Capítulo 7

SASUSAKU


La verdad era que se había casado con un monstruo.

Después de convivir con el esposo tres meses, Sakura llegó a esa triste conclusión. Sasuke era cruel. Era horriblemente obstinado, cabeza dura y le daba órdenes insensatas. Y ésas eran sus mejores cualidades. La trataba como a una inválida. No podía levantar un dedo, la vestían de pies a cabeza y siempre la seguía uno de los soldados. Sakura se avino a todas esas ridiculeces durante unos dos meses, hasta que no aguantó más. Entonces se quejó, pero en vano: Sasuke no le hizo caso. Tenía ideas de lo más extrañas con respecto al matrimonio. Quería que Sakura estuviese bajo llave y cada vez que la muchacha salía a respirar aire fresco Sasuke intentaba hacerla entrar otra vez.

Las cenas eran insoportables. Se esperaba que Sakura mantuviese un aire digno durante toda la comida, mientras alrededor reinaba el caos. Ninguno de los hombres que los acompañaban a cenar tenía buenos modales: eran estrepitosos, groseros y lanzaban ruidos de lo más desagradables.

Y en este caso, ésas también eran las mejores cualidades de los hombres. Sakura no criticaba a los soldados. Tenía la sensación de que sería preferible que se mantuviese separada del clan en la medida de lo posible. A su juicio, el mantenerse aparte significaba la paz y eso era lo único que Sakura anhelaba conquistar.

Como Sasuke no la dejaba ir a cazar, Sakura pasaba la mayor parte del día sola. Suponía que el esposo la creía demasiado frágil para empuñar el arco y la flecha: ¿qué podía hacer para corregir una idea tan absurda? Para evitar que se le embotara la puntería, fabricó un blanco que fijó al tronco de un árbol, al pie de la colina, y practicó con el arco y las flechas. En verdad era muy diestra y la enorgullecía alardear de que le había ganado un par de veces a Naruto en una competencia de tiro al blanco.

Mientras practicaba, nadie la molestaba. Las mujeres la ignoraban casi por completo. Las Ōtsutsuki la trataban con franca hostilidad. Varias de las jóvenes seguían el ejemplo de la jefa natural, una mujer robusta de mejillas rojas y cabello muy claro llamada Fugai. Cada vez que Sakura pasaba cerca de ella, la mujer lanzaba resoplidos desdeñosos muy poco femeninos y, sin embargo, Sakura no creía que fuese malvada. Lo que sucedía era que la señora del lugar le parecía una inútil. Si su presunción era cierta, Sakura no podía culparla. Mientras Fugai trabajaba desde la mañana muy temprano hasta la caída del sol en los campos que se extendían tras la línea de árboles junto con las otras mujeres cultivando los campos y alimentando las cosechas, Sakura vagaba a su antojo por el feudo y estaba segura de que aparentaba ser la perezosa reina de un señorío.

No, Sakura no culpaba a las mujeres por el resentimiento que le demostraban. Parte de la responsabilidad la tenía Sasuke por no permitirle que se relacionara con ellas, pero Sakura, a fuerza de ser sincera consigo misma, comprendía que ella misma daba lugar a la separación y no hacía nada por cambiar la opinión de las mujeres hacia ella. Según su antigua costumbre, no intentaba ser amistosa sin pararse a pensar el porqué.

En Inglaterra no había tenido amigas porque su esposo no lo permitía. "Pero aquí, en los Highlands, todo es diferente —se recordó—: el clan no desaparecerá ni se moverá de aquí".

Después de tres meses de soledad, tuvo que admitir que si bien su vida era apacible era también solitaria y aburrida. Quería adaptarse. Y tan importante como eso, quería ayudar a reconstruir lo que su primer esposo había destruido. Sasuke estaba demasiado ocupado con la reorganización para ocuparse de los problemas de su esposa y, de cualquier modo, Sakura no tenía intenciones de quejarse ante él. Era un problema que tendría que resolver por sí misma.

