Capítulo 10
Dos días después pude volver a las prácticas de reparación. Shion no estaba muy seguro, pero lo convencí. Dudé cuando se me complicó mantenerme consciente por toda la sangre que había perdido. Por primera vez pude permanecer en pie hasta que el Patriarca dijo que había sido suficiente. Me vendó la muñeca y ayudó a llegar a la cama.
—Vas mejor —dijo—. Todavía no es suficiente, pero fue un avance.
Pensar que me acercaba cada vez más a mi objetivo me animaba mucho a continuar con el estudio, las prácticas y algún otro entretenimiento. Shion estaba bastante preocupado por mi entusiasmo, así que no me dejó volver al dormitorio de los aprendices y permanecí en la sala del Patriarca por varios días. De vez en cuando me permitía bajar, entonces aprovechaba para ver a mis compañeros.
Una tarde fui emocionado a enseñarles algo que había hecho, pero ya estaban jugando a las escondidas cerca de los dormitorios. En el camino había visto a Milo y Aioria, quienes me pidieron que no dijera dónde estaban; como era el turno de Camus de buscar supuse que no iba a tardar demasiado.
—¡El que no se escondió se embroma! —avisó cuando terminó de contar.
Shaka estaba sentado a la sombra de un árbol que apenas tenía hojas. Les daba la espalda al resto, señal de que no era parte del juego. Me entretuve un rato viendo al futuro santo de Acuario buscar a los demás, muy cerca de donde se habían escondido. Luego fui casi en puntas de pie a hacerle compañía a mi amigo de Virgo.
Tenía los ojos cerrados y las manos en el mudra karana. Volteé un momento: Camus había encontrado a Deathmask y Milo. Entonces me senté al lado de Shaka en silencio. Las hebras doradas se mecían con la brisa. Una mariposa se posó en la mano levantada de mi amigo; movió las alas tres veces antes de retomar el vuelo. Shaka separó los labios por ese movimiento tan sutil.
Entonces decidí hablarle:
—Hola.
Él se sobresaltó. Parecía desorientado, pero no tardó mucho en reconocer mi ubicación y adoptar una pose serena.
—Ho-... Hola.
—¿Por qué no estás jugando con los demás?
Apretó las yemas de los dedos entre sí.
—No… No tenía ganas.
—¿Y no te aburrís acá solo?
Movió la cabeza de lado a lado. Me dio la impresión de que estaba nervioso y no pregunté más. Suspiré. Tiré la cabeza hacia atrás; el sol se metía entre las hojas escasas. Volví a ver a mis espaldas. A Deathmask y Milo se le habían sumado Shura, Aphrodite y Aioros.
—¿Qué es eso?
Escuché la voz de Shaka preguntar.
—¿Eh? Ah… ¿Esto que traje? Son trompos.
—¿Trompos?
—Sí. Los hice yo. Quería hacer uno para cada uno, pero no tuve mucho tiempo. Alcancé a hacer dos nada más.
—¿Para qué sirven?
—¿Eh? ¿Nunca jugaste con trompos?
—En el monasterio donde vivía… no podíamos darnos el lujo de tener juguetes. Compartíamos una pelota entre todos… pero la perdimos poco antes de que viniera al Santuario.
Shaka quedó cabizbajo. Me dio mucha lástima su confesión, así que decidí hacer algo bueno por él. Lo agarré del brazo para levantarlo y le dije:
—Vamos a jugar.
—¿Q-qué?
—No podemos hacerlos girar acá en el pasto… Hmm… ¡Ya sé! Vamos al comedor.
—Pe-pero…
—¡Dale!
Llevar a Shaka era como llevar una pluma: no pesaba nada ni ponía resistencia. Al llegar al comedor solamente había un par de aprendices que leían y charlaban. Nos ubicamos en una esquina para explicarle a mi amigo el funcionamiento del trompo. Pensé que no había entendido porque nunca abrió los ojos; efectivamente fue así.
—No pasa nada —le dije—. Te explico de nuevo.
—Mejor… jugá con alguien más.
—Hummm… ¿Por qué no usás tu cosmos para hacerlo girar?
—¿Eh?
—¡Sí! No te sale hacerlo de la manera normal, ¡entonces vamos a usar el cosmos!
Mi amigo no estaba muy convencido con la idea, pero aceptó. Nos sentamos frente a frente y dejé los trompos en el piso. Conté hasta tres para comenzar; no fue para nada complicado. Shaka tuvo un poco de dificultad al principio, aunque enseguida le agarró la mano. Era divertido, podía hacerlo ir más rápido o lento, saltar y girar a nuestro alrededor. Eso llamó la atención de los aprendices que se acercaron a ver. Al rato llegaron nuestros compañeros. Todos estaban impresionados y querían tener sus propios trompos.
La hora de descanso se terminó, tenía que volver a la sala del Patriarca. Antes de irme le dije a Shaka que se quedara con los juguetes.
—Ahora son tuyos.
—No puedo… tener este tipo de cosas.
—Bueno… Entonces vos sos el encargado de guardarlos hasta la próxima vez que vuelva para que podamos jugar.
En ese momento no imaginé que iba a ser la última vez que jugara con Shaka.
Un par de días después Shion me dio permiso de entrenar con mis compañeros en el coliseo. Me desperté temprano para alistar todo. Las doncellas me ayudaron, aunque fue bastante molesto que me trataran como un bebé: me acomodaron la ropa, me peinaron y hasta me pusieron el vendaje. Cuando escapé de esa tortura corrí por las doce casas hasta el lugar de entrenamiento. Todavía no habían llegado, así que esperé sentado en las gradas.
Movía los pies en el aire mientras miraba al cielo, a la arena, a cualquier cosa que llamara mi atención para que el tiempo fuera más rápido. Pasé los dedos sobre las vendas que cubrían mis muñecas. La cicatriz nueva estaba mucho mejor, pero, por alguna razón, sentía que tenía algo raro. No poder recordar cómo me la había hecho; más que frustrarme, me ponía triste.
—¡Mu!
Giré la cabeza en automático al escuchar la voz de Aioria. Mis compañeros venían con Aioros y Shura. Bajé las gradas de a saltos para correr hacia ellos.
—Buen día, Mu —me saludó el santo de Sagitario.
—Buen día.
—El Patriarca dijo que hoy vas a entrenar hasta la tarde. ¿Estás listo?
—¡Sí!
—¡Bien! ¡Vamos a entrar en calor!
Durante el calentamiento Milo y Aioria me contaron muchas cosas que pasaron en los días que no nos vimos: la vez que Camus congeló la puerta de su cuarto por accidente y no podían salir, cuando le ayudaron a Aphrodite con las hormigas que destruyeron la mitad del jardín de los dormitorios, o la tarde en que, después de haber ido al pueblo y ver distintas tortas en una panadería, hicieron tortitas de barro y Deathmask comió una pensando que era chocolate.
—¿Hiciste más trompos? —preguntó Aioria— Muchos se quedaron con ganas de jugar la otra vez.
—Hice un solo —respondí—. Mientras mi maestro está ocupado con sus asuntos me deja a cargo de las doncellas que también me dan clases.
—¿Y qué te enseñan? —Quiso saber Milo.
—Muchas cosas: matemática, geografía, griego, últimamente también inglés, biología...
—Matemática me aburre.
