Capítulo 9
Tras una extenuante sesión de patadas y puñetazos que Sakura había olvidado que sabía dar tan bien, consiguió despejar la mente lo suficiente como para concentrarse solo en los datos objetivos de su vida.
Hacía casi veinte años que sus padres habían muerto. Aunque se parecía a su madre en muchos aspectos, y de su padre solo heredó la cabellera rosa, y las posibilidades de que alguien descubriera su verdadera identidad eran escasas o nulas. Sin embargo, Inochi y Chōza parecían más preocupados de lo que en teoría deberían estar. Y eso clamaba más averiguaciones.
A Sakura le habían enseñado a no confesar ni media palabra sobre su verdadera vida si no quería poner en peligro a quienes la rodeaban. Pero seguro que la policía lo decía pensando en que disponían de recursos mínimos para protegerla.
Por suerte para ella, Papá Noel había puesto a su disposición a un montón de tipos forrados e influyentes que contaban con todos los medios de seguridad posibles. Muchos más de los que cualquier funcionario con una placa podía ofrecer a su familia. Bien sabía Dios que muchas veces los policías ponían en riesgo a los suyos cuando trincaban a algún criminal importante, pero no por eso dejaban de hacer su trabajo. Tenía clarísimo que no iba a abandonar la vida que se había forjado a pulso.
Además, estaba Madara. Notó un cosquilleo en el vientre al recordar su episodio romántico. Él se había tomado su tiempo para desarmarla. Mirándolo en retrospectiva, no comprendía bien por qué se lo había permitido. Esa noche estaba más sensible, no gozaba de sus plenas facultades. Imaginó que de algún modo él lo sabía y no la había presionado para ir más allá.
Le costaría olvidar aquellos besos que le nublaban la mente y aquella respuesta explosiva de su cuerpo.
Sin embargo, lo último que Madara necesitaba era una novia provisional que manchara su reputación de futuro gobernador. Su breve incursión en el terreno amoroso tendría que limitarse a aquel único episodio.
Lástima. No le habría importado explorar las evidentes habilidades de Madara en la cama. A lo mejor tenía otra oportunidad cuando pasaran cinco años, después de que se hubieran celebrado unas nuevas elecciones y hubiera finalizado su etapa al frente del estado. Eso si mientras tanto no se buscaba otra esposa, claro. Sakura no pensaba permitir verse rebajada a segundona.
Circuló por la concurrida carretera de dos carriles en dirección a la casa de Temari y Hashirama en Malibú. No parecía que la siguiera nadie, y frente a ella se acumulaba el tráfico propio del verano.
Se veía en la obligación de explicarle a Tōka el peligro que corría si se trasladaba a vivir con ella. Lo más probable era que la damisela de origen británico decidiera no correr riesgos por muchas ganas de aventura que tuviese. En cierto modo, Sakura habría disfrutado de su compañía. Y tampoco le habría venido mal tenerla allí para atajar a Madara si llamaba a su puerta.
Había encontrado un breve mensaje de su galán en el contestador del móvil, diciéndole que pensaba en ella. Luego le explicaba que tenía que volar a Washington y que pasaría allí unos días. No quería sentirse decepcionada, pero lo estaba. Tan pronto deseaba estar con él como no volver a verlo. En sus relaciones de adolescente, las cosas no resultaban tan complicadas.
Sakura se detuvo frente a la finca de los Senju y pulsó el timbre del interfono sin dejar de sonreír a la cámara que enfocaba su coche. Con un lento runruneo del motor, el complejo mecanismo elevó la gran masa de acero para cederle el paso. Cuando la puerta se hubo cerrado tras de sí, enfiló el camino hacia la casa.
Mary, la cocinera de Temari y Hashirama, salió a recibirla a la puerta.
—Temari está acostando a Tim. Estará con usted en un minuto —dijo la mujer de mayor edad que Sakura.
Sakura entró en el amplio recibidor y depositó el bolso y las llaves en una mesa.
—Gracias, Mary.
—¿Prefiere esperar en la cocina o en la sala?
En condiciones normales Sakura habría preferido hacer compañía a Mary en la cocina, pero teniendo en cuenta la delicada conversación que le esperaba con Temari prefirió optar por un espacio más discreto.
—En la sala si no te importa.
En el rostro de Mary apareció una momentánea expresión de extrañeza, pero no dijo nada.
—En absoluto. Le serviré un café.
—Estupendo.
Enfilaron juntas el pasillo, pero Sakura se desvió hacia el salón más espacioso de la casa. Temari y Hashirama disponían de un salón en toda regla, pero como en la mayoría de las casas de Estados Unidos, este solo se usaba durante las fiestas navideñas y en ocasiones especiales. A juzgar por su amplitud, la casa de los Senju debería resultar fría y poco acogedora. Sin embargo, no era así.
