VIII
Aquella mañana se había convertido en el día en el que Sookie solo se comunicaba con el buzón de voz de todo el mundo. Entiendo que la gente esté ocupada, pero no conseguía localizar a nadie al primer momento. Y yo tampoco tengo tanta paciencia como para ir insistiendo hasta que me lo cojan.
El primero había sido mi hermano, que me dejó bien temprano un mensaje pidiéndome que le llamara. Me tiene preocupada porque llevo días notándole algo extraño. No sé si será por lo que le escuché a Holly el otro día o si es por otro asunto, pero esperemos que solo sea cosa mía. No me apetece estar pendiente de todo el mundo, así que si necesita hablar, sabe perfectamente dónde estoy.
El único que me devolvió la llamada fue el Padre Hurst, el nuevo párroco de mi iglesia, para concretar el día del bautizo de Adele. Será este sábado por la mañana porque por la tarde se va de viaje —según entendí, a España, a hacer el Camino de Santiago— y hasta dentro de un mes, por lo menos, no va a regresar. Y tampoco quiero que lo haga cualquiera. Y no va a ser gran cosa. No tengo planeado hacer más nada. Y solo estarán presente Jason y Michele, que serán los padrinos.
Llamé a mi hermano para comunicarle las últimas noticias sobre el bautizo. No hubo suerte, así que se lo dije a su buzón de voz.
Aparte, tuve una mañana un tanto ajetreada. A primera hora fui al banco a averiguar lo que era el maldito J&M Asociados. El hombre del banco me explicó, amablemente, que solo me podía dar el número de entidad relacionada con la cuenta de ese destinatario, pero nada más —por eso de la protección de datos y esas cosas. Me era más que suficiente. Nada más salir, llamé a Bill y le dicté en un mensaje de voz la numeración. Sé que podría esperar a que se despertara, pero últimamente ando muy impaciente y cuanto antes lo haga, mejor. A ver si con estos datos puede conseguir aunque sea alguna pista sobre lo que es.
Llegué muy justa al pediatra. Menos mal que aún no me habían llamado cuando lo hice. El Dr Chambers es un médico de Shreveport que me recomendó Alcide, porque es especialista en cambiantes —según pude comprobar, él lo es—, así que me venía bien tenerlo cerca. Me dijo que la niña estaba perfecta y me aconsejó que no le pusiera todavía la siguiente vacuna, por un motivo que no recuerdo cuál era porque el teléfono empezó a sonar y tuve que cogerlo. Era Jason para preguntarme la hora que tenían que ir a la iglesia el sábado por lo del bautizo. Le noté, una vez más, algo raro. Muy seco y sin muchas ganas de hablar. Quiero pensar que lleva una semana un poco ajetreada y que es por eso y no por problemas conyugales.
Cuando salí de la consulta del Dr Chambers me fui a la tienda de ropa de Tara. Me había llamado el día anterior, pero me pilló liada con algunos asuntos y tuve que posponerlo para aquella mañana.
Hacía un calor terrible y lo bueno que tenía el verano en Luisiana era que todo el mundo se iba para la costa y las calles estaban desiertas. No es que deteste el gentío ni el barullo de coches, pero a veces se agradece conducir sin estar pitándole al de enfrente por no poner los intermitentes o esquivar al idiota de turno que te ha adelantado sin previo aviso. Así que cuando llegué hasta la tienda de mi amiga, conseguí aparcamiento justo enfrente de la tienda, cosa que en otra época del año jamás podría hacer. Nada más estacionar, me fijé lo que había en el escaparate de la tienda. Me quedé anonadada al verlo. Monté a Adele en su cochecito y entré en la tienda, aún impactada.
—Dime que no es verdad —le dije nada más entrar, sin percatarme de si estaba ocupada con alguna clienta o no—. Por favor, Tara, dime que no es cierto lo del escaparate y que se trata de una broma.
Tara me miró de soslayo, con cara de pocos amigos y el ceño fruncido. Estaba ordenando algunas prendas que estaban mal colocadas, seguramente por algunas clientas locas que desordenan y lo dejan todo hecho un desastre. Tomó un poco de aire antes de contestarme:
—No. Es cierto.
—¿Pero qué ha pasado? ¿Tan mal va el negocio? Si parece que está mejor que nunca.
—No. La tienda va mejor que nunca. —La voz de Tara sonaba tosca y triste a la vez—. Pero es por JB.
—¿Qué le ocurre a JB?
—Le han ascendido en el trabajo.
—¿En el hotel?
—Sí. Ahora va a ser gerente.
—¿En serio? ¿Tan pronto? Si no hace ni año y medio que trabaja ahí.
—Lo sé, pero ya sabes el pico de oro que tiene y se ha sabido ganar al jefe. Y sobre todo al dueño del hotel.
—Entiendo. Pero no entiendo qué tiene que ver su ascenso con que traspases el local. ¿Acaso quiere que dejes de trabajar ahora que le han ascendido?
