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Capítulo 11

Qué buen insomnio si me desvelo sobre tu cuerpo, Mario Benedetti. Albert leyó la frase en una página web y se estremeció.

Eso sería maravilloso. Él y Candy cara a cara, cuerpo a cuerpo en una cama, y que el mundo se abriera en dos.

Le daría placer hasta dejarla extenuada y luego la vería dormir entre sus brazos la noche entera. Dudaba de poder conciliar el sueño alguna vez, con ella al lado.

Continuó explorando la web. Sólo usaba Internet por motivos profesionales. Tenía varias personas trabajando en la página de la empresa, en el sitio de decoración, en las redes sociales. Él jamás interactuaba, sólo miraba.

A ver. Redes sociales. Facebook. Siempre le pareció una soberana tontería. ¿A quién le importa qué carajo estás pensando, qué comiste, o si estás triste? Pero esta vez se abrió un perfil con un seudónimo para ver si Candy estaba allí.

No creía que Donald Martin se fuera a enojar por usar su nombre. Después de todo él tenía su propio perfil con el nombre de George Villers, sin que éste lo supiera.

"Qué niños somos", rió.

Oh. Allí estaba. Candy White. Dulces dieciocho años. Dulces y ardientes dieciocho. Trabaja y estudia. Y está en una relación.

"Espero que te refieras a mí, Candy White", pensó.

Y no había mucho más, ya que su perfil tenía marcado privacidad. Pocos amigos y una sola foto de ella, con un gracioso sombrero y una sonrisa que le llegó al corazón. Una vez más tomó conciencia de lo hermosa que era. Era realmente perfecta.

Perfecta para él.

"Sí, estás hecha para mí, Candy. ¿Te tendré esta noche? ¿Estarás preparada, mi vida?", se preguntó.

Y como un ladrón, se descargó la foto y la guardó como "Bella" en una carpeta oculta. Se dijo que esa noche debería tomarle fotografías con su teléfono.

Imaginó que estaría hermosa... pero se quedó corto.

Se quedó corto y sin aliento cuando la vio descender por la escalera. Lo primero que vio fueron piernas perfectas. Largas, torneadas, y con un brillo especial. Parecían editadas por Photoshop, pero en vivo y en directo. Nunca había visto piernas iguales a esas.

Se veía sublime con sus sandalias plateadas. Su mirada la fue recorriendo sin ocultar su admiración. Su cintura, sus senos con los cabellos ondulando sobre ellos. Y su rostro. Qué maravilla.

Estupendos ojos verdes y largas pestañas. Tenía una mirada que haría derretir a cualquiera. Y una boca tan rosa como su vestido, que invitaba a borrarle el labial con la lengua.

Estaba más que bella. Estaba exquisita.

Albert temió que Candida se diese cuenta de sus ardientes pensamientos. Pero ella estaba mirando con admiración a su nieta que descendía con gracia por las escaleras, sonriendo y derrochando encanto.

Candy sabía lo bien que se veía. Lo sabía porque el espejo se lo había dicho antes, y por la mirada de Albert. No llevaba más accesorios que unos pequeños aretes con circonias, regalo de sus quince. Y un sobre plateado con las llaves, el labial, y la esperanza de tener que usarlo varias veces esa noche.

"Oh Albert. Qué guapo. Estás... ¡uf! Estás para el infarto, corazón. Estás como quieres. Si me viesen Patty, Anny y Betzabé se caerían de espaldas. Betzabé lo haría con gracia; sólo ella podría despatarrarse con elegancia. Pero aquí estoy. Está para comérselo con ese traje de etiqueta, yo misma parezco una muñeca, y sólo está aquí mi abuela para vernos. Vaya suerte".

Albert intentaba articular alguna palabra para describir lo bella que estaba, pero no conseguía hilvanar sus ideas. Le daba vueltas la cabeza. No pudo decir más que: "Qué vestido tan bello", mirando a Candida con cierto temor.

Candy pareció algo decepcionada pero continuó sonriendo. De pronto, Albert le puso en las manos una caja alargada.

