AMOR SALVAJE
7| Ganare la Guerra
De verdad hay demonios viviendo en esta tierra, Hinata. Yo no sabía que existieran unos hombres tan malvados hasta que vi. a niños inocentes que habían sido torturados, mutilados, destrozados, solo para conseguir la obediencia de los padres. Un ejército de mercenarios mataba salvajemente a los campesinos indefensos. Mi marido era un dictador. Cualquiera sospechoso de tener ideas subversivas era asesinado. Los muertos y los moribundos yacían tirados en las calles.
Cada noche, llegaban carretas para recoger los cuerpos. El hedor que nos hacía cerrar las puertas del palacio cada anochecer no era debido a un exceso de basuras... no, no, la peste llegaba de los fuegos crematorios. Se mantenía a la gente hambrienta para que estuvieran demasiado débiles para rebelarse.
Hasta el agua estaba racionada. Me sentía tan enferma por las atrocidades que no podía pensar con claridad. Mylala, mi fiel doncella, me advirtió que no me enfrentara a Hiashi. Temía por mi seguridad.
Tendría que haberla escuchado, hija mía. Sí, actué como una tonta ingenua, porque fui a desafiar a mi marido.
Aprende de mis errores, Hinata. Solo así sobrevivirás.
Anotación en el diario, 12 de octubre de 1795
Naruto estaba apoltronado detrás de su escritorio, con un vaso lleno de brandy en la mano y una botella de agua caliente sobre la rodilla.
Era extraño, pero la rodilla no se había hecho sentir hasta esa noche. Ahora eran ya bien pasadas las cuatro de la mañana. El irritante dolor y los sueños, claro lo habían forzado a volver a su estudio y trabajar en los asuntos de sus propiedades. No se retiraría hasta que el alba inundara la ciudad de Londres... cuando su cerebro estuviera demasiado cansado para recordar.
No se sentía bien. Un viejo guerrero, pensó con una sonrisa. ¿No era eso lo que Hinata le había llamado? Guerrero, sí, recordaba que le había dado ese nombre... Viejo no, no se acordaba de que hubiera mencionado eso.
El pasado le pasaba factura a Naruto. Los años dedicados a trabajar por su país se habían cobrado un precio. Era un hombre todavía temido; en realidad, se había convertido en una leyenda en muchos círculos de mala fama de Francia. A Naruto siempre le habían dado las misiones más difíciles y delicadas. Nunca lo llamaban hasta que se hubiera cometido la atrocidad y se hubieran juzgado las pruebas. Su deber era solitario, su reputación no estaba manchada por el fracaso.
El marqués de Konohagakure era considerado el hombre más peligroso de Inglaterra. Algunos afirmaban que del mundo.
No importaba dónde se ocultara el traidor, Naruto podía hacerle salir de su cubil y despacharlo con una eficacia silenciosa y mortal. Nunca había fallado en el cumplimiento de su deber. Nunca.
Los resultados de su lealtad tenían dos caras. Contaba con el título de caballero por su valor y con las pesadillas por sus pecados. Era una jubilación que resultaba bastante fácil de aceptar. Como vivía solo, nadie conocía su tormento. Cuando llegaban las pesadillas y veía de nuevo las caras de los que había eliminado, no había nadie presente para presenciar su agonía.
Raramente pensaba ya en Yahiko o Konan, aunque continuaba sintiéndose desconcertado por la ironía de todo aquello. Mientras él estaba fuera, defendiendo a su país contra los traidores, su hermano estaba en Inglaterra, traicionándolo.
No, no pensaba mucho en Yahiko y desde que había conocido a la princesa Hinata, tenía un torbellino tal en la cabeza que apenas podía pensar con algún atisbo de razón.
Era un hombre dado a la intriga. Un buen rompecabezas absorbía su atención hasta que lograba resolverlo. Sin embargo, Hinata demostraba ser demasiado escurridiza para comprenderla. No sabía cuál era su juego... todavía. Cuando no coqueteaba abiertamente con él o con Kiba, a decir verdad despertaba su interés.
Naruto le dio vueltas y más vueltas a la extraña conversación que había tenido con la dama, pero al cabo de un rato, tiró la toalla. Se dijo que tendría que volver a verla. Todavía no le había dado suficientes claves para satisfacerlo. ¿Y dónde, en nombre de Dios, podía haber oído el rugido de los leones?
Naruto sabía que se estaba obsesionando por averiguar cuál era su pasado. Su determinación no tenía mucho sentido para él. Hinata le afectaba de un modo que él habría creído imposible. Nunca, ninguna mujer lo había trastornado hasta ese punto. Admitirlo le molestaba mucho más que el insistente dolor de la rodilla.
