CAPÍTULO 9

"Lucy"

La noche llegó y con ella la maldita fiesta. Terminé de vestirme en un costoso vestido azul que me trajo mi padre de París y mi cabello regresó al rubio natural y ya no estaba alborotado como siempre lo llevaba, ahora estaba alisado; también me quité esas mechas rosas. Parada frente al espejo me arreglé bien el maquillaje.

—¿Ves? Así es como se hace mi amor —ella tomó el maquillaje y comenzó a colocármelo bien.

—¿Así mami? —le pregunté.

—Tantito polvo, luego el brillo por los labios y el cabello bien peinado.

—¿Cómo me veo?

—Perfecta, te ves hermosa.

Sacudí mi cabeza mientras dejaba que aquel recuerdo me atormentara. Volví mi vista al espejo y ya estaba lista. Tomé el peine y terminé de tirar todo mi cabello hacía atrás. De verdad no podía hacerme cargo de que todas estuvieran muertas por mí. La verdad de todo está a la vista. Yo no soy el problema. El problema son todas ellas.

El timbre de mi casa sonó, de seguro ese era papá. Salí del cuarto y me dirigí a atender.

Abrí y él me miró bien.

— ¿Estás lista? —preguntó.

—Sí —contesté.

Salimos de allí, nos subimos a uno de sus costosos coches, y partimos hacia otro de mis calvarios. Pronto llegamos, en todo el viaje no habíamos cruzado palabra. Mi relación con mi padre era así, solo hablábamos lo necesario.

Nos bajamos y entramos al gran salón. Miré a mi alrededor y toda la clase alta de la cuidad estaba allí. Empresarios, contadores, abogados, políticos y demás. Era hora de sacar mi faceta profesional y moralista. Nos acercamos a un grupo y mi padre comenzó a presentarme.

—Ella es Quinn, mi única hija y mi futura heredera —habló sobre mí.

—Buenas noches, señores —saludé.

Pronto comenzó la charla de negocios, puse mi mejor cara de atención e intenté hacerlo. Pero mi mirada se distrajo por la silueta de una pequeña mujer. Estaba de espaldas con un elegante vestido rojo, que dejaba a la vista la piel de su espalda. Tenía el cabello recogido, pero algunas mechas caían por los costados de su rostro. Y cuando giró, de verdad no pensé que era ella. Comenzó a caminar del brazo de un hombre bien vestido de unos 40 años. Estoy seguro que ese es su padre Hiram.

—Con permiso señores, enseguida regreso —me disculpé.

La seguí con cuidado, observándola de cerca. De alguna forma, que no sea presentándome yo misma, tenía que hacer que ella me viera. Divisé como sonreía cordialmente a las personas que, el hombre con el que estaba, le presentaba.

Se veía condenadamente hermosa en ese vestido, rojo que hacia contraste con su piel bronceada. Largo hasta el suelo, marcaba con claridad las bellas curvas de su cuerpo. Y ver su espalda al descubierto, era una tentación en vivo y en directo.

Gracias a mis tontas compañeras de Universidad ya había logrado verla en ropa interior. Pero la idea de desnudes que me provocaba su vestido era aun mayor de lo que yo había visto. La vi alejarse de aquel hombre y entonces me acerqué a él.

—Perdón, ¿usted es el señor Berry? —le pregunte. Se giró a verme.

—Sí, soy yo, Hiram Berry. Mucho gusto ¿usted es? —me examinó.

—Mi nombre es Lucy Quinn Fabray —me presenté.

—¿Puede ser que tu padre sea Russel Fabray? —preguntó frunciendo el ceño.

—El mismo —respondí. Sonrió y estiró su mano para que la tomara.

—Es un gusto conocerte, hija. He escuchado muchas cosas sobre tu padre, sé que es un muy buen abogado.

—Sí lo es, y es mi gran ejemplo a seguir. Espero algún día poder llegar a ser tan grande como él—musité mintiendo descaradamente.

—Si tienes potencial y carisma, estoy seguro de que lo lograrás —agregó divertido.

—Eso espero señor Berry, ya que en algún futuro me tocara tomar mando del bufete de mi padre.

— ¿Tú padre está aquí? —preguntó.

—Sí señor Berry, se encuentra por allí —lo señalé.

Giró y lo miró, volvió a mirarme.

