Alma Gemela


Sacrificio


Hinata siguió a Sasuke hacia la zona comercial, pero llegar hasta allí en hora punta no era fácil. A buen seguro habría llegado antes andando.

Por regla general el tráfico no la habría molestado, pero Sasuke no era lo que se decía amigable y entre su mal humor y los borrachos que seguían de fiesta en las calles y que no dejaban de tambalearse hacia la calzada, estaba al borde de un ataque de nervios.

A decir verdad no acababa de comprender por qué tenían que salir esa noche, pero Sasuke le había asegurado que Jiraya quería que se trasladara por su seguridad. Le había prometido que Naruto lucharía mejor si sabía que ella se encontraba lejos de Orochimaru y de Madara.

—¿Cuánto hace que te convertiste en un Cazador Oscuro? —le preguntó con la intención de aliviar parte de la tensión que existía entre ellos.

—No te importa lo más mínimo, así que, ¿por qué lo preguntas?

—Vaya, ya veo que eres don Osito de Peluche, ¿no?

La miró con frialdad.

—Cuando tu trabajo consiste en matar, olvidas todo lo entrañable y tierno que había en tu vida.

—Naruto no es así.

—Pues hurra por él.

Hinata soltó un gruñido cuando se vio obligada a frenar en seco para no atropellar a un hombre disfrazado de toro. El tipo golpeó el capó de su coche y gritó antes de cruzar la calle a toda prisa. Hinata se puso de nuevo en marcha y avanzó incluso con más lentitud que antes a través del tremendo atasco.

—No te cae bien Naruto, ¿verdad?

—Le deseo la muerte cada vez que lo veo.

Ella frunció el ceño ante el tono displicente de la voz de Sasuke.

—No soy capaz de saber si lo dices en serio o no.

—Lo digo en serio.

—¿Por qué?

—Es un idiota y ya he soportado a bastantes idiotas en mi vida.

—¿También odias a Jiraya?

—Mira, odio a todo el mundo.

—¿Incluso a mí?

No respondió.

Hinata no volvió a molestarlo después de eso. Había algo espeluznante en Sasuke. Algo frío e inalcanzable. Daba la impresión de que disfrutara ahuyentando a la gente de su lado. Pasaron al menos veinte minutos antes de que Sasuke la sorprendiera haciéndole una pregunta.

—Amas al celta, ¿verdad?

—Sí.

—¿Por qué? ¿Qué tiene para que sientas algo por él?

Hinata presintió que Sasuke preguntaba algo mucho más profundo. Como si el concepto del amor le resultara tan extraño que tuviera que esforzarse por encontrarle sentido.

—Es un buen hombre y me hace reír. Basta una mirada suya para que me derrita. Cuando estoy con él, me siento capaz de volar.

Sasuke apartó la vista y contempló a la muchedumbre que disfrutaba del Mardi Gras.

—¿Has estado enamorado alguna vez? —intentó ella de nuevo.

Y él siguió sin contestar. En cambio le indicó cómo llegar a un almacén situado en St. Joseph Street. El lugar estaba oscuro y resultaba aterrador.

—¿Aquí es donde se supone que tenemos que estar? —le preguntó.

Él asintió.

Hinata aparcó en el callejón que había detrás del edificio y salieron del coche.

Sasuke la condujo por la puerta de atrás y la precedió a través de una serie de escaleras. Abrió una puerta al final de un pasillo y se apartó para dejarla pasar.

Hinata entró. En un principio creyó que el hombre alto y moreno que se encontraba en el interior era Jiraya con el pelo teñido de otro color. Sin embargo, cuando vio a Orochimaru a su lado, supo que no era él.

Era Madara quien estaba entre Orochimaru y el desconocido de pelo blanco.

Hinata se giró para echar a correr.

Sasuke cerró la puerta de un modo que no presagiaba nada bueno y se colocó delante para bloquearla. La expresión de su rostro le indicó que no tenía intención alguna de dejarla pasar.

—Adelante, adelante, le dijo la araña a la mosca —dijo Orochimaru.

