VIII
When we were young
"You still look like a movie.
You still sound like a song.
My God, this reminds me
of when we were young."
Desde la más pura infancia, posiblemente el mayor objetivo de la vida es alcanzar tu sueño; el sueño que construyas de acuerdo a las experiencias y habilidades. Se dice que el éxito llega cuando tu más grande sueño se cumple. Éste, comúnmente se refiere a un sueño profesional; convertirse en astronauta, en deportista profesional, en médico cirujano… Todo eso con lo se sueña desde los primeros años de vida.
Mas nadie te dice, ¿qué se debe hacer una vez alcanzas ese sueño? ¿Qué se persigue después? ¿Cuál es el siguiente objetivo? Una vez tienes la bata blanca, una vez tienes la medalla de campeón del torneo, ¿qué sigue?
En algunos casos, la familia. Formar una propia familia, casarse, tener hijos, una casa grande; ése es el siguiente paso. Empero, ¿qué pasa cuando ése no es tu sueño? ¿Cómo te enfrentas a la nueva vida si tu sueño ya lo has cumplido y el sueño de la sociedad no es para ti?
¿Qué pasa entonces? Te queda simplemente seguir. Esperar a que otro sueño aparezca frente a ti, que cruce esas puertas y se presente como tu nueva meta. De eso trata la vida, de encontrar y perseguir. De encontrarte y perseguirte.
Para Umemoto Sachiko, de 29 años, había llegado el momento de buscarse otra vez. Cada día, de martes a domingo, a veces también los lunes, usaba una bata blanca con su nombre bordado sobre el corazón. Su especialidad médica se leía debajo de su nombre y en su gafete, que portaba elegantemente en el cuello.
Los años de estudio y trabajo constante la llevaron a la decisión de cortarse el cabello a la altura del mentón. Era más fácil trabajar así. Además, por la especialidad que tenía, le recomendaron el uso de un suave maquillaje. Uno que animara a sus pacientes, a aquéllos dentro de la Unidad de Medicina Física y Rehabilitación.
Por lo regular, su agenda estaba llena de pacientes que ya presentaban problemas o que acudían a ella con la intención de prevenirlos. Personas cuyos antecedentes o enfermedades crónicas generaban cierta afinidad a los casos que ella trataba.
No obstante, esa mañana su jefe de departamento los recibió con una nueva tarea que los mantendría ocupados durante toda la jornada de ese día. Desde unas semanas atrás, les informaron que sus citas para ese día debían ser movidas porque existía la posibilidad de que tuviesen que dedicar su labor a un equipo entero de béisbol.
El prestigioso hospital en el que Umemoto trabajaba mantenía contratos con grandes figuras del entretenimiento y la política. No era raro entonces encontrarse con una persona pública dentro de sus instalaciones. El hecho de que uno de los equipos de béisbol más conocidos deseara que su salud fuera cuidada por ese hospital no debía sorprender a nadie.
Mas Sachiko no pudo evitar el repentino nerviosismo en sus manos cuando escuchó de los labios de su jefe que el representante financiero del equipo solicitó que fuese el departamento de rehabilitación quien se hiciera cargo del examen general. Tenía sentido: si hubiese un riesgo de lesión, los médicos convenientes para percatarse de ello serían los de la Unidad de MFR. Y tal vez Sachiko no hubiera sentido ese ligero nerviosismo si no se tratara de Los Gigantes de Yomiuri.
—A cada jugador se le asignó un horario y un médico con el cual debe presentarse. —Les explicó su jefe en los vestidores— Ya se los dijimos, pero lo repito: no tarden más de veinticinco minutos con ninguno de ellos; si alguno presenta un problema más grave, díganle que haga una cita y pasen al siguiente. Si es una emergencia, avisen a los urgenciólogos; pero ustedes no se muevan de su lugar. Sólo tenemos el día de hoy para atender a ciento veinte personas y no debemos perder el tiempo con charlas innecesarias o asuntos que podrían esperar un par de días. ¿Han entendido?
—¡Sí! —contestaron los médicos al unísono.
—Bien. Se les ha enviado a su correo la lista de horarios y nombres. No pierdan tiempo, en diez minutos comienzan.