—A mí también —coincidió Aioria— ¡E historia! Ah… Mi hermano dijo que vamos a tener clases especiales con doncellas también.
—Sí… ¿Qué será? ¿Tenés idea, Mu?
—Hmmm… No sé… Puede que sea… ¿Cómo dijo la señorita Ina que se llama? Etiqueta o algo así. Dice que es importante porque vamos a conocer a Athena y tenemos que saber comportarnos.
—¡Pero si yo me porto bien!
Aioria y yo reímos por el comentario de Milo que volvió a defenderse. Suspiré, luego miré hacia un costado: a varios metros estaba Camus en medio del calentamiento de articulaciones; más atrás, Aldebarán giraba la cabeza sobre su eje; y un poco más atrás, Shaka estaba parado con los ojos cerrados y las manos unidas sobre su pecho. No hacía nada. Minutos antes apenas lo había visto correr aunque muy lento. Estaba pálido, casi ni tenía color en los labios.
—¿Qué le pasa a Shaka? —pregunté.
Mis compañeros miraron en su dirección.
—¿Quién sabe? —dijo Milo.
—Shaka es re raro —continuó Aioria.
—No es raro —dije—. Solamente es distinto.
—Bueno… Sí es un poco distinto… No come lo mismo que nosotros, medita todos los días, casi no abre los ojos...
—Yo escuché que es la reencarnación de Buda —dijo Milo en tono bajo.
—¡¿Ehhh?! ¿O sea que es un dios?
Me llevé una mano a la frente y dije:
—Buda no reencarna y tampoco es un dios.
—No tengo mucha idea de eso, pero fue lo que escuché —dijo Milo.
—Entonces Shaka es mucho más raro.
Ignoré el comentario de Aioria y volví a mirar en dirección a Shaka.
—¿Estará enfermo?
Hubo un silencio de varios segundos. Milo revoleaba los brazos para calentar los hombros. Aioria se rascaba la nuca.
—¿Por qué no vas a hablar con él? —sugirió— Por ahí se alegra un poco.
—Sí… Lo voy a intentar.
Mientras caminaba hacia Shaka tenía la sensación de que todos habían puesto la mirada sobre mí. No le di demasiada importancia. Aunque el único que no había notado mi presencia fue mi amigo de Virgo, que seguía con los ojos cerrados y las manos sobre el pecho.
—Hola —le saludé.
Él salió del trance con un sacudón. Apenas y su voz sonó como un «Oh». Hizo un movimiento ligero de cabeza.
—¿Cómo estás? —le pregunté.
—Eh… B-bien… ¿V-vo-vos?
—Bien.
Me senté en el suelo, flexioné la pierna derecha sobre la otra y empecé a mover el pie con la mano. Shaka me miró «a su manera», sin decir nada, hasta que pareció recordar que estábamos por empezar a entrenar. Entonces hizo lo mismo que yo.
Giraba mi pie hacia afuera diez veces, luego hacia adentro; mi costumbre era repetirlo cinco veces. Mientras contaba mentalmente también buscaba algo de qué hablar con mi amigo. Al tenerlo más cerca pude verle mejor los labios pálidos y resecos; no tenía color en los cachetes.
—Ah… ¿Seguiste jugando con los trompos?
Fue lo primero que se me ocurrió. Shaka negó.
—¿Eh? ¿Por qué? ¿No te gustaron?
—N-no… No es por eso… Es que… solamente son dos y en los dormitorios somos muchos para compartir… No es justo… que sea el único que tenga.
—Cierto… Tengo que hacer más para que todos puedan jugar.
Sonreí bien amplio.
—Me alegro de que los hayas guardado.
Shaka no dijo nada y cambió de pie. Yo hice lo mismo, olvidándome de mi costumbre.
—¿Sabés qué? —le dije— Guardé la flor que me diste en un libro.
—¿E-eh?
—El maestro Shion dijo que así va a durar mucho tiempo… ¡Ah! Pero no la guardé en el libro que me llevaste porque no es mío. La puse en otro, el único libro que tengo. Algún día te lo voy a mostrar. Es sobre mi pueblo. Shion me lo leía cuando estaba en Jamir.
De pronto Shaka se quedó inmóvil. Tenía la cara más blanca. Hasta parecía que no respiraba.
—¿Qué pasa?
—No… nada.
Estar con Shaka era raro, como si hubiera cosas que quería decirme pero no lo hacía, o que los demás sabían y se lo guardaban. No me gustaba pensar en eso. Quise convencerme de que era normal después de pasar tantos días sin vernos. De todos modos, sentía una presión en el pecho.
Después de un rato empezó la práctica de lucha. Todos íbamos a ir contra Shura, así que teníamos que esperar nuestro turno sentados en las gradas. El primero en pasar fue Aioria. Aproveché el momento para charlar con Aldebarán. Si miraba por detrás de mi amigo podía ver a Shaka, apartado de nosotros.
—¿Te preocupa Shaka?
Aldebarán me preguntó de repente. Tardé unos segundos en captar sus palabras.
—Ah… M-más o menos… ¿Sabés si le pasó algo?
Mi amigo se cruzó de brazos, con la mirada al frente y seria.
—Hace poco tuvo una prueba y no le fue muy bien.
—¿Qué? ¿En serio?
—Sí… Está desanimado desde entonces.
—¿Solamente por eso? No pensé que alguien como él se vería afectado por una cosa así.
Aldebarán suspiró.
—Aunque no lo parezca, Shaka tiene sentimientos.
—Ay, Aldebarán, eso es obvio… Pero…
Busqué alguna palabra que se adecuara a lo que quería expresar y solo me vino a la mente la que menos quería:
—Es raro.
Después de Aioria fue el turno de Camus y luego el de Shaka. Bajó las gradas hasta el centro de la arena con total parsimonia. Aioros le recordó que el ejercicio duraba quince minutos. Por alguna razón Shaka se veía más pequeño de lo que era. Me llevé una mano al pecho; de nuevo esa opresión inentendible.
El combate comenzó con un ataque de Shura que el futuro santo de Virgo apenas esquivó. En las gradas se escuchó un «Wooo» general. Shaka ni siquiera estaba parado en posición de guardia, era peor que sus primeros días en el Santuario. Aioros también lo notó y le llamó la atención por eso. Shaka intentó corregirlo; así pudo defenderse del siguiente ataque y un par más. Sin embargo, cuando Shura empezó a presionarlo volvió perder el control.
Lo peor era que Shaka ni siquiera atacaba por más que Aioros y el resto se lo dijeran. Incluso se tropezó tres veces. No entendía qué le pasaba. Seguía cada uno de sus movimientos -la mayoría torpes-, el color de su cara se concentraba en los cachetes mientras respiraba por la boca.
—Debe estar así por ya-sabés-qué.
Escuché a Aioria decirle eso a Camus en voz baja y él estuvo de acuerdo.
—Seguro que el Patriarca lo va a volver a llamar.
—Pobre.
Ese ya-sabés-qué me hizo eco en la mente y si Shion tenía algo que ver era bastante serio. Trataba de conectar las pistas, pero no se me ocurría ninguna hipótesis.
Entonces todos hicieron «¡Uhhh!» al mismo tiempo que se escuchó algo que se arrastraba a la fuerza por el suelo. Levanté la mirada. En la arena había un surco largo que se terminaba en un extremo, luego le seguían dos huecos y donde imaginé que habría un tercero estaba el cuerpo de Shaka.
