Yo no he sido un niño normal desde que nací. Recuerdo claramente las veces en las que mi mamá lloraba en silencio o me contaba lo que quiso hacer y sobre alguien llamado Joseph, y una pequeña llamada Arya. Y sé que Joseph, fue muy especial para mi mamá.

Lo sé. Yo lo sé.

Incluso recuerdo como me marcaban, me implantaban ese transmisor y me entregaban en los brazos de Mamá. Recuerdo que siempre he sido un niño tranquilo, silencioso, serio e inexpresivo.

Mamá siempre trataba de que yo sonriera o estuviese feliz, pero no lo lograba. No lo logró.

Yo era un niño que no había pedido nacer. Y había sido forzado a nacer, pero no sabía el porqué; recuerdo que siempre me encerraba a leer en la biblioteca, solo. Nunca me ha importado estar solo, pues así es como vine al mundo, solo.

No tengo recuerdos de cuando he sonreído. Cuando reí. Y si lo hice, dudo mucho que haya sido de forma sincera; en mis pesadillas siempre me aquejaban los lamentos de mi mamá, como siempre deseaba morir, el cómo se arrepentía de no haber podido salvar a Joseph y a Arya.

Era tanto que me aquejaban mis pesadillas, que intenté quitarme las vidas tantas veces. No había veneno, pero había sogas, bañeras y tijeras.

En todos mis intentos de suicidio, fallé. Ya sea porque no lograba hacerlo bien o porque alguien me interrumpía o las situaciones no pasaban como quería. Quienes interrumpían mis intentos, eran Mamá, Yuuki, Izan y algunas veces, fue Mio.

Hubo un tiempo que Mamá me mantenía vigilado, pero quienes más lo hacían eran Yuuki e Izan. Los odié, los odié por querer mantenerme vivo y miserable, ¿No era acaso notorio mi sufrimiento? ¿Por qué no sólo me dejaban en paz?

- ¡Déjenme en paz! – grité fastidiado hacia Yuuki e Izan, quienes nuevamente me habían interrumpido en mi suicidio. Yuuki había cortado la soga, por lo que me encontraba tirado en el suelo.

- ¿Y dejar que te suicides? Primero me muero yo – me respondió molesta, lo sé porque sus ojos bicolores, lila y turquesa, irradiaban ira.

- ¡Nadie se va a morir aquí! ¿De acuerdo! – el siempre tranquilo y sonriente Izan había explotado, y nos miraba amenazantes, aunque más a mí que a Yuuki -. ¡Y tú! – me señaló con el dedo -, ¡No vuelvas a hacerlo o te amarraré con cinta!

Chasqueé la lengua, molesto. Sabía que al final lo haría, con ayuda de Yuuki, después de todo, ella es más fuerte de nosotros tres. Me levanté del suelo, y suspiré, frustrado.

- ¿Por qué no me dejan en paz?

- Porque eres nuestro amigo y hermano – me respondió de inmediato Yuuki, girándose a verme, seria. Ella siempre me exaspera, con lo directa que es.

- ¿Sólo por eso? Tienen más amigos que yo, y…

- Nos importas, Laín.

- ¿Si tanto les importo…! ¿Saben qué? Olvídenlo – me fui de ahí, ofuscado. Sabía bien que Izan vendría detrás de mí, pero siempre Yuuki lo detenía. Y aun si no lo hiciera, de nada serviría; yo siempre estaba empedernido con mi idea de morirme.

Hasta que ella llegó. Tenía tantas emociones agolpándose en mi interior, que estuve a punto de caer, de no ser porque Yuuki me sostuvo del brazo. Me miraba preocupada y un poco seria, aunque le resté importancia.

- ¿Te encuentras bien?

- Sí, ¿Podrías soltarme?

-… No te creo, y no estoy segura de hacerlo – siempre tan molesta, al menos para mí.

- Ya te dije que estoy bien.

- Podrás decírselos a los demás, pero yo no te creo nada.

- ¡Ya déjame María Antonieta!

- ¡Me llamo Yuuki, suicida!

