Los Pecados del Lord
20: Latidos
HINATA tuvo la sensación de que el mundo se movía muy lentamente. Vio que Iruka abría los ojos como platos y que un mozo arremetía contra el garañón, intentando refrenarlo. La sudorosa potrilla se aproximó también a ella, su pelaje onduló ante su mirada cuando corcoveó. El garañón, un enorme muro de carne, se precipitó detrás de Jazmín, desviando su rumbo y dirigiéndose directamente hacia donde estaba.
Se oyó gritar y agitó los brazos, intentando ahuyentar a los animales. Solo fue consciente del acre olor a caballo excitado, de las pezuñas y los flancos del garañón, de su enorme pecho, su aliento cálido, sus dilatadas fosas nasales, sus ojos en blanco...
Escuchó gritar a Konohamaru y a los mozos en la lejanía, los relinchos de los demás caballos y, por encima de todo, la ronca y angustiada voz de Naruto.
Un instante antes de que la fuerza combinada de jazmín y el garañón la aplastaran, sintió que era alzada por el aire. Un poderoso apretón en el pecho la dejó sin aliento, pero siguió subiendo y, tras pasar por encima de la puerta del box a su espalda, estaba a salvo.
Ambos animales chocaron con violencia contra el lugar donde ella había estado apoyada, astillando la madera. Mientras, ella aterrizaba sobre el suave heno que cubría el suelo del box y rodaba con Iruka, que había salido no sabía de dónde. Jazmín y el garañón doblaron la esquina del edificio y desaparecieron. Probablemente en dirección a los campos de entrenamiento; dos estelas fugaces en medio de la hierba verde.
Iruka se arrodilló.
—¿Se encuentra bien, milady? —Le tendió la mano.
«Creo que sí». Abrió la boca para hablar, pero no salió nada.
Naruto abrió de golpe la puerta astillada y la puso en pie. De repente se encontró aplastada contra él, envuelta entre sus brazos, duros como bandas de hierro.
—Hinata. —Tenía la voz rota—. Santo Dios...
«Estoy bien». Otra vez las palabras no salieron. No podía respirar, no podía tragar, no podía sentir. Intentó ponerle las manos en los hombros, pero no tenía fuerzas.
«La impresión —pensó—. Estaré bien en cuanto el corazón me comience a palpitar de nuevo».
Naruto le acercó una petaca a los labios; frío metal y el ardor del whisky le inundaron la boca.
Tosió, tragó y volvió a toser.
—Naruto... —susurró. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
La abrazó y ella se fundió en su calidez, cerrando los ojos mientras un escalofrío de terror la atravesaba. Había estado demasiado cerca...
—Asegúrate de que Jazmín está bien —le dijo con inquietud.
—Iruka ha salido detrás de ella.
—Iru-ka... —La palabra se le atascó en la garganta—. Me ha salvado.
—Sí, y tengo que pagárselo de alguna manera. ¡Maldita sea, Hinata! —Naruto le encerró la cara entre las manos—. He pensado que... —Se quedó sin voz y se le humedecieron los ojos—. He pensado que te perdía.
—Iruka ha actuado con mucha rapidez. —Su susurro era todavía muy débil y sus palabras apenas fueron audibles.
A Naruto le temblaban los labios cuando la besó. Se aferró a él, su ancla en aquel mundo tambaleante. Era lo único que impedía que se desplomara, se colgó de su cuello, adorando su fuerza.
—¡MacUzumaki! —La voz de Madara resonó en el patio—. Le dije que mantuviera a ese gitano lejos de mis caballos.
Naruto la soltó y la dejó suavemente a un lado; luego abrió con brusquedad la puerta del box y fue a por lord Madara. Los explícitos juramentos en gaélico inundaron el patio y ahogaron por completo las melifluas protestas del inglés.
En el momento en que ella salía del cubículo, con las rodillas temblorosas, Naruto lanzaba a Madara dentro de su carruaje.
Los hombres les rodeaban, el cochero de Madara y sus mozos, pero no movieron un dedo para ayudar a su amo. Los trabajadores de Naruto le miraban llenos de cólera y repugnancia. Iruka había atrapado finalmente al revoltoso garañón y le hablaba en voz baja en romaní mientras le sujetaba la cabeza entre las manos.
Jazmín, todavía libre, galopaba alrededor del campo de entrenamiento, perseguida por algunos mozos y por Konohamaru, que pretendían arrinconarla en una esquina.
