"Confesión"
.
.
.
.
.
Onodera estaba observando a las personas que entraban a la librería, y a las que salían con una bolsa, y otros sin tener una adquisición.
No debo acobardarme, se dijo dispuesto, si lo hago seré infeliz por el resto de mis días.
Se dio un manotazo en la frente, soy tan dramático, suspiró desahuciado. Debo tener el coraje suficiente para confesarme.
—Onodera— Los pasos de Yukina lo hicieron levantar la vista, y se ruborizó enseguida. —Ya salí— Lo miró expectativo, metiendo ambas manos al abrigo delgado de algodón que lo cubría.
Onodera vaciló por dentro, pues el instante en que lo miró arribar, suscitó en él un calor desmedido en su interior. Sin embargo, necesitaba mantenerse hastío, indiferente. Con la mirada fría y el caminado tajante.
—Sí— Se despegó de la barda donde estaba sentado.
—Eem— Yukina movió los ojos torpe. —Quieres hablar aquí? O-
—En el parque— Indicó con la cabeza.
Ambos se fueron al parque, sin decirse nada.
El silencio resultaba confortante, y a la vez incómodo porque lo único que importaba era que se dijeran las cosas de frente, en lugar de ocultarse tras bambalinas.
Llegando al parque, él optó por detenerse, percatando a Yukina de su acción.
—Yukina— Habló Onodera, tragando saliva fuerte. —No voy a disculparme por lo que hice— Volvió a tragar saliva, inquieto. —Hasta que me digas aquello que no quisiste decirme en la tienda— Advirtió, ladeándose, puesto a que le estaba dando la espalda.
La expresión de Yukina se suavizó en tristeza.
—Pero.
—Pero ¡nada!— Espetó, frunciendo el ceño. —Yo quiero saber, Yukina, yo— Se pausó en breve. —Necesito saber— Suplicó.
—Está bien— Yukina se mordió el labio, desviando la cabeza. Él lo vio temblar un poco. —Me gustas— Confesó ruborizado. Hizo otra pausa, añadiendo:— Me gustas, Onodera.
La entonación con que formuló aquellas tres simples palabras, le dieron la vuelta al cielo.
—Qué?— Se le cayó la quijada de la impresión de recibir semejante impacto sin tener un previo aviso.
—Desde que te vi por primera vez en este parque, me enamoré de ti— Continuó ferviente. —Tal vez tu no me creas, o pienses que soy muy inmaduro, pero ¡Es verdad! Me has gustado desde que te conocí y por eso intenté acercarme a ti, conocerte, hacerte ver que yo quiero estar contigo…— La voz le salió ronca.
—Ya veo…— Onodera dijo en desdén, debido a que su corazón estaba latiendo a toda marcha, pero al menos dio un brinco de alivio al saber que él era el objeto de afecto del que Yukina se refirió en la librería momentos atrás.
—Estos sentimientos son verdaderos— Enfatizó, llevándose una mano al pecho. —No te lo dije porque quería que nos conociéramos más, y no tenía intención de ponerte en estrés o forzarte a algo que no querías, porque te respeto.
Onodera asintió, ruborizándose gradualmente.
—Si mis sentimientos te resultan molestos— Dijo destrozado. —Me disculpo por ello, y también por hacerte perder tu valioso tiempo. No te preocupes por mí, yo reconozco que debo apartarme y darte tu espacio— Dio un paso atrás.
—Qué dices?— Dijo Onodera falto de aliento, alarmándose.
—Te dejo en claro que no quiero que me tengas lástima— Se ladeó, forzándose a sonreír. —Adiós, Onodera— Se fue caminando, alejándose de él desde el punto en que estaban conversando, o al menos, Yukina fue el que dijo todo.
Él lo vio alejarse, abriendo los ojos en alarma, entrando en pánico; permitió que sus piernas lo alcanzaran, cogiendo su brazo, haciéndolo detenerse.