Una vez que definió el conflicto, se dedicó a buscar la solución.
Ya no quería permanecer apartada del clan y procuraba unirse a las actividades toda vez que podía. Pese a que era sobremanera tímida, se preocupó por saludar a cada una de las mujeres que pasaban presurosas junto a ella. Las Uchiha siempre respondían con una sonrisa o una palabra amable, pero casi todas las del clan Ōtsutsuki fingían no oírla. Claro que había excepciones: al parecer, Izumi y Hana, las dos Ōtsutsuki que la ayudaron con el baño en la noche de bodas, le tenían simpatía pero las otras rechazaban cualquier muestra de amistad.

Esa actitud la confundía: no sabía qué hacer para modificar la opinión que tenían de ella. Un martes en que Shisui tenía la obligación de vigilarla, le formuló la pregunta:

—Shisui, quisiera conocer su opinión acerca de un tema que me preocupa. No puedo encontrar el modo de que las mujeres Ōtsutsuki me acepten. ¿Tiene alguna sugerencia que ofrecerme?

Mientras la escuchaba, Shisui se rascaba el mentón. Aunque veía que Sakura estaba inquieta por el modo en que el clan se comportaba con ella, no se atrevía a explicarle los motivos porque no quería herir sus sentimientos. Después de haberla cuidado durante varios días, la actitud del propio Shisui hacia la señora se había suavizado. Aunque seguía siendo tímida, no era una cobarde como la consideraban las mujeres Ōtsutsuki.

Sakura advirtió la vacilación de Shisui y creyó que no quería hablar porque algunos miembros del clan podrían oírlos.

—¿Me acompaña colina arriba?

—Claro, milady.

No dijeron una palabra hasta que estuvieron bastante lejos del recinto y, por fin, Shisui rompió el silencio.

—Lady Sakura, los highlanders tienen buena memoria. Aunque un guerrero muera sin vengar un desaire, muere en paz porque sabe que algún día su hijo o su nieto enderezarán el entuerto. Las enemistades inveteradas nunca se olvidan, los pecados jamás se perdonan.
Sakura no entendía a qué se refería, aunque parecía muy sincero.

—¿Y es importante no olvidar, Shisui?

—Sí, milady.

Shisui pareció haber concluido la explicación, pero Sakura sacudió la cabeza, impaciente.

—Sigo sin entender lo que trata de decirme. Vuelva a intentarlo, por favor.

—Muy bien —respondió el soldado—. Los Ōtsutsuki no olvidaron lo que les hizo su primer marido.

—Y me culpan a mí, ¿no es cierto?

—Algunos le echan la culpa a usted —admitió el hombre—. Pero no se preocupe por el desquite —se apresuró a añadir—. La venganza es cosa de hombres. Los highlanders no molestan a las mujeres ni a los niños. Y, por otra parte, su esposo mataría a cualquiera que se atreviera a tocarla.

—No me preocupa mi propia segundad —replicó la joven—. Puedo cuidarme, pero no puedo pelear contra los recuerdos. No puedo cambiar lo que pasó. No se entristezca, Shisui, creo que he conquistado a algunas de las mujeres. Escuché que una de ellas me llamaba "valiente". Si yo le desagradara, no me elogiaría de ese modo.

—No es ningún elogio —afirmó Shisui, irritado—. No puedo permitir que crea eso.

—¿Qué es lo que trata de decirme? —preguntó Sakura, frustrada.

Resultaba difícil obtener una respuesta directa del soldado. Sakura hizo gala de paciencia mientras esperaba que Shisui se expresara con franqueza.

Shisui exhaló un fuerte suspiro.

—A Kagami le dicen "inteligente".

Sakura asintió.
—Kagami es muy inteligente.

Shisui sacudió la cabeza.

—Lo creen estúpido.

—En el nombre del cielo, entonces, ¿por qué le dicen inteligente?

—Porque no lo es.

Sakura adoptó una expresión perpleja.

—A su esposo le dicen piadoso.

—Al laird le agradaría oír semejante elogio.

—No, milady, no le agradaría en absoluto.

Sakura seguía sin comprender y Shisui creyó que sería una crueldad dejarla permanecer en la ignorancia.