—Coja a ese maldito garañón y salga de aquí —bramó Naruto. Su voz era ronca, ya no contenía a la bestia que rugía en su interior.
Madara, aunque pareciera increíble, se atrevió a desafiarle.
—Si me llevo al macho, me llevaré también a Jazmín.
—Pues llévesela entonces. ¡Saque sus malditos caballos de mi vista!
—Naruto... —Hinata se dirigió hacia él lo más rápido que pudo, pero sus pies eran lentos y su voz demasiado débil—. No, no renuncies a Jazmín.
Los mozos se separaron para dejarla pasar; estaban furiosos, pero no con ella.
—¿Se encuentra bien, milady? —escuchó más de una vez.
—Sí, gracias —jadeó en cada ocasión—. Naruto...
—Ni siquiera se ha molestado en preguntar si mi mujer se encuentra bien.
—Su mujer no debería estar aquí —adujo Madara—. El sitio de las mujeres es en la cama, no el patio de unas caballerizas.
El puño de Naruto salió disparado y Madara cayó en el interior del vehículo con la cara ensangrentada. Naruto cerró de golpe la puerta y el cochero saltó al pescante, encargándose de girar el carruaje.
Las ruedas le salpicaron de barro las botas, pero él se encaminaba ya hacia Hinata y no reparó en ello. Mientras el vehículo de Madara recorría el camino, Iruka logró meter al garañón en su carreta y un mozo cerró la puerta. Después, el gitano se dirigió al campo para encargarse de Jazmín.
—Naruto —dijo ella cuando él la rodeó con sus brazos otra vez—. No puedes deshacerte de Jazmín. Adoras a ese caballo.
—Casi te pierdo. Madara puede irse al infierno.
—Pero Jazmín... No quiere irse con él. —Hinata volvió a revivir la experiencia, su mente vio de nuevo al enorme caballo, las pezuñas en el aire a punto de poner fin a su vida.
Naruto la cogió en brazos cuando sus piernas cedieron. La alzó contra su pecho y la llevó con rapidez a la casa mientras los sirvientes salían rápidamente para observar cómo subía las escaleras hasta el dormitorio de Hinata.
La dejó en un diván cerca del fuego y ella agitó débilmente la mano delante de su cara.
—¿Cuándo se volvió tan dramática mi vida?
—Cuando te casaste conmigo. Aquí hace frío. —El enorme dormitorio tenía una chimenea, no una estufa, y Naruto se ensució la camisa al poner más leña en el hogar.
El fuego se reavivó y la estancia se calentó hasta tal punto que rompió a sudar. O quizá fuera una reacción tardía a los hechos.
—No te vayas —susurró.
—No voy a irme a ningún sitio, cariño.
—Pero Jazmín... —Comenzaron a castañearle los dientes—. La potrilla no quería hacer nada malo... Solo es un caballo... Yo estaba donde no debía...
—Hinata, cállate.
Naruto vertió un poco de agua en la palangana y empapó una toalla. Le quitó los guantes rotos y comenzó a limpiarle las manos manchadas de tierra. El agua le produjo escozor en aquellas partes donde se había arañado las palmas al caer.
—Tú tienes las manos igual de sucias —dijo a Naruto. Se miró en el espejo y comenzó a reírse—. Y mira mi cara. Estoy horrible.
—Cállate.
Oyó voces al otro lado de la puerta. Dos criadas y un lacayo entraron con una bañera y varios cubos humeantes. No recordaba que Naruto hubiera pedido que los llevaran, pero evidentemente así había sido. El barro de las cuadras y su aterrizaje en el box vacío la habían dejado cubierta de suciedad y excrementos de caballo.
Tendría que decirle a Naruto que debían instalar un sistema de fontanería en la casa para que las doncellas no tuvieran que subir el agua por la escalera de servicio. Las cocinas quedaban demasiado lejos. Intentó desprenderse de Naruto para ayudarlas, pero él la retuvo.
—Apúrense antes de que comience a temblar —se limitó a decir él.
Las criadas llenaron la bañera con rapidez y luego todos los sirvientes desaparecieron, incluida la doncella que intentó quedarse para ayudarla a desnudarse. Pero Naruto los echó a todos y cerró la puerta con llave.
Ella comenzó a tironear de los botones del traje de montar, aunque no logró abrir ninguno. Naruto le obligó a darse la vuelta de cara al crepitante fuego y los desabrochó él mismo.
