Hermione alquiló un coche en recepción, donde también le dieron unos mapas. Con unas mallas blancas, unas zapatillas Reeboks y un jersey grueso y abrigado, estaba lista para salir a explorar.
Recogió el coche y se alegró al ver que era un deportivo pequeño. En el mapa, las autopistas de Dallas parecían rectas y llanas. No conducía rápido de verdad desde la última vez que había estado en Alemania. El empleado de la agencia de alquiler de coches le dijo que la policía de tráfico de Tejas no se preocupaba por velocidades inferiores a ciento veinte en autopista, al contrario que en California, donde la paranoia empezaba a ciento diez.
Podría sacudirse las telarañas y pasear por el campo. ¿Adónde iba? ¿Hacia Lubbock por el oeste? Empezó a recordar canciones country. ¿Hacia Oklahoma City por el norte? Un pueblo llamado Norman le llamó la atención. Norman, Oklahoma. ¿Dónde había oído ese nombre? Se concentró un momento y recordó la voz de Narcissa. «Amelia Bones, de Norman, Oklahoma.¿Te imaginas ser de un lugar tan apartado que lo único que se ve en kilómetros a la redonda son yacimientos petrolíferos?».
Sin querer ponerle nombre a lo que la impulsaba, Hermione partió hacia Norman, Oklahoma, con su máquina de fotos y un mapa. Tardaría casi todo el día en ir y volver, pero le encantaba explorar en coche; ver las flores silvestres, cómo la gente construía sus casas en diferentes terrenos. Sería un buen descanso. La tierra era llana y estaba anegada por la lluvia. No había cultivos que interrumpieran la vasta extensión de arcilla ocre oscura. Las nubes grises que flotaban en lo alto, sobre el tenue horizonte de carbón, hacían que Hermione se sintiera muy pequeña y se preguntara por los pueblos nativos que habían errado bajo el amplio cielo. Qué fácil hubiera sido imaginar que eso era el mundo entero.
Entró a formar parte de una caravana de coches y camiones que iban a ciento treinta por hora. En comparación con Alemania, no circulaban muy rápido, pero era emocionante. En la radio ponían sobre todo música country, pero no le importaba. Cantaba cuando conocía las letras mientras asimilaba el paisaje rojo y gris. Imaginó que allí construiría casas bajas con líneas suaves y redondeadas para que se mezclaran con el duro horizonte.
Al cabo de unas tres horas se detuvo en un bar en la calle principal de Norman. El pueblo no era tan pequeño como había imaginado, pero quizá había crecido desde que Amelia vivía allí. Se sorprendió preguntándole a la camarera por los cementerios. Se enteró de que había dos y volvió a marcharse. El primer cementerio, lleno de maleza, parecía abandonado, no había signos de que lo utilizaran. Se paseó durante un rato y vio que las muertes más recientes databan de los años treinta. Un viento helado traspasaba su jersey y se alegró de volver al coche.
Evidentemente el otro cementerio era el que utilizaban. Su tamaño la intimidó. En aquel momento había un entierro en el cuartel de la derecha, así que aparcó a cierta distancia y echó a andar con la esperanza de que fuera la zona que se utilizaba últimamente. Algún paisajista había diseñado pequeñas elevaciones en el terreno. Varios robles de mediana edad resguardaban el cementerio del viento. Se paseó un rato y encontró tumbas de los años ochenta, pero ninguna reciente. El entierro había terminado y la gente empezaba a marcharse. Esperó hasta que sólo quedaron los empleados de la funeraria y les pidió ayuda.
Los hombres, con sus tiesos trajes negros, la miraron de arriba abajo. Hermione supuso que tenía un aspecto un poco extraño para un cementerio. Bueno, probablemente también fuera un poco extraño para Oklahoma en general. Se inventó que buscaba a una amiga de las colonias de verano de la parroquia, y los hombres le indicaron una zona en la que quizá encontrara la sepultura.
Las tumbas que le habían indicado junto al sendero correspondían a la fecha que buscaba.
«Amada hija». «Amada esposa». «Amado padre». «James, desaparecido demasiado pronto». «Carolyn, nuestra amada hermana».
De pronto se dio cuenta de que se hallaba ante el nombre que buscaba. Amelia Susan Bones. Una cruz sencilla y grande en relieve.