Hinata alzó la barbilla para enfrentarse a los hombres. Orochimaru tenía una sonrisa de lo más malévola. Incluso peor que la de Sasuke y ya era decir.

El desconocido era casi un gigante, tenía el pelo blanco y unos cuernos salían de su cabeza. Pero su aspecto era el de alguien refinado, de buena cuna.

—Así, de buenas a primeras, diría que eres Baco —se aventuró Hinata, que recordó lo que le había dicho Ino en cierta ocasión sobre el dios en cuyo honor se celebraba el Mardi Gras.

El hombre sonrió, como si lo halagara que ella lo conociera.

—Culpable.

Orochimaru dejó escapar un largo suspiro.

—Es tan brillante... Casi me da pena matarla. Pero bueno...

—No puedes hacerle daño —dijo Sasuke desde la puerta—. Me prometiste que no sufriría daño alguno si la traía aquí.

—Pues mentí —replicó Hamura—. Demándame.

Sasuke hizo ademán de abalanzarse sobre el dios, pero Hinata lo detuvo.

No estaba segura de por qué había hecho una cosa así, pero le daba la impresión de que Sasuke era lo más parecido a un aliado que tenía en esa habitación. Se volvió hacia Orochimaru, sabiendo a ciencia cierta el modo en que había planeado hacerle daño a Naruto esa noche.

—No dejaré que me mates delante de Naruto.

Todos se echaron a reír. Todos salvo Sasuke.

—No puedes detenernos —replicó Orochimaru.

Sasuke miró un instante a Hinata antes de clavar su oscura mirada en el colgante que llevaba.

—Vaya, vaya... Queridos dioses, creo que habéis pasado por alto un pequeño detalle.

Hamura frunció los labios.

—No hemos pasado por alto ningún detalle.

—Bueno, vale —dijo Sasuke con tono sarcástico—; entonces asumiré que os habéis dado cuenta de que lleva un Medallón Identificador.

Los tres hombres dejaron de reírse al instante.

—¿Qué? —masculló Orochimaru.

Hinata se sacó el medallón de su abuela de debajo de la camisa y lo sostuvo para que lo vieran. No terminaba de creerse que pudiera ayudarla, aunque llegados a ese punto bien merecía la pena intentarlo.

—Mi abuela me dijo que Morrigan siempre me protegería.

Orochimaru soltó una maldición.

—Esto se pone feo.

El dios maldijo de nuevo.

—¿Esta cosa funciona de verdad? —le susurró Hinata a Sasuke.

—Mejor de lo que crees —le contestó también en un susurro—. Orochimaru no puede matarte sin desatar la ira de Morrigan.

—Vaya, quién lo iba a decir... —comentó, asombrada por el descubrimiento—. Genial.

—Ajá —convino Sasuke—. Mucho mejor que enseñarle una cruz a Drácula.

Hinata sonrió de oreja a oreja.

—¿También funciona con Hamura?

Sasuke asintió.

Sí, la cosa pintaba bien. Muy pero que muy bien.

—Vale, en ese caso vamos a hablar.

—¿Hablar de qué? —siseó Hamura.

—Tú no. Él. —Señaló a Orochimaru con la cabeza—. Quiero hablar sobre la maldición de Naruto.

Orochimaru la fulminó con la mirada.

—¿Qué pasa con la maldición?

—Quiero que la anules.

—Jamás.

Hinata alzó de nuevo el medallón en su dirección.

—Hazlo o... —Miró a Sasuke de reojo—. ¿Tiene algún poder para herirlo?

—Solo si él te hiere primero.

Joder. ¿Qué tipo de protección era esa? Tendría que decirle unas cuantas cosas a quienquiera que hiciera las reglas.

Un brillo calculador iluminó los ojos de Orochimaru antes de que el dios soltara un suspiro de fingido aburrimiento.

—Bueno, dado que no puedo matarte, supongo que tendré que contentarme con matar a Naruto en tu lugar.

El terror se apoderó de ella.

—¿Qué?

Orochimaru se encogió de hombros con indiferencia.

—No tiene sentido que seáis felices y comáis perdices cuando mi intención siempre ha sido la de hacerlo sufrir. Puesto que no puedes morir, tendrá que hacerlo él.

