CAPÍTULO X

Sin imaginarse lo lejos que se encontraba Terry de su suposición, una noche, mientras paseaban por las calles de Ginebra, la rubia le preguntó a Albert sobre los cambios que habían sucedido en Estados Unidos, demostrando su interés por primera vez, desde que había salido de ahí hacía tanto tiempo.

Iban separados y Candy tenía un semblante pensativo:

- ¿Por qué tienes curiosidad? – intentó controlar su ira.

- Tengo ganas de regresar a Chicago, visitar la tumba de todos ellos – su voz se quebró por la tristeza.

- Pero, no tenemos nada que hacer allá. Chicago está muy cambiado, aunque la mansión se ha conservado. Creo que no es bueno que te estés lastimando con el pasado. Aquí estamos bien – trataba de convencerla. No era conveniente que estuviese presente, después de haber visto con sus propios ojos lo que nunca se imaginaría en la vida.

- Tú has tenido oportunidad de viajar por allá. Hablas así porque ya has ido, sin embargo, yo siento esta necesidad de regresar – no le quitaba la vista de encima. ¿Por qué se rehusaba a aceptar?

- Tiene que haber una razón más poderosa para que quieras hacerlo – los celos iban y venían como en un remolino que le recorría de pies a cabeza.

- Creo que tengo tanto derecho como tú de ir hacia mi tierra natal, después de todo lo que nos sucedió, ¿no crees? – el rubio se quedó callado. Ya le había desafiado una vez.

- ¿Quieres partir pronto? Yo tengo asuntos que arreglar en la ciudad como para poder regresar a Chicago dentro de muy poco tiempo. De menos algunos meses debo de pasar aquí para poder estar a cargo de la empresa allá. Recuerda que todo lo trasladé a Ginebra – encubrió su preocupación.

- Estamos condenados a la eternidad. Unos meses más no me alteran. Créeme – percibió un sarcasmo en su voz.

- No quise molestarte. Es sólo que, nunca había sabido de tu interés por regresar en algún momento.

- No me molesto. Sólo te expreso una necesidad – su mirada se perdió en la oscuridad.

Después de ese encuentro, Albert se encontraba furioso en la sala de su casa. Recordaba lo acontecido unos meses atrás, cuando había ido a Nueva York la última vez:

Le habían propuesto adquirir acciones de una empresa americana, que prometían ser rentables. Sabía que el corporativo tenía inversiones en múltiples sectores, interesándole aquél de las tecnologías de comunicación.

Estudió junto a Marcus el expediente e historial de la empresa y llegaron a un acuerdo. Por medio de la empresa en común que habían creado, habían aceptado comprar dichas acciones.

Estuvieron preparando, mediante la ayuda del consejo de asesores del suizo, las citas pertinentes que sólo requerirían las firmas de los directivos. No querían perder el tiempo en burdas negociaciones, ya que para eso tenían personal competente, y que podría trabajar por el día. Marcus y él estarían presentes sólo en la formalización de los acuerdos.

Avisó a Candy que se iría por una semana a Nueva York y regresaría.

La rubia no tenía interés en ese momento, de acompañarle.

Albert se dio cuenta que la ciudad todavía le traía dolorosos recuerdos, lo que le enervaba sobremanera, así que siguió con sus propios preparativos, mientras el odio y el rencor se acrecentaban cada vez más en su ser.

Tenían las reservaciones del hotel y avión.

Habían decidido viajar por el día, para poder disfrutar la noche en cuanto tocaran tierra americana. Marcus optó por rentar un avión particular de aquella empresa italiana conocida entre la estirpe, cuyo servicio no objetaban en nada y les tenía sumamente complacidos.

En cuánto llegaron a la ciudad neoyorkina y se instalaron en el hotel de la misma empresa, Albert y Marcus decidieron salir a caminar por las calles para despejarse un poco. Se habían alimentado en el hotel, cuya especialidad eran seres como ellos, por lo que no hubo necesidad de cazar. Marcus no bebía cualquier tipo de sangre.

Mientras recorrían las avenidas repletas de gente, Albert miraba distraídamente mientras seguía a Marcus. Decidieron entrar a un restaurante lujoso con una increíble vista de la ciudad. Pidieron un lugar privado mientras fingían que beberían una fina botella de vino. Retomaron su conversación sobre el asunto que les había llevado a Nueva York.

Albert se dio cuenta que dos hombres entraban y se instalaban en otro de los privados. Volteó a verlos rápidamente y de pronto, su semblante se transformó:

- ¡No puede ser! – sus ojos se abrían asombrados de par en par ante la imagen que tenía enfrente.

Terrence Granchester se encontraba en compañía de otro hombre y se estaban acomodando en la mesa.

El otro le miró contrariado:

- ¿Qué sucede? – te has quedado callado. Veía en dirección al otro privado sin entender que estaba ocurriendo.

- ¡Está vivo, Marcus, Terry está vivo! – se volteó rápidamente para que no le vieran.

Pagaron la cuenta y salieron rápidamente de ahí. Los otros no se percataron de la presencia de ambos.

- ¿Qué demonios está pasando? – le preguntó el suizo en cuanto salieron. Albert estaba anonadado y furioso.

- ¡Ese maldito actor! ¿Entiendes? ¡Ese maldito sigue vivo! Pero… ¿cómo, qué hace? – movía la cabeza en señal de confusión.

Llegaron al hotel y se dirigieron a sus aposentos.

Marcus finalmente pudo comprender lo que le pasaba. Recordó esa noche en que Candy, malherida, lo había nombrado, pero no comentó nada.

- ¿Qué piensas hacer? – su pregunta le hizo tomar una decisión drástica.

- ¡Debe desaparecer, ella no puede saber que sigue existiendo! – la respuesta tensó la situación. Marcus asintió tácitamente.

- Haz lo que creas necesario – fue el último comentario.

Esa noche se sentía igual de aturdido por la noticia, de saber que ella quería regresar a Chicago.

Había decidido hacía un par de semanas mandar a investigar cada uno de sus pasos para poder estructurar bien su plan de asesinarlo. Sin embargo, no contaba con que la rubia le pediría que regresaran pronto a Chicago. Su mente comenzó a nublarse aún más por la rabia y los celos. Además, le había dolido en lo más profundo que ella ni siquiera volviera a interesarse en verle como hombre.

Se sentía frustrado de no poder tocarla y de ni siquiera poder abrazarla.

Tantos años de sufrimiento y rechazo por parte de ella habían comenzado a afectarle seriamente. Se sentía despechado e impotente de saber que nunca lograría cambiar ese sentimiento profundo en la chica. Lloró de rabia y coraje al saberse siempre relegado a un segundo plano en su vida.

En ese momento, su frustrada pasión lo cegó y le hizo actuar impulsivamente.

El magnate buscó ansiosamente a Candy.

La encontró concentrada en el ordenador y se acercó sigilosamente a ella. La chica se dio cuenta que el hombre le observaba fijamente.

Ella se sobresaltó:

- ¿Qué pasa? – vio que se aproximó hacia ella y tomaba su rostro dándole un forzado beso. La rubia lo rechazó. Al ver su rostro, le desconoció - ¿Qué crees que haces? – su boca volvió a ser callada por otro beso.

Sus intenciones vaticinaban una situación violenta y presentía lo que vendría.

La chica comenzó a defenderse tratando de golpearle el rostro. La pareja se enfrascó en una fuerte pelea. En un momento de descuido de la joven, Albert le propinó un fuerte puñetazo que la mandó de espalda contra la pared, dejándola demasiado aturdida. Debido al estruendoso golpe en la cabeza, Candy tardó en reaccionar, momento que aprovechó el magnate.

La miró fijamente mientras sus brazos la sujetaban con fiereza, al mismo tiempo que continuaba golpeándola. Estaba fuera de sí y su semblante horrorizó a la rubia, quien a pesar de estar malherida, pudo divisar su expresión: parecía un lunático. Ella intentaba defenderse y oponer resistencia, sin lograrlo. Se sentía muy mal y sus fuerzas no eran las mismas en comparación a las de él, en parte, debido a los fuertes golpes que le había dado.

Con agresividad le arrancó la ropa y la aventó hacia la cama y el infierno comenzó al sentir su boca por su rostro y cuello. Estaba perdida y sintió que asistía hacia esa horrible vejación como una espectadora más. "¡No soy yo, no soy yo!" se repetía internamente mientras sus ojos se encontraban fuertemente cerrados.

Mientras apretaba su cuello para someterla, y se colocaba encima de ella con violencia, el ojiazul logró hacerla suya con furia, queriendo dejarle en claro que ella solo le pertenecía a él. Cada beso, cada gemido, cada acometida dentro de ella, era un claro signo de delimitación de su territorio.

Esa noche, Candy supo que ya no podía seguir por más tiempo junto a él. Cerró los ojos y en ese momento se transportó a otra parte.

Lágrimas negras rodaban por su mejilla.

Se sentía completamente vulnerable e indefensa, y él le había prometido que jamás volvería a tocarla. "¡Eres un maldito desgraciado!", pensó con rabia para sus adentros mientras él abusaba de ella.

Los agitados gemidos le confirmaron que el magnate ya estaba más que satisfecho.

En cuanto se separó de ella, la joven tomó sus ropas y se cubrió. Se sentía pésimamente. Le odio más que nunca, pero se aguantó. Ya se cobraría lo que le había hecho esa noche. La anhelada libertad fue su más grande objetivo en ese momento y debía andar con cautela.