En el extremo inferior:
«Señor ten piedad de mí, pecadora».
Miró la lápida unos minutos cerrando y abriendo los puños. Estaba acalorada de rabia, una rabia profunda y vehemente que nunca había sentido.
Descansar para siempre bajo semejantes palabras… Hermione no sabía qué pensar. La impresionó ver esa condena labrada en la piedra. Durante toda su vida sus padres no habían hecho más que quererla. No tenía enemigos. Volvió a impresionarse cuando se dio cuenta de que esa gente pensaría lo mismo de ella, y ni siquiera la conocían. Tenía un nudo en la garganta.
Nunca nadie la había odiado. Recordó lo que le había dicho su madre acerca de hacer elecciones. Bueno, al elegir el amor también elegía que la odiaran.
Regresó a la entrada del cementerio y se dirigió a la florista de la esquina que se ganaba la vida con los deudos. No podía sacarle una foto a la lápida sin algo que mostrara que Amelia había sido amada, profunda y sinceramente amada.
¿Rosas? No. ¿Claveles? No, Gladiolos, mejor. Gladiolos rojas y unos cuantos lirios violetas. Mucho, mucho mejor, pensó. Compró un ramo enorme con las flores más coloridas y un jarrón alto. Rechazó la cruz complementaria para colgarla del ramo y regresó al cementerio.
Los colores brillantes ocultaban casi toda la inscripción y la cruz. Ojalá pudiera borrar las palabras crueles y añadir «Amada esposa de Narcissa» en la piedra. Como había dicho ésta: ¿Dónde estaba la caridad de esos cristianos? ¿Cómo podía tener algo de malo el amor? Sobre todo un amor tan auténtico como el de Amelia y Narcissa.
Sacó varias fotos y se quedó un momento preguntándose si no quería decir algo. De pronto se sintió tonta. No creía que Amelia siguiera allí. Todavía no sabía si creía en la vida después de la muerte, pero su padre le había enseñado a adoptar una actitud abierta frente a todas las culturas e ideas. Suspiró, contempló el cielo y pensó que fuera cual fuese el lugar donde estuviera Amelia, tenía que estar más cerca de Narcissa que de ese cementerio.
Sacudió la cabeza, sacó una última foto, arrancó un pétalo de cada flor para metérselos en los bolsillos y regresó al coche. Durante el camino de vuelta, imaginó una y otra vez la nota que iba a enviar a Narcissa junto con las fotos. Decidió incluir los pétalos para que ésta pudiera ver los colores. No había hecho ese viaje como una excusa para ponerse en contacto con ella, pero esperaba que Narcissa la llamara y volver a verla.
Cuando llegó al hotel, sorprendió a su madre con un largo y sincero abrazo y entradas para un club de jazz que tenía muy buena fama.
—¿Qué querías enseñarnos, Cissa? — Andrómeda probó otro bocado de su pastel de queso con amaretto e hizo delicados chasquidos como si estuviera catando vino—. ¿Crees que habría que echarle menos amaretto?
—Querida, está perfecto —repuso Minerva—. No me parece que una cucharadilla más o menos de lo que sea pueda cambiar nada.
Andrómeda miró a su compañera con desdén.
—No tienes paladar para apreciarlo.
—Pues a mí me gusta el sabor que tienes tú —dijo Minerva.
—¡Chicas! —Narcissa miró a sus amigas—. No hablemos de sexo.
Andrómeda señaló a Narcissa con el tenedor, —El celibato es un rollo. Créeme, lo conocí a fondo hasta que apareció ésta. —Agitó el tenedor en dirección a Minerva.
Narcissa se rio.
—No está tan mal, a menos que tus amigas presuman delante de ti.
—Lo siento —dijo Minerva—. Tendré más cuidado.
—Abrió sus grandes ojos azules con expresión inocente. —Bueno, ¿qué pasa con esas fotos que dijiste que teníamos que ver?
—Un poco menos de amaretto —protestó Narcissa a Andrómeda.
La amonestada asintió.
—¿Crees que se podría servir esto con amaretto o es muy empalagoso? —preguntó apartándose los rizos de pelo negro de la cara.
—Narcissa… —La voz de Minerva tenía un ligero tono quejumbroso
—No, es demasiado dulce. No sé con qué puedes servirlo, quizá con algo seco y fuerte.
