Día 8. Los deseos nocturnos de Draco Malfoy

Técnicamente, esto es un extra de LDL. O el extra de un extra de LDL. El punto es que sus lectores querían leerlo, yo quería escribirlo, Draco quería hacerlo ¿? y lo pueden entender perfectamente sin haber pasado por el longfic.


Draco no podía dormir. Daba vueltas en la cama, se quejaba en voz baja, se retiraba las cobijas y volvía a colocárselas. Siempre acababa recostado de lado, mirando en la misma dirección.

Maldito Potter.

Cuando tenían once años y se enteró de que compartirían cuarto en las mazmorras, Draco supuso que acostumbrarse a dejar su lado del dosel abierto sería considerado un "buen acto". La verdad era que quería estar seguro de que podía hablarle desde su cama, si tenía pesadillas.

En ese entonces, era divertido cuando Harry se dormía con la mejilla presionada contra su almohada, la boca entreabierta, y el dosel cerrado sólo a medias. Theodore Nott sí que corría su dosel por completo, colocándolos en una burbuja de relativa calma y privacidad.

Ahora, cuatro años más tarde, era todo un problema darse la vuelta para descubrir que Harry dormía pacíficamente en la cama contigua, cediéndole su otra almohada a la bola de pelo que era Lep. Y era peor cuando un Draco de quince años tenía ciertas ideas que no podía compartir con él, sin temor a que se espantase.

No era su culpa, ¡el libro que su padrino le regaló decía que esas cosas podían suceder! Era normal.

Sólo que le pasaba con Harry.

Y nadie más que Harry.

Se odiaba un poco por eso. Le daba la espalda en los vestidores del equipo de Quidditch, procuraba mantener su expresión lo más tranquila posible, pero era Harry. Algunas mañanas, se paseaba a medio vestir por el cuarto, preguntándole si sabía dónde estaba su corbata. Y era una imagen jodidamente buena, ese idiota, con su cara de desorientado, el cabello revuelto, los ojos verdes, la piel bronceada, siguiéndolo por la habitación y diciendo su nombre.

Otras veces, sólo se distraía, se dormía en una posición extraña, o se movía demasiado sobre su cama mientras hacían tarea, la camiseta se le subía, y Draco hacía un esfuerzo por fingir que estaba más interesado en sus libros o el ventanal.

Pudo haber sido cualquier otra persona y estaría bien, en serio. Jacint, Charlie Weasley, los gemelos, ¡Ronald! Sabía que no tenía tan malos gustos, pero incluso con Ron se habría sentido menos patético. ¡Podría haber sido hasta Theodore! Y Draco lo entendería y lo aceptaría.

Pero era Harry.

Draco ahogó un lloriqueo y siguió dando vueltas en la cama. Debería despertarlo. Quería hacerlo. Sabía que Harry lo seguiría si le decía que diesen un paseo, ¿pero de verdad era la mejor idea?

Solos, en alguna parte alejada, Harry medio dormido y hablándole con ese jodido tono un poco ronco que adquirió durante el verano, sin que él se diese cuenta. Pronunciaba su nombre con una leve separación entre las dos sílabas y a Draco le cosquilleaba el estómago de una forma absurda, porque era justo como lo había pronunciado siempre.

Tenía que parar con eso. Ese mismo día en la tarde, después de ganar el partido Slytherin-Gryffindor, Harry estaba sacándose el uniforme en los vestidores, a su lado. La piel sudada y enrojecida, el cabello desordenado, los lentes apenas sujetos por el hechizo para impedir que se le cayesen, esa aura de victoria que lo rodeaba. Lo único que Draco quería era saltar sobre él. Estampar su boca con la de Harry, besar, morder, lamer, tocar, tirar de su cabello y comenzar de nuevo.

Producía un efecto interesante en Harry que tirase de su cabello. Saberlo no ayudaba en nada a su estado. Draco sólo podía imaginarse enredando sus dedos en esa mata caótica de mechones negros, sujetando bien, jalando, primero con cuidado, después un poco más fuerte. Sin lastimarlo, lo suficiente para que Harry alzase la cabeza y abriese la boca, y si hacía otro de esos sonidos, Draco moriría por dentro, consciente de que él se lo provocó. La sola idea de causarle algo así a Harry, hacía que el cuerpo entero le hormiguease.

Draco, no, se decía. No, no. No, Draco. Cualquier otra persona, cualquiera, ¡quien sea!

Que tuviese cabello negro. Que pudiese enredar los dedos allí. Eso le gustaría.

Que tuviese la piel más oscura que él. No era difícil, pero le encantaba ese contraste al rozarla con la suya.

Necesitaba una boca suave, necesitaba unos labios carnosos que le provocasen ganas de morderlo. Y mejor si sonreía después de que Draco lo hubiese hecho. Una linda sonrisa.

Los ojos. Los ojos eran importantes. Podía aceptar a un chico de su edad que practicase Quidditch, porque sabía lo que encontraría; manos ásperas y fuertes, las piernas torneadas, el abdomen firme, y eso estaba bien. Pero no todos tenían los ojos que le gustaban.

No tenían ojos verdes.

Y por encima de eso, no lo verían de la forma en que él lo hacía.

