¡Nuevo capítulo!

Shaiwase: Acá tenés un nuevo capítulo en el que verás más de Tokio en particular...
Ufff, Kenshin y Kaoru tienen un largo camino que recorrer, y a pesar de todo, tampoco es que a Shura le está saliendo todo a pedir de boca. Pero después de este capítulo las cosas se van a poner más dinámicas. Espero que te guste y te mando un saludo. :)


Megumi miró a su antigua amiga con precaución y emoción reprimida.

— Discúlpame, Kaoru. – se excusó por su repentina e indeseable visita – Mi corazón aún no entiende que ya no somos amigas…

— Megumi…

— Y no es necesario que digas nada, entiendo tus razones… es decir, no las entiendo, pero las acepto. – prosiguió la joven, interrumpiéndola – Sucede que necesito hablar de algo y sólo puede ser contigo. Si pudieras oírme, me contento con eso.

Kaoru suspiró más relajada. Cerró el shoji de su habitación y la invitó a sentarse.

— Claro que puedo, Megumi. – le dijo suavemente – Dime.

La aludida se revolvía presa de la expectación y el nerviosismo.

— Kaoru… di mi primer beso. – anunció sonrojada y mirando para otro lado. Kaoru la contempló con la boca abierta; sí que habían pasado muchas cosas, pero no se imaginó que Megumi al fin había arreglado sus asuntos del corazón con el abogado Shinomori.

— ¡¿Con Aoshi?! – preguntó asombrada.

Por una décima de segundo, el brillo entusiasta en los ojos de Megumi decayó, como cayendo en la cuenta de que lo que le sucedió no había sido obra del hombre que amaba.

— No… – respondió con un hilo de voz, pero recuperando la compostura.

— ¿Eh? – chilló la kendoka con confusión – ¡Entonces dime con quién fue! – apremió; moría de curiosidad.

La noble respiró hondo dispuesta a soltarlo.

— ¡Fue con Sanosuke! – exclamó a la defensiva y algo avergonzada – ¡Está bien, me puedes condenar!

Si bien la sorpresa ocupó cada centímetro de su cuerpo, aquello no impidió que Kaoru comenzara a reír ante la situación que ya se le antojaba cómica por los protagonistas involucrados. No se lo esperaba sinceramente, pero sí que la pareja conformada por la elitista Megumi y el bruto de Sanosuke se le antojaba interesante e impredecible.

— ¿Por qué haría eso? – razonó después de que se le pasara la risa, y preguntó con cierta complicidad – ¿Y? ¿Fue bueno?

Megumi se escandalizó, colorada hasta las orejas.

— ¡Kaoru! – berreó – ¡Besé a un joven que ni siquiera es mi novio y tú me preguntas si fue bueno!

— Es que es justo lo que se espera de un primer beso: que sea bueno. – justificó la joven Kamiya – Además, no tendrás que casarte con Sano por eso. – e insistió – ¿Fue bueno o no lo fue?

Y Megumi decidió sincerarse.

— ¡Fue increíble! – explicó – Mis rodillas temblaban, mi corazón se aceleraba y fue algo… suculento.

Kaoru volvió a reír y la abrazó, a lo que Megumi le correspondió con alegría.

— Estoy muy feliz por ti, amiga. – dijo la kendoka con sinceridad – Por haberte permitido vivir eso.

Fue allí que se dieron cuenta de lo que hacían y de que su amistad estaba en una fase delicada. Se separaron rápidamente y se comportaron con educación y frialdad.

— Sé que nuestra relación ya no permite más estos… arrebatos de amistad. – observó Megumi tímidamente – Pero dime… ¿cómo estás con Kenshin?

Kaoru estuvo de acuerdo y se levantó.

— Megumi, acepté hablar contigo porque te amo como a una hermana, pero no tiene que ver con la decisión que tomé en relación a nosotras. – le aclaró con falsa severidad – Creo que es más prudente que tú no participes en mis asuntos del corazón hasta que entiendas de verdad mis deseos. – la miró con tristeza – Y sinceramente… creo que ese día aún no ha llegado.

Megumi sentía que su corazón se rompía en pedazos, pero lo tomó con dignidad y se puso de pie dispuesta a irse.

— Disculpa, prometo no volver a rebasar más los límites. – se despidió sin mirarla – Voy a respetar tu tiempo.

Y se marchó, dejando también a Kaoru con su corazón destrozado.


Mientras tanto, Tokio había llegado una de las partes más profundas del río Abu. Sumida en lágrimas y con la mirada perdida, la joven pensaba en lo penosa que se había vuelto su vida, no sólo sin el amor de Enishi y con la herida mortal de la traición, sino que también sin su honor y sin merecimiento de volver a amar y sin amada. Lloraba desconsoladamente, como si su corazón se desgarrara en pedazos que sabía jamás volverían a unirse. Y cuando cayó en la cuenta de adónde la habían llevado sus pasos, vio que aquello era una señal irremediable; se quitó los calzados y dejó que el agua de la orilla lamiera sus pies. Tenía que prepararse para lo que iba a hacer, fuera planeado o no. Así que, con un suspiro miserable, llenó de piedras todos los bolsillos disponibles de su kimono y comenzó a avanzar río adentro, hacia la muerte que ella merecía. Por pecar de ilusa, por traicionarse a sí misma y por deshonrar a su familia, así nunca se enteraran del fallido acto de amor entre ella y el joven Yukishiro.

Pero era la única manera de compensar todo lo que había hecho y sufrido en tan poco tiempo.

No merecía vivir… y fue así que su forma se perdió entre las aguas del Abu.

Minutos después, y con el corazón desbocado a la par de los galopes de Arashi, Hajime Saito, en ese momento convertido en el Jinete Negro, llegaba a la misma orilla, identificando con terror el cuerpo de Tokio Kamiya flotando en las tranquilas aguas del río, testigo impasible y al mismo tiempo implacable de los hechos.

Arrojándose de cabeza al río para salvar a su amada en secreto, Saito rogaba en su interior que la joven no estuviera muerta, que aún hubiera tiempo de salvarla. Mientras la buscaba por el bosque y los lugares que suponía que estaría, una corazonada le alertó que podría estar en una de las zonas más peligrosas del río, la más cercana al pueblo. Y hasta allí se dirigió.

Y por desgracia, tenía razón. Hasta allí se había dirigido la chica, para cometer el triste acto que él suponía que haría en medio de su angustia.

