8. Biblioteca


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


La biblioteca era un inesperado y apreciable tesoro cubierta de estanterías que cubrían las paredes desde el suelo hasta el techo, en todo el espacio disponible, hasta encima de las puertas. El lugar proporcionó a Hinata la primera satisfacción desde su llegada al castillo Namikaze. A pesar del olor a establo que llenaba la habitación, de las telarañas que colgaban de los volúmenes, allí se sintió en casa, rodeada de antiguos y fieles amigos. Chaucer, Milton, Shakespeare, Dante...

Se dijo que mandaría ventilar la habitación, encender la chimenea todos los días y sacar el polvo a los libros. Pero por esa noche... Dirigió una mirada ansiosa hacia las velas que parpadeaban en el candelabro de pared, ardiendo despacio, quemando su tiempo junto con el de ellas.

Encaramada en la cima de una elevada escalera, sacó otro tomo mientras el polvo le entraba dentro de la nariz. Pasó la mano amorosamente, casi con reverencia, por el lomo encuadernado de piel. Los libros, sus mejores compañeros, el único consuelo verdadero durante la mayor parte de su vida.

Sin embargo, tenía el presentimiento de que lo que estaba buscando no iba a encontrarlo entre las páginas de aquellos libros. Era algo tan simple como ¿Qué tenía que hacer una mujer con un marido ardiente en su noche de bodas? La sola pregunta era suficiente para revolverle el estómago, un estómago vacío.

Se había pasado casi toda la cena con las manos apretadas en el regazo, sentada frente a su marido. Naruto estaba perdido en el otro extremo de aquella mesa increíblemente larga, haciendo imposible la conversación.

Sin embargo, de todas formas lo habría sido. Su marido era un hombre de pocas palabras, pero hablaba mucho con los ojos. Aquellos ojos extraños que durante toda la comida no se apartaron de su rostro. Azules, anhelantes, inquisidores, unos ojos que a ella la llenaban de calor y le ponían en la piel una fina capa de sudor. Aunque su mente ignoraba lo que tenía que hacer con ese hombre osado y rudo, era como si su cuerpo poseyera el conocimiento suficiente, e independiente.

Entonces, si era así, su cuerpo sería ya suficiente para compartir esa información en términos más específicos. Hinata sonrió con malicia. Su hermana Shion le había advertido que algún día tendría que dar ese pasó. Shion siempre le hacía bromas: «Algún día lo lamentarás, Hina. Pierdes el tiempo leyendo en lugar de prestar atención a asuntos más mundanos. Algún día necesitarás saber cosas que no se encuentran en ninguno de tus preciosos libros.»

Al parecer, Shion tenía razón. Hinata examinó las páginas de Rabelais con desespero, sin conseguir que sus ojos enfocaran las palabras. Si esa noche tuviera en la casa la compañía de otra mujer. Una mujer mayor, más experimentada que ella.

O bien, pensó Hinata aún más triste, si Naruto se convirtiera en el marido gentil que ella había esperado encontrar. Ah, pero no lo era, y estaba loca si esa idea la seguía preocupando. Enderezó los hombros. Ese hombre era el que era y ella tendría que aprender a tratarlo. Después de todo no era el ogro que al principio le pareció. En la iglesia, tras la extraña ceremonia de la entrega de la espada, Naruto se había mostrado más amable con ella. El beso que compartieron fue suave, dulce, y aunque Naruto lo había criticado, también había dicho que podrían encontrar un compromiso entre sus bruscas maneras y su necesidad de ternura.

Pensó que eso era todo lo que la retenía y evitaba que escapara durante la noche en un estado de pánico total. Hinata suspiró y volvió a dejar en su sitio a Rabelais, pero no pudo resistir la tentación de coger otro volumen. Un infolio de Antonio y Cleopatra de Shakespeare.

Estaba sacando el libro del estante cuando la puerta de la biblioteca se abrió con un fuerte crujido. La reverberación provocó un temblor en la escalera en la que estaba encaramada. Hinata agarró con ambas manos el libro y la parte superior de la escalera para mantener el equilibrio.

Miró hacia la puerta y el corazón le dio un brinco. Su marido se encontraba en el umbral, proyectando una sombra larga en la habitación.

La expresión de su rostro no era la de alguien dispuesto a hacer un pacto.

— Naruto — dijo ella casi sin aliento.

Él entró en la habitación, con los rubios cabellos flotando hacia atrás y dejando el rostro despejado, con las tupidas cejas fruncidas como presagiando un trueno. La puerta se cerró de golpe detrás de él sin que la tocara.

— ¿Qué demonios estás haciendo aquí? — preguntó.

— Yo... yo... — tartamudeó Hinata, sintiéndose culpable como si hubiera sido atrapada robando libros y sintió el absurdo impulso de ocultar en la espalda el que tenía en las manos— . Estoy haciendo lo que se suele hacer en una biblioteca, milord.