—Su esposo se enfurecería si supiera que en realidad los Ōtsutsuki lo consideran un hombre piadoso. Las mujeres ponen el calificativo opuesto, ¿entiende? Es un jueguito tonto. En realidad creen que el laird es un hombre duro y por eso lo admiran —agregó el hombre con un gesto afirmativo—. A un jefe no le agrada que lo consideren piadoso o de buen corazón: lo consideraría una debilidad.

La joven se irguió con lentitud. Comenzaba a comprender el significado del juego de las mujeres.

—De modo que, si lo que usted afirma es verdad, significa que consideran a Kagami...

—Retardado.

Por fin comprendió. Antes de que se volviera, Shisui vio que tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Eso significa que, según ellas, yo no soy valiente sino cobarde. Ahora entiendo. Gracias por molestarse en explicármelo, Shisui. Sé que fue difícil para usted.

—Milady, por favor, dígame quién fue la mujer a la que oyó decir eso.

—No se lo diré —afirmó Sakura sacudiendo la cabeza. No podía mirar al soldado pues se sentía incómoda y avergonzada—. ¿Me disculpa, por favor? Creo que entraré al castillo.

No esperó a que le respondiera; se volvió y corrió colina abajo. De pronto, se detuvo y giró otra vez hacia el soldado.

—Le rogaría que no le contara esta conversación a mi esposo. No quisiera que se preocupe por una cuestión tan insignificante como los juegos tontos de ciertas mujeres.

—No se lo diré —aceptó Shisui. Para él era un alivio que Sakura no quisiera que Uchiha se enterase del insulto, pues sin duda armaría un escándalo infernal. Al soldado lo enfurecía que esa conducta tan cruel proviniese de las mujeres del clan Ōtsutsuki. Como jefe, sentía la pesada carga de deberes contradictorios. Por supuesto, había jurado lealtad a Uchiha estaba dispuesto a dar la vida por el laird. El juramento se extendía a la esposa y Shisui haría cualquier cosa que le pidiesen para proteger a lady Sakura de todo daño.

Con todo, como también era el jefe de su propio clan, estaba convencido de que eran los Ōtsutsuki y no los Uchiha los que tenían que resolver los problemas propios. Si le contara al laird la crueldad de las mujeres hacia lady Sakura se sentiría un traidor. Shisui sabía que eran Fugai y sus seguidoras las culpables y decidió sostener una firme conversación con las mujeres. Les ordenaría que se comportaran con la señora con el respeto debido a su posición.

Sakura subió al dormitorio y permaneció allí el resto de la tarde, oscilando entre el enojo y la autocompasión. Por cierto que se sentía herida por la crueldad de las mujeres, pero ése no era el motivo de su llanto. Lo que en realidad afligía a Sakura era la posibilidad de que tuviesen razón. ¿Sería en verdad una cobarde?

No tenía las respuestas. Quería quedarse en la habitación pero hizo un esfuerzo y bajó a cenar. Sasuke ya habría regresado de la caza y Shisui también estaría presente y Sakura no quería que ninguno de los dos imaginara sus conflictos.
El salón estaba repleto de soldados. Casi todos ya estaban sentados ante las dos mesas largas que ocupaban el lado derecho de la habitación. El aroma de la madera nueva y de las virutas de pino se mezclaban con los pesados olores de la comida, que era llevada al salón en dos tablas de trinchar gigantescas, hechas con pan negro duro, de dos días antes.

Nadie se puso de pie cuando la señora entró y eso molestó a Sakura, aunque no creyó que se mostraran deliberadamente groseros. Varios de ellos la saludaron con la mano al verla. Los soldados no comprendían que tenían que ponerse de pie cuando ella entraba en el salón.

Sakura se preguntó qué cosa haría que esos hombres buenos y orgullosos se sintieran como un solo clan. Se esforzaban en mantenerse separados. Cuando uno de los Ōtsutsuki hacía una broma sólo reían los del mismo clan. Los Uchiha ni siquiera sonreían.

También se sentaban en mesas separadas. Sasuke se sentaba a la cabecera de una de las mesas y todos los otros lugares, excepto uno a la derecha del laird reservado para la esposa, eran ocupados por soldados Uchiha. Todos los Ōtsutsuki se sentaban juntos a otra mesa.