Averiguaría todo sus secretos. Seguro que los tenía todas las mujeres los tenían y entonces su curiosidad se vería satisfecha. Sí, y luego podría olvidarse de ella.
La obsesión terminaría.
Una vez tomada esa decisión, Naruto despachó notas a los principales chismosos de la buena sociedad. Por supuesto, fue discreto al pedir información sobre a princesa, sirviéndose de su hermana y su presentación en sociedad como razón principal para querer conocer, todos los pormenores del «negocio».
No le preocupaba lo más mínimo su engañoso empeño. Y al final, cuando llegaron las respuestas a todas sus cartas, Naruto se sintió más frustrado que antes. Según todos los enterados, la princesa Hinata no tenía pasado. Aquella mujer ni siquiera existía dos meses atrás.
Naruto no estaba dispuesto a aceptar esa conclusión. Se le estaba acabando la paciencia. Quería respuestas reales... y quería volver a ver a Hinata. Había pensado en abordarla en el próximo baile, el sábado siguiente, pero luego decidió no esperar.
Dejando de lado los buenos modales, se presentó en el número seis de la calle Baker a la inoportuna hora de las nueve de la mañana. Naruto no se había molestado en enviar una nota solicitando ser recibido, seguro de que la malcarada condesa le negaría la entrada si la avisaba; con antelación.
La suerte estaba de su lado. Un anciano, extremadamente débil, con una mata de escaso pelo amarillo, le abrió la puerta. Su ropa indicaba que era el mayordomo y sus modales se parecían a los de un pontífice descortés.
—La condesa acaba de salir; tenía un compromiso y no volverá hasta dentro de una hora o más.
Naruto conservó su sonrisa.
—No quiero ver a la condesa —le dijo al mayordomo.
—Entonces, ¿a quién quiere ver exactamente? —preguntó el sirviente con un altivo tono de voz.
Naruto dejó ver su exasperación. El anciano guardaba la entrada como si fuera una gárgola. Naruto entró, rozándolo, antes de que pudiera emitir cualquier protesta, mientras gritaba por encima del hombro:—Deseo hablar con la princesa Hinata. —Deliberadamente utilizó su voz más intimidatoria para conseguir conformidad a sus deseos —. Ahora.
Una súbita sonrisa transformó la agria expresión del sirviente en arrugas de alegría.
—A la condesa no va a gustarle —anunció, mientras se adelantaba, arrastrando los pies hasta las puertas dobles a la izquierda del vestíbulo —. Le contrariará, vaya si le contrariará.
—No parece preocupado por esa eventualidad —comentó Naruto con sequedad cuando el, mayordomo soltó una risita cloqueante.
—No le diré nada de su visita, sir —dijo el hombre. Se enderezó y se dirigió hacia la escalera—. Puede esperar ahí —dijo con un ademán —. Iré a informar a la princesa de que desea hablar con ella.
—Tal vez sería mejor que no le dijera a su señora quién ha venido a visitarla —le ordenó Naruto, pensando que Hinata podría decidir que no quería verlo —. Me gustaría darle una sorpresa —añadió.
—Dado que no me ha dicho su nombre, me será bastante fácil cumplir sus deseos.
A Naruto le pareció que al mayordomo le costaba una eternidad llegar al otro lado del vestíbulo. Se apoyó en el marco de la puerta y observó al viejo. De repente se le ocurrió una pregunta.
—Si no sabe quién soy, ¿cómo puede estar tan seguro de que a la condesa le contrariará?
El mayordomo soltó otra risa socarrona que sonaba casi igual que si se hubiera rascado una pizarra con un clavo. El esfuerzo casi lo derribó al suelo. Se aferró a la baranda antes de responder a Naruto.
—No importa quién sea, sir. A la condesa no le gusta nadie. Nada hace feliz a la vieja lechuza.
El mayordomo continuó subiendo las escaleras lentamente, arrastrando los pies.
Naruto habría jurado que el hombre había tardado diez minutos en subir tres peldaños.
—Entiendo que no fue la condesa quien lo contrató —comentó Naruto.
—No, sir —respondió el sirviente entre jadeo y jadeo —. Fue la princesa Hinata quien me encontró en el arroyo, por así decirlo. Me recogió, me desempolvó y me arregló bien con ropa nueva. Fui mayordomo hace muchos años, antes de que llegaran tiempos difíciles. —El viejo respiró hondo y luego añadió—: Pero a la princesa no le gusta que llame vieja lechuza a su tía. Dice que no es decoroso.
