9 Justicia & Venganza
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Para el tercer día, me estoy moviendo y levantándome de nuevo. Después de otra noche de las cálidas manos de Guerra en mi piel, casi me siento de vuelta a la normalidad. Todavía hay algunas dolencias y molestias —como si giro mi torso de cierta manera, mis lesiones en las costillas vuelven a la vida— pero si me muevo con cuidado, puedo fingir que estoy curada.
Que es exactamente lo que hago una vez que despierto y descubro que Guerra no está, sin duda despedazando a más gente condenada. Me levanto y me muevo por la tienda del jinete y no voy a mentir, husmeo en todo el lugar.
Levanto almohadas y hojeo el montón de libros apilados en una mesa lateral. Echo un vistazo a las lámparas de aceite y abro algunos de los baúles del jinete, decepcionada cuando termino contemplando armas y más armas.
Honestamente, la vida íntima de Guerra no es tan intrigante. Estaba esperando encontrar que en secreto le gustaba fabricar vestidos, coleccionar muñecas rusas o algún tipo de pasatiempo extraño de ese estilo.
En cambio, encuentro viejos mapas con ciudades tachadas. Trago cuando las veo.
Abro el último de sus baúles y exhalo cuando veo lo que hay en el interior.
Su armadura rojo sangre está en el fondo. Su espada, noto, está ausente.
Saco el antebrazo, girando la cobertura del brazo en mi mano. El cuero una vez más está en prístinas condiciones, a pesar del hecho de que juraría que ayer había manchas de sangre. Supongo que al final del día, Dios lava todos los pecados. ¿Por qué Guerra no lleva puesta su armadura?
La respuesta llega un segundo demasiado tarde.
—Es ligera, ¿cierto?
Me sobresalto ante el sonido de la voz de Guerra. Cuando miro por encima de mi hombro, está en la puerta de su tienda, mirándome, su expresión inescrutable.
Dios, cuán culpable luzco, agachada frente a su baúl, sosteniendo una pieza de su armadura.
—No esperarías eso de una armadura —dice, dirigiéndose hacia mí—. Todos mis hermanos llevan una armadura de metal, pero en el campo de batalla, el metal es pesado e incómodo.
Regreso el protector del brazo al interior de baúl y lo cierro. Luego me giro para mirar a Guerra. Lleva puesta una camiseta negra, la empuñadura de su espada asomándose por encima de su hombro.
—¿Qué hay de eso? —pregunto, mi barbilla moviéndose hacia su arma—. ¿Eso no es... incómodo?
—Mucho. Pero le tengo afecto.
Detrás de él, la solapa de tienda cruje al abrirse y un soldado entra, cargando una bandeja con comida y café. Acomoda los objetos en una mesa, luego se va.
Una vez que estamos solos de nuevo, Guerra se acerca hacia la mesa y saca una silla para mí.
—¿Quién te enseñó a ofrecerle a una mujer su asiento? — pregunto, siguiéndolo. Me siento, mis ojos en el acomodo de la mesa.
No ha soltado la parte trasera de mi silla y se inclina para susurrar a mi oído:
—La misma gente que te enseñó cómo husmear en las cosas de las personas.
Guerra se endereza y cuando lo hace, vislumbro una empuñadura conocida amarrada a la cartuchera de su brazo.
—Mi daga —digo cuando el reconocimiento llega. Era una de las armas con las que peleé en Uzushiogakure—. La guardaste. —Había estado segura de que hacía tiempo que se perdió. Verla detona una vieja emoción.
Sin pensarlo, me estiro para tomarla, solo para lograr que Guerra atrape mi muñeca.
Le doy una mirada incrédula.
—Es mía.
—Considéralo un trato, obtienes mi daga, obtengo la tuya.
—Eso no es un trato —me quejo, poniéndome de pie—. Mantienes mi arma guardada sin decírmelo y simplemente me das la tuya. Quiero la mía de regreso.
Mi daga está más desafilada que la de Guerra y el equilibrio no es el adecuado. Aun así la quiero de vuelta.
—No. —Simplemente por el tono de su voz puedo saber que no es negociable. Ugh.
Lo fulmino con la mirada.
—¿Por qué siquiera quieres mi daga? —pregunto.