—¿Y esto qué es? — murmuró ella mientras Candida estiraba el cuello para mirar.

—Ábrelo— ordenó.

Cuando vio de qué se trataba, Candy abrió también su preciosa boca, asombrada. Qué detalle tan maravilloso: un pequeño dije en forma de C cubierto de diminutas piedras, que luego supo que eran diamantes, colgaba de una fina cadena plateada.

Sólo atinó a murmurar "¡Qué belleza!, gracias" y le ofreció el cuello para que se lo colocara. Antes de hacerlo, Albert le apartó el cabello desde atrás dejando a la vista su preciosa espalda y un tatoo que él jamás había notado. Bajo su omóplato derecho, tenía una pequeña estrella.

"Dios, ya no puedo soportarlo, me estoy muriendo por esta mujer", pensó.

Candida tosió sin disimulo, y él se apresuró a abrochar la joya. Antes de irse, metió la mano en su bolsillo y sin decir ni mu, le entregó un estuche a ella.

Estaban subiendo al coche, cuando escucharon la exclamación de Candida: "¡Oh, Santo Dios y María Santísima!". Albert le había dado una C idéntica a la de Candy.

Ella temió que su abuela se infartara. Y supo que con ese obsequio, él ya la tenía comiendo de su mano.

Minutos después estaban en el impresionante Mercedes C200 color plata, casi sin hablarse. Candy estaba tan nerviosa que no notó que no era el BMW de siempre. Con nervios o sin ellos, nunca se fijaba en esas cosas.

Albert estaba abrumado. Nunca había sentido algo así. Jamás una mujer le había gustado tanto, ni le había inspirado sentimientos tan profundos. La deseaba como un animal en celo. Pero también quería cuidarla, protegerla de todo mal. Incluso de él mismo.

Ni en sus sueños Candy imaginó la magnitud de la fiesta a la que se dirigían. Miró a Albert aterrorizada cuando vio que había alfombra roja, flashes y micrófonos. Carajo, tampoco prestaba atención a las idas y venidas de la alta sociedad, y no tenía idea de quienes eran estos Britos Fontanal o como se llamaran.

Él la tomó de la mano sonriendo y avanzaron acosados por los flashes que los encandilaban.

Una cronista le puso el micrófono a Candy en la cara, y muy decidida la bombardeó a preguntas:

—Señorita, ¿me dice su nombre? ¿De quién es su vestido? ¿Cuál es la relación que la une a Albert Ardley?

Candy miró a Albert, y éste asintió: le daba piedra libre para responder.

—Bueno... me llamo Candice, el vestido es mío, y lo otro se lo preguntan a él.

"Chica lista —pensó Albert—. Y muy resuelta. Qué rápido ha salido del paso."

La cronista pestañeó confundida.

—Me refiero al diseñador. ¿Carolina Herrera? ¿Versace, quizás?

—Nada de eso, me lo hizo mi abuela Candida —respondió con sencillez, sonriendo al imaginar la cara de su abuela cuando viese eso, si es que alguna vez lo veía.

Era inútil continuar, pensó la pobre cronista. Y se dirigió a Albert, que riendo le soltó un "sin comentarios" como siempre hacía.

Posaron ante los flashes. Se veían magníficos.

Candy preguntó entre dientes:

—Ey... ¿qué se supone que es esto?

Él la abrazó, y le susurró al oído:

—Esto es nuestra noche perfecta con o sin fiesta, el resto son accesorios.

Y así fue.

Por lo menos mientras estuvieron en la mansión Britos Fontanal. En sus imponentes jardines habían montado una tienda gigante que albergaba no menos de seiscientas personas. El clima era estupendo, y la belleza se veía por doquier, en los objetos decorativos, en la comida magníficamente presentada, en los trajes finísimos y caros.

Pero Albert no quitaba los ojos de su princesa rosa. Y para ella, él era su príncipe azul.

Esa noche, Candy conoció a los padres de Albert.