—¡Sí!
Unos segundos más tarde, el jefe salió del recinto y los murmullos comenzaron.
Tsuji Rumiko, una joven y talentosa médico recién egresada de la especialidad, puso las manos en el pecho y empezó a respirar con cierto temor. Hasta que sintió el golpe amistoso de su superior favorita.
—No me digas que te dan miedo esos musculosos sujetos. —Se burló una aparentemente compuesta Sachiko. Sabía que era posible volver a ver a Miyuki, pero también mantenía la esperanza de que no fuese incómodo el reencuentro.
Ya habían pasado once años desde su última conversación, después de todo.
—¿A ti no? Los deportistas son intimidantes. —Su voz y todo su cuerpo mostraban el terror que la aquejaba. Era una chica pequeña, de la misma estatura que Sachiko; mas a diferencia de ésta, su personalidad nunca fue dominante. Se trataba de la clásica chica de aspecto frágil y rostro angelical, de la cual se solía hablar en los mangas y animes de romance.
—Son peores los políticos y tú ya saliste con uno de ellos, Tsuji-chan —contestó Okada Manami, una médico experimentada que se llevaba bien con ambas chicas.
—Eso es cierto —concedió Umemoto riendo—. Lo más que te puede hacer un beisbolista es coquetearte.
El rostro de Rumiko enrojeció y, de inmediato, se cubrió la boca.
—¿Y qué tengo que hacer entonces?
—En teoría, deberías reportarlo. No está permitido que salgas con tu paciente —intervino Otake Tatsuo, el único varón con el que esas mujeres se llevaban bien. Un chico de unos treinta años con una voz profunda que solía hechizar a los pacientes.
—Pero, claro, —Continuó Manami— eso queda en tus manos. Si él te gusta… —Se alzó de hombros. Umemoto y Otake rieron, mas la pequeña Tsuji ahogó un gritito ante la indirecta de su superior.
—Hazte amiga de ellos, no les tengas miedo. —Le dijo Sachiko antes de arreglar en el espejo el delineado de sus ojos— He tenido experiencia con esos tipos desde que soy una niña, y puedo decirte que todos ellos son humanos raros, pero no son peligrosos. No hay nada que temer; ellos sólo piensan en béisbol.
Rumiko apenas respondió con un monosílabo. Debido a su apariencia, para ella no fue difícil encontrarse con sujetos que deseaban aprovecharse. En su mayoría, esos chicos eran muy altos y muy fuertes. Era de esperarse, entonces, que sintiera miedo.
Mas luego de un par de horas, en los que los médicos se dedicaron a atender a sus pacientes, Tsuji creyó en las palabras de Umemoto. Varios de ellos, incluso, eran más tímidos de lo que cualquiera esperaría.
El examen médico consistía en un cuestionario oral de antecedentes y síntomas actuales, una revisión general y una pequeña prueba física; después de eso, los beisbolistas eran llevados a que les tomaran algunas pruebas de laboratorio. Algunos de los jugadores ya estaban bastante acostumbrados a esta clase de exámenes, por lo que sus respuestas en automático hacían de los exámenes una actividad de quince minutos.
El paciente de las dos y media, en el consultorio de Umemoto, fue un veterano de 35 años que ya esperaba que ése fuera su último año. Era consciente de que tenía un problema en el codo y sabía que un mal lanzamiento lo lesionaría fuertemente. Sin embargo, confiaba en que todavía podía servirle al equipo.
El tiempo de vida de su profesión como beisbolista era terriblemente corto. Empero, el gozo de llegar a donde estaba valía todo. El precio de su sueño no importaba porque hizo de su vida lo que añoró desde niño; y eso era algo que Sachiko respetaba y admiraba.
El veterano salió de su consultorio, con la petición de una consulta en mano, a las dos cuarenta y cinco. Eso le dejaba diez minutos para al fin almorzar.
Sachiko sacó su sándwich y le dio una mordida mientras miraba el nombre de su siguiente paciente en la pantalla de su computadora. Había ocho médicos especialistas en esa área y a cada uno se le asignaron quince pacientes. La posibilidad de que él fuera su paciente era de 0.125; no era un número tan bajo, pero tampoco tan alto. En realidad, debió prever antes que eso podía ocurrir. No sólo podía verlo ese día, sino que además, estaría en su consultorio por al menos quince minutos.