Hay docenas de armas simplemente en esta habitación. Hay miles más a lo largo del campamento y con cada ciudad que atacamos, hay innumerables más para que Guerra adquiera. Mi humilde daga no es rival para esas.
—Le tengo… afecto.
Justo como le tiene afecto a su espada. Señala la silla de nuevo.
—Siéntate.
Lo hago, echando un vistazo a la variedad de comida y al espeso y humeante café junto a ella.
En lugar de sentarse en su propia silla, Guerra se arrodilla, presionando sus manos en mis heridas. Para este momento me he acostumbrado a esta rutina. Todavía es sorprendentemente íntimo tenerlo tan cerca y sentir su piel presionada contra la mía, pero he llegado a esperarlo, incluso a anticiparlo.
No estoy bien de la cabeza.
—¿Solo me estás curando porque quieres follarme?
Santa madre de Dios. ¿Esas palabras realmente salieron de mi boca?
¿Qué pasa contigo, Hinata?
La cabeza del jinete se levanta rápidamente hacia mí. Me mira fijamente durante varios segundos, sus ojos moviéndose hacia mi boca.
—Te curé por mis razones propias. Follar contigo es algo completamente diferente.
Guerra termina su trabajo y se sienta en la silla junto a la mía.
Y ahora tengo que lidiar con las doce toneladas de tensión sexual que he provocado en la habitación.
Para distraerme, obligo a salir a las palabras que he tenido la intención de decirle.
—Voy a regresar.
Los ojos de Guerra se mueven casualmente hacia mí, pero siento la profunda tensión ante mis palabras.
—¿Regresar a dónde? —Su voz, de hecho, se levanta un poco, como si regresar en cualquier sentido de la palabra fuera ridículo e imposible.
—De regreso a mi tienda.
Ahora Guerra se endereza en su asiento. Muestra un rostro terrible y aterrador, uno que ocasiona que los hombres se estremezcan antes de que siquiera les ponga una mano encima.
—¿Por qué? —Es una demanda más que una pregunta.
—No somos amantes.
La profunda mirada que me dedica el señor de la guerra, hace que mi centro se caliente.
Eso cambiará, dicen sus ojos.
—Por no mencionar que estás destruyendo el mundo entero — digo—. Fue amable que me curaras...
—Amable —repite, como si nunca hubiera escuchado algo tan desagradable en su vida.
—...pero ahora estoy mejor y quiero recuperar mi tienda.
¿Realmente alguna vez pensé que los ojos del señor de la guerra estarían tristes? Solo hay violencia en ellos. Terrible violencia devoradora de almas.
Se inclina hacia adelante y esa simple acción hace que quiera retroceder.
—¿Qué pasa si te digo que no? —dice, su voz baja—. ¿Qué pasa si te dijera que no puedes irte?
Levanto mis cejas.
—¿Vas a intentar detenerme cuando has trabajado tan duro en darme mi espacio?
—No te equivoques, Hinata —dice, su voz engañosamente suave—. Puedo ser lo que sea que me plazca. Te arranqué de tu primer hogar. También puedo arrancarte de tu segundo hogar.
—No arruines esto —digo suavemente.
Su rostro destella y por un momento creo que está recordando cómo le dije que lo odiaba.
—Y si te devuelvo a tu tienda, ¿quién dice que no te atacarán en el momento en que estés a solas?
—Déjame ir a la batalla —digo—. Hay una parte de ti que claramente confía en que tu dios me protegerá.
—También es tu dios.
Um, no tiene sentido discutir.
—Si me obligas a permanecer aquí —digo—, no eres mejor que aquellos hombres que me atacaron.
Está bien, eso es un poco exagerado.
Sin embargo, parece que le hace sentido lógico a Guerra.
Su mandíbula se tensa y aparta la mirada, sus fosas nasales ensanchándose.
—Bien —dice forzadamente después de un momento, sus ojos todavía llenos con violencia—. Puedes recuperar tu tienda... por un tiempo.
Guerra se levanta y se inclina.
—Pero yo decidiré cuando el tiempo se terminé y ninguna de tus bonitos argumentos humanos cambiará eso.
Guerra es un hombre de palabra. Sí me regresa a mi tienda más tarde ese mismo día... simplemente que decide cambiarla justo junto a la suya.