—Puede que no sea decoroso, buen hombre, pero vieja lechuza describe realmente bien a la condesa.
El mayordomo asintió y luego se aferró al pasamanos de nuevo. Permaneció en esa posición varios minutos. Naruto pensó que estaba tratando de recuperar la respiración. Sin embargo, era una conclusión errónea. Finalmente, se soltó, hizo bocina con las manos y vociferó, literalmente, su anuncio escaleras arriba.
—Princesa, tiene una visita. Lo llevo a la sala.
Naruto no podía creer lo que acababa de presenciar. Cuando el sirviente repitió el aullido, se echó a reír. El mayordomo se volvió hacia Naruto para explicarse.
—Ella no quiere que haga demasiado. Tengo que ahorrar fuerzas para las órdenes de la vieja lechuza.
Naruto asintió. El mayordomo volvió a llamar a su ama a voz en grito. Hinata apareció súbitamente en lo alto de las escaleras, atrayendo toda la atención de Naruto. Este decidió que nunca se acabaría de acostumbrar a mirarla.
Estaba más bonita cada vez. Ese día no llevaba el cabello recogido en lo alto de la cabeza. Era portentoso. Fue la única palabra que le vino a la mente, porque la masa de mechas, espesas y con un brillo que enmarcaban aquella cara angelical, era indescriptible.
Cuando empezó a bajar la escalera, Naruto vio que la cabellera le llegaba hasta la turgencia de sus esbeltas caderas. Vestía un traje rosa. El redondo escote mostraba solo un atisbo de la curva de sus senos. Había algo inusual en el modesto atuendo, pero Naruto estaba demasiado trastornado viéndola sonreír a su mayordomo para decidir qué era lo que le parecía fuera de lugar.
Ella todavía no lo había visto.
—Gracias, Elbert. Ahora ve y siéntate. La condesa volverá pronto y tendrás que estar otra vez en pie.
—Es usted muy buena conmigo —murmuró Elbert.
—Me alegro de que lo creas —dijo antes de continuar bajando y ver a Naruto apoyado en la puerta de la sala.
Él supo que estaba sorprendida. Abrió mucho los ojos.
—Oh, cielos, a la condesa le...
—Contrariará —dijo Naruto acabando su comentario con un suspiro exasperado.
Era obvio que Elbert había oído el comentario. Su rasposa risa siguió a Hinata al interior de la sala. Naruto fue tras ella, deteniéndose solo lo suficiente como para cerrar la puerta.
—Lo creas o no, princesa Hinata, el resto de la ciudad me considera bastante agradable. Por qué le parezco ofensivo a tu tía es algo que no alcanzo a comprender.
Hinata sonrió por la irritación que percibía en la voz de Naruto. Sonaba como un niño pequeño que quiere que lo tranquilicen. Se sentó en el centro del sofá de brocado dorado para que Naruto no pudiera sentarse a su lado y, con un ademán, lo invitó a ocupar la butaca adyacente. Luego dijo:
—Por supuesto que eres agradable. No dejes que las opiniones de mi tía te disgusten. Aunque es descortés por mi parte admitirlo, como tus sentimientos están en juego, confesaré que, en realidad, a mi tía no le agradan demasiadas personas.
—No has entendido bien mi comentario —dijo Naruto lentamente —. Me trae sin cuidado lo que tu tía piense de mí. Solo encuentro intrigante que yo...
Ella lo contemplaba con una mirada cautelosa y se detuvo a mitad de la frase para cambiar de tema.
—¿Te disgusta que haya venido a verte? —preguntó, molesto con su propia pregunta.
Hinata negó con la cabeza.
—Buenos días —soltó de repente, en un esfuerzo por recordar sus modales.
Era un problema para ella, claro, porque, una vez más, Naruto tenía un aspecto maravillosamente apuesto. Vestía pantalones de montar de gamuza, del color de la piel de un ciervo joven, que se le ajustaban a los poderosos muslos. Llevaba una camisa blanca, probablemente de seda, pensó Hinata, y parcialmente cubierta por una chaqueta parda, como el color del bosque en otoño, que hacía conjunto con las brillantes botas de montar.
Se dio cuenta de que lo estaba mirando fijamente, pero decidió excusar sus malos modales, porque también él la estaba mirando con la misma intensidad.
—Me gusta mirarte.
—A mí también me gusta mirarte —respondió Naruto con una risa ahogada.
Hinata cruzó las manos sobre la falda.
—¿Hay alguna razón específica para tu esporádica visita? —preguntó.
—¿Esporádica? No entiendo...
—Espontánea —se apresuró a decir Hinata.
—Entiendo.
—Bien, ¿hay una razón específica?
