Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.

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Inevitable

De como embaucarse

Estaba parada fuera en frente de aquella puerta blanca que pertenecía a la casa de sus padres. Pese a ya ser una adulta, el estar de vuelta le hacía sentir una niña. Siempre que iba a ese lugar, se sentía menor de lo que en realidad era y por lo tanto, en esos momentos le causaba un poco de inseguridad entrar. ¿Qué le iba a decir a sus padres? Ella no se quería como una fracasada, ni admitir que se había equivocado. Le gustaba demasiado tener la razón como para admitir un error.

"No, mejor no" pensó, negando con la cabeza y retrocediendo. Lo mejor era irse, todavía no se sentía preparada para dar la noticia. Sin embargo, antes de que se alejara lo suficiente, la puerta se abrió.

—¿Cuanto tiempo más va seguir parada ahí, Hermione? —preguntó su madre en un tono suave.

Ups. La chica había olvidado que su padre había puesto cámaras de seguridad en la fachada desde hacía mucho. Seguramente su madre llevaba tiempo observándola y esperando a que por lo menos tocara la puerta.

—Lo siento, no quería molestarlos —se excusó enseguida, intentando sonreír como siempre.

—¡Ay, cariño! Cómo si no fuese a saber que algo malo te está ocurriendo —comentó la mujer mayor, invitando a su hija a que pasara.

Hermione suspiró. Su madre era demasiada observadora como para querer engañarla, posiblemente ya hasta sabría lo que había pasado. Ambas castañas caminaron hasta la cocina, donde el señor Granger se encontraba leyendo el periódico mientras desayunaba. La mujer mayor se adelantó unos pasos para terminar de cortar la fruta que ella se pensaba comer. La escena resultó nostálgica para la joven bruja.

—Buenos días —saludó avanzando hasta su padre para darle un abrazo rápido.

—Buenos días —contestó el hombre, volteando a ver a su hija—. ¿Cómo estás? —fue lo primero que preguntó, dejando el diario de lado.

—Muy bien, de maravilla —mintió—. ¿Y ustedes? ¿Cómo les ha ido en el consultorio? —preguntó para desviar la atención de la platica hacia ellos.

Los progenitores de la salvadora del mundo mágico, se limitaron a seguir la conversación sin problemas ni comentarios que delataran que ya sabían la verdad. El día anterior, una de sus pacientes regulares que fue a que le ajustaran los frenos, les dejó caer la noticia que estaba siendo comidilla entre aquellos chismosos de los famosos. Hasta donde habían entendido, una tal chica relacionada con un tal Karamakov, ahora andaba con el que ellos se habían resignado a que fuese su yerno.

El desayuno familiar trascurrió como en antaño, justamente como Hermione recordaba, pero así mismo llegó la hora de partir. El consultorio de sus padres abría a las nueve de la mañana y la primera cita estaba programada a las diez. Ambos dentistas partieron y se despidieron amorosamente de su única hija, sin mencionar nada de lo que estaban seguros que ella les había ido a decir.

—Claro, descuiden, yo cierro la casa —se despidió la ex-leona, agitando su mano en el aire desde el portal, viendo como sus progenitores se iban en el carro.

Volvió al interior de la casa y subió a su habitación, esa que había ocupado desde que era una niña, hasta el día en el que se había ido a vivir con Draco. El lugar daba señas de que el tiempo no había pasado en vano. Se podían observar fotografías de cuando era muy pequeña e iba a escuelas muggles. Medallas ganadas por concursos de deletreo infantil y certificados por sacar las mejores notas de su clase. Obviamente que no podía olvidar esa primera carta de Hogwarts, la cual había enmarcado bellamente para colgarla junto con sus diplomas de educación básica. Luego estaban los rastros de su vida en Hogwarts, mayormente objetos de Gryffindor, como ese león de peluche que llevaba una bufanda dorada con escarlata o esas banderillas que había usado para las contadas ocasiones que había ido a animar al equipo de Quidditch. Todo había vuelto ahí el día que le devolvió la memoria a sus padres.

Era reconfortante recordar. Cierta parte de ella quería regresar ahí y olvidarse de todos sus desaciertos.