—¿Qué es esta tontería? —demando, mirando hacia nuestras dos tiendas acomodadas una al lado de la otra. La mía luce irrisoriamente diminuta al lado de la suya.
El jinete se para junto a mí, evaluando la vista. Tuve que contenerme con todas mis fuerzas para no arrastrarlo de su tienda para que me escuchara y estoy bastante segura de que estaba esperando con entusiasmo mi reacción como si fuera su postre.
Ahora se inclina más cerca de mí.
—De nada.
¿De nada? ¿Qué demonios?
—Esto no es lo que acordamos —digo indignada.
—Es exactamente lo que acordamos. Simplemente agradece que no la colocara dentro de mi tienda. Estuve tentado, esposa. —Guerra me mira de arriba abajo—. ¿Cómo te sientes?
Como un maldito desastre. Levanto un hombro.
—Mejor —digo de mala gana. Muy, pero muy a regañadientes. Su mirada me recorre rápidamente. Y da un corto asentimiento.
—Entonces empacaremos y nos iremos mañana, después de que tus atacantes enfrenten su juicio, por supuesto.
Con esa amenazante línea final, se va.
A la mañana siguiente, Guerra me despierta en mi nueva tienda.
Sé que es él desde el momento en que su toque cálido y firme se encuentra con mi piel. Todavía me sobresalto ante la sensación. Va a tomar un tiempo borrar completamente el ataque de mi memoria.
—Levántate, Hinata —dice, ya retirándose de mi tienda—. El día ha llegado.
Frunzo el ceño y me froto los ojos.
—¿Qué día?
Pero entonces retornan sus palabras de ayer.
Voy a tener que enfrentarme a mis atacantes. Ese pensamiento me hace sentir calor y frío a la vez.
Me siento, pasándome las manos por el pelo. Respiro hondo, deseando una taza de café. Lo bebería, lodo y todo, si pudiera prepararme para este día.
Me pongo las botas y salgo, entrecerrando los ojos contra el brutal resplandor del sol. Guerra está varios metros por delante de mí, y camina como si supiera que lo seguiré. El muy maldito. Odio ser predecible.
El jinete me lleva al claro en el centro del campamento, donde la mayor parte de la horda ya se ha reunido. La multitud se separa como el mar para dejarnos pasar a Guerra y a mí, cerrando sin problemas detrás de nosotros.
Es solo una vez que los superamos que tengo una visión clara de los tres hombres que están atados y golpeados, varios jinetes fobos armados se extienden detrás de ellos.
El viento casi me deja sin aliento.
Mis atacantes.
Todavía puedo sentir sus manos sobre mí y escuchar el rasgón de la tela cuando desgarraron mi camisa. Estaba tan indefensa entonces.
Pero ahora las cosas han cambiado.
Mi mirada se mueve de un hombre atado al siguiente. Reconozco a uno de mis atacantes como el hombre del primer día, el que hizo un reclamo sobre mí. Los otros son extraños.
Mirar sus caras a plena luz del día los hace mucho menos atemorizantes. Tal vez es que ellos son los que se ven aterrorizados, o tal vez es el hecho de que no pueden ser mucho mayores que yo. En un mundo diferente, podrían haber sido los hombres con los que fui a la escuela.
Pero ese no es este mundo.
Un jinete fobos se separa de sus camaradas y se acerca para entregarme un arma. Tomo la espada que me da, luego la miro tontamente.
—¿Qué es esto? —le pregunto a Guerra.
Su labio superior se curva con desagrado mientras mira a los hombres.
—Wedāw.
Justicia.
Me lleva varios segundos darme cuenta.
—¿Quieres que mate a estos hombres? —le pregunto al jinete.
En respuesta, Guerra se cruza de brazos, sin decir nada. Cualquier gentileza que me mostró en los últimos días, se ha ido. Este es un Guerra intransigente, cuya voluntad reina absoluta.
Echo un vistazo a los hombres.
Lo intentarán de nuevo. Si no en mí, en otra mujer. Probablemente ya lo hayan hecho antes. Son una amenaza abierta, y lo seguirán siendo mientras vivan.
¿Pero no es eso lo que Guerra cree sobre todos nosotros? ¿Que todos somos malvados e inmutables? Simplemente no es verdad. A pesar de que todos somos capaces de maldad, no significa que estemos condenados. También somos capaces de bondad.