Entonces se le ocurrió que probablemente no supiera lo que era, así es que añadió:

— Leyendo.

Naruto la miró colérico y avanzó hacia ella con zancadas de guerrero y las manos plantadas en las caderas. Hinata se agarró a la parte superior de la escalera y se sintió como un gatito al que un gran mastín gruñidor ha obligado a trepar a un árbol. ¿Qué había sucedido para que estuviera tan enfadado? Se preguntó con desmayo. ¿Entendería alguna vez el talante oscuro de ese hombre?

Hinata comenzó a desesperarse y siguió hablando.

— Tiene una excelente biblioteca, milord. Me ha sorprendido mucho. Nunca habría dicho que alguien como usted... quiero decir...

— ¿Nadie como yo tendría todo esto? Pues no. Era el mundo de mi padre, no el mío — dijo Naruto con una amargura que Hinata no pudo comprender.

— Bueno, es magnífica — concluyó ella débilmente— . Creo que voy a pasar muchas horas aquí.

Los ojos de Naruto se oscurecieron y despidieron fuego. La escalera debía de ser bastante más inestable de lo que se había imaginado, porque empezó a oscilar con fuerza debajo de ella. Hinata soltó un grito de sorpresa y se agarró a los estantes, haciendo que cayeran algunos libros mientras intentaba mantener el equilibrio, pero no sirvió de nada.

Hinata cayó desde el peldaño y fue a parar contra el cuerpo de Naruto. Durante unos instantes se sintió mareada, aturdida, suspendida contra su poderoso cuerpo. Luego él la depositó sobre la alfombra, con las manos aferrando posesivamente su cintura.

— No vas a pasar mucho tiempo aquí — gruñó él— . No si eso significa olvidarte de tus deberes de esposa.

— ¿Qué deberes? — preguntó ella atónita— . ¿De qué deberes me he olvidado?

— Mi cama.

La brusquedad de Naruto la hizo ruborizarse. Lo miró de arriba abajo, fijándose en todos los detalles. Vestido solamente con los calzones, la camisa y las botas, los botones superiores de la camisa desabrochados dejaban al descubierto la visión turbadora de un pecho cubierto de vello. Como un señor de la guerra que ha empezado a desnudarse para la acción, para encontrarse con un enemigo que le llega desde el aire.

Pero ella no era el enemigo. Era su esposa.

— Lo siento — dijo— . He entrado en la biblioteca y me temo que he perdido la noción del tiempo. No estaba cansada.

— No te quiero en mi cama para dormir.

— Ya lo sé. — Hinata levantó la cabeza y se lo quedó mirando con una calma que no sentía— .

¿Y ha venido aquí para cargarme al hombro y llevarme escaleras arriba? Notó que las manos de Naruto le apretaban la cintura.

— Si fuera necesario.

— No lo será — dijo ella con tristeza— . Estoy preparada para... para someterme.

— Bien — la tomó en sus brazos, acercó su boca a la de la joven y le dio un beso que sabía más a conquista que a una dulce emoción. Dónde estarían sus promesas de ser más gentil, pensó Hinata con el corazón hecho añicos.

Sin embargo, permaneció inmóvil, ofreciéndose a su abrazo con la misma rigidez que una mártir que es conducida a las llamas. Su falta de respuesta pareció que alimentaba aún más su pasión y entonces la obligó a abrir los labios y su lengua entró en la boca de la joven con una desesperación feroz que removió extraños y conflictivos deseos en su interior, el deseo de salir corriendo, el deseo de fundirse en él.

Cuando Naruto le puso una mano en el pecho, Hinata se asustó. Era una caricia demasiado íntima, demasiado nueva. Forcejeó con él y consiguió soltarse y apartarse. Sin embargo, el armario librería que tenía detrás no le permitió apartarse demasiado.

Naruto avanzó hacia ella y la inmovilizó con su mirada.

— Te tendré, Hinata — dijo— . He estado esperando y soñando con esta noche demasiado tiempo.

— Y yo también — gritó ella— . Pero nuestros sueños eran diferentes.

— Está claro.

Hinata tuvo un sobresalto cuando él alargó la mano hacia su cuerpo, pero sólo para coger la miniatura y balancearla ante ella con expresión acusadora.

— ¿Por qué sigues llevando esta maldita cosa?

¿Cómo se había enterado que la seguía llevando? Se preguntó Hinata, mientras recordaba con qué violencia le había arrancado la miniatura. Hinata la apartó y la ocultó con las manos.

— La llevo porque me gusta — dijo— . Es una pintura preciosa.

— No me gusta que mi esposa sueñe con la imagen de otro hombre — dijo Naruto mientras cerraba la mano alrededor del puño de Hinata, como si quisiera obligarla a abrir los dedos.

Hinata apretó los dedos con más fuerza.

— No es otro hombre. Se parece a ti.— Se atrevió a tutearle, por primera vez, sin que él se diera cuenta de ello.