O-O-O

Al otro lado de Inglaterra, cierta bailarina se marchaba de su departamento, dejando al joven mago en completa soledad. Astoria no podía estarse saltando las prácticas de manera tan irresponsable, no cuando quería conseguir que le dieran el protagonismo de los dos cisnes. Él lo entendía, pero no por ello le terminaba de agradar la idea. La chica había estado siendo su consuelo y su apoyo, por lo que sentía un vacío al no tenerla cerca, el mismo que había experimentado al alejarse de sus demás amigos y padres.

—Aunque sea ve a visitar a Blaise, dile que vas a de mi parte —bromeó desde el umbral, mientras se aseguraba de llevar todo en su bolso.

—Tú en definitiva quieres ver como me parten la cara —le acusó con más burla que verdadera molestia.

—Serás exagerado —la chica rodó los ojos, divertida—. Anda al callejón Diagon o algo. ¿Quién quita que te topas a un conocido? Dudo mucho que se quieran pelear a mitad de la calle —sugirió ya con más seriedad.

—Si, si, claro —la tiró al loco.

—En la tarde que regrese, no te salvas de que vallamos a ver a alguien a Wiltshire —le advirtió, abriendo la puerta y sonriendo con autosuficiencia.

—Lo que digas —el rubio rodó los ojos y se despidió con un gesto de mano.

Apenas la puerta se cerró, Draco se fue a la sala a ver la televisión, dejándola en un canal donde pasaban una serie de casos policíacos. Ese tipo de programas le resultaban entretenidos y por un buen rato se dio el lujo de olvidar varias cosas. No quería si quiera ponerse a pensar en cómo sería su reintegración al grupo élite al que siempre había pertenecido. ¿Lo aceptarían de vuelta? ¿Qué haría si lo rechazaban? ¿Qué tendría que hacer para ganar de nuevo la aprobación de los puristas? ¿En todo caso, qué estaba dispuesto a hacer?

Comprender que ya no había vuelta atrás, no era igual que asimilar el futuro por venir. Honestamente, no tenía la más mínima idea de que debía de hacer con su vida, pero sin duda alguna, no se veía mucho futuro en el mundo muggle. Si había caído ahí había sido por su relación con Granger, pero para su desgracia, tampoco podía solo volver a atrás como si nunca hubiese ido. Tenía que planear las cosas con cuidado o iba a terminare hundido.

El joven Malfoy suspiró con resignación y continuó viendo la televisión. No tenía intenciones de hacer algo sin la ayuda de la Greengrass. No era cobardía, pero al menos al ir con ella tenía una garantía de un setenta u ochenta porciento de excito y él siempre apostaba sobre seguro o al menos eso intentaba hacer.

O-O-O

—Sencillamente no fui capaz —confesó Hermione a Ginny y a Luna, encontrándose en casa de esta última.

Las chicas estaban reunidas en la mesa, tomando té tranquilamente con unos panecillos y charlando.

—Debiste hacerlo —le reprendió la pelirroja—. Tú mejor que nadie sabe que entre más pronto finalices el capítulo, más pronto podrás dejarlo atrás y continuar con tu vida —le recordó, no muy contenta con la actitud de su amiga.

—Entendemos que es difícil, Hermione —intervino Luna, con un tono mucho más amable—, pero recuerda que solo queremos lo mejor para ti.

—Lo sé —reconoció la aludida, bajando la mirada y clavando sus ojos avellanas en su taza de té.

—Una vez escuché por ahí que un clavo saca otro clavo —comentó la rubia, con ese aire un tanto soñador que la caracterizaba—. ¿Por qué no intentas distraerte y conocer más hombres? Estoy segura que en la Universidad debe de haber varios chicos interesados en ti y muchos de ellos podrían ser mejores que Malfoy...

—Cualquier cosa es mejor que Malfoy —le interrumpió bruscamente Ginny, el desprecio y enojo estaban impregnados en su voz.

Hermione miró a sus dos amigas y sonrió un tanto nerviosa. Apenas habían pasado un par de días desde su rompimiento con el rubio, que realmente no se había puesto a pensar en eso de conseguir a alguien más. La idea sonaba tentadora por si sola, pero ella aún necesitaba su periodo de luto, por decirlo de alguna forma. No era su estilo saltar de una relación a otra solo porque sí.