—Oh, no. No es eso. —Terminó de doblar unas camisetas y se pasó a colocar en las perchas unas camisas de flores—. Es que el ascenso va a ser en Nueva York.
—¡QUÉ!
—Lo que oyes. Y encima lleva ocultándome esto desde hace un mes. ¡Un maldito mes! Y tengo un cabreo encima que no veas.
—No me extraña. Y justo ahora que habías conseguido plaza en aquel colegio tan caro.
—Así es. Un año ahorrando y esperando para poder meter a los gemelos en ese colegio tan bueno y que tanto se empeñó en querer que fuese, porque claro, sus hijos debían ir a la mejor guardería de Shreveport, y ahora me viene con esto. Me lo dijo ayer. Mientras desayunábamos. Y me lo dice como si estuviéramos hablando del tiempo.
Negué con la cabeza. Quería mucho a JB, pero a veces me daban ganas de darle un sillazo en toda la cabeza.
—¿Cuándo os vais?
—En dos semanas.
—¿Tan pronto?
—Sí, porque empieza en septiembre. Vamos a estar en el piso de un compañero que no usa mucho, pero solo es temporal, hasta que encontremos uno para nosotros.
—¿Y qué vas a hacer allí?
—Oh, eso es lo mejor. —A pesar del tono que lo decía, era sarcasmo puro—. Resulta que hay un local que está disponible y mi encantador esposo tuvo la amabilidad de apartarlo para mí. —Puso los ojos en blanco y resopló.
—No te hace especial ilusión, ¿verdad? —Sookie, la reina de las obviedades ataca de nuevo.
—Aquí tengo mi clientela casi fija. Me va estupendamente. Y tener que mudarme a una ciudad tan grande como Nueva York me espanta. Porque no sé con qué me voy a encontrar. No sé si me irá bien o mal y lo único que sé es que quiero aplastarle la cabeza a mi marido con la plancha cada vez que le veo, pero tengo que recordarme constantemente que eso es ilegal y que el naranja me sienta fatal.
Respiró hondo mientras se dirigía a la sección de pantalones vaqueros. La seguí como pude con el cochecito por entre los pasillos de la tienda.
—Lo siento, Sook —se lamentó, mirando en dirección a Adele—. Tú con tus problemas y yo contándote mis dramas conyugales. Pero es que no quería que te enterases por otra persona que no fuese por mí y tampoco hacerlo por teléfono.
—Tranquila. Has hecho bien. Y es normal que estés así. No es un drama, es una catástrofe más bien. No sé cómo JB te ha estado ocultando esto tanto tiempo y encima te lo suelta así, sin más. Y justo ahora. Si no lo matas tú, lo hago yo. Se lo merece.
Tara se encogió de hombros. Parece como que se estaba resignando a su futuro en la Gran Manzana.
—Te voy a echar de menos, que lo sepas. —Se echó a llorar y me acerqué a ella, estrechándola entre mis brazos. Apoyó su cara en mi hombro e hipó un poco—. En verdad voy a echar de menos todo esto. No sé qué voy a hacer sin mis clientas o mis amigas o mis cosas. ¡Ugh!
—Tranquilízate, que perdiendo los nervios no vas a conseguir nada…
—Lo sé, pero me da rabia que no me lo haya consultado. Y ahora tengo que cambiar de vida de repente y…
—Bueno, ya verás como te las apañas allí. Tú eres una mujer muy inteligente y te los vas a ganar a todos.
Tara esbozó lo que me pareció una sonrisa. Al menos la hice sonreír.
—La cosa es que no estaré, aunque quera, en el bautizo de Adele.
—No te preocupes, cariño. No vamos a hacer gran cosa. Un chorrito de agua bendita, unas pocas fotos para la posteridad y una comida con los padrinos en casa de los Stackhouse.
—Me parece bien. Y por eso mismo, quiero hacerte un regalo de despedida.
—No tienes que regalarme nada.
Tara hizo como que no me escuchó. Se dirigió hacia la trastienda y, tras unos pocos minutos —que a mí me parecieron eternos porque tengo mil cosas que hacer—, regresó con una caja que puso encima del mostrador.
—De verdad, no es necesario.
—Tú ábrelo. Y no acepto un no por respuesta.
He de reconocer que la abrí con cierta impaciencia. Hacía mucho que no me regalaban nada que no fuese para el bebé o por mi cumpleaños o alguna fecha especial, y viniendo de mi mejor amiga ese regalo me sabía a gloria bendita.
Era un vestido de encaje, sin mangas, escote de barco, corte imperio y de color turquesa. Me lo puse por encima para ver cómo me quedaba.
—Es precioso, Tara —dije emocionada. No quería ponerme a llorar, ya que si lo hacía ella se pondría también y sería más difícil todo para ella.
—Es lo que menos puedo hacer. Y además, la madre tiene que ir perfecta el día del bautizo de su hija, ¿no?