En ese momento, ni siquiera tenía tiempo para maldecir y odiar a Enishi; sólo estaba concentrado en sacar a Tokio de allí y verificar si estaba viva. Más tarde arreglaría cuentas con él.

Llegó hasta ella y la cargó para nadar rápidamente hasta la vera. Después de varios intentos de reanimarla, la joven Kamiya escupió agua y para su alivio, su pulso se normalizó y su respiración también, pero desmayándose ante el shock vivido.

— Tokio… – dijo Saito aliviado – Fue el instinto de mi afecto lo que me trajo hasta ti.

La cargó en brazos y la acomodó sobre Arashi para llevarla a casa de su familia.


Enishi gimoteaba como alma en pena en la estación de policía de Hagi.

— ¡Todo fue un malentendido! – plañía él – ¡No soy el Jinete Negro!

El oficial Kawaji, a cargo del lugar en ausencia de Saito, se acercó a él con cara de pocos amigos.

— Si es buen poeta, no sé, pero usted berrea como un potro desgarrado. – comentó molesto – Guarde un poco de silencio y denos paz.

— Lo haré, pero no soy el Jinete Negro… – insistía el joven, esta vez más calmado.

— Además, tiene visita. – agregó Kawaji, yendo a abrir la puerta para dejar pasar al visitante del infortunado poeta.

— ¿Visita? – se extrañó Enishi – ¿Será Tokio? ¡Mi gran amor!

Pero no era quien él esperaba.

— ¡Hola Enishi! – saludó alegremente, pero con tono peligroso, Tae Sekihara.

El susodicho entonces pasó a un estado de terror total, se había olvidado que ella estaba en el disturbio. Además, eso era mala señal: peligraba la expectativa de buena vida que tendría casándose con ella.

— Tae… por favor, no renuncies a nuestro compromiso. – gimió desesperado – Todo fue una broma de mal gusto, no merece las consecuencias…

— No merece las consecuencias para ti, porque dejaste a una joven con el corazón roto. – interrumpió Tae con brusquedad – No tienes la capacidad de engañar a alguien que sabe defenderse.

— Tae, no fue eso lo que sucedió…

— ¿Crees que soy idiota? ¿Qué no sabía de tus escapadas? – atenazó la joven, furibunda, pero al mismo tiempo feliz de tener una excusa para librarse de él – Sabía que no eras la rectitud en persona, pero no sabía que eras tan sinvergüenza. ¡Porque de haberlo sabido no me hubiera comprometido con un canalla como tú!

— Sólo paga mi fianza, querida Tae. – le pidió Enishi con mansedumbre; tenía que seguir intentándolo – Porque tener a tu prometido atrapado en una jaula es vergonzoso.

Para su confusión, Tae comenzó a reír a carcajadas.

— ¿Qué prometido? – exclamó después de un rato, divertida – Ya no tengo prometido, Enishi. Mereces sufrir por lo que le hiciste a Tokio-chan. ¡Adiós! – le sacó la lengua y salió dando zancadas del lugar.

— ¡Tae! – chilló Enishi aferrándose dramáticamente a los barrotes de su celda.


Para el mediodía, y a esas alturas de la espera, Kaoru ya le había transmitido al resto de la familia los acontecimientos de la mañana y el dolor de Tokio al descubrir la traición y huida de su novio Enishi Yukishiro. Todos se quedaron con la boca abierta al enterarse de que Tae era nada más y nada menos que la prometida del poeta, lo que provocó malestar general en ellos, sobre todo en Koshijiro y Chizuru, aunque por diferentes motivos.

Mientras el padre de las jóvenes se ponía en campaña para buscarla junto a sus pocos empleados, Kaoru y Tomoe, quienes estaban atentas en la entrada de la casa, vislumbraron a un caballo llegando a la pequeña residencia Kamiya a toda velocidad. Sorprendidas, lo identificaron como el Jinete Negro y su corcel del mismo color; pero lo que más las horrorizó fue que traía en brazos a una inconsciente y empapada Tokio. Horrorizadas no por el Jinete en sí, sino por la realización de que su hermana probablemente había tomado una decisión terrible.

Tomoe corrió como alma que lleva el diablo en dirección hacia donde se encontraba su padre, mientras Kaoru llorosa recibía en sus brazos a su hermana desmayada y destrozada por dentro. El hombre, también empapado, no dijo nada; sólo la dejó con la kendoka y se dispuso a subirse a su caballo e irse tal y como llegó. De improvisto.

Toda la familia Kamiya llevó a la joven Tokio a su futón para cuidarla y atenderla.

— ¡¿Qué le hicieron a mi muchacha?! – lloraba Sakura sin entender nada mientras Tomoe y Kaoru le quitaban el kimono para ataviarla en una yukata y mantenerla abrigada entre la ropa de cama.

— Lo sabremos cuando despierte. – farfulló Kaoru preocupada y nerviosa. Sakura sólo gemía y se veía venir un ataque de histeria – ¡Calma, mamá!

Fue allí que la luz del entendimiento se cernió sobre la madre, que lejos de tranquilizarla, sólo empeoró su estado de desesperación. ¿Tanto le había dolido de traición de ese poeta como para pretender cometer suicidio en el río? ¿Y justo para ser encontrada, incluso rescatada, por ese tal Jinete Negro, que tan pesado le caía? Ahora estaban en deuda como ese hombre de dudosa reputación, fuera quien fuera…

— ¡Por Kami! ¿Habrá enloquecido? – chilló angustiada – ¡Si es así, jamás podrá casarse!

Ante la mirada significativa de Kaoru, Chizuru, quien tampoco ayudaba mucho, se llevó a su madre a la sala de su pequeña vivienda, donde su padre esperaba preocupado. Les haría un té a los dos en lo que Tokio despertaba; y si no llegaba a hacerlo, aunque respirara, se verían obligados a llamar de emergencia a Soujiro.

Tomoe estaba al borde de las lágrimas mientras arropaba a su hermana. Kaoru le tomó de la mano para darle ánimos.

— Nuestra hermana estará bien. – le aseguró.

Tomoe se inflamó con la seguridad de su hermana y le sonrió.

— Claro que sí. – afirmó – Ella es más fuerte que todas nosotras.


Entretanto, en la delegación, a Enishi le informaban de una nueva visita. Se preguntaba quién sería…

Mayúscula fue su sorpresa cuando frente a su celda, se hallaba Tsubame Himura.