O-O-O

Las practicas habían comenzado y para el disgusto de varias, Ethan, Thomas y Astoria lo hacían juntos. El coreografo y el bailarín masculino principal de la compañía, se desvivían por perfeccionar las poses y técnicas de futura la prima balerina. Karamakov daba el ejemplo de lo que quería ver en escena, Thomas y Astoria se dedicaban a interpretar una y otra vez hasta que la escena complaciera al coreografo.

Astoria tenía asegurado el papel del cisne blanco, pero no por ello se despreocupaba, muy por el contrario, se esforzaba para sobre salir y obtener la perfección. Además de que aun estaba la incertidumbre de si le darían al cisne negro o no. Isis practicaba como si aquel co-protagonico fuera para ella.

—¡Más arriba! ¡Con gracias! —ordenaba Ethan, palmeando las manos para contar los segundos, mientras Thomas sostenía a la bailarina en alto—. La pose, Astoria. ¡No pierdas la linea! —indicó, frunciendo el ceño un poco.

—Deberías dejarme intentarlo —intervino Isis, maliciosa ante la escena.

—¿Por qué no continuas haciendo barra? No me gusta que te engañes a la hora de hacer giros sobre tu eje, crees que porque lo haces rápido no me doy cuenta, pero no tienes control sobre tu punto de apoyo. Si no me demuestras que tus tobillos valen la pena, no te dejaré pisar un escenario de nuevo —la respuesta del rubio fue tajante—. ¿Entendiste? —ni siquiera volteó a verla.

Whitney hizo una mueca y molesta, regresó a la barra frente al enorme espejo para continuar. Ella mejor que nadie conocía sus puntos débiles y se esforzaba día a día para mejorar más y más. Entrar a la compañía había sido lo mejor que le había pasado, su gran oportunidad y el sueño de toda su vida. Se podía jactar de ser la bailarina más dedicada del lugar, la que más horas entrenaba y la que se había ganado a pulso su lugar, su contrato, sus papeles y todo. Por eso odiaba tanto a la Greengrass, esa mocosa tan solo había aparecido un día con una cara linda y un talento sobre natural. Ella había pasado toda su vida bailando, tres años en la academia sufriendo y en un parpadear, la desconocida conseguía un lugar privilegiado sin mover un dedo.

—Creo que necesito más pesas —gruñó Thomas, tomando un descanso y mirándose los brazos en el espejo.

—¿Me estás llamando gorda? —se quejó Astoria, yendo por un poco de agua.

—Eso o no he hecho suficiente gimnasio, tú dime —el bailarín respondió a secas, no había ni burla ni sarcasmo en sus palabras.

—No se te vaya ocurrir ponerte a dieta —advirtió Ethan, notando el rostro pensativo de la castaña—. Estás bien como estás —enfatizó—. Y a ti tampoco se te vaya ocurrir aumentar las bebidas de proteína y las horas haciendo pesas —su mirada se posó ahora en el chico, quien se limitó a encogerse de hombros—. Práctica, chicos. Es lo único que necesitan. No quiero a mi pareja estrella en el hospital por alguna idiotez de acomplejados —sentenció, cruzado de brazos.

—La compañía tiene nutriologos y entrenadores, tampoco somos tan inconscientes —se defendió la chica al tiempo que se paraba en puntas para seguir poniendo a prueba la resistencia de las zapatillas, seguían demasiado duras para su gusto.

—Para ir con ellos, necesitan una carta de mi parte con mi autorización, lo saben —dijo enarcando una ceja.

El mayor y la chica cruzaron miradas por un momento. Astoria realmente no sabía si era su imaginación, pero comenzaba a notar un pequeño deje de hostilidad por parte de Ethan desde aquella mañana. Empezando por el comentario sobre si Draco no iba a aparecer, hasta ese momento en el que prácticamente le estaba restregando en la cara que ella no podía hacer nada sin su permiso.