En un momento de lucidez y después de darse cuenta de lo que había hecho, el empresario intentó acercarse con una aparente actitud arrepentida a ella y Candy se acurrucó con temor en la cama y le ignoró, mientras cerraba sus ojos para no salir corriendo ante su tacto.

Tendría que actuar lo mejor posible para poder salir cuanto antes de ahí. Sabía que si se ponía agresiva, no dudaría en vigilarla aún más, y no podría permitirse eso. Tenía que seguir como siempre, aunque por dentro estuviese muriendo. Las ideas empezaron a inundar su mente.

No tardaría en estar libre pronto.

- Candy... yo... ¡perdóname! ¡Diablos!, ¡No entiendo qué me pasó! – la voz compungida del millonario la regresó a la realidad.

- Puedes retirarte. No hay más que hablar. ¡Déjame sola! – sintió que el sonido de su voz se volvía un lejano eco, mientras ponía mentalmente en orden los pasos a seguir para huir. Se dirigió al baño dejándolo solo.

- ¡Candy! ¡Espera Candy! ¡Candy perdóname! – corrió tras ella, pero ésta le cerró la puerta en la cara.

Dio un fuerte golpe a la pared descargando todas sus frustraciones y salió apresuradamente del lugar.

Se perdió entre las oscuras calles.

Iba sumergido en un mar de reproches.

Esa no era la manera en que ella le amaría. "¿Qué he hecho?" Pensó mientras trataba de recobrar la compostura. Un súbito temor le llegó de repente: "¿y si ella sabía de su existencia ya, y si corría a buscarlo, después de lo que le había hecho?".

La desesperación y angustia le llegaron hasta lo más profundo de su ser, trastornándole de nuevo. Supo que debía actuar cuanto antes. Una irónica sonrisa se dibujó en sus labios. Tenía que mostrarse arrepentido y cambiar radicalmente su actitud, volviendo a ser el Albert de antes.

Todo por un enfermizo objetivo:

- ¡No permitiré que se encuentren de nuevo, así tenga que matarlos! – su mirada azul se oscureció. Siguió buscando su alimento.

Al regresar, no la encontró. Quizá estaba ya en su recámara.

El amanecer no tardaba en anunciarse, y se dirigió rápidamente a la suya. Mientras se sumían en el letargo, Albert repetía una frase en su mente:

¡Terrence Granchester tenía que morir!


Hacía un par de semanas que había conocido a esa "entrometida misteriosa", como había apodado a esa jovencita del Central Park. Le había hecho sentir bien, a pesar de su repentina aparición. Había estado meditando sobre lo que le había dicho y seguía intrigado por la manera en que había descubierto su sentir justo esa noche en que volvía a llorar por su pecosa.

¿Por qué le había hablado de un destino con recompensas?

Recordó su chispeante forma de ser y la manera en que se tuvieron que conocer. "Sigue siendo bastante entrometida, de todas maneras", pensó al llegar al enorme parque.

Se encontraba de nuevo en el mismo lugar.

Tenía demasiada curiosidad por su personalidad. No negaba que era linda, además, le había dejado pensando sobre ese mundo tan diferente al suyo. Apenas y sabía algo por medio de su amigo Elisha. Buscaría el momento ideal para conocerla mejor. Quizá la podría invitar a salir si se daba la oportunidad de planteárselo. "Nunca he tenido una amiga, después de ella", su mirada azul se volvió melancólica.

No había querido decir nada a Nikolas porque quería seguirla tratando un poco más.

A pesar de ser enigmática, le había inspirado mucha confianza, cosa que no había sentido en todo ese tiempo. Había algo en su forma de ser que le había hecho sentir de una manera, podría decirse, confortable, pero no sabía describirlo con precisión.

Estaba en el mismo árbol y sacó su armónica.

Su mente había regresado a su eterno recuerdo y comenzó a rememorar esa inolvidable ocasión en que la había besado y amado la última vez. Había grabado cada parte de su cuerpo. Una lágrima oscura salió de su triste mirada azul.

Una voz lo distrajo:

- ¡Vaya! ¿De nuevo aquí? – la chica estaba sonriente. Llevaba un largo vestido oscuro y unos zapatos de piso del mismo color.

- Hola, Aisha – borró todo rastro de tristeza. La joven movió su cabeza. Le había visto llorar.

- Hola, Terrence – se sentó a su lado. Se quedaron en silencio, hasta que ella habló.

- ¿Habrá algo que pueda remediar tu tristeza? – la pregunta dejó pensativo al chico.

- No creo. Es algo que no tiene remedio – contestó sin dar mucho detalle.

- ¿Por qué? – insistió nuevamente la joven.

- Porque cuando la muerte está de por medio, sabes que será una ausencia jamás compensada de nuevo. No hay esperanza alguna – su mirada se perdió en un punto imaginario.

- Entiendo. Pero ¿y qué de tu vida? ¿Ni siquiera te interesa seguir existiendo? – Aisha fue sutil en las palabras. Los vampiros sufrían mucho de soledad y crisis existenciales, desde su punto de vista.

- Ya estoy muerto en vida. No queda más para mí – la miró fijamente.

- Y entonces ¿qué esperas para acabar con ella?, no creo que sea difícil esperar los primeros rayos del sol para poner fin a todo ese sufrimiento. ¿Por qué no lo has hecho? – la joven habló con voz grave.

Terry se quedó pensando seriamente en su pregunta.

Si realmente estaba desolado y ya no tenía esperanza alguna ¿por qué no había decidido terminar con todo ese sufrimiento?, ¿qué era lo que le infundía ánimos para seguir viviendo?

Nunca se lo había preguntado tan detalladamente. La chica sonrió y se levantó. Le extendió una mano y le invitó a caminar.

Recorrieron una parte más oculta del enorme Central Park.

Terry estaba a la defensiva, puesto que sabía de la existencia de bandas y grupos peligrosos en muchos de sus bordes. La joven caminaba a su lado como si estuviese en un lugar inofensivo. Su aspecto era despreocupado y su forma de ser era demasiado relajada. Aprovechó para preguntarle más sobre ella:

- ¿Y finalmente me podrás explicar quién eres? – detuvo su marcha, mientras la veía directamente a los ojos.

- La verdad no es gran cosa. Efectivamente soy mortal, pero, hace tiempo me di cuenta que podía hacer ciertas cosas, que los demás seres humanos normales no harían. Usar magia es algo delicado y amerita una buena razón para emplearla. Pero si de algo puedes estar seguro, es que no me gusta hacer daño – sus ojos grises expresaban demasiada sinceridad. Su apariencia era candorosa.

- Entiendo. ¿Y cómo es que puedes estar por estos lugares sin andar a la defensiva? No creo que encuentres caras bondadosas aquí todo el tiempo, más con lo entrometida que sueles ser – ahogó una risa de burla.

- Eres realmente estresante cuando te lo propones. Créeme que en lo que menos pensaba esa noche, era en encontrarte. Mucho menos en saber que eres un rudo de carácter. Esas no son maneras de dirigirse a una mujer. ¡Exijo respeto! – disimuló estar molesta, aunque por dentro, sabía que él no era así. Pudo percibir su enorme tristeza.

- Ahora resulta, que encima de entrometida, eres feminista. ¡Habíase visto semejante cosa! – dejó exclamar un silbido de resignación y burla.

- Definitivo. Eres caso perdido. Haré de cuenta que no te oigo – después de haber dicho eso, la joven desapareció. Terry volteó para todos lados. No se oía ni sentía nada.

Una risa se oyó a lo lejos.

Divisó una tenue sombra y vio que era ella.

Estaba sentada sobre una banca. Le miraba divertida, mientras el ojiazul se movía rápidamente hasta llegar a ella. La chica no se movió, lo que significaba que esperaba verlo sentado a su lado.

Terry le observó fijamente. Su cabello estaba recogido en una coleta y su rostro expresaba demasiada tranquilidad. Era un poco más baja de estatura que él, y tenía un cuerpo menudo sin dejar de ser esbelto. Su vestido delineaba sutilmente el contorno de su figura.

Una pregunta lo distrajo de su observación:

- ¿Qué me ves? – la chica se paró y le devolvió la mirada.

- Nada especial. ¿Vives por aquí cerca? – el actor siguió caminando mientras la invitaba a continuar a su lado.

- No. Vivo cerca de Queens. Pero me gusta venir a pasear aquí – su andar era demasiado sutil, como si fuera una graciosa bailarina de ballet.

- ¿Y a qué te dedicas? – quería saber más de ella.

- No hago gran cosa. Trabajo en una librería durante el día y los fines de semana en un café-bar. Me da lo suficiente para vivir. No me gusta complicarme la existencia, ¿y tú? – respondió con cierta indiferencia.

- Yo me dedico a promocionar exhibiciones de pinturas y obras teatrales. Soy empresario artístico – le narró un poco más lo que hacía, así como la ayuda que brindaba a gente de escasos recursos.

- ¡Vaya! Realmente debajo de esa apariencia tan desagradable y amargada, se esconde un buen hombre. Es hermoso lo que haces. No mucha gente con posibilidades económicas apoya a los más necesitados, al menos en este mundo tenebroso que habitamos – comentó alegremente, aunque sabía que sus palabras no eran demasiado amables.