Esa noche, Sasuke no le prestó la menor atención. Tenía un rollo de pergamino entre las manos y lo leía con gesto sombrío.

Sakura no lo interrumpió. Los soldados de Sasuke, en cambio, no estaban tan ensimismados.

—¿Qué es lo que quiere Akimichi? —le preguntó Itachi al laird.

—Es el laird del clan que vive al sur de nuestro feudo, milady —le explicó Shisui a gritos, desde la otra mesa—. El mensaje es de él —añadió. Luego le preguntó al laird—: ¿Qué es lo que quiere el viejo?

Sasuke terminó de leer el mensaje y volvió a enrollar el pergamino.

—El mensaje es para Sakura.

La aludida se sorprendió.

—¿Para mí? —preguntó, tomando el rollo.

—¿Sabes leer? —preguntó Sasuke.

—Sí —respondió la mujer—. Me propuse aprender.

—¿Por qué?

Sakura se encogió de hombros.

—Porque me lo prohibían —murmuró. Lo que no le contó fue que Aoi la provocaba, repitiendo una y otra vez que era demasiado necia para aprender nada importante, y Sakura sintió el impulso de demostrarle que estaba equivocado. Fue un desafío oculto pues Aoi nunca se enteró de que Sakura había vencido las dificultades de aprender a leer y a escribir. Y el maestro le temía demasiado a Aoi para decírselo.

Sasuke no le entregó el rollo y le preguntó con expresión feroz:

—¿Conoces a un barón llamado Shino Aburame?

La mano de Sakura se detuvo a mitad del gesto y en un instante palideció. Se sintió desmayar y tomó aire para serenarse.

—¿Sakura? —insistió Sasuke al no recibir una respuesta inmediata.

—Lo conozco.

—El mensaje proviene de Aburame —dijo Sasuke—. Akimichi no lo dejará cruzar la frontera hasta que yo le dé permiso. ¿Quién es ese hombre y qué quiere?

Sakura casi no pudo disimular la agitación. Lo que más deseaba era salir corriendo pero resistió ese impulso de cobardía.

—No quiero hablar con él.

Sasuke se respaldó en la silla. Percibió el miedo y el pánico de la esposa y esa reacción ante el mensaje no le agradó. ¿Acaso no comprendía que estaba a salvo? ¡Maldición, él no permitiría que le sucediese nada!

Exhaló un suspiro, comprendiendo que, por cierto, Sakura no lo sabía. Cuando aprendiera a confiar en él, ya no la asustarían los mensajes llegados de Inglaterra.

Sasuke sabía que se mostraba arrogante y no le importaba. En ese momento, lo que más deseaba era tranquilizar a su esposa: no le gustaba verla amedrentada. Y además tenía otro motivo: quería saber la verdad.

—¿Acaso ese barón te ofendió de alguna manera?

—No.

—¿Quién es, Sakura?

—No quiero hablar con él —repitió, con voz temblorosa.

—Quiero saber...

Sakura hizo un gesto negativo y Sasuke interrumpió la pregunta. Le tomó la barbilla y la obligó a dejar de sacudir la cabeza.

—Escúchame —le ordenó—. No tienes obligación de verlo ni de hablar con él —le prometió en voz baja y convincente.

La expresión de la joven se tornó dubitativa e incierta.

—¿En serio? ¿No lo dejarás venir?

—En serio.

El alivio de Sakura fue evidente.

—Gracias.

Sasuke la soltó y volvió a reclinarse en la silla.

—Ahora, responde a mi pregunta —repitió—. ¿Quién demonios es el barón Aburame?

En ese momento, todos los soldados presentes en el salón estaban silenciosos y atentos. Para ellos era obvio que la señora estaba asustada y tenían curiosidad por saber el motivo.

—El barón Aburame es un sujeto poderoso en Inglaterra —susurró Sakura—. Se dice que es más poderoso que el rey John.

Sasuke esperó que continuara pero transcurrieron varios minutos hasta que comprendió que no diría nada más.