La mano que sujetaba el medallón comenzó a temblarle y a sudar de repente.

—¿No se enfadará Artemisa si matas a uno de sus soldados?

Orochimaru miró a Hamura, que se echó a reír.

—Artemisa, tan encantadora como es, se enfadará muchísimo. Aunque no se arriesgará a desatar una guerra con el panteón celta por ello. A diferencia de mí, Orochimaru está a salvo de su ira.

—¿A que apesta? —preguntó Orochimaru. Su sonrisa de felicidad desmentía sus crueles palabras.

Hinata sintió ganas de echarse a llorar. Aquello no podía estar sucediendo. Al salvarse ella, había condenado a Naruto. ¡No! No dejaría que muriera.

—Vale, tiene que haber otra manera.

Orochimaru entrecerró los ojos como si sopesara el asunto.

—Tal vez la haya. Dime, Hinata, ¿cuánto significa para ti la felicidad de Naruto?

—Todo —respondió ella con sinceridad.

—Todo. Bueno, desde luego eso es mucho. —El rostro del dios se tornó tan frío como el acero, aterrador—. ¿Tanto como tu propia alma?

—Hinata —le advirtió Sasuke—. No.

—Tú, atrás —gruñó Hamura.

Sasuke hizo crujir los dedos.

—No me digas lo que tengo que hacer. No me gusta.

Hinata hizo oídos sordos al intercambio.

—¿Qué estás tratando de decirme, Orochimaru?

El dios se metió las manos en los bolsillos y actuó con la tranquilidad propia de alguien que estuviera charlando acerca del clima y no sobre el destino del alma inmortal de Hinata.

—Un simple trato. Yo anulo la maldición. Tú me das tu alma.

Hinata vaciló.

—Parece muy fácil.

—Lo es.

—¿Y qué harás con mi alma una vez que la tengas?

—Nada de nada. La guardaré, de la misma manera que Artemisa guarda la de Naruto.

—¿Y mi cuerpo?

—Un cuerpo no necesita alma para funcionar.

Sasuke le puso una mano sobre el hombro.

—No lo hagas, Hinata. No se puede confiar en un dios.

—Claro que se puede —dijo Madara—. Confiar en un dios es lo mejor que he hecho jamás.

—No estoy segura... —murmuró ella mientras escuchaba lo que le decían el corazón y la cabeza antes de decidir lo que debía hacer.

Jiraya y Naruto se encontraban en una calle llena de gente. Había personas por todas partes, casi todas borrachas e inmersas en la celebración del Mardi Gras.

Naruto miró de arriba abajo a un hombre que pasó a su lado con un enorme pañal y un falso par de alas doradas. Llevaba una peluca rubia recogida con una cinta dorada y tenía un arco en una mano y una botella de Jack daniel's en la otra. Borracho, el hombre disparaba sin ton ni son sus flechas doradas a la gente que pasaba.

—¡Eros! —gritó Naruto al tiempo que lo agarraba por el codo—. ¿Qué estás haciendo?

—Estoy de fiesta.

Jiraya echó una mirada poco menos que alegre al «disfraz» de Eros.

—¿Y ese atuendo?

Eros se encogió de hombros.

—Si no puedes vencerlos, únete a ellos. Esperan ver a Cupido en pañales, así es que aquí estoy. Un Cupido muy mono en pañales. —Le pasó un brazo a Naruto por los hombros. El dios estaba tan borracho que apenas podía mantenerse en pie—. Oye, he descubierto algo muy interesante: Baco se ha unido a otro dios para la celebración de esta noche. Y aunque no te lo creas, es el mismo tipo por el que me preguntaste. ¿Cómo se llamaba? ¿Archimaru?

Naruto se quedó helado al oír el nombre.

—¿Orochimaru?

—Sí, el mismo. Escuché que Baco decía que iban a celebrarlo con tu mujer y que ese Cazador psicópata de Alaska iba a entregársela.

Con la sangre hirviendo, Naruto apartó a Eros y comenzó a correr hacia su coche.