No me acuerdo —respondió Naruto, sonriéndole. Ella le devolvió una sonrisa vacilante.
—¿Puedo ofrecerte un refrigerio?
—No, gracias —respondió Naruto.
—Bien, entonces, ten la amabilidad de explicarme qué es lo que no recuerdas.
Lo miró expectante, como si lo que acababa de pedirle fuera la cosa más lógica del mundo.
—¿Cómo puedo explicar qué es lo que no recuerdo? —preguntó él—. Otra vez estás diciendo cosas con muy poco sentido, ¿no crees?
Su sonrisa podía fundir el hielo. A Hinata le resultaba muy difícil seguir sentada sin moverse. En lo único que quería pensar era en la forma en que él la había besado y lo único que quería hacer era encontrar un medio de conseguir que él la volviera a besar. Por supuesto, eran unos pensamientos indignos de una dama.
—Está empezando a hacer calor, ¿no es cierto? Algunas personas dicen que es el otoño más cálido en muchos años —añadió, con la mirada clavada en sus manos.
Naruto sonrió ante su evidente nerviosismo. Lentamente estiró las largas piernas, preparándose para una confrontación. No iba a ser tarea fácil conseguir sus respuestas si Hinata seguía tan incómoda.
La punta de las botas de Naruto rozó el borde del vestido de Hinata. Inmediatamente, ella retrocedió contra el sofá, miró hacia el suelo y soltó una exclamación ahogada.
—¿Puedo ofrecerte un refrigerio? —preguntó con voz sorprendentemente alta, volviendo a clavar los ojos en él. Rebulló hasta sentarse al borde del sofá de nuevo. Estaba tan asustada como un gatito abandonado.
—Ya me has hecho esa pregunta antes —le recordó Naruto —. No, no quiero tomar nada. ¿Hago que te sientas incómoda? —añadió, sonriendo lo suficiente como para informarla de que le encantaba que así fuera.
—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Hinata.
—Estás sentada al borde del sofá. Pareces estar preparada para salir corriendo en cualquier momento, cielo.
—Mi nombre es Hinata, no cielo —dijo—. Y por supuesto que estoy incómoda. Pondrías nervioso a un búfalo.
—¿Un búfalo?
—Pondrías nervioso a cualquiera cuando frunces el ceño —explicó Hinata con un delicado encogimiento de hombros.
—Estupendo.
—¿Estupendo? Naruto, de verdad que dices las cosas más extrañas.
—Que yo digo... —Naruto soltó una carcajada —. Hinata, desde el momento en que te conocí, no has dicho nada con sentido. Cada vez que te veo, me prometo que tendremos una conversación normal y luego...
—Naruto, lo que dices es descabellado —interrumpió Hinata —. Esta es solo la segunda, no, la tercera vez que nos vemos, si cuentas dos veces en una noche...
—Ya estás haciéndolo de nuevo —dijo Naruto.
—¿Haciendo qué?
—Tratando de hacerme perder el equilibrio.
—No podría hacer eso de ningún modo. Eres demasiado grande. Conozco mis propias fuerzas, Naruto.
—¿Te tomas todo en sentido literal?
—No lo sé. ¿Lo hago?
—Sí.
—Quizá seas tú quien tenga dificultades en hablar con sentido. Sí —añadió Hinata, asintiendo—. Mira, Naruto, es que no haces preguntas lógicas.
Se echó a reír cuando él le dirigió una mirada fulminante.
—¿Para qué has venido? —preguntó de nuevo y volvió a mirarse las manos. Un ligero sonrojo le cubría las mejillas. De repente, se sentía incómoda por algo.
Él no tenía ni idea de qué ni por qué, aunque aquello no le sorprendía. Lo inusual se estaba convirtiendo en algo corriente cuando se trataba de Hinata. Naruto pensó que estaba preparado para casi cualquier cosa. Confiaba haber averiguado cuál era su juego antes del final de su visita.
—La verdad es que sé por qué has venido a verme —murmuró Hinata con timidez.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es la razón?
—Te gusta estar conmigo —respondió ella, atreviéndose a lanzarle una rápida mirada para ver su reacción. Cuando a él no pareció irritarle su sinceridad, se entusiasmó con su tema —. Naruto, ¿crees en el destino? —Oh, cielos, él volvía a parecer confuso. Hinata soltó un largo suspiro—. Bueno, reconoces que te gusta estar conmigo, ¿verdad? —le sugirió.
—Sí, pero solo Dios sabe por qué —confesó Naruto. Se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.
—Sí, el Gran Espíritu sabe por qué.