- Gracias por tu cumplido. Me gusta ayudar. ¿Aceptarías que un día te invite a salir? Quizá puedas explicarme más a detalle algo sobre mi destino. A lo mejor podrías enseñarme tu bola de cristal. Seguro desde ahí fisgoneas en la vida de los demás – le dijo a manera de burla, pero su voz sonó seductora y a la vez galante. Aisha rió de buena gana.

- ¿Eso es una cita?, ¿acaso el triste caballero también se da tiempo para lanzarse a conquistar jovencitas "entrometidas y enigmáticas"? – siguió riendo.

- Bueno, si me gusta conquistar mujeres, pero tú no eres mi tipo. Aparte de meterte donde nadie te llama, eres demasiado joven para mí – le contestó de manera arrogante mientras analizaba su reacción.

- Si tú lo dices, quizá soy muy joven – esto lo dijo con aire enigmático – sin embargo, eres igualmente correspondido... Terrence. Me gustan los chicos educados, alegres y optimistas – se guardó un comentario adicional, que seguramente no le gustaría en nada al ojiazul – pero, acepto tu proposición – se habían parado frente al lago.

- ¡Vaya! A pesar de todo lo negativo que soy, la entrometida acepta salir conmigo. ¿Cuándo estaría disponible, Su Majestad? – le hizo una reverencia burlona. Aisha lo ignoró.

- Podríamos vernos el próximo fin de semana fuera del café donde trabajo. Me desocupo un poco más allá de medianoche – le dio las coordenadas para llegar. Terry las anotó en su elegante agenda.

- Ahí estaré puntual, "jovencita entrometida" – sonrió de lado mientras la chica mostraba un semblante resignado.

- Por más siglos que pasen, seguirás siendo el mismo pesado, maleducado y arrogante de siempre. Ahora me retiro. Hasta la próxima – levantó la mano en señal de despedida y antes de que el inglés reaccionara, había desaparecido.

Terry regresó en busca de su auto.

Había disfrutado enormemente haciendo contrariar a la chica. Tenía mucho tiempo de no divertirse a su peculiar modo y de alguna manera, le hacía pasar un buen momento.

Regresó a Newark.

Decidió esperar un poco más para hablar a Nikolas de su nueva amistad.


Habían pasado algunas semanas desde que Candy había sido ultrajada brutalmente por el magnate. Aunque éste había suavizado su tacto, volviendo a ser el mismo de antes, volcándose en exageradas atenciones de cariño y ternura hacia ella con un aparente arrepentimiento, la ojiverde nunca más volvió a creer en él.

Lo detestaba con todas sus fuerzas, y había estado investigando la manera de poder huir de noche sin que Albert se diese cuenta. Había decidido esperar a alguno de sus múltiples viajes cortos que solía hacer por Europa. Había escuchado comentarle a Marcus que tenían que asistir a una reunión muy importante en Berlín. Casi gritó de júbilo cuando se enteró que coincidía con el viaje de su amiga a Lituania.

Había estado viendo frecuentemente a Loretta, a pesar de los constantes recordatorios de Albert. Como andaba solícito con ella a raíz de ese violento episodio, no le quedó de otra más que ceder a esa petición de estar con su única amiga. La había puesto al tanto de su proyecto y su amiga, indignada por lo que le contaba su confidente, no dudó ni un solo momento en apoyarla para escapar.

La rubia no quería que sospecharan de su amiga, así que aprovecharían el tiempo lo más que se pudiera para que cuando estuviera en América, la otra chica ya no se encontrase en Suiza. Recordaba que debía visitar a sus padres en Lituania y eso nunca se lo había comentado a Albert, además de que personalmente no se conocían. La recompensaría generosamente por su invaluable apoyo.

Esa noche, se encontraban en el cuarto de estudiante de la joven en la universidad. Candy estaba vestida como una universitaria más y logró pasar desapercibida. Estaban haciendo una lista de pasos a seguir para iniciar el plan de su viaje hacia Nueva York:

- Corine, por qué no nos vemos durante el día, creo que podríamos ser menos obvias y tu marido, pues ni cuenta se daría, por estar en su oficina – la rubia la miró fijamente y tuvo que inventar una muy buena excusa para hacerla desistir.

- Prefiero viajar de noche y he podido obtener los datos de una empresa que puede hacer traslados particulares – su amiga casi da un grito al ver el precio de los servicios.

- ¡Esto es demasiado dinero Corine! ¿De dónde lo vas a sacar? – la rubia sonrió. Hacía tiempo que contaba con un fideicomiso que Albert había puesto a su disposición. Nunca le pidió cuentas de los gastos de ese dinero.

- De eso no te preocupes. No olvides que mi marido es empresario, Loretta. Ya tengo casi todo listo. Solo debo pagar lo último. Pero tenemos que verificar bien de qué manera debemos salir, sin levantar sospechas. Además, no quiero que te pase algo, o que vaya a buscarte furioso. Espero ya te encuentres en Lituania para cuando se dé cuenta, ya que he decidido irme el mismo día que tú. El viaje de mi marido coincide con nuestros planes – la joven estudiante la miró con cara de sorpresa. No se lo esperaba, puesto que su partida a Lituania se encontraba muy próxima.

- ¡Dios mío, tenemos que actuar ya! Deseo que todo salga bien para ti. ¡No mereces seguir sufriendo con ese bastardo! – no pudo contener su coraje con aquel sujeto a quien no conocía y no tenía la menor intención de hacerlo.

- He decidido cambiar mi apariencia. Viajaré disfrazada y en Nueva York cambiaré hasta mi forma de vestir. No dudo que él empiece a mandar a alguien para vigilarme. ¡Ay, amiga! Tengo tanto miedo, puesto que tendré que vérmelas sola, pero no me importa, con tal de estar lejos de él. ¡Ya no lo soporto! – estaba angustiada y evitó llorar.

- Verás que todo sale bien. No dudo que encuentres algo bueno por allá. Eres fuerte y siempre has salido adelante. No te desanimes. Cualquier cosa, tienes mis datos y podemos seguir en contacto – la chica estimaba demasiado a esa rubia. Era su más grande amiga y confidente.

- Eres una mujer muy amable. Yo nunca terminaré de agradecerte. No sabes qué feliz me siento de pensar que pronto seré... ¡libre! – Loretta sintió un poco de pena por ver la situación en que se encontraba su amiga.

- Sigamos con lo que tenemos que organizar. Recuerda que yo viajaré en la noche también. Podríamos vernos en el aeropuerto y despedirnos. Por cierto ¿ya tienes los horarios? - la rubia asintió.

Albert se iría mucho antes que ellas y Candy había pedido el vuelo para ya muy entrada la madrugada.

Justo antes del amanecer.

Le había costado un buen soborno a varias personas del aeropuerto para que la pudieran sacar por otra parte, debido al carácter privado del vuelo.

El plan ya tenía forma.

Candy le haría llegar poco a poco algunas cosas que llevaría con ella a Estados Unidos, objetos que eran parte de sus recuerdos y su vida pasada.

Loretta las tendría hasta el momento de su partida.

Viajaría directamente en el vuelo privado hacia Nueva York. Las cabinas de esos aviones tenían la particularidad de estar completamente selladas a cualquier indicio de luz, y la rubia pasaría ahí el día, mientras esperaba a que el sol se ocultara. La aeronave arribaría al aeropuerto alterno de Newark y de ahí se movería silenciosamente a Nueva York. Debía buscar un lugar donde viviría, y sabiendo que la ciudad neoyorkina era la que más seres nocturnos tenía, prefirió radicarse en una ciudad cercana pero más pequeña, y sobre todo, donde no tuviese demasiado contacto con otros no muertos.

Conocía las seis tradiciones y no quería darse a notar pronto.

Una filial inmobiliaria del gigante italiano le ayudaría a ubicar algo cómodo y discreto. Las reservaciones en el hotel ya estaban hechas.

Aprovecharían esa noche en que Albert se despediría de ella para poder salir momentos después, aduciendo que vería a su amiga.

Había comprado una peluca de cabello negro que le llegaba un poco debajo de la nuca, y el corte hacía rememorar a Uma Thurman en aquella peculiar película de Pulp Fiction. Se había comprado unos lentes de contacto de color café claro y cambió su manera de vestir. Debía usar maquillaje para ocultar sus pecas. Luciría mucho más casual, con atuendos juveniles que le dieran el aspecto de una jovencita universitaria.

Los espejos estaban negados para la estirpe, sin embargo, no quitaba que ella pudiera sentir que su apariencia era realmente diferente. No quiso mostrarle a Loretta su nueva imagen, debido a que quizá la obligaría a ver su propio reflejo.

El tiempo se iba acortando y las ansias de libertad de la rubia ya estaban cada vez más cerca.

Siguieron afinando los detalles.


Albert se encontraba demasiado ofuscado y estaba consciente de lo que había hecho con Candy. Aunque sabía que se había portado como un patán con ella, no pudo negar que había disfrutado mucho el encuentro, a pesar de saber que ella había sufrido demasiado.

Lo tenía completamente obsesionado.

No podía dejar de celarla a cada paso que daba. Era solo suya. Esperaba ablandar su actitud de desconfianza con sus supuestas atenciones tiernas.

Le había llegado ese día un sendo sobre con la información detallada sobre el empresario Joshua McDowell, el actual nombre del actor, quien ahora se dedicaba a actividades empresariales artísticas, en compañía de Frank Ash, otro inquietante personaje.

Eran seres igual que él.

Estaba furioso.

El maldito había osado encima seguir utilizando el mismo nombre que había usado la primera vez que había regresado a buscarla, hacía tanto tiempo.