—¿Lo mató?
Alguien hizo esa pregunta, pero no supe quién había sido.
—¡Shaka, levantate y seguí peleando! —le dijo Aioros.
Mis compañeros estaban entre darle ánimos silenciosos o agarrarse la cabeza de la incredulidad. Por dentro solo podía decir «pobre», como Camus había hecho minutos antes. Aioros seguía con sus intentos por hacerlo levantar; Shura lo retaba a seguir con la pelea, pero no había caso. Comencé a pensar que en verdad estaba muerto.
—Ahora sí lo van a llevar con el Patriarca —Aioria le dijo a Camus.
Resultó ser que Shaka quedó inconsciente por el golpe que le dio Shura -o al menos eso fue lo que Aioros nos dijo antes de llevarlo a la enfermería. Con todo eso de ya-sabés-qué que yo no sabía y la impresión de ver a mi amigo derrotado tan fácil, decidí ir a comprobar cómo estaba durante el descanso. Sin embargo, no lo encontré. Al parecer Shion sí lo había llamado. Fui a toda prisa a los aposentos del Patriarca y otra vez lo mismo: él no estaba ahí.
—¿No sabe a dónde se lo llevó mi maestro? —le pregunté a la señorita Ina mientras organizaba unos papeles.
—Sí sé, joven Mu —respondió sin mirarme—. Pero el gran Patriarca ordenó que no le dijéramos.
—¿Por qué?
—Él tiene sus razones… Tal vez si algún día llega a ser Patriarca pueda entenderlo.
—Eso nunca va a pasar —dije más para mí.
—Si no vuelve a entrenar para convertirse en santo de oro, es más que evidente que ni siquiera va a tener una oportunidad, joven Mu.
Supuse que ya no tenía nada que hacer ahí y procedí a volver con mis compañeros (aunque antes de hacerlo la señorita Ina me preparó un almuerzo rápido). Shaka no había aparecido, nadie sabía dónde estaba. Seguimos entrenando hasta casi las cinco de la tarde que regresé donde mi maestro.
Luego del baño y la merienda, Shion me llamó a su sala. Estaba sentado en el trono con la mirada opaca. Las arrugas a los costados de la boca le daban un aspecto de tristeza. Pensé que íbamos a tener una lección, pero lo que dijo no me lo esperaba.
—Vas a terminar tu entrenamiento en Jamir.
—¿E-en Jamir?
—Es la tierra de nuestros antepasados —dijo—, el mejor lugar para completar la última etapa en tu formación como herrero.
—¿Usted… va a ir a verme?
Shion parpadeó lento, como si no tuviera tiempo para mis miedos infantiles.
—Ya deberías tener el control suficiente de tu cosmos para poder comunicarte conmigo a la distancia. En caso de que algo suceda, algo serio, podés llamarme.
—Pero… ¿Va a seguir entrenándome?
—Sí, Mu. Incluso cuando hayas conseguido la armadura de Aries voy a seguir poniéndote a prueba.
Shion se puso de pie.
—Ahora andá a preparar tus cosas. Buscá todo lo que consideres necesario de la casa de Aries, comprobá que todo esté en orden y empezá a empacar. Salís mañana a la tarde.
Fui a mi habitación, dejé la poca ropa que tenía sobre la cama. Lo mismo con el libro donde había guardado la rosa. También iba a hacerlo con el último trompo que había fabricado, pero pensé que era mejor dárselo a alguno de mis compañeros.
Bajé casa por casa, quería grabar cada detalle en mi memoria; aún no me iba y ya extrañaba el Santuario. Cuando llegué al templo de Virgo recordé lo que había pasado en la mañana. De pronto tuve muchas ganas de ver a Shaka, pero pensé que quizás ya estaba en los dormitorios. Por suerte, mi deseo se hizo realidad enseguida.
Encontré a Shaka sentado en las escaleras de frente al atardecer. Era la primera vez que notaba el aura dorada que lo rodeaba. Parecía inalcanzable. Por un instante tuve miedo de que si me acercaba se rompería. Aun así caminé hacia él. Como siempre, la posición de loto y el mudra dhyana. Si no hubiese sido por el labio hinchado, los múltiples raspones y la venda en la mano derecha habría sido la imagen sagrada perfecta.
—¿Estás despierto? —pregunté bajo y sereno.
De todas formas, Shaka se sorprendió.
—Disculpá, no quería asustarte.
—N-no… Está… Está bien.
Me senté a su lado y pregunté:
—¿Te sentís mejor?
—¿Eh?
—Esta mañana, no sé por qué, pero cada vez que te veía sentía algo muy feo en el pecho.
Shaka ocultó los ojos cerrados detrás del flequillo.
—¿Por qué estás tan triste? ¿Puedo ayudarte con algo?
—Estoy… Estoy bien.
—¿Seguro?
—Sí… Solamente… me aparté un poco del camino. Pero lo voy a solucionar.
—Hmmm… Bueno, si vos decís…
Suspiré para mirar al atardecer; el cielo era una mezcla de azules, naranjas, rosados y algún punto blanco. No hacía frío ni calor, pero sentía algo cálido en el pecho.
—Voy a volver a Jamir.
—Oh…
—El maestro Shion quiere que termine mi entrenamiento allá, como nuestros ancestros. Pero no sé cuánto vaya a tardar —dije con una risita.
—Seguro… va a ser pronto.
—Eso espero… No me gustan las noches de tormenta en Jamir.
Miré el trompo que tenía en las manos.
—Tomá.
—¿Qué?
—Guardá este también. Tal vez cuando vuelva pueda traer más para que todos jueguen.
Shaka asintió y aceptó el juguete. Me alegró ver que tenía más color en la cara, aunque pensé que solo era efecto del atardecer mezclado con los raspones. El labio hinchado me provocaba aplastarlo para dejarlo como antes, pero era demasiado cruel. Así que opté por apoyar las yemas de mis dedos sobre el bulto y hacer que se fuera con mi cosmos.
—¿Mejor? —pregunté.
Shaka se tocó el labio deshinchado.
—S-sí… Gra-gracias.
Me puse de pie y estiré los brazos sobre mi cabeza.
—Tengo que ir a buscar algunas cosas en la casa de Aries para después empacar… Puede que no tenga tiempo de despedirme del resto, así que mandales mis saludos, por favor.
—Sí.
Bajé los escalones a paso lento pero firme. Aún no me iba y una parte de mí ya quería volver.
—¡M-Mu!
Una especie de corriente me pasó por todo el cuerpo cuando Shaka dijo mi nombre. No recordaba la última vez que me había llamado. La parte mía que ya quería volver ahora no quería irse.
Giré despacio a ver a mi amigo que estaba parado con el pelo mecido por la brisa. Tenía el atardecer pintado en el rostro.
—Voy a practicar con el trompo —dijo—, así cuando vuelvas podamos jugar.
Entonces recordé lo que Milo y Aioria dijeron más temprano; la idea de que Shaka fuera algo como un dios no me pareció tan tonta: alguien así de dulce no podía ser humano.