En un rincón de la sala había una gran caja de plástico que contenía los juguetes de Tim. Encima de la mesita auxiliar se veían varios libros de cartón con marcas de dientes diminutos, y en medio del sofá había por lo menos una mancha de origen incierto que alguien había tratado de eliminar.
Efectivamente; incluso disponiendo de todo el dinero del mundo, el pequeño de dos años gobernaba la casa.
Sakura se sentó en el sofá y se recostó. Al instante oyó un pitido a su espalda. Alargó el brazo y dio con un peluche de los que hacen ruido cuando los aprietan.
Se echó a reír. «Por Dios, con esos trastos cualquier adulto se subiría por las paredes en menos de veinticuatro horas.» Temari le había aconsejado en más de una ocasión que se abstuviera de regalarle a Tim juguetes que hicieran ruido.
Sakura se ceñía a las instrucciones expresadas por su mejor amiga; en cambio, Madara siempre aparecía con el juguete más grande y más ruidoso. La Navidad anterior Tim había dado evidentes muestras de júbilo ante el regalo de Madara. El pequeño había estado entretenido con el hombre orquesta una hora entera a pesar de que a esa edad los niños no son capaces de mantener la atención durante mucho tiempo. Y el cachivache seguía ocupando un lugar preeminente en la sala de juegos.
Sakura se propuso mentalmente dar con un juguete interactivo ruidoso para la siguiente Navidad. Cogió un clásico de Dr. Seuss y fue pasando las páginas.
Oyó las pisadas en el pasillo antes de que Temari entrara en la sala con paso decidido.
—Creía que no iba a dormirse nunca.
Sakura arrojó a un lado el cuento y sonrió a su amiga.
—Es que las siestas son muy aburridas —bromeó.
—A mí no me lo parecen. Me encantaría poder hacer la siesta.
Tema recogió unos cuantos de los juguetes esparcidos por el salón y los arrojó dentro de la caja de plástico.
—No es necesario que recojas por mí.
—Lo hago por mí —repuso Temari—. Detrás de todo esto hay una casa preciosa, pero solo la veo cuando Tim está durmiendo.
Sakura echó un vistazo a la sala. Incluso con lápices de vivos colores tirados aquí y allá, la casa era impresionante. Algunos de los objetos delicados habían sido relegados a los estantes más altos o directamente retirados de la sala, pero la mansión de Malibú seguía resultando muy propia de un duque, una duquesa y un conde en edad de dar sus primeros pasos.
Temari estuvo un par de minutos ordenando cosas antes de que Mary regresara con el café y unas galletas caseras. Cuando la criada se hubo marchado, las dos amigas charlaron sobre las galletas de chocolate, los niños de dos años y el desorden que pueden llegar a crear, hasta que por fin Tema se sentó.
—Bueno... —empezó, inclinándose hacia delante y dando un hondo suspiro—. No has venido para hablar de galletas precisamente.
Sakura dejó el café sobre la mesita. Tenía las manos sudorosas.
—No. Venía a despedirme.
—¡¿Qué?! —gritó Tema.
—Hablo en pasado porque no pienso marcharme.
Temari se llevó la mano al pecho y se recostó en el asiento.
—No me des esos sustos.
—Lo siento. Yo... Esto es muy duro. Hay secretos que se guardan durante tanto tiempo que cuando los pronuncias en voz alta los viejos fantasmas vuelven a cobrar vida.
Temari alargó la mano y la posó en la rodilla de Sakura.
—Si tanto te cuesta, no tienes por qué contármelo. Pero espero que a estas alturas tengas claro que te guardaré cualquier secreto que me pidas.
—Ya lo sé. Lo que voy a contarte es confidencial. No espero que se lo ocultes a Hashirama ni a Tōka. —Ni a Madara tampoco, pero eso no lo dijo—. No sería justo pedirte que lo hicieras. Tienen que saber que cualquiera que se me acerque corre peligro.
El rostro de Temari se llenó de confusión, pero no dijo nada. Se relajó y aguardó a que Sakura continuara.
—Formaba parte de un programa de protección de testigos... Bueno, de hecho aún formo parte de él, aunque di al traste con todo al dejarme ver junto a Madara hace unos días.
Tema abrió la boca, pero volvió a cerrarla.
—Mi padre vio... —¿Qué debía revelar y qué no? Debía contarle a Temari lo necesario para que entendiera el riesgo que comportaba seguir siendo su amiga—. Vio cómo mataban a una persona. Bueno, a varias.
De hecho había sido una masacre, pero un crimen era un crimen; daba igual su naturaleza. Echar más leña al fuego solo habría servido para causar mayor sufrimiento.
—Yo tenía nueve años. Lo que voy a contarte lo he sabido después, yo no vi nada.