«Miyuki Kazuya; 15:00hrs»
Miró el reloj colgado en la pared. Tenía cinco minutos para terminar su sándwich y asearse para la siguiente consulta. No debía perder el tiempo considerando la opción de que él todavía la odiara. Ya eran adultos, cada quién cumplió con su anhelo infantil. Él era un beisbolista reconocido y ella una médico ejemplar. Las cosas del pasado debían quedarse en el pasado.
Se limpió los labios y se apresuró a lavarse los dientes y las manos. En cualquier momento, tocarían la puerta y ella sabía que no podía retrasarse. Apenas estaba a la mitad de su jornada.
En cuanto ella tomó asiento en su cómoda silla acolchonada, escuchó cómo alguien solicitaba permiso para entrar.
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Desde que debutó en Los Gigantes, una década atrás, Miyuki Kazuya se acostumbró a seguir un estricto control de salud. Nutriólogos y fisioterapeutas se volvieron constantes en su agenda. Prácticamente cada cambio en su cuerpo estaba registrado en el equipo. Si subía o bajaba de peso era apuntado en una computadora y analizado por especialistas. Un mínimo dolor en la espalda requería una atención inmediata. El dinero que él producía para el equipo siempre fue cuidado de la manera más estricta.
Así, ya estaba acostumbrado a los exámenes médicos realizados cada año antes de los entrenamientos de la pre-temporada. Era la primera vez, sin embargo, que dichos exámenes se harían en ese hospital; enorme, de arquitectura moderna y buenas opiniones por parte de gente poderosa. El equipo quería demostrar por qué era conocido como el mejor de la liga.
Días atrás, su representante le envió el horario y número de consultorio al que debía presentarse. Una rutina más. Sin problemas; lo que fuera en tanto le permitieran seguir jugando.
Varios de sus compañeros sentían la pesadez en todos esos trámites. Se cansaban, se aburrían, buscaban pretextos para deshacerse de todo ello; mas Kazuya lo veía simplemente como algo que debía hacer para seguir donde estaba.
El béisbol desde siempre fue el motor de su vida. Nada había cambiado en todos esos años: seguía anhelando el campo cada que no se encontraba en él y todavía disfrutaba de los grandes pitchers con los cuales trabajaba. Narumiya Mei, por supuesto, seguía siendo su predilecto; aunque, no podía negarlo, gozaba de la variedad que el equipo tenía para él.
El béisbol seguía siendo divertido. Seguía siendo lo más divertido de su vida.
Pero para cuando se dio cuenta, mientras él seguía simplemente jugando, sus amigos y contactos hicieron su vida. Tetsuya se casó a los 23 años, al igual que Watanabe. Narumiya lo hizo dos años después. Pronto, varios de sus amigos llevaban a las reuniones algún niño o bebé en brazos.
Claro que también tenía amigos que permanecían solteros. Nori, quien dejó el béisbol para dedicarse a la medicina, era uno de ellos. Kuramochi todavía no estaba casado, pero todos sabían de su eterna relación con una reportera de Kyoto. Sawamura era un caso especial: legalmente, él no podía casarse; mas no había fuerza humana que pudiese separarlo de quien se convirtió en su eterno compañero de batería.
De cualquier modo, quien parecía estancado era él, Kazuya. No obstante, era consciente de que no era por deseo propio. Relaciones tuvo varias, algunas de ellas con serias intenciones; mas parecía que la suerte no estaba de su lado. Y esa tarde que conducía en su moto hacia el hospital, repasaba lo que falló en la relación que terminó un par de semanas atrás.
Ella era una chica de oficina. Ninguno de los dos parecía tener suficiente tiempo; o al menos, ése fue el pretexto. La realidad: los temas de conversación se agotaron.
Llegó al hospital a las dos con cincuenta minutos. Se sentó en el área de MFR y esperó cinco minutos, mas nadie salió del consultorio número seis. Considerando la idea de que la consulta terminara antes de su llegada, se paró frente a la puerta del consultorio con la intención de tocar. Empero, la placa en la entrada congeló sus movimientos por unos instantes.