William le pareció genial. Era un hombre apuesto, de cabello blanco. Tenía alrededor de sesenta, seguramente. Muy guapo. Muy cálido. Cuando Albert los presentó, William primero besó la mano de Candy, y luego, pensándolo mejor, tiró de ella y besó su mejilla. Después miró a su hijo alzando las cejas y disimuladamente le murmuró "cuidado" en inglés, pero a ella no se le pasó el detalle.

Candy se encontró a gusto de inmediato con el padre de Albert. Y para sorpresa de todos los concurrentes, bailó con él a la perfección el tango "La Cumparsita", el himno de todos los tangos.

Albert los observaba entre asombrado y divertido. Su padre y su amor. Su diosa perfecta, la más bella de la fiesta. Y qué bien bailaba. Claro que William era un experto.

Bailar tango formaba parte de las relaciones públicas en las embajadas en las que había servido. Pero nunca lo había hecho tan a gusto, con una grácil muchachita. El tango ya no lo bailaba nadie menor de cincuenta, pero ella lo hacía y muy bien. Los pasos exactos, los giros perfectos. "Aprobada, Candy", pensó William.

Es que no tenía más que mirar el brillo en los ojos de su hijo para darse cuenta de que había encontrado a la chica indicada.

Cuando llegó el turno de conocer a Pauna, Candy estaba nerviosa. Y se puso peor cuando se sintió examinada de pies a cabeza por la aguda mirada de la elegante mujer.

La madre de Albert era una belleza. Alta, rubia y sexy. Tendría unos cincuenta años, o cincuenta y pico, pero representaba muchos menos. Vestía un vestido negro muy ceñido, abierto hasta el ombligo. Su figura era perfecta. Su elegancia, innata.

Al conocer a los padres de Albert, Candy entendió de dónde venía tanta apostura. "De aquí sacó Albert lo bello, claro", se dijo. Un hombre tan guapo como él sólo podía venir de una pareja así. Candy se sintió pequeña y frágil al lado de Pauna. Se dio cuenta enseguida de que ella les iba a hacer la vida a cuadritos, pero no le importó.

Albert se comportaba con extrema frialdad con su madre, y tenía motivos. Sólo se la presentó por compromiso, y luego no volvieron a hablar con ella en toda la noche.

Tampoco William y su ex esposa tuvieron contacto alguno. La relación entre ellos seguía siendo tensa.

La abuela Elroy no había asistido. La que sí lo había hecho era Eliza y su lengua viperina.

Se acercó a la pareja por detrás y exclamó:

—¡Qué gusto volver a verte, Albert! Menuda suerte la mía, dos veces en la misma semana...

Albert se volvió con la sonrisa helada. "Otra vez esta zorra. Aquí vamos..."

—Eliza, te presento a mi novia, Candice. Candy, ella es Eliza, una amiga de la familia —dijo, poniendo énfasis en la palabra amiga.

Pero la venenosa Eliza no se amedrentó.

—Encantada querida. Albert, ¿hasta cuándo vas a seguir presentándonos chicas? Oh, tesoro, te dejaré andar por ahí hasta que quieras sentar cabeza. Luego, aquí estaré esperándote.

"Maldición. Que hija de... Lo ha hecho adrede. Ah, Candy, no me mires así. Esta mujer no significa nada para mí. No te pongas triste, mi amor. Oh, no puedo verte así. Prefiero tu furia y no tu tristeza. Tienes que saber que no ha pasado nada con ésta ni con ninguna. Desde que estás en mi vida, sólo pienso en ti."

Pero Candy se sacudió la tristeza inmediatamente. Había pasado por instancias difíciles en su vida, y esta mujer malvada, por más atractiva que fuese, no iba a estropearle la noche.

—Te recomiendo que lo esperes sentada, querida —respondió antes de que Albert pudiese decir nada —. A tu edad no conviene estar mucho de pie, ya sabes, la cadera... —y luego apuró su copa de champagne hasta el fondo.