Asentí, enjugándome las lágrimas con el dorso. La iba a echar de menos y estaba a punto de arruinar el regalo de Tara por culpa del maquillaje. Me pasó un pañuelo de papel y me limpié.
—¡Qué tontería! —exclamé, intentando restarle importancia al momento—. Ni que esto fuese un adiós definitivo.
—Por supuesto que no. Tendrás Tara de sobra hasta que te mueras. No te librarás tan fácilmente de mí.
Nos echamos a reír y nos dimos un enorme abrazo.
—Será mejor que me marche antes de que nos secuestres y nos empaquetes junto con tus cosas.
—No me des ideas, señora Stackhouse —dijo alzando una ceja y medio labio fruncido.
—Esperemos que no, señora Thornton.
Volvimos a reírnos. Aquella era una broma que hacíamos cuando éramos unas crías, para no estar tristes. Hacía tiempo que no la hacíamos y me gustaba la idea de recordarla una vez más. Aunque fuese en estas circunstancias.
Tara miró al cochecito, le echó un vistazo y vio que la pequeña estaba dormida. Se acercó a ella y le dio un beso en la frente,
—Cuida mucho de tu mami, pequeñaja —le susurró—. Es la mejor del mundo.
Metí el vestido en su caja y la coloqué en el cesto del carricoche. Nos dimos un fuerte abrazo y salí de la tienda con la extraña sensación de que nunca la volvería a ver más.
Suspiré. Tenía tantas cosas que hacer que me venía bien tener la mente ocupada para no pensar en lo de Tara. Era lo mejor. Quise darme unos minutos para mí misma mirando un poco los escaparates de las tiendas de camino al coche. Me paré por una heladería a darle un pequeño capricho. Adele seguía durmiendo plácidamente, por lo que no creía que se fuese a poner celosa de aquello.
Me pedí un cucurucho de pistacho y coco. Era mi favorito cuando era pequeña y hacía mucho que no me lo pedía. No había mucha gente en la terraza, así que aproveché y me senté en una de las mesas. Puse el cochecito mirando hacia mí y observé cómo dormitaba la niña. A decir verdad, era la primera vez desde que nació que pude disfrutar de un momento así con ella fuera de casa. Siempre estaba en la cocina, en su cuna o en el salón, pero nunca en un sitio público. Me percaté en la manera en que apoyaba su diminuta mano en su redondo moflete al dormir. Así era exactamente cómo dormía Sam. Le acaricié su pelo rojizo y rizado, como hacía con él. Se parecía a él más de lo que me imaginaba.
No, Sookie, no vas a llorar ahora. No en público.
Suspiré con un enorme nudo en la garganta. Me terminé el helado más rápido de lo que quería y me levanté de la silla, de vuelta al coche. Cuando prácticamente estaba llegando, me encontré con alguien que no me esperaba ver sentado en un banco cerca de donde estaba. Me acerqué a él, escuchando sin pretenderlo sus pensamientos negativos revoloteando por su mente.
—Gavin… —le dije con calma, procurando no asustarlo, pero dio un leve respingo al escuchar mi voz.
—Sookie… —Pretendió levantarse, pero se lo impedí, sentándome a su lado. Me sonrió, como si verme hubiese dado un poco de luz a su oscuridad—. Me alegro de verte.
—Yo también. ¿Cómo va todo? —Era una pregunta absurda porque ya me sabía la respuesta, pero era pura formalidad.
—Bueno… —Miró al suelo con cierta tristeza—. Me gustaría decir que todo va bien, pero no es así.
—He estado liada estos días y no he podido hablar con Calvin aún. Pero te prometo que esta tarde lo llamaré y concertaré una cita con él para ponerle una solución a todo esto.
Gavin asintió. Pero no se le veía muy convencido.
—El señor Norris es un hombre muy comprensivo, pero dudo mucho que me devuelva mi viejo puesto. Además, creo que ya hay un suplente, así que…
—No pienso rendirme sin luchar, Gavin —le dije con ánimo—. Y tú tampoco deberías hacerlo.
—Lo sé. Pero es que no puedo evitarlo. No consigo trabajo y… —Se echó a llorar.
—Tu exmujer te está dando problemas por la custodia de tus hijos. —Era una afirmación, no una pregunta; Gavin asintió sin preguntarse cómo lo sabía, aunque se lo debía imaginar—. Con más razón para pelear, Gavin.
—No sé si tendré más fuerzas para eso.
—No estás solo. Yo te ayudaré. Como sea. Pero lo haré.
De mi bolso saqué mi monedero y extraje un billete de cien dólares —suerte que había sacado dinero suficiente esa misma mañana— y se lo di.
—No puedo aceptarlo.
—Sí que puedes. Hazlo por tus hijos, que ellos te necesitan en estos momentos tan complicados. Y tú a ellos.
—Pero no le puedo quitar el dinero a tu hija.
—No lo estás haciendo. Ya cobré el dinero del seguro y puedes quedarte tranquilo de que mi hija no va a pasar hambre, te lo puedo asegurar.