—¿Es uno de los favoritos del rey? —preguntó.

—No —respondió Sakura—. Odia a John. Muchos barones comparten la opinión de Aburame acerca, del monarca. Se unieron y se dice que Aburame es el líder de todos ellos.

—Sakura, estás hablando de una insurrección.

Sakura negó con la cabeza y bajó la mirada.

—Es una rebelión silenciosa, milord. En estos momentos, Inglaterra es un caos y muchos de los barones creen que es Arthur quien tendría que haber sido nombrado rey. Era el sobrino de John. Geoffrey, el padre de Arthur, era el hermano mayor de John y murió pocos meses antes del nacimiento de su hijo.

Itachi trató de seguir la explicación y a esa altura frunció el entrecejo.

—Milady, ¿acaso afirma usted que cuando el rey Richard murió Geoffrey tendría que haber sido el rey?

—Geoffrey era mayor que John —repuso la joven—. Era el próximo en la línea de sucesión porque Richard no tuvo hijos, ¿sabe usted? Pero Geoffrey ya había muerto. Hay quienes consideran que su hijo era el verdadero heredero del trono. Hasta se agruparon en defensa de la causa de Arthur.

—¿De modo que los barones lucharon por el tema de la corona?

La pregunta fue de Sasuke y Sakura asintió.

—En cada ocasión que podían, los barones apoyaban la causa de su rey. En los últimos años John se creó numerosos enemigos. Naruto cree que cualquier día estallará una rebelión franca. Aburame y los otros esperan una buena razón para librar al país de John. No quieren esperar pues John resultó ser un monarca terrible —agregó en un murmullo—. No tiene consideración ni aun hacia los miembros de su propia familia. ¿Sabes que durante el conflicto se volvió en contra de su propio padre y se unió al rey de Francia? Henry murió con el corazón destrozado porque siempre creyó que John era el más leal de sus hijos.

—¿Cómo se enteró de todas estas cosas? —preguntó Itachi.

—Por mi hermano Naruto.

—Todavía no explicaste por qué Aburame querría hablar contigo —le recordó Sasuke.

—Tal vez crea que puedo ayudar a la causa de destronar a John, pero aunque yo pudiese no lo haría. En este momento sería inútil. No complicaré a mi familia en la lucha. Tanto Naruto como mi madre sufrirían si yo dijera...

—¿Si dijeras qué cosa? —le preguntó el esposo. La mujer no respondió.

Itachi la codeó para llamarle la atención.

—¿Acaso Arthur quiere la corona? —preguntó.

—Así es —respondió Sakura—. Pero yo no soy más que una mujer, Itachi. No me interesan los juegos políticos ingleses. No sé por qué el barón Aburame desea hablar conmigo. No sé nada que pueda ayudar a destronar a John.

Sasuke se convenció de que era mentira. Y también de que estaba aterrorizada.

—Aburame desea formularte ciertas preguntas —afirmó.

—¿Acerca de qué? —preguntó Itachi, al ver que la señora guardaba silencio.

Sasuke respondió sin quitar la vista de la esposa:

—Acerca de Arthur. Ahora está seguro de que el sobrino del rey está muerto.

Sakura comenzó a levantarse, pero Sasuke le sujetó la mano y la obligó a quedarse sentada. La sintió temblar.
—No hablaré con Aburame —exclamó—. Arthur desapareció hace más de cuatro años. No entiendo por qué el barón sigue interesado en el paradero del sobrino del rey. No tengo nada que decirle.

Sakura ya le había revelado más de lo que creía: al refierirse a Arthur empleó el tiempo pasado.

Sakura ya sabía que el sobrino del rey estaba muerto. Sasuke pensó que también debía de saber cómo había muerto y quién lo había asesinado. Reflexionó sobre las derivaciones que tendría el hecho si su suposición resultaba cierta y movió la cabeza.

—Inglaterra es otro mundo en lo que se refiere a nosotros —afirmó—. No permitiré que ningún barón venga aquí. Sakura, yo nunca dejo de cumplir mi palabra. No hablarás con ninguno de ellos.