—*—*—*—
La primera semana en Jamir fue bastante complicada. Hacía más de un año que nadie iba y por mis últimos días mimado por las doncellas tuve que esforzarme mucho para dejar la pagoda habitable otra vez. Al menos recordaba el camino al pueblo donde nací. Todos los mayores me conocían y también al Patriarca. Nadie se negaba a darme una mano en lo que necesitara; incluso los que no eran descendientes del continente Mu me regalaban algunas verduras, frutas o golosinas. Decían que se sentían más seguros de tener a un santo cerca -aunque todavía no lo era.
A parte de mí había otras personas que también manejaban el cosmos, aunque a distinto nivel. La que más sobresalía era la señora Agnes. Era más joven que mi maestro, pero también tenía muchos años. Incluso entrenó en el Santuario, aunque nunca aprendió a reparar las armaduras. Ella estaba presente en cada nacimiento en nuestro pueblo y los aledaños donde hubiera descendientes del continente Mu; según Shion fue la que ayudó a que viniera al mundo.
Cada dos semanas tenía que ir a verla para que se asegurara de que estuviera bien de salud. Agradecía el gesto, pero odiaba que las mujeres que la asistían me pellizcaran los cachetes o me peinaran de una manera que no me gustaba. A veces se ponían muy pesadas y la señora Agnes tenía que recordarles que debía volver a Jamir mientras hubiera luz. No faltaban las que querían adoptarme o como pretendiente para sus hijas.
El primer mes de entrenamiento se pasó rápido. Shion me llevaba armaduras para que las arreglara. Eran todas de soldados, ninguna de santos; el maestro todavía no me dejaba encargarme de esas. Era frustrante. Había días en que no parecía avanzar. No importaba cuánto estudiara, corriera, nadara en aguas heladas ni usara mis poderes mentales, estaba estancado.
—Te lo dije muchas veces, Mu: cada uno va a su ritmo.
Shion habló calmado sentado en una roca desde donde me miraba.
—Pero… no podemos dejar al Santuario sin herrero —respondí agitado.
—Tenés todos los conocimientos, solo te falta dominar la técnica más esencial.
Miré mis muñecas al descubierto. La cicatriz enorme tenía un tono más rosado a comparación del resto de mi piel. La odiaba. Cada noche pensaba cuánto me faltaba para ser el herrero y quería practicar por mi cuenta, pero la cicatriz me detenía. Cualquiera fuera la estupidez que había hecho para provocarme eso no debía repetirla.
Todos los días se parecían: levantarme, el desayuno, limpiar, entrenar, el almuerzo, leer, seguir entrenando, un baño, más lectura e ir a dormir. Solo cuando tenía que ver a la señora Agnes o mi maestro iba a Jamir la rutina se modificaba. Sin embargo, hubo un evento en particular que más adelante sería decisivo en el futuro del Santuario y el resto de mi vida.
Una mañana salí a caminar por las montañas. El viento fuerte y la falta de oxígeno eran habituales en la zona; por suerte mi cuerpo no tardó en acostumbrarse. Atravesé dos pueblos además del mío. El sol de mediodía hacía que me ardiera la cara. Me detuve un momento a descansar bajo la sombra escasa formada por unas rocas, cuando, de repente, sentí un cosmos muy cerca. Luego, una explosión. Hubo un derrumbe cerca.
Corrí en dirección al lugar donde había percibido la presencia conocida. El polvo y el sol en los ojos apenas me permitieron reconocer el brillo dorado de una armadura. Me acerqué lento. De a poco aquella figura tomó forma: el cuerpo maltratado de Aphrodite estaba tirado en el suelo.
Me apuré a comprobar que estuviera consciente. Un rastro de sangre le había salido de la boca. No llegué a hablarle que justo escuché pisadas detrás. Giré con el cuerpo tembloroso para encontrar a un tipo gigante cubierto con la piel de un yak. Tenía un arco y una flecha en las manos, mientras que una especie de cinturón con bombas le cruzaba el pecho.
Sabía que tenía que hacer algo, las posibilidades de vencerlo eran altas, pero no conseguía moverme. Ni siquiera lo hice cuando lo vi prepararse para dispararme. Se me aceleró el pulso. Pensé en mi maestro, en lo molesto que estaría si el Santuario perdía al santo de Piscis y a otro futuro dorado.
—A… Aphrodite… —Alcancé a decir, pero no había sido fuerte y él no estaba consciente para escucharme.
La punta brillante de la flecha seguro iba a darme en medio de la frente. Por dentro me decía que al menos intentara huir. Mis pies se habían fusionado al suelo. «¿Entonces no voy a ser un santo de Athena?», me pregunté.
«¡Mu, reaccioná!».
Me pareció escuchar la voz de Shaka, pero ni siquiera sentía su cosmos cerca; el único era el de Aphrodite que estaba muy débil. Entonces supe lo que tenía que hacer.
Me paré firme. Puse las manos frente al pecho. En el preciso instante en que aquel sujeto disparó yo hice lo mismo con mi cosmos.
—¡Crystal wall!
La flecha impactó contra la barrera y enseguida se volvió contra el atacante. Le dio en un brazo. Gritó del dolor.
—¡Pendejo de mierda! ¡¿También sos un santo de Athena?!
Me puse en guardia. Él me miró furioso mientras se apretaba la zona con la flecha todavía clavada.
—¿Un santo descendiente del continente Mu? Ahhh… Vos debés ser el nieto del Patriarca.
Arrugué la frente por su comentario.
—Al final resultó ser cierto que los santos volvieron a Jamir…
Agarró la flecha y se la sacó de un tirón. Retrocedí, el muro se rompió producto de las dudas que me surgieron. «¿El maestro Shion… es mi abuelo? Pero él… Nos conocimos cuando tenía tres años… ¿Y mis padres? ¿Ellos sí murieron? ¿Entonces la mujer que me cuidaba antes…?».
—¿Qué pensará el Patriarca cuando le mandemos la cabeza de su nieto?
Tropecé con mis propios pies y caí sentado. Él se abalanzó sobre mí. Apreté los párpados, pero nunca llegué a sentir nada. Cuando volví a verlo tenía una rosa roja entre los ojos.
—No vas a dejar al Santuario de Athena sin dos santos de oro.
Volteé rápido a ver al caballero de Piscis todavía en el suelo pero consciente.
—¡¿Aphrodite?!
—Alejate, Mu. Sus flechas tienen veneno, pero es demasiado grande para que le hagan algo… Ahora con mi rosa no tiene salvación, aunque va a tardar en hacer efecto.
Aquel tipo empezó a toser tanto que se arrodilló al no poder seguir parado. Aun así volvió a mirarme lleno de odio. Me agarró del tobillo. Lo pateé para que me soltara, pero era demasiado fuerte y yo tenía tanto miedo que no pude usar todo mi poder.
—No voy… a dejar… qu-...
Aphrodite volvió a tirarle otra rosa, una blanca. Gracias a eso pude zafar. Corrí a ayudar al santo de Piscis a pararse.
—¿Podés caminar?
—No soy… tan débil como parezco… Aunque perdí mucha sangre.
Entonces me di cuenta de la mancha roja que había dejado en la tierra.
—Hay un pueblo acá cerca donde te pueden ayudar. Vamos.