—Pero…
—Mira, hagamos una cosa: tómalo como un pequeño adelanto para cuando te devuelvan el trabajo. Ya rendiré cuentas con Calvin para que me lo devuelva él. ¿De acuerdo?
Gavin asintió. Cogió el billete poco convencido, pero realmente se le veía muy necesitado.
—No entiendo por qué eres tan buena conmigo, Sookie, después de todos los problemas que te he ocasionado.
—Lo soy porque eres una buena persona y no te mereces lo que te está pasando. Y sé que vas a superar todo esto y en unos años lo verás como una anécdota más que le contarás a tus nietos algún día.
—Aún no sé cómo lo haré, pero algún día te pagaré como sea todo lo que estás haciendo por mí.
—No tienes que hacer nada. Ahora mismo, ve a comprarte algo de comida, y si es necesario un capricho, y cuando todo esto acabe ya me lo agradecerás.
Se guardó el billete en el bolsillo delantero del pantalón, mientras se enjugaba otra lágrima que amenazaba con escaparse por su mejilla.
—Es usted una santa, que lo sepa.
—Nos vemos pronto, Gavin —dije poniéndome en pie y dirigiéndome, por fin, a mi coche.
Eran casi las cinco de la tarde. Había pasado el resto de la mañana en casa, limpiando, cambiándome de ropa a cada rato, cocinando algo rico para comer y tirando la basura —sobre todo de pañales; cómo algo tan pequeño puede expulsar tanta cantidad cantidad de caca en tan poco tiempo—, hasta limpié un poco el coche. Así que decidí irme al Merlotte's, donde estaban Terry y Holly empaquetando algunas cosas delicadas —vasos, platos, copas, etc.— para quitarlos durante la reforma y apartando todo lo que íbamos a tirar a un lado —sillas, mesas y demás—. A decir verdad, habían hecho un gran trabajo los dos. Me gustaba verlos así, porque hacían un gran equipo y se compenetraban a la perfección.
—Chicos, es suficiente por hoy —dije cuando hicieron una pausa para descansar.
—Pero aún quedan algunas cosas por empaquetar y sacar afuera —se quejó Terry.
—No os preocupéis, ya me las apañaré. Pero a partir de este momento, son oficiales vuestras vacaciones de verano.
Les di un sobre a cada uno con dinero.
—¿Qué es esto? —quiso saber Holly.
—Vuestro dinero extra para que os podáis ir tranquilamente de vacaciones.
—Pero…
—Y antes de que rechistéis, como lo hagáis os pienso dar tal patada en vuestros preciosos traseros que no vais a necesitar billete de avión…
Holly se echó a reír y me dio un abrazo.
—En ese caso, mejor no decir nada. —Miró a Adele, que estaba mirándonos a todos con expectación; o eso parecía—. ¿Soy yo o está más grande?
—No, está más grande. Esta mañana he pestañeado y juraría que ha crecido medio centímetro delante de mis narices.
Terry se rascó la nuca. No era muy aficionado a los niños y se solía poner un poco nervioso, pero intentaba disimularlo con Adele delante.
—Sook, si no me necesitas más, me retiro. Ya nos vemos en septiembre, supongo.
—Sí. No sé exactamente qué día, pero ya os llamaré.
Terry asintió y se despidió de nosotras.
—Yo creo que haré como Terry. Si necesitas algo, ya sabes…
—En verdad, sí. —Holly arqueó las cejas, como si no se esperara aquello—. En verdad te quería pedir un pequeño favor.
—Pues tú dirás.
—Me gustaría que te quedaras un rato con Adele.
—Eso está hecho.
—Aquí voy a estar un rato liada y no quiero que esté desatendida.
—No te preocupes. Puedo sacar la cuna de viaje de Heaven y que se eche ahí una siestecita.
—Eso sería maravilloso. Ha comido antes de venir y te he dejado un biberón en la bolsa. Si necesitas más, bueno… —Me quedé sin saber cómo continuar esa frase.
—Siempre puedo…
—Oh, sí. No me importa. Hay confianza, no pasa nada.
Estaba convirtiéndose en la conversación más extraña que he tenido en mucho tiempo.
—En ese caso, no se diga más. —Ambas nos miramos un poco aliviadas por haberla terminado; pude escuchar en su cabeza que ya tuvo otras conversaciones parecidas con otras madres y que no acabaron muy bien, por lo que se sentía agradecida de que yo no me lo tomara a mal—. Adele y yo nos vamos ya y te dejamos trabajar.
—Gracias, Holly. No sé qué haría sin ti.
—No tienes que dármelas. ¿A qué hora te la traigo de vuelta?
—Mejor la recojo yo, porque tengo que esperar a que venga Eric, que va a ser quien se lleve todo lo empaquetado al almacén del Fangtasia. Además, tenemos más cosas que hacer y no sé lo que tardaré. Y como el único rato que podemos hacerlo es durante la noche…
—¿Sabes? Tengo una idea mejor. ¿Por qué no se queda Adele esta noche conmigo?Así puedes quedarte todo el rato que quieras a hacer todo lo que tengas que hacer con tu nuevo socio el vampiro.