—Estás volviéndote todo un experto en eso —comentó.
Le quitó el corpiño de paño y le frotó las muñecas desnudas.
—Estás helada. ¿Estás segura de que te encuentras bien?
—Sólo tengo algunas magulladuras.
—Tienes bastantes. —Naruto le aflojó el corsé y se lo quitó antes de deslizar la mano por los puntos sensibles de la espalda—. Pero las doy por buenas ante lo que podía haberte pasado. Gracias a Dios, no te has roto nada.
—Gracias a Dios y a Iruka. Fue muy listo al trepar desde el box anexo.
Ella le había visto desplazarse por encima de la valla que separaba los cubículos. Se dio cuenta de ello mientras el gitano la ayudaba a levantarse, pero no había entendido nada en aquel momento.
—Si estuviera aquí le besaría —confesó Naruto—. Aunque luego vomitaríamos los dos. Pero pienso darle una buena gratificación.
—Me ha contado que su familia vive en unas barcazas —comentó ella—. Me gustaría verlas. Jamás he pisado una barcaza gitana. Bueno, ni gitana ni no gitana. Por lo que me han dicho, no es algo que deba hacer una señora.
—Te llevaré a la barcaza y le diré a su familia que nos traslade por el Támesis hasta Avon y nos traiga de vuelta otra vez, pero será después de que entres en calor.
Naruto se arrodilló frente a ella para quitarle las medias, dejándola desnuda. Se preguntó cómo había llegado a ese estado mientras él la tomaba en brazos y la metía en el agua.
El líquido estaba muy caliente y era un auténtico placer. Se hundió hasta la barbilla, dejando que el calor aplacara sus sentidos.
No le daban miedo los caballos; claro que no, se dijo a sí misma. Eran bestias y hacían cosas de bestias, pero nunca antes había estado a punto de morir por culpa de una. Si Iruka hubiera sido más lento...
—Maldito Madara —gruñó Naruto—. ¿Cómo se le habrá ocurrido traer a ese condenado garañón? Si hubieras resultado malherida le habría matado. No habría logrado contenerme.
Ella puso una mano empapada sobre el brazo de su marido. La camisa de Naruto ya estaba mojada y él se la quitó, impaciente.
Ella restregó la cabeza contra el hombro desnudo, que tan caliente y sólido parecía. Ese atractivo y poderoso hombre le pertenecía. Los votos habían sido muy claros «con mi cuerpo te adoraré».
Naruto se alejó, pero solo para coger la pastilla de jabón. Se frotó las manos para hacer espuma antes de pasárselas por la espalda y los brazos, por el vientre.
—Báñate conmigo —propuso ella.
Naruto se rió.
—Ocupo demasiado sitio.
—Deberíamos tener una bañera más grande, de obra, donde cupiéramos los dos. Tienes que contratar a alguien para que nos construya un cuarto de baño nuevo y moderno.
—Cállate. —Naruto le mordisqueó la oreja—. Déjame ocuparme de ti, cariño.
Dejó que la atendiera. Le deslizó las manos por la cintura otra vez, haciendo resbalar el jabón hacia sus pechos mientras ella se relajaba, feliz.
—Te amo —murmuró ella.
Probablemente no debería habérselo dicho. ¿Querría Naruto conocer sus sentimientos? Pero estaban ahí y no podía ignorarlos. Le amaba, y eso era todo.
Él puso fin a sus especulaciones besándola.
Saboreó su fiereza, la furia y el miedo que había estado conteniendo. Notó que él se dejaba llevar por aquel beso agitado. Casi la arrastró fuera de la bañera y el agua se derramó por todas partes.
—Mi Hinata —susurró entre besos—. Mía.
«Sí —intentó decir ella—. Tuya».
Su aliento la calentó con más eficacia que el agua. Le deslizó los largos y callosos dedos por todo el cuerpo, todavía resbaladizo por el jabón, mientras seguía besándola con fuerza, separándole los labios con los suyos.
La sacó del agua, acunándola contra su pecho mientras la llevaba a la cama, donde la secó con las toallas que la doncella había puesto a calentar ante el fuego. Comenzó a arderle la piel debido a la fricción.
Le gustó especialmente el roce contra los pezones, que se pusieron duros como guijarros. Naruto se inclinó para capturar uno de aquellos puntos oscuros con los labios y ella gimió. Se dejó caer sobre el lecho mientras él jugaba con el otro pezón con la punta de la lengua antes de succionarlo por completo.