Sabía que nunca había olvidado a Candy.

- ¿Estás seguro de lo qué vas a hacer? – la voz de Marcus lo sacó de sus recuerdos. Le esperaba hacía unos minutos.

- ¿Tú qué harías en mi lugar? – le regresó la pregunta.

- Antes que nada, para llevar a cabo un acto así, es porque no estoy seguro de que ella me ama – su respuesta caló hondo en el rubio.

- Siempre he sentido que ella no lo ha olvidado. A pesar de haber pasado tanto tiempo, no me ha podido decir que... realmente siente algo por mí – por fin reconocía la realidad que se abría ante él, sin embargo, no la soltaría tan fácilmente.

- Y deduzco que no dejarás que se aleje de tu lado, si es que lo llega a ver de nuevo, ¿o sí? – alzó una ceja mientras le observaba.

- ¡No, eso nunca! Ella me pertenece, y él no sabe siquiera de su existencia. Ahora, ella me ha pedido que regresemos a Chicago – le contó a grandes rasgos su plática con la ojiverde. Omitió la violenta noche en que había saciado sus instintos.

- ¿Piensas mandar a solucionar el problema antes de ir, verdad? No sabes qué tipo de gente le frecuenta, debes de vigilarle más de cerca – le aconsejó con semblante impasible el suizo.

- La persona que contraté tiene órdenes de seguirle los pasos, para tener más detalles de su vida. Ella me ha dicho que podría esperar el tiempo que sea necesario para irnos a Estados Unidos. Puedo darle largas mientras envío un grupo de gente a acabar con él – su mirada destellaba de furia. Candy era solo suya.

- Tengo varias opciones para esos efectos, sin embargo te pediría que lo manejes con absoluta discreción. No quiero que nuestros nombres se vean implicados. Te ofrecí mi apoyo porque has demostrado ser un gran amigo. Pocos tienen ese favor de mi parte – le recalcó severamente Marcus.

- Marcus, no debes de preocuparte por eso. Lo menos que te involucre es lo primero que tendré en cuenta – le prometió solemnemente.

- Ten mucha precaución – Marcus no estaba convencido de lo que quería hacer, sin embargo, no le quedaba de otra más que secundarlo.

Bastó un par de llamadas a los contactos necesarios y Albert ya tenía los datos de la persona que podría ayudarle.

- No sé si sería una buena opción. Es un joven que trabaja eficazmente. Se llama Gath Forrester y vive en Argovia. Lo tengo disponible para misiones muy especiales. Trabaja por su cuenta; sabe usar armas de varios tipos. Tengo amistades que han usado sus servicios y han quedado completamente complacidos por su efectividad. No lo conozco personalmente, pero te pido de favor, medites bien lo que vas a hacer – se sentó frente a él.

- Está más que decidido. Por dinero, no me detengo. Con la información que cuento, y si este sujeto conoce su trabajo, no tendría que preocuparme. Ojala y se resuelva todo antes de que viajemos – su mirada azul oscureció.

- Deberías contactarlo antes de que vayamos a Berlín. Podrías ir adelantando algunos movimientos ¿no crees? – le recordó su próximo viaje.

- Prefiero hacerlo regresando, necesito total tranquilidad para poder pensar bien lo que le voy a decir. Debemos concentrarnos sobre ese asunto alemán – retomaron la plática de negocios que tenían pendiente.

Después de finalizar su conversación, Marcus le dio una palmada en señal de apoyo y le pasó los datos que tenía.

Una risa malvada se dibujó en el rubio que antaño solía actuar como un gran ser humano.

Su amor por Candy ya lo había trastornado.

Había que dejar bien enterrado el asunto de Terry antes de que viajaran a Chicago.


Un elegante auto se aproximó al estacionamiento del local.

Las luces de colores indicaban que el café-bar se encontraba en servicio.

Estaba en una de las calles más céntricas de Queens, el lugar más grande de Nueva York. El reloj anunciaba exactamente la media noche.

Terry había manejado desde Newark para acudir, con su rigorosa puntualidad inglesa, a una cita.

El apuesto joven de cabellos castaños y ojos profundamente azules descendió del vehículo. Iba vestido casualmente, sin perder la elegancia. El tipo encargado del estacionamiento no le prestó mucha importancia, y se dedicó solo a recibir su pago. Después, olvidó que le había visto llegar.

Se asomó a la entrada y pudo ver que era un lugar bohemio.

Había pocas mesas vacías y se instaló en una de las más alejadas. Su mente regresó a un lugar parecido que había conocido hacía muchos años atrás, y que había sido testigo de su gloria y su infierno al mismo tiempo.

Despejó su mente y dio un vistazo rápido.

Había gente de todo tipo de nacionalidades. Bebían y comían en un ambiente relajado. Un pequeño escenario al fondo con un piano mediano, indicaba que se hacían presentaciones musicales en el local.

Seguramente canciones románticas.

Una mesera de rasgos orientales se acercó para ofrecerle algo:

- Tráigame una copa de vino, del más fino que tenga y dígale a Aisha que la espero aquí – la joven asintió y le miró extrañada. Se retiró rápidamente.

Regresó al lugar y le observo cuidadosamente. Las paredes eran de madera, pintadas en distintas tonalidades café y amarillo tenue. Algunas plantas colgaban en rincones estratégicos, mientras algunos cuadros de paisajes diversos adornaban uno que otro muro. La luz era poco brillante, lo que daba un aire más íntimo al lugar.

La joven regresó con su encargo y lo depositó rápidamente en la mesa. Le dio una mirada rápida y habló:

- Ella estará libre en unos minutos más – puso el servicio y volvió a irse.

El joven aprovechó que se encontraba cerca de una maceta y pudo fingir bien que bebía de su copa. Siguió analizando a la gente:

- ¡Cuánta vida! Hace tanto tiempo que dejé de recordar lo que era disfrutar una buena comida – su mirada se tornó melancólica. A veces sentía un poco de envidia de ver a los mortales departir y disfrutar de pequeños detalles que seguramente no valoraban en ese momento.

Las carcajadas lo sacaron de sus cavilaciones. Miró su reloj y vio que habían pasado diez minutos.

- Seguramente ha de estar metiendo su nariz donde no debe – sonrió ligeramente y aparentó beber de un golpe el resto de la copa.

Justo en ese momento ella apareció.

Llevaba unos jeans azules y una blusa vino que resaltaba su mirada gris y su cabello rizado. Vio que se despedía de algunos compañeros y asistentes al lugar. Le pareció oír voces en otros idiomas. Nueva York era una ciudad de tantas tonalidades y contrastes humanos.

- ¡Hola, Terrence! – la joven se acercó a él y le saludó.

- Han pasado diez minutos, jovencita. Deberías de ser un poco más puntual – le dijo aparentando dar una lección seria de modales.

- No te di una hora exacta. De hecho, fue imprecisa, joven exigente ¿Nos vamos ya? – le replicó con una mueca divertida.

- Debo pagar la copa, niña impuntual y contestona – buscó a la mesera pero Aisha le interrumpió.

- La casa ha pagado su raquítico consumo, señor Inglés Respetuoso de la Puntualidad – le dijo con cierta burla. Salió del lugar mientras el inglés la veía contrariado.

Cuando salieron a la calle, la joven se dirigió al lado contrario del estacionamiento, pero Terry la tomó del brazo y le señaló su auto:

- ¿Hacia dónde me va a llevar? – siguió dirigiéndose a él con sumo respeto, aunque por dentro sentía ganas de explotar en una carcajada.

- La llevaré a un lugar más tranquilo y secreto, donde pueda escucharle mejor y le muestre algunas reglas de etiqueta y cortesía básicas – respondió con acento presuntuoso pero divertido.

- Lamento tanto que mi educación no esté a su distinguida y noble altura, joven aristócrata malcriado – aquella frase le hizo voltear rápidamente a verla. Tantos años de no escucharla. Detuvo su andar y la observó.

- ¿Pasa algo? – la voz lo sacó de su turbación. La chica le miraba más que divertida. Ya le estaba tomando gusto al juego de palabras.

- Nada. Subamos al auto – Aisha le miró de reojo confundida, pero calló.

Llegaron al edificio donde se encontraba el imperio Bennington y que era propiedad de Alyssa, a quien le había pedido el favor de dejarle acceder por un momento al mismo. Esquivó toda clase de preguntas sobre la misteriosa acompañante, pero sabía que la exuberante mujer no se daría por vencida.

Contaba con un excelente mirador de la ciudad.

Entraron en la enorme construcción y tomaron un elevador que les llevaría hasta la parte más alta. Se acomodaron en una de las esquinas del enorme cuadro, cuyo helipuerto estaba localizado al centro. No era un lugar común para visitas, pero su amiga se lo había autorizado sin ningún problema.

Los inmensos edificios con las luces multicolores daban cuenta de lo gigantesca e industrializada que era Nueva York.

Aisha estaba sorprendida tanto por el lugar como por la vista. Nunca imaginó que visitaría precisamente ese edificio. Una traviesa sonrisa se dibujó en su rostro.

El mundo era demasiado pequeño y las coincidencias enormes. La voz ronca del joven la distrajo:

- ¿De qué te ríes? – sintió su mirada azul sobre ella.

- Recuerdos del pasado – respondió escuetamente aparentando desinterés por dar más detalles.