—Oh, espera un segundo que voy a llamar a mi hija para que la conozcas —manifestó buscando a la morena.

¡Bingo! Pensé para mi fuero interno.

— Rachel… hija —la llamó.

Ella se encontraba de espaldas hablando con otra mujer. Se giró a verlo y cuando me divisó frunció el ceño con gesto de asombro. Se despidió de la mujer y se acercó a nosotros. Hice todo lo posible por parecer sorprendida.

—Hija, quiero que conozcas a la señorita Quinn Fabray —me presentó —Quinn, ella es mi bella hija Rachel.

—Es un gusto señorita Berry—agregué y tomé su mano para besarla cordialmente en la mejilla.

Ella no dijo nada, sólo me miraba sin poder creerlo aún .

—Bueno, las dejo un segundo. Iré a hablar con tu padre Quinn —me dijo.

—Vaya tranquilo señor Berry, yo cuido de su hija.

Sonrió y acarició suavemente mi espalda para luego irse. Clavé mis ojos en Rachel, y ella me miró de arriba abajo analizándome detenidamente.

—¿Dónde quedó el sapo Marilynmansero? ¿Dónde quedó Lion Quinn pervertida?—me preguntó. Solté una leve carcajada — ¿Se puede saber que haces aquí?

—Aquí es donde vengo siempre que necesito pensar —aseguré. Me miró acusadoramente —Bueno, en realidad vengo porque mi padre tiene amigos importantes y siempre necesita de mi ayuda.

—O sea que era esto lo que tenías que hacer hoy —curioseó.

—Al parecer las dos teníamos que hacerlo —expresé y la miré de los pies a la cabeza —Se ve muy bella esta noche señorita Berry.

—Oh —balbuceó ella soltando una sonrisa — ¿Ahora eres toda una dama?

—Siempre lo soy, ¿no lo cree?

—En realidad creo que te favorece el pelo rubio y bien peinado. Se tiene mayor percepción del color de tus ojos.

—¿Le gustan mis ojos? —pregunté sonriéndole levemente.

—Señorita Fabray, creo que a pesar de que este vestida de gala, lo marylinmansero no se le va con nada del mundo.

—Podríamos fingir que acabamos de conocernos —murmuré y me di la vuelta para luego volver a mirarla —Buenas noches señorita.

Tomé su mano para besarla de nuevo. Ella rió por lo bajo.

—Buenas noches señorita… —dejó de hablar para seguirme el juego.

—Fabray, o puede decirme Lucy.

Nos acercamos a una de las mesas donde había comida y cosas para tomar. Ella miró esporádicamente la mesa y soltó un frustrado suspiro.

— ¿Qué sucede? —le pregunté.

—Puedes creer que no tengan nada que no provenga de algún pobre animal —gruñó angustiada.

— ¿Estás segura? —sonreí y giré a ver la mesa.

Ella tenía razón, allí había de todo, pero nada no proveniente de algún animal.

—Son todos unos cerdos —protestó mirando a la gente —Presumiendo su dinero y poder, y riendo con una copa de Martini entre los dedos.

—¿No te gusta esta gente?

—Para serte sincera, no. Pero toda mi vida he vivido entre ellos, y aun así no los tolero.

—Te entiendo, esta gente es demasiado irritante —concordé. Se giró a verme.

— ¿Vienes seguido verdad? —preguntó.

—Sí—asentí.

—Es la primera vez que vengo a un lugar como este. Y te aseguro que hubiese preferido quedarme en casa, mirando una película y comiendo helado.

Miré a nuestros padres y hablaban animadamente.

—¿Crees que hagan algún negocio? —le pregunté.

—Quien sabe —dijo y los miró también — ¿Ese es tu padre?

—Sí, él es mi padre —contesté en un suspiro.

—No te pareces mucho a él —sonrió. Giré a verla.

—No, me parezco más a mi…

Me miró esperando a que terminara de hablar. Sentí un pequeño nudo en el pecho, algo que me impedía poder hablar de ella.

— ¿A tu madre? —preguntó. Salí de mis pensamientos y la miré.

—Sí, sí a ella —balbuceé rápidamente. Miré hacia uno de los ventanales y la noche se veía bella. Sería bueno salir un poco —Oye, ¿salimos de aquí?

— ¿A dónde? —me preguntó confundida por mi repentino interés de salir de allí.