Miro el arma que tengo en la mano y respiro hondo.
—No los mataré —digo. No ahora, y no así.
Después de una pausa larga y pesada, el jinete dice:
—Ovun obē tūpāremi ātremeṇevi teri, obevi pūṣeṇevi teri epevitri tirīmeṭi utsāhe teḷa eteri, ¿obeṭi vuttive iṭuvennē næppe?
Invadieron tu tienda, trataron de violarte y contaminarte, ¿y no impartirás justicia?
—Esto es venganza —le digo. Entrecierra los ojos.
—Kē kahatē, peḷivænīki sehi vuttive eke sā sekānevi.
En este momento, la venganza y la justicia son lo mismo.
—No los mataré —repito.
Sé que debo parecer una hipócrita. He matado antes, y estos no son hombres inocentes. Si estuviéramos en el campo de batalla, fácilmente pelearía con ellos hasta la muerte. Si me acorralaran en una noche oscura en Jerusalén, también los habría matado a tiros. Pero al ver a estos hombres alineados, con las muñecas atadas, esto sería una ejecución.
No soy un verdugo.
Guerra me mira durante mucho tiempo. Finalmente, hace un sonido bajo en la garganta y sacude la cabeza, como si fuera algo maldito.
—Abi abē vuttive eṭu naterennē nek, keki evi abi saukuven genneki, aššatu.
Si no tomarás tu justicia, entonces la tomaré por ti, esposa.
El jinete ronda hacia los hombres. Al verlo moverse, recuerdo que así es Guerra. Y, a diferencia de los humanos, no estoy completamente segura que el jinete pueda cambiar. Ciertamente no quiere hacerlo.
Mis atacantes se alejan de él, pero no hay a dónde ir. Están rodeados por la multitud y los jinetes fobos.
Cuando Guerra se acerca a los tres hombres, retira una espada de su vaina en la cadera. No es la espada masiva que usa en su espalda. Esta se ve más clara y más estrecha.
—Avā kegē epirisipu selevi menni.
—Obtendrán mi espada inmunda, dice Guerra, su voz creciendo sobre sí misma.
—Gīvisevē pī abi egeurevevesṭi pæt qū eteri, etækin abejē kereṇi pe egeurevenīsvi senu æti.
En la vida fueron deshonrosos, por lo que sus muertes también serán deshonrosas.
Los sonidos guturales de sus palabras lo hacen aún más aterrador.
—Por favor. —Uno de los hombres comienza a rogar—. No quisimos hacerlo.
El de la izquierda está notablemente temblando.
Pero es el hombre que reconozco quien levanta su barbilla desafiante, sus ojos en mí. No parece arrepentido, se ve enojado.
—Lo que sea que esa perra te dijo, es una mentira. Ella lo quería. Guerra se acerca al hombre, y agarra su mandíbula.
—¿Ella lo quería? —Esta vez cuando habla, no se molesta en hablar en lenguas. Todos escuchamos las palabras perfectamente enunciadas.
El hombre lanza una mirada dura al jinete, pero no responde.
Después de un momento, Guerra deja ir al hombre y comienza a girar.
En un destello de velocidad, el jinete se vuelve hacia el hombre y, con un golpe brutal, hunde su espada en el estómago del hombre y lo atraviesa.
Me sobresalto ante la repentina violencia.
Mi antiguo atacante deja escapar un grito ahogado, y sus dos cómplices gritan de sorpresa.
Guerra libera su agarre de la espada, dejando que la empuñadura sobresalga del abdomen del hombre.
El hombre se balancea por unos momentos, luego cae al suelo, un parche creciente de sangre brota de la herida.
—¿Se siente bien? —pregunta Guerra, nuevamente haciéndose entender. Se asoma sobre el hombre, la espada aún sobresale de su víctima—. Espero que sí. Apuesto a que querías que empuñara mi espada dentro de ti tanto como Hinata quería que la tuya empujara en ella.
Querido Dios.
Me había olvidado del salvajismo del jinete.
La boca del hombre se mueve, pero todo lo que sale es un gemido estrangulado.
La atención del señor de la guerra se dirige a los dos hombres restantes. Tan pronto como su mirada feroz se fija en ellos, ambos se marchitan visiblemente.