Me quedé sin saber qué decirle. La verdad es que no era mala idea, pero teniendo en cuenta que Adele no tenía ni dos semanas y debía estar con su madre, me sentía bastante egoísta decir en voz alta que eso era lo que realmente necesitaba, pero no podía y estuve a punto de echarme a llorar, solo que me pude controlar.
—Yo te lo agradezco, Holly, pero no quiero que sea una molestia. Ya suficiente tienes con hacerme este favor y…
—Sookie. No va a pasar hambre, pañales tengo de sobra para el resto de la noche y, como ya te he dicho antes, tengo la cuna de viaje de Heaven que no usa apenas y puede dormir perfectamente ahí. Además, así no tienes que preocuparte por ella y hacer tu trabajo tranquilamente.
—Ya, pero…
—Estás sola y debes sacar el negocio adelante. Y con la niña por en medio no vas a poder hacerlo. No vas a ser una mala madre por dejar que pase la noche con una amiga, madre también, por una vez. Y mucho menos cuando tu socio es un vampiro que solo puedes tratar con él cuando cae el sol.
Cuando quería, Holly podía ser muy convincente.
—Está bien. Pero cualquier cosa, la que sea, me llamas.
—No hay problema.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo?
—Hasta mañana, Sookie —se despidió, dándose media vuelta con el cochecito por delante—. Te la llevaré a casa a primera hora.
Vi cómo metía a la pequeña dentro del coche, en el asiento de la pequeña Heaven, y marcharse del aparcamiento del Merlotte's. La verdad es que con Holly todo era mucho más fácil. Con eso de que también tenía hijos y sabía cómo tratar a los niños, era como tener un ángel de la guarda conmigo. No sé qué haría sin ella ahora mismo.
Me serví un café y me puse manos a la obra.
Hacía rato que había terminado con todo lo importante y ya no sabía qué más hacer. Ya estaba anocheciendo, por lo que no faltaba mucho para que llegara Eric. Ni siquiera sé por qué estaba tan nerviosa. Ni que fuese la primera vez que nos veríamos. Tal vez fuese por todo este asunto de las sospechas de Bill. Lleva unos días evitándome, o al menos esa es la sensación que me da, porque solo se limita a hablarme sobre los asuntos del bar y ya. En parte, sé que Bill tiene razón y que Eric nos está ocultando algo, pero por otro lado, si él no quiere hablar de ello, ¿qué más nos da a nosotros? Cuando se sienta con ganas de hacerlo, ya lo hará, ¿no?
Además, si lo hizo, sus motivos tendría. Y por lo poco que me pudo contar Bubba, ella no lo trató nada bien, así que puede que hasta se lo mereciese. Así que, ¿quiénes somos nosotros para juzgarlo?
Claro que, pensándolo bien, hacer todo esto él solo, me parece un poco raro. Tuvo que tener un cómplice, eso seguro.
Y ahora que lo pienso… lo único que me parece un poco extraño es que apareciese justo el mismo día que murió Sam.
No…
No creo…
¿Pero a quién pretendo engañar? Si realmente mató a su esposa haciendo que pareciese un accidente, ¿qué le impide hacer lo mismo con mi esposo y así matar dos pájaros de un tiro?
¡AY, DIOS MÍO! ¡AY, DIOS MÍO!
Es que todo encaja perfectamente.
No, espera, Sookie. No pienses en esto. Si Eric quisiera matar a Sam, lo hubiese hecho con sus propias manos y no hubiese montado este tinglado para deshacerse de él. Pero, claro. Por otro lado, de haberlo hecho, me hubiese perdido para siempre y la oportunidad de volver conmigo se esfumaría y… y…
El golpeteo que alguien hizo en la puerta delantera interrumpió mis pensamientos. Miré por la ventana y estaba ya oscuro. Pero era demasiado temprano para que fuese Eric. ¿O no? Salí del despacho apresurada, con las llaves del bar en la mano. Era Bill. En cierto modo, me sentía un poco aliviada.
En cierto modo.
—Bill, ¿qué haces aquí?
—Me dejaste un mensaje en mi buzón y pensé que querrías saber lo que he descubierto.
—Podrías haberme devuelto la llamada.
—Lo sé, pero quería verte. —Sus oscuros ojos se clavaron en mí como estacas.
—¿Por qué…? —De repente, caí en la cuenta—. Bill, si es por lo del otro día, por favor, no quiero hablar ahora mismo de este asunto. —Y mucho menos con mis sospechas de por medio—. Prefiero que me cuentes lo que has averiguado sobre lo de J&M Asociados.
Bill no dijo más nada y se sentó en un taburete de la barra.
—¿Quieres tomar algo? Creo que me queda todavía alguna cero positivo en la nevera.
—Está bien.