—¡Cissa! —Minerva se inclinó hacia delante y estiró la mano con un gesto imperioso—. Enséñame las fotos.
Narcissa sonrió a Minerva con indulgencia y le dio el paquete de fotos que Hermione le había enviado junto con una nota. Andrómeda se levantó para mirar por encima del hombro de Minerva.
Las dos mujeres contuvieron el aliento y suspiraron. Andrómeda se santiguó y miró a Narcissa, con los ojos negros llenos de lágrimas.
—¿Al final tuviste el valor de ir a buscarla? ¿O la familia cedió y te dijo dónde estaba?
—No, me las mandó una amiga.
¿Una amiga? ¿Podía decir que Hermione era sólo una amiga? El detalle de tomar esas fotos la convertía en algo más que eso.
—En realidad, es una conocida —añadió.
Les contó por encima la estancia de Hermione durante el fin de semana de Acción de Gracias, omitiendo los momentos electrizantes del último día en la cocina. No pudo evitar pensar en el instante en que sus dedos se deslizaron por la humedad de Hermione. Se le hizo un nudo en el estómago.
—¡Qué detalle! —Minerva contempló las fotos—. Y las flores… a Amelia le habrían encantado.
Narcissa puso suavemente los pétalos sobre la mesa. Se habían marchitado, pero aún conservaban algo del vibrante color que permitía imaginar cómo era el ramo original.
—Ay, Cissa —dijo Andrómeda en voz baja—. Hermione debe ser una persona maravillosa.
Narcissa asintió y cerró un momento los ojos. Se le volvió a hacer un nudo en la garganta. La composición de las fotos era hermosa. Hermione le había indicado dónde estaba la tumba de Amelia; quizá fuera algún día… pero no era necesario. Ya no.
—Esos cabrones —dijo Minerva con enfado tras leer la nota de Hermione—. ¿Cómo han podido poner eso en la lápida?
—Es la misma historia de siempre —comentó Andrómeda—. No la ven en quince años y de pronto la ley les da derecho a disponer de su cuerpo, de su dinero y de su coche. Por suerte, pusiste las dos casas a tu nombre, Cissa. También se las habrían quedado. ¿Cómo pueden considerarse cristianos…? —Alzó la mirada hacia el cielo un momento y rápidamente se volvió a santiguar—. Hasta dan ganas de desearles lo peor, de veras.
Narcissa se encogió de hombros.
—No tenía que haberles dicho que se había muerto. Lo hice porque era lo que correspondía a una «cristiana». Y ya ves a dónde me ha llevado.
—Qué ironía, ¿verdad? — Andrómeda volvió a su silla y tomó otro bocado de tarta de queso.
—Tendríais que haber hecho testamento —intervino Minerva—. Y un buen poder notarial. Andy y yo los hicimos después de que te arrebataran a Amelia.
—Los testamentos siempre se puede recurrir —replicó Narcissa—. La familia de Raymond Burr paralizó indefinidamente la sucesión, y seguro que Raymond estaba bien asesorado.
—Es mejor que nada —replicó Minerva.
Narcissa cogió su foto preferida. Tomada desde abajo, las flores encuadraban en primer plano el nombre de Amelia. Por encima de la lápida, unas ramas verdes y borrosas se confundían con la luz gris. Hermione había heredado el ojo de su madre para el equilibrio.
—Tienes razón —dijo Narcissa aclarándose la garganta—. ¿Queréis alguna foto?
—Sí, si no te importa —repuso Minerva—. Amelia era una buena amiga.
—¿Qué te parece si sirvo Oporto con la tarta? —preguntó Andrómeda mientras se comía otro bocado. Minerva le tiró la servilleta.
Narcissa volvió a meter con cuidado los pétalos en el sobre y juntó las fotos.
—Tendría que probarlo —contestó.
—Qué buena idea. —A Andrómeda se le iluminaron los ojos y desapareció en la cocina.
—Una cosa más —dijo Angela—. Tengo dos entradas para una inauguración en una galería de arte a beneficio del Centro de Recursos de Mujeres con Cáncer. Es este viernes y no puedo ir. ¿Alguien las quiere?
Hermione abrió la boca para decir que sí, pero pensó que debía dejar que los demás se pronunciaran antes.