«Umemoto Sachiko. Medicina Física y Rehabilitación»
Normalmente, los correos con las citas médicas incluían el nombre del doctor que los recibiría; pero en esa ocasión, sólo le enviaron la hora y el número del consultorio. A Kazuya no le importó, él no solía conversar con el equipo médico. Pero, maldición, que parecía que el destino se burlaba de él.
No era como si todavía estuviera enamorado de esa chica, eso murió durante su debut como profesional; empero, nunca volvió a hablar con ella desde esa noche en la cual se negó a ser su amigo. Incluso en los reencuentros de la generación, Sachiko era de los que solían negarse por la inmensa carga de deberes en sus estudios. Nori era otro de ellos, así que a nadie le pareció extraño; la medicina, después de todo, es absorbente.
Así que, ¿cómo debían comportarse? ¿Le debía alguna disculpa? La interacción social todavía no era su fuerte.
Por lo pronto, le quedaba tocar la puerta y esperar que los siguientes veinticinco minutos no fuesen una tortura para nadie.
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Luego de escuchar un "adelante", el cátcher abrió la puerta. Después de más de diez años de no verse a la cara, ahí estaban de nuevo. Se trataba de un asunto meramente profesional, pero ahí estaban. En cuestión de segundos, ambos analizaron la mirada del otro, tratando de encontrar algún signo de aberración. Después, ella sonrió.
—Lindo corte de cabello, Miyuki.
Él sintió cómo sus músculos se relajaban y rio. Esa mágica risa que tantos recuerdos arrastraba.
—Dejaste las coletas. Una buena elección —respondió mientras cerraba la puerta tras de sí.
Ella seguía siendo esa chica llena de confianza que no dudaba en hacer preguntas personales y que no le temía a lo tabú. Eso, por supuesto, la ayudaba en la profesión que llevaba y, al mismo tiempo, hacía que la entrevista fuese más llevadera. Algo en ella provocaba que el paciente se desenvolviera sin tapujos.
Él todavía era un desvergonzado que no medía sus palabras o sus bromas. Su risa seguía siendo contagiosa al mismo tiempo que provocaba deseos de golpearlo por tan impertinente que sonaba. Sus ojos, su mirada, seguían siendo tan atractivos como siempre; el mirarlos era obligatorio.
El viaje al pasado, a cuando tenían diecisiete o dieciocho años, fue inevitable. Aunque el examen se hizo de forma profesional, ambos sabían que esa complicidad existente en su adolescencia renació en ese consultorio mientras Miyuki se burlaba por los arduos esfuerzos de Sachiko por medir su estatura, mientras ella alzaba su camisa para la revisión a su sistema digestivo y hacía un comentario sobre lo falsos que lucían sus músculos. En teoría, se trataba de una médico con su paciente; en práctica, eran dos jóvenes reconociéndose tras diez años de no verse.
Una amistad que se perdió durante más de una década, y que buscaba un modo de volver a conectarse.
El reloj marcaba las quince con veintidós minutos cuando Sachiko dio por finalizada la consulta.
—Tienes suerte de no presentar molestas en las rodillas, pero no te atrevas a confiarte o te golpearé. —Le dijo y él detuvo su mano en el picaporte. Dudó un segundo. Ella lo notó.
—Los muchachos y yo iremos por unas copas esta tarde. Ellos llevarán acompañantes, ¿quieres ir? —Él sonrió. Y ahí estaba, esa sonrisa que no moría al pasar los años.
Por un momento, Sachiko recordó esos días en los cuales Miyuki sintió algo por ella y su mente rápidamente buscó algún pretexto.
—No nos está permitido salir con pacientes.
Kazuya rio.
—Comprendo. ¿Qué dices de salir con un amigo?
Enseguida, el rostro de Sachiko se iluminó. Y esa alegría, de al fin traer de regreso era relación que dio por perdida a los dieciocho años, llegó a sus labios y a sus ojos.
—Salgo a las seis.
—Pasaré por ti.
