9 Círculo 34
Había ambiente aquel día en una cafetería céntrica. El personal de atención a mesas se movía raudo y ágil atendiendo a las diferentes comandas, con una sonrisa imborrable en sus rostros. Aunque Aelita solía pensar que la mayoría de ellos, con gusto, estamparían la bandeja metálica con las bebidas incluidas en las cabezas de imbéciles como el de la mesa de al lado, que profería gritos de:
—¡Te he dicho que con espumita, alelao! ¿No sabes hacer un café?
Pero Aelita tenía algo más importante a lo que atender. Y no sabía cómo hacerlo. Anthea, su madre, estaba allí, delante de ella, echándose medio sobre de azúcar en el café. La vio remover con la cucharilla. Ella misma tenía una humeante taza de té verde delante, pero no le apetecía bebérselo. La aparición había sido demasiado impactante.
Todos se quedaron mudos cuando vieron salir a aquella mujer del vehículo. Nadie, ni siquiera Sissi, o Sam, o Laura, o Patrick, que jamás habían visto una imagen suya, podían dudar de quién se trataba. Incluso, a pesar de los años que habían pasado, radiaba una juventud innata en ella. Y, aún así, de las imágenes que habían visto de ella, parte de la jovialidad se había evaporado.
—Aelita... —había dicho Anthea. Con miedo, estiró los brazos hacia ella, pero Aelita no se movió. No, aquello no podía ser verdad. No podía estar allí, en Kadic, como si no hubiera ocurrido nada. Se esperaba algo... Peor. A Tyron, pretendiendo llevarla con ella. Y sin embargo, era su madre desaparecida la que, de algún modo se las había apañado para ir allí.
—Mamá... —fue lo único que atinó a decir. Una mano se posó en su espalda y la empujaron suavemente hacia adelante. Solo un pasito. Unos pocos centímetros más cerca de su madre. He pensado mil veces en este momento y ahora no sé qué hacer, pensó para sus adentros. Quería abrazarla. Pero algo dentro de ella le decía que, si hacía eso, de pronto despertaría de su sueño. Pero no, seguía ahí.
—¿Podemos ir a hablar... a solas? —preguntó Anthea, un poco dubitativa por su tono de voz. Pero sonrió cuando el grupo entero le dijo que por supuesto, que podían ir donde fuera.
"Si pasa algo, ve al servicio y llámame", le había susurrado Jeremy antes de que se montara en el coche de Anthea. El hombre desconocido se apresuró en vadear el vehículo (la puerta trasera la cerró la mujer cuando se sentó en el asiento trasero) y lo puso en marcha.
—¿No va a sentarse con nosotras? —preguntó Aelita, sin saber qué comentar. El hombre desconocido había ocupado una banqueta en la barra, no muy lejos de ellas, donde degustaba un croissant con un café solo.
—Empezamos bien —dijo Anthea con una sonrisa nerviosa—. No quiero que tengas una impresión equivocada de mi. Por lo general, Müller suele comer conmigo. En la misma mesa —aclaró—. Pero hoy es nuestro reencuentro. No he tenido ni que pedirle que nos dejara sentarnos a solas.
—Müller... ¿Es tu guardaespaldas?
—Aunque se comporta así, técnicamente solo es mi chófer. Sigue las órdenes que le dio Lowell hace unos años.
—Lowell. Lowell Tyron —dijo Aelita, entre dientes. Aquel hombre la ponía enferma. ¿Y si acaso Anthea solo había ido por orden de él? Bajo la excusa de que madre e hija volvieran a juntarse, la podría haber manipulado. Si Müller además trabajaba para él...
—Creo que le tienes miedo. Así que debería contártelo. Lowell está muerto —informó Anthea, y dio un trago a su bebida.
—¿Mu... muerto? ¿Hace cuánto?
—Van a hacer ahora seis meses —comentó la mujer.
—No. Eso no puede ser. Tyron envió un correo al señor Delmas hace unas semanas. ¡Le dijo que iba a venir a verme! —exclamó Aelita, un poco más alto de lo que le hubiera gustado. Pero en ese momento, Anthea se tapó la boca.
—No... Ay, mi niña... ¿No viste el correo entero?
—¡Lo leí entero! ¡Venía el logotipo de sus laboratorios!
—Mierda... Se lo tendría que haber enviado a tu amigo, Jeremy... Sí, Lowell me habló de él —aclaró Anthea—. Pero el correo no lo envió él. Fui yo. Es decir, oculté una firma en el correo que envié a Delmas.
—¿Por qué la ocultaste?
—Hubiera preferido que me hablaras un poco más de ti —dijo Anthea—. Pero está bien. Voy a responder a tus dudas. Como he dicho, Lowell falleció...
—Lowell... hablas de él como si realmente le amaras —se dio cuenta Aelita, y aquello le dio bastante asco.
—No me juzgues —pidió Anthea con la voz muy triste—. Hace demasiados años que os apartaron a Waldo y a ti de mi lado. Lowell Tyron fue designado para vigilarme. Y no solo hizo eso. Me protegió. Sí, me tuvo bajo su cuidado —aseguró, previendo que Aelita iba a interrumpirla—. A pesar de sus actos deleznables, cuidó de mi en ese inhóspito paraje perdido de la mano de dios. Le necesitaba. Así que aprendí a quererle. Como persona era horrible, pero a mi jamás me hizo ningún daño.