—¿El Gran Espíritu? —Naruto cabeceó, desconcertado—. Señor, estoy empezando a sonar como el eco. Está bien, te lo preguntaré. ¿Quién es ese Gran Espíritu?
—Dios, por supuesto. Culturas diferentes tienen nombres diferentes para el Todopoderoso. Seguramente sabes eso. No serás un infiel, ¿verdad? —Sonaba escandalizada ante la posibilidad.
—No, no soy un infiel.
—Bueno, no tienes por qué irritarte conmigo. Yo solo preguntaba.
Se quedó mirándola un largo y silencioso minuto. Luego se levantó. Antes de que Hinata supiera qué iba a hacer, la había cogido entre sus brazos. La estrechó contra él y apoyó la barbilla en su pelo.
—Voy a estrangularte o a besarte —anunció—. Tú eliges.
Hinata suspiró.
—Preferiría que me besaras, pero primero responde a mi pregunta, Naruto. Es importante para mí.
—¿Qué pregunta?
—Te he preguntado si creías en el destino —dijo, apartándose de él para mirarlo a la cara—. Te resulta difícil no perder el hilo de tus ideas, ¿verdad?
Tenía la desfachatez de parecer contrariada.
—No me resulta difícil en absoluto no perder el hilo de mis ideas —masculló.
Hinata no parecía creerlo. Era una bruja tratando de hechizarlo. Naruto se sentía tan embobado como un botarate, necio e inútil, y tan vulnerable como un niño pequeño cuando ella lo miraba con aquellos ojos embrujadores.
—¿Y?
—¿Y qué? —preguntó Naruto.
Cabeceó irritado por su ridícula reacción ante aquella ninfa que lo fulminaba con la mirada. Un mechón de pelo se le cayó hacia delante, cubriéndole parte de la cicatriz. Hinata dejó de forcejear para apartarse de él y levantó la mano para volver a colocar el mechón en su sitio. El suave contacto lo sacudió haciéndole volver a su pregunta.
—No, no creo en el destino.
—Es una lástima.
Actuaba como si él acabara de confesarle un pecado grave, imperdonable.
—Está bien —anunció él—. Sé que no tendría que preguntarlo, pero, que Dios me ayude, voy a hacerlo de todos modos. ¿Por qué es una lástima?
—¿Te atreves a reírte de mí? —preguntó ella cuando vio su sonrisa.
—Nunca —mintió él.
—Bueno, supongo que, en realidad, no importa.
—¿Que me ría de ti?
—No, no importa si crees en el destino —respondió Hinata.
—¿Por qué no importa?
—Porque lo que tenga que suceder sucederá, tanto si tú crees como si no. ¿Ves lo sencillo que es?
—Ah, ya —consiguió decir Naruto —. Veo que eres una filósofa.
Hinata se puso rígida entre sus brazos y volvió a fulminarlo con la mirada. Aquel cambio de humor se produjo con tanta rapidez que desconcertó a Naruto.
—¿He dicho algo para disgustarte? —preguntó.
—No soy una coqueta. ¿Cómo puedes injuriarme tan fácilmente? Yo he sido sincera contigo durante toda la conversación. Reconocí abiertamente que me gustaba mirarte y que me gustaría que me besaras. Y tú me llamas filósofa.
Aquella mujer lo estaba volviendo loco.
—Hinata, un filósofo es un hombre que dedica su tiempo al estudio de las diversas creencias. No es una injuria que te haya llamado así.
—Deletrea esa palabra, por favor —dijo ella, con un aire desconfiado en extremo.
Naruto hizo lo que le pedía.
—Ah, ahora lo entiendo. Me parece que he confundido filibustero con ese hombre que estudia. Sí, eso es lo que he hecho. No pongas ese aire tan confuso, Naruto. Es fácil cometer ese error.
—¿Fácil? —Se dijo que no tenía que preguntar, pero la curiosidad volvió a ganar—. ¿Por qué es fácil?
—Porque las dos palabras se parecen —respondió.
Sonaba como si estuviera instruyendo a un niño un poco simple. A él le pareció ofensiva su actitud.
—Sin duda esa es la explicación más ilógica que he oído nunca. A menos, claro, que haga poco que hayas aprendido inglés, ¿es así, Hinata?
Como él parecía satisfecho con su conclusión, Hinata no se sintió capaz de desengañarlo, de decirle que no hacía poco que había aprendido inglés. Llevaba ya varios años hablando aquella difícil lengua.
—Sí, Naruto —mintió—. Hablo muchas lenguas y a veces confundo las palabras. Pero no soy una pedante. Parece que solo se me olvidan las reglas cuando estoy contigo. Prefiero hablar francés. Es una lengua mucho más fácil, ¿sabes?