— ¡Has perdido el juicio, maldita sea! Puedes ver perfectamente que no soy yo.

— Entonces deberías maldecir al artista y no a mí.

— ¡Y lo hago! Puesto que fui yo quien pintó el... — Naruto blasfemó en voz baja e interrumpió la frase que iba a decir. Pero fue demasiado tarde. Hinata había oído lo suficiente y se lo quedó mirando con expresión atónita.

— ¿Tú pintaste el retrato? — preguntó, sin preocuparse de ocultar su incredulidad.

Naruto no contestó. En su rostro apareció una expresión avergonzada, soltó a Hinata y se alejó de ella. La joven abrió poco a poco los dedos, e intentó compaginar las delicadas pinceladas de la pintura con las grandes y toscas manos de Naruto. ¿Era posible que un hombre tan violento y rudo como Naruto hubiera podido crear el rostro que le había robado el corazón y también la imaginación? La expresión exquisita y gentil, la boca tan sensitiva, los ojos llenos de melancolía... Hinata se quedó sin respiración: así eran ahora los ojos de Naruto.

La barrera de arrogancia se derrumbó y le permitió contemplar a un hombre muy diferente. Cariñoso, vulnerable e inseguro.

Enseguida se recuperó y levantó una mano como si quisiera ocultarse de la mirada escrutadora de Hinata.

— No importa — murmuró— . Guarda ese maldito retrato y deja que tus sueños calienten tu cama. Deseo que disfrutes con ellos.

Naruto, dicho esto, empezó a caminar hacia la puerta. Le estaba ofreciendo un indulto y Hinata debería de haberse sentido agradecida, sin embargo...

Miró la miniatura y recordó las palabras del reverendo Senju: «Es el retrato de su alma.»

— ¡Naruto! — gritó— . ¡Espera!

No se volvió, pero titubeó lo suficiente para que Hinata se recogiera las faldas y corriera hacia él. El enfado había desaparecido por completo de su rostro y había sido reemplazado por una expresión de gran abatimiento.

— ¿Es cierto que lo pintaste? — preguntó Hinata sosteniendo el retrato ante él.

— Sí — contestó con desgana.

A Hinata se le ocurrieron entonces docenas de preguntas, pero ¿Cómo podría preguntarle a él lo que deseaba saber? ¿Por qué? ¿Cómo con una habilidad tan increíble, había pintado unos rasgos tan diferentes a los suyos?

— ¿Entonces querías hacer un autorretrato? — preguntó con cierto titubeo— . ¿Lo hiciste mirándote en un espejo?

Naruto soltó una áspera carcajada, se echó hacia atrás los mechones dorados y se tocó la cicatriz.

— ¿Acaso has visto esta cicatriz?

— Sólo pensaba... bueno, que lo habrías pintado cuando eras más joven.

— Tenía quince años, pero ni siquiera entonces me parecía al rostro del retrato.

— ¡Quince años! — exclamó Hinata sobrecogida. Conocía a muchos artistas en Londres que no poseían ni la mitad de su talento— . Dios del cielo, eras un prodigio.

— Había perdido el juicio — dijo Naruto — . Perder el tiempo pintando imágenes del hombre que nunca podría ser. La clase de hombre que... — alargó la mano y rozó sus cabellos, sus callosos dedos se enredaron en un sedoso mechón mientras sus ojos se oscurecían con un desesperado deseo. Luego apartó la mano. — La clase de hombre que no habría asustado a su novia hasta el punto de ocultarse en la biblioteca su noche de bodas.

— Yo no me he ocultado y tampoco te tengo miedo.

— ¿No? — una sonrisa apareció en los labios de Naruto.

— Bueno, no esa clase de miedo — se corrigió ella— . Vine a la biblioteca solamente en busca de información.

— ¿Qué clase de información?

— Acerca de nuestra noche de bodas. — Hinata luchó contra su orgullo antes de soltar abruptamente— : No tengo la mínima noción de lo que tengo que hacer.

Al ver que Naruto alzaba la ceja confundido, Hinata agachó la cabeza y habló con una voz llena de turbación.

— No sé cómo... cómo se consuma el matrimonio.

Se cruzó de brazos esperando que Naruto se echara a reír a carcajadas. Pero cayó un silencio en la habitación, un silencio que se dilató demasiado, tanto que ella se vio obligada a mirarlo de reojo.

Naruto permanecía inmóvil, completamente atónito. Abrió la boca como si fuera a hablar, luego la cerró otra vez y, finalmente se decidió a decir algo.

— Pero seguramente tu madre debió de explicarte estas cosas.

— Mi madre siempre estaba demasiado ocupada eligiendo un vestido nuevo o asistiendo a los salones de moda para explicar nada.

— Pero tus hermanas. Senju me dijo que tenías hermanas casadas. Seguramente ellas...

— ¿Shion y Hanabi? — dijo Hinata asombrada ante la mera sugerencia— . Son más jóvenes que yo. Siempre he sido yo la que ha dado consejos. Difícilmente podría haber ido a ellas y admitir que... que...