Nos alejamos lentamente de aquel tipo que nos insultaba con la poca energía que le quedaba. Aphrodite apenas arrastraba los pies y dejaba un rastro de sangre por detrás. A ese ritmo se iba a desangrar antes de llegar al pueblo. Lo ayudé a recostarse contra una roca. Tenía una herida profunda en el costado izquierdo del cuello de donde salía mucha sangre. Puse mi mano sobre ella y concentré todo el cosmos que pude. Poco a poco la piel se regeneró, pero él seguía muy débil.
Lo levanté para que se apoyara en mi espalda. Cerré los ojos y busqué el pueblo más cercano con mi mente. Respiré hondo e imploré a Athena que mi cosmos fuera lo suficientemente fuerte para teletransportarnos hasta allá.
Abrí un ojo. Estábamos en medio de la calle comercial. Los puesteros nos miraban aterrados. Varios susurraban, la mayoría sorprendidos de ver una armadura de oro por primera vez. Acomodé el cuerpo de Aphrodite sobre mi espalda -la diferencia de alturas me hacía muy difícil sostenerlo.
—¡¿Joven Mu?!
Escuché una voz femenina llamarme. Entre la gente apareció una de las mujeres que acompañaba a la señora Agnes. Gracias a ella pudimos conseguir un médico que atendió a Aphrodite y un lugar donde pasar la noche. En vez de volver a Jamir me quedé con él; no podía dejarlo con fiebre y al borde de la muerte tan lejos del Santuario. Ni siquiera había llegado a preguntarle qué hacía en las montañas o si había ido con alguien más.
A la mañana siguiente se despertó sin problemas. Estaba más pálido que de costumbre, pero siendo él sabía que no iba a morir tan fácil. Aunque se negó a permanecer más tiempo en cama, el médico me ayudó a convencerlo de que descansara un poco.
—Anoche le avisé al Patriarca lo que pasó —dije—. Cuando te sientas mejor van a mandar a alguien a buscarte.
—¿Y los demás? —preguntó.
—¿Quiénes?
—Vine con un santo de plata y otro de bronce.
Bajé la mirada. Traté de hacer memoria del día anterior.
—Tu cosmos fue el único que sentí.
Aphrodite cerró los ojos.
—Entiendo.
Del otro lado de la ventana la gente caminaba y los comerciantes atraían a los clientes con gritos.
—¿Vos estás bien? —preguntó.
—Ah… Sí. Solamente tengo un raspón.
Paseó los ojos por toda la habitación y los clavó en el tejido con el dibujo de un yak que había en la pared. Los pasos retumbaban en el cuarto.
—¿Es verdad lo que dijo ese tipo? Que sos nieto del Patriarca.
Agaché la cabeza. Me agarré fuerte de la silla donde estaba sentado.
—Soy huérfano. Mis padres murieron cuando era bebé.
—¿Y quién se hizo cargo de vos?
—N-no sé… Era una mujer grande.
—¿Tu abuela?
Me quedé callado. Ni siquiera sabía el nombre de mis padres y apenas recordaba la figura de mi abuela. Clavé las uñas en la tabla de madera que me sostenía.
—Al menos todavía tenés a alguien —dijo.
Me balanceé un momento. Moví los pies.
—¿Vos tenés familia? —le pregunté temeroso.
—Tenía.
—Oh…
—No están muertos —Aclaró enseguida—. Pero… yo lo estoy para ellos.
—¿Cómo?
Aphrodite suspiró.
—No quiero decir que tenés suerte por no tener padres… Al menos ya no están para que vivan preocupados por vos cada segundo de su existencia… Los míos… tal vez piensen que no soporté el entrenamiento. Siempre fui un nene lindo y delicado que no podía hacer nada sin ayuda… ¿Qué dirían ahora si me vieran con la armadura de Piscis?
—¿Y no… los extrañás?
Ladeó la cabeza hacia la pared.
—De algún lado tengo que sacar la fuerza para pelear.
—*—*—*—
Dos días después recibí la visita de Shion en Jamir. Me felicitó por haber ayudado a Aphrodite, quien todavía se recuperaba en el Santuario. Aunque los dos santos que lo acompañaban no corrieron con la misma suerte y solo encontraron un par de armaduras que mi maestro se encargó de arreglar.
También le dio gusto saber que había avanzado más en los estudios. Se sorprendió al descubrir que leía bastante rápido para mi edad y en varios idiomas. Por fin sentí que había ganado la primera batalla.
Sin embargo, mientras tomábamos el té recordé las palabras de aquel hombre que nos atacó en las montañas. Resultó ser miembro de una especie de secta que rechazaba a ciertos grupos del Tíbet, los descendientes del continente Mu entre ellos. Eso explicaba cómo sabía de Shion, pero no el detalle de nuestro supuesto parentesco.
—¿Pasa algo malo? —preguntó.
Sacudí el cuerpo para salir de mis pensamientos y forcé una sonrisa.
—No, maestro… Solamente pensaba en… lo que pasó el otro día.
Shion asintió y se llevó la taza a la boca.
—Mientras no te alejes de Jamir vas a estar bien. Siempre podés llamar a Agnes si necesitás ayuda.
Sostuve mi té caliente con ambas manos. Quería preguntarle, había tanto que necesitaba saber. Pero me daba miedo. Si nunca me había revelado que era mi abuelo debía tener una razón.
—Maestro… ¿Por qué la señora Agnes no sabe arreglar armaduras? ¿Las mujeres no podían hacerlo?
—Sí podían. Tenía vecinas que eran alquimistas y de las mejores… Agnes nació en la colonia de Grecia, cerca de Rodorio. Antes no eran tan pocos como ahora e igualmente no les interesaban esas cosas.
—¿Y por qué sabe usar el cosmos?
—Era una saintia.
—¿Una saintia?
—Así como Ina y las demás. Ella era la más poderosa de su generación, pero quería conocer más sobre nuestras raíces y dejó el santuario para vivir más cerca de Jamir.
—Usted dijo que la señora Agnes ayudó el día que nací… ¿Sabe qué pasó?
Shion bajó la mirada. Por más que la taza estuviera sobre la mesa y él la agarrara fuerte le temblaba la mano.
—Fue el día más feliz y el más triste a la vez.
—¿Fue porque mi mamá murió? ¿Al menos sabe cómo era?
—Conocí a tu madre cuando era de este tamaño —La mano temblorosa en el aire marcó quizás menos de un metro—. Llegó como refugiada desde un pueblo que desapareció con la invasión china… Agnes y otras mujeres se hicieron cargo de todos los huérfanos que llegaron. De no haber mandado un grupo de santos para protegerlos no habrían llegado… —Suspiró— Si tan solo hubiera actuado antes como dijo tu abuela...
Era mi oportunidad para preguntarle. Pero la piel arrugada del maestro sumaba más al aspecto dolido y triste que tenía al hablar. Si en verdad era mi abuelo, esos recuerdos no debían ser nada placenteros. Quizás le abriría una herida que era mejor no tocar.
—Leí sobre la invasión al Tíbet —dije—. Me pregunté qué habría hecho en su lugar, maestro.
—Fue una época de conflicto tras conflicto que causaron millones de muertes —respondió—. No fue fácil tomar una decisión.
—Me imagino.
Agarré la taza y di un trago largo hasta terminar el té. Me limpié la boca con la mano. Me serví un bizcocho.
—Ordené algunos textos en la biblioteca y pensé que sería buena idea hacer copias de aquellos que están en la casa de Aries.