Rápidamente se recuperó de su turbación y comenzó a cantar de felicidad en un intento de por fin salir de ese desagradable lugar. Sus encantos le habían fallado con Tae, y en cuanto a Tokio, no sabía dónde estaba y ni le importaba; total, no tenía ni un yen para librarlo de esta calamidad. Tsubame era su última esperanza para largarse de Hagi antes de que Shogo Amakusa hiciera hasta lo imposible por lincharlo en la plaza del pueblo.

— ¡Tsubame, amor mío! – clamó extasiado – ¡Esto tiene que ser una visión celestial! ¡No sabes cuánto te extrañé!

Tsubame no podía creer lo que veía: a su gran amor tras las rejas injustamente. Lloró de felicidad al volver al verlo y de angustia al saberlo en tan cruel situación.

— ¡Yo también te extrañé, Enishi! – gemía ella mientras él besaba sus manos – ¡Cada día desde que nos separaron despiadadamente!

— ¡Sabía que no creerías en las mentiras de tu hermano!

— ¿Cómo creer en sus falsedades? – exclamó la joven dolida – ¡Si la verdad éramos nosotros!

— ¡Sí! ¡Un amor tan grande que sobrepasa el tiempo y traspasa fronteras! – recitaba el peliblanco – ¡Tú, mi verdadero amor!

Tsubame lo miraba con amor desmedido.

— ¿Es verdad? – preguntó anhelante – ¿Soy tu verdadero amor?

— ¡Claro! ¡Yo te amo tanto, Tsubame! – le aseguró Enishi – ¡Me sentí enloquecer todo este tiempo sin ti!

— ¡Pero ya estoy aquí, mi amor! – lo tranquilizó la joven – ¿Qué podemos hacer para encontrarnos de nuevo? ¿Qué puedo hacer por ti?

Esta era su oportunidad. Era ahora o nunca.

— Tsubame-chan, escúchame… – le indicó con cautela; ella asentía en entendimiento – Lo que puedes hacer ahora es pagar mi fianza. Sólo así podré salir de aquí hacia tus brazos.

— ¡Claro, mi amor! – accedió ella ansiosa, luego llamó – ¡Oficial! – Kawaji hizo su aparición – ¿Cuánto cuesta la fianza para liberar a este hombre?

— ¿La señorita va a pagar?

— ¡Por supuesto que sí!

— ¿Qué esperas, mi amor? – la apremió Enishi.

— ¡Mi amor! ¡Te voy a dar lo que te mereces! – exclamó ella efusivamente para a continuación, darle una cachetada tan sonora al joven peliblanco que hizo eco por todo el lugar. Kawaji retrocedió temeroso, mientras que Tsubame cambiaba su semblante a uno de decepción y asco, que deformaba su hermoso rostro – ¡NO HABLES MAL DE KENSHIN! ¡SU VERSIÓN ES LA VERDADERA! ¡Me engañaste! ¡Me deshonraste antes del matrimonio! ¡Y al parecer, volviste a hacer lo mismo con otra joven!

Enishi la miraba atónito, mientras se sobaba la mejilla siniestrada. No podía creer hasta qué punto esa chica había madurado y endurecido sus maneras, al extremo de levantar la mano sin titubear para darle su merecido. Con una última mirada de odio, Tsubame Himura se marchó de la delegación de policía, mientras Kawaji se burlaba abiertamente de Enishi. Era la segunda dama acaudalada que venía a reprochar y negarle ayuda a ese canalla.


En el castillo Katsura, Sanosuke comía tranquilamente un onigiri en su habitación, hasta que escuchó que alguien aporreaba su puerta. Grande fue su sorpresa al ver que era Megumi. No negaba que lo tomaba desprevenido, dada la discusión que habían tenido; además, recordarla hacía que se volviera a enojar con la joven Katsura.

— Vengo a hablar contigo, gallo malcriado. – le dijo la chica con decisión – Y tiene que ser ahora.

— ¿Qué haces aquí? – inquirió él indiferente, mientras le daba un mordisco a su onigiri.

Megumi lo miró con aversión.

— ¿Por qué comes con la boca abierta? – le cuestionó escandalizada.

Él se limitó a exagerar los movimientos de su mandíbula para molestarla.

— Si viniste a darme clases de etiqueta, déjame decirte que ni mi madre pudo conmigo. – le dijo resuelto mientras trataba de cerrar la puerta de shoji. Ella se lo impidió.

— ¡Tori-atama! – se enfureció ella – Vine para disculparme por cómo te traté, y me quieres cerrar la puerta en la cara.

— Entonces, adelante. – la invitó el joven Sagara de mala gana.

Megumi entró a la habitación con sus aires de grandeza y afectación.

— Sólo vine a decir que nada de lo que dije fue intencional. – dijo sin mirarlo. Sano, quien por un momento se sintió halagado de que la joven quisiera hablar de lo sucedido entre los dos, volvió a molestarse ante la actitud prepotente de la noble.

— Donde se concluye que el burro soy yo. – le espetó – El que se equivocó. Ah, claro, porque la Kitsune-hime me invitó acompañarla al casamiento sólo para demostrarle a todo el mundo y al tal Aoshi que no estaba sola. ¿Fue así?

— Sí.

— Entonces el burro soy yo.

— ¡Me irritas! – explotó Megumi – ¡Vine aquí para pedir disculpas!

— Pues las disculpas no sirven para nada. – le lanzó él, tragando su último trozo de onigiri – Sólo alivian el alma de quien las pide, pero no arreglan un corazón herido.

Pero Megumi no lo escuchaba. Estaba concentrada en el movimiento que hacía su garganta y su nuez de Adán al tragar su comida, en el bronceado cuello casi cubierto de una incipiente barba en la parte superior. Miró un poco más abajo, en donde se podía distinguir parte de sus pectorales bajo la camisa y…

Pero Sano se dio cuenta. Y no sólo sentía el ego por las nubes, sino que también su sentido de diversión y desquite.

— ¿Qué? – le increpó con voz ronca y seductora – ¿Crees que soy guapo, Kitsune-hime? ¿Quieres que te de otro beso? – preguntó, acercándose lentamente a ella.

Aquello sólo provocó que Megumi se ruborizara de la cabeza a los pies y, muda de la impresión, lo empujara a un lado para salir como tornado de la habitación.