Nos tranquilizamos cuando Emilia propuso jugar con la hermana Dalila a "las traes". Todos la siguieron, y Yuuki me cargó como un saco de papas. Aquello no hizo más que molestarme y avergonzarme.

- ¡Bájame!

Mio e Izan sólo se reían de nosotros, aumentando mi vergüenza; cuando estuvimos fuera, me tiró al suelo sin delicadeza alguna, tonta Síndrome de María Antonieta; Rei y Norma explicaron las reglas del juego, pues se les había ocurrido hacerlo con un límite de tiempo, algo tramaban por como miraban a mi mamá.

- ¿Te vas a quedar en el suelo o vas a jugar?

- Pero si fuiste tú la que lo ha tirado al suelo – le respondió Mio, con una sonrisa nerviosa. Izan solamente sonreía. Mio me miró y me tendió una mano, con una sonrisa amable, Yuuki debería aprender de ella -. ¿Vas a jugar, Laín?

Suspiré, tomando su mano y levantándome del suelo.

- No me queda de otra.

Todos ellos me sonrieron, haciéndome sentir apenado. Sólo atiné a ajustarme los lentes.

La hermana Dalila era muy rápida y fuerte. Pues primero atrapó a los más pequeños, después a los de 6 años, entre ellos a White, Fire y Levi. Después a los de 8 a 10 años, y entre esos, estábamos nosotros.

Honestamente, no me sorprende haber sido atrapado. Nunca me ha importado, aunque debo admitir que me divertí.

- Fue divertido – comentó Izan, peinando su cabello hacia atrás, sonriendo. Yuuki estaba tirada en el suelo, tratando de regular su respiración y sentada a su lado estaba Mio.

- Me hubiese gustado durar un poco más. Pero sí, fue bastante divertido – agregó Mio, sonriendo. Me acerqué a Yuuki, dándole un puntapié, ella sólo soltó un quejido agotado.

- ¿Qué?

- ¿Te gustó el juego de hoy?

- Sí… Pero la hermana Dalila me pareció algo tenebrosa – su respuesta me llamó la atención. ¿Tenebrosa? –. Sentía que era una presa y la hermana Dalila el depredador, por pensar en eso casi me caigo de boca.

Me quedé pensando en lo que Yuuki me había dicho, mis sospechas comenzaron a aparecer. Y aumentaron más al ver a Mamá dirigirse a nosotros y preguntarnos por la hermana Dalila, Emilia, Norma y Rei.

- Es verdad, ¿No Emi debió haber sido atrapada ya? – preguntó Mio, confundida. Y es que tenía razón.

Después de que Mamá nos atrapa, unos minutos pasan y Emilia viene aquí, ya sea con una sonrisa cansada o con un puchero por haber sido atrapada. Sin duda, algo estaba pasando aquí.

Al final el tiempo pareció acabarse, pues Mamá salió del bosque, cargando a Emilia mientras que Rei y Norma iban detrás de ella, y hasta atrás, la hermana Dalila. Por su expresión, sé que algo ocurrió.

- ¡Bien chicos, es hora de comer!

Todos acatamos la orden de Mamá, comenzando a ir a la casa. Mio e Izan arrastraban o trataban de arrastrar a Yuuki; chasqueé la lengua.

- Deja de flojear y levántate, María Antonieta.

- Tsk, oblígame rubiales.

Al final terminé arrastrándola yo, molesto. Yuuki bufaba, pero no me decía nada.

- La vas a lastimar.

- Yuuki, ¿Estás bien?

- Tengo lo que merezco – respondió ella, y por su tono de voz, se estaba burlando.

Izan y Mio, siempre tan buenos, siempre velando porque no nos matemos Síndrome de María Antonieta y yo. Y ella lo único que hace es sacarme de quicio.

- Ella se lo buscó.


- Emilia, ¿Tienes algo que decirme? – me molestaba su mirada insistente y que no me dijese nada. Ambos estábamos en la biblioteca, porque según ella me tenía que decir algo. Ella se sobresaltó, provocándome curiosidad. - ¿Entonces sí?