—Yo quiero una —dijo Diane—. Mark no querrá ir, así que alguien puede quedarse con la otra.
—A mí me encantaría ir —dijo Hermione tras ver que los demás no decían nada—. Muchas gracias.
Le pasaron la entrada por la mesa de conferencias y se la guardó en la agenda.
—No sabía que te gustaba el arte —dijo Diane cuando se marchaban de la sala de reuniones.
—Me chifla, aunque no puedo darme el lujo de comprar nada.
No mencionó que tenía una pequeña escultura original de Jean Granger en su apartamento. Su madre se la había regalado al acabar la universidad diciéndole, con su más práctico estilo maternal, que podía sacarla de un apuro si algún día necesitaba dinero.
—Ya somos dos. ¿Por qué no coges el dossier de Dearborn y repasamos las especificaciones de los planos que nos acaban de enviar y buscamos algún lugar para comer antes de ir a la galería?
Hermione fue a buscar el dossier a su diminuto despacho, más o menos del mismo tamaño que su cubículo de LB, pero al menos con paredes y una puerta, y se dirigió a la oficina de Diane.
—Estaba pensando —dijo Diane—, que a lo mejor querías llevar a alguien a la galería. Puedes quedarte con mi entrada, no me importa.
—No, por favor —protestó Hermione—. En estos momentos estoy soltera y sin compromiso.
Pensó en Narcissa y reprimió el dolor que le causaba no haber sabido nada de ella después de enviarle las fotos. Esperaba que no se hubieran perdido en el correo.
—¿De veras? —Diane la observó con la cabeza inclinada—. Pues conozco a una persona que trabaja en un banco en la ciudad. Creo que os llevaríais muy bien. A lo mejor debería darle mi entrada…
—No es necesario —repuso Hermione. Se dio cuenta de que se sonrojaba—. Soy… Quiero decir que me gustaría conocer a gente nueva, pero… —Se miró los pies. Diane era agradable y seguro que conocía gente interesante—. Esa persona… ¿Es hombre o mujer?
—Una mujer —contestó Diane—. Ay, Dios mío, ¿me he equivocado? —Bajó la voz—. También conozco a hombres muy agradables. Por ejemplo, al hermano de Mark, que es encantador. Incluso es más simpático que Mark, pero no tan divertido.
Hermione se rio aliviada.
—No, no te has equivocado. Ignoraba que lo supieses. En realidad, tampoco hace tanto tiempo que lo sé. Frunció el ceño. —Pero ¿cómo te enteraste?
Diane se encogió de hombros.
—No lo… Ah, sí, ahora me acuerdo. Una amiga me dijo que había conocido en un baile a alguien cuyo nombre no recordaba, y ese alguien trabajaba aquí desde hacía poco. Por su descripción, supuse que eras tú. Y como ella es lesbiana, pensé que tú también lo eras. Dice que bailas muy bien.
Esta vez fue Hermione la que parpadeó.
—Ah, ahora lo entiendo. Fui a un par de bailes de mujeres, pero no es fácil oír los nombres con la música tan alta, y menos aún recordarlos.
—En fin —dijo Diane—, puedo darle mi entrada a mi amiga y decirle que no puedo ir y que irá una persona de mi trabajo. Podéis hablar de arte, y, si no os gustáis, no pasa nada, de todos modos no es una cita. ¿Qué me dices? —Alzó las cejas como animándola.
—Me va bien ir contigo —contestó Hermione. Diane siguió haciendo muecas para animarla hasta que al final Hermione se rio—. Pero si de verdad tu amiga es tan simpática, supongo que podré soportar que vaya en tu lugar.
Lo que desde luego no iba a hacer era pasarse las noches en casa esperando la mítica llamada de Narcissa que nunca iba a llegar.
—Esta mañana la llamaré para decírselo —dijo Diane con una sonrisa—. Ahora volvamos al trabajo. Los Dearborn han revisado de nuevo toda la concepción del comedor. Esto tiene pinta de convertirse en la renovación de una posada más larga de la historia. Así que adivina lo que quiero que hagas.
Hermione tendió la mano para coger la hoja de especificaciones.
—Planos y alzados de todo el proyecto. Dalo por hecho.
—Sólo tenemos que quedarnos unos minutos y después nos podemos ir a bailar —dijo Luna.