Albert se llevó la mano a la boca para contener la risa. Eliza les echó una furibunda mirada, y se retiró muy erguida. Parecía un Oscar con su vestido dorado.

Abrazó a Candy y le besó la frente. Esta chica no necesitaba de nadie para defenderla. Tenía la lengua muy aguda... eso lo sabía él más que bien. La lengua de Candy su debilidad. De pronto se sintió urgido por el deseo de besarla, de acariciarla...

—Vamos —le susurró tomándola de la mano —, esta fiesta terminó para ti y para mí.

Ella lo miró con los ojos brillantes, un poco por el champagne, otro poco por el deseo, y asintió.

Cuando estaban a punto de salir, se encontraron cara a cara con Stear Cornwell, que recién llegaba.

—Hola, Albert. Candice... — murmuró intentando no devorarla con los ojos, pero apenas si lo logró.

—Stear—dijo Albert. Nada más. Su rostro era inescrutable.

—Hola —murmuró ella, nerviosa.

—Parece que tienen prisa, ¿se van? ¿Ya no regresan?

—No, ya no regresaremos —respondió Albert, haciendo un ademán como para terminar la conversación y largarse de allí.

—Oh, qué pena. No conozco a nadie aquí... —musitó apesadumbrado Stear. Y luego no pudo evitar mencionar—Candice, te ves maravillosamente bien.

Albert estaba perdiendo la paciencia. Ni siquiera permitió que ella agradeciera el cumplido.

—No conoces a nadie... Te presentaré a alguien. Eliza, ven por favor, quiero que conozcas a un amigo —dijo sonriendo, mientras Eliza, que siempre se había mantenido cerca, se apresuraba a obedecerlo.

Luego de las presentaciones de rigor, tomó nuevamente a Candy de la mano y se marcharon riendo. Ojalá eso prosperara, así los dejarían en paz.

Harían una linda pareja, él muy moreno y ella muy peliroja. Pero no tenía muchas esperanzas de que congeniaran, porque para Eliza el dinero era el principal atractivo de un hombre, y Stear no lo tenía. Más bien los había puesto en contacto para hacer una pequeña maldad. Sabía que ella sería una dorada pesadilla para su colega, y sonrió al imaginar su desesperación por sacársela de encima. Se lo tenía más que merecido por mirar así a Candy.

Veinticinco minutos después estaban en la puerta de la casa de ella.

¿Cómo es que estaban allí y no en otro lugar, disfrutando de un momento mágico, como ella esperaba?

Quería besos, quería pasión, quería... no sabía lo que quería, pero estaba segura de que no era ir a su cama ahora.

Es que en ese trayecto de media hora, por la cabeza de Albert pasaron mil cosas. Tomó conciencia de lo que sentía por Candy. La amaba. La amaba por encima de todas las cosas. Era todo lo que él deseaba de una mujer. Era increíblemente bella, para empezar. Era muy inteligente. Era dulce y a la vez picante. Jamás se aburriría de una mujer así, y decidió hacer las cosas bien. Por eso la llevó directo a su casa.

Candy había bebido dos copas de champagne y él se dio cuenta de que aún esa pequeña medida podía ser demasiado para ella. No tenía nada que ver con la promesa a Candida. Él realmente quería respetarla esa noche. No se aprovecharía de una adolescente algo bebida, y mucho menos cuando deseaba que esa chica fuese su chica.

Estaban en el Mercedes, en completa oscuridad, mirándose a los ojos.

Y Candy sabía que no se iría a acostar sin un beso. Así que lentamente se desabrochó el cinturón, se acercó a él y lo besó tan ardientemente que ambos escucharon el sonido de sus dientes al chocarse. Le metió la lengua, atrevida, y le acarició sensualmente el pecho.

Albert al principio la dejó hacer. Podía manejarlo. Mantuvo todo dentro de los límites aceptables. Pero ella era demasiado persistente y no se conformaba sólo con un beso. El alcohol la había envalentonado demasiado, así que mientras le recorría la boca con su lengua, con su mano, con esa linda manita con la que decía adiós, comenzó a recorrerle... Sí. Allí puso su mano Candy.