Todo encajó en la cabeza de Naruto. Había resuelto el puzzle.
—No me extraña que me resultara difícil entenderte, Hinata. Es porque acabas de aprender nuestro idioma, ¿no es así?
Estaba tan contento de haber encontrado la explicación de todo, que acababa de repetir su afirmación. Hinata hizo un gesto negativo con la cabeza. —No lo creo, Naruto. Nadie más parece tener el más mínimo problema para entenderme. ¿Hace mucho que hablas inglés?
La abrazó de nuevo y se echó a reír por la escandalosa manera en que le había devuelto la pelota. En un rincón de su mente, pensaba que se sentiría contento con quedarse allí, de pie, en medio del salón, estrechándola entre sus brazos durante el resto de la mañana.
—Naruto, ¿te sentirías muy desgraciado si fuera de verdad una intelectual? Mi tía dice que no está en absoluto de moda ni siquiera admitir que te gusta leer. Por esa razón, también debo fingir que no sé nada de nada.
—¿También debes fingir? —preguntó Naruto, haciendo hincapié en aquel extraño comentario.
—En realidad me gusta leer —confesó Hinata, dejando de lado la pregunta—. Mi favorita es la historia del rey Arturo. ¿La has leído, por casualidad?
—Sí, cariño, la he leído. La escribió sir Thomas Mallory —dijo Naruto —. Ahora sé de dónde sacas tus fantasías. Caballeros, guerreros, son todo uno. Tienes una naturaleza muy novelesca, Hinata.
—¿De verdad? —preguntó ella, sonriendo—. Es bueno saberlo —añadió, cuando Naruto asintió—. Ser novelesca es una cualidad agradable para una dama de buena cuna, ¿no es así, Naruto?
—Sí, así es.
—Claro que no tenemos que dejar que tía Kaguya conozca esta inclinación, porque seguro que...
—Déjame adivinarlo —interrumpió Naruto —. Le contrariará, ¿eh?
—Sí, me temo que sí. Ahora será mejor que te vayas. Cuando recuerdes qué era de lo que querías hablarme, puedes volver otra vez.
Naruto no se iba a ningún sitio. Sin embargo, se dijo que no podía soportar aquella conversación mucho más rato. Decidió besarla para conseguir un momento de paz. Entonces, la tendría lo bastante sumisa para contestar unas cuantas preguntas pertinentes, siempre que lograra recordar cuáles eran esas preguntas, claro. Ya había recogido bastante información sobre ella. Era evidente que Hinata se había criado en Francia o en un lugar de habla francesa. Ahora quería averiguar por qué ocultaba aquella información tan celosamente. ¿Se sentía avergonzada, incómoda? Puede que la razón de su reserva fuera la guerra.
Naruto le acarició la espalda para distraerla de su intención de despedirlo. Luego se inclinó y le rozó tiernamente los labios mientras continuaba acariciándola, amansándola. Hinata se estrechó contra él y sus brazos subieron lentamente hasta rodearle el cuello.
Era obvio que le gustaba la distracción. Cuando Naruto dejó de juguetear con sus labios y le exigió toda la boca, ella estaba irguiéndose de puntillas. Deslizó los dedos entre su pelo, haciéndolo estremecer. Naruto la alzó del suelo, hasta que su boca estuvo a la altura de la suya
Era una sensación extraña que la sostuvieran así , aunque ni de lejos tan extraña como la forma en que Naruto afectaba sus sentidos. Su olor la enloquecía. Era tan masculino, tan terrenal. El deseo la recorrió de arriba abajo en oleadas de calor cuando la lengua de Naruto se deslizó dentro de su boca para ahondar la intimidad.
No le llevó mucho tiempo volverse tan audaz como él. Su lengua se emparejó con la de él, tímidamente al principio y luego con un ardor creciente. Sabía que a él le gustaba su audacia, porque su boca se adhirió a la de ella y pudo oír cómo gemía de placer.
Hinata era la mujer más receptiva que Naruto había conocido nunca. Su desenfrenado entusiasmo lo dejó estupefacto. Era un hombre condicionado al juego de la inocencia que la mayoría de mujeres practicaba. Sin embargo, Hinata era refrescante por la sincera expresión de su deseo. Además, lo excitó rápidamente. Cuando apartó la boca de ella, estaba temblando. Y su respiración era entrecortada, desigual.
Ella no quería soltarlo. Le rodeó la cintura con los brazos y lo abrazó con sorprendente fuerza.
—Te gusta besarme, ¿verdad, Naruto?