Ella tiró de la toalla que él había plegado entre sus piernas. Cerró los ojos y dejó escapar otro suspiro mientras friccionaba sensualmente aquel punto.
A Naruto se le oscurecieron los ojos al verla. Le arrancó la toalla de la mano y la movió él mismo; pequeñas fricciones para deslizar la tela por aquella parte tan femenina. Al escuchar su gemido de pasión, él continuó presionando y ella se dejó llevar mientras se disolvían sus miedos.
Su marido manejaba la toalla de manera magistral. La sábana era suave bajo su espalda, el cuerpo de él, cálido sobre el suyo. Pesaba sobre ella, su sólido pecho la aplastaba con la toalla entre ambos. Él volvió a tirar de la toalla y un fuego abrasador la envolvió por completo.
Le rodeó con las piernas, colocando los pies mojados contra sus botas. No pudo contener los gritos de placer que acudieron a su boca, gemidos que inundaron la tarde moribunda.
Cuando Naruto se apartó, llevándose consigo la toalla, lloriqueó. La miró con los labios apretados y el ceño fruncido mientras se quitaba la ropa con rapidez y se metía de pie en la bañera, todavía llena.
Deslizó el jabón por su cuerpo, limpiando la suciedad de los establos.
Se apoyó en los codos y disfrutó de la estampa. El cuerpo de Naruto brillaba por el agua y la espuma cubría su pecho, sus hombros, la larga y oscura erección.
Él se enjuagó, alzando descuidadamente los testículos para que el agua eliminara el jabón. La espuma se deslizó por sus piernas mientras se inclinaba para tomar más líquido entre las manos y frotarse la cara.
Salió al momento y cogió otra toalla para secarse. Ella le observó acercarse; su marido, alto como un dios, con el pelo oscuro por el agua que lo empapaba y goteaba por los anchos hombros. Las manos, los antebrazos, el cuello y la cara estaban bronceados, así como la parte inferior de las piernas. Sin embargo el resto de la piel, el tórax y la que cubría el kilt era más pálida.
Imaginó que la sacaría de la cama para hacerle el amor en una silla, en el diván o en el suelo, frente al fuego. Pero él dejó caer la toalla a un lado y la presionó contra el lecho.
Le lamió la boca y su cuerpo resultó sorprendentemente húmedo, caliente y pesado sobre ella.
—Casi te pierdo —dijo él con la voz ronca—. No quiero perderte. Nunca.
El corazón comenzó a latirle con más fuerza. «Se habrá cansado de ti dentro de seis meses», le habían dicho en París y más tarde en Montecarlo.
Pero no parecía cansado de ella en ese momento mientras le llenaba de besos la barbilla y el cuello antes de pasar a los pechos. Le lamió los senos con la boca ardiente y mojada; luego le separó las piernas y se sumergió en su interior.
El movimiento de la toalla la había dejado satisfecha, pero cuando él la penetró todavía estaba mojada y excitada.
Se detuvo con la cara sobre la de ella y la miró directamente a los ojos. Hinata leyó en ellos necesidad, angustia, y soledad. Miedo. El poderoso y peligroso lord Naruto MacUzumaki tenía miedo.
No pudo hablar, la sensación de tenerle dentro la dejaba sin palabras. Intentó vencer aquel miedo sombrío de la única manera que sabía, amándole.
Él embistió suavemente, un primer envite seguido de otro igual de lento. Era grande, pero a ella le encantaba la sensación de invasión; la ancha cama bajo la espalda y el sólido y caliente cuerpo de Naruto sobre ella. Como siempre, él se contuvo, tensando los músculos para sostenerse con los codos.
No existía nada más que el calor de la piel de Naruto contra la de ella, su erección dilatándola de manera asombrosa, el agua que goteaba de su cabello. Se mecieron juntos, una y otra vez, con movimientos cada vez más frenéticos.
Al final, él la embestía con desesperación; sus cuerpos se encontraban en contrapunto en una intensa unión. El salvaje clímax la alcanzó antes a ella y, más tarde, él gruñó de placer mientras ella aún gemía sin contención.
—Mi Hinata —susurró él con la voz rota—. No puedo perderte. Nunca. Nunca, nunca... —Aquellas palabras la conmovieron; Naruto había perdido el control—. Mi dulce y generosa esposa. La más hermosa...