—Como sea, hoy tengo cita con mi dentista. ¿Podemos continuar? —la voz de Thomas rompió el contacto visual—. Quisiera al menos avanzar algo antes de irme —insistió, poniéndose en posición.

La castaña asintió y fue enseguida a seguir practicando con su pareja, bajo la escudriñante mirada de Karamakov.

O-O-O

Mientras tanto, en el Ministerio de Mágia Britanico, dos de los héroes nacionales se hacían cargo de sus deberes como aurores. Aunque el actual Ministro, así como la comunidad mágica, confiaban mucho en ellos, ambos chicos no dejaban de ser jóvenes y un tanto inexpertos en el funcionamiento burocrático, por ello solían darles un poco más de papeleo.

—¡Ah! No entiendo por qué tenemos que hacer esto —se quejaba Ron, mientras re-escribía su reporte—. ¡Salvamos al mundo! Alguien más debería de estar haciendo esto por mí —declaró, hundiendo la pluma en el tintero.

—Si te consuela —habló Harry, casi tan fastidiado como su amigo—, nadie nos devolverá estos papeles con una marca roja de desaprobación —comentó, haciendo referencia a que por lo menos no estaban en la escuela.

Ambos chicos cruzaron miradas y terminaron riendo entre dientes. Pensándolo bien, quizás no era tan malo. Aunque preferirían tener secretarias que se hicieran cargo de eso, pero ya les llegaría su momento. Eso o se hartaban lo suficiente como para ir a buscar otro trabajo donde los trataran mejor.

Pasaron varios minutos más dedicándose al trabajo, intercambiando ideas y notas, como si estuvieran haciendo una tarea. Hasta que por fin ambos tuvieron un borrador lo suficientemente decente como para presentárselo al jefe de departamento, decidieron tomar un pequeño descanso. Aprovechando que Ron tenía en su despacho una pequeña alacena llena de chucherias, ya que no podía dejar el habito de pasársela comiendo, terminaron adelantando la hora de la comida.

—¿Y que has sabido de Hermione? —preguntó el pelirrojo, como no queriendo la cosa, poniendo dos cervezas de mantequilla sobre su escritorio.

—Hnm... no más que tú —contestó Harry, ya con una megara frita en la boca—. Ginny me dijo en la mañana que pasaría el día con ella para animarla, lo de Malfoy le ha pegado mucho —comentó para no cortar la platica de forma tan tajante.

—Ese maldito hurón —masculló Ron, tomando unas papas para él.

—La verdad, no podemos decir que no era algo que no hubiéramos visto venir —el pelinegro se encogió de hombros—. Estaban destinados al fracaso desde el principio y aunque me siento mal por Hermione, no me molesta que por fin se separaran —declaró con demasiada honestidad.

El semblante del pelirrojo se tornó pensativo al instante. Él veía las cosas igual que su amigo, al menos en grandes rasgos, porque interiormente jamás había perdido la esperanza de tener algo con la chica. ¡Vamos! Ellos habían estado a nada de formalizar. Todo ese tiempo juntos, todo lo vivido y ese beso durante la batalla final apuntaba a que su amor por fin iba a florecer, pero no. Tenía que aparecer el idiota de Malfoy con sus aires de arrepentido para robarle a Hermione de las manos.

—¿Crees que sea bueno ir a verla al salir del trabajo? —preguntó el Weasley, un tanto pensativo y buscando aprobación por parte de su amigo, quien enarcó las cejas un poco suspicaz. Ahí había gato encerrado—. Ya sabes, ha de necesitar de nuestro apoyo, para no sentirse sola —argumentó a su favor, haciendo un esfuerzo por evitar que su rostro se acalorara.

Por alguna razón, tal vez amor propio, a Ron le costaba admitir abiertamente que estaba preocupado por su querida amiga, pero Harry lo sabía. De hecho, a Potter le atraía la idea de que sus dos mejores amigos estuvieran juntos, como siempre debió de haber sido, y por ello le dio la razón al pelirrojo.

—Entonces, apurémonos con el trabajo —animó, sin mencionar nada más del tema por un buen rato.