—Qué haces?— Exasperó furioso. —Por qué te vas así? ¡Para de hacer eso!
—O-onodera…— Yukina estaba pasmado, sin girarse a verlo.
—Deja de hacer eso, por favor— Su voz tembló, calmándose. —No me gusta que te vayas, no me gusta para nada.
Es horrible.
En eso, Yukina se giró a verlo de frente, y lo que vio lo sorprendió: Los ojos de Yukina estaban cristalinos. Él estaba llorando.
—Lo siento, Onodera— Dijo entre sollozos. —Yo sabía que debía de rendirme, que debía de olvidarte, pero ¡No pude!— Tragó saliva, tratando de calmarse. —Lo que siento por ti es imposible de olvidar, simplemente me gustas.
Onodera suspiró en conjunto a sus ojos pestañeantes.
—Me gustas demasiado— Yukina se abalanzó a abrazarlo gentilmente, tomando a Onodera por sorpresa. —Por favor perdóname por ser un muchacho inoportuno, pero me gustas mucho como para seguir ocultándolo— Sollozó amargo, respirando entrecortado.
La vista de él se empañó, alzando sus brazos para abrazarlo también, entregándose a ese abrazo del cual sentía la pena de Yukina, traspasarle hasta los poros de la piel.
Permanecieron así por quién sabe cuánto tiempo, el resto no importaba ya, puesto a que no era inoportuno estar de ese modo ambos hombres, a ojos de los demás, porque a sus ojos el tenerlo junto a él, lo tranquilizaba.
Por fin, él se estaba sincerando consigo mismo, y con sus sentimientos.
—Escuché la conversación que tuviste con tu compañero de trabajo— Admitió Onodera, tras un largo rato en que estuvieron abrazados. De pronto, sintió el cuerpo de Yukina tensarse.
—Qué escuchaste?— Preguntó con la voz rasposa a causa del llanto.
—Todo— Contestó de inmediato, poniendo fuerza en su agarre para que éste no se le ocurriera ver su rostro encendido.
—No dijiste.
—Lo que dijiste— Lo interrumpió. —No es estúpido, al contrario, estabas defendiendo tus ideales.
Yukina se separó del abrazo, parpadeando lento e incrédulo ante su comentario.
—No entiendo— Su gesto era de puro desconcierto.
Onodera entró en pánico al tener los ojos acaramelados posados sobre los suyos, cuyo efecto en él, era tal que sus piernas flaquearon.
—Yo, lo que quiero decir es…— Se le fue la voz del mismo nerviosismo, Yukina al notar esto, lo agarró firme con sus manos para que él no se cayera al suelo.
—No te forces— Aseguró, intentando ser de apoyo.
—Siento lo mismo que tu— Espetó torpe y rápido.
—Eh?— El suspiro de sorpresa de Yukina fue evidente, parpadeando desconcertado. Lo sintió estremecerse entre su sostén. —Lo-lo dices en serio?— Preguntó inseguro, bajando la cabeza, dirigiendo sus ojos a los suyos con intensidad.
Él asintió, cerrando los ojos de la vergüenza.
—Gustas de mí, Onodera?— Se atrevió a preguntar.
Asintió trémulo.
—De-de verdad?— Tragó saliva, boquiabierto.
Él volvió asentir, enrojecido hasta las orejas.
Yukina echó un grito sorprendido, abrazándolo de nuevo.
—¡No lo puedo creer!— Admitió dichoso, apretando el agarre de su abrazo con cariño, no lastimando a Onodera con su fuerza.
—A-aguarda!— Empezó a decir, aún faltándole razones para comprender lo que acababa de hacer, de decir, de vivir. Cómo era que las cosas fluyeran con tal magnitud que pareciera formar parte de su piel.