—A lo mejor esta inauguración no es tan aburrida como la última —dijo Narcissa—. A veces son divertidas. Estuve en un par que lo fueron. Bueno, al menos en una.
—La inauguración de Luna Pintada causará sensación, querida. Estoy intentando publicar un artículo a doble página en el dominical.
—Puedo montarla cuando quieras.
Narcissa le abrió la puerta a Luna, que pasó junto a ella con un repiqueteo de tacones y dejando una estela de Chanel 19. Llevaba lo que siempre se ponía para las inauguraciones: un vestido tubo ceñido que hacía juego con el color de su piel, con lentejuelas bordadas en los lugares estratégicos, una estola de piel falsa muy elegante sobre el hombro, y unos pendientes color ámbar.
Narcissa la siguió con unos pantalones negros más discretos y una chaqueta verde oscura: su traje oficial de vestir. Cuando se acercaron a la propietaria de la galería para el obligado apretón de manos y expresar los mejores deseos, murmuró al oído de Luna:
—No podemos ir a bailar con ese vestido que llevas. Se te romperá una costura.
Luna frunció la nariz.
—Creo que tienes razón. Siempre podemos pasar por mi casa y me puedo cambiar. O a lo mejor no… —Le lanzó una sonrisa malévola por encima del hombro.
—Luna —empezó a decir Narcissa en tono cansado, pero se calló para sonreír y desearle suerte a la galerista.
A pesar de que habían acordado ser sólo amigas, Luna seguía coqueteando y a Narcissa le molestaban los mensajes contradictorios. Pasaron junto al grupo de recepción y entraron en la sala principal en la que había sobre todo esculturas. Algunas obras enseguida le llamaron la atención. Luna ya estaba en medio de la sala y se dirigía directamente hacia una fotógrafa a la que Cissa recordaba vagamente de una exposición de hacía varios años.
Luna debió de ver algo que le gustó; Narcissa reconoció las señales. Algún día, en su galería también se expondrían fotos.
Narcissa se acercó a las piezas que le interesaban. La galería se estaba llenando de gente… Definitivamente era todo un éxito. Luna empezó a alternar con la concurrencia, algo que se le daba muy bien. Narcissa, entre pieza y pieza, la observaba.
Encontró una escultura de Jean Granger que no conocía. Era tan hermosa que sintió un hormigueo en los dedos. Una obra de hierro forjado pintado de blanco, con una base de unos diez centímetros de diámetro, unos quince de altura y unos siete de ancho. En la parte superior, el hierro se curvaba hacia arriba para volver a caer. La pendiente hacia abajo parecía una réplica de una pieza de encaje fino. De hecho, se parecía a la larga cola de un vestido de novia al revés. El encaje tenía un aspecto muy delicado, pero la pieza en sí, pensó Narcissa, tenía que ver con la fuerza que ocultaba.
Retrocedió para admirarla mejor y le pisó el pie a alguien, que lanzó un chillido. Narcissa se volvió para disculparse.
—Lo siento mucho…
Se encontró cara a cara con Hermione.
La expresión de enfado de Hermione se convirtió en sorpresa. Las dos se quedaron mirándose. Narcissa no había olvidado el marrón de los ojos de Hermione. No había olvidado la forma de sus labios, ni como se separaban cuando se quedaba sin aliento. Hermione se había quedado sin aliento. Narcissa se dio cuenta de que a ella le había ocurrido lo mismo. Le bastó una mirada para volver a la cocina de la cabaña y que su cuerpo experimentase idénticas sensaciones a las de entonces: el tacto de la piel de Hermione, el sabor de sus labios.
—Veo que ya os conocéis —dijo una voz.
Narcissa parpadeó. Hermione respiró hondo igual que una nadadora cuando emerge para respirar. Apartó la mirada y vio a una mujer pequeña, con traje de chaqueta.
—Eh… Narcissa, ésta es Fleur, una amiga de una amiga. Fleur, te presento a Cissa Black, la artista.
—Encantada —murmuró Fleur. Una sonrisa se dibujó en su rostro—. Ah, ahí veo una obra que me gustaría estudiar, así que ya nos veremos, Hermione. Si no nos encontramos, saluda a Diane de mi parte, ¿de acuerdo?
