CAPÍTULO 19: SOMBRAS, SHARINGAN


— ¿Cuánto tiempo más he de caminar? — se murmuraba a sí mismo, sus palabras atropellándose entre ellas, en la oscuridad de un callejón cualquiera— ¿Cuántos pasos debo dar antes de encontrar a alguien en esta maldita aldea? — Las calles y los callejones se sucedían, uno tras otro, sin que él pudiera distinguirlos. Todo era humo, todo eran sombras, y los engaños de su visión borrosa—. ¿Dónde están los refuerzos cuando uno los necesita? ¿Dónde está Tsunade? ¡Por todas las ranas! ¡Esto es un desastre!

Jiraiya interrumpió su monólogo para escuchar los gritos. Venían un lugar que ahora estaba lejos y a sus espaldas: el mismo lugar donde ahora descansarían los restos de Itachi Uchiha, si quedase algo de él. En ese lugar, el Tercer Hokage libraba otro combate. Y su oponente no era otro que el Espadachín de la Niebla, Kisame Hoshigaki, uno de los shinobis renegados más peligrosos de la historia reciente. Lo cual significaba que, probablemente, su maestro tardaría un par de minutos de más en ayudarle. Unos minutos que podían costarle la vida.

— Veamos, dónde estoy — dijo, mirando alrededor—. Maldita sea. No tengo ni idea. Por ahí se va al mercado, ¿verdad? ¿O era por el otro lado? Mierda, céntrate. Mierda. Estoy perdiendo demasiada sangre.

Apartó la mano de su pecho y su palma estaba roja por completo. La cosa no mejoraba. Volvió a apretarse el pecho, activó un jutsu curativo, y dobló la esquina al final del callejón, teniendo la buena suerte suerte de ver el destello plateado de la katana antes de que ésta le abriese el pecho por la mitad. Jiraiya dio un paso hacia atrás y su agresor, un Uchiha tenebroso y ensangrentado de pies a cabeza, soltó un grito de batalla antes de atacar de nuevo. Saltaron chispas cuando la espada abrió un surco a lo ancho de la pared de ladrillos que tenían a un lado, pero el cabello de Jiraiya era más duro que la piedra, y la hoja se partió contra sus púas.

— Si te soy sincero, no tengo tiempo para esto — dijo Jiraiya, con un corto jadeo a mitad de la frase.

El otro shinobi contestó algo, probablemente que le iba a matar, pero él no le prestó atención. No tenía ni la más mínima intención de perder el tiempo con nadie, y menos con un maldito Uchiha. Esquivó un nuevo espadazo, y contraatacó con una descarga de púas blancas que su oponente desvió diestramente con la espada rota. Pero entonces Jiraiya, moviéndose mucho más rápido de lo que el otro hombre esperaba de un herido, estiró el brazo y le apoyó la palma en el estómago.

— Piérdete.

Un destello azul. Una muerte rápida.

Las pupilas giraron de puro miedo mientras aquella esfera, aquel Rasengan, les arrebataba la vida vuelta a vuelta.

Jiraiya siguió adelante. Cada paso, metro, segundo, cada movimiento le llenaba de un fortísimo dolor. Pero él siguió caminando, pese a todo, al menos hasta que no pudo seguir haciéndolo. Entonces se apoyó contra la pared más cercana y empezó a jadear. La pared estaba chamuscada y sus jadeos, que sabían como lo hace el metal, pronto se convirtieron en una violenta y húmeda tos. No era capaz de contenerla. Se tapó la boca con las manos, apretó la mandíbula y los párpados, deslizó su espalda por la pared hasta quedar sentado en el suelo. Se encogió sobre sí mismo, ahogando la tos lo mejor que pudo, pero resultó ser inútil. Ellos ya le habían oído.

— Hoy no es tu maldito día, Jiraiya — dijo para sí mismo.

Por el sonido de sus pasos sabía que eran dos. Por el aspecto de sus siluetas, y el murmullo de sus voces, debían de ser hombres; por cómo se movían, daban la impresión de estar heridos, como él. Las luces en sus rostros los marcaba como Uchihas, y sus intenciones asesinas — que no podían o no querían ocultar— eran lo único seguro en aquel lugar. Todo lo demás era humo, escombros y sombras. Nada estaba claro y todo parecía perdido. Una nube, densa y gris como el polvo, pasó deslizándose bajo los rayos del sol y en ese momento todo se volvió tan oscuro que parecía haber anochecido.

Era el momento que esperaban. Los ninjas se abalanzaron sobre él y las espadas sonaron en la oscuridad. Una se hundió en el corazón, la otra en la garganta, y cuando algo empezó a salir a chorros de ambos lugares, los Uchiha sonrieron a la vez. Habían tomado otra vida y eso se sentía bien. Uno de ellos tocó el líquido que manchaba su pecho y se llevó las yemas a la lengua, esperando encontrar el familiar sabor de la sangre humana. Pero el líquido era insípido. Inodoro.

— Es agua — murmuró, moviéndola entre los dedos.

— ¿Una técnica de sustitución? — respondió el otro—. ¿Cómo ha...?