- Es hermosa la ciudad, ¿verdad? A pesar de sufrir tanta violencia y conflictos nocturnos, es increíble la apariencia que tiene – sus ojos se perdieron en el infinito.

- Tienes razón. A pesar de ser un lugar complicado, tiene sus partes bellas – continuó sonriendo. Tenía una imagen en mente. Hacía unos meses que no veía a su entrañable amigo. Sabía que estaba en Israel y regresaría pronto a Estados Unidos.

- ¿Ahora si me vas a hablar algo de ti? – regresó a la conversación pendiente.

- Vengo de Phoenix. Soy huérfana pero viví con unos tíos todo el tiempo. No tengo muchas amistades humanas y efectivamente, ahí me di cuenta que se me daba la magia. Una querida amiga se encargó de explicarme lo que pasaba y ahora sigo tratando de llevar mi vida de manera normal sin buscarme problemas. Al igual que ustedes, los magos se enfrentan en un antiguo conflicto por tener el poder del mundo, la ciencia contra la magia, y hemos sufrido muchas persecuciones. Nos han acusado de superchería e ignorancia, ya que tenemos a la naturaleza de nuestra parte. No ahondaré en detalles de cada tradición mágica porque no nos alcanzaría el tiempo, sin embargo, ambas facciones mágicas siguen tratando de ganar el control y muchas vidas han sido sesgadas por lo mismo. He perdido muchos amigos en esa estúpida guerra – dijo esto con semblante grave. Su mirada reveló cierto dolor.

- Imagino lo delicado que ha de ser ese evento. Los no muertos se reúnen y organizan conspiraciones, ataques, asesinatos, para obtener el poder y mucho se dice que son motivadas por aquellos que llevan miles de años existiendo. En nombre de una mascarada, se nos exige escondernos de los humanos. La Inquisición fue letal y también muchos vampiros fueron cruelmente asesinados. Encima, tenemos a los cazadores humanos pisándonos los talones, y cuyos propósitos también obedecen a objetivos perversos. Sin embargo, alterar la realidad para obtener el poder, hace que nuestros problemas sean un conflicto de niños junto a los suyos – expresó Terry sin voltear a mirarla.

- Vaya que es un mundo difícil. ¿Y tú que me cuentas de tu vida? Me refiero, a la original – le preguntó mientras tomaba sus piernas y las rodeaba con ambos brazos.

- Yo fui un actor de principios de siglo. Mi infancia no fue fácil que digamos. Mi padre fue Duque en Inglaterra y mi madre actriz de teatro en Broadway. De ahí mi pasión por el arte dramático. Realicé varias obras de Shakespeare con la compañía Hathaway, una de las más prestigiosas y reconocidas en ese tiempo. Inicié mi carrera artística muy joven y la verdad, todavía recuerdo la magia que sentía en el escenario. Es realmente maravilloso lo que una obra te puede llevar a hacer. Realmente disfrutaba lo que hacía – le narró nostálgico lo que había significado para él esa época. Ella escuchó atentamente.

- ¿Y qué pasó después, cómo es qué llegaste a ser un no muerto? – la chica se reprochó internamente después de preguntarlo. Sabía que no eran temas comunes de conversación con seres de ese tipo. Se mordió el labio en señal de pena. Él volteó a verla con dureza.

- Esa etapa de mi vida no me interesa darla a conocer. No creo que sea de tu incumbencia – contestó fríamente y Aisha no volvió a hacer comentarios al respecto.

- Disculpa mi intromisión. No quise molestar – la joven se paró y se dirigió a una de las esquinas del edificio. Se asomó prudentemente al vacío.

- Ten cuidado. No te aproximes demasiado, puede ser riesgoso – el ojiazul se dirigió lentamente hacia ella. Regresaron a donde estaban y continuaron charlando.

La plática derivó en temas informales y generales. El tiempo pasó rápido y Terry se ofreció a llevar a la joven a su casa.

Ella declinó.

- ¿Por qué no quieres que te lleve a tu casa? – le preguntó curioso el chico.

- Puedo irme sola. No tengo prisa y tú sí. El amanecer no tarda en aparecer. Me dio gusto salir contigo. Hasta luego, Terrence – se despidió con la mano y antes de desaparecer, oyó la última pregunta.

- ¿Cuándo nos volvemos a juntar? Te debo las clases de educación y respeto básicas, que te urgen… – estaba bastante divertido.

- Ya sabe dónde me encuentro los fines de semana, Su Señoría. Esta plebeya mucho le agradecerá la regrese al camino correcto para que brille en sociedad – le hizo una reverencia mientras soltaba la carcajada largamente contenida. Le dirigió una última mirada y desapareció.

El inglés hizo un gesto indicando que no había remedio y se dirigió a su morada. Al menos su nueva amistad le hacía pasar buenos ratos al permitirle hacer sus irónicos comentarios.

Tal vez le contaría a Nikolas sobre ella.


Tras unas semanas de martirio y sufrimiento, por fin, Candy se encontraba lista esa noche, después de esperar a la partida de Albert a Berlín. Se había portado mucho más tierna con él, intentando transmitir que estaba olvidando lo que le había hecho.

El rubio había suavizado un poco su trato hacia ella, y de ahí se había aprovechado para irle demostrando que estaba dispuesta a una posible reconciliación, aunque por dentro moría de ganas de salir corriendo de ese maldito lugar.

Recordaba su comentario de que estaría fuera por una semana. Loretta saldría un par de horas más tarde rumbo a Lituania y le había comentado que vería a su amiga en un café tranquilo para platicar:

- No quiero que estés mucho tiempo fuera. Sé que tu amiga es inofensiva, pero te pido que andes con cuidado – le rozó la mejilla con la mano. La chica hizo un enorme esfuerzo por sonreír.

- No te preocupes. Estaré aquí como siempre, esperándote – bajó su mirada.

- Sé que actué mal esa noche. Yo... no quise lastimarte. No sé qué me pasó. Espero algún día vuelvas a perdonarme – la obligó a mirarle. Ella solo asintió con una sonrisa fingida.

- Debes apurarte, sino el vuelo se te va – le cambió sutilmente el tema, mientras le pasaba su portafolio.

- Nos veremos la semana entrante – el rubio se despidió y se dirigió a la salida y se retiró.

Olaf le esperaba

En cuanto se fue y se cercioró que el auto desaparecía, la chica llamó por teléfono a su amiga. Loretta estaba a punto de salir de la residencia universitaria a comprar unas cosas. Pasaría por ella más tarde, para llevarla al aeropuerto. Iría disfrazada para que no la reconocieran. Seguramente la estudiante se llevaría una sorpresa enorme al verla con su nueva imagen.

Tomó sus maletas medianas y las llevó a la cajuela del auto.

Dio un último vistazo al lugar que se había convertido en su prisión. Recordó por un momento, la ilusión con que había llegado a Ginebra, sin embargo, ahora era su mayor pesadilla. Más aún, después de haber sido ultrajada por quien había sido su benefactor. Le odió más. Había dejado una carta diciéndole que ya no le soportaba y se iba al sur, sin dar detalles precisos. No quería imaginar su reacción al enterarse de su huida.

Una molesta sensación le recorrió la espalda.

Salió rumbo a la universidad.

Confiaba en que su maquillaje le haría pasar inadvertida. Había dado órdenes a un amigo de Loretta de que llevara el auto de regreso a la casa, mientras había dicho a la servidumbre que no trabajaría ese día. Le había dado indicaciones de que lo hiciera durante la mañana, para evitar sospechas de seres indeseables que pudiera estarle vigilando por la noche.

Ésta ya se encontraba fuera con sus maletas y las cosas que Candy le había encargado, cuando su amiga llegó. La joven no la reconoció al principio, aunque después fueron risas de sorpresa:

- Realmente te ves diferente, Corine. ¡Eres otra! Te ves muchísimo más joven – le dijo mientras tocaba el falso cabello.

- Gracias. La verdad me esforcé mucho para lograr ser otra. ¡Estoy feliz de saber que me encuentro a unos pasos de mi libertad! – siguió conduciendo rumbo al aeropuerto. Vio su reloj. Albert tenía que estar abordando ya el avión privado.

- Michael llegará mañana por el vehículo. Le he dejado las copias de la llave para que lo recoja. Verás que todo saldrá bien. Michael no dejará huellas. Si no hay nadie durante el día, dudo mucho que hayan problemas – tranquilizó a su confidente.

- Loretta, has sido una gran amiga. Quiero que sepas que te estaré eternamente agradecida. Te he escrito esta bella carta que quiero leas, cuando estés en el avión. ¿Me lo prometes? – le extendió un sobre de su bolsa, mientras llegaba al enorme estacionamiento del aeropuerto. La chica asintió y lo guardó en su mochila. Candy había decidido recompensar económicamente a su única amiga.

Dejó las llaves del auto dentro.

Salieron rápidamente y le hicieron señas a un muchacho que estaba cerca para que se llevara el equipaje. Se dirigieron a la sala de espera para que la lituana documentara el suyo. Candy pasó desapercibida para la gente. Solo su amiga parecía darse cuenta de su existencia. Se concentró para sentir si había algún ser igual que ella cerca, pero no lo encontró.

Se sentía aliviada.

Mientras esperaban a que la joven estudiante abordara su avión se habían ido a instalar un café ahí cerca, en lo que esperaban el llamado de salida a Lituania. Las palabras de despedida fueron demasiado efusivas:

- Te extrañaré muchísimo. Has sido una gran amiga, y no sabes cuánta fortaleza me has transmitido. Siempre supe que eras una mujer espectacular. Eres fuerte y decidida. ¡Te admiro mucho amiga! – tomó su mano, a pesar de que estuviese helado.