Eso no justifica todo lo que hizo, pensó Aelita, pero optó por dejar a su madre continuar.
—Poco a poco, Lowell se fue haciendo con el control de todo, hasta que... las personas para las que trabajábamos perdieron por completo el interés y le cedieron todo. A cambio, por supuesto, de no desvelar nada ni de vincularles de ninguna forma... Y así pudo continuar con sus investigaciones. Sí, le ayudé. No tenía otra cosa, ni forma de saber si Waldo o tú seguíais con vida.
»Y hace unos años, cuando te vi en aquella pantalla de ordenador... me mintió a la cara. Me dijo que era una grabación. Por un momento me lo creí. Estabas demasiado joven. Pero algo me decía que no. Que te había visto de verdad. En directo. Que en alguna parte del mundo seguías con vida. Pero me prohibió verte. Me dijo que vendría a por ti para llevarte conmigo. Pero cuando regresó, me dijo que habías huído.
»Nuevamente, sabía que mentía. Pero no podía hacer nada. Me había entregado a él de tal forma que yo era completamente dependiente de sus órdenes. No podía ir a ningún sitio sin que él lo supiera, no tenía amigos reales, porque todos le tenían demasiado miedo. Así que fue un alivio cuando, hace medio año, le dio un paro cardíaco.
—Así que... hace seis meses fuiste libre —reflexionó Aelita—. Podríamos habernos visto... hace seis meses...
—No es tan sencillo —continuó Anthea—. Sí, yo era su heredera. La única heredera. Pero hubo trámites. En primer lugar, se tuvieron que asegurar de que había muerto de forma natural, porque sospecharon de mi. Le hicieron más de una autopsia. Una vez se dieron cuenta de que yo no le había matado, me dieron el control sobre sus laboratorios. Fue complicado. Yo había trabajado codo con codo con algunas de esas personas, e incluso alunas habían estado por encima de mi. Ahora yo era la dueña de todo.
»Tuve que moverme poco a poco. Yo no tenía intención de quedarme allí con aquello. De modo que Müller me presentó a su hermana, que es asesora. Y pude ir, poco a poco, desprendiéndome de todo. Me aseguré, eso sí, de que los Laboratorios Tyron dejasen algunas... investigaciones peligrosas para el mundo, antes de darles el control. Si lo intentan de nuevo, deberán empezar de cero...
»El caso es que no me queda casi nada que me retenga allí. Fue la hermana de Müller la que me ayudó a encontrarte y pensé en venir para reencontrarnos. Una vez termine de desprenderme de todo aquello, podría venirme aquí a vivir. Empezar una nueva vida. Contigo, si fuera posible.
Aelita dio un trago a su bebida, que se había quedado fría durante la conversación. Todo aquello era demasiada información de una sola vez. Miró a su madre, que parecía escudriñar su rostro. Y a pesar del tiempo pasado, de las ganas que había tenido de verse con ella, de lo mucho que la había echado de menos, la realidad en ese momento era que tenía frente a ella a una completa desconocida.
—Lo siento... —no era capaz de decir la palabra "mamá"—. Estoy un poco... aturdida con el reencuentro.
—Lo sé. No sabía muy bien cómo ibas a reaccionar. Tal vez te podría haber contactado por videollamada antes, pero...
—¿Pero...?
—Pero me daba miedo que al vernos por una pantalla decidieras no verme en persona. Tenía muchas ganas de poder estar contigo. De verdad.
Su voz sonaba sincera, pero eso no arreglaba el conflicto interno que se debatía dentro de Aelita. Anthea Schaeffer en ese momento era alguien totalmente diferente. Y no solo ella. La propia Aelita también había cambiado. Tal vez lo sabía desde hacía tiempo. Cuando Laura le ofreció retomar la búsqueda, pero ella le dijo que no había prisa. Quizá había temido ese momento.
—¿Estás a gusto en Kadic? —preguntó de pronto Anthea.
—¿Qué?
—Que si estás bien en esa academia.
—Cla... Claro que estoy bien. ¿Por qué lo preguntas?
—Bueno... he venido a Francia para arreglar papeles. Incluyendo, claro, el hecho de que soy tu madre. Pero no voy a hacerte venir conmigo si no quieres. Puedes seguir allí con tus amigos, ¿de acuerdo? No pretendo arrancarte de ellos. Me he dado cuenta de que intentaron protegerte cuando aparecí. Eso me gusta.
La amabilidad innata de su madre... de una mujer que debía estar desesperándose por dentro por abrazar a su hija e impedir que se alejase de ella nunca más, rompió una de las barreras de Aelita. Pero debía tener más muros de los que pensaba. La desaparición de Anthea le había hecho tanto daño que había fortificado su corazón por si volvía a perderla.
—Gracias —fue todo lo que dijo.
Reunidos en The Hermitage, el grupo estaba inquieto. Estaban mirando el reloj cada cinco minutos. Y Jeremy había tenido que entregar su teléfono a Sissi para asegurarse de no sucumbir a la tentación y localizar el paradero de Aelita. Todos estaban en estado de shock por la repentina aparición de Anthea. Y Laura había tenido que aclarar que ella no había tenido nada que ver.
—Me dijo que esperásemos. No soy tan cruel de preparar una emboscada semejante —protestó.
—Disculpa —intervino Jeremy—. Es que esto es muy raro... Espero que nos escriba pronto...