—Conozco este lugar, he venido antes. Tiene un muy bello jardín, podemos salir a

caminar —sonreí. Miró a su alrededor y volvió a mirarme.

—Está bien, vamos.

Apoyé una mis manos en su espalda y la dirigí levemente hacia fuera. Salimos y la leve brisa golpeó nuestros rostros. No hacía calor, ni frío. La noche en verdad era perfecta.

Comenzamos a caminar, por lo que parecía un laberinto de enredaderas.

—Wou, esto es increíble —se sorprendió mirando a su alrededor.

—El jardinero que hizo esto se merece una consideración —acoté —Juguemos a las veinte preguntas.

—Que sean cinco —suspiró divertida.

—¿Cinco? ¿Nada más cinco?

—Nada más —sonrió.

—Está bien, acepto tus condiciones. Comenzaré yo —acomodé mi garganta — ¿Te agrada haberte encontrado conmigo esta noche?

Rió por lo bajo y me miró de reojo.

—Ciertamente… no me molesta —respondió sincera.

—Oh, eso es bueno —sonreí y ambas reímos — ¿Playa o montaña?

—Depende —contestó.

—¿De qué?

—¿Esa es otra pregunta? —preguntó.

—¿La vas a contar como pregunta? —murmuré. Sonrió.

—Sí—dijo asintiendo.

—Eres tramposa —la acusé.

—Depende de la persona con la que vaya. Si estoy con amigas, prefiero ir a la playa. Y si estoy con alguien especial, preferiría ir a la montaña.

— ¿Por qué? —curioseé.

—Van cuatro, señorita Fabray —agregó divertida.

—Lo sé, lo sé. Pero prefiero saber —la cuestioné con la mirada.

—Lo mejor de tener frío, es poder entrar en calor —confesó.

Detuve mi paso y vi como caminaba. Se giró a verme y rió divertida.

— ¿Qué te sucede? —me preguntó.

Sonreí levemente y caminé hasta ella sin decir nada. Seguimos caminando y divisé un bonito lugar, era una especie de cúpula rodeada de flores y plantas.

—Vamos allí —le señalé y le di mi mano.

Ella me miró y con un poco de duda la tomó. Caminamos hasta allí y le di el paso para que pasara. Miró a su alrededor y luego me miró.

—Este lugar es hermoso.

—Como yo —afirmé. Me miró divertida —Y como tú por supuesto.

—Oh, que galante —dijo divertida.

—Si te pregunto si quieres bailar, ¿la tomas como pregunta? —le indagué.

—No hay música —me dijo mientras trataba de no reír.

—Tenemos imaginación, cielo —susurré por lo bajo.

Estiré mi brazo para que ella apoyara su mano en la mía. Rió quedamente y se acercó un poco a mí para tomar mi mano.

Con un leve movimiento coloqué mi mano en su espalda y la acerqué rápidamente a mí. Me miró fijo a los ojos. Apoyó su otra mano sobre mi hombro. Comencé a moverme de un lado para el otro, haciendo que ella también moviera un poco sus pies. De repente escuchamos como un poco de música llegaba hacia nuestros oídos. Giramos la cabeza y un grupo de músicos se encaminaba para tocar algo. Rachel sonrió y bajó la mirada algo sonrojada. Yo les agradecí a los muchachos con un leve movimiento de mi cabeza. Volví mi mirada a ella y busqué la suya. Ella trataba de esquivarme, hasta que no tuvo más remedio que mirarme fijo a los ojos.

Sus pestañas eran largas y oscuras, provocaban que sus ojos fueran más profundos y cautivadores. Con la música a nuestro alrededor, una maravillosa noche estrellada y por supuesto mi inexplicable atractivo tenía todas las de ganar. Podía besarla.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

La hice girar una vez y la volví a acercar. Mi mano cosquilleo ante el contacto sublime que provocaba la piel desnuda de su espalda.

—En las casualidades de la vida —contesté.

—¿Casualidades?

—Sí—dije asintiendo — ¿No te parece una casualidad todo esto? El habernos encontrado en este lugar esta noche.

—Casualidad, destino o lo que sea. No creo en ninguno de ellos.

— ¿A no?

—No —negó levemente con la cabeza —Para mí la vida es otra cosa. Cada uno va armando su propio camino, va tomando sus propias decisiones. Las cosas pasan porque nosotros queremos que así pasen.