Sano reía solo.


Tokio sentía que, aunque sus ojos estaban cerrados, se escocían sólo con estar volviendo en sí, sin necesidad de abrirlos. De repente, como una avalancha, vinieron a su perturbada mente los recuerdos de traición, deshonra, decepción y desesperación, coronados por el intento de suicidio que llevó a cabo. Suicidio que, dicho sea de paso, fue frustrado por un salvador misterioso que ella, en su inconsciencia, no llegó a ver.

Aun así, la memoria de los horripilantes momentos vividos en menos de 24 horas hizo que abriera los ojos con tristeza y arrepentimiento por su acto cobarde, por su corazón destrozado, y por cómo tomaría su familia no sólo su casi huida de este mundo, sino también su entrega ingenua antes del matrimonio, siendo presa de un aprovechado y mentiroso de primera.

Lo primero que vio al despertar, fue el preocupado rostro de su hermana Kaoru. Aquella a la que había juzgado, cuestionado y ofendido en pos de su amor por Enishi; ella era quien, en estos instantes, estaba a su lado dispuesta a velar por la ingrata hermana menor que tenía. No al merecía.

— Kaoru-chan… – susurró débilmente.

— ¡Tokio-chan! – exclamó Kaoru aliviada de que por fin despertara.

Ese fue el detonante para que la joven comenzara a llorar de vergüenza y dolor.

— Disculpa… por favor… no pude ver que tenías razón… – sollozaba.

Kaoru sólo atinó a abrazarla, con lágrimas en los ojos.

— No digas nada, y no pidas disculpas. – la arrulló – Es mi culpa, fui muy invasiva con tu privacidad, no tuve tacto para hablar contigo.

Tokio negó con la cabeza mientras se separaban y la kendoka la ayudaba a sentarse en el futón.

— Tú sólo querías mi bien… y yo quería el amor… nunca sentí algo así antes… – gemía – ¿Será que volveré a amar de esa manera?

— Claro que sí. – le aseguró su hermana acariciando sus cabellos – Porque te lo mereces, y será un amor bonito y correspondido. Verdadero.

Sabía que con la primera que tendría que sincerarse era con Kaoru. Era la más abierta de todas las hermanas y la que más se preocupó por ella todo este tiempo, sin desmerecer a las demás; asimismo, era ella quien sabría cómo actuar y qué decirle sin juzgarla ni escandalizarse.

Además de la carga que sentía y de la que quería deshacerse.

— Dormí con él… – soltó de sopetón, mirándola a los ojos.

Pero Kaoru al principio no pareció comprender lo que le dijo.

— Sabía que tal vez te quedaste en su casa, por eso fui a buscarte allá… – comenzó.

— No es eso. – interrumpió Tokio volviendo a sollozar – Yo me entregué a él, Kaoru… en cuerpo y alma… y no me importaba, porque me entregaba con amor verdadero y sincero… pero todo era mentira… una farsa… – se derrumbó en brazos de su hermana mayor.

Kaoru, por su parte, no podía salir de su asombro y horror. Horror por no acreditar que el joven poeta fuera tan traicionero y aprovechado como para no sólo ilusionar a una jovencita enamorada, sino también quitarle lo único que la sociedad consideraba valioso para una mujer. Pero lo que más le dolía en el alma, era el hecho de ver a su hermana con el corazón destrozado y, por ende, contaminado de culpa y dolor por causa de Enishi Yukishiro.

— Ni en mis peores impresiones sobre Enishi me imaginé que pudiera hacer una cosa así. – dijo con voz estrangulada por la rabia.

Tokio sólo podía llorar y lamentarse.

— ¿Y ahora qué haré con esta deshonra? – gimió – ¿Qué voy a hacer, Kaoru?

Su hermana la miró con amor y firmeza, la tomó por los hombros y le dijo con dulzura y severidad.

— Vas a seguir siendo la persona que siempre fuiste. – afirmó – No pienses en nosotros, sólo en ti. Eres increíble, Tokio-chan, una mujer fuerte, linda, buena y justa.

— Yo quería que él me amase… pero nunca me amó… ni un poquito…

— Tokio-chan, nadie pierde por dar amor. – le aseguró al kendoka – Pierde quien no sabe recibir. ¿Qué diferencia hace si Enishi te amó o no? Eres tú quien importa ahora. – y siguió abrazándola, enjugando sus lágrimas y consolándola con palabras de cariño y superación.


Enishi daba vueltas por su celda mientras Kawaji hacía su aparición.

— ¡Estás de buenas, Yukishiro! – le anunció con sorna – Alguien pagó tu fianza.

Al peliblanco la cara se le iluminó.

— ¡Qué maravilla! – festejó – ¿Y quién fue mi benefactor? ¿Tsubame Himura?

Kawaji sólo se limitó a dirigirle una mirada filosa.

— Afuera hay un carruaje que te llevará a donde te espera la persona que te salvó el trasero. – dijo simplemente antes de abrir la celda y guiarlo hacia la salida.

Enishi caminaba orondo hacia la libertad. No se imaginaba ni por un segundo lo que le esperaba.


En la mansión Kiyosato, Shura se moría de la curiosidad por saber qué estaba pasando entre los hermanos Himura y Enishi Yukishiro. Tanta hostilidad y aversión de parte del pelirrojo hacia ese hombre ya la tenían pensando desde antes, y con la llegada de Tsubame la cosa parecía empeorar. Presentía que se trataba de algo gordo y que la presencia de Hiko iba a caldear más los ánimos. Sabía que de parte del marqués y su hijo no sabría nada, así que lo intentaría con la dulce mozuela que en ese momento permanecía encerrada en su habitación.

Entró con cautela y con una bandeja de té; estaba dispuesta a sacarle toda la información posible y a charlar largo y tendido. Encontró a Tsubame pensativa en su cama, todavía con su bonito vestido occidental puesto. La joven la miró con cierta tristeza.

— Después de un día confuso, me siento en la obligación de hacerte compañía. – dijo Shura con suavidad – Quiero animarte un poco, amiga.

— Muchas gracias por la preocupación. – contestó Tsubame con una pequeña sonrisa – Sólo quería estar un rato sola, para alejar los fantasmas de mí.

Fue allí que Shura aprovechó.

— Eso sucede cuando lo hablamos. – la azuzó con voz conciliadora – Lo hablamos y esos fantasmas desaparecen. Habla, cuéntame lo que estás sintiendo en el corazón.