- Yo también. Eres la primera y única amistad que he podido tener en todo este tiempo aquí. Gracias por escucharme, y créeme que he disfrutado mucho tu compañía. Sé que soy un poco rara, sin embargo, tú me has aceptado sin miedo y yo nunca te lo dejaré de agradecer – el tono de su voz era demasiado cariñoso. La verdadera Candy parecía aflorar en algunos momentos, a pesar de su sombría existencia.

- No te pierdas. Escribe de vez en cuando. Necesito saber cómo llegaste y por favor, cualquier cosa que se te ofrezca, estaré gustosa para ayudarte y apoyarte – la llamada para abordar ya se había dejado escuchar. La acompañó hasta la puerta de salida.

Se fundieron en un fuerte abrazo y se despidieron.

Loretta lloraba y Candy aguantaba su infinita tristeza. Esperaba que su amiga nunca tuviese problemas. Albert no la conocía y dudaba mucho que la buscara, puesto que no estaría tampoco en el país.

Se dedicó a esperar el tiempo para abordar su aeronave.

Llamó al teléfono que se le había brindado para comunicarse con la persona que le estaría esperando. En unas horas más estaría volando lejos de ahí. Nunca regresaría a Europa.

Mientras se encontraba a bordo de la aeronave, su mente comenzó a hacer planes sobre su nueva vida. En Nueva York, lo primero que haría sería ir al cementerio.

Necesitaba ver la tumba de su único amor. Llorar frente a él sus recuerdos.

Ansiaba ya estar en suelo estadounidense, después de muchos años lejos.

Llegó a Newark al atardecer.

Estaba sumida en el clásico letargo. Cuando la noche hubo caído, se dirigió al hotel en Nueva York. Había rentado el auto que la llevaría directamente a la ciudad.

Llegó al hotel y se registró bajo otro nombre falso: Irina Keller.

Se acomodó en su recámara. Miró el reloj. Todavía faltaba para amanecer, así que decidió recorrer un poco los alrededores del hotel. Se aventuró por las calles de Manhattan.

Alcanzó a ver lo que había quedado del ataque terrorista o la llamada "zona cero". Reprimió un escalofrío al recordar las escenas de la gente cayendo al vacío. Le había impactado sobremanera.

No estaba muy lejos de la Quinta Avenida:

- Nueva York, siempre llena de vida y de gente – recordó su primera y última visita a la ciudad hacía ya tanto tiempo - Hace ya tantos años que vine aquí y sigo sin poder olvidarte – pensó mientras caminaba.

Iba vestida con unos jeans azul oscuro y una blusa azul claro. Encima llevaba una chamarra de mezclilla que la hacía verse juvenil Trataba de pasar desapercibida. Sabía que la comunidad de vampiros de Nueva York era la más numerosa y no deseaba encontrarse con uno.

Antes de llegar al hotel, se percató de que un par de sujetos le iban siguiendo.

La paranoia le entró de lleno y pensó que Albert ya la estaba buscando. Se echó a correr hacia otro lado para despistarlos. Eran humanos armados. La joven no sabía pelear bien. Confiaba en su habilidad para moverse anormalmente. Finalmente llegó a un callejón solitario y sin salida. No conocía la ciudad bien y supo que estaba en aprietos.

Volteó cuando ellos se acercaban a ella, con una perversa sonrisa en el rostro.

Uno de ellos sacó la pistola y le apuntó.

La rubia le observó fijamente haciendo que el sujeto cayera presa de su mirada. Le ordenó mentalmente que la tirara lejos de ahí. El hombre hizo caso, mientras el otro se percataba de que aquella mujer no era normal. Como pudo sacó su arma y disparó. La chica recibió el impacto en un brazo. No sentía dolor sin embargo sabía que la sangre perdida debía recuperarla. El tipo siguió disparando varias veces mientras la rubia caía al suelo con heridas serias y sintiéndose débil. Habían sido demasiados balazos y estaba perdiendo mucha sangre.

Una mancha apareció de la nada.

La voluta de humo negro, apenas perceptible se materializó detrás de ellos, atacando por sorpresa. Era una mujer de complexión delgada y piel muy blanca como la tiza. Su cabello era de un negro profundo al igual que sus ojos. Solo sus labios rojos indicaban que era un no muerto. Llevaba un traje negro ajustado y unos zapatos bajos de tacón. Parecía una adolescente recién salida de la escuela.

Atacó rápidamente a los atacantes, partiéndoles la columna y rompiéndoles el cuello.

Su habilidad de fundirse con el suelo, así como el dominio de varias técnicas de pelea, la convertían en una de las asesinas más letales y su fama era conocida entre la estirpe. Melina era su nombre.

Llegó hasta donde estaba la rubia y la cargó.

Necesitaba buscarle alimento para que se recuperara. Se movió inhumanamente hacia otra calle solitaria y divisó a un tipo sumido en las drogas.

Melina la acercó al joven y Candy tuvo que beber su sangre.

En cuanto dejaron el cuerpo inerte, regresaron rápidamente al hotel, mientras la rubia le indicaba el cuarto en el que se encontraba. Sus heridas ya estaban cerrando rápidamente.

La ojiverde podía caminar.

No podía creer que una chica de su misma condición la hubiese salvado:

- Yo... te agradezco tanto tu ayuda. Me llamo Irina – prefirió dar el mismo nombre falso, a exponer su presencia ante algún agente contratado por el magnate.

- Mucho gusto, soy Melina. Fue una suerte que pasara por aquí. Veo que no sabes defenderte. Pude sentir la presencia de tu sangre. Es fuerte – le comentó con curiosidad.

- No tenía la menor intención de buscar problemas. Tienes razón. No sé pelear, pero tú, me has dejado asombrada – la rubia la observaba con cierta reserva.

- ¿Estás de visita en la ciudad? Deduzco que eres nueva, porque es la primera vez que te veo, además tu acento parece alemán. ¿De dónde eres? – Melina cambió radicalmente la conversación. Intuyó que la joven ocultaba algo, pero no dijo nada.

- De Colonia, y sí, estoy de paso por aquí – mintió la chica. Tenía pánico de saberse perseguida y vigilada.

- Te dejo, Iririna, me ha dado gusto igualmente de conocerte. Debes andar con cuidado. Cuando tengas problemas, solo di mi nombre mentalmente. Trataré de acudir lo más pronto posible – la joven hizo una reverencia y salió del lugar.

Candy se prometió andar con más cautela. Seguramente Albert ya se encontraba al tanto de lo que había sucedido.

Antes de sumirse en el letargo, pensó en la joven.

A pesar de su apariencia inofensiva, su intuición y sexto sentido le habían indicado que era mucho más vieja de lo que se pensaba, además de ser demasiado peligrosa. Tendría que tener mucho más precaución.

Su mente regresó a sus recuerdos pasados.


En Alemania, Albert daba vueltas como loco tratando de ubicar a Candy, desde hacía un par de noches. Había estado insistiendo varias veces al teléfono y a su celular sin resultado alguno. Marcus le había ayudado enviando a algunas personas tanto por el día como por la noche a asomarse a la propiedad.

Le confirmaron que la servidumbre seguía asistiendo a sus labores y cuando el sol se ocultaba, el lugar se sumía en una quietud anormal. Una de las chicas de limpieza había notado la carta sobre el buró, dirigida a Albert. Hicieron que la enviara de inmediato a Berlín.

El rubio estaba increíblemente furioso, después de haberla leído:

"Finalmente, después de tanto tiempo, vuelvo a recuperar la libertad tantas veces anhelada. Sé que tengo mucho que agradecerte, después de todo, tú fuiste quien apoyó a esta huérfana cuando más lo necesitó, ¿o no?

Sin embargo, aquel amoroso Albert a quien yo conocí hace tanto tiempo y a quien creí llegar a amar en su momento, dejó de existir. ¿Cuándo cambió?, nunca lo sabré, pero de lo que si estoy segura, es de que ahora te desconozco y nunca te perdonaré aquella noche en que te comportaste de la manera más baja y ruin que solo un delincuente de tu calaña puede hacerlo.

Tantos años soportando esta maldita existencia en completa oscuridad, sin mi consentimiento y encima a tu lado, por fin han visto un alivio al poder huir de ti. Parto al sur del mundo.

¿Dónde?

No lo sé, de lo que si estoy segura, es, de que finalmente estaré lejos de ti.

El daño que me has ocasionado es demasiado fuerte, sin embargo, sobreviviré.

No te necesito.

¡No quiero volverte a verte nunca más en mi vida!

¡Te odio Albert Andrey!

¡Hasta nunca!

C.W"

- ¡Maldita sea, maldita mil veces maldita! – estaba completamente fuera de sí. Marcus solo le observaba.

- ¿Tienes alguna idea de a dónde podría haber ido? – su semblante era impasible. El rubio respondió exaltado.

- Estoy seguro que se fue a Estados Unidos. ¡La mandaré a rastrear a Chicago y a Nueva York! – vociferó mientras apretaba los nudillos para contener su rabia.

- ¿Crees que ya sepa de su existencia? – Marcus no le tenía miedo.

- Lo dudo, aunque a estas alturas, puede que ya lo haya visto. ¡Maldita sea, me las va a pagar! ¡Esto no se va a quedar así, la buscaré hasta debajo de las piedras! – se dirigió al teléfono y se comunicó a Chicago.