La mujer asintió. Itachi comenzaba a hacer otra pregunta pero la mirada severa del laird lo contuvo.

—Hemos terminado de comentar esta cuestión —afirmó—. Itachi, infórmame sobre los progresos en la construcción del muro.

Sakura estaba demasiado desasosegada para seguir la conversación. Tenía el estómago revuelto y apenas pudo pasar un bocadillo de queso. Había jabalí y restos de salmón salado pero sabía que si probaba algo más le darían náuseas.

Contempló la comida y se preguntó cuánto tiempo más tendría que quedarse ahí antes de que la excusaran.

—Tendrías que comer algo —le dijo Sasuke.

—No tengo apetito —repuso—. No estoy habituada a comer tanto antes de acostarme, milord —se excusó—. En Inglaterra se suele servir una comida entre las diez y el mediodía y más tarde se toma un ligero refrigerio. Me llevará tiempo acostumbrarme al cambio. ¿Me disculpas? Quisiera subir.

Sasuke asintió.

Como Itachi la miraba con fijeza, Sakura le dio las buenas noches y se dirigió hacia la entrada. Vio a Aoda tendido a la izquierda de la escalera y al instante dio un rodeo para no pasar cerca del animal. No le quitó la vista hasta que pasó junto a él y luego corrió.

Se preparó sin prisa para acostarse. Cumplir ese sencillo ritual la serenaba y la ayudaba a controlar el temor. Se concentró en cada mínima tarea. Agregó dos leños al fuego, se lavó y luego se sentó a cepillarse el pelo. Odiaba ese trabajo. Le parecía que no terminaba nunca de deshacer los nudos. Le dolía el cuero cabelludo por el peso de la masa ondulada de pelo y cuando terminó estaba demasiado cansada para trenzarlo.

Se quedó sin quehaceres y trató de pensar en cosas frívolas, convencida de que así bloquearía los temores y terminarían por desaparecer.

—Sasuke tiene razón —musitó—. Inglaterra está en otro mundo.

"Estoy a salvo —pensó—, y Naruto y mamá también estarán seguros en Inglaterra mientras yo calle".

Sakura dejó el cepillo y se persignó. Oró pidiendo coraje y la guía divina y, por fin, oró por el hombre que tendría que haber sido rey: por Arthur.

En el momento en que finalizaba las plegarias, entró Sasuke y encontró a la esposa sentada a un lado de la cama, contemplando las llamas del hogar. Cerró la puerta, se quitó las botas y caminó hasta el lado opuesto de la cama. Sakura se levantó y se volvió a mirarlo.

A Sasuke le pareció que su esposa estaba triste.

—Naruto me dijo que el rey John te tiene miedo.

La mujer bajó la mirada.

—¿De dónde sacó esa idea?

—Sakura.

La joven levantó la mirada:

—¿Qué?

—Llegado el momento, me dirás lo que sabes. Yo no te forzaré. Aguardaré. Cuando estés dispuesta a confiar en mí, lo harás.

—¿Decirte qué cosa, milord?

Sasuke dejó escapar un suspiro.

—Me dirás qué es lo que te aterroriza tanto.

Sakura tuvo el impulso de discutir pero se contuvo: no quería mentirle a Sasuke.

—Ahora estamos casados —dijo—. Y no sólo tú tienes el deber de protegerme, Sasuke. También es mi deber protegerte a ti siempre que pueda.

El hombre no comprendió la extraña afirmación: ¿protegerlo a él? ¡Demonios, ella lo tenía todo presente! Se suponía que él era quien debía protegerla a ella y cuidarse a sí mismo. Procuraría vivir muchos años para cuidar de su esposa y de Yoshio.

—Las esposas no protegen a los maridos —afirmó en voz alta.

—Esta esposa lo hará —replicó Sakura.

Iba a discutirle, pero la esposa lo distrajo. No hizo más que desatar el cinturón de la bata y se la quitó: debajo no llevaba nada.

Sasuke se quedó sin aliento. ¡Dios, qué hermosa era! A espaldas de Sakura el fuego la bañaba en un resplandor dorado. Su belleza no se veía empañada por ningún defecto. Tenía los pechos plenos, la cintura angosta y las piernas largas.