— ¿Que había algo que no sabías? — terminó Naruto secamente.

— ¡Exacto!

— ¿Entonces, qué esperabas hacer?

Hinata supuso que no era el momento oportuno de recordarle que ella esperaba que su marido fuera otra clase de hombre, tierno y paciente a la hora de iniciar a su mujer en los misterios de la vida marital. La joven pasó junto a él moviendo nerviosa la cinta que sostenía el retrato.

— Esperaba que Yugao, mi doncella, podría darme una o dos indicaciones. Las francesas parecen haber nacido sabiendo tales cosas. Pero como se ha marchado, no me quedó otra elección que venir a la biblioteca a tratar de resolver el problema.

Naruto miró a su alrededor, al parecer observando su biblioteca con un nuevo respeto.

— ¿Tengo libros que hablen de eso?

— No — dijo Hinata abatida— . Por lo menos no son lo bastante específicos. Sólo he encontrado una referencia en Chaucer a algo que él denominaba «un alegre espasmo». Pero no ayuda demasiado.

— No, supongo que no — repuso Naruto frunciendo el entrecejo, pensativo.

Hinata creyó que sus explicaciones le provocarían hilaridad. O que se impacientaría o enfadaría. Lo último que se esperaba era que se quedara perplejo. Entonces se le ocurrió algo horrible.

— Querido — murmuró— . No serás virgen tú también, ¿verdad?

— ¡Claro que no! Sin embargo, no tengo mucha experiencia con damas. Jamás me he llevado a la cama a una mujer que no conociera ya a los hombres.

— ¿Entonces esto será muy diferente? — preguntó Hinata llena de ansiedad.

— Si nunca me he acostado con una virgen, ¿Cómo voy a saberlo? — dio una vuelta por la habitación, señalando con impaciencia los libros que ella había apartado. Se detuvo frente a la ventana, corrió las pesadas cortinas y se quedó contemplando la noche.

Cuando Hinata lo vio allí, de pronto comprendió algo que la inundó de estupor. Debajo de toda esa furia colérica, Naruto estaba tan nervioso y desconcertado como ella. Sólo que mientras ella había ido a buscar las respuestas en los libros, él parecía buscar la suya en la oscuridad de la tierra que se extendía más allá de los cristales.

La luz de las velas dibujaba su perfil, de algún modo hacía que sus rasgos parecieran más vulnerables que los que ella había visto hasta entonces. A pesar de la anchura de las espaldas y su elevada estatura, Hinata se encontró pensando en él como si fuera un muchacho de quince años que estaba deambulando por las habitaciones de su enorme casa vacía. En medio de una soledad tal, que ocupaba el tiempo con el pincel y las acuarelas e intentaba volver a dibujar su rostro.

¿Qué oscuras fuerzas habían transformado a ese muchacho en el hombre que ahora tenía delante, ese hombre con una cicatriz en la cara y ojos hipnotizadores, que amaba a los caballos y odiaba los libros, cuya cabeza se asemejaba a un campo de batalla, partida entre su voluntad imperiosa y antiguas supersticiones? Allí había mucho más que un carácter fiero. Tanto que ella todavía no lo podía comprender. Pero si él iba a ser de verdad su marido, Hinata tenía que intentarlo.

Miró el retrato por última vez y luego se lo quitó despacio y lo dejó encima de la mesa de la biblioteca. Después se acercó a Naruto y le rozó tímidamente una manga.

— Ambos somos personas inteligentes, milord. Seguramente encontraremos algún modo para pasar nuestra noche de bodas — dijo tras hacer acopio de todo su valor.

Consiguió dirigirle una sonrisa, mientras la mano seguía firme en el brazo de él.

— Se está haciendo tarde. Creo que ya es hora de que nos retiremos.

Naruto miraba la mano que se le ofrecía como si temiera que si se inclinaba a cogerla, la mano se retiraría. Luego, lentamente, con sumo cuidado, tomó aquellos dedos entre el calor de los suyos.

— Sí, señora — dijo con voz ronca, llevándose aquella mano hasta los labios.

Cogió una vela para iluminar el camino y la escoltó hasta que estuvieron fuera de la biblioteca con solemne cortesía. Cogidos de la mano atravesaron el silencioso zaguán y se enfrentaron juntos a la oscuridad de la parte superior de las escaleras.

El dormitorio de Hinata parecía haber adquirido ya el aura de su presencia, su perfume llenaba el ambiente, el tocador estaba lleno de cepillos con el mango de marfil, cintas y demás cachivaches femeninos, tan misteriosos y suaves para Naruto, como su esposa.

Hinata se detuvo cerca de los pies de la cama, frente a él, con la luz de una única vela iluminando su mirada de tímida expectación. Naruto se dijo que le tocaba hacer el siguiente movimiento. Después de todo, él era el único que se suponía sabía lo que tenía que hacer.