E intentó abalanzarse a por Sissi para ver el teléfono, pero ella, demostrando que no era tan tonta como pensaba la gente, ya lo había deslizado en el bolsillo trasero de otra persona. Cuando el rubio no miraba, guiñó un ojo a Ulrich.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Yumi—. Después de esto, no tengo muchas ganas de ir al centro comercial...
—Lo primero es esperar a Aelita —interrumpió Jeremy, fríamente.
—Eso ya lo sé —respondió la japonesa, un poco mosqueada—. Pero estando aquí sin hacer nada no arreglamos la situación. Podemos ir a por ella, o no hacerlo, pero no sabemos a qué hora va a volver...
—Si es que vuelve —comentó Odd—. No me mires así. Perdió a su madre hace mucho tiempo. ¿Y si decide irse con ella? Es una posibilidad.
Jeremy se dio la vuelta. Egoístamente, una parte de él, la que más odiaba de si mismo, había deseado que Anthea no reapareciera nunca. Amaba a Aelita. Y no podía soportar la idea de alejarse de ella. Era un pensamiento por el cual se había fustigado muchas noches y por el cual además pensaba que merecía todo el desprecio de su novia. Y muchas veces había pensado en confesarlo, en un intento de liberar aquellos oscuros deseos.
—Aelita va a volver. Si no lo hace, no es porque se haya ido, sino porque la han secuestrado —intervino Patrick—. No conocemos a esa Anthea pero conocemos a nuestra amiga. No se iría sin despedirse.
Todos coincidieron con el pensamiento de Patrick. En ese momento, sintió que alguien le pasaba el brazo sobre los hombros. Era William.
Va a decirlo, pensó. Esa mañana habían acordado que iban a hablar abiertamente con el grupo sobre lo ocurrido. Ellos dos, únicamente. No tenía la intención de mencionar lo que sabía que su primo había hecho si este no lo revelaba.
—Bueno, amigos. Aunque sea por distraernos un poco de esto... quería comentaros algo. Anoche, Patrick y yo... fuimos rechazados por dos chicas. Fue un palo, la verdad, pero son cosas que pasan. El caso es que nos... animamos. A probar. Entre nosotros.
Un rubor generalizado recorrió las mejillas de casi todos los presentes.
—Y estuvo... bien, sí —reconoció—. No me avergüenza reconocerlo. Aunque de momento, me quedo con vosotras si puedo elegir —bromeó.
—A mi también me gustó. Bueno. Si alguno de vosotros tiene alguna vez curiosidad... —comentó Patrick—, podemos hablarlo y...
—Mi "curiosidad natural" está satisfecha —intervino Odd. Y con ningún disimulo, sujetó a Ulrich y a Jeremy por las caderas, provocando que se sonrojaran—. Pero me alegra saber que todos estamos abriendo un poco nuestras mentes. Así que os hago la misma oferta.
El alemán intentó esquivar la mirada de Yumi. Quería haberlo hablado con ella antes de hacerlo público en el grupo. Pero ella se limitó a mirarle con ternura.
—Tampoco sois los únicos, ¿verdad? —dijo, con una sonrisa—. Yo he estado también con Sam y Sissi. No es lo mismo, pero me gustó lo que hicimos.
—Cuando quieras podemos vernos a solas —dijo Sam, intentando disimular las ganas que tenía de ello.
—Yo sí... yo sí he tenido una experiencia solo con una de vosotras... —dijo Sissi. No se atrevía a mirar a Laura, por si acaso la ponía en un compromiso, pero fue la rubia la que la miróon una sonrisa, y asintió, reconociendo en ese momento que habían probado.
—Creo que ninguno de nosotros se esperaba esto cuando aceptamos firmar el Acuerdo —comentó—. Pero al final, todos... oh, bueno, no. En realidad, creo que Aelita no ha... —miró a Jeremy, esperando que este confirmara o desmintiera.
—Pues la verdad, no me lo ha contado —dijo este, que aún sentía sus mejillas rojas por la vergüenza. Pero era un alivio ver que sus amigos habían probado también y que no suponía algo negativo para su amistad—. Si ninguna de vosotras ha...
—Yo me puedo ocupar de arreglar eso —se ofreció Sam—. Si le apetece, claro. Todos aquí hemos consentido, ¿verdad?
Hubo un asentimiento general. Incluso en los momentos de dudas habían explorado las líneas de los límites con permiso de sus compañeros de cama en ese momento. Era lo importante.
¡Bip, bip! Jeremy recibió un mensaje en ese momento.
—Es Aelita. Que vayamos yendo al centro comercial, que se reúne allí con nosotros —dijo cuando recuperó el teléfono.
—Bueno, supongo que nos contará qué tal le ha ido entonces —dijo Odd—. Al final el día no va a ser tan gris.
Todos pensaron que tenía razón, pero solo a medias. A lo mejor las noticias que les diera Aelita no eran tan buenas como pensaba.
Durante el trayecto en coche ni madre ni hija dijeron nada. Aelita aún tenía mucho en lo que pensar después de aquel inesperado reencuentro. Y Anthea estaba teniendo la delicadeza de no presionarla. En ese momento, se sentía más cómoda pudiendo regresar a Kadic que si pensaba en irse a vivir con ella.