Su corazón latía lleno de gozo, perdiéndose en el viaje, en el recorrido que él tuvo que experimentar para encontrar un pequeño sitio de paz en su interior; porque de haberse permitido ser tomado por la perdición, quizás él no se encontraría viviendo esta nueva experiencia.
Fue como ser desperdigado a un terreno desconocido que albergaba esperanzas, fruto de su alma rota que paulatinamente se ennegreció por acontecimientos que lo obligaron a cambiar su forma. Y nunca fue una forma sólida.
El nombre nuevo que le denominaba a aquello que le sucedía era: Yukina Kou.
—No pensé que fuera a pasar— Murmuró Yukina, acurrucando su cabeza en el cuello de Onodera. —Es insólito, es…— Emitió un grito pequeño de emoción, abrazándolo más fuerte.
—Está bien— Aseguró él, beneplácito. Tan colmado como pudo mostrarse, claro, mas no obstante, sus piernas le flaqueaban y se estremecía en brío.
—Yo sabía que debía rendirme— Murmuró en tono quieto. —Pero, una parte de mi me decía que no, que todavía faltaba mucho para que yo pudiera rendirme— Añadió esperanzado. —Tu me alentabas a seguir intentándolo, a albergar esperanzas de que mis sentimientos serían correspondidos algún día.
En verdad Yukina sufrió tanto para tenerlo a él entre sus brazos? En verdad un chico tan dotado y lleno de vida se había fijado en él como persona y no como un simple hombre roto?
Onodera no lo asimilaba en su totalidad, pero a grandes rasgos, quién en su sano juicio se fijaría en Onodera, bueno, además de Takano; Yukina era alguien fuera de su liga, y sin embargo, ahí lo tenía abrazándolo con tanta fuerza que lo haría explotar de amor.
Estallar del sentimiento compartido en miles de pedacitos.
—Mis amigos me creían loco— Prosiguió murmurando, acurrucado en su cuello. —A pesar de todo lo que escuché en tu contra, mi amor y mi juicio no se vieron afectados por los comentarios de los demás, porque yo tengo el mío y yo decidí en seguir amándote y en seguir añorándote cada día que pasaba— Ejerció un pequeño apretón en su abrazo. —Y si me pedías que me olvidara de ti, tendría que explotar en mil pedazos porque no creo que sea posible hacerlo, tu ya estás muy dentro de mi vida como para sacarte de ella— Echó una pequeña risita. —No, yo creo que aunque me rompiera en mil pedazos no pudiera olvidarme de ti— Volvió a reírse, como si quisiera alejar el nerviosismo de su voz, pero resultaba inútil. El nerviosismo seguía haciendo hincapié en el sonido de su voz. —Sé que estoy hablando mucho, pero no puedo contenerme, es demasiado lo que estoy sintiendo y asimilando que apenas si puedo respirar de la alegría— Admitió, riéndose entre dientes.
—Está bien— Fue lo único que pudo decir, con coherencia, porque su garganta estaba atisbada de tantas sensaciones acumuladas en su pecho que se sentía a punto de explotar de lo mismo. No paraba de tener fijados sus brazos alrededor de Yukina, sabiendo que lo soltaba, perdería el equilibrio de su cuerpo.
Él estaba tan embelesado que ni se acordaba de cómo mantenerse en total control de sus movimientos.
—Quiero llorar— Admitió, para después replicar. —No, mejor aún, quiero reír.
—Quieres hacer todo— Repuso Onodera.
—Quiero hacer todo lo que tu quieras— Reparó en un suspiro.
—Qué?— Él respiró profuso.
—Haré lo que tu quieras que yo haga— Confesó en su oreja, mandando escalofríos dentro suyo como ráfagas de viento.
—No digas tonterías— Regañó ruborizado.
—No son tonterías— Protestó obstinado. —Es mi buena voluntad.
—Voluntad?— Interrogó Onodera, enarcando una ceja.
Yukina se echó a reír, sin soltarlo del abrazo.