O-O-O

Con un vestido blanco de seda y zapatillas del mismo color, cierta castaña parecía haber sido sacada de una tragedia griega por el diseño de su vestimenta. Su cabello se batía cual cascada en su espalda, adornado apenas con unos broches que evitaban que los mechones le cubrieran en aniñado rostro. Se veía hermosa, muchos ya habían volteado a verla con total descaro, pero ella no les prestaba atención. Su paso era firme y apresurado. El entrenamiento acababa de terminar, aunque se había alargado más de lo que ella hubiese esperado.

—¡Astoria! —le llamó una voz lo suficientemente conocida como para que ella detuviera el paso.

—¿Ocurre algo? —preguntó, sin afán de sonar grosera, pero aunque fuera Ethan, tenía prisa.

Los ojos de su coreografo la recorrieron de abajo hacia arriba. La bailarina casi siempre andaba con ropas deportivas cuando estaba en los terrenos de la compañía. Era raro para él ver a Astoria arreglada con tanto esmero si no se trataba de la caracterización de la obra o de alguna fiesta a la que tuviera que asistir.

Fue cuestión de segundos, pero aquella mirada incomodó a la castaña, quien carraspeó un poco para llamar la atención de Karamakov.

—Olvidaste esto en el estudio —respondió apenas recupero el sentido común y entregó a la chica su celular.

—¡Oh! Gracias —la aludida tomó el aparato y sonrió, solía perderle con frecuencia y recuperarlo con un movimiento de varita.

—¿Vas a alguna cita? —interrogó el mayor sin poder disimular su curiosidad. Astoria parpadeó un par de veces, como si no entendiese la pregunta—. Estás arreglada como si fuera a una cita con alguien —apuntó para ser más explicito. Un tipo como él no titubeaba cuando quería saber algo, era directo.

—No, no realmente —contestó la castaña, negando también con un movimiento de cabeza—. Solo tengo unos asuntos que resolver y necesito estar... presentable para la ocasión. Nada más —aseguró, sintiéndose extraña ante el interrogatorio de Ethan.

—Ya veo —el rubio entendió enseguida que ella no le diría más, ni le daría detalles—. Espero que te vaya bien —dijo a forma de despedida.

Astoria asintió con una sonrisa y se despidió agitando la mano, para luego retomar su camino. Anduvo unos metros y cuando su estomago le recordó que no había probado bocado a la hora de la comida, cogió su celular para llamar a su propio departamento, esperando a que Draco le contestara.

Un tono, luego otro y para el cuarto, se escuchó como levantaban el auricular.

¿Hola? —la voz de Malfoy sonó un tanto graciosa por la bocina del teléfono.

—Soy yo, Draco —informó Astoria.

Vaya, pensé que llegarías más temprano. Ya me estaba preocupando por ti, con eso de que dijiste que saldrías a la una y ya pasan de las tres —aunque no lo viera, pudo imaginar como el chico fruncía el ceño.

—Tuve un contratiempo llamado Whitney —se excusó, mientras se detenía en un cruce de carros y esperaba por la luz que la dejara pasar—, pero ya voy para allá. Así que espero que estés listo porque lo que dije esta mañana no era broma —declaró y pudo escuchar un suave gruñido al otro lado de la linea—. Es en serio.

Ya, ya, si estoy listo desde hace dos horas —respondió el rubio de mala gana.

La Greengrass sonrió satisfecha por la respuesta y cruzó la calle junto a varios transeúntes más.

—¿Y ya comiste? —preguntó, echando un vistazo al mostrador de una pastelería que estaba justo frente a ella.

No. Te estaba esperando —confesó el chico.

Astoria se mordió el labio inferior con frustración y haciendo uso de todo su autocontrol, continuó caminando. La conversación que había tenido aquella mañana con Thomas, la había inquietado un poco. Quizás no se pondría a dieta como había insinuado Ethan, pero no había tampoco necesidad de atascarse de carbohidratos y demás golosinas solo porque si.

—Que considerado de tu parte —contestó finalmente, doblando en una esquina—. Tal vez tus padres nos inviten algo de comer —lo molestó y escuchó el claro bufido de descontento por parte del chico.