Tsubame suspiró. Tal vez era momento de hablarlo con alguien más... una mujer que supiera comprenderla y guiarla.

— Es que mi vida no corresponde al presente, Shura-san. – comenzó – Es como si hubiera vivido una vida pasada. Sólo que es doloroso sentir todo otra vez. – tomó aire para confiarle los acontecimientos por los que había pasado – La primera vez… la primera noche… Le contaré: tenía 14 años…

Un rato después, entró de un portazo a la cocina en busca de Kaede, con el fastidio pintado en el rostro.

— ¡Ay, Kaede, prefiero aguantarte a ti en vez de a esta niña mimada! – exclamó rodando los ojos con aburrimiento – ¡Un día siendo la estúpida esclava de Ikumatsu supera a los años de sufrimiento de esa mocosa! – se detuvo ante la mirada significativa de Kaede, quien le hacía señas para que mirara hacia la mesa en el centro de la cocina. Allí se hallaba un jovencito comiendo alegremente unos cuantos pastelillos.

— Pueden continuar hablando, no me incomoda. – les dijo Yahiko Myoujin con tono de burla mientras se metía un trozo de pastel en la boca – Sólo quería sentarme y relajarme un poco.

Shura casi colapsó de la indignación. Lo único que le faltaba.

— ¡No recibimos personas extrañas en esta casa! – bramó. Menos mal que Ikumatsu no se encontraba en la mansión – ¡Fuera!

Yahiko sonrió descaradamente y se levantó para encararla.

— Pues permíteme, busu estúpida, informarte que yo, Yahiko Myoujin seré en breve el nuevo morador de esta mansión. – anunció feliz.

— ¡¿Pero quién te crees?! – se alteró su madrastra, sin poder creer en la osadía del muchacho.

Yahiko ensanchó aún más su sonrisa y le extendió la cuenta de la posada en donde se hospedaba, incluida comida.

— Pues como sea conseguirás que se me acepte en esta casa, dado que no se te pegó la gana dejarme abandonado cuando creíste que no era necesario para tus planes. – le explicó – A mí no me vas a ver la cara de idiota, busu, y qué mejor desquite que haciéndote hospedarme aquí. – y le advirtió – Ve pensando qué decirle a tu dueña, porque ya acordé con el dueño de la posada en pasarle una copia de la factura a ella en persona, y es allí donde tendrás que darle explicaciones incómodas.

La mujer le lanzó una mirada llena de odio y veneno. Lo había subestimado al dejarlo de lado en su regreso a Hagi y ahora lo estaba pagando con creces. Se acercó a él y le arrebató la cuenta del lugar donde se hospedaba; pagaría en ese mismo momento para asegurarse de que nadie la embarrara más.

— Está bien. – aceptó – Le diré a Ikumatsu que necesitamos de alguien que nos guarde las espaldas. Aprovecharé toda la conmoción con el Jinete Negro aquí para convencerla.

Yahiko no podía estar más satisfecho.

— Ay, busu... qué bueno que ya conoces mis exigencias, mis modos y mis humores, así no tendremos problemas de convivencia. – se mofó mientras le abría la puerta de la cocina para que lo acompañara a pagar la posada. Shura pasó a su lado como un tornado, sin mirarlo. De un momento a otro, los dos se habían ido.

— ¡Madame! – musitó Kaede pasmada. ¿Ahora qué harían con ese mocoso metido en la mansión?


El atardecer caía en Hagi y el carruaje que llevaba a Enishi paró en lo que parecía una obra en construcción. Había infinidad de raíles, herramientas y trastos varios, pero el lugar estaba desierto por ya no ser hora de trabajo. Vio a los lejos que en una de las carpas más grande brillaba la luz de una lámpara de aceite; se dirigió hasta allí.

Para su sorpresa, se encontró con Kenshin Himura sentado en su escritorio, leyendo unos papeles que al poeta se le antojaban aburridos. El ingeniero ni siquiera se dignó a mirarlo.

Enishi se envalentonó y lo enfrentó.

— Ya me había imaginado que eras tú quien pagó mi fianza, Kenshin. – le dijo con una sonrisa de satisfacción – ¿Pero para qué? ¿Para restregármelo en la cara y darme un sermón de tres horas frente a toda la ciudad?

Por fin, Kenshin levantó la mirada para acribillarlo con ella.

— No fui yo. – respondió secamente – Si fuera por mí te estarías pudriendo tras las rejas.

— ¿Entonces quién fue?

— Hola, Enishi. – se escuchó una voz entre las sombras, detrás de él. El aludido reconoció la voz al instante y se dio la vuelta con cautela y terror, para encontrarse cara a cara con Hiko Himura.

— Ma-ma-marqués… – balbuceó – ¿Por qué pagó mi fianza?

Hiko sólo lo miró con odio y diversión, feliz de verlo acorralado nuevamente.

— Mi padre cree que nos debes una última conversación. – le explicó Kenshin en su nombre.

— Mi pequeña Tsubame no merece estar en el mismo espacio que tú, ¡no en la misma ciudad! – decretó el maestro – Ella tiene un corazoncito fino como el más puro cristal, aunque a veces se haga duro como un diamante.

— Lo que queremos es asegurarnos de que no vas a seguir engañando a las muchachas de la región con tus versos falsos. – la acortó el ingeniero.

Enishi se ofendió, olvidando por un instante su miedo a Hiko.

— Pero yo no engaño a nadie, son ellas quienes adoran mis versos. – replicó – Y perdóname Kenshin, no son versos falsos; son versos para las suaves jóvenes de toda esta hermosa región…

— ¡Canalla!

— Por más que la soberbia les impida ver la verdad, yo siempre amé a Tsubame. – disparó el peliblanco, provocador.

— ¡CIERRA LA BOCA, DESGRACIADO! – vociferó el pelirrojo levantándose para echarse encima de él.

— Cálmate, Kenshin. – le ordenó su padre con voz firme – No te dejes llevar por el calor del momento; que no hiervan tu corazón y tu sangre. – se dirigió al poeta – Yo me dejé engañar por ti, Enishi: te tomé como un hijo y me costó mucho admitir mi culpa por lo que le hiciste a mi hija. Pero ahora, después de lo que sucedió en esta ciudad, no me cabe absolutamente ninguna duda. – le extendió un gran saco que tintineaba – Toma esta bolsa de dinero… y no me desafíes, porque quién sabe si el que aparece en una bolsa eres tú…

Yukishiro moría por tomar ese dinero, ya que ahora no tenía a Tae como garantía de una vida despreocupada. Pero se haría un poco de rogar para no parecer arrastrado.