Müller condujo con precaución por las calles de la ciudad hasta que llegaron al lugar que Aelita les había pedido que la dejaran. Ya había avisado a sus amigos para que fuera para allá. El coche tomó una curva y tras avanzar unos metros llegaron al compendio de tiendas y lugares de odio que formaban el centro comercial.
—¿Quieres esperar aquí dentro... o prefieres salir? —preguntó Anthea.
—Podemos salir —respondió Aelita, esperando que entendiera el uso del plural. No quería quedarse en el coche, pero tenía que decirle algunas palabras antes de separarse.
De modo que bajaron y esperaron a que los demás aparecieran. Anthea echó mano a su bolso y sacó un papelito, donde garabateó unos números y se lo tendió a Aelita.
—Por si me quieres llamar —le ofreció—. No quiero presionarte. Sé que llevamos mucho tiempo sin vernos, así que es normal que te cueste al principio. Solo espero no haberme equivocado viniendo.
—¿Equivocado? —preguntó Aelita, sin entender.
—Tú... ¿querías encontrarme? ¿O eras más feliz antes de erme?
—No digas eso —pidió Aelita, cerrando los ojos fuertemente—. He pensado muchas veces en encontrarte. Pero jamás se me ocurrió que aparecerías aquí de pronto, sin avisar. Lo has tenido tan fácil de pronto que... no sé qué pensar —le dijo—. Pero prometo que te llamaré.
—Gracias —susurró Anthea.
—Pero, ¿te vas otra vez?
—Tengo que cerrar unos temas en Suiza —dijo la mujer—. El martes tomo un avión, ya que mañana tengo papeles que arreglar en la embajada. Pero quiero quedarme aquí en algún momento.
—Vale... mamá —pronunció por fin.
—¿Te puedo pedir un abrazo? —preguntó Anthea. Le temblaba la voz.
Sin responder, la pelirrosa se abalanzó a los brazos de su madre. Sentía su aroma. Era tal como lo recordaba. Evocaba a una época más sencilla. Una época en la que había sido completamente feliz. Sin preocupaciones. Ahora no podía decir que fuera desdichada, pero esa parte de su vida le había sido arrebatada y sabía que no podría recuperarla. Y aunque de pronto la vida le brindaba la oportunidad de volver a disfrutar de uno de los trozos que le habían quitado, las cosas no eran tan sencillas como el querer volver a verse para formar de pronto una familia feliz.
—Por ahí vienen tus amigos —dijo Anthea—. Te quiero mucho, hija.
—Mamá... —Aelita sentía que las lágrimas iban a estallar y no iba a poder detenerse.
—Os dejo a solas, tranquila. Espero que te sigan cuidando igual de bien.
Se separaron por fin cuando los demás llegaron a su altura. Anthea solo les dedicó cuatro palabras antes de volver a montarse en el coche:
—Muchas gracias por todo.
Y montó en el coche, justo a tiempo para evitar que su hija la viese llorando.
Jeremy vio la expresión de su novia y se apresuró a consolarla. Tenían tiempo para que les contara todo, a su ritmo. No quería presionarla. Aelita se limitó a secarse las lágrimas e, intentando mantener la sonrisa, animó a sus amigos a que entrasen a pasar el día.
—Hola, Yumi —saludó Nigel—. ¿Qué tal el fin de semana?
—Caótico —contestó ella, mientras ocupaba su asiento. Había pasado una semana desde la aparición de Anthea, y eso había preocupado a su amiga la pelirrosa. Y aunque por un lado quería hablar con ella, cuando Yumi la había instado a llamarla, se había resistido. Eso había provocado una improvisación de fiesta del pijama en su casa por la noche, que había terminado en una conversación hasta altas horas de la noche... y habían probado a besarse, y a ir un poco más allá—. ¿Qué tal el tuyo?
—Muy mundano —respondió—. Puse en orden el dormitorio... otra vez —se rió—, y estuve trabajando en mi novela de nuevo.
—Me prometiste que sería tu beta reader —le recordó la japonesa.
—Lo sé. Pero... en serio. ¿Tu novio no se pondrá celoso? —preguntó.
—¿Ulrich? Qué va. Sé que me quiere, pero no es tan tóxico como para prohibirme hablar con nadie. No sufras por eso.
Esperaba que tuviera razón en el fondo. Sabía que Ulrich no se lo pasaba muy bien las veces que le había invitado a quedar con la gente de la universidad, pero debía entender que ella también necesitaba relacionarse con más gente. Al fin y al cabo, pasaba ahora más tiempo con esa gente.
De pronto, alguien apareció frente a los dos.
—¡Camile! —saludó Yumi al reconocerla—. ¿Qué tal? Te pasas el día de un lado para otro.
Y lo decía en serio. Entre clases Camile parecía no parar quieta. Podías ir a dos sitios y con bastante posibilidad te encontrarías con ella allí, hablando con a saber quién, y sin detenerse. Poco habían podido intimar con ella, salvo una tarde en la que se habían visto después de clases para tomar un café. Es la clase de personas que me gustaría tener de amiga... Pero tengo que conocerla más, pensaba para sus adentros.
—Lo sé. Las primeras semanas siempre son las más complicadas. Pero creo que por fin puedo tomarme un respiro —dijo la chicha—. ¿Os va todo bien?
—De maravilla —respondió Nigel. Yumi se fijó en que se había puesto ligeramente colorado al ver a la chica.