Metí la botella en el microondas y esperé los segundos necesarios.
—¿Tengo que torturarte para que hables?
—Está bien —dijo tras darle un sorbo a su botella—. Tengo una buena y una mala noticia.
—¿Cuál es la buena?
—He conseguido averiguar de dónde sale la cuenta de esa empresa.
—Pero eso es genial —le dije bastante animada—. ¿Cuál es la mala?
—Que la cuenta corriente pertenece a un banco online.
—¿Y no se puede saber más?
—No. Solo sale el nombre de esa empresa. Tendría que hackear la página de ese banco y meterme desde esa cuenta, pero… está muy bien encriptado todo y es demasiado complicado. Me tardaría semanas, puede que un mes como mínimo.
—No es necesario, Bill. Ya haces demasiado como para meterte en más líos por mí. Gracias de todos modos.
—No es molestia. Sabes que por ti haría cualquier cosa.
—Lo sé, pero no creo que vayamos a conseguir mucho cuando sepamos algo sobre esa empresa tan misteriosa.
—De todos modos, seguiré investigando por mi cuenta, a ver qué puedo encontrar sin tener que meterme en líos, como bien dices.
—Gracias, aunque no es necesario, de verdad.
—Lo único que sé es que debe ser una empresa nueva.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque de ser más antigua, normalmente suelen tener alguna página web o cuenta en Facebook o similar. Y nada. No tiene nada. Así que es muy probable que se haya abierto recientemente.
—Como seis meses, ¿no?
—Posiblemente.
—Estamos dando palos de ciego con esto.
Miré el reloj que había en la pared disimuladamente. Bill me miró mientras daba un trago a su botella con ojos inquietantes. Cuando quería, sabía cómo ponerme de los nervios.
—¿Ocurre algo? —inquirí fingiendo estar tranquila.
—Estás nerviosa.
—No es cierto.
—¿Eso crees? —bufó.
—Bill, no empieces de nuevo.
—Sabes que tengo razón, pero no lo quieres reconocer.
—Más bien me da igual lo que hiciera, eso es todo. Es asunto suyo.
—¿Lo es?
—Claro que sí. A mí no me atañe.
—¿Estás segura? —Me lo preguntó con tanta seriedad que me puso los pelos como escarpias.
—Basta, Bill.
—¿Cómo sabes que no mató a tu esposo también?
—Es suficiente.
—Te está manipulando, Sookie. Y no lo quieres ver.
—¿Y cómo sé que no lo estás haciendo tú?
—Porque sabes que yo jamás te mentiría como lo está haciendo él.
Me crucé de brazos y le miré con dureza.
—Eres el menos indicado para decir eso, ¿no crees?
—Aquello fue muy distinto y ya te expliqué lo que pasó.
—Porque Eric te obligó a hacerlo. Si no seguiría creyéndome tu mentira a estas alturas.
Bill negó con la cabeza.
—Sabes que eso no es cierto. Yo quise contártelo, pero no así.
—Yo ya no sé qué creer.
—Pero a él sí le crees, ¿no?
—¡Basta ya, Bill!
—Eso es lo que él quiere, Sookie. Que nos peleemos para separarnos. Así tendrá vía libre para poder estar contigo.
—Pues si es lo que quiere, entonces deja este asunto de una vez por todas.
—Nos está mintiendo a todos, Sookie.
—Me importa un carajo lo que haya hecho, Bill. Eso es asunto suyo y de nadie más.
Bill rió entre dientes.
—Nos miente a todos, nos manipula y, da igual, haga lo que haga Eric Northman, Sookie Stackhouse estará siempre a sus pies como el buen perrito faldero que es.
Le abofeteé. Ni siquiera sé cómo pasó, pero cuando me quise dar cuenta, mi mano estaba golpeando su frío rostro. De haber tenido sangre corriendo por sus venas ahora tendría la marca de mi mano en su mejilla derecha. Ni siquiera se inmutó. Ni siquiera parpadeó. Tan solo se me quedó mirando, serio, como si le hubiera insultado.
—No se os puede dejar solos ni un momento y ya os estáis peleando. —La voz de Eric interrumpió el cortante hielo que flotaba en el ambiente; portaba entre sus brazos un par de cajas vacías, que imagino que serían para llenarlas de las cosas del bar, y las depositó encima de la barra.
Pam entró detrás de él con más cajas y nos miró a Bill y a mí.
—¡Uh…! —exclamó arqueando las cejas—. Se podría cortar la tensión con un alfiler ahora mismo. ¿Ha ocurrido algo, tortolitos?
Miré a Pam con el ceño fruncido y entendió que no estaba para bromas.
—Todo está bien —contesté con tosquedad.
—¿Seguro? —inquirió Bill sin apartar su gélida mirada de mí.
—Sí —le contesté tajantemente. Estaba harta de su juego y no pensaba entrar en él.
Pam y Eric pasaban la mirada de uno al otro, entre Bill y yo, como si mirasen un partido de tenis.