Sasuke no tuvo conciencia de haberse desnudado. Sostuvo la mirada de Sakura largos minutos hasta que el corazón comenzó a golpearle en el pecho y sintió el aliento entrecortado por la excitación.

Sakura luchó contra el pudor: sabía que estaba sonrojada porque sentía el calor en el rostro.

Los dos se acostaron y se taparon al mismo tiempo y luego se acercaron uno al otro. Sakura todavía estaba de rodillas cuando Sasuke la atrajo hacia sus brazos. La hizo acostarse, la cubrió con su propio cuerpo y la besó.

Sakura le enlazó los brazos en el cuello y lo acercó hacia sí. Estaba desesperada por las caricias del esposo: esa noche lo deseaba. Necesitaba el consuelo y la aceptación del esposo.

Sasuke, a su vez, necesitaba satisfacción. Le prodigó rudas caricias en los hombros, la espalda, los muslos, y el contacto con esa piel sedosa lo excitó.

Sakura no necesitaba que la animaran a responder: no podía cesar de acariciarlo. Tenía el cuerpo tan recio y la piel tan cálida y la incitaba de tal modo con la boca y con las manos que en pocos minutos se sintió como afiebrada de pasión.

Era imposible ser inhibida con Sasuke. Era un amante exigente, tierno y rudo al mismo tiempo. Con sus atrevidas caricias íntimas encendía el ardor de Sakura y cuando sus dedos la penetraron y el pulgar frotó el sensible capullo oculto tras los pliegues húmedos de su carne, Sakura enloqueció.

El hombre le tomó la mano y la colocó sobre su pene duro y erguido. La mujer lo oprimió, impulsándolo a soltar un gemido ronco y gutural. Sasuke murmuraba eróticas palabras de aliento e indicaciones del modo en que deseaba que lo acariciara.

Sasuke no pudo soportar mucho tiempo más la dulce agonía. Le apartó las manos con brusquedad, le alzó los muslos y la penetró profundamente. Sakura gritó de placer. Le clavó las uñas en los hombros y se arqueó hacia él para recibirlo con más plenitud. El hombre estuvo a punto de derramar en ella su simiente en ese mismo instante y tuvo que apelar a toda su disciplina para contenerse. Movió la mano entre los cuerpos de los dos y la acarició con los dedos hasta sentir que Sakura alcanzaba el clímax y sólo entonces se permitió su propia satisfacción.

El orgasmo lo devastó. Gimió de puro placer al derramar la semilla en su esposa. Sakura gritó el nombre del esposo y Sasuke, el de Dios.

Sasuke se dejó caer sobre la esposa con una exclamación ronca y satisfecha. No se retiró de adentro de ella, queriendo prolongar la maravilla que acababa de experimentar.

Sakura tampoco quería apartarse de su esposo en ese momento. Cuando Sasuke la abrazaba se sentía querida. También se sentía segura... y casi amada.

Pero luego, el peso de Sasuke la aplastó y por fin tuvo que pedirle que se apartara para poder respirar.

Sasuke no estaba seguro de tener energías restantes y esa idea lo divirtió. Rodó de costado arrastrando a Sakura junto con él, levantó las mantas para cubrirlos a ambos y cerró los ojos.

—Sasuke.

El hombre no le respondió y Sakura le tocó el pecho con el dedo para llamarle la atención. Sólo obtuvo un gruñido de respuesta.

—Tenías razón: soy débil.

Esperó a que le dijera que estaba de acuerdo, pero Sasuke no dijo nada.

—Un viento del norte podría llevarme —dijo, usando las mismas palabras de Sasuke en la primera noche que vivieron como marido y mujer.

Dejó pasar varios minutos y luego volvió a hablar.

—Pero las otras cosas no son ciertas. Yo no dejaré que lo sean.

Cerró los ojos y dijo sus oraciones. Sasuke pensó que se había dormido y él iba a imitarla. Pero luego, en un susurro suave pero pleno de convicción, la oyó decir:

—No soy cobarde.