Guerra agarra la empuñadura de su espada del abdomen del moribundo y saca la hoja, la acción hace un sonido húmedo y chapoteante.
El jinete se acerca al más asustado de los dos restantes, y sin ceremonia, lo apuñala en el estómago. Casi mecánicamente, retira su espada y pasa al siguiente, repitiendo la acción hasta que los tres atacantes están muertos en un charco de su propia sangre.
Los miro con horror mientras se retuercen y gimen en el suelo. El jinete los hirió mortalmente, pero no los mató instantáneamente, dejándolos sufrir.
Guerra pone sus ojos violentos en la multitud.
—Cualquiera que ponga un dedo deshonesto sobre otra mujer sufrirá el mismo destino.
Se vuelve hacia mí y me da una inclinación de cabeza.
La venganza y la justicia son lo mismo, dijo.
Quizás esta es la razón por la que el mundo está ardiendo. Después de todo, si se trata de que la guerra es justa, entonces la justicia de su Dios también tiene sentido.
No regreso inmediatamente a mi tienda. En cambio, hago el viaje familiar de regreso a mis habitaciones originales. Llámalo curiosidad mórbida o cierre, pero quiero ver el lugar donde fui atacada. Quiero ver si la tierra está manchada de rojo con la sangre derramada, o si el suelo ya ha vuelto a la normalidad.
No sé por qué, pero el impulso me presiona.
A unos diez metros de mi tienda noto que algo está mal. Las carpas en esta área se agitan tristemente con la brisa. No hay nadie cerca, y está en silencio. Muy silencioso.
Un escalofrío me recorre, a pesar del calor del día.
Continúo hacia la ubicación original de mi propia carpa, muy consciente que el ruido y el ajetreo habitual de esta área ya no están.
Mis viejos vecinos podrían estar en el centro del campamento.
Todavía quedaban algunas personas...
Cuando llego a donde debería estar mi tienda, todo lo que queda es un parche vacío de tierra y algunas manchas de sangre. Tan pronto como veo esas manchas, la noche vuelve a mí con todo su terror. Las manos de los hombres sobre mí, sujetándome, golpeándome.
Respiro profundamente, tratando de deshacer esos recuerdos. No quiero sentirme frágil y asustada.
Doy un paso atrás, y ese silencio desconcertante me invade de nuevo. Miro a mí alrededor todas las tiendas vacías, sus aletas rompiendo en el viento. Hay algunas cestas volcadas dispersas, pero no hay vida, ni siquiera un susurro.
Cuando gritaste, nadie vino. Nadie excepto yo.
La justicia de Guerra tocó a más de tres hombres, me doy cuenta con un escalofrío. Las personas que alguna vez vivieron a mí alrededor ahora se han ido.
Estoy descansando al lado de mi tienda rota, cortando otra flecha cuando escucho conmoción cerca.
Levanto la vista justo a tiempo para ver a los jinetes fobos acercándose a alguien.
—¡Déjame pasar!
Alzo las cejas ante la voz vagamente familiar.
—Nadie pasa sin la aprobación de Guerra.
—¡Su esposa lo aprobará!
Dejo mi trabajo a un lado y me dirijo a los jinetes fobos, uno que ahora tiene su mano en su arma. Más allá de los dos hombres está Tenten.
Tan pronto como la reconozco, grito:
—¡Déjenla pasar! —Uno de los hombres me frunce el ceño y escupe.
Aparentemente me tiene mucho cariño. El otro, sin embargo, el que me trajo la espada en la ejecución de esta mañana, hace un gesto para que Tenten pase. Su compañero inmediatamente comienza a discutir con él, pero ignora al otro hombre.
Mi nueva amiga se desliza con dos platos llenos de comida en sus manos.
—He estado tratando de verte durante días —se queja cuando se encuentra conmigo—. Y durante días esos imbéciles me enviaron lejos.
—Lo siento mucho —digo—. No lo sabía.
La llevo de regreso a los restos empacados de mi tienda, consciente de los muchos pares de ojos sobre nosotras. Aparentemente, los jinetes fobos no son amables con cualquiera que ingrese a su sección de campamento, incluso cuando su sección de campamento está empacando para viajar.
—Está bien —dice—. Sabía que eventualmente los superaría. Cuando llegamos a mis cosas, me entrega uno de los platos.