—¿Copias? —preguntó con la taza cerca de la boca.
—Sí. Como solo a la gente de nuestro pueblo se le permite aprender el arte de reparación, creo conveniente hacer copias en tibetano, griego y en algún otro idioma. Las escrituras del Santuario solo están en griego y las de acá son una mezcla. Además de que están divididas en distintos textos. Habría que organizarlas bien.
—Entiendo… Me parece una buena idea. Los textos de la casa de Aries son muy valiosos, por lo que no es conveniente sacarlos por mucho tiempo.
—Si hago una copia en griego de cada uno, voy a poder hacer el resto a partir de esa. No tardaría demasiado. Muchos de los borradores están acá y traje los apuntes de sus clases.
Shion dejó la taza sobre la mesa y parpadeó lento un par de veces.
—Me sorprende ver que resultaste ser tan aplicado, Mu.
Bajé la mirada. Si era mi abuelo o no realmente era irrelevante. Estaba feliz de haberle dado una buena impresión, pero no quería demostrarlo demasiado ni arruinarlo con algo que quizás era mejor que siguiera como secreto.
—Es lo que tengo que hacer si quiero convertirme en un santo de Athena.
—*—*—*—
Estuve alrededor de tres meses en Jamir hasta que Shion decidió que era hora de mi última prueba. Ya no me desmayaba si tenía que dar mi sangre, había terminado todas las copias de los escritos de la casa de Aries -aprobadas por el Patriarca- y mi condición mejoró en general. Estaba muy emocionado por ver a mis compañeros, aunque debido al entrenamiento no tuve tiempo de hacer los trompos que quería.
Volví al Santuario dos días después del séptimo cumpleaños de Aioria. Le había pedido a Shion que guardara el secreto para sorprenderlos. Fue pasado el mediodía, después del almuerzo, busqué a mis compañeros que discutían bajo el árbol que tenía un poco más de hojas que la última vez que lo vi.
Me acerqué despacio a ellos, de espaldas a Shaka y Aldebarán. Nadie se dio cuenta del momento en que me sumé a la ronda que se había formado. Estaban más entretenidos con la inminente pelea entre el futuro santo de Leo y el futuro santo de Virgo.
—¡No entendés nada, Shaka!
—Es evidente que por andar siempre a los golpes tu cerebro ya se vio afectado, Aioria.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Tal vez si abrieras los ojos verías que tengo razón.
—No necesito mis ojos para darme cuenta de que tu idea no solo es estúpida, sino también arriesgada.
—¿Y por eso tu plan de dividirnos e ir por partes va a funcionar?
—Si vamos todos juntos es probable que nos maten y no habría refuerzos.
—¡Si vamos todos juntos vamos a ser más fuertes!
—No. Tenemos que pensar una buena estrategia que nos permita avanzar lo más que podamos sin que el enemigo nos descubra.
—¿Desde cuándo sos el líder?
—Nadie dijo que vos lo fueras.
—¿Y si mejor jugamos a otra cosa? —sugirió Milo.
—¡No! —le respondieron los dos.
—Bueno, no.
—Shaka, admití que tengo razón.
—¿Por qué haría eso? Ya te dije que tu razonamiento es inadecuado.
—¿Vas a negar que no podría eliminar a los enemigos con estos puños?
—Es lo que te estoy diciendo hace quince minutos.
—¿Por qué no comprobás su poder antes de sacar conclusiones?
—¡Je! ¿En serio me estás retando, Aioria?
—Eu, ya está.
—Sí, no es necesario llegar a eso.
Aunque Aldebarán y Camus quisieron calmarlos no hubo caso.
—Dale, Shaka. ¿O tenés miedo?
—¿Miedo? Por favor, sos un chiste, Aioria.
—¿Un… chiste? —preguntó con los dientes apretados de la bronca.
—Sí, sos un chiste… y uno bastante malo.
Aioria fue directo a golpear a Shaka; él estaba listo para devolver el golpe. Entonces decidí que había sido suficiente y los derribé a ambos sobre sus espaldas, sin tocarlos, solo con el pensamiento.
—¡¿Quién fue?! —preguntó Aioria a la vez que se ponía en pie de un salto.
—Fui yo. ¿También querés pelear conmigo?
—¿Eh?
—¿Mu?
—¿Mu, sos vos?
—¡Mu!
Aioria pareció olvidarse de sus ganas de pelear y corrió a abrazarme.
—¿Cuándo volviste?
—Hace un rato.
—¿Por qué no nos avisaste? —preguntó Milo.
—Quería sorprenderlos.
Miré a Shaka que seguía sentado en el suelo. Ya no estaba molesto; parecía sorprendido por mi presencia. Me acerqué a él y le ofrecí la mano para ayudarlo a levantarse.
—Hola —le dije.
Él tardó en responder y aceptar mi mano.
—Hola.
—¿Qué estaban haciendo para terminar en semejante discusión?
Shaka levantó el mentón. Fue la primera vez que lo vi comportarse orgulloso.
—Estábamos discutiendo la estrategia antes de ir a la cueva.
—¿La cueva?
—Está en el bosque cerca del arroyo —dijo Camus—. Todos los días vamos a jugar ahí.
—¡A veces hay piratas! —exclamó Milo— Otras vamos a cazar vampiros. Aunque la semana pasada nos encontramos con una bruja que hizo invisible a Aldebarán.
—Pero el efecto se fue cuando tuvimos que ir a clases y la maestra me vio y me hizo pasar a resolver unos cálculos.
—¡Y hoy nos vamos a enfrentar a un ejército de piratas zombis liderados por una bruja que viene del espacio exterior, cuyo planeta fue destruido por un ejército de vampiros invisibles! —Aioria tomó aire antes de seguir— Pero Shaka dice que mi idea de ataque no va a funcionar.
—Tal vez te funcione porque los zombis comen cerebros y vos no tenés.
—Ya van a empezar de nuevo —dijo Aldebarán en un suspiro—. ¿Por qué no jugamos a otra cosa? Ahora que Mu volvió podemos hacer equipos parejos.
—¡Dígalo con mímica!
—Milo, ¿es necesario que grites? —le preguntó Camus.
—No me gusta ese juego —dijo Shaka.
—¿Entonces a qué jugamos?
—¿A la mancha? —propuso Aioria— ¿O cigarrillo 43?
—Nah, Shaka siempre gana en ese.
—La mancha me parece bien —dijo Camus.
—A mí también. ¿Vos qué decís, Mu?
Con la pregunta de Aldebarán todos esperaron mi respuesta.
—Sí… Juguemos a la mancha.
Empezamos a caminar en dirección al bosque, pero no llegamos muy lejos cuando apareció Saga.
—Mu, te llama el Patriarca.
—Ah… Sí —Miré a mis compañeros—. Perdón, tengo que irme… Pero ustedes pueden ir a enfrentar al ejército de piratas zombis.
Shion había quedado muy complacido por mis copias de los textos de la casa de Aries, así que ese día me pidió que hiciera lo mismo con otros de igual valor. No pude negarme, varios eran textos a los que solo el Patriarca podía acceder; mi curiosidad me venció. Eso, sumado a las clases, me dejaron sin tiempo libre. Apenas veía a mis compañeros durante algunas lecciones.
—¿Creen que algún día tengamos que usar la exclamación de Athena? —preguntó Aioria.