- Eh, sí… Verás…

Me contó toda la verdad, haciendo que me sorprendiese. Fue entonces que mis pesadillas, donde mi mamá se lamentaba y demás recuerdos, cobraron sentido; le creí, porque Emilia no es alguien a quien se le dé mentir. Es demasiado inocente como para hacer eso, pese a ser de los tres mejores de la casa.

- Pero no tiene que enterarse la hermana Dalila de que sabemos sobre esto.

Me levanté de mi lugar, palmeando su hombro. No soy Rei como para palmear su cabeza, sí, soy consciente de los sentimientos que estos dos tienen el uno para el otro, no soy tonto.

- Tranquila, confía en mí.

Ella me sonrió, aliviada.

Después de eso, decidí contárselo a los demás. Muchos me miraron incrédulos y otros con miedo, pero yo no hacía más que decirles que todo estaría bien, que Mamá nos ayudaría a salir de aquí; Izan tardó en creerme, y yo que pensaba que Yuuki tardaría en hacerlo, aunque fue ella la primera en decir "Está bien, te creo".

- ¿En verdad le crees, Yuuki? – preguntó Mio a la aludida, con sorpresa. Aunque para qué negarlo, yo también estaba sorprendido, tal vez más.

- Claro, ¿Por qué no habría de hacerlo? Confío en él – aquello hizo que mi corazón se acelerara, esa respuesta no me la esperaba. Me miró con una sonrisa –. Además, con las veces que ha intentado suicidarse, no me cabe duda de lo que nos dice es verdad.

Una vena me palpitó, y todavía más al ver cómo Izan y Mio la apoyaban. ¿De verdad ellos son mis amigos? Comienzo a dudarlo un poco.

- Aun así, quiero escucharlo de Norma y Rei – dijo Izan, acercándose a mí. No me hice de rogar y lo llevé a donde primero con Emilia para después llevarlo con Norma y Rei.


Y heme aquí, llorando por haber sido animado por mi madre, por aquellas palabras que me dijo. Izan me miraba, pero no le prestaba atención; comenzaría a hacer lo que ella me dijo.

- Estoy feliz, Izan… Por primera vez en mi vida.

- ¿Eso significa que ya no intentarás suicidarte?

Me reí, mientras negaba con la cabeza. Mi viejo yo había quedado atrás después de esas palabras, para convertirse en uno nuevo. Aunque sé, que los cambios no se dan tan abruptamente.

Soy libre, gracias, mamá.

Izan suspiró, aliviado al mismo tiempo que me sonreía.

- Me alegro mucho, Laín.

Ahora me sentía avergonzado y molesto conmigo mismo. Miré a Izan.

- Yo… Izan, te pido perdón por todos estos años en los que me porté grosero contigo y, que nunca tomé en cuenta cómo te sentías.

Izan me sonrió, al mismo tiempo que palmeaba mi cabeza, a pesar de que soy un poco más alto que él. Aquello me sorprendió, pero me reconfortó.

- Te tardaste mucho, Laín. Pero está bien, ya pasó.

Le sonreí.

- ¿Laín disculpándose? Cosas extrañas están sucediendo aquí – aparecieron Yuuki y Mio, la primera burlándose de mí, como siempre.

Pero eso no me importó, sólo fui y las abracé. Y por cómo se tensaron, supuse que aquello las había tomado por sorpresa.

- También les pido perdón a ustedes. Por cómo me comporté y las traté…

- Está bien Laín – me sonrió Mio, separándose de mi abrazo. Yuuki me abrazó también, para mi sorpresa. Mi corazón volvió a acelerarse.

-… ¿Yuuki?

-… Eres un suicida tonto y egoísta… - sonreí. Abrazándola más.

- Lo sé.

- Tsk, no tenías que responder.

Me reí levemente.

- ¿Aceptas las disculpas de este suicida tonto y egoísta? – ella se rió, separándose un poco de mí.

- Ya qué.

Escaparemos todos, y yo, me prometí ser mejor persona con aquellos que me importan. Gracias mamá, me ayudaste, aunque tú no lo sepas y tal vez, nunca lo sabrás.