Disclaimer: Quiero yo más a Justin que la Rowling. Cero pruebas y cero dudas. Taylor es mío, quita tus sucias manos de encima, terfa.
"Este fic participa en la actividad extra de noviembre para La Copa de la Casa 20/21 del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black".
Condición: Elegí la casa Hufflepuff y me sortearon la palabra Amabilidad.
Personaje: Justin Finch-Fletchley.
Beta: Nea Poulain.
He utilizado mi extra de palabras en esta participación: tiene 600 en lugar de 500.
Reflejo
—¿Va todo bien, Ernie? —preguntó Justin, entrando en el dormitorio de los alumnos de primero.
Había estado esperando en la sala común a que su amigo regresase tras acomodar a los nuevos alumnos de Hufflepuff. Extrañado por su tardanza, había ido a buscarlo.
—Taylor no deja de gimotear y decir que quiere irse a casa —se quejó, exasperado, Ernie.
Justin echó un vistazo al dormitorio. Los demás niños tenían cara de circunstancias. Taylor, el niño del que hablaba Ernie, estaba sentado en la cama, hipando y ahogándose en sus propias lágrimas, temblando sin poder evitarlo.
—¡Dice que le da igual la magia! —dijo Ernie, indignado.
—Quiero volver a casa —hipó Taylor, sollozando más fuerte.
—Dios, Ernie. ¿Le has echado la bronca?
—¿Qué? ¡No!
—Vuelve a la sala común, anda. Yo me encargo —le dijo, apartándolo.
Ernie rezongó por lo bajo, sin mucha fuerza, aludiendo a sus responsabilidades de prefecto antes de huir de la habitación. Se hizo un silencio interrumpido solamente por los hipidos de Taylor.
—Hola, Taylor —dijo, sentándose a su lado—. Me llamo Justin.
Taylor sollozó más fuerte. Justin le rodeó los hombros tentativamente en un gesto consolador. Dándose cuenta que los demás les estaban mirando, les guiñó un ojo intentando tranquilizarlos también. Poco a poco, fueron centrándose en sus cartas y sus baúles.
Justin esperó en silencio, acariciándole de vez en cuando la espalda, a que Taylor se calmase. Oyó que dejaba de sollozar y empezaba a sorber por la nariz. Sacó la varita y convocó un pañuelo de tela, que le tendió.
—Gracias —le dijo con voz gangosa, sonándose la nariz.
—Yo tampoco supe que era mago hasta un mes antes de venir a Hogwarts —le contó en tono conspirativo—. ¿Has visto a la bruja del sombrero puntiagudo? Vino a mi casa a contárselo a mis padres.
—También a los míos —reconoció el niño.
—Me hizo mucha ilusión. ¿A ti no?
—Al principio sí —admitió el chico en voz baja—. Parecía guay.
—Es lo mejor del mundo. Las clases son geniales. Te van a encantar, estoy seguro.
Taylor lo miró con un gesto de interés que se diluyó en una mueca de tristeza y volvió a bajar la cabeza. Un par de lágrimas corrieron por su rostro.
—Es difícil separarse de tu familia, ¿verdad?
—¿Tú no los echas de menos?
—Claro que sí. Todo el tiempo, pero te acostumbras. —Prefirió no decirle que, de no haber asistido a Hogwarts, habría estudiado en un internado igualmente.
—¿Cómo?
—Los veo en las vacaciones. También les escribo a diario.
—Yo iba a ir a un colegio cerca de casa.
—Pero no aprenderías magia. La magia es un regalo que está dentro de ti. Ya verás cómo pronto harás amigos que serán otra familia, tus hermanos de colegio.
—No tengo hermanos. —Justin le estrechó un poco más, comprendiéndole.
—Entonces, yo seré tu hermano mayor. ¿Quieres?
Taylor alzó la mirada. Justin le sonrió, alentándole. Cuando el niño esbozó una sonrisa tímida, supo que lo había conseguido. Moviendo la cabeza rápidamente, Taylor asintió.
—¿Puedo mandarles una carta?
Justin también había sido el único nacido de muggles en aquella habitación donde todos estaban acostumbrados a utilizar lechuzas. Se había sentido desorientado y diferente a sus compañeros, que venían de familias mágicas, algunas de abolengo. Ernie le había parecido un presumido y Zach un imbécil. Sonrió nostálgico, dando gracias por Wayne y su naturalidad a la hora de presentarse.
—Claro, querrás contarles todo lo que has visto hoy.
Taylor asintió, secándose las mejillas con la manga de la túnica.
—Escríbeles. Te acompañaré a la lechucería para que salga esta misma noche.