—Espero que no —respondió Milo—. No quiero que me recuerden como una mancha en la historia del Santuario.
—Mientras dominemos nuestras habilidades no vamos a tener necesidad de usarla.
—¿Y lo decís después de haber congelado la puerta por accidente otra vez, Camus? —preguntó Milo en tono de burla.
—Tendría que haberte dejado en el ataúd de hielo.
—La de hoy fue la última lección —dije—. Eso significa que nos queda una prueba para…
Nadie dijo nada, pero se notaban los nervios mezclados con la emoción en la cara de todos; incluso Shaka estaba más callado de lo habitual. La última prueba sería en unos días y el encargado de evaluarnos era Shion.
—No me gustaría hacer enojar al Patriarca —comentó Aldebarán.
—No es tan malo.
—Lo decís porque es tu maestro y lo conocés más que nosotros—dijo Aioria.
—Pero estoy seguro de que todos vamos a pasar la prueba.
—Tal vez si nos dieras algún consejo para ese día nos vendría muy bien —dijo Camus.
—Hmmm… No sé qué podría ser. Pero voy a pensar en algo. Ahora tengo que volver.
—Y nosotros deberíamos ir a estudiar para el examen de mañana.
—No entiendo por qué es tan importante estudiar el cuerpo de las mujeres si somos varones.
Por el comentario de Milo, Camus se llevó una mano a la frente; Aioria y Aldebarán se rieron. Shaka no dijo nada.
No demoramos mucho más y nos despedimos. Iba camino a la entrada de los pasadizos secretos cuando noté que unos metros atrás Shaka se dirigía al mismo lugar.
—¿No vas a ir con los demás?
—Hacen mucho ruido y no se puede estudiar —respondió.
—Tienen mucha energía —dije con una risita.
—Demasiada para mi gusto.
Seguí mi camino acompañado por Shaka. No había mucho para hablar. A veces me daba la impresión de que prefería tenerme lejos y al mismo tiempo quería decirme algo importante. Nunca conseguí el valor suficiente para preguntarle de qué se trataba; en el fondo sabía que lo mejor era ignorarlo.
A pesar de todo me gustaba su compañía. A veces pensaba en él sin motivo aparente. Cuando caminábamos juntos, como en ese momento, siempre lo miraba de reojo; sus pestañas largas y abundantes eran muy bonitas. La mayor parte del tiempo Shaka tenía las mejillas sonrosadas y se hacía más notorio si rozábamos las manos por accidente. Eso también me gustaba, aunque había algo en ese roce que me daba miedo; tal vez era algo prohibido. Pensaba que quizás se debía a que él era un iluminado y yo no era alguien digno.
De pronto Shaka se detuvo.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Tengo que seguir por acá —Señaló la entrada de un túnel.
—¿Eh? ¿Por acá se va a Virgo?
—S-sí.
—Mirá vos… Creo que me perdería si viniera solo y de noche.
Shaka agarró una piedra y se agachó a un costado del túnel. Escribió algo en la pared rocosa. Me acerqué a ver mejor justo cuando había terminado.
—¿El símbolo de Aries?
—Así vas a saber dónde estás.
No pude evitar reír por la ternura de su gesto. A pesar de ser un iluminado, Shaka seguía siendo un nene.
—Seguro que así no me voy a perder nunca —dije.
Él solamente hizo un movimiento leve con la cabeza. Todavía tenía los cachetes colorados.
—Bueno… —hablé— Entonces… ¿Nos vemos?
—Nos vemos.
Shaka se alejó lentamente. Cuando no pude verlo más suspiré. Siempre que nos separábamos me quedaba una sensación rara en el pecho.
—*—*—*—
Veía caer las gotas de sangre sin dejar de pensar en mi compañero. Nos habíamos llevado bien desde que nos conocimos y compartimos bastante tiempo juntos. Él me había dado consejos para la meditación, hasta compartíamos varias clases por las semejanzas en algunas de nuestras habilidades. Lo consideraba un amigo y estaba seguro de que él pensaba lo mismo de mí. Pero no podía ignorar que había secretos alrededor nuestro.
—¿Estás mareado? —preguntó Shion.
—N-no, maestro… Solamente estaba pensando.
—Para que tengas esa cara debe ser algo importante. Lo bueno es que no afecta tu rendimiento.
—No es… tan importante… creo.
—¿Creés?
—Es que… No sé por qué últimamente siento que Shaka no está bien.
Shion no movió ni un músculo y aun así se veía más serio.
—¿Te dijo algo?
—No… Creo que ese es el problema. Me da la impresión de que quiere decirme algo y no lo hace.
—Entiendo.
Agarró una gaza del escritorio; sin usar palabras me indicó que le mostrara la muñeca.
—Aunque tengan la misma edad y estén cerca de convertirse en santos de Athena, Shaka sabe cosas que los demás no.
—¿Qué tipo de cosas?
—Las vas a descubrir cuando seas mayor.
—No sé si pueda esperar tanto.
—No seas impaciente, Mu. Eso te va a jugar en contra si no aprendés a dominarte.
Agarró una venda y comenzó a enrollarla por mi antebrazo.
—Avanzaste mucho durante tu estancia en Jamir. Quizás sea buena idea que vuelvas cada tanto... Listo.
Moví la mano para acomodar el vendaje. Shion permaneció con la mirada en el recipiente lleno de sangre.
—¿Pasa algo, maestro?
Suspiró antes de responder.
—Fue un camino muy largo. Por fin la meta está cerca.
El pecho se me llenó de una sensación cálida y sonreí.
—¿Qué se siente llevar puesta una armadura?
—Es como llevar el peso del mundo encima y al mismo tiempo el abrazo de Athena y las estrellas.
—Debe ser impresionante.
—Lo es.
Apoyó una mano sobre mi cabeza. Las arrugas en su cara formaron una sonrisa sutil.
—Te parecés mucho a tu madre.
—¿En… serio?
—Pero tenés los ojos de tu padre… y de tu abuela.
No tenía muchas oportunidades de hablar sobre la familia que no recordaba. Desde aquel día en Jamir no había vuelto a surgir el tema. No esperaba que él decidiera revelarme algo por su propia voluntad.
—Me habría gustado conocerlos mejor —dijo con la voz rasposa.
—Sí… A mí también.
Miré a un costado y me froté el brazo. Por dentro me debatía si era correcto o no sacar a la luz mis sospechas. Estábamos bien de esa manera, nuestra relación de maestro y alumno no debía ser muy distinta a la de abuelo y nieto, o al menos eso pensé.
Entonces sonreí.
—Pero… ¿Sabe qué, maestro? No importa que no haya podido conocerlos. Seguramente se pondrían muy tristes porque estoy en el Santuario y no tendría tiempo de ir a verlos. Además, están mis amigos que son casi como mis hermanos.
—Es bueno que los veas así —dijo.
—Y también está usted, maestro. Me enseñó muchas cosas sobre nuestros antepasados… Tal vez así se sienta tener un abuelo.
Shion levantó las cejas y la frente se le arrugó más de la cuenta. Aunque solo duró unos segundos. Luego volvió a acariciarme el pelo.