—Quería devolverte tu amabilidad anterior.
Eso... eso me golpea más fuerte de lo que debería.
—Gracias —digo, tomando el plato, un nudo en la garganta.
—¿Cómo has estado? —pregunta, sus ojos se mueven sobre mí. La mayoría de mis heridas visibles se han curado; no sé si puede ver lo que queda de ellas.
—Estoy bien —digo.
Hoy, siento que nuestros roles se han revertido por completo.
Tenten parece estar de buen humor, y yo soy la remota.
—Esa noche —dice Tenten—, escuché tantos gritos. Pensar que uno de ellos era tuyo... —Sacude la cabeza—. Pensé que pertenecían a las otras personas, las que habían matado... —Sacude la cabeza.
Escuchó esos gritos y pensó que era una especie de justicia perversa.
Tenten pica su comida.
—No supe que eras tú hasta que se corrió la voz que una mujer había sido lastimada, una a que le gustaba al jinete. Puse dos y dos juntos... —Sus ojos se encuentran con los míos—. Lamento no haber venido.
—Era tu primera noche. Yo no lo habría hecho. —Sin mencionar que no vivía cerca de mi tienda.
Estamos en silencio por unos minutos, y tomo la comida que trajo Tenten.
—¿Qué es eso? —pregunta de la nada, señalando con la cabeza el cuchillo de trinchar y la pieza de madera en la que estaba trabajando.
Lo recojo y lo inspecciono.
—El comienzo de una flecha.
—¿Estás haciendo una? —No estoy segura si es su juicio o asombro en su voz. Me quita el trozo de madera y lo mira—. Nunca aprendí a disparar un arco —admite—. No tengo problemas con las espadas cortas, pero esa habilidad no me ayuda mucho ya que en realidad no tengo una espada.
—¿No tienes un arma? —pregunto, sorprendida. Pero por supuesto que no. Tenten fue despojada de sus armas cuando llegó, y no le ofrecerán otra hasta la próxima batalla.
Si los mismos hombres que me atacaron hubieran elegido la tienda de Tenten, habría estado completamente indefensa.
El pensamiento me enferma.
—Espera aquí. —Me levanto y entro en la tienda de Guerra, que todavía está de pie. El jinete no está adentro en este momento, lo que probablemente sea lo mejor.
Es más fácil pedir perdón que permiso, tomo una de las dagas envainadas que Guerra tiene por todas partes, luego abandono su tienda y regreso a Tenten. Varios jinetes fobos siguen mis movimientos.
—¿Qué es eso? —pregunta mi amiga cuando le extiendo el arma.
—Póntela.
—No va a encajar —dice, desenrollando el cinturón de cuero que envuelve la vaina; estaba claramente hecho para adaptarse a una cintura mucho más grande. Se enrolla el cinturón a su alrededor, haciendo lo mejor que puede para que le quede bien.
Tenten lo mira fijamente.
—¿Guerra me va a matar por esto? —pregunta, mirando con cautela a los jinetes fobos que nos miran a las dos. Indudablemente van a informar que he sacado una daga de la colección del jinete.
—Hablaré con él. Estará bien. Levanta las cejas.
—¿Vas a hablar con él? —dice con escepticismo—. ¿Y eso funcionará?
—Lo ha hecho hasta ahora. Suelta una carcajada.
—¿Qué tipo de conversación estarán teniendo ustedes dos? ¿Del tipo horizontal?
Hago una mueca incluso mientras me río un poco.
—No. El tipo normal de conversación. Sacude la cabeza.
—O eres la mujer más convincente del mundo, Hinata, o estos favores eventualmente te costarán.
Eres mi esposa, te rendirás a mí y serás mía en todos los sentidos antes que destruya lo último de este mundo.
Tenten tiene razón. Nada en estos días viene sin un precio, especialmente los favores. Y Guerra me ha hecho muchos favores.
En algún momento, me hará pagar.
He roto la Regla Tres. No llames la atención.
Para ser justa, Guerra parece siempre haber tomado interés en mí. Ahora el resto del campamente es el que está muy, muy al tanto de quién soy.
Siento sus miradas mientras monto a Lady Godiva, un caballo nuevo que está menos interesado en patearme que Trueno. La mirada colectiva del campamento hace que me pique la piel. Es imposible mezclarse, y lo odio.