Jiraya lo detuvo. Por la expresión del rostro de Jiraya, supo que este estaba al tanto de todo.

—Naruto...

—¡Lo sabías! —masculló Naruto, que se sentía traicionado—. ¿Cómo has podido?

Jiraya lo miró con expresión adusta.

—Todo va bien, Naruto.

—Y una mierda.

La rabia se apoderó de él. ¿Cómo había podido Jiraya traicionarlo de esa manera? ¿Cómo podía haber dejado a Hinata en manos de un hombre que sabía que iba a entregarla al mismo dios que quería castigarlo?

—¡Maldito seas! ¡Ojalá te pudras en el infierno!

Le asestó un puñetazo en la mandíbula.

Jiraya lo encajó sin inmutarse, aunque cuando Naruto hizo ademán de golpearlo de nuevo, le sujetó la mano.

—Esto no sirve para nada.

—Hace que me sienta mejor.

Jiraya lo agarró del hombro de la chupa de cuero y lo inmovilizó.

—Escúchame, Naruto. La única manera de salvarlos a ambos es manteniendo la calma. Confía en mí.

—Estoy cansado de confiar en ti, Jiraya. Sobre todo porque tú no haces lo mismo. Dime qué está pasando y por qué mandaste a Sasuke a cuidar de Hinata sabiendo que la entregaría.

—Ese es el rumbo que deben tomar las cosas.

La furia volvió a adueñarse de él. No era ningún niño al que tuvieran que echarle un sermón sobre el destino.

—¿Y quién carajos te crees que eres para decir eso? No eres un dios, aunque finjas serlo con esos estúpidos y vagos comentarios y tus aterradores poderes. Conoces el futuro tanto como yo —le gritó Naruto—. Si ella muere, te juro que te mataré.

—Escúchame, celta —le dijo con voz desabrida—. Si quieres romper la maldición de Orochimaru, tienen que enfrentarse los dos a él esta noche. Es la única oportunidad que tendrás para librarte de él.

A Naruto no le gustaba nada ese asunto. Maldito fuera Jiraya por sus secretos.

—¿Dónde están?

—En un almacén. Si te calmas, te llevaré hasta allí. La noche no ha hecho más que comenzar, Naruto. Busca en tu interior y encuentra la paz que solías tener. Si no lo haces, habrás perdido antes de comenzar la pelea.

Naruto obedeció, aunque no le resultó fácil. Más bien fue casi imposible. Pero no le quedaba otro remedio. Tenía que controlarse o no podría ayudar a Hinata.

Cuando se le despejó la cabeza, Jiraya lo soltó.

—Contrólate.

La voz parecía provenir del interior de su propia cabeza.

Jiraya le colocó una mano en el hombro. En un instante estaban en Bourbon Street y al siguiente, fuera de un almacén.

—¿Qué has hecho? —inquirió Naruto, preguntándose cuánta gente los habría visto desaparecer.

—Lo que tengo que hacer. No te preocupes, nadie nos vio marcharnos ni tampoco llegar. No cometo ese tipo de errores.

Eso esperaba Naruto.

Jiraya sostuvo la puerta y se hizo a un lado para que Naruto encabezara la marcha al interior del edificio. Habían atravesado la mitad de la estancia principal cuando algo parecido a un rayo iluminó el piso superior. Los gritos inundaron el aire.

Naruto perdió los nervios y empezó a correr hacia las escaleras con Jiraya pisándole los talones. Atravesaron una puerta y estuvieron a punto de darse de bruces con Sasuke, que estaba cubierto de sangre y llevaba a Hinata en brazos.

—¿Qué diablos pasa? —preguntó Naruto, aterrado por la visión—. ¿Qué le ha pasado?

Antes de que Sasuke pudiera responder, la puerta salió despedida de los goznes.

—¡Corran! —gritó Sasuke.

No tuvieron la menor oportunidad. Una horda de repugnantes demonios alados entró en la nave. Naruto lanzó una maldición. Nunca había visto nada semejante. Eran del color del óxido y gritaban como banshees cuando se lanzaron hacia ellos.

Tenían tres colas con púas que blandían como látigos.