—*—*—*—
Finalmente llegó el día que tanto esperábamos. Me levanté temprano, apenas pude desayunar de los nervios. Las doncellas estaban más efusivas que de costumbre, tanto que tuve que esconderme por un rato; poco antes de la hora acordada me encontraron, pero pude escapar. Frente a la puerta de la sala del Patriarca estaban mis compañeros.
Se notaban bastante nerviosos aunque no quisieran admitirlo. Me hicieron varias preguntas sobre la prueba; la verdad era que yo tampoco tenía idea de cómo sería. Cuando llegaron Saga y Aioros el interrogatorio pasó a ellos que intentaron calmarlos.
El más tranquilo, al menos en apariencia, era Shaka; siempre se permaneció sentado contra una pared. Incluso en un momento como ese mantenía su aura de grandeza. Me senté a su lado; él ni siquiera se movió.
—¿Estás nervioso? —le pregunté.
—No… ¿Y vos?
—Hmmm… Creo que un poco… ¿No te emociona saber que hoy podría ser el día en que pases a la historia del Santuario como santo de oro?
Frunció levemente los labios y se tomó unos segundos en responder.
—Este es mi destino.
—Supongo que no te emociona mucho —dije con una risita.
Me llevé las manos al abdomen.
—Apenas pude desayunar. Espero no desmayarme o algo así.
De pronto, Shaka hizo algo que me dejó helado: pasó una mano por mi espalda y me acarició con las yemas de los dedos que dibujaron círculos. El cosquilleo lentamente se extendió por el resto de mi cuerpo. El malestar que sentía en el estómago se fue. Por alguna razón me dieron ganas de llorar y reír al mismo tiempo.
—Lo vas a hacer bien —dijo.
Alejó la mano para volver al mudra dhyana. Todavía me parecía que las caricias continuaban. Me abracé las piernas y escondí la cara entre las rodillas. Estaba feliz, tenía la certeza de que todo iba a salir bien, el miedo no existía. Miré de reojo a Shaka; no había cambiado nada en él. Volví a esconder la cara, mis mechones sueltos ayudaron a aislarme aún más.
—Mu, date la vuelta.
—¿Eh? ¿Qué?
No respondió, así que solamente hice lo que me dijo. Sentí sus dedos entre mis mechones y me abracé más fuerte las piernas. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Shaka me ayudó a peinarme; no recordaba exactamente cuándo había sido.
—Listo.
Me pasé la mano por el pelo. Lo había atado en una colita baja; en ese momento ni siquiera me pregunté de dónde había sacado la cinta para hacerlo o si ya lo tenía planeado.
—Gracias —le dije.
Antes de que pudiera hacer algo más, Saga nos ordenó formarnos para entrar a la sala del Patriarca. Mi corazón empezó a latir acelerado. Las puertas se abrieron: la alfombra roja que guiaba hasta el trono parecía más brillante. A los lados del asiento patriarcal estaban las cajas de Pandora, tres a la izquierda y tres a la derecha, todas sobre un pedestal individual, acompañadas por su capa blanca correspondiente.
Shion estaba parado frente al trono. A la derecha, cerca de la pared, Aphrodite, Deathmask y Shura eran espectadores. El maestro asintió. Saga y Aioros se pararon a ambos lados de la entrada; nos indicaron que pasáramos. No habíamos ensayado ni nada parecido, pero todos caminábamos coordinados -tal vez era un signo de que ya formábamos parte del ejército de Athena. Nos detuvimos en el centro de la sala. Las puertas se cerraron. Los dos santos mayores se ubicaron del lado izquierdo.
Entonces la voz de Shion hizo eco al saludarnos. Cada palabra de su discurso rebotaba contra las paredes y subía hasta el techo. No recuerdo qué dijo exactamente, pero era algo del honor, el sacrificio y el bien de la humanidad. A esa edad no entendíamos qué significaban, solo nos parecían increíbles, razón por la que nos entusiasmaba.
—Mu.
Los nervios volvieron cuando mi maestro dijo mi nombre y todos me miraron.
—Acercate.
Me temblaban las piernas, quizás hasta me veía raro al caminar. Estaba emocionado por ser el primero y a la vez detesté serlo. Llegué frente a mi maestro, saludé con una reverencia, él me indicó que me pusiera de pie, apoyó una mano en mi espalda para guiarme hasta la caja donde estaba la armadura de Aries. A un costado había otro pedestal más bajo donde se encontraban las herramientas celestes que usaría como herrero.
—Es la última prueba —dijo Shion y bajó la caja al piso con telequinesis—. Si realmente sos digno de portar la armadura de Aries, basta un toque para que cubra tu cuerpo.
En mi mente dije como un chillido «¡¿Eso es todo?!». Era demasiado fácil a mi parecer. Sin embargo, pronto pensé que justamente por esa razón también sería muy humillante no pasar la prueba.
Miré la caja de Pandora y tomé aire. Tragué grueso. Levanté la mano derecha; temblaba. Mientras la estiraba recordé varios momentos de mi formación como santo: el día que Shion me llevó a Jamir, el primer entrenamiento, las historias de cuando él era el caballero de Aries, mi llegada al Santuario. Estaba a centímetros de la meta.
Sentí el frío de la cara del carnero y aparté la mano al escuchar como si algo se hubiera roto. La tapa superior de la caja se levantó dejando un hueco por donde empezó a salir un polvo dorado que me envolvió rápidamente, hasta volverse un destello. Retrocedí y cerré los ojos. La caja de Pandora se abrió por completo. Frente a mí apareció Aries tan imponente y brillante como lo recordaba. Escuché una especie de zumbido que vibró por todo mi cuerpo y se hizo más fuerte en las manos. Las demás cajas también se iluminaron; junto con Aries y las armaduras de los ya nombrados santos siguieron vibrando.
Un parpadeo y ya tenía la armadura puesta. Me miré las manos; estaban cubiertas de dorado. Shion me agarró de los hombros para hacerme voltear. Mis compañeros estaban boquiabiertos. Todo pasaba muy rápido. Shion extendió la capa y la colocó en mi espalda. Luego fue hasta el pedestal más bajo y volvió a mí con las herramientas. Las acepté, aunque seguía bastante desconcertado.
—Bienvenido a las filas de Athena, Mu de Aries.
Me dio escalofríos cuando lo escuché nombrarme así. Los demás aplaudieron y felicitaron desde sus puestos.
Shaka miró al piso en todo momento.
-NOTAS FINALES-
Y hasta acá llega el capítulo.
¿Qué les pareció?
Confieso que iba a ser MUY LARGO. Cuando vi que había pasado las 50 páginas y no terminaba decidí dividirlo. Así que los recuerdos de Mu terminan (tal vez) el capítulo que viene.
Lo bueno es que no van a tener que esperar demasiado porque voy a actualizar el miércoles.
Ese día pensaba actualizar Corazón de Herrero, pero va a venir el viernes... Por si no sabían ese es uno de mis fanfics nuevos. Si no lo leyeron pueden ir cuando terminen esto.
Como dije, este capítulo es la mitad de lo que iba a ser originalmente, así que todavía faltan un par de cosas que aclarar.
Lo bueno (?) es que en el capítulo 12 por fin vamos a ver la historia desde el punto de vista de Shaka, para todas las personas que lo pidieron.
Creo que eso es todo por hoy.
Les recuerdo que pueden seguirme en mis redes sociales; paso bastante tiempo en Instagram.
Cuídense.