¿Cómo podía atreverse a sonar tan tímida ahora, después del modo en que lo había besado? Diablos, si su lengua había sido más salvaje que la suya.
—Sabes demasiado bien que me gusta besarte —le gruñó al oído —. ¿Es esto parte de la charada, Hinata? No tienes por qué mostrarte recatada conmigo. Sinceramente, no me importa cuántos hombres te has llevado a la cama. Sigo deseándote.
Hinata levantó los ojos muy despacio y lo miró fijamente. Podía ver la pasión, el afán de posesión apenas podía hablar. Naruto era tan fuerte como un guerrero.
Que Dios la ayudara; no le costaría nada enamorarse del inglés.
Naruto reaccionó ante el temor que vio en sus ojos. Supuso que estaba asustada porque había adivinado la verdad. Le cogió un mechón de pelo, se lo enrolló en el puño y luego la atrajo de nuevo hasta que sus pechos quedaron aplastados contra él. Luego, suavemente le llevó la cabeza hacia atrás. Se inclinó hacia ella y cuando solo le separaba un aliento de su boca dijo:
—No me importa. Te prometo una cosa, Hinata. Cuando estés en mi cama, no pensarás en nadie más que en mí.
La besó de nuevo, sellando su voto. El beso fue erótico sin reparos. Voraz. Demasiado corto. Justo cuando ella empezaba a responder, Naruto se apartó. Su mirada captó inmediatamente toda la atención de ella.
—En lo único que he podido pensar ha sido en lo buenos que vamos a ser juntos en la cama. Tú también lo has pensado, ¿verdad, Hinata? —preguntó Naruto, con la voz espesa por la pasión.
Ya estaba preparado para su negativa. Esperaba lo habitual. Comprendió que estaba en un error y que esa era, ciertamente, la razón de que se quedara tan aturdido cuando ella le respondió.
—Oh, sí, he pensado en aparearme contigo. Sería maravilloso, ¿verdad?
Antes de que pudiera contestar, Hinata se apartó de sus brazos. Lentamente, cruzó la habitación con un paso tan fresco como la sonrisa que le lanzó por encima del hombro cuando se echó el pelo hacia atrás. Cuando hubo abierto las puertas que daban al vestíbulo, se volvió hacia él.
—Ahora tienes que irte a casa, Naruto. Buenos días.
Estaba volviendo a pasar. Maldita sea, estaba despidiéndolo otra vez.
—Hinata —gruñó Naruto —, vuelve aquí. Todavía no he acabado contigo. Quiero preguntarte algo.
—¿Preguntarme qué? —respondió Hinata, saliendo de la habitación.
—No seas suspicaz —murmuró Naruto. Cruzó los brazos sobre el pecho y la miró con el ceño fruncido —. Primero me gustaría preguntarte si quieres ir a la ópera el próximo...
Hinata lo interrumpió negando con la cabeza. —La condesa no permitiría que me escoltaras. Tuvo la audacia de sonreír al rechazarlo. Naruto suspiró.
—Eres como un camaleón, ¿sabes? En un momento frunces el ceño y al siguiente sonríes. ¿Crees que algún día llegaré a entenderte? —preguntó Naruto.
—Creo que me has insultado.
—No te he insultado —murmuró Naruto, ignorando la diversión que oía en su voz. Señor, ahora lo miraba con un aire tan inocente. Era suficiente para hacer que le rechinaran los dientes —. Estás tratando de volverme loco deliberadamente, ¿no?
—Si crees que llamarme lagarta te va a granjear mi afecto, estás muy equivocado.
Él dejó pasar aquel comentario.
—¿Vendrás a montar a caballo conmigo por el parque mañana?
—No monto.
—¿No? —preguntó —. ¿No has aprendido nunca? Será un placer enseñarte, Hinata. Con una montura dócil... y ahora, ¿qué he dicho? ¿Cómo te atreves a reírte?
Hinata se esforzó por contener su diversión. —No me estoy riendo de ti —mintió—; es solo que no me gusta montar.
—¿Cómo es eso? —preguntó Naruto.
—La silla resulta demasiado molesta —confesó ella. Se volvió y cruzó el vestíbulo rápidamente. Naruto se precipitó detrás de ella, pero Hinata ya estaba a mitad de la escalera antes de que él llegara al pasamanos. —¿La silla, molesta? —le preguntó gritando, seguro de no haberla oído bien.
—Sí, Naruto.
A decir verdad, no le resultaba fácil encontrar un argumento contra aquella afirmación tan ridícula. Tiró la toalla. Hinata acababa de ganar aquella batalla. Sin embargo, el resultado de la guerra todavía estaba por decidir.