Pero sólo fue capaz de quedarse allí plantado, mirándola, desmañado como un campesino asustado. Flexionó la mano, todavía con la huella de calor de los dedos de Hinata. Le fue imposible recordar la última vez que alguien se había atrevido a darle la mano. Quizá nunca lo había hecho nadie.

Aquel gesto le había provocado un estremecimiento. Se había pasado todo el día imaginándoselo y no se le había ocurrido pensar que Hinata acabaría haciéndolo y de una manera tan sutil que no podía comprenderla del todo.

Los minutos fueron pasando y Hinata comenzó a ponerse nerviosa bajo aquella mirada.

— ¿Debería ponerme el camisón ahora? — preguntó Hinata, porque ya le molestaba el vestido.

— No — repuso él, con voz ronca— , no vas a necesitarlo.

— Y qué me voy a poner... ¡Oh! — las mejillas se le encendieron como llamas cuando cómprendió lo que había querido decir.

Magnífico. Naruto hizo una mueca. ¿Es que no acababa de anunciarle que la deseaba desnuda debajo de él? Redujo la distancia que había entre ellos y la rodeó con sus brazos, de una manera que consideró que la iba a reconfortar. Pero sintió como si tuviera las manos de madera, torpes, emocionadas por la carga impoluta de su inocencia. Hinata lo ignoraba todo de la clase de deseo que ardía en su interior. Un movimiento equivocado por su parte, una caricia brusca, y destrozaría el intento de unión que comenzaba a formarse entre ellos.

Se maldijo a sí mismo por su falta de juicio, cuando le desveló el secreto de aquel retrato. Sin embargo, fue muy extraño pero aquello hizo que las cosas mejoraran entre ellos. Hinata dejó el retrato abandonado encima de la mesa de la biblioteca. Y aquello fue casi como un triunfo sobre un rival.

Aunque Hinata estaba tensa, se arrimó a él. Los pechos que rozaban su torso le provocaron un dulce tormento y Naruto sintió el deseo de devorar aquel rostro con besos ardientes y fieros.

Pero no lo hizo, obligándose a rozar la frente de Hinata con labios castos. Luego, acercó las manos a su espalda y empezó a estirar las cintas que le cerraban el vestido.

— ¡Espera! — exclamó ella, apoyando las manos en el pecho de él y mirándolo— . ¿Puedes explicarme lo que vas a hacer?

— ¿Explicar qué? — murmuró Naruto, mareado por el dulce perfume femenino y por las suaves curvas que se adivinaban debajo de la seda del vestido.

— Explicarme lo que vamos a ir haciendo.

La sangre que se había calentado tan agradablemente por las venas de Naruto se transformó en hielo. Se la quedó mirando horrorizado. No. Hinata no podía esperar que él le hablara de «eso».

¿Cómo iba a hacerlo?

Aunque estaba claro por la fervorosa expresión de sus ojos que podía y lo había hecho. Naruto sofocó un gemido. Sólo Hinata desearía que le dieran una explicación racional de algo tan irracional como la cópula carnal, el impulso primario que une a los hombres y a las mujeres.

— Por favor — añadió ella cuando intuyó que Naruto iba a negarse a hacerlo— . Haría que me sintiera mucho mejor.

Naruto intentó calmarse cogiéndola por la cintura y tragó saliva. No le causaba ningún problema hablar de las cosas más crudas de la vida con los sirvientes o los mozos de cuadra. Entonces ¿por qué le intimidaba tanto tener que hablar de ello con su esposa?

— Bien — dijo al fin— . Lo que sucede entre un hombre y una mujer... es algo completamente natural.

— ¿Sí? — Hinata asintió dándole ánimos al ver que él titubeaba.

La mirada de Naruto deambuló por el aposento en busca de inspiración. Se estrujó el cerebro, intentando recordar cómo obtuvo la primera información de lo que su padre se había siempre referido con delicadeza llamándolo «asuntos del pueblo».

— Es posible que en algún momento hayas observado el comportamiento de las perras — dijo desesperado de verdad.

— ¿Perras? — repitió Hinata débilmente.

— Sabuesos de caza. Tienen crías.

— Nunca hemos tenido perros de caza. Sólo al pequeño Muffin King Charles. — Hinata frunció el entrecejo con expresión preocupada— . Sin embargo, Muffin tenía una extraña preferencia por la pierna del mayordomo.

— No me interesan tus piernas — se apresuró a asegurarle Naruto— . Al menos no de ese modo. Se alejó unos pasos de la joven, dio un profundo suspiro y volvió a intentarlo.

— ¿Y los caballos? Nunca has tenido... — una imagen desgraciada apareció en su mente: la violencia con la que el garañón monta a la yegua. — No, no pienses en ello — se apresuró a decir.

Era ridículo, pensó pasándose la mano por los cabellos. Comenzaba a sentir las gotitas de sudor que le cubrían la frente. Nunca fue un hombre muy hablador y siempre prefería las aproximaciones más directas.