Como sea —se pudo escuchar como Draco chasqueaba la lengua—. ¿Vas a tardar mucho? —quiso saber y desviar la conversación.

—Estoy a solo unos minutos, tranquilo —dijo ella, enfocando a la distancia el edificio donde residía desde hace un par de años.

Entonces aquí te espero —se despidió un tanto cortante, no por ser grosero, pero si le había molestado un poco la mención de sus padres. Astoria lo sabía, por eso no se molestó cuando él le colgó.

—Para mí tampoco es fácil, ¿sabes? —reprochó mirando al celular y haciendo un puchero.

Ella era una traidora de la sangre a su manera y los reproches en su contra no iban a faltar apenas pisara la zona mágica de Wiltshire. En fin. Se encogió de hombros y siguió caminando hacia el departamento. Era mejor no seguir dando largas al asunto, más aún conociendo a Draco y ella creía conocerlo aunque fuera un poco como para saber que al rubio le gustaba ignorar los problemas con descaro total.

O-O-O

—¡Está delicioso! —alagó Harry, llevando otra porción de carne a su boca con regocijo.

A la hora de la comida, tanto él como su mejor amigo y el padre de éste, iban a comer a la casa principal de los Weasley. Molly siempre preparaba gran cantidad de comida a esa hora, pues su esposo, la mayoría de sus hijos y su yerno se escapaban de sus trabajos para ir a probar la deliciosa comida. Fleur, Angelina y Ginny se encontraban generalmente ahí, ayudándola. En esa ocasión, Hermione también les acompañaba.

—¿Es verdad que terminaste con el Hurón, Hermione? —preguntó George sin ningún tanto, incluso se veía divertido, pese a la mirada asesina de su madre y hermana menor.

—Así es —admitió la aludida, algo incomoda por el tema.

—¡Felicidades! Ya era hora de deshacerse de él —comentó el pelirrojo, muy quitado de la pena y metiendo a su boca una cucharada de puré de papa.

—¡George! —le reprendió Angelina, pues no se necesitaba saber muchos detalles para saber que esa clase de cosas no se le dice a alguien que acaba de terminar una relación, sin importar lo mal que te cayera la otra persona.

Tganquila, Hegmione, bien dicen que no hay mal que pog bien no venga —intervino Fleur con su marcado acento, pese a los años no lo perdía, menos aún cuando se empeñaba en que sus hijas aprendieran francés—. Si vuelven y supegan el obstáculo, significa que su amog es muy fuegte, pego si no pueden con ello, quizás es pogque lo de ustedes jamás hubiese funcionado —añadió con unos cuantos aires de sabiduría que al menos en el aspecto amoroso nadie le discutía.

—Ella tiene razón, querida —apoyó Molly—. Todo lo que esté por pasar, será por tu buen provenir —la pelirroja de ya avanzada edad, sonrió amablemente, con esa calidez que la había distinguido siempre.

—Yo tengo ganas de ver a tío Draco —se quejó un pucheroso Teddy al final de la mesa, jugando con las verduras de su plato.

—Ya lo verás —le tranquilizó Bill, regalando una de sus sonrisas reconfortantes.

—¡Jah! ¿Con que prefieres a ese Hurón? —le acusó de forma juguetona el pelirrojo que solía tener un gemelo, al tiempo que se ponía de pie para ir a cargar al hijo de Lupin y Tonks—. ¿Eh? ¿A caso ese Hurón te daba más golosinas que yo? —pidió saber, mientras lo levantaba en el aire y le daba vueltas.

El niño no tardó en echarse a reír y su cabello cambio de su usual azul a un verde fosforescente y luego a amarillo chillón.

—¡George! ¡Bajalo! —le regañó su madre, algo acostumbrada a esas escenas.

—¡Lo vas a marear y te va a vomitar! —le advirtió su esposa.

El hombre se detuvo ante eso y dejó a un más alegre Teddy en su lugar.

—No me arriesgo, con una tuve para toda la vida —murmuró por lo bajo, recordando como su pequeño Fred, apenas unos meses mayor que James, le había devuelto el desayuno por andar jugando con él de aquella manera.