Tal como lo prometió el jinete, hoy el ejército empacó. Otogakure ha sido erradicado, al igual que todas las comunidades satélites que lo rodean. No hay nada más que pueda matar Guerra, por lo que es hora de que nos vayamos.
Como antes, Guerra y yo cabalgamos a la cabeza de la horda, poniendo la suficiente distancia entre nosotros para que pueda olvidar por un momento que hay un ejército asesino siguiendo nuestra estela.
El jinete nos conduce hacia el sur por la carretera 4. El terreno es demasiado plano para que pueda ver el océano desde aquí, pero juro que puedo olerlo. Está a meros kilómetros de la carretera. Y por las conversaciones que escuché en el campamento, nos mantendremos cerca de la costa durante los próximos días.
Intento mantener mis pensamientos preocupados por el viaje en sí, pero inevitablemente vuelven hacia mi compañero de viaje, tal como lo han hecho desde que salimos del campamento.
Por absolutamente ninguna razón lógica, hoy no puedo ignorarlo. O tal vez hay una razón; tal vez la bárbara justicia de Guerra, de hoy más temprano, rompió algo en mí.
Cualquiera que sea la razón, ahora no puedo evitar notar el corte agudo de su mandíbula; su pelo dorado; y esos labios curvos. Asimilo su armadura de cuero rojo y sus poderosos muslos.
Estoy teniendo fantasías de muslos. Acerca de mi enemigo. Soy una maldita imbécil.
Naturalmente, por supuesto, eso no me para de continuar mirando a Guerra, y cuanto más miro, más segura estoy que quiero correr mis dedos sobre sus extrañas marcas brillantes y delinear con mis dedos sus facciones. Quiero saborear esos labios de nuevo.
Lo quiero todo, y no se supone que lo haga, lo cual me hace quererlo más.
—¿Por qué no has estado con ninguna otra mujer desde que nos conocimos? —La pregunta simplemente se desliza fuera, pero tan pronto como lo hace, quiero morir.
Las personas que están interesadas entre ello preguntan este tipo de cuestiones. Flagrantemente le estoy haciendo creer que esto me importa. Y no lo hace, no realmente. Solo estoy curiosa. Quiero decir,
¿no todo el mundo quiere saber acerca de la vida sexual del jinete?
¿No? ¿Solo yo?
Guerra me mira por encima.
—¿Quién te dijo que he estado con otras mujeres?
—La gente habla.
Recuerdo cuando vine por primera vez al campamento las mujeres lo hicieron sonar como que Guerra tenía una puerta giratoria de mujeres entrando y saliendo de su tienda.
—Ah —dice el jinete—. Humanos y sus manías. —Hay un largo momento de silencio.
—¿Y? —presiono. Ya me he avergonzado a mi misma. Bien podría continuar con esta pregunta—. ¿Por qué no lo has hecho?
Guerra se gira completamente hacia mí, sus ojos azules brillan con el sol.
—Estoy comprometido contigo, esposa, y contigo nada más.
Quiero encogerme de hombros ante la declaración. Incluso lo podría haber hecho hace un par de días. Pero por alguna razón, hoy, esa explicación me golpea bajo en el estómago.
—Guau, estoy halagada. —Intento sonar burlona e irreverente, pero no lo consigo del todo.
Guerra me da una sonrisa adolorida, como si el esfuerzo de la abstinencia no hubiera estado sin retos. El pobre jinete ingenioso y su polla abandonada. ¿Qué hará alguna vez?
—¿Qué pasa si nunca duermo contigo? —pregunto.
—He sido inhumano por mucho tiempo, Hinata. Puedo manejar mi cuerpo lo suficientemente bien hasta que sea inhumano una vez más.
Siento escalofríos. Sabía que no era completamente humano, pero escucharle decirlo es completamente más preocupante que simplemente ser consciente de ello.
—Tú, por otro lado —continua—, has sido solo humana, y estás ligada a tu más básica naturaleza. Veremos cuánto duras, esposa.
Hoy, de todos los días, esa declaración encuentra su marca.
En la carretera, no hay equívocos de que estoy viviendo un tiempo terrible. El signo más obvio de ello son los cuerpos. Justo como la primera vez que viajé con Guerra, pasamos bastantes de ellos. Descansan en las calles, o medio dentro, medio fuera de las residencias. Estoy segura de que hay más muertos encerrados en las casas, descomponiéndose entre sus posesiones de este mundo.