— Hinata, creo que lo mejor sería si me permitieras demostrártelo — dijo haciendo una mueca.

Y antes de que ella pudiera discutírselo, se sentó de un salto en el borde del lecho y comenzó a quitarse las botas y los calcetines. Les siguió rápidamente la camisa y cuando las manos descendieron a los botones de los calzones, oyó que Hinata emitía un ligero jadeo.

Aunque él con frecuencia era bastante estúpido y lamentaba las imperfecciones de su rostro, no era tan modesto en cuanto a su cuerpo. Se quitó los calzones y los lanzó lejos, se volvió, plenamente preparado para retirar los dedos que cubrían el rostro de Hinata. Pero no estaba preparado para encontrarse que su mujer lo estaba mirando fijamente, con los ojos muy abiertos.

Hinata pensó que debía apartar el rostro o, al menos, bajar la mirada. Pero aunque estaba ruborizada, tampoco podía dejar de mirar. La curiosidad siempre fue su defecto dominante.

El único conocimiento que poseía sobre las formas masculinas era a través de los bocetos de su hermano. En sus viajes Neji había estudiado todos los períodos artísticos y había intentado copiar las grandes obras del arte europeo. La mayoría de sus esfuerzos se centraron, al parecer, en los desnudos clásicos. Pero la pluma y la tinta era una cosa y casi dos metros de carne masculina desnuda, otra.

Si Naruto impresionaba cuando llevaba puesta la ropa, al verlo sin ella Hinata se sintió débil y sin aliento. Era un hombre grande en todos los aspectos, desde la anchura de los hombros, al pecho musculoso cubierto de vello hasta el estómago y la cadera plana, los muslos y las pantorrillas tensos y alargados, sin una gota de grasa en ninguna parte.

La mirada de Hinata se centró en la zona entre las piernas, muy diferente de las estatuas que su hermano había copiado.

— Está hinchado — murmuró con horrorizada fascinación— . ¿Te duele?

— Sólo si no se le atiende — dijo Naruto con una sonrisa extraña. Avanzó hacia ella, el fuego en sus ojos añadido a la peculiar sensación de sofoco removiéndose en el interior de su caja torácica.

— Ahora te toca a ti — murmuró Naruto.

— ¡Oh, no! — exclamó Hinata apartándose y cruzando los brazos sobre el pecho en actitud protectora como si él estuviera a punto de desnudarla— . Por favor, yo... yo no puedo.

Naruto la empujó hasta uno de los barrotes de la cama y, con suavidad, pasó un dedo por sus cabellos.

— Si esta noche vamos a culminar algo, querida, tienes que hacerlo.

Aunque habló con brusquedad, fue la primera vez que Naruto empleaba un término cariñoso. Su

«querida» la inundó de una sensación cálida, aunque no le hizo desaparecer su turbación. Hinata se obligó a bajar los brazos.

— Entonces vas a tener que apartar la vela.

— Pero deseo verte.

— No, no puedes — dijo ella avergonzada, recordando que él antes había menospreciado su estatura— . No te gustaré. Dijiste que no me encontrabas lo bastante metida en carnes.

— Entonces era un idiota corto de vista. Cuando te quité el maldito corsé descubrí hasta qué punto me había equivocado.

— Cuando... — Hinata se interrumpió, la sospecha que había tenido por la mañana se cristalizaba ahora en una absoluta certeza— . Estuviste en mi habitación la noche pasada.

Por un momento pensó que él iba a negarlo, pero Naruto se encogió de hombros y dijo:

— Te encontré dormida enredada en ese maldito corsé. Sólo quise que estuvieras más cómoda.

— ¿Y cómo pudiste entrar en mi habitación?

— Hay una puerta que conecta las dos habitaciones.

— Ya lo sé, pero estaba cerrada con llave por mi lado. ¿Eres una especie de fantasma que puedes atravesar una puerta? — preguntó ella con una media sonrisa.

Naruto no se la devolvió.

Hinata sintió que un escalofrío le recorría la columna y comenzó a hacerle más preguntas, un impulso que no pudo reprimir ni tampoco explicar.

— ¿Cómo pudiste desnudarme sin despertarme? ¿Y por qué no me despertaste? ¿Qué estabas haciendo en mi habitación a esas...?

— Basta — dijo Naruto con un gruñido— . Quieres distraerme con todas estas preguntas. Hay algo que deberías comprender acerca de hacer el amor. Que es mejor hacerlo en silencio.

— Pero...

— No hables más — la hizo callar con un beso; no fue un beso duro ni brusco, sino que sus labios sellaron con firmeza los suyos.

En ese instante la vela parpadeó como si pasara una corriente de aire y la luz se apagó. Pensó que Naruto la volvería a encender, pero no lo hizo. Al parecer, ahora también prefería la oscuridad.

Como también prefería el silencio a las preguntas.