—Me alegro. Y... —en ese momento le sonó un mensaje—. Porras. Lo siento, os veré luego.
Y se marchó.
—¿Por qué no le pides salir? —preguntó Yumi.
—¡¿Qué?! —se escandalizó el chico, y se le subieron todos los colores.
—Que me he dado cuenta de que te gusta. ¡No te pongas rojo! ¿Qué es lo peor que te puede decir?
—Pues... que no.
—Exacto. Y el mundo no se acaba por eso. Así que pídele salir. No me obligues a que vaya yo a preguntarle en tu nombre —bromeó la chica—. Oh... ¿me vas a pedir que le pregunte en tu nombre?
—¡No! Que me muero de la vergüenza.
Yumi se rió y tiró de su libro de texto. Y en ese momento se dio cuenta de que había algo que antes no estaba ahí. Un papel de color negro. No, no era un papel. Lo extrajo. Era un sobre de color negro. ¿Cómo había llegado allí?
—Camile... —susurró Yumi.
Nigel, por curiosidad, miró debajo de su portátil. Y, efectivamente, encontró un segundo sobre de color negro. Se miraron, sin comprender, y optaron por abrirlos. Por suerte, estaban al fondo del todo, por lo que sus actos no llamaban la atención.
—«Yumi Ishiyama. Ven después de clases al Edificio de Humanidades. Escalera 10. Sola».
—«Nigel Stoker. Ven después de clases al Edificio de Humanidades. Escalera 10. Solo».
Camile les había citado. Era algo extraño. El papel no tenía ningún tipo de distintivo. Un folio normal, escrito sin formato más allá de la clásica tipografía en Times New Roman en tamaño 12. Todo escrito en la misma línea. Guardaron las cartas en el momento en que entraba el profesor en el aula. Se les iba a hacer largo el día. La curiosidad era muy poderosa.
Cuando por fin llegó la hora de salir, Yumi y Nigel remolonearon un poco mientras se encaminaban al edificio de Humanidades. Por horarios, eran los que primero terminaban. Lo cual explicaba por qué su extraña amiga (o más bien, conocida) les había pedido que acudieran allí. De hecho, cuando aparecieron, ella estaba sentada en los peldaños, revisando Twitter.
—Hola, Camile —saludaron los dos. Yumi sonrió al ver a Nigel nervioso. Tal vez podría irse temprano con alguna excusa y dejar solos a aquellos dos a ver si surgía el amor.
—Hola —saludó ella—. ¿Traéis los sobres?
Los dos lo mostraron.
—Perfecto. No los perdáis. Seguidme.
Bajó por las escaleras. Estas terminaban en una puerta. Por lo que sabían ambos, era un área completamente restringida del campus. Al parecer, la humedad lo había hecho por completo inutilizable para la enseñanza. La única parte donde se podía acceder, en el ala opuesta del mismo edificio, eran los cuartos de contadores, mantenimiento y calderas.
Y sin embargo, Camile disponía de una copia de la llave de aquella puerta, por alguna razón. El camino se dividía en dos. Antes de ir por ninguno de los dos lados, Camile cerró la puerta.
—Primero por aquí —dijo la chica. Yumi y Nigel la siguieron, devorados por la curiosidad. Llegaron a lo que parecía un gran vestuario. Había casetas individuales con cortinas para taparse, pero en ese momento no había nadie—. Ahora, aquí —les dijo—. Por precaución, tenéis que dejar aquí los móviles —les dijo, mostrando unas taquillas de tamaño pequeño. Unos 40 centímetros cada una. La pared estaba repleta..
—Me estoy acojonando —dijo Yumi, pero aún así, dejó el teléfono en una taquilla y se quedó con la llave. Nigel hizo lo mismo. La japonesa intentó contar cuántas taquillas había, pero no le dio tiempo, pues Camile siguió hablando.
—Ahora os ponéis una bata —indicó, señalando al otro lado de la estancia. Había una gran colección de batas de color púrpura—. Las de la percha del rincón, por favor.
—¿Por alguna razón? —preguntó Nigel.
—Sí.
No dio más explicaciones. Y una vez hecho eso, abrió otro armario y sacó dos máscaras venecianas. Se puso una también, y se puso una bata. No de la percha del rincón. La suya tenía además un número bordado.
—Vamos —apremió.
Salieron del vestuario y fueron al otro lado del pasillo. La joven comprobó nuevamente que la puerta estaba cerrada, y a Yumi le ponía malo tanto secretismo. Llegaron finalmente a otra puerta, y Camile la abrió sin más.
—Bienvenidos al Círculo 34.
Yumi tardó un poco en procesar lo que estaba viendo. Era una sala enorme, más aún que los vestuarios donde habían estado hacía un momento. Hacía un poco de calor, pero probablemente eso se debía a la suma de su ropa y la bata que se había puesto. Mirase donde mirase, solo veía gente desnuda practicando sexo por todas partes. Había batas colgadas por las paredes, pero ella solo podía prestar atención a las personas.
Podía ver a una pareja heterosexual teniendo sexo en el suelo, con la chica subiendo y bajando de él. Bueno, no sabía si eran pareja. No se besaban, aunque tal vez se debía a la dificultad de hacerlo con las máscaras venecianas de por medio. No muy lejos de ellos, dos chicas se estaban practicando mutuamente el sexo oral. También pudo ver a una chica penetrando a un chico que gemía sometido por el placer.