Jiraya alzó las manos y los golpeó con una descarga eléctrica. Los demonios se detuvieron tan solo un instante antes de seguir avanzando.

—Sacad a Hinata de aquí —ordenó Jiraya.

Se encaminaron hacia las escaleras para descubrir que un grupo de daimons ya había empezado a subirlas.

Naruto lanzó dos srads y mató a cuatro de las criaturas, pero ni siquiera eso los frenó.

—Estamos rodeados.

Jiraya dijo algo en un idioma que Naruto no conocía. Los demonios se detuvieron y se dispersaron como si su orden los hubiera aturdido.

—Eso no los detendrá durante demasiado tiempo —gritó Jiraya, su voz apenas audible entre el etéreo fragor de las alas y el restallido de los truenos.

Jiraya alzó las manos y los daimons se dieron de bruces con lo que parecía ser una barrera invisible entre ellos.

Naruto condujo a Sasuke por el corredor con la esperanza de encontrar otra salida. Abrió de golpe una puerta que daba a una habitación más pequeña.

—Creo que se está muriendo.

La voz de Sasuke le provocó un escalofrío.

—No se está muriendo.

—Naruto, creo que se está muriendo —repitió.

Olvidados los demonios, Naruto cogió a Hinata de los brazos de Sasuke y la depositó con cuidado en el suelo. La intensa palidez de su rostro lo asustó muchísimo.

—¿Hinata? —dijo en un susurro con el corazón desbocado—. Nena, ¿puedes mirarme?

Ella así hizo, pero en lugar de la vitalidad a la que estaba acostumbrado, vio dolor y un profundo remordimiento en sus ojos.

—Eres libre, Naruto —susurró—. Conseguí que anulara la maldición.

—¿Qué?

—Le entregó su alma a Orochimaru para que te liberara de la maldición. — Sasuke lo miró con los labios fruncidos—. Le dije que no lo hiciera, que era un truco. No me escuchó y en cuanto accedió, el cabrón le lanzó una descarga astral.

Naruto estuvo a punto de ahogarse.

—¡No! —rugió a ambos—. Hinata, ¿por qué?

—Dijo que te mataría. Creí que solo tomaría mi alma, Naruto. No sabía que haría esto. No sabía que le sería imposible apoderarse de mi alma sin haberme matado.

Naruto arrancó el medallón del cuello de Hinata.

—Maldita seas, Morrigan —gritó al tiempo que arrojaba el medallón contra la pared—. ¿Cómo has podido abandonarla a ella también?

Hinata le colocó una fría mano sobre los labios.

—No, cariño, no digas eso. Es culpa mía.

—Le dije que siempre había una trampa. Pero no hizo las preguntas adecuadas.

Las lágrimas se deslizaban por las mejillas de Naruto mientras observaba cómo ella se esforzaba por respirar. Por su cabeza pasaban una y otra vez los recuerdos de los momentos que habían pasado juntos, tanto en esa vida como en la anterior.

Vio el resplandeciente y dulce rostro de Hinata la primera vez que hicieron el amor. La vio forcejear por su caballete con Beth. La escuchó cantar «Puff, el dragón mágico» mientras hacía bosquejos.

Le cogió las manos y se las besó, con su aroma a pintura, a trementina y a pachulí. Esas manos que habían creado maravillosas obras de arte. Unas manos que podían hacerlo pedazos con una simple caricia...

—No pienso perderte de nuevo —murmuró—. Así no.

Sasuke se acercó.

—¿Qué vas a hacer, celta?

—Aléjate de mí.

Naruto le colocó las manos sobre la herida del pecho y cerró los ojos. Se obligó a tranquilizarse, obligó a sus emociones a abandonarlo y acto seguido convocó sus poderes de Cazador Oscuro y dejó que se adueñaran de él. Su fuerza inmortal fluyó con un ímpetu rebosante. Surgió de él y se trasladó de sus manos al cuerpo de Hinata.

Comenzaron a arderle los brazos cuando, con el intercambio, la herida de ella apareció en su propio pecho. Por regla general, el proceso le resultaba doloroso. Esa noche el dolor lo dejaba incapacitado, puesto que no se trataba de una herida menor; era mortal.