Más de un presente recordaba la escena del rostro de George lleno de la viscosa substancia y la risa colectiva no se hizo esperar. Hermione se contagió por el risueño ambiente familiar, aunque se sintió un poco fuera de lugar. Había olvidado lo agradable y divertido que era convivir con los Weasley .

O-O-O

Ambos magos se encontraban de pie frente a la enorme reja de metal en la que se apreciaba el impecable escudo de la familia Malfoy. La reja mágica no dejaba pasar a gente indeseable sin invitación y hasta donde podían recordar, tanto él como ella caían en la categoría de indeseables.

—Señorito Malfoy —saludó un elfo domestico ya muy viejo, haciendo reverencia—. Le diré a vuestros padres que se trata de usted —dijo, para luego enfocar su mirada en la chica—. Y su acompañante... —hizo una pausa expectante para escuchar el nombre de a quien debía anunciar. Esa no era la 'sangre sucia' con la que su joven amo había aparecido la última vez, cuando el amo mayor les había prohibido la entrada a la mansión.

—Astoria Greengrass —contestó Draco por ella.

—Si, si... —la criatura balbuceó mientras parecía estar pensando en algo—. ¡La niña de los Greengrass! ¡Una sangre pura! —declaró, ganándose una mirada ingenua por parte de los magos—. Iré con vuestros padres enseguida —dijo y despareció con un sordo «¡crac!» en el aire.

—¿Pero qué...? —él parpadeó con las cejas enarcadas.

—Raro —murmuró ella, encogiéndose de hombros.

El rubio y la castaña cruzaron miradas. Varias cosas pasaron por sus cabezas, pero ninguno dijo nada de aquella extraña actitud por parte del elfo.

Pasaron unos cuantos minutos y el brillo en la estructura metálica les indicó que podían pasar. Atravesaron la reja notando el cosquilleo de la barrera que se abrió solo para ellos y con pasos lentos se adentraron al jardín frontal. Los ojos grises recorrieron el lugar con nostalgia, el tiempo parecía no pasar en Malfoy Manor. Con todo y la guerra, las reconstrucciones habían regresado todo a la normalidad, incluso sus queridos pavoreales alvinos se encontraban caminando muy tranquilamente cerca de la fuente y los arbustos.

Unos cuantos pasos les tomó llegar hasta la entrada de la mansión. La puerta principal de bella madera barnizada se abrió ante ellos apenas y subieron los tres escalones del mármol. Detrás les esperaba de nuevo el elfo que les había recibido. Se venía muy contento y les hizo una exagerada reverencia, tanto que su nariz tocó el suelo, invitándolos a pasar.

—Adelante, los amos os esperan —informó.

La criatura tronó los dedos para que la puerta se cerrara una vez que ambos jóvenes estuvieron dentro. Luego comenzó a caminar por el vestíbulo, guiándoles hacia el segundo comedor lateral. Astoria jamás había estado en esa parte de la casa de los Malfoy, pero Draco sonrió al ver aquel salón exagonal cuyo piso estaba revestido de mármol blanco y donde había más ventanales que pared. El cristal que iba desde el suelo hasta el techo, era tan limpio que se podía ver claramente lo mejor del jardín trasero. Narcissa adoraba tomar el té y la merienda ahí, cuando el sol o el viento eran demasiado inclementes para su gusto.

—Draco —saludó su madre, sonriendo de forma amena, para luego ir a abrazarlo como no lo hacía desde hacía dos años.

El aludido abrió los ojos desmesuradamente y parpadeó un poco. Él se estaba esperando un mar de insultos para su persona, pero la elegante mujer rubia, tan solo se limitó a tratarlo como si nada. Como si eso no fuera suficiente, Lucius Malfoy también parecía demasiado calmado como parar creer que realmente se trataba del mismo hombre que lo había corrido mientras gritaba que borraría su cara del árbol familiar.

—Hijo —el rubio mayor inclinó ligeramente la cabeza como saludo—. Señorita Greengrass —repitió la acción y la comisura de sus labios se estiró lo suficiente como para pensar que estaba sonriendo—. Me alegra saber que haz recapacitado, Draco —añadió.

Como si de un balde de agua fría le hubiese caído encima, el joven se quedó helado al escuchar a su padre.