Naruto permaneció allí, meneando la cabeza, desconcertado. Decidió contentarse con observar el suave balanceo de las caderas de Hinata y no fue hasta que dejó de verla cuando comprendió de repente qué era lo que lo había extrañado al verla.
La princesa Hinata iba descalza.
La condesa Kaguya estaba de muy buen humor al volver a casa después de su cita. Ciertamente, visitar a un posible pretendiente para su sobrina era una tarea indecorosa, pero el resultado había sido tan satisfactorio que la condesa borró con una risa cualquier preocupación de que la descubrieran.
Utakata Saiken era exactamente todo lo que la condesa esperaba que fuera.
Había rezado por que hubiera heredado el repugnante modo de ser de su padre y no había quedado decepcionada. Utakata era un estúpido sin carácter, bajo en estatura y en codicia. Al igual que a su padre, su entrepierna controlaba su mente. Su deseo de llevarse a Hinata a la cama fue pronto evidente. Aquel hombre babeaba cuando la condesa le explicó las razones de su visita. Desde el momento en que mencionó la boda con Hinata, aquel estúpido se convirtió en cera entre sus manos. Aceptó firmar cualquier cosa, todo lo que le pidiera, a fin de conseguir su premio.
La condesa sabía que a Hinata no le iba a gustar Utakata. Aquel hombre era un pelele. Para aplacar a su sobrina, Kaguya había hecho una lista de posibles candidatos. Incluso había puesto al odioso marqués de Konohagakure en primer lugar. Por supuesto, era todo una farsa, pero la condesa quería que Hinata se mostrara dócil y no sospechara lo que iba a pasar.
No estaba dispuesta a dejar nada al azar. Bajo ninguna circunstancia permitiría que su sobrina se casara con alguien tan honorable como Uzumaki.
La razón era muy sencilla. Kaguya no quería solo una parte importante de las propiedades de su padre. Tenía intención de quedarse con todo.
El plan que había preparado para Saiken era vergonzoso, incluso para una serpiente. Utakata se había puesto pálido cuando le dijo, con toda la calma, que tendría que raptar a su sobrina, llevársela a Gretna Green y forzarla a casarse con él. Podía violarla o no violarla, antes o después de que se firmara el certificado de matrimonio. Eso no tenía ninguna importancia para la condesa.
Utakata tenía más miedo de ser descubierto que ella. Cuando le dijo que incluyera a dos o tres hombres más para que lo ayudaran a dominar a Hinata, el pobre idiota dejó de quejarse y aceptó el plan con entusiasmo. Había observado cómo le crecía el bulto entre las piernas, supo que su mente había vuelto a la imagen de llevarse a su sobrina a la cama y dio por sentado que estaría lo bastante desesperado para hacer lo que se requería.
Las preocupaciones agotaban a la condesa. Siempre había la remota posibilidad de que la cobardía de Utakata fuera mayor que su lujuria. El plan podía fallar si se producía cualquier interferencia.
Por esa razón, Kaguya sabía que tenía que eliminar a la asquerosa familia india de su sobrina. Si su sobrina no se casaba con Utakata y acababa con alguien tan terco como Uzumaki, la unión no duraría mucho. La crianza de Hinata tenía que salir a la superficie antes o después. No podría ocultar sus instintos salvajes para siempre. ¿Y qué esposo normal soportaría sus vergonzosas ideas sobre el amor y el honor? Sin ninguna duda, quedaría horrorizado cuando descubriera su verdadera naturaleza. Aunque no le sería posible separarse de ella, porque el divorcio era algo impensable, seguro que le volvería la espalda y acudiría a otra mujer para satisfacer sus necesidades.
Un rechazo así bien podría hacer que Hinata volviera corriendo con los salvajes que la habían criado. Aquella mocosa estúpida seguía insistiendo en regresar a casa. La condesa no podía dejar que aquello sucediera. Hinata se había convertido en su medio de volver a la buena sociedad. Incluso los que recordaban sus pasadas indiscreciones estaban tan cautivados por Hinata que se obligaban a incluir a la condesa de nuevo.
La última de todas sus preocupaciones era Hiashi. El padre de Hinata no iba a tomarse bien que hubiera sido más lista que él. Aunque lo recordaba de natural bondadoso, era probable que Hiashi siguiera tratando de poner las manos en una parte de la fortuna. La condesa creía que Hinata sería capaz de controlar a su padre.
Ah, sí, era imperativo que aquella pequeña bruja se quedara en Inglaterra hasta que la condesa hubiera acabado con ella. Verdaderamente imperativo.
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Continuará...