Jadeando a causa de la terrible agonía que sintió cuando su corazón fue atravesado, Naruto cayó hacia atrás, lejos de ella.

Hinata yació inmóvil, a la espera de que el dolor regresara.

No lo hizo.

Asustada por la posibilidad de que ya estuviera muerta se llevó la mano al pecho, allí donde la había golpeado el rayo de Orochimaru. Ya no había herida.

—¿Naruto? —Se sentó para ver cómo lo miraba Sasuke—. ¡Dios, no! — gritó cuando vio que Naruto estaba en el suelo, sangrando. Se acercó a rastras hasta él y lo rodeó con los brazos—. ¿Qué has hecho?

—Trasladó tus heridas a su cuerpo —explicó Sasuke—. Ahora morirá él en tu lugar.

—¡No, Naruto, no! Por favor, no te mueras —suplicó.

—Tranquila —dijo Naruto en voz baja—. No pasa nada.

Jiraya apareció de repente por la puerta, les echó un vistazo y lanzó una maldición.

—¿Qué ha pasado?

—El celta absorbió sus heridas.

La voz de Sasuke apenas era un susurro y estaba cargada de incredulidad.

Algo golpeó la puerta. Con fuerza.

—No os preocupéis —los tranquilizó Jiraya—. He rodeado la habitación con una barrera protectora. Los dioses no pueden aparecer aquí dentro a menos que consigan traspasarla.

—Sí, pero al paso que van derribarán esa puerta en cualquier momento —dijo Sasuke. Empujó a Jiraya en dirección a Naruto—. Vamos, sácalo de aquí. Te cubriré las espaldas.

—¿Estás seguro? —preguntó Jiraya.

Sasuke asintió.

—Te lo juro, esclavo —farfulló Hamura desde el otro lado de la puerta —. Haré que te aniquilen por esto.

Sasuke soltó una desagradable risotada.

—Ven, te estoy esperando.

Jiraya abrió la puerta que había al otro lado de la habitación.

Hinata estaba aterrada. No sabía lo que estaba pasando. No podía creer que Sasuke hubiera cambiado de idea y estuviera ayudándolos. Y tampoco quería ahondar en la imagen de Naruto cubierto de sangre.

Todo estaba sucediendo tan deprisa que lo único que quería era echar a correr y esconderse. Aunque era imposible. Naruto necesitaba que se mostrara fuerte por él y se negaba a defraudarlo. Cuando comenzaron a alejarse de Sasuke, este la llamó.

—Oye, Hinata.

Ella miró atrás.

—Gracias por el cuenco.

Dicho eso, se giró a esperar que los dioses rompieran la barrera protectora de Jiraya y la puerta.

Asombrada por sus actos, Hinata corrió para ayudar a Jiraya a trasladar a Naruto por el pasillo hacia la última habitación emplazada a la izquierda. Jiraya lo dejó con mucho cuidado en el suelo y luego utilizó sus poderes para sellar la estancia.

A Hinata le temblaba la mano cuando se arrodilló junto a Naruto. Estaba muy pálido y no dejaba de estremecerse. Todo su cuerpo estaba cubierto de sudor y sangre.

—Aguanta, cariño —susurró, aunque no estaba segura de que pudiera escucharla—. Es inmortal, ¿no? —le preguntó a Jiraya—. Se pondrá bien.

Jiraya negó con la cabeza.

—Tiene un agujero en el corazón. Cuando deje de latir, morirá. De nuevo.

Con una expresión implacable en el rostro, Jiraya levantó la vista al techo.

—¡Artemisa! —gritó—. Mueve el culo hasta aquí ahora mismo.

Un destello de luz estuvo a punto de cegar a Hinata cuando la diosa apareció junto a ella. Artemisa fulminó a Jiraya con la mirada.

—¿Qué es lo que te pasa?

—Necesito el alma de Naruto. Ya.

Artemisa rió con incredulidad ante semejante orden.

—Perdóname, Jiraya, pero no has pagado el precio.

—Joder, Mei, se está muriendo. No tengo tiempo para negociar.