La imagen difusa y a medio formar en su cabeza se transformó en Harry. Harry, Harry, Harry. Justo ahí. De rodillas frente a él, los dos sobre su cama, exactamente cómo lucía tras terminar un partido de Quidditch. Si Draco pudiese extender una mano hacia él y…

Mierda.

Draco contuvo un grito, se sacó la cobija de encima y se sentó de golpe. No paraba de maldecir entre dientes.

Si dormir por su cuenta era complicado, no creía que fuese a irle mejor con una erección.

Sintiendo su cara completa ruborizada, recogió la varita de su mesa de noche y cerró el dosel del lado de Harry también. Lo primero que hizo fue colocar un silencio que le permitiese tirar abajo la máscara de calmado sangrepura, para gritar, maldecir más fuerte y golpear una almohada a gusto.

Jadeaba cuando el arranque inicial pasó. Arrojó la varita sobre la pila de cobijas y peleó con su pijama, jalándola y empujándola lejos después con algo muy parecido a la rabia.

Una vez desvestido de la cintura para abajo, giró la varita entre sus dedos y se concentró en recordar qué hechizos le recomendó Charlie y para qué servía cada uno. El de lubricante le llevó dos intentos; aún no lo perfeccionaba. En cuanto tuvo los dedos húmedos, trazó una runa al nivel de su torso.

La observó por un momento, sabiendo bien lo que haría. Quejándose consigo mismo por lo estúpida de la situación y su propio cuerpo traidor, se colocó boca abajo, alzado sobre rodillas y codos, con una almohada bajo el pecho.

Alguien más, alguien más, alguien más. Draco cerró los ojos e intentó relajarse, hacerse una imagen mental.

El patrón se repetía.

Sabía que tendría manos ásperas. Convocó más lubricante y trazó una línea con sus dedos por su abdomen, ignorando a propósito su erección y el leve dolor que conllevaba. Alzó más la cadera y enterró la cabeza a medias en la sábana, absurdamente avergonzado frente a la persona en su imaginación.

Se tensó al deslizar el dedo índice más abajo y hacia su entrada. Seguramente esa persona lo calmaría en ese instante. Con besos en el hombro y la espalda, y Draco presionaría su rostro más contra la sábana, para que no se percatase de cuánto le afectaba.

Se le escapó un lloriqueo al introducir el índice. Relajó los músculos, lo movió un poco, y procuró empujar la cadera hacia su cama una vez. El roce con la manta le provocó una descarga que lo hizo jadear.

Sacó el índice y llevó a cabo el mismo movimiento dentro y fuera con dos, al comienzo lento, y luego tomando velocidad. De nuevo, la cadera hacia abajo y se restregaba contra la cama. Era un desastre de sonidos ahogados, en una posición incómoda, mal apoyado, a punto de derrumbarse sobre la colcha al acelerar. Pero se sentía bien. Volvía a lloriquear al tocar su próstata.

La runa se activó en ese momento, enviando una ola de placer por su cuerpo cuando la magia replicó la sensación de sus dedos y golpeó su próstata de nuevo sin tocarse. Ahogó un jadeo, empujó la cadera hacia abajo, y el contacto con la manta lo llevó al borde del abismo.

Con el hechizo en marcha, Draco sólo tuvo que apoyarse en ambos codos, más estable por fin, y mover la cadera. Hacia adelante, la suave tela se frotaba con su erección que goteaba preseminal y exigía atención. Hacia atrás, se repetía la sensación de intrusión y ser follado.

Su mente era un caos y de su boca sólo salían incoherencias, quizás a un volumen más alto de lo que debería. ¿Y qué pasaría si el silencio no funcionaba? ¿Si no era capaz de sostener ambos hechizos a la vez?

¿Y si Harry se despertaba por el ruido?

¿Y si se acercaba?

Ese jodido metro que separaba sus camas era demasiado. Si Harry despertaba y…

Si Harry despertaba y…

Se lanzaría sobre él, lo sabía. Lo atraparía, lo jalaría, lo tiraría sobre la cama también. Lloriquearía si hacía falta.

Y luego Harry…

Harry haría…

Harry lo…

Las imágenes eran igual de desordenadas dentro de su cabeza. Las manos de Harry tocándolo, sujetándole la cadera, su boca en su piel, la voz que tanto le gustaba distorsionándose por los jadeos. Sólo ellos dos. Harry y él.

La ola de placer fue abrumadora. Lo hizo temblar al restregarse contra la cama, y cuando empujó hacia atrás y la runa surtió efecto, se sacudió por la impresión de cientos de corrientes eléctricas recorriéndole el cuerpo. Se vino ahí mismo, jadeando algo incomprensible, y hundió el rostro en la almohada cuando sus rodillas fallaron.

Harry, Harry, Harry.

Maldito Harry.

Estiró una mano a tientas y recogió su varita. Realizó los respectivos hechizos de limpieza, para regresar su pijama a su posición, y quitarle el silencio al dosel.

Debería haberlo despertado. Subido a su cama, cerrado el dosel, debería haberse puesto sobre él. Si pudiese…

Si Harry lo dejase…

Si Harry quisiera…

Pero seguramente se sentiría espantado de saber de qué formas lo quería Draco.

Se quedó dormido abrazado a su almohada, con la idea de que necesitaba que fuese otra persona.