Por lo cual aún le parecía más frustrante tener que pasarse toda la vida medio apartada del mundo.
—Nunca hablas de tus padres —observó Temari en voz baja, con tono paciente.
Una fuerte oleada emocional empezó a apoderarse de Sakura. Nunca había sido propensa a llorar, pero estaba a punto de hacerlo. Muy a punto.
—Mis padres hicieron lo correcto. Lo de mi padre era un sinvivir. —Se puso en pie y empezó a andar de un lado a otro. Cogió un pequeño peluche rojo que había en una silla—. Decidió testificar en representación del estado. En casa no teníamos dinero, así que no nos costó tanto abandonar el viejo estilo de vida como les ocurre a otras familias. Supongo que, en ese sentido, incluso lo agradecí. No éramos de los que tenían a los abuelos cerca precisamente. Es posible que el padre de mi padre aún ande por alguna parte. Según me han dicho, los padres de mi madre han muerto.
—¿Y dónde están tus padres? —preguntó Temari tras una larga pausa.
Sakura le dirigió una sonrisa triste y sacudió la cabeza.
—Tuvimos cuidado, pero no suficiente.
Temari contuvo la respiración al comprender la verdad.
—He pasado mucho tiempo sola, en una carrera permanente de un estado a otro por si alguien me estaba acechando. Los dos policías que aparecieron el día de la rueda de prensa de Carter son los asignados a mi caso desde que cumplí los dieciséis años. No tengo problemas con la ley. El único delito que he cometido es comportarme como una estúpida.
Sakura levantó los brazos del muñeco y le tapó los ojos con las manos. «Tú no has visto nada. No eres nadie.»
—Y si sabías que ayudando a Madara corrías peligro, ¿por qué lo hiciste?
—Porque era lo que debía hacer. Fui yo quien le sugirió a Tōka que fuéramos a aquel bar. Y sabía que los tipos que se nos querían ligar tenían los nervios a flor de piel. —Sakura exhaló un largo suspiro y prosiguió—. Me sentía culpable. No podía quedarme de brazos cruzados viendo cómo la campaña política de Madara caía en un profundo abismo sin tratar de ayudarlo.
—Él lo habría comprendido.
—Tal vez. Da igual. Parece que la prensa cree que soy una inmigrante ilegal, así que seguramente en vez de ayudarlo he contribuido a disminuir las probabilidades de que salga elegido gobernador.
Tanto riesgo para nada.
Hubo unos instantes de silencio.
—¿Por qué querías volver a marcharte?
Sakura dejó el animal de peluche sobre la estantería antes de volverse hacia su amiga.
—Chōza y Inochi, los policías, se han encargado de recordarme por qué vivía a la sombra. El hombre que mató a mis padres sigue con vida, Temari. Está en la cárcel, pero tiene contactos. Pertenece a una gran familia que se vengaría encantada.
—¿Vengarse de una niña que no tuvo nada que ver con su condena?
—Hollywood nos presenta a Dillinger y Al Capone como unos señores, pero en realidad eran unas bestias que destrozaban familias enteras. La gente cerraba la boca porque la atemorizaban con sus amenazas. En el mundo hay muchos Al Capone sueltos, de todas las edades y procedencias. El tipo que me la tiene jurada dejó bien claro que me encontraría. Su misión en la vida es borrar de la faz de la Tierra a la progenie de mi padre. No hay motivo para pensar que ha descubierto el camino de Dios y ha cambiado de idea.
—¿Cuántos años tenías cuando murieron tus padres?
—Nueve.
A diferencia de Sakura, Temari sí que era de lágrima fácil, y ya tenía los ojos arrasados.
—Oh, Sakura, lo siento mucho. ¿Qué clase de amiga soy para no haber sospechado nunca nada de todo eso?
Sakura sonrió y trató de ponerse bromista.
—Madara tiene pinta de galán de Hollywood, pero la que mejor actúa soy yo.
Temari pestañeó para aguantarse el llanto y esbozó una sonrisa forzada. Se puso en pie y se dirigió hacia Sakura.
—No sé si ponerme hecha una furia porque no me habías contado nada o sentirme halagada de que me tengas la confianza suficiente para hacerlo ahora.
—Soy una carga, Temari. Es peligroso estar cerca de mí.
—No estás convencida de eso; si no, te habrías ido.
Sakura asintió. «Es posible.»
—A lo mejor me voy. Pero, al menos, ahora sabrás por qué. No me apetecía nada desaparecer del mapa y dejarte para siempre con la incógnita.
—No digas eso. No te irás a ninguna parte.
—No es que tenga ganas, la verdad.
Temari frunció el entrecejo.
—Claro que no. Tienes amigos que saben cuidarse y que también podrán cuidar de ti.