Ella se encogió de hombros.

—Pues cúralo.

—No puedo y lo sabes. Fue la descarga astral de un dios lo que infligió la herida mortal. No me está permitido interferir en este caso.

Hinata sintió que una descarga eléctrica atravesaba la habitación.

La furia la cegó mientras contemplaba a la interesada diosa. Hizo ademán de lanzarse hacia ella, pero Jiraya la atrapó y la contuvo.

Hinata temblaba de miedo y de ira.

—Dámela. Ahora. —La profunda voz de Jiraya resonó como un trueno—. Hazlo y te daré una semana de completa sumisión.

Un brillo calculador asomó a los ojos de Artemisa.

—Que sean dos.

Hinata vio la resignación en el rostro de Jiraya.

—Hecho.

La diosa extendió la mano y una gran piedra de color marrón apareció en su palma. Cuando Jiraya fue a cogerla, Artemisa la retiró.

—Te reunirás conmigo al amanecer.

—Lo haré, lo juro.

Artemisa sonrió con satisfacción antes de tenderle la piedra a Jiraya. Este se acercó de nuevo a Naruto. Buscó la mirada de Hinata de inmediato.

—Hinata, vas a tener que coger esto en la mano y sostenerlo sobre el escudo doble hasta que el alma regrese a su cuerpo.

Ella extendió la mano para coger la piedra, pero Naruto la agarró por la muñeca. Ni siquiera se había percatado de que seguía consciente hasta que sintió su débil apretón en el brazo.

—No puede hacerlo, Jiraya.

—¡Naruto! —dijo ella, enfurecida por el hecho de que la hubiera detenido—. ¿Qué haces?

—No, Hinata —susurró Naruto con voz tensa—. Si coges eso, te dejará una horrible cicatriz en la mano. Tal vez te resulte imposible volver a pintar o dibujar de nuevo.

Su gran temor.

Contempló los ojos rebosantes de dolor de Naruto.

Su gran amor.

No había comparación.

Cogió la piedra de la mano de Jiraya y gritó cuando le abrasó la piel.

—Mira a Naruto a los ojos. —La voz de Jiraya resonaba dentro de su cabeza—. Y por el amor de Zeus, no sueltes su alma. Concéntrate...

Hinata obedeció y el dolor disminuyó un poco, aunque aún podía sentir cómo el fuego de la piedra le quemaba la mano.

El tiempo se detuvo cuando clavó la mirada en los ojos oscuros en ese instante de Naruto. Los recuerdos de la vida presente y de la anterior se mezclaron en su cabeza. Retrocedió hasta el día de su propia muerte, al instante en el que Naruto la estrechaba con fuerza entre sus brazos.

Se inclinó hacia delante y lo besó.

—No te dejaré, amor.

Naruto exhaló su último aliento y se relajó. Su propio corazón dejó de latir cuando el pánico la asaltó.

¡Por favor, por favor, que esto funcione!, suplicó para sus adentros.

Jiraya le colocó la mano sobre la marca con forma de arco y flecha de Naruto. El calor se desvaneció muy despacio y la piedra adquirió un color deslustrado.

Pese a todo, la mano seguía ardiéndole.

Cuando la piedra perdió por completo el calor, la soltó y esperó.

Naruto no se movió.

No respiró.

Permaneció allí tendido, inmóvil y sin reaccionar a su presencia.

—¿Naruto? —preguntó, entre los continuos temblores provocados por el miedo de que se hubiera marchado. Justo cuando estaba segura de que había muerto, él inspiró con fuerza y abrió los ojos.

Hinata dejó escapar un grito de alegría cuando vio sus ojos azules. Lo abrazó con fuerza en el mismo instante en que la puerta se abría de par en par.

Los daimons, los demonios y los dos dioses entraron en la estancia. No había ni rastro de Sasuke. Hinata esperaba que no lo hubieran matado.

Naruto se puso en pie de un brinco y se interpuso entre Hinata y los recién llegados.

Jiraya también se incorporó, listo para la pelea.

—Es medianoche —dijo Hamura con una carcajada—. Que empiece el espectáculo.

·

·

Continuará...