Después de hablar, se había quedado un poco más tranquilo. Su mirada seguía brillando anormalmente. El suizo sabía que lo estaba pasando realmente mal, sin embargo, no interfirió.

Esperó a que él iniciar la conversación de nuevo.

- Tengo que irme a Ginebra. Espero puedan seguir las negociaciones sin mí. Esto es algo que no tenía previsto. Rastrearé a esa amiga mortal. Esa noche quedó de verse con ella. Puede que sepa algo, y se lo sacaré de manera no muy agradable – estaba decidido.

- Muy bien. Haz lo que tengas que hacer. Mantenme al tanto de lo que suceda y no dudes en pedirme ayuda – su voz sonó demasiado fría.

El rubio hizo lo posible por regresar esa misma noche a Zurich.

Le habían podido conseguir una avioneta particular, y justo llegaría a tiempo para ocultarse del amanecer. Se despidió rápidamente de todos y abordó la aeronave.

Al llegar a la casa, la rabia volvió a hacer presa de él.

Aprovechó el poco tiempo que le quedaba, antes de ocultarse en la oscuridad, y pudo ver que todo estaba intacto. Buscó entre sus cosas y vio que había dejado ropa y algunos objetos personales.

Salió al enorme garage y buscó el auto.

Nada, ningún indicio de que hubiese dejado algo. Regresó a la sala de estar y comenzó a hacer un esbozado plan de lo que haría a continuación:

- Loretta. Universidad de Ginebra – recordó lo poco que le había comentado de su amiga - ¿Te crees lista verdad Candy? Pero no te saldrás con la tuya, así tenga que acabar contigo también, no permitiré que estés cerca de él. ¡Te lo juro! – pensó con coraje para sí.

Hizo una llamada a un conocido suyo a esa hora de la madrugada.

Exigió tener las referencias de la chica al otro día. Las amenazas le habían quedado más que claras. Le haría una visita sorpresa a la chica y la haría hablar. No le importaba para nada una vida humana.

Estaba seguro que ella sabía algo de su paradero.

El siguiente paso era contactar al tipo que Marcus le había recomendado.

Cuanto más rápido pudiesen atacar al actor, mejor. Tendría que arreglar su viaje a Estados Unidos y sabía que podría ser por mucho tiempo. Tenía que dejar listo los asuntos pendientes con el suizo. Se dio el límite de dos semanas para tener los papeles y poderes necesarios al día. Pondría a trabajar a su equipo de asesores día y noche. La situación ameritaba que viajara lo más pronto posible.

Se hundió en el letargo.


Terry y Nikolas se encontraban reunidos esa noche en Newark, revisando unas solicitudes para montar la exposición en Boston.

El hombre se había dado cuenta que su amigo tenía un semblante diferente. Tenía varias noches de no verlo, y siempre que le preguntaba dónde se había metido, el actor le respondía con evasivas. Alyssa había pecado de indiscreta al decirle que había invitado a una joven al mirador de su corporativo. Le dio mucha curiosidad y le hizo una sutil pregunta:

- ¿Y has tenido tiempo para conocer más Newark? – Nikolas siguió acomodando los papeles.

- Bueno, no en realidad. He descubierto lugares que antes no recordaba en Nueva York – respondió de buena manera el inglés.

- ¿En serio, cómo cuáles? – el cuestionamiento fue con indiferencia. Nikolas fingió que preguntaba sin demasiado interés.

- Bueno, ahora me he dedicado a recorrer el Central Park. Es un lugar enorme, aunque si tiene partes peligrosas – contestó un poco serio.

- Vaya que si es algo sorprendente. Me atrevo a decir que hasta el humor te ha cambiado, Terry – le dirigió una mirada curiosa.

- Ccreo que debo comentarte algo. Hace tiempo conocí a una chica en ese lugar. Apareció de la nada, y rápidamente me di cuenta que es una artesana de la realidad. Su aura me indicó todo – analizó la reacción de Nikolas.

- ¿En serio? ¡Qué curioso! Al único que hemos conocido es a Elisha. Creo que son personajes a los que se debe tratar con mucho cuidado. ¿Y qué tal es? – esperaba que su amigo no se molestara por indagar más de su vida.

- Es realmente divertida, a pesar de ser demasiado entrometida y desafiante. Se llama Aisha y es muy jovencita. Me la he pasado bien las escasas veces que la he visto. Hacía tiempo que no bromeaba con alguien – su voz se hizo más tenue.

- Entiendo. Ojala algún día me la presentes. Ya tengo curiosidad por conocer a la persona que te ha hecho reír de nuevo – siguió con sus actividades, sin notar que Terry se había quedado pensativo.

- Claro que sí. De hecho, debo verla por estos días nuevamente. Le urgen unas clases de civilización y cortesía. Es un poco... silvestre – ambos rieron de buena gana y continuaron con lo que estaban haciendo.

- Tal vez deberías invitarla a cenar un día. No siempre se entera uno de que Terrence Grandchester tiene compañía, sobre todo, femenina – inquirió irónicamente su aliado.

- No tengo planeado tener otra pareja. Creo que a estas alturas, ya debería quedarte claro – su tono sonó serio. El otro sonrió.

- No quise decir eso. Es solo que, hace mucho que no te hubiese imaginado saliendo de nuevo con otra mujer, aunque solo fuese como amigos. Sé que nunca la has olvidado – decidió callar por la expresión triste en el semblante del inglés.

- Cambiemos de tema ¿quieres? ¿Y si sale esta exposición en Boston, cuándo es que la podríamos montar? – la plática giró en torno al tema de las pinturas.

En cuanto hubieron terminado, salieron a dar una vuelta en el auto del ojiazul.

A pesar de que podían tener cierto control sobre su sed, necesitaban alimentarse. Buscaban siempre lugares marginales y demasiado peligrosos, donde la impunidad y la inmundicia reinaban por todas partes.

Newark era una de las ciudades más peligrosas de Estados Unidos, y sus altos índices delictivos eran una muestra más de la corrupción y decadencia de las autoridades.

- ¿Cómo es ella? – la pregunta sacó de sus pensamientos al actor. Venían de regreso.

- Físicamente es atractiva. Es una chica muy sencilla aunque es demasiado curiosa. La noche en que la conocí estaba reflexionando solo y de repente se encontraba al lado. No la oí llegar e inicialmente me puse a la defensiva. Sin embargo, su actitud me demostró lo contrario – le relató a grandes rasgos. Nikolas sonrió.

- ¿Han salido varias veces desde entonces? – recordó la expresión curiosa de Alyssa. No era un evento que se diera todos los días cuando de él se trataba.

- Un par de veces más. La última vez la llevé al mirador del edificio de Bennington Corp. ¿No te ha comentado algo?, sé que es demasiado perspicaz – le miró de reojo. Nikolas no demostró emoción alguna y negó con la cabeza.

- ¿Has pensado alguna vez en la posibilidad de volver a enamorarte? – vio que el inglés se había quedado serio de nuevo.

- Creo que te había dicho que el tema estaba zanjado. No tengo la menor intención de fijarme en otra mujer – respondió tajante.

- No des por hecho las cosas – finalizaron la conversación incómoda.

Aparcó el auto y Nikolas le dijo que regresaría a Nueva York. Se despidieron cordialmente y quedaron de verse la próxima vez allá.

Terry volvió a la soledad de su propiedad. Se encerró en la biblioteca donde tenía aún esa pintura de ella. La nostalgia y melancolías volvían de nuevo a su frío corazón.

Era imposible que volviese a amar a otra mujer.


El cementerio de Greenwood, fundado en 1838, es el más antiguo de Brooklyn, y allí están enterradas personalidades de trascendencia histórica. Muchos escritores le han dedicado páginas de sus libros a este lugar. El cementerio dispone de un riquísimo patrimonio histórico y arquitectónico.

Llevaba ya varias noches en la ciudad, en lo que seguía buscando un lugar donde quedarse. La compañía inmobiliaria le tenía varias propuestas que debía estudiar aún.

Esa noche, Candy logró sobornar al cuidador del cementerio, con una jugosa cantidad para que le permitiera pasear por el antiguo lugar en la oscuridad. Parecía que ayer hubiese leído la noticia de su muerte. Sintió que una parte de ella se había muerto con él. Un incendio, el asesinato de su esposa y la madre de esta última. Tantas desgracias le habían caído encima. Estaba segura que había leído sobre su supuesta muerte en Suiza, puesto que había ocurrido antes.

¡Pobre Terry!

Las imágenes del actor borracho le llegaban a raudales mientras aguantaba las ganas de llorar. Pensaba en el futuro de su hijo. No había vuelto a leer algo sobre el tema.

Después de tanto caminar, mientras seguía al velador que le guiaba hasta la tumba, por fin llegaron. Al verla tan descuidada y maltratada, preguntó al hombre los datos de algún restaurador que pudiese darle una vista bonita a la morada del amor de su vida. El hombre la miró extrañado pero no dijo nada. Cuando vio que la chica le extendía otra cantidad de billetes no dudó en recomendarle un lugar dónde podrían hacerlo.

Candy le dio una buena cantidad para que él se encargara de vigilar el trabajo. El hombre aceptó más que gustoso. La joven le había dado mucho dinero. Le prometió que la tendría lista en unos cuantos días. La chica le hizo saber que iría a confirmar personalmente su encargo, mientras le miraba fijamente a los ojos. El velador estaba hipnotizado y asintió a todo lo que le pidió.