Los ninjas se miraron entre ellos, asustados. No se habían percatado de la sombra a sus espaldas. Sus ojos invisibles observaban en silencio. La sombra era alta y movía los hombros al respirar. Tenía unas manos grandes y fuertes que podían rodearte el cuello. Los dos Uchiha serían testigos de ello. Muy pronto. Ahora. Con una mano para cada uno, la sombra les agarró del pescuezo y apretó, levantándoles a pulso del suelo. Entonces, una pausa. Una respiración forzada, herida. Intentaron liberarse pero el dolor les paralizaba. Colgaban de sus manos como la carne cuelga del matadero. Volvieron a intercambiar una mirada y esta vez fue de puro miedo. Nunca se habían sentido tan indefensos. Tan débiles. Tan condenados. El miedo se convirtió rápidamente en pánico y éste en dolor cuando la sombra les estrelló las cabezas entre sí con un golpe tan súbito como brutal. Hubo un sonido similar al de un huevo al chafarse y eso fue todo para ellos. Sus barbillas y sus brazos cayeron hacia abajo y ya no hubo forcejeos. No hubo miedo. Nada. Estaban muertos. Pero Jiraiya, aún siendo consciente de ello, siguió apretándoles el cuello, muy fuerte, durante un minuto entero.

Hubo más emboscadas como esta. Cada vez era más difícil sobrevivir a ellas. Los Uchiha salían de las esquinas, esperaban entre las sombras de los callejones, entre las ruinas de los edificios. Saltaban de los tejados y caían como relámpagos del cielo. Y una vez y otra, Jiraiya acababa con ellos. Los derribaba a golpes, cortaba sus cuellos. Un Uchiha cayó sobre él y quedó clavado en su cabello. A otro se le detuvo el corazón cuando un Rasengan tocó su pecho. Cuando esto sucedió, algunos huyeron, pero acabaron volviendo. Siempre lo hacían. No había remedio para su sed de sangre. Pero Jiraiya los mató también, y siguió su camino, cansado, herido, y cada vez más solo.

— Tsunade... — se le escuchaba decir—. Tengo que llegar hasta ella.

Las calles se sucedían como si fuesen la misma. En todas había la misma ruina, el mismo humo, el mismo cielo encapotado. Las mismas peleas. Los mismos shinobis de mirada escarlata y cabello azabache, atacándole por sorpresa, atrapándole en espejismos, maldiciendo su nombre. Todos luchaban de manera parecida, y morían de manera similar. Era desquiciante. Era como matar mil veces a la misma persona. Llegó un momento en el que la conciencia de Jiraiya, superada por el dolor y el cansancio, entró en una especie de coma. El mundo quedó amortiguado. Los sonidos sonaban menos, las imágenes se mezclaban y el dolor ya no dolía. Un leve pero constante pitido en los oídos le acompañó a través de todo el trayecto hacia el Hospital General de Konoha, y durante este tiempo, Jiraiya apenas fue consciente de las vidas que tomaba. Tampoco fue consciente de que el lugar en el que se adentraba (un estrecho callejón, caliente como el sótano del infierno, y lleno a rebosar de humo negro) albergaba dos sombras que le miraban fijamente con idénticos ojos negros. Le observaban, esperándole, acechándole. Durante largos segundos le vieron arrastrar los pasos a través del callejón. No era más que una silueta en medio de todo aquel humo, pero el sonido de sus sandalias de madera le delataba. Uno podía ubicarle incluso a ciegas. Podía abordarlo en la oscuridad y apuñalarlo directo al estómago, retorciendo el kunai después. Sí, uno puede hacer muchas cosas en su imaginación. El problema es que la realidad rara vez se corresponde con ella. Cuando el primer Uchiha se abalanzó contra Jiraiya y le atacó con su kunai, no tuvo fuerzas para clavárselo. Esto sucedió porque ya estaba muerto. Desde su punto de vista hubo un borrón, una sombra, y entonces ya no hubo nada más. Sus pensamientos se desvanecieron sin que supiera lo que había ocurrido. Un golpe seco, y su cuerpo cayó al suelo. El kunai tintineó a su lado. Las sandalias de madera siguieron su camino hacia el otro par de ojos. Hubo una pausa. Se escuchó una respiración y, muy a lo lejos, algo saltó por los aires. Un cuervo graznó, alguien gritó en la distancia. Y en ese momento, la mirada del Uchiha cambió de color. El negro se encendió de un brillante escarlata, visible incluso entre el humo, con un Mangekyō Sharingan a cada lado.

— Esto no se ha acabado, Jiraiya.

La voz de Itachi Uchiha resonó por todo el callejón, más grave y más furiosa de lo que había sonado nunca.

Todos los músculos de Jiraiya se pusieron en tensión. Una descarga eléctrica le erizó la espina dorsal y cuando Itachi cargó contra él, respondió con todas las fuerzas que le quedaban. Su puñetazo conectó con sorprendente facilidad, y el pecho de Itachi crujió bajo la fuerza del golpe. Fue entonces cuando Jiraiya se dio cuenta de que algo no encajaba. La carga había sido demasiado obvia. Demasiado débil. No hubo técnica de sustitución, ni ilusiones, ni contraataques. No hubo llamas negras. Sólo unos sharingan, de dos aspas cada uno, apagándose hasta quedar vidriosos. Se escucharon golpes, alaridos. Otra explosión. A lo lejos, alguien reía a gritos, con una voz agresiva, hambrienta, una voz que conocía. Un cuervo graznó no muy lejos de allí y Jiraiya, harto de todo aquello y de muchas otras cosas, soltó un grito de frustración antes de acercarse a los dos Uchihas (apenas podía verles a través del humo negro) y comprobar que, efectivamente, no eran más que dos muchachos.

Jiraiya se llevó las manos a la cara, clavándose los dedos en ella, y gritó.

Su aullido de frustración rebotó entre los muros, perdiéndose en alguna parte, haciendo eco de alguna manera, siendo escuchado por alguien.