—¿Ha ocurrido algo que deba saber o es algo entre vosotros? —preguntó Eric alzando una ceja.
Bill se giró para mirarlo a la cara, con el semblante aún serio.
—No lo sé, Majestad. ¿Hay algo que debamos saber nosotros de ti?
Eric desplegó sus colmillos y emitió un gruñido amenazante. Bill hizo lo mismo.
—Estás empezando a jugar con fuego, Bill Compton —rugió Eric, caminando lentamente hacia él—, y al final te vas a quemar.
—Me quemaré al menos con la verdad por delante.
Eric le cogió por el cuello y lo lanzó contra la pared más cercana, haciendo añicos varios marcos que había colgados en esa pared.
—Mátame si quieres, pero seguirás siendo un mentiroso.
Eric repitió lo anterior y esta vez rompió una de las ventanas.
—¡No pienso tolerar que me hables en ese tono!
—¡Basta! —le supliqué cuando vi que iba a volver a la carga; lo que me sorprendía era que Bill ni siquiera se quisiera defender—. No pienso dejar que destroces nuestro local por esto.
Eric, que aún sostenía a Bill por el cuello, me miró con fiereza. Me dio un escalofrío.
—Eric, suelta ahora mismo a Bill, por favor —le dije pausadamente; Eric obedeció, sin ganas, y retrajo los colmillos—. Bill, por favor, deja el asunto este de una vez. No es de tu incumbencia.
—Lo es cuando mi propio rey, al que le he tenido que deber lealtad y al que se supone que debería confiar en mí, no lo hace.
—¡Maldita sea, Bill! —Esta vez era Pam la que rugía—. Ya nos ha contado todo lo que tenía que decirnos. Ahora, si no tienes nada más que añadir, será mejor que cierres el pico o seré yo quien te clave una estaca.
—Tengo pruebas —soltó tajantemente.
Pam iba a replicar, pero se quedó boqueando, mirándolo de forma extraña.
—No es cierto —sentenció.
—Lo es.
Pam miró a su creador, que no le quitaba el ojo de encima a su acusador. Gruñó, con los colmillos extendidos una vez más.
—No te creo —rugió Eric.
—¿Acaso tienes miedo de lo que pueda decir? —Eric se disponía a cogerle del cuello de la camisa cuando de repente Bill soltó la bomba—: Bubba.
Eric suavizó el gesto y retrajo los dientes. Estaba anonadado. Pam y yo lo mirábamos con los ojos abiertos como platos.
—Eric… —comenzó a decir Pam, casi con miedo de preguntar—, ¿qué tiene que ver Bubba contigo y todo esto?
—Él estuvo en Oklahoma y vio cosas —confesé—. Aunque no sé qué pueda tener que ver con este asunto.
Eric clavó la vista en el suelo. Parecía como si hubiese entrado en shock. Miró de soslayo a Pam, que tenía cara de disgusto.
—Eric… —La voz de Bill parecía sorprendentemente calmada—, ¿por qué Bubba sabía que iba a haber un atentado en Oklahoma si nadie más lo sabía? ¿Por qué sabía que debía llamarme a mí par contactar contigo? ¿Cómo supo que estarías conmigo?
Eric se quedó callado sin dejar de mirar a Pam, que le miraba con desconcierto.
—No me lo puedo creer —murmuró Pam con un hilo de voz—. Que les mientas a ellos me importa un carajo, pero que me mientas a mí…
Eric podía sentir el dolor que le transmitía Pam por el vínculo que les unía. Lo pude ver en su mirada, en su cuerpo, en sus movimientos. A decir verdad, estaba sintiendo cierta lástima ahora mismo por él. No quisiera estar en su lugar en estos momentos.
—En más de ciento cincuenta años jamás me habías mentido, Eric —comentó Pam con la voz quebrada; una lágrima carmesí se le derramó por el rostro pálido, aparentemente frágil—. Nunca pensé que me harías esto…
—Pam… Lo hice para protegerte.
Pam negó con la cabeza.
—Di la verdad. Lo hiciste por egoísmo.
—Eso no es cierto. Jamás haría nada que te pudiera perjudicar.
—¿Y por qué me mentiste?
—Porque cuanto más supieras, más riesgos correrías. Y no podría soportar que te pasara nada… —Se acercó a ella para limpiarle la lágrima con el pulgar, pero ella apartó el rostro—. Pam, mi preciosa Pam. Eres la última persona a la que yo quisiera lastimar.
—No confiaste en mí, Eric. Eres mi creador y sabes que jamás, ¿me oyes? Jamás te traicionaría, por mucho que me torturasen.
—Lo sé, pero esto era distinto. Te pondría en peligro y no lo podía consentir. Suficiente tengo con que ellos me tengan atados de pies y manos.
—¿Ellos? —quise saber.
Eric bajó la mirada otra vez. Sabía que lo que iba a decir no le iba a gustar nada a su hija.
—Los del Consejo de Vampiros —dijo al fin, atreviéndose a mirarla de nuevo a los ojos.