— Mi hombría exige que le diga que yo nunca cambiaría a Tsubame por un puñado de monedas, pero Kenshin nunca me dio otra opción. – rechazó culpando al pelirrojo.

— ¡¿Pero de qué hablas?! – saltó Kenshin.

— ¡Tú siempre dijiste que no sería un buen marido para Tsubame! – exclamó el otro – ¡Y eso que propuse casarme con ella!

— ¡Nunca habrías cumplido! – rebatió el ingeniero – La traicionarías y la maltratarías como quedó claro con lo que le hiciste a Tokio Kamiya.

— ¡No compares el lujo con los desechos, Kenshin!

— ¡No oses hablar mal de los Kamiya frente a mí!

— Es verdad, olvidé que tú te enamoraste de Kaoru, pero ella te rechazó a diferencia de Tokio conmigo… – se burló Enishi.

— ¡NO TE ATREVAS A HABLAR DE KAORU! – el pelirrojo ya estaba descontrolándose.

— ¡Mantén la calma, Kenshin! – le advirtió Hiko. Luego miró a Enishi con desprecio – ¡Y tú, tienes 24 horas para desaparecer de estos parajes!

Kenshin respiraba hondo para poder recuperarse y controlar las ganas de hacer puré a Yukishiro. Su autocontrol le permitió hacerle una última advertencia al hombre que tanto odiaba.

— Enishi… le debes una disculpa a Tokio-dono. – dijo con voz ronca – Voy a estar atento para que se la ofrezcas antes de partir.

Enishi no dijo nada y dejó el lugar, con una sonrisa de medio lado y una bolsa llena de monedas de oro que gastar. Padre e hijo se quedaron pensativos dentro de la carpa, suponiendo que tal vez se habían librado de él para siempre.


Entretanto, Kaoru había dejado a Tokio bajo los cuidados de Tomoe para dirigirse discretamente hacia el castillo Katsura. Pero no para ser recibida por Megumi o por alguno de los patriarcas, sino para ver a otra persona en particular.

Se presentó en las cocinas y pidió permiso para ir a uno de los cuartos de servicio. Los criados ya la conocían y sabían que era amiga de la ama y de su guardaespaldas, por lo que la dejaron pasar.

Sano escuchó que alguien daba golpecitos a su puerta de shoji. Pensando que era Megumi para dar lugar a otra pelea, la abrió con brusquedad para encararla. Se quedó de piedra al ver que no era quien esperaba.

— Jo-chan… ¿qué haces aquí? – farfulló sorprendido, pero haciéndose a un lado para que entrara.

Kaoru lo miró con severidad y fue al grano.

— Sanosuke, ¿por qué besaste a Megumi? – inquirió.

El joven palideció. No sólo su amiga se parecía de sopetón en su habitación, sino que le hacía preguntas muy directas, señal de que estaba enterada de lo acontecido entre él y la dama de la casa.

— Ese beso no significo nada, si es eso lo que querías saber, Jo-chan. – respondió, disfrazando su decepción con indiferencia – Ni para mí, ni para la Kitsune-hime.

— No fue eso lo que pregunté. – replicó Kaoru – Pero tampoco significó nada para mí, si es que ese es tu deseo.

Sano la miró divertido y algo herido.

— ¿Crees que le di ese beso a Megumi para provocarte? – preguntó – Tendría que ser muy vanidoso para creer que te molestarías al verme cortejar a tu amiga.

Permanecieron un rato en silencio.

— Sano, ¿cuáles son tus intenciones reales con Megumi? – insistió la kendoka.

— Ese beso fue un error; para mí, para ella y para los involucrados. – respondió el joven de plano, sin dar lugar a más preguntas incómodas.

— No es verdad: ella se emocionó y por eso me preocupé. – le explicó Kaoru – Es verdad que estamos distanciadas, pero Megumi es mi mejor amiga. No me gustaría que fuera una aventura más del famoso Zanza.

Anonadado, Sano abrió los ojos de par en par.

— ¿Pero en serio la Kitsune-hime se emocionó con el beso? – ahora el emocionado era él – ¡Estoy muy confundido con tanta información en una sola frase, Jou-chan!

— ¡Pues sé claro conmigo como siempre lo fuiste!

— Si no estoy siendo claro es porque tampoco fue claro para mí. – se justificó el chico recuperando la compostura – Fue una casualidad… como una descarga eléctrica.

— Entonces crees que para Megumi también fue una… descarga eléctrica. – concluyó su amiga con desconfianza.

— Jo-chan, tú misma dijiste que Megumi estaba superando un amor. – dijo Sano – Pues bien, yo también estoy superando un amor. Y si el besó la emocionó, ya no le importa; vino aquí para aclararme que sólo quería mi compañía para darle celos a ese Aoshi…

Pero Kaoru no se rendiría en su búsqueda por una respuesta más clara.

— Sano, esa pudo ser la motivación inicial, pero conozco a Megumi lo suficiente para saber que el beso la emocionó. – le dijo con tristeza – Pero si no sucedió lo mismo contigo, por favor, sé claro y aléjate… porque no quiero que ella sufra como Tokio…

— ¿Me estás comparando con el poeta mentiroso? – se ofendió el muchacho – ¡Sí que viniste con la lanza afilada, Jo-chan!

— Disculpa, Sano, eres una de mis personas favoritas en el mundo… – se excusó la chica – Es que hasta mis personas favoritas me están decepcionando: Kenshin, Megumi…

— No me incluyas en eso; no jugaré con el corazón de Megumi. – la interrumpió Sano con tono conciliador – Quédate tranquila.

Kaoru le sonrió con sinceridad.

— Sé que puedo confiar en ti. – dijo palmeándole un hombro para luego marcharse, dejando a Sanosuke pensativo en cuanto a las emociones de Megumi.