—¿Qué es esto? —preguntó Nigel. Se había quedado embobado. Una chica se había sentado en un diván para masturbarse mientras veía a dos chicos practicando sexo.
—Es el club más selecto del campus —explicó Camile—. Un club para tener sexo, libremente. Un templo del placer dentro de la universidad.
—¿Te refieres... a una hermandad? —preguntó Yumi.
—Odio esa palabra. No. Es un club. Se accede por invitación. Y yo os he invitado. Aquí no vas a tener que chupar veinte pollas en media hora para que te permitamos entrar, no. Esas mierdas son violaciones. Aquí se folla. Con quien te apetezca. De hecho...
Señaló a la chica que se había estado masturbando. Un chico se acercó a ella, pero negó con la cabeza. Este asintió, pero cambió su suerte cuando al darse la vuelta dos jovencitas llamaban su atención. Le vieron sonreír antes de dirigirse a por ellas.
—Aquí no toleramos ninguna tontería —explicó—. Por lo general, todos lo hacemos con la máscara por privacidad, aunque... —miró detrás de Yumi y Nigel y estos también se giraron. No. No podía ser. ¡Era uno de los profesores! Completamente desnudo, y cayendo en los brazos de un alumno que le dio un beso en los labios mientras le tumbaba en el suelo. Fue entonces cuando Yumi se percató de que estaba enmoquetado—, a algunos les gusta hacerse notar.
—¿Qué hace aquí?
—Fue miembro antes de ser profesor. Mantuvo su plaza —explicó Camile, como si tal cosa—. Pero os advierto que este sitio es como Las Vegas. Lo que aquí ocurre, aquí se queda. Sé que hay gente a la que ha dado clase a la que ha suspendido.
—Joder... —dijo Yumi.
—Cada uno de nosotros puede invitar a dos personas cada año. Este es el primero que yo puedo invitar a alguien, y después de haber conocido a gente por el campus, me parecisteis las mejores opciones.
Nigel no dijo nada. Caminaba detrás de Camile, evitando a la gente que tenía sexo.
—Solemos llevar la bata como señal de que no queremos follar. Pero bueno, podéis echaros a dormir desnudos si os apetece —dijo, y mostró el caso de una rubia que estaba echada la siesta tal como dios la trajo al mundo—, y también hay quien le da morbo usar la bata... —se fijaron en que alguien tenía la bata puesta, pero era imposible disimular que había alguien arrodillado envuelto ahí dentro.
Yumi se acercó a uno de los muchos cuencos de cristal que había visto. Estaba lleno de envoltorios brillantes. Y también había botellas de lubricante. Estaban muy preparados.
—Bueno. Y aquí es donde podéis aceptar formar parte de esto —dijo al llegar a una mesa. Estaba atendida por un chico... que Yumi dudaba si sería capaz de hacerles caso pues había alguien bajo su mesa. Pero eso no importaba en ese momento.
—Ca...
—¡Usa el número! —le avisó ella.
—Perdona. Mil treinta y dos... te agradezco que hayas pensado en mi para esto, pero... yo tengo novio —le dijo.
—Lo sé. Espera. ¿Él y tú tenéis relación cerrada?
—Pues... sí.
—Oh... qué pena. Pensaba que seríais más... abiertos.
¿Era impresión de Yumi o parecía decepcionada?
—Pero —se repuso rápido—, mantengo mi invitación. Puedes aceptar cuando te apetezca. Y lo mismo te digo, Nigel. Si quieres ingresar, serás bienvenido.
—Te-Tengo que pensarlo —dijo este—. Pero gracias.
—De nada. Os acompaño fuera —se ofreció Camile—. Disfruta, novecientos cuarenta y tres —añadió, dirigiéndose al que estaba en la mesa.
—Graci... aaaaaaaash —gimió este.
Salieron de allí y Yumi y Nigel recuperaron sus pertenencias.
—Lo dicho. Si os apetece ingresar, me buscáis a mi. Os traeré para que firméis y para daros vuestra copia de la llave —dijo mientras se despojaban de las batas y las máscaras—. Por supuesto, conlleva un coste. Tenemos un proveedor que nos consigue los preservativos y el lubricante a muy buen precio, pero igualmente hay que pagarlos. Ah, y tener una bata requiere el bordado con vuestro número, pero... ya hablaremos de eso si os apetece uniros.
—¿No te quedas? —se extrañó Nigel cuando Camile salió con ellos de la zona cerrada con llave.
—No, tengo que estudiar. A lo mejor... si os hubiérias apuntado me hubiera quedado —dijo, y le guiñó el ojo—. Portaos bien. Y ya sabéis. No habéis visto nada —les recordó.
—Descuida —dijo Yumi, y cuando la chica se alejó, le dijo a Nigel—. Pídele salir. Te ha invitado a un sitio donde se puede acostar contigo.
—Y contigo también —le recordó el chico.
—Touché.
Ulrich estaba en su dormitorio, aguardando a que fuera Aelita. La pelirrosa se había ofrecido a echarle una mano con las clases de ciencias pero primero iba a estudiar con Jeremy y Laura, por o que había decidido ir avanzando... con la serie que había empezado la noche anterior. Total, se veía incapaz de entender aquel batiburrillo sin una ayuda.