—¿Ya lo sabías? —preguntó dudoso, creyendo que de alguna manera por la boca suelta de los amigos de Hermione, la noticia de que ya no estaban juntos había llegado hasta oídos de sus padres.

—Estaba esperando a que pasara —reiteró el hombre con calma, intercalando su mirada entre Draco y Astoria.

La castaña sintió que algo estaba mal, pero antes de que pudiera decir o preguntar algo, Narcissa se adelantó.

—Llegan justo en el momento preciso, estábamos por tomar el té. ¿Nos acompañan? —ofreció, palmeando sus manos para llamar a uno de los tantos elfos que servían a la familia.

El servicio no se hizo esperar. Dos sillas y dos tazas de té fueron incorporadas a la mesa redonda de mantel color pastel, así como más pastelillos fueron agregados al plato principal. Así comenzaron en un suave silencio a comer y a beber. Los dueños de aquel majestuoso lugar actuaban con mucha naturalidad, mientras los jovenes seguían sintiendo que algo no estaba cuadrando en la ecuación. Sencillamente no se creían que todo estaba dándose tan fácil.

Entonces ocurrió, una pequeña charla banal comenzó y una pregunta provocó que todas las piezas del rompecabezas encajaran.

—¿Y tus padres ya sabe, Astoria? —preguntó la madre de Draco, una chispa de emoción se reflejaba en sus ojos.

—¿Tendrían que saber? —con ingenuidad, ella creía que se referían al rompimiento de Draco y Hermione, pues de eso hablaban hasta el momento.

—¡Por supuesto! ¡Faltaba menos! —declaró la mujer.

—Tus padres se alegraran tanto de saber que al fin has dejado esas ideas errantes para sentar cabeza y desposar a un mago de sangre limpia —dijo Lucius con fluidez, siendo respaldado por la entusiasta sonrisa de su mujer.

Sería difícil decir quien se medio ahogó primero, si Astoria con el panecillo o Draco con el té, pero ambos jóvenes comenzaron a toser para recuperar al aire que les había robado la sorpresa. ¡Debieron de darse cuenta que ahí había gato encerrado desde mucho antes! Los progenitores del rubio habían llegado a malas conclusiones, posiblemente por culpa del elfo o quizás solo por tener una fértil imaginación.

—¿Disculpen? —apenas se recupero, Draco les miró con espanto.

Sus padres se miraron entre ellos y luego volvieron a enfocar su mirada en los jóvenes. El semblante de Lucius cambió y tanto su hijo como Astoria entendieron que como desmintieran su creencia, los iban a echar a patadas sin oportunidad de explicarse. Además de traidores los tacharían de mentirosos, eso era seguro.

—Por supuesto que se alegraran —intervino la Greengrass, pateando disimuladamente al rubio por debajo de la mesa.

La tranquilidad volvió al rostro de ambos magos adultos. Se veían complacidos al comprobar que no estaban equivocados y que su hijo al final había entendido que debía de estar con alguien que fuera de su misma clase y nivel.

—Si, si —apoyó el joven rubio entendiéndolo todo, al mismo tiempo que entendía lo difícil que sería salir de aquella mentira.

¿Por qué no decir la verdad? ¿Por qué hacer más complicadas las cosas? ¡Simple! ¡Cobardía! Era de idiotas no temer a la reacción colérica de Lucius, especialmente cuando ya la había experimentado antes. Además, lo que más le dolería, sería que su madre volviese a derramar lagrimas por su culpa. Aun cargaba en su conciencia la forma tan desgarradora en la que Narcissa había llorada cuando su esposo repetía que ya no tenían hijo.

—Si no tienen planes para más tarde, podríamos mandar una lechuza ahora mismo para que los Greengrass vengan a cenar —ofreció la rubia muy animada con la idea y sonriendo como si nunca hubiese atravesado por nada malo en su vida.

—Iré a mandar la carta —declaró Lucius dando por hecho el encuentro y es que un hombre como él no aceptaba una negativa por respuesta.

Los dos jóvenes tragaron saliva con dificultad. ¿Ahora como se libraban de esa?