Viendo que Tokio se había quedado dormida, Tomoe aprovechó para ir a limpiar la habitación que compartía con Kaoru. Ya estaba anocheciendo y habían descuidado su espacio debido a los acontecimientos vividos. Barría lamentándose por la triste suerte de su hermana menor, engañada por su gran amor; aquello la hacía admirar más a Kaoru, quien, salvando las distancias, también le había ido mal con Kenshin, pero sabiendo salir adelante a pesar del dolor. Confiaba que su lazo con Akira sería irrompible y eterno... no resistiría si algo malo pasaba entre ellos. Ya habían tenido demasiado en Kyoto.

Pensaba en esas cosas hasta que vio un sobre atascado en la ventana. Se sorprendió sobremanera al ver que era de Kenshin para Kaoru. En medio de la tribulación, la esperanza de un acercamiento entre esos dos la animaba, y aunque moría por saber qué decía la carta, la dejó sobre la mesita y esperó por su hermana para darle aviso.

Cuando Kaoru regresó, se dispuso a leer la misiva y le pidió a Tomoe que se quedara con ella. Tenía el presentimiento de que la carta no iba dirigida con objetivos amorosos, sino familiares.

Y razón no le faltó. Leyó la carta en voz alta a una angustiada Tomoe, quien no podía creer en lo que escuchaba.

Espero que Enishi haya cambiado y que el amor sincero sea posible… – leía Kaoru con tristeza.

— No fue así… – sollozó Tomoe – Tokio-chan no obtuvo el amor sincero que quería.

Kaoru asintió en acuerdo con ella.

— Esta parte es tan triste… – señaló la kendoka – Tal vez mi indignación sería menor si Yukishiro hubiese demostrado cualquier señal de compasión o remordimiento. No lo hizo, y yo atestigüé que Tsubame se sumió en una tristeza impresionante… Exactamente como sucedió con Tokio…

— ¿Cómo Enishi puede ser tan malvado, Kaoru? – Tomoe se engujaba las lágrimas.

— Tomoe, el mundo es mucho peor de lo que tú piensas… – dijo su hermana – Si te vas a mudar a Kyoto con Akira, es mejor que sepas eso.

— Con Akira será más fácil. – razonó la joven. Kaoru la abrazó.

— Fui muy injusta con Kenshin con el tema de Enishi Yukishiro. – se culpó – Sentía que su resentimiento no era gratuito, pero no me podía imaginar algo tan perverso… ¿será que por lo menos eso aún se podrá remediar? – se preguntó pensativa.


A la mañana siguiente, Tokio despertó encontrándose con la mirada preocupada de su padre. Koshijiro no había tenido oportunidad de quedarse con ella dado su estado de tristeza absoluta que sus hermanas trataban de apaciguar y su madre ayudaba en aumentar. Ahora, en ese momento tranquilo de los primeros rayos de sol, podría consolarla él mismo.

Tokio, por su parte, había abierto los ojos deseando que todo hubiera sido una horrible pesadilla y que todo lo que le había sucedido era producto de una traición de la mente, hallando que era su realidad. Que esa traición había sucedido que la había cometido Enishi contra ella; y lo más importante, que la había cometido ella contra sí misma. Habiendo sido ciega y terca con su propio corazón.

Comenzó a sollozar nuevamente. Su padre, alarmado, la abrazó.

— Tokio-chan, estoy aquí. – la arrulló.

— Perdón, papá… – gimió ella en sus brazos.

— ¿Perdón por qué?

— Por lo que hice de mi vida…

— Basta ya. – la reprendió él con suavidad – No tengo nada que perdonarte, eres una mujer especial que creyó en un sueño construido para engañarte, y en un amor matemáticamente calculado para enredarte. Hija, eso es exactamente lo más lindo de ti: la nobleza que manda en tu corazón...

— Perdí mi honra, papá. – lo interrumpió Tokio haciendo esa confesión de sopetón. No quería ocultarle nada. No a él.

El rostro de Koshijiro se ensombreció por una fracción de segundo al comprender lo que implicaban esas palabras. Pero no la culpaba... jamás culparía a nadie, y mucho menos a sus hijas, de entregar sinceramente su corazón. La abrazó con más ímpetu.

— Ya entendí… – murmuró acunando su rostro entre las manos – Y presta atención con lo que voy a decirte ahora: el honor de una persona está en su carácter, y eso a ti te sobra, hija mía.

Padre e hija permanecieron abrazados, cada uno sumido en sus propios pensamientos.


Esa mañana le había tocado a Chizuru levantarse temprano para alimentar a las gallinas y los cerdos antes del desayuno. Kaoru se había levantado con ella, pero apenas se alistó salió de la casa diciendo que tenía que hacer algo muy importante. La menor de los Kamiya se encogió de hombros y se dispuso a comenzar con su aburrida tarea en lo que sería un aburrido día.

Mientras tiraba la comida a los animales, sintió que alguien silbaba desde unos arbustos. Ella, entusiasmada, lo reconoció enseguida y se precipitó a encontrarse con él.

— ¡Enishi-kun! – chilló emocionada.

— ¡Habla más bajo! – siseó desesperado el aludido – Sabes lo que está sucediendo, ¿verdad?

— Claro que sí; engañaste a Tokio y también a la tonta de Tae. – le reprochó la chica haciendo un puchero.

— Pero eso no pasó de ser un gran plan; es que no le quería decir a Tokio que mi gran amor eres tú. – le explicó el joven – Preferí que ella se indignara con toda la situación y así no crear una pelea entre hermanas.

Con esa confesión (que en realidad era mentira), Chizuru se lanzó a los brazos de su gran amor: ese poeta de blancos cabellos.

— ¡Si tú me amas, nada más importa! – le aseguró enamorada – Pero Tokio-chan sigue en cama…

Enishi colocó el dedo índice sobre su boca para que ya no hablara.

— Mi dulce Chizuru-chan: un gran amor, para ser profundo, necesita de dificultades. – la enredó – Por eso Tokio está haciendo eso, para alejarnos el uno del otro y creando mentiras para que tus padres no permitan que tú seas mi novia. – y añadió, acercándose más a ella – Por eso, sólo hay una solución: que huyamos.

Chizuru casi cayó de espaldas.

— ¿Huir? – se alteró – ¿Abandonar mi hogar?

— Nuestro amor es grande e inmenso como para quedarnos aquí.

La jovencita pareció pensarlo por unos breves instantes, y con satisfacción, Enishi vio que no necesitó de mucho para convencerse. Se dieron un beso apasionado y dieron comienzo al operativo.


Mientras, Kaoru se personaba en la obra ferroviaria, ante un perplejo Kenshin.