Pero justo en el momento en que esos personajes tan idiotas y orgullosos estaban a punto de darse un beso por fin sonó su teléfono. Pausó el video. Oh, videollamada de Yumi. Qué extraño, normalmente hacían llamadas solo de audio. Pero bueno, nunca estaba de más ver a su novia.
—Hola —saludó.
—Hola, cariño —dijo ella. Estaba, por lo que Ulrich podía ver, a solas en su habitación tumbada en su tatami.
—¿Qué tal hoy las clases? —preguntó, despreocupado.
—Bueno. Es intenso pero voy con ello. ¿Tú qué tal? ¿Ya has estudiado con Aelita?
—No, aún no ha venido.
—¿Vas a darle algún agradecimiento? —bromeó la japonesa—. Estoy segura de que le encantaría tu... técnica.
—Yumi... si quieres que nos veamos, dímelo —susurró el alemán. No solían hablar de cosas tan picantes por teléfono, salvo que tuvieran un deseo irrefrenable de verse y manifestar físicamente su amor.
—No, cariño. Quiero que estudies —dijo Yumi—. Pero sí es cierto que hoy he visto algo que... me ha gustado un poco.
—¿Te refieres a un vídeo porno? —se extrañó. Su novia no le había puesto impedimentos al consumo de pornografía, pero ella rechazaba verlo.
—No. A ver. Resulta que en la universidad... hay un club en el que la gente va a tener sexo —le contó, bajando el tono de voz. Obviamente, sus padres estaban aún en casa—. Quedan tapados con máscaras y se ponen las botas...
—¿Cómo te has enterado de eso?
—¿Te acuerdas de Camile? Me ha invitado —le dijo—. Pero no quiero que te asustes. Obviamente, le he dicho que no. Ulrich. ¡Ulrich! —intentó llamar su atención.
Pero la videollamada no engañaba, y en parte era ese el motivo por el cual la había hecho. Sabía que su novio se lo había tomado a mal. ¿Por qué se pone tan celoso?, se preguntó por enésima vez.
—Joder —escupió el alemán.
—¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? Te quiero. No formaría parte de un club semejante. Simplemente, no lo puedo ir aireando por ahí, pero me pareció oportuno contártelo.
—¿Por qué?
—Para que te des cuenta de una vez de que no te oculto nada —dijo Yumi, intentando hacerle entender—. Sé que no me pones límites. Y aún así, te cuento todo lo que me ocurre porque no quiero tener secretos contigo. Lo de hoy ha sido raro, no me lo esperaba, y te lo cuento para que lo sepas. No voy a renunciar a ti por esas ideas locas.
El chico no dijo nada por unos momentos. Era verdad. Se comportaba como un imbécil nuevamente. ¿Por qué le costaba tanto confiar? Tal vez porque este es el primer año que no estás tanto con ella, pensó. Podía ser. Y aún así, Yumi le había contado la presencia de aquel club de sexo furtivo en lugar de callarse y aprovechar esa oferta para tener sexo indiscriminado. Porque no lo había hecho. Aunque la noticia había disparado todas sus alarmas, él sabía que Yumi no le había engañado.
—Gracias por contármelo —dijo.
—Claro que sí, bobo. Tenemos que ser sinceros.
—Luego voy a ir a hablar con William.
—¿Con William?
—Sí. Tú tuviste un detalle conmigo cuando organizaste el trío con Sissi. Es justo que tengamos uno con él. Si te apetece.
—¿Y eso te parece bien? —quiso saber Yumi.
—No tengo problema.
Y era verdad. Su experiencia con Odd le había abierto ligeramente las miras en ese sentido.
—Bueno. No está bien que rechace un detalle de mi novio —rió Yumi—. Pero te sigo queriendo a ti.
—Yo a ti también te quiero —dijo Ulrich, y en ese momento llamaron a la puerta—. Debe ser Aelita.
—Vale, cariño. Luego intentaré pasarme a veros antes de la cena. Estudia mucho.
—Vale, mamá —bromeó el alemán.
Y se tiraron un beso a la cámara antes de despedirse.
—Adelante —dijo Ulrich, y Aelita entró.
—¿A mi también me quieres? —bromeó Aelita, provocando que Ulrich se ruborizase.
—¿Nos has oído? —preguntó, muerto de la vergüenza.
—Solo la parte final. ¿Algo interesante?
—Creo que será mejor si te lo cuenta ella.
—¡Es muy fuerte!
Después de conversar con Ulrich, a Yumi le había apetecido hablar con alguien más. Y como sabía que Aelita estaba ocupada estudiando con el alemán, había pensado en hablar con Sissi. Con Laura no tenía la confianza necesaria, y con Sam... conociéndola le pediría todos los detalles sobre lo que había visto en la universidad.
—Bueno, no es nada que no se sospeche que ocurra, ¿no? —dijo Yumi, al otro lado de la línea—. La diferencia es que ahora sabemos que es real.
—Pero un club de... dame un momento —pidió Sissi mientras subía las escaleras deprisa—. Que no... quiero... que me oigan —jadeó.
—No te mates, que no me muevo de aquí.
Por fin Sissi llegó al descansillo de la planta y entró directa por la puerta. La cerró y se sentó en el suelo.
—Ya estoy. ¡Es que no me lo creo! ¡Un club para pervertidos!
—Si esos son pervertidos, ¿qué somos nosotros con el Acuerdo? —bromeó Yumi.
