachó para recogerlo, entonces una cerradura hundida en la madera llamó su atención. Se incorporó rápidamente a mirar al comandante.

– Oigan, encontré algo. –señaló el lugar con la cabeza y le echó un vistazo a la capitana–. Eh, tú. Ven a abrir esto y date prisa, no tenemos toda la tarde. –escupió.

Schneider no retrasó y abrió el compartimiento a beneficio de la llave, se apartó para que los interesados verificaran el contenido.

– ¡Está vacío! –chilló Eren.

– Mira bien. –Levi tanteó el compartimiento durante unos segundos–. Tiene doble fondo. –la tabla cedió ante su tacto y mostró tres libros al fondo, los cuales fueron sacados de su escondite.

Hange tomó una de las telas envueltas con cuidado y olfateó, era un olor a aceite de pimienta y carbón vegetal, utilizado para eliminar insectos a prueba de humidad. Colocaron los libros sobre el escritorio y Theresa ajustó la luz de manera correcta, fue el comandante quién se atrevió a ojear la evidencia por completo.

Una pintura se mostró en primer plano.

Erwin sintió desfallecer, la respuesta a todo lo que había dicho su padre estaba justo ante sus ojos. Tan solo debía continuar pasando las páginas para comprenderlo todo. Sus ojos conectaron con los de la muchacha de cabellos castaños, causando que ella se reuniese con él en pocos segundos: Tessa comprendió que en ese épico momento, su amado precisaba de su presencia para continuar.

– ¿Me permites ver? –preguntó mientras agarraba la pintura entre las manos–. Es tan elaborada que es imposible pensar que una persona lo dibujó. –giró el papel entre sus dedos–. "Esto no es una pintura, es un reflejo de la luz del sujeto impresa en un papel especial. Se llama fotografía. Vine de afuera del muero donde vive la humanidad con gracia. La humanidad no ha sido destruida. Espero que la persona que obtenga este libro primero sea la misma" Grisha Jeager.

Esas pocas palabras bastaron para que Erwin se sujetara a la mesa, era demasiada información.

– Tenía razón, mi padre siempre la tuvo. Hay vida más allá de las murallas y todo este tiempo hemos estado combatiendo con humanos, con la misma humanidad…

– Eres la esperanza de la humanidad, Erwin Smith. –señaló Hange, todavía con la fotografía en las manos–. ¿Qué haremos con la nueva información?

Pero ninguno de los dos la escuchaba, tan solo observaban los libros fijamente.

– Partiremos más allá de las murallas, Erwin Smith. –su esposa entrelazó sus manos–. Iremos en busca de ese futuro que quieres construir para Libertá, salvarás a la humanidad. –sonrió y él conectó sus ojos–. Nuestros compañeros te observan en este instante, ya saben por qué han entregado sus corazones. ¿Lo sabes tú también?

Smith, que no lo había perdido de vista ni un solo segundo, sonrió. Fue más una mueca cargada de debilidad y dolor, pero era una sonrisa al fin.

– Partiremos más allá de las murallas, Tessa.