—Es broma!— Repuso travieso. —Hablaba en serio, pero no de esa manera.
—Entonces, de cuál manera?— Quiso saber.
—De la manera en la que yo puedo expresarte mis sentimientos con toda la intención de que lleguen a ti— Confesó soñador. —De poder provocar en ti sonrisas, y que esas sonrisas se transformen en risa y esa risa sea el motor de mi vida, el motor que me impulse a alimentar este amor— Suspiró enamorado.
Onodera estaba descompuesto de pensamientos, ruborizado de todo el rostro, y el corazón latiendo velozmente.
—Sueñas mucho— Articuló casi mecánico.
—Algo— Se rió entre dientes. —Pero eso no significa que no sepa lo que ocurre a mi alrededor— Se separó del abrazo, mas no lo soltó en su totalidad, poniendo ambas manos en sus hombros. —Sabes, tengo ganas de cantar— Admitió entre risitas nerviosas.
—Qué?— Parpadeó Onodera, tieso.
—Te puedo besar?— Sonrió Yukina, expectativo.
—Qué?— Espetó.
Be-besar?!
Onodera no había besado a nadie después de romper la pseudo-relación que tenía con Takano. Sin embargo, no hallaba manera de reparar lo mucho que sus piernas flaquearon de sólo saber que pudiera besar a alguien que no fuese el bastardo de su ex.
Sin mucho silencio de su parte, animado por la solidez de la situación, decidió que era momento de cambiar la página y hacer lo que él quería vivir, pues él tenía la última palabra de decidir por él mismo. Y Yukina poseía la decencia de darle su lugar, de respetarlo y pedirle permiso para besarlo.
Con su cara encendida, asintió despacio.
—Eso es lo que quieres?— Preguntó cerciorándose de que lo sucedería entre ellos dos a partir de ese momento, no arruinaría nada; o, quizás no fuese origen del mar de malentendidos que desgraciadamente tuvo que pasar por culpa de sus trilladas conclusiones.
—Sí— Aseguró ruborizado.
Juraba que para esas instancias, la viva imagen de su rostro se asemejaba a un tomate, de lo acalorado que se sentía. Y, sin anticiparlo, Yukina inclinó su cabeza hacia su boca. Onodera sintió una ráfaga de calor venir de su ardoroso aliento; Onodera inconscientemente humedeció sus labios, entreabriéndolos.
El chico tiene la osadía de tocar su nuca con su mano y acercarse a él, de manera que sus labios rozaron con el acceso de sus bocas entreabiertas; apegándose al otro lo mayor posible. Es entonces, cuando Yukina, por fin lo besa. Al instante en que sus labios se unen, surge una oleada de electricidad recorrerle la espalda.
Se aferra al mayor, apretando los ojos fuertemente. Intentando con todas sus fuerzas no darle el gusto a sus débiles piernas de caerse contra el piso en un acto vergonzoso. Pero, dentro de lo que cabe disfruta el beso tanto como puede disfrutar el mero lujo de comprarse un libro de pasta dura. Lo disfruta porque se entrega al beso con fervor. Sin haber un sentimiento negativo de por medio.
Por fin, suelta las redes que lo ataban al pasado.
Es libre.
En cierta forma, se podría decir que el beso alimentaba el vacío que se había originado por su mal entendimiento de la situación, producto de su cobardía. Comoquiera que la situación hubiera dado, ahora él estaba a lado de quien le gustaba, además de que lo podía ver cantar y sonreír cuanto le placiera.
Ese amor apenas comenzaba, y con ello los problemas de comunicación que Onodera deberá de mejorar si quiere mantener dicha relación.
De todas maneras, apenas era el comienzo…
.
.
.
.
.
NOTA: Dejé pasar mucho tiempo para poderme animar a actualizar la historia.
Si bien, creo que quedará aquí. O quizás le de cierta continuidad, aunque siento que no tiene mucha continuidad para ser una historia muy larga.