Sakura miró a Temari a los ojos y suspiró.
—De eso me fío. Si no dispusieras de medidas de protección, no habría venido a verte. —Le preocupaba más la seguridad de Temari y su familia que la propia. Por lo menos eso era lo que quería creer.
—¿Rasa?
El carcelero lo llamó desde unos metros de distancia. Llevaba en las manos un periódico enrollado y sujeto con una goma.
—Te traigo más pósters.
Rasa sonrió al ver acercarse a Devin y se preguntó qué noticias traería la prensa. En la cárcel se empalmaba un día con otro sin ningún objetivo a la vista. Su único aliciente era enterarse de lo que ocurría en el exterior.
La mayoría de sus compañeros de prisión recibían visitas de algún que otro familiar de vez en cuando. Rasa no. Su codicia y su egoísmo habían destruido a su familia y cualquier esperanza de volver a ver a los miembros que seguían con vida. Aunque llegaran a concederle la libertad condicional, no podría acudir a sus hijas.
Rasa se puso en pie y extendió la mano para recoger el periódico.
—Gracias —dijo al carcelero.
Devin se encogió de hombros y se alejó.
Emitió un murmullo de expectación y un sentimiento cálido invadió lo más profundo de su ser. En lugar de abrir el periódico sobre la mesa más cercana, Rasa optó por un poco de soledad y subió el tramo de escaleras que conducía a su celda. Aún disponía de media hora antes de que los demás presos se vieran obligados a retirarse a las exiguas literas de sus cuchitriles con barrotes. Sin embargo, Rasa renunciaba con gusto al breve momento de relativa libertad por una imagen de su nieto.
Sus dos compañeros de celda no ocupaban el pequeño espacio de que disponían cuando Rasa se sentó en el catre y abrió el periódico. Se saltó la portada y las páginas de economía y fue directamente a la sección de ocio y sociedad. En cuanto los vio soltó un resoplido. Una boda en toda regla, y con bastantes invitados. El novio tenía en brazos a un niño pequeño que sonreía a la cámara. La mirada de Rasa recayó sobre una joven en silla de ruedas y acarició su imagen con el pulgar. Ojalá pudiera hacer que volviera a andar.
El arrepentimiento le atenazaba la garganta.
Sonó el timbre que anunciaba el final del tiempo libre de los presos. En menos de un minuto, Haku y Zabuza regresaron a la celda.
Haku compartía celda con Rasa desde hacía bastantes años. Casi siempre estaba tranquilo, excepto cuando dejaba de tomarse la medicación y lo asaltaba su lado maníaco. Igual que Rasa, Haku cumplía condena por fraude. Lo habían pillado suplantando a los confiados propietarios de un pequeño negocio y limpiándoles las cuentas. No era violento, y Rasa lo agradecía.
Zabuza había entrado en su celda hacía solo unos meses. Tenía cuerpo de jugador de fútbol americano, así que Rasa mantenía las distancias con él. El hombre se comunicaba poco y solo sabía hacerlo con los puños. Rasa no confiaba en él y no sabía por qué estaba entre rejas, aunque lo sospechaba. Al principio de entrar en la cárcel vio que los tipos peligrosos no ocupaban la misma sección que los presos como él. Pero los recortes en el presupuesto y la escasez de recursos obligaron a mezclar a los presos.
Rasa no era de los que se arrugaban con facilidad. Medía más de un metro ochenta y nunca se saltaba las comidas. Sin embargo, tampoco era estúpido y ni por un segundo se planteó la posibilidad de salir airoso en una pelea con Zabuza.
—¿Qué tienes ahí, Rasa? —preguntó Haku mientras se colaba por el pequeño espacio entre las literas—. Ah, ¿estas son tus chicas? —Haku había visto otras fotos y conocía en parte la historia de Rasa.
—Sí.
—El niño crece muy deprisa.
Zabuza volvió la cabeza y echó un vistazo a la página.
—Creía que tu hija ya estaba casada.
—Y lo estaba.
El titular del artículo explicaba que la pareja había renovado sus votos matrimoniales. Rasa lo señaló de modo que las palabras del reportero sirvieran para hacerle comprender lo que mostraba la imagen.
Zabuza se disponía a darle la espalda cuando se detuvo en seco y miró mejor.
A Rasa le entraron ganas de apartar el periódico de su vista, pero se contuvo.
—¿Esos son amigos de la novia? —preguntó Zabuza mientras señalaba a las demás personas de la fotografía.
—Supongo que sí —dijo Rasa, que no conocía a ninguna de ellas personalmente. Sabía sus nombres, pero no quién era quién.
Cuando Zabuza se dio media vuelta, Rasa dobló el periódico con esmero y lo colocó junto con los demás en la pila.