Hinata procuró tranquilizarse, diciéndose que había exagerado el incidente en su dormitorio. Naruto no había hecho nada más que entrar en su habitación e intentar que estuviera más cómoda. Un gesto de consideración, seguramente. Entonces ¿por qué tenía la sensación de que se había inclinado sobre su cama y la había contemplado mientras dormía con esos ojos intensos e hipnotizadores que tan nerviosa la ponían? Era como si hubiera habido algo más, algo que el hombre no le había dicho.

Y ese algo presionaba entre ambos como una pesada capa de secreto. Naruto la besó por toda la cara, insinuando un ansia que la hizo temblar, su rostro oculto en las sombras y la rubia melena.

Cuando él desató una de las cintas del vestido, Hinata cambió de opinión acerca de la oscuridad. Ahora habría recibido muy bien un punto de luz a pesar del hecho que Naruo la estaba desnudando. La oscuridad le hacía parecer más extraño, casi como si fuera un amante fantasma, los dedos rápidos entre las lazadas que se deshacían con demasiada facilidad.

Las prendas de vestir fueron cayendo al suelo una a una, hasta que sólo se quedó con la fina camisola protectora, dejándola con una sensación de pánico, de que los acontecimientos se sucedían demasiado deprisa, fuera de su control.

Se mantuvo en silencio todo lo que pudo. Pero luego tuvo que hablar.

— Naruto, no puedo hacer esto sin saber qué voy a hacer, sin que me digas... las cosas. Aunque no estaba muy segura de qué cosas exactamente deseaba oírle decir.

Naruto abrió la camisola y la deslizó por los hombros de Hinata. La joven sintió el calor de su boca contra la piel desnuda y su voz, cálida y áspera, que le produjo un escalofrío.

— Hay cosas que no se pueden explicar, Hinata. Sólo experimentar. Como atravesar a caballo una puerta con cinco barras. Simplemente tienes que lanzarte.

— Nunca he sido una buena amazona — murmuró con una débil risita.

Y en cuanto al hecho de lanzarse, era lo que la había metido en esa situación. Estaba desnuda, dispuesta a hacer algo con un hombre que no conocía, que más parecía una sombra que materia, con sus rasgos perdidos en la oscuridad.

Naruto le quitó la camisola y ella se quedó completamente desnuda, temblando, sintiéndose más vulnerable de lo que se había sentido en toda su vida. Él se puso frente a ella muy despacio, sus ojos sólo eran un misterioso brillo, los ojos de un fantasma.

La acercó hacia él y Hinata tuvo un sobresalto cuando sintió que su carne desnuda rozaba la de él y la ilusión de un amante fantasma desapareció por completo. El cuerpo masculino pegado al suyo era duro, real, en él latía la vida y el ardor.

Sus labios buscaron los suyos en un beso que comenzó suave y fue transformándose en completa posesión, la lengua invadió su boca, la derritió, se divirtió en ella, la degustó. Y una extraña idea pasó rápidamente por la cabeza de Hinata, que ella ahora sabía cómo debió de sentirse Eva cuando probó la fruta prohibida de la sabiduría. Asustada, pero intrigada.

Todo un conocimiento nuevo, un mundo de nuevas sensaciones se desgranó por su interior. Los dedos de Naruto vagabundeaban por su espalda, amoldando su suavidad a su fuerza inquebrantable. A pesar de su ignorancia, Hinata poseía algunas vagas nociones referentes a la cópula. Sabía lo suficiente para estar enterada de que sus cuerpos debían de unirse de algún modo para que un niño fuera plantado en su seno.

Cuando las manos de Naruto descendieron deslizándose y alcanzaron las nalgas, apretaron su parte más íntima contra su miembro ardiente. Entonces Hinata supo con sorprendente claridad cómo se llevaría a cabo el acoplamiento.

La idea podía haberla aterrorizado. Y se asustó. Él era tan grande y ella nunca se había sentido tan frágil. Pero sus temores tenían que ver más con el inexplicable ardor que crecía en su interior, dulce y a la vez poderoso.

Hinata apartó los labios y cuando habló, lo hizo con una voz que parecía un tembloroso suspiro.

— Naruto, por favor, permíteme que te haga una última pregunta. ¿Esto... esto va a doler?

Naruto había empezado a respirar apresuradamente pero, después de escucharla, pareció que se quedaba sin aliento, inmóvil en medio de la oscuridad.

Luego ocultó el rostro entre las manos. En ese momento deseó ser el mejor amante o el mejor mentiroso.

— Sí — dijo por fin— . La primera vez creo que te resultará un poco incómodo, lo siento.

Hinata levantó las manos y le sujetó las muñecas, como si buscase protegerse, sus dedos también eran demasiado finos y frágiles. Como el resto de su cuerpo.

— Entonces creo que lo mejor será — murmuró— que lo hagamos deprisa, antes de que me falle el valor.