Hermione abrió la boca como si quisiera pedirle a Fleur que se quedara, pero sólo atinó a asentir. Fleur se perdió entre la gente, no sin antes volverse para mirarlas arqueando las cejas con una sonrisa cómplice.
—Recibí las fotos —dijo la rubia—. No sé cómo darte las gracias. Todos los días cogía el teléfono pero… no sabía qué decir.
—No fue nada.
—Fue mucho.
—Quiero decir que fue un placer poder hacerlo. Y de nada.
Hermione miraba el suelo, y Narcissa no lo pudo soportar.
—Mírame.
Hermione alzó la vista y sus ojos se volvieron a encontrar con los orbes azules de Narcissa. Tenía los labios ligeramente abiertos y temblaban. Narcissa contempló la blusa de seda turquesa y la falda corta negra. Ésta era la Hermione habitual, no la mujer que se había quedado bloqueada en su cabaña vestida con la ropa de Amelia.
La Hermione de todos los días la hacía estremecer aún más que la Hermione atrapada por la nieve. Narcissa no creía que algo así fuera posible.
La intensidad de su mirada quedó interrumpida cuando alguien empujó a Narcissa contra Hermione. Narcissa sintió sobre su cuerpo la tibieza de los pechos cubiertos de seda de Hermione y todos sus nervios se inflamaron.
—Aquí hay demasiada gente —dijo en voz baja—. A lo mejor encontramos algún sitio para hablar.
—Hablar —repitió Hermione.
Narcissa la cogió del brazo y la llevó hacia la parte de atrás de la galería. Tenía que haber algún lugar donde pudieran charlar con un mínimo de intimidad. Encontró una puerta abierta al final de una sala lateral y metió a Hermione en un cuarto. Los cajones y el material de embalaje dejaban poco espacio, así que se quedaron justo detrás de la puerta cerrada.
Narcissa se volvió hacia Hermione para mirarla a la cara y perdió toda la determinación. Quería estar a solas con Hermione y ahora lo estaba. La visión de la cara de Hermione mirándola… esos labios temblorosos… parecía tan vulnerable que le daba miedo tocarla. Si lo hacía, no sabía si podría detenerse.
Fue Hermione la que lentamente levantó una mano. Deslizó un dedo bajo la solapa de la chaqueta de Narcissa.
—Qué chaqueta tan bonita —dijo con voz débil, como si quisiera entablar una conversación normal pero le faltara la compostura. Los dedos se deslizaron hacia abajo y soltaron la chaqueta de Narcissa. Ésta le cogió la mano, y, en el anhelado momento en que los brazos se enroscaron y los cuerpos se arquearon, desapareció la distancia que las separaba. La seda que cubría la espalda de Hermione era cálida y realzaba la suavidad de su piel. La trenza pesaba en las manos de Narcissa. Sería tan fácil apartar la blusa y deleitarse con el calor de los hombros de Hermione. Le besó la curva expuesta de la garganta. La respiración de Hermione se había convertido en un silbido contenido seguido de un temblor en el cuerpo, cuando ésta empujó la cabeza de Narcissa hacia abajo.
Narcissa se aferró a ella con desesperación, decidida a acabar lo que habían empezado en la cocina. Retrocedieron medio paso y los hombros de Hermione se apoyaron contra la puerta. Hermione gimió con los labios cerrados, acercando los pechos redondos a Narcissa, dejó caer los brazos hasta su cintura y comenzó a deslizarlos por el interior de la chaqueta.
Las manos de Narcissa estaban debajo de la falda de Hermione, acariciando la suavidad de las caderas a través las medias. La besó; su lengua exploró la boca acogedora de Hermione mientras invitaba a ser explorada. Las rodillas de Hermione se doblaron y sólo la presión de Narcissa junto a ella evitó que cayera al suelo. Narcissa deslizó la pierna entre las de Hermione, cuando de pronto se dio cuenta de que estaba llegando a un punto sin retorno en un lugar semipúblico.
Interrumpió el beso y dejó a Hermione jadeante.
—Quiero estar contigo —le susurró al oído—. De veras. Pero aquí no.
Hermione volvió la cabeza.
—Lo sé. Yo también. —Apenas se le oía—. No quiero que pares, pero tengo la sensación de que me voy a desmayar. Quiero que me hagas el amor.