— ¿Estas queriendo decirme que querías verme esta noche?

Rió por lo bajo y me miró.

—Te queda una pregunta —ignoró mi pregunta.

— ¿Puedo besarte?

Sus ojos marrones se clavaron fijamente en los míos. Recorrí con mi mirada cada perfecta facción de su rostro, cada peligrosa curva de sus labios. Su boca estaba semiabierta. Yo solo debía inclinarme y atraparla.

—No —me contestó. Volví mi mirada a sus ojos.

— ¿Por qué no?

—Porque no.

Se alejó de mi agarre y salió de allí dejándome algo confundida. Miré en la dirección en la que estaba caminado, y a paso rápido casi estaba llegando a la entrada del salón, corrí detrás de ella y la alcancé. Tomé su brazo para hacerla girar y que me mirara.

—Lo siento, siento si te incomodé, no era mi intención. Pero no puedes culparme por querer besarte. No hubiera podido dormir, de no haberlo intentado.

—Tranquila —susurró —Por lo menos vas mejorando. Has preguntado y te has abstenido después de una negativa.

Ella giró para entrar.

—Rachel espera —la llamé. Se giró a verme —Otra pregunta.

—Ya has hecho cinco, pero... bueno, ¿Qué quieres saber?

— ¿Podrás dormir esta noche sin haberlo intentado? —le pregunté.

Ella solo me miró fijo y no habló durante unos cuantos segundos.

Pensé que en cualquier momento mi Quinn despreocupada y arrebatada iba a salir de mí, para tomarla de la cintura y besarla sin permiso, pero giró sobre ella misma y entró sin decir nada.

—Sí —balbuceé asintiendo levemente —Eso pensé. No podrás dormir esta noche.

Entré y vi como se acercaba a nuestros padres. Apresuré un poco mi paso y también me acerque a ellos.

—Oh, aquí estás hija —dijo el señor Berry —Russel, ella es Rachel, mi hija.

—Mucho gusto Rachel —le habló él.

—El gusto es mío señor Fabray —contestó ella.

—Ella es mi hija…

—Ya tuve el agrado de conocerla —lo detuvo el señor Berry. Mi padre me miró de reojo. Vi como Rachel le decía algo al oído a su padre. Él nos miró consecutivamente

—Lo lamento señores, pero nosotros debemos retirarnos.

—Fue un placer conocerlo, señor Berry —expresó mi padre.

—Igualmente, señor Fabray —repuso él.

—Señorita —inclinó la cabeza ante Rachel.

Ella bajó un poco la cabeza.

—Buenas noches —sonrió ella y tomó el brazo de su padre para comenzar a caminar.

Antes de alejarse del todo, giró su cabeza para entregarme una extraña mirada.

"Ay cielo, sé que te mueres de ganas por que vaya hacia ti y te bese como Dios manda"

pensé sin dejar de mirarla.

— ¿Se puede saber dónde demonios estabas? —me preguntó Russel haciendo que dejara de mirar a Rachel.

— ¿Linda chica, no crees? —le pregunté.

—Deja de hacerte la idiota… Contéstame lo que te pregunté.

—Solo estaba tomando un poco de aire, ¿está bien?

—Te estuve buscando, como un loco, te necesito para una importante charla de negocios.

—Tranquilo, ya estoy aquí para salvar tu trasero.

Me miró con enojo y yo solo lo ignoré.

—Vamos —gruñó y nos acercamos a un grupo de personas que hablaba concentradamente.

Luego de la tediosa velada, yo regresé a mi casa, mientras que mi padre se fue a su departamento. Me quité el abrigo y lo dejé sobre el sillón, para luego sentarme en el mismo.

¡Maldito viernes sola en casa! Podría llamar a los chicos para que vinieran a hacerme compañía. Tomé mi celular y encontré un mensaje nuevo. Era de Santana.

Rubia, te conseguí lo que querías. El número de Rachel.

Leí y solté una leve carcajada. Guardé el número de Rachel y luego miré mis contactos.

Nunca había tenido agendado el número de una mujer. No era mi costumbre. Bueno, pero esto era un caso especial. ¿Qué pasa si la llamo?

Escuché como sonaba una… sonaba otra, una más…

—¿Hola? —me atendió.