Naruto le acarició los cabellos con los dedos, acarició los finos mechones, pero no encontró palabras para darle seguridad. Todo lo que consiguió hacer fue conducirla hacia la cama, tumbarla encima del colchón, echarse él a su lado, consciente del nerviosismo de la joven y sin saber qué hacer para hacerla desaparecer.

En ese momento Naruto hizo un descubrimiento que lo avergonzó. Se había llevado a la cama a muchas prostitutas, pero no sabía cómo hacer el amor a su mujer. En absoluto. Sus parejas en la cama siempre habían hecho lo que él deseaba. Ahora su novia yacía a su lado en la oscuridad, temerosa, expectante, esperando algo que él no sabía cómo entregarlo.

La aproximó cuidadosamente y rozó sus labios con los suyos. Había apagado la vela, pero ni siquiera un St. Namikaze podría hacer desaparecer la luna. Su resplandor plateado penetraba por las cortinas, invadía la cama con una luz plateada que le proporcionaba seductoras visiones de la belleza desnuda de Hinata. El enmarañado de sus cabellos, la suave curva de sus hombros, la preciosa insinuación de los pezones sonrosados, la curva marfileña de las caderas.

Su cuerpo estaba perfectamente formado, pero era mucho más pequeño y delicado que su gigantesca constitución. La mano que le rozaba el pecho era demasiado grande y tosca y la tocaba con toda la suavidad de que era capaz.

La trataba con tanto cuidado como si estuviera hecha del más fino cristal, pero para su frustración, ella se ponía rígida al más mínimo roce, a la caricia más suave.

Cuando le separó los muslos, en busca de sus más íntimas suavidades, la sintió temblar y soltó una maldición en su interior ante la inconveniencia de la virginidad.

No se suponía que tenía que ser así. Los relatos de los varones St. Namikaze y del fiero deseo que despertaban en sus novias elegidas era tan legendario como la pasión de Lancelot y Ginebra. Vírgenes o no, se rumoreaba que aquellas mujeres tenían una sangre tan caliente como la de los hombres que las desposaban.

Se decía que Jiraiya había seducido una vez a una dama de otro hombre al pie del altar. El abuelo de Naruto, se rumoreaba, desapareció en el dormitorio durante su noche de bodas y salió de allí tres días después con su esposa suspirando porque reclamaba más.

Pero cuando Naruto tomó a su nerviosa novia entre sus brazos, se sintió más mortal que leyenda, un hombre que está al borde de sus necesidades más palpitantes. Quizá Hinata tenía razón. Quizá esta primera vez sería mejor hacerlo rápido.

Puso a su esposa de espaldas y él se metió entre sus piernas. La abrazó con ambos brazos, se puso encima de ella y procuró no mirar demasiado aquellos ojos grandes y temerosos.

— ¿Estás preparada? — preguntó.

Una pregunta tonta. La mujer que permanecía rígida debajo de él, se disponía a recibir la estocada final como un duelista abatido.

Pero Hinata asintió con valentía.

Naruto apretó los dientes y se situó de modo que la entrada fuera más fácil, luchando contra su instinto masculino de hundirse con fuerza en su acogedora calidez y procurando ser lo más suave que le fuera posible.

Pero ella estaba muy cerrada y él no pudo hacer otra cosa que empujar con fuerza y romper su virginidad con un único y rápido impulso. La sensación de su carne acoplándose a la de ella fue increíble, aunque el suave gemido de dolor de Hinata estuvo a punto de desanimarlo.

— ¿Estás bien? — le preguntó, procurando mantenerse inmóvil en el interior de ella.

Hinata volvió a asentir, pero él no pudo dejar de observar que ella había hundido las manos en el colchón, a ambos lados de su cuerpo.

— ¿Quieres que me detenga? — preguntó Naruto con un heroísmo que ignoraba que poseía.

Hubo un silencio durante el cual Naruto pensó que ella tenía toda su cordura en sus manos. Luego le llegó la contestación, tan suave que apenas captó sus palabras.

— N...no.

El beso que le dio fue más de agradecimiento que de pasión. Luego lanzó un gemido mientras se hundía más en ella. Hinata contuvo la respiración, luego suspiró y pareció relajarse un poco debajo de él.

¿Era posible que después del dolor inicial, hiciera su entrada la pasión? ¿Si empezaba despacio, con toda la habilidad que poseía, podría persuadir a su esposa para que se llenara de algo parecido al deseo?

Entonces Naruto comenzó a besarla a lo largo del cuello, con gran determinación, intentando un ritmo en las caricias. Pero había estado demasiado tiempo sin una mujer y Hinata lo enfundaba como un guante de terciopelo, apretado, cálido y perfecto. Arremetió con fuerza y la presión creció en su interior hasta que sintió dolor y los besos que le daba en la cara se hicieron más fervientes, más feroces.

Naruto reventó encima de ella con toda la furia de las tormentas del mar que a menudo azotaban sus tierras, y la precipitación lo cogió desprevenido.


La Historia tiene el propósito de Entretener.