Apoyó la frente en el hombro de Narcissa. Narcissa la sostuvo hasta que Hermione pudo mantenerse de pie sola y levantar la cabeza.
—Es increíble —susurró—. No me importa nada.
—Lo sé —dijo Narcissa mientras le sonreía y le pasaba el pulgar por la comisura de los labios.
—No lo sabes —dijo Hermione con repentina vehemencia—. Todavía sigues de pie. Estás… intacta.
Narcissa la besó sobre una ceja.
—No me siento intacta.
—Pero lo estás —dijo Hermione—. Yo estoy desmoronada.
—Respiró hondo. —No soy… no soy una persona débil. Soy una persona independiente.
—Lo sé —dijo Narcissa con otra sonrisa.
Hermione sacudió ligeramente la cabeza.
—Ahora mismo haría lo que me pidieras. Nunca me he sentido así. —
Bajó la voz de modo que Narcissa tuvo que esforzarse por escucharla.
—Nunca me he dejado llevar de este modo. Si me dijeras que me tengo que quedar aquí mientras tú… mientras tú me haces el amor, encontraría la manera de hacerlo. Haría cualquier cosa que me pidieras. Es como si ya no pudiera elegir.
Narcissa se estremeció. De pronto la asustó el poder que Hermione le estaba cediendo.
—No te pediré nada que no me puedas dar.
Una lágrima se escapó y recorrió lentamente la curva de la mejilla de Hermione.
—No quiero estar así, depender y aferrarme a ti. Pero no lo puedo evitar. Yo tampoco quiero hacerlo aquí, pero no te puedo soltar. —Se agarró a Narcissa con más fuerza y le tembló la voz—. No puedo soltarte. Si lo hago me muero.
—Yo te sostengo —repuso Narcissa—. No te dejaré escapar.
Siguieron un rato abrazadas, hasta que Hermione al fin respiró hondo y volvió en sí.
—Ya se me ha pasado el mareo.
—¿Quieres que nos vayamos? Hermione asintió.
Nadie las vio salir de la habitación, probablemente porque la galería estaba más abarrotada de gente que antes. Narcissa cogió a Hermione del brazo, consciente de que Hermione se pegaba a ella. Se sentía como un salmón nadando río arriba. Cuando entraron en la sala principal de la galería, de pronto pareció como si todo el mundo conociera a Narcissa y quisiera hablar con ella.
Hermione apenas dijo nada y Narcissa se dio cuenta de que cada palabra que pronunciaba le suponía un esfuerzo enorme. Habían recorrido dos tercios del camino cuando Luna...
—¿Cissa? —Apoyó la mano en el brazo de Cissa y miró a Hermione—. ¿Qué pasa, cariño?
Narcissa advirtió el retraimiento de Hermione y, tras apretarle el brazo, le dijo a Luna:
—Tengo que irme, ¿vale?
Luna volvió a mirar a Hermione, escudriñándola con atención.
—Creía que teníamos una cita.
—Lo sé. Lo siento. No quiero dejarte colgada, pero…
—Pero lo harás igual. Muchas gracias, cariño —dijo Luna. Su sonrisa no iba más allá de su boca. Se inclinó sobre Narcissa—. ¿Quieres presentarme a la mujer por la que me abandonas?
Hermione resucitó y dijo en voz baja:
—Soy Hermione Granger. Conocí a Narcissa el fin de semana de Acción de Gracias.
—Hermione —repitió Luna. Miró a Narcissa y ésta advirtió el enfado que
empezaba a asomar en los ojos de Luna.
—Fui sincera contigo, Luna.
—¿Crees que eso importa ahora? Hablando de sinceridad, creí que era hetero.
Narcissa no supo qué decir; se había olvidado de Ron.
La voz de Hermione rompió el silencio.
—Ya no. Soy lesbiana.
Luna retrocedió, tan sorprendida como Narcissa, y la sonrió con amargura.
—Te felicito por haberla convertido a la fe, querida.
—Bajó la voz. —Lo siento, no pretendo ser mala, Cissa, pero creo que no necesitas una novata que te complique la vida. Acabas de salir del agujero.
—Sé lo que quiero —repuso Narcissa. Luna la miró fijamente.
—Siempre lo has sabido, ¿verdad?
Narcissa se dio la vuelta y se marchó.