—Cielo, pensé que estabas dormida —le dije. Guardó silencio unos segundos.

— ¿Quinn? —preguntó.

— ¿Cómo lo supiste? —pregunté haciéndome la interesante.

—Eres la única idiota que me dice cielo —aseguró. Yo reí — ¿Por qué tienes mi número?

— ¿Qué? ¿Acaso no me lo hubieras dado si te lo pedía?

—Mmmmm, sí o no se —contestó.

— ¿Dónde estás?

—En mi habitación, en mi casa.

— ¿Llegaste hace mucho?

—Hace bastante, sí —respondió ella.

Reí por lo bajo y miré las puntas de mis pies.

— ¿No puedes dormir verdad? —cuestioné al recordar mis palabras fuera del salón.

— ¿Por qué?

— ¿Cómo porque?

—Sí, ¿Por qué dices que no puedo dormir?

—Porque no me dejaste besarte.

Escuché como reía divertida y me reí en mi fuero interno.

—¿Qué es tan gracioso? —le pregunté.

—Tú lo eres —suspiró entre una risa —Juro que nunca en mi vida había conocido a alguien tan, pero tan…

— ¿Linda?

—Tan…

— ¿Hermosa?

—Egocéntrica —afirmó.

— ¿Lo soy?

—No sabes cuánto.

—Yo no diría egocéntrica —reí y me acosté en el sillón poniendo mi brazo libre detrás de mi cabeza —Más bien tengo una muy buen autoestima.

—Y una gran facilidad de palabra.

—Eso es una virtud.

—Ya lo creo, ya lo creo —reconoció divertida —¿A qué se debe tu llamada?

—Quería cerciorarme de mi teoría —La escuché comer algo —¿Estás comiendo?

—Sí—dijo con la boca llena —Helado.

—¿A esta hora?

—Es rutina —aclaró —Siempre antes de dormir miró alguna película con un pote de helado en la mano. Y si la película es de amor, un paquete de pañuelos descartable.

— ¿Lloras?

—Y sí —soltó un suspiro —Hay películas que son… muy lindas.

Guardó silencio por varios segundos, y yo también lo hice. Solo escuchaba su leve respiración.

— ¿Mañana haces algo?

—No lo sé, quizás vaya a trabajar. Tengo que sacar las fotos del mes. Y debo ver a Finn.

— ¿Qué? —pregunté al escuchar su nombre.

—Sí, mañana iré a verlo a la tarde. Está engripado, y le prometí que iría a verlo.

—Ajá, ahora también eres enfermera.

—No lo soy, pero debo admitir que soy muy buena cuidando gente.

— ¿Y qué pasó con el tema del otro día?

—Ya lo olvidé, además de que me pidió perdón.

—Perdonas fácil —gruñí molesta.

—No, soy bastante rencorosa. Pero cuando su perdón viene de corazón, si lo hago.

Escuché como bostezaba.

— ¿Tienes sueño? —pregunté.

—Ahora sí —soltó un bostezo —Bueno Fabray, me voy a dormir. Te veo el lunes. Adiós.

Colgó el teléfono dejándome con la palabra en la boca. Te veo el lunes.

¡Estúpida! Tendré que darles a esos dos perros sus 400 dólares.

¡Dios! ¿Por qué tienes que ponerme a una difícil en el camino? ¿Acaso no soy una buena cristiana? Me puse de pie y caminé hasta mi habitación. Me saqué aquel molesto vestido y me puse cómoda para dormir. Me acosté en la cama mirando fijamente al techo.

"—¿Playa o montaña? —pregunté.

—Depende —contestó.

—¿De qué?

—¿Esa es otra pregunta? —preguntó.

—¿La vas a contar como pregunta? —murmuré. Sonrió.

—Sí—dijo asintiendo.

—Eres tramposa —la acusé.

—Depende de la persona con la que vaya. Si estoy con amigas, prefiero ir a la playa. Y si estoy con alguien especial, preferiría ir a la montaña.

— ¿Por qué? —curioseé.

—Van cuatro, señorita Fabray —agregó divertida.

—Lo sé, lo sé. Pero prefiero saber —la cuestioné con la mirada.

—Lo mejor de tener frío, es poder entrar en calor —confesó."

Sonreí levemente al recordar su interesante respuesta. Cerré los ojos e intenté dormir.