—Ya, bueno, pero no es lo mismo. Nosotros solo... tenemos sexo entre nuestro grupo de amigos. ¡Pero si ahí me dices que había hasta un profesor!
—Pues menos mal que no me da clases... este año al menos. Sería demasiado incómodo.
—Ya te digo. Ay, si mi padre se enterase de lo que hacemos... seguro que me envía a un internado de monjas de clausura.
—Tranquila, que no va a enterarse. No le vamos a ir con el cuento. Oye, estoy pensando. ¿Crees que tu tío sabe lo del Círculo 34? —dijo Yumi, recordando que el decano de la universidad era familia de su amiga.
—Pues no voy a llamar para preguntarle. ¡Dios! Si te enteras de que sabe algo no me lo cuentes, no le podría mirar a la cara. Ay, qué mal que todo lo relacionado con el sexo sea tan... tabú.
—Empiezas a hablar como Sam. ¿Te has visto mucho con ella? —bromeó Yumi.
—¡No! Aunque me lo ha propuesto. Pero en serio... me preocupa mucho que alguien descubra nuestro Acuerdo. Podríamos meternos en... un... lío...
Y en ese momento Sissi, que se había levantado tras recuperar el aliento, se dio cuenta de que ya podía estar en un lío. Había subido las escaleras, sí. Pero tan rápido que no se había dado cuenta de que no estaba en su planta. Estaba en la planta de los chicos. Y en lugar de entrar en su habitación, había entrado en el dormitorio que estaba en la misma posición en el cuarto de los chicos.
Carlos León, que estaba en la cama leyendo un cómic, había escuchado todo lo que había dicho.
—Te... te llamo luego —dijo, aterrorizada, y colgó—. León...
—"Carlos" —le corrigió él—. Qué manía más fea tenéis de hablar por el apellido.
—¿Qué?
—Que no me acostumbro a que me llaméis por el apellido.
—No digo eso. Tú... ¿has oído la conversación?
—... Nooooo... —respondió en un tono para nada convincente.
—Joder...
—Perdona. Es que has entrado en mi cuarto, y te has puesto a decir... bueno, que no he podido no avisarte antes de que hablaras.
—Mierda. Mierda. Mierda.
Se abalanzó a por él y le puso las manos sobre la boca.
—¡No puedes contar nada!
—¡Mmmmm! ¡Mmmmm! —protestó él.
—¿Qué dices? —preguntó Sissi, soltándole.
—Que tranquila, coño. No voy a contar nada. Yo, como si no te hubiera oído. Tampoco es que me haya enterado de mucho.
Pero Sissi aún esperaba algo.
—Venga, va.
—¿El qué?
—Dilo.
—¿Qué quieres que diga?
—Lo que quieres a cambio de tu silencio.
—¿De mi silencio? ¿Qué voy a querer?
—¡Venga ya! ¿En serio no me vas a chantajear? ¿No vas a pedirme nada?
—Pues... ¿quieres que te chantajee o te que pida algo?
Este es tonto.
—En serio. Si quieres algo a cambio, dímelo ya. No me importa, pero no me tengas en vilo...
Sissi consideraba aquello demasiado arriesgado. Pero debía intentar proteger el grupo. Un pequeño chantaje por tenerles a salvo no era mala idea. Salvo que del primer chantaje vinieran los demás.
—De verdad, Sissi. Solo me quiero terminar el cómic —dijo, mientras lo volvía a tomar entre sus manos. «Mortadelo y Filemón», leyó Sissi en la portada—. Mira, sobre lo que he oído, me imagino lo que ocurre y con quién. Pero no tengo pruebas. Y aunque las tuviera, ¿a quién se lo iba a contar? ¿Para qué iba a joderos? Me caéis bien.
—... ¿En serio?
—Bueno, no os conozco mucho, pero Patrick y Odd son buena gente. Jeremy me ha echado una mano para configurarme el ordenador... Así que no te preocupes. Lo poco que se de vuestro secreto está a salvo.
—... Gracias.
—No hay de qué.
—Joder. No entiendo qué le tuviste que hacer a Emily para que te montase un pollo aquel día. Si eres un cielo.
—Tengo mis cosas. No lo hice bien con ella.
—Seguro que se arregla.
—Seguro que no —se rió Carlos.
Sissi le tendió la mano, pero se lo pensó mejor y le dio un beso en la mejilla antes de irse. Y aunque el secreto estaba a salvo, debía considerar si los demás debían saber que, por su culpa, había una filtración.
¡Hola a todos! Sé lo que estás pensando.
1) ¿Felikis publicando dos semanas seguidas? ¿Es que estoy en 2013? Y la respuesta es "No, pero tenía ganas de escribir este capítulo?
2) ¿De dónde has sacado lo del Círculo 34? El nombre es una coña con la famosa "rule 34" de internet. Ya sabéis, si existe hay porno de ello. Pero me apetecía crear una sociedad de sexo libre real. No esas hermandades que... bueno, ya puse en la boca que Camile mi opinión. No se qué hay de cierto o falso en esas historias, pero dicen que si el río suena, agua lleva.
3) ¿En serio el personaje de Carlos no va a hacer chantaje? Creo que le confundís con Hervé, que ese sí que se aprovecharía de Sissi para tenerla controlada (y si hay algún fan del personaje en la serie, se me disculpe, pero es que nunca me cayó bien)
Me despido hasta el siguiente capítulo. Lemmon rules!