Cuando se retiró el hombre, se quedó en silencio observando el lugar.

Al lado se encontraba la tumba de Eleanor Baker, la famosa actriz de Broadway, en buen estado. Por fin descansaba junto a su amado hijo, Se preguntó dónde podría estar enterrado el padre del aristócrata. No se explicaba porque la tumba de Terry lucía descuidada y la de su madre no.

Estuvo por espacio de un par de horas sumida en meditaciones y recuerdos.

Tuvo que alejarse para no ser presa de algún maleante, o peor aún, dejar sentir su presencia a algún solitario vampiro. No quería hacerse notar. Ya había tenido ese desafortunado encuentro donde había conocido a Melina, un personaje bastante siniestro.

Respiró aliviada en cuanto puso un pie fuera del lugar. Volvió a perderse en las calles de Manhattan. Visitó el Empire State y el edificio Chrysler. Se asombró de los gigantescos rascacielos que poblaban el sector. Caminó por el Central Park tratando de no meterse en lugares misteriosos ni solitarios. Estaba fascinada con los cambios que había tenido la ciudad.

Después de esa caminata, quería visitar Broadway; quería al menos conocer los teatros nuevos y verificar si aquel antiguo teatro donde Terry trabajaba existía.

Siguió caminando por el Central Park un rato más.

Se quedó observando un rato parte del lugar que rodeaba el inmenso lago. No se había dado cuenta que se había alejado un poco del lugar y regresó a la entrada. No quería buscarse problemas.

En cuanto salió tomó un taxi que la llevó a Broadway.

Sentía una tristeza infinita al ver las marquesinas anunciando tantas obras. Recordó con melancolía el cartel de Romeo y Julieta de la compañía Hathaway. ¡Cuántos recuerdos tristes, cuántas lágrimas derramadas al despedirse de esa ciudad!

Descendió del vehículo y caminó un rato más por las calles. Mucha gente y muchas luces se abrían paso a su camino.

Terry, todo era Terry.

No quería llorar pero su mirada era triste. Anduvo paseando por un rato más y regresó al hotel. Tenía sed. En el bar terminaría de pasar esa noche.

Cuando entró al lugar, vio pocas personas, que seguramente, en su mayoría eran no mortales. Una música instrumental se escuchaba a lo lejos.

Se sentó en la barra, pidió una bebida, cuando un galante hombre se sentó a su lado. Le empezó a hacer la plática. Su mirada era penetrante. Tenía los ojos café claro y el cabello ondulado oscuro. Su rostro denotaba su verdadera naturaleza, igual que la suya:

- ¿Nueva en la ciudad? – preguntó con voz muy varonil

- De paso – Candy respondió olvidando modular su voz. No tenía por qué fingir. Nadie la conocía.

- ¿Cuál es su nombre? – esa voz le hizo recordar a alguien. Encubrió su ansiedad. Su mirada se enfocó atentamente sobre la figura de la chica, tratando de reconocerla.

- Irina Keller – dio su nombre falso.

- Mucho gusto, Irina. Mi nombre es Nikolas Ash – le dijo mientras no daba crédito a lo que sus ojos estaban viendo. ¡Candy estaba viva! - Tienes un fuerte acento europeo. ¿De qué país vienes? – la observaba a través de su disfraz. Sus pecas eran tenuemente perceptibles y su rostro seguía conservando su belleza. Recordó a cierto actor al que había descubierto bajo uno parecido hacía muchísimo tiempo.

- Vengo de Colonia – mintió nuevamente, aunque la chica seguía siendo la misma ingenua de siempre; no tenía malicia alguna, a pesar de ser un vampiro. Nikolas la encontró irresistiblemente hermosa.

- ¿Y vienes sola? – preguntó ocultando su curiosidad.

Algo le impulsó a seguir con la conversación, esperando saber cómo había llegado a estar en la misma condición que ellos. Su semblante escondía una enorme sorpresa, de verla frente a él, después de tantos años.

- Sí – respondió escuetamente le dirigió una rápida mirada.

Nikolas hizo lo mismo.

No podía ocultar su azoro. Trataba de vislumbrar su cara debajo del disfraz.

- ¿Y a qué te dedicas, Irina? – preguntó de nuevo. Imaginó la cara de Terry al enterarse de tremenda noticia. Eso sí, el encuentro entre ambos lo dejaría al azar.

- A nada en particular. Solo viajo – la chica prosiguió con su bebida.

- Soy empresario artístico. Me pongo a sus órdenes para lo que se le ofrezca – le dio su tarjeta. Se esforzó en seguir conteniendo su sorpresa. Era algo increíble y el mundo tan chico.

- Interesante, señor Ash. Gracias por su ofrecimiento – la tomó sin verla y la metió en su bolso.

Nikolas sonrió y se quedó en silencio observándola a intervalos. La joven estaba perdida en sus pensamientos.

- "¡No puedo creerlo! ¡Está viva!, justo cuando esta noche quedamos de vernos aquí. ¡Demonios!, ¡se van a encontrar!" – pidió otra bebida. Estaba pasmado por lo que estaba sucediendo. Sabía que el momento cumbre se acercaba, puesto que esperaba a su amigo en ese mismo lugar, dentro de poco.

- Nikolas, ya estoy aquí – se escuchó la voz detrás de él, mientras se iba acercando lentamente al lugar donde se encontraba sentado.

Volteó a ver a la joven.

Candy le escuchó a sus espaldas.

Una sensación escalofriante recorrió toda su columna, mientras sentía que repentinamente, el mundo había dejado de girar a su alrededor. Abrió los ojos con enorme sorpresa, sin atreverse a voltear.

Se dirigía al hombre que acababa de conocer.

"¡No podía ser, no era posible, por todos los cielos! ¿Quién es el dueño de esa voz?"

Haciendo un sobrenatural esfuerzo ocultó su gran asombro y permaneció en su postura. No quería corroborar quién había llegado. Unas inmensas lágrimas pugnaban por aparecer en sus bellos ojos.

No sería posible, los pupilentes le delatarían:

- ¿Se siente usted bien, señorita? – el barman se acercó a ella y mientras asentía con la cabeza, aprovechó la oportunidad de pedirle otra bebida. El hombre se retiró.

Nikolas había observado su reacción y se levantó rápidamente a saludar a su amigo. Había quedado con Terry en verse en el bar del edificio. Le hizo dirigirse a una mesa y se instalaron ahí. No quiso despedirse de la joven para evitar la incómoda presentación. No quería ocasionar una reacción involuntaria.

En cuanto Candy vio de reojo que se encontraban en otro punto del bar, solicitó rápidamente su cuenta y salió sigilosamente de ahí. El enorme pasillo que le llevaba hacia el lobby se le hizo eterno.

Sentía los pies de plomo.

Al pasar por unos enormes maceteros no pudo evitar y volteó. Su expresión cambió al de incredulidad y después al de consternación. Por fin, después de tanto tiempo, había comprendido por qué Albert había cambiado su actitud.

Frente a ella, sin que los otros le notaran, vislumbró las dos figuras: Nikolas, a quien acababa de conocer, y aquél a quien jamás, jamás en su vida creyó volvería a ver ni en sus más disparatados pensamientos. Ahí estaba, con su inigualable rostro y estilo, el amor de su vida: ¡Terrence Grandchester!

La verdad se había revelado ante sus ojos.

Sabía que Terry corría peligro.

Candy regresó apresuradamente a su habitación sintiéndose completamente desorientada:

- Ahora entiendo, no... ¡no puedo creerl! Pero... ¡Oh Dio! ¿Cómo es que llegaste a convertirte en eso? ¿Y tu hijo? ¿Susana? ¡No, no puedo creerlo! – se dejó caer de rodillas en el suelo mientras sus lágrimas bañaban su rostro – ¡no has cambiado en nada mi amor, sigues igual que cuando te dejé de ver! – se acurrucó en un rincón de su habitación mientras tomaba sus piernas con sus brazos, absolutamente confundida - ¡Maldito seas por siempre, Albert! ¡Sabías de su existencia y por eso actuaste así conmigo! ¡Me lo ocultaste! ¡Nunca te lo perdonaré! – la horrible noche en que había abusado de ella le vino a la mente. Intuyó que Albert haría algo contra él - ¡Cielos, debo avisarles!, pero, ¿cómo? ¿Cómo le explico que estoy aquí? – recordó sus besos, sus caricias, sus palabras. Se sentía miserable en ese lugar.

Sus planes habían cambiado radicalmente.

En cuanto se tranquilizó y hubo limpiado su rostro, salió nuevamente de la habitación. Al pasar por el lobby se volvió a topar con ellos y ocultó un poco su rostro. Esta vez Nikolas la saludó discretamente, mientras Candy movía la cabeza en señal de respuesta. Vio que Terry le observaba extrañado.

Se dirigió a la salida y se perdió en las calles. Necesitaba despejar su mente. Era un mar de confusiones y emociones. No cabía en su cabeza que él todavía existiese. Su semblante reflejaba todo ese sentimiento largamente reprimido. Ahora más que nunca se dio cuenta que le amaba con toda el alma. Súbitamente el recuerdo de Albert apareció en su mente:

- ¡Maldito seas Albert! ¡Te odio cómo nunca lo hubiera imaginado antes! No permitiré que le hagas daño! – la resolución se reflejó en su bello rostro.