Él se paralizó un instante. Se dio cuenta de que eso era más de lo que podría soportar. Y se volvió literalmente loco. La tomó de los cabellos con una mano en la nuca, y se adueñó de la situación.

La besó con violencia, al principio, contenida, y luego franca y apasionada violencia. Estaba fuera de control, la besaba, más bien le devoraba la boca sin piedad. Era como una bestia presa de un apetito voraz. Y mientras lo hacía, deslizó la otra mano debajo de la falda hasta encontrar su sexo, y comenzó a apremiarla, hurgando ansiosamente. Estaba fuera de sí.

Candy, en un principio, gimió agradecida. Por fin Albert había reaccionado. Pero luego comenzó a asustarse... Oh, eso no le estaba gustando nada. No podía respirar, y le estaba doliendo allí abajo. Puso ambas manos en el pecho de él, pero nada. Era una mole que se abalanzaba sobre su cuerpo. Quiso decir algo, pero la lengua de Albert en su boca, no se lo permitió.

Estaba perdida. ¿Qué podía hacer? Oh, Dios, que desastre había provocado... Siembra vientos y cosecharás tempestades, había escuchado por ahí. Bueno, ahora comprendía de qué se trataba.

No tenía idea de cómo iba a salir de esa situación. Estaba paralizada. Y definitivamente no lo estaba disfrutando.

Albert seguía frenético, manoseándola sin contemplaciones. Se desesperó tanto que de un tirón le rompió la pequeña braga y se la arrancó.

Candy entonces se asustó de veras. Se asustó tanto que lo empujó con fuerza dando un grito. Le sacó la mano, furiosa, decepcionada, triste. Tenía los ojos llorosos cuando descendió apresuradamente, dejando las destrozadas bragas en el piso del coche.

Albert salió tras ella, jadeando. No podía creer lo que había hecho. Se pasó la mano por el cabello, afligido. Cuando la miró a los ojos, estaban frente a frente en el portal.

Ella tenía lágrimas en las mejillas. Él estaba desolado.

Y súbitamente sobre Albert cayó el peso de su falta.

"Dios mío, no tengo perdón. He caído bajo, muy bajo. Soy una bestia. Todos mis buenos propósitos se fueron al carajo y casi le arruino la vida a esta hermosa chica. No la merezco. Y ella no se merece esto. Lo que ella necesita es experimentar los placeres del sexo de la mano de un chico de su edad, que aprenda con ella, que la trate como ella debería ser tratada."

"Cómo tú no la supiste tratar...", le dijo una voz desde su interior.

Lo intentó, vaya si lo intentó, pero no pudo. No logró contenerse. De nada valía todo lo que sentía por ella, si estuvo a punto de hacerle daño. Dio un paso hacia atrás. Candy comenzó a sentir pena por él... se lo veía tan mal, tan infeliz. Estuvo tentada de acercarse, de acariciarlo, de abrazarlo y darle consuelo. Pero su mirada la dejó helada.

En ese largo minuto, fue que Albert decidió no verla nunca más. Era demasiado buena para él, y esto sería por su bien. Al principio, Candy quizás sufriría. Pero era tan joven, tenía tanto por delante. Era mejor ahora, antes de que le hiciera más daño. Se subió al coche y arrancó sin decir una palabra. No la volvió a mirar, pues tenía miedo de flaquear.

Candy tampoco intentó detenerlo. Pensó que lo mejor era hablar de ello al día siguiente. Si hubiese sabido entonces que no habría un mañana para ellos, se habría arrancado allí mismo la ropa para pedirle que la hiciera suya de la forma en que quisiera.

Las lágrimas le nublaban la vista a Albert. Candy sanaría. Ahora él, sabía que no podría olvidarla en lo que le quedaba de vida. Y que ya nunca jamás podría ser feliz sin ella a su lado.

CONTINUARA

Solo puedo decir : El lobo feroz queria comerce a la caperucita y esta se asusto despues de probocarlo.