Desperdigados cerca de los cuerpos hay pilas de huesos, y sé que los muertos vivientes de Guerra son responsables de eso.
Pero no es solo los cuerpos.
Pasamos por Ashkelon, la ciudad al sur de Otogakure. Este lugar, también, ha sido saqueado. Algunos de los edificios siguen ardiendo en la distancia, y hay una quietud en el aire que se siente completamente desprovisto de vida humana.
Incluso una vez que pasamos la ciudad, hay todavía extraños signos que nunca se hubieran visto hace una década. Aquí fuera, entre ciudades, nuestros alrededores están salpicados con vertederos y chatarra. Las carcasas de viejos coches y electrónica y otras tecnologías inútiles abandonadas a lo largo de la carretera.
No sé si la vista de toda esta vieja decadencia y desperdicios parará alguna vez de ser estremecedor para mí. He cribado a través de tantos vertederos durante los años, pero incluso después de haberlo visitado cientos de veces, sigo sin ser inmune a la sensación de hormigueo en mi espalda, como si hubiera viejos fantasmas.
—¿Puedes hablarme de tus hermanos? —pregunto, mis ojos se detienen ante un secador oxidado y un frigorífico manchado mientras pasamos.
—Son letales y terribles justo como yo —dice Guerra.
Incluso en el sofocante calor de mediodía, los vellos de mis brazos se elevan.
—¿Dónde están? —pregunto.
—Donde necesitan estar —dice crípticamente.
—¿Incluso Peste? —presiono. Guerra ha mencionado que el primer jinete había sido parado.
El jinete curva su labio superior un poco. Su silencio tiene a mi corazón acelerándose.
—Donde esté, no es cosa mía. Su propósito ha sido servido.
Creo... creo que esa es la forma evasiva de Guerra de decir que sus hermanos realmente pueden ser parados.
Ahora tengo que figurarme cómo.
—¿Cuándo vendrá Hambre? —pregunto.
—Cuando sea su tiempo.
—¿Y... cuando será eso?
Guerra sacude la cabeza, entrecerrando los ojos a la distancia.
—Después de que yo haya hecho mi juicio final.
—¿Tu juicio final? —digo—. ¿De qué? ¿Humanos? —Elevo las cejas.
Guerra gira la cabeza y me da una larga mirada.
Si, de humanos.
—¿Por qué crees que estamos aquí? —dice Guerra. Le miro de vuelta.
—¿Por qué no me lo dices tú? —Él es el único con todas las
respuestas.
—Tu especie no ha hecho mal —dice Guerra crípticamente—.
Pero colectivamente han escogido mal.
Estoy intentando seguir las palabras de Guerra y cómo se atan a un juicio, pero no sé realmente lo que está tratando de decir. ¿Que la naturaleza humana por si misma está bien, simplemente nos hemos vuelto malos en algún momento a lo largo del camino? ¿Y ahora tiene que castigarnos por ello?
—¿Y así que vamos todos a morir? —digo.
—Han sido llamados a casa.
Lo que quiere decir es que la humanidad está siendo barrida hacia la basura de Dios como un resto en mal estado.
—¿Y no hay nada que puedas hacer? —pregunto. No sé porqué me molesto en intentarlo. Guerra no me ha mostrado ni una pizca de interés en realmente salvar la humanidad. Está completamente bien aniquilándonos.
—Hinata, no es para mí hacer algo. Los hombres son los que tienen que cambiar. Yo simplemente estay juzgando sus corazones a lo largo del camino.
Paso una mano por mi cabello oscuro.
—¿Cómo puedes incluso juzgarnos si estás demasiado ocupado despedazándonos a todos?
La cara de Guerra está seria.
—Hay un orden en lo que mis hermanos y yo hacemos.
—¿Qué siquiera significa eso? —Está bailando alrededor de mis preguntas.
—Cuatro calamidades, cuatro oportunidades.
Un hormigueo no bienvenido de miedo de desliza por mi columna.
—¿Cuatro oportunidades de qué? Sus ojos caen pesados sobre mí.
—Redención.
La Historia tiene el propósito de Entretener.