— Kenshin… – dijo ella tímidamente desde la entrada de la carpa del ingeniero.

— Kaoru-dono… – balbuceó él medio dormido, medio obnubilado – ¿A qué debo el honor de tu visita? – preguntó con propiedad.

— Vine a agradecer la carta que me mandaste. – respondió ella con simpleza – Imagino que no debió ser fácil escribir sobre tu hermana.

— No podía preservar a mi hermana y mantener a la tuya expuesta con ese canalla. – explicó el pelirrojo con cierta amargura.

Se quedaron un momento en silencio incómodo.

— También vengo a disculparme, Kenshin. – dijo ella de repente con las mejillas arreboladas – Debería haber confiado en tus señales, aunque no hayan sido tan claras.

— Entiendo; es difícil confiar sin confirmaciones o pruebas.

— Pero el problema es que mi hermana pagó por mi desconfianza, a pesar de que no sería nada fácil convencerla.

— Ese sentimiento que estás viviendo ahora yo ya lo experimenté, y la verdad, no había mucho que pudiéramos hacer. – trató de tranquilizarla el joven.

Otro momento de silencio incómodo.

— Decidí mudarme a Kyoto… es definitivo. – anunció Kaoru sin mirarlo a los ojos.

Kenshin se quedó de piedra, pero supo disimularlo.

— A Kyoto…

— ¿Y tú? – preguntó ella en un intento de contener las lágrimas.

— ¿Yo? Me quedo por aquí… en la ferrovía… siguiendo con mi vida también… – farfulló él, también dolido – Creo que esto es un adiós, ¿no?

Kaoru asintió sin contener más el llanto, mientras Kenshin sólo tenía ganas de abrazarla y enjugarle las lágrimas. Pero ninguno se movió... sólo la kendoka después de unos instantes, para marcharse.

— Adiós, Kenshin… – se despidió con la voz quebrada.

Ambos se separaban definitivamente con los corazones destrozados.


Llegando a su casa, la kendoka decidió convertir esa noticia triste en otra más amena para su familia. Por suerte, había llegado a la hora del desayuno y Tokio se había levantado más animada; sólo faltaba Misao, pero era entendible. Aprovecharía la ocasión.

— Aprovechando que Tokio-chan está mejor, y que estamos todos aquí, quisiera hacer un anuncio. – dijo al entrar y acomodarse junto a ellos.

— Pero no estamos todos, ¿y Chizuru-chan? – observó su madre.

— Voy a llamarla, debe estar durmiendo. – dijo Tomoe levantándose para encaminarse a la habitación de su hermana menor.

— Dime que nos darás una alegría en medio de esta casi tragedia. – rogó Sakura mirando a Kaoru – ¿Aceptarás casarte con Himura-san?

— No, mamá; ya hablamos sobre eso, por favor.

— No vengas con cualquier otra cosa porque mis nervios están destrozados, hija mía.

De repente, escucharon unos pasos apresurados que se acercaban a ellos para mostrarles a una Tomoe agitada, aterrada y blandiendo una carta. A todos se les erizaron los cabellos.

— ¡Papá! ¡Mamá! ¡Chizuru huyó! – gimió llorando.

Koshijiro tomó la carta de prisa y la abrió para leerla a todos los presentes. Sakura estaba a medio desmayar en brazos de Tomoe, Kaoru escuchaba atentamente y Tokio, con la mirada gacha tenía la más espantosa de las sospechas. Las lágrimas volvieron a brotar silenciosamente.

Con furia creciente, Koshijiro Kamiya leyó:

Queridos familiares: el coloso de mi alma no cabe más en esta casa. Cuando lean esta cartita yo ya estaré montada en un caballo blanco con mi príncipe encantado; me voy con mi amor adonde la vida tiene color, gusto y aroma de dulces. Vamos a casarnos y a vivir felices para siempre, porque espíritus grandes y libres como los nuestros sólo caben en sí mismos. Quién sabe y regreso un día para que conozcan a mis hijitos. Recuérdenme con alegría y pasión; es así como yo estaré al lado de mi futuro, honrado y valiente marido…

— ¡No es posible! – chilló Sakura en pleno estado de histeria.

— Calma, Sakura…

Pero ella no le hizo caso.

— ¡Años de sacrificio y mira lo que me salió! – graznaba a todo pulmón – ¡Hija que cae en la labia del primer conquistador que llega a la casa!

— ¡Calma! – exclamó Kaoru, tan alterada como todos – ¡Hay que traer a Chizuru de vuelta!

Mientras trataban de tranquilizarse y de pensar en la mejor manera de encarar esta nueva y horrorosa situación, Koshijiro, muy en el fondo, estaba planteándose seriamente cometer su primer asesinato como espadachín. Era algo con lo que su mente coqueteó luego de la confesión de Tokio, pero que con cada segundo que pasaba, cobraba más fuerza.

Jamás en la vida había matado a un ser humano, algo sorprendente teniendo en cuenta a lo que se dedicaba, pero por sus hijas, siempre haría la excepción.


A pocos kilómetros de distancia, en el castillo Katsura, las cosas tampoco serían placenteras para la familia residente, que en ese momento desayunaba con Akira, Tae, Katsu y Sanosuke. Tanto el guardaespaldas como Megumi se intercambiaban miradas disimuladas y tímidas.

De repente, se presentó nada más y nada menos que Ikumatsu Kiyosato en plena comida, acompañada por un hombre desconocido. Todos se sorprendieron ante la inesperada e indeseada visita.

— Disculpen que interrumpa la comida, pero… – se disculpó falsamente y con soberbia – Megumi, querida, lamento que lo sepas de esta manera: el oficial de justicia está aquí y tiene una noticia para tu familia.

Fue allí que todas las alarmas del Barón Gensai y su hijo Kogoro sonaron.

— ¡Usted no osaría…! – vociferó el anciano noble.

— Vengo a notificarle que, a partir de ahora, esta propiedad pertenece a Ikumatsu Kiyosato; y de no ocurrir una desocupación voluntaria, será determinado el desalojo inmediato del castillo. – les comunicó con altivez.

Absolutamente todos se quedaron congelados en su sitio. Sobre todo, Megumi: no sólo no podía acreditar lo que estaba escuchando y lo que implicaba esa noticia, sino que también tenía el mal presentimiento de que su vida cambiaría para siempre de aquí en más.