—Otra mentira…
—No quería preocuparte. —Pam bufó entre dientes.
—Y ahora me has decepcionado.
—Ellos se enteraron y me amenazaron con hacerte daño como no dijera toda la verdad.
—¿Y ya por eso me mentiste?
—Sé que no estuvo bien, pero solo pretendía aparentar normalidad y pasar página con todo esto.
—¿Cómo es que te dejaron libre? —preguntó Bill.
—Supongo que porque tuve la suerte de mi parte —contestó, sin dejar de mirar a su progenie—. Por así decirlo, Freyda no tenía precisamente muchos amigos, y se enemistó con mucha gente, entre ellos algunos miembros del Consejo Vampírico. Por lo que a muchos no les afectó su muerte. Uno de ellos hasta me felicitó por mi ingeniosa e inteligente táctica para derrotar a la reina de Oklahoma. Así que, a cambio de que no os hicieran nada, y jurándoles por todos los medios que ninguno de vosotros sabía nada de esto y que había actuado yo solo, hice un trato con ellos y haría cualquier cosa que me pidieran. No me dejaron abdicar, así que les propuse ser rey de Luisiana, puesto que este era mi hogar antes de mi casamiento y era donde quería estar, por lo que no se negaron.
—¿Cuál era ese trato? —Ahora fui yo quien preguntó.
—Que llevara un negocio. Por suerte, me dejaron escoger a mí, ya que se me dan bien, así que les di tres propuestas, entre ellas, ser socio de este bar.
Bufé. Me miró de reojo, sabiendo lo que estaba pensando.
—O sea, que estuve en tus planes.
—En verdad no. Pero después de la muerte de Sam sabía que necesitarías un socio y a ellos les daba igual el local, mientras acatara órdenes.
—Vamos, que los tendré pululando por aquí a su antojo, ¿no?
—No. Una de las condiciones que puse era que no pisaran nunca este local.
—¿Y los demás proyectos? —inquirí, una vez más.
—Aún están en el aire. Pero pronto comenzaré con ellos.
Pam suavizó un poco el duro gesto que le dedicaba a su creador y él se acercó un poco más.
—Sé que no debí hacerlo, que debí confiar en ti, pero, por lo que más quieras, Pam, no sé qué más hacer para que me perdones.
—Está bien. Haré como que todo esto no ha ocurrido con una condición.
—¿Cuál?
—Que nos cuentes cómo lo hiciste.
—¿Qué? No, no puedo hacer eso.
Pam lo miró seria, una vez más.
—Está bien —recapacitó Eric y se giró para mirar amenazante a Bill—. Pero no pienso decir nada sin saber que merezco toda la lealtad que sea posible y que no saldrá nada de aquí. Porque si me entero de que alguien sabe algo, por pequeña cosa que sea, sabré quién ha sido y no me pensaré dos veces clavarle una estaca al traidor.
—De acuerdo —murmuró Bill entre dientes—. No diré nada.
—Quiero escuchar el juramento entero, palabra por palabra —le exigió Eric.
—Yo —refunfuñó Bill—, William Thomas Compton, prometo serle fiel y leal a Eric Northman, rey de Luisiana, pudiendo así recibir el peor de los castigos si traiciono a mi palabra.
Eric relajó los hombros y me miró.
—Sookie, lleva tres True Blood a esa mesa de ahí —dijo señalando la número siete— y sírvete lo que quieras. Será mejor que nos pongamos cómodos, porque la noche va a ser larga, Muy larga.
NDA: Madre del amor hermoso. Llevo tres días intentando terminar este capítulo y parecía que se me resistía. Al final le he añadido cosas que no pensé que metería, pero bueno, me siento satisfecha.
Lo sé, sé lo que estáis pensando, que Bill es un grano enorme en el culo, pero es que en verdad le necesitaba. Era la única manera que tenía de hacerle hablar a Eric. Y lamento haberlo dejado justo ahí, pero en el siguiente entenderéis por qué.
Por cierto, Tara era un personaje que jamás me gustó (ni en los libros ni en la serie), porque jamás aportaba nada interesante a la trama, ni a la vida de Sookie, así que, como no quería dejar huérfanos a Rob y Sarah, la he mandado a la otra punta del país, y ya si eso me pienso en que regrese a Luisiana o no. XDDD #SorryNotSorry.
Ah, casi lo olvido. Por si alguien siente curiosidad cómo es el vestido que le regala Tara a Sookie, es este:
m. media-amazon. com/images/I/812JoS8yjDL._AC_UL320_.jpg (sin los espacios)
Como viene siendo habitual, muchas gracias a todos los que me habéis comentado: Cari1973(tienes toda la razón sobre lo de Eric), ciasteczko(thak you for your words :3) y Perfecta999(yes, Bill sucks). Than you very much for all your reviews. And I hope you are having a good start to the year.
I hope to update very soon.
See you! :)
~Miss Lefroy~
10/01/2021