Ella gimió su nombre, adorando el sonido de las sílabas. Naruto continuó desgranando palabras acompañadas de gemidos.
Entonces se relajaron juntos, cuerpo contra cuerpo en un apretado abrazo, estrechándose con fuerza en la cama de matrimonio.
Naruto la acarició de arriba abajo, maravillándose una vez más de lo suave que era. Hinata era una mujer fuerte, pero no había nada varonil en ella. Era tan tierna como aquella piel de raso, húmeda ahora por el sudor y el agua del baño.
Casi la había perdido. Cuando vio que el garañón enfilaba directo hacia ella, y que se quedaba paralizada en aquella esquina, el mundo murió a su alrededor.
Supo que jamás llegaría a tiempo de salvarla. Que tendría que quedarse quieto, mirando cómo la mujer que amaba era pisoteada hasta la muerte, y todo porque él codiciaba un caballo. Solo los rápidos reflejos de Iruka la habían salvado, una acción que jamás podría pagarle.
Había comenzado a gritar a lord Madara, pero sabía que la culpa era suya. Si no hubiera presionado al inglés para que le llevara a Jazmín de vuelta, Hinata jamás se habría encontrado allí, canturreando al oído de la potrilla mientras una tonelada de peligrosos músculos equinos estaban a punto de matarla.
Le tembló la mano mientras tiraba de las sábanas para taparla y ella sonreía somnolienta. Una sonrisa que podría no haber vuelto a ver por culpa de su egoísmo.
Cuando Madara le amenazó con llevarse a Jazmín de vuelta con el garañón, la decisión había sido fácil de tomar: Hinata era mucho más valiosa que un maldito caballo, siempre lo sería.
Hinata no dejó de sonreír a pesar de que cerró los ojos. Él se sintió en paz, tranquilo, relajado después del intenso pánico sufrido, envuelto en una oleada de amor. Se le cerraron los ojos y deseó dejarse llevar, dormirse...
Pero el pánico le inundó. Rodó por la cama y ella abrió los ojos de golpe. Le atrapó la mano.
—No, todavía no —susurró alarmada.
La besó en la frente.
—Tengo que irme, cariño. No quiero hacerte daño. —No estaba seguro de poder confiar en sus reflejos esa noche, ni siquiera con ella.
Hinata le apretó los dedos con fuerza.
—Por favor, no te marches todavía. Sigo aturdida. Quédate hasta que me duerma. Por favor.
Naruto notó un miedo sombrío en sus ojos. Era posible que ella estuviera bien, que no hubiera sufrido daños, que Iruka hubiera llegado a tiempo, pero el incidente le había provocado un susto mortal.
Necesitaba tenerle allí. A pesar del gélido escalofrío de temor que le bajó por la espalda, sabía que no podía alejarse de ella en ese momento. Tenía que elegir entre su tranquilidad de espíritu y la de ella. Y eligió la de ella.
Asintió con la cabeza sin decir palabra.
Hinata se relajó visiblemente. Tiró de las sábanas y cubrió los cuerpos de ambos, atrayéndola contra su pecho y abrazándola. La joven cerró los ojos, dulce y confiada.
Él esperó mientras el fuego crepitaba y la noche caía. Ella se durmió por completo mientras la sostenía, respirando a la par con alientos lentos y rítmicos.
Podía irse ya. Podía levantarse de la cama y dirigirse a la puerta meterse en su habitación y subirse a la cama, donde caería rendido.
Pero no se movió. El silencio que les envolvía era tranquilizador, igual que lo era el siseo de las brasas o el ulular del viento contra el alero de la casa. Hinata y él estaban juntos y a salvo en ese nido, calientes y relajados, uno junto al otro. Eso era lo que él necesitaba: sosiego. Quietud para estar con ella.
Se relajó mientras la oscuridad invadía la estancia. Pronto, solo sintió el calor de Hinata, su presencia, su aroma... Y se dejó llevar.
Hinata abrió los ojos al notar la claridad diurna y se encontró nariz con nariz con su marido. Naruto estaba a su lado, con la cara sobre la almohada; había pateado fuera las sábanas en la caldeada habitación. Tenía los ojos cerrados y estaba despeinado. Un suave ronquido salió en ese momento de su boca, entreabierta.
Lord Naruto MacUzumaki había dormido en su cama.
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Continuará...
