Fue intrigante el hecho de que, por primera vez en la historia, había entrado una chica al Night Raven College. No sabía si compararlo con una épica medieval o una obra de teatro absurdo, pero definitivamente era toda una hazaña y un completo escándalo que no dejaría de esparcirse por todos lados, revolucionando los pasillos de la escuela por semanas, años y generaciones. Lástima que los únicos que sabían esto eran el director Crowley, el Espejo de la Oscuridad, los maestros y yo, además de la misma Blanca Nieves, claro.
Aunque el por qué, nadie tiene idea. El Espejo mencionó "un gran potencial en su habilidad única", no obstante y hasta por donde yo sabía, la morena no había desarrollado una habilidad mágica única como varios de nosotros; al contrario, parecía que su Don de la Palabra era lo que más se acentuaba, y no era mágico en lo absoluto.
Siendo sinceros, esta interrogante estaba más allá de la comprensión de la chica. No lo decía, pero lo noté en cuanto el Espejo eligió su dormitorio.
Que, valga la redundancia, era el mismo que el mío, y eso lo hacía muy incómodo. Ya se imaginan la causa.
Luego de la ceremonia no volvimos a dirigirnos la palabra en el resto de la noche, siendo que estuvimos juntos en el paseo de guía por el dormitorio; y al día siguiente fue peor, pues, curiosamente quedamos en la misma clase. Sin duda alguna, nuestra suerte estaba maldita.
Cuando me senté en mi puesto, varios chicos se voltearon a verme fijamente, como búhos apoyados en las ramas. Arqueé una ceja, extrañado, examinando todos los pares de ojos sobre esos bancos ubicados como el Coliseo Romano. Me sentí iluminado por aquellos reflectores, abundantes y atentos ante la estrella de cine.
– ¿Qué ocurre? ¿Tengo algo en la cara? – pregunté ante la conmoción. Una forma necesaria de romper con la tensión. La multitud respondió algo nerviosa; algunos se apartaron y otros comenzaron a tartamudear.
– No es nada, sólo que no están acostumbrados a que un modelo esté cerca de ellos. – se escuchó una voz al fondo, que parecía aproximarse. Era un muchacho de melena rubia y lacia, con ojos verdes e intrigantes.
Me sobresalté un poco ante la frase, confundido.
– ¿Me reconocieron? Pero si apenas llevo una portada.
– ¡Ouí, ouí! ¡Un modelo de gran belleza! Me atrevería a decir que podría alcanzar a la Bella Reina, sino fuera porque me colgarían. – se rió de su chiste turbio. – Rook Hunt, para servir. – me extendió la mano, presentándose.
Me emocioné cuando mencionó a mi ídola. Había comparado mi belleza con la suya, una belleza la cual siempre aspiré, deseé y me esforcé por conseguir, pensando que sería imposible llegar a tal solemne nivel; y resultaba que en realidad estaba alcanzando ¿Lo estaba? ¿Escuché bien? Sí, lo hice. No había palabras, sólo colores y sentimientos ansiosos. Ansiosos de probar hasta dónde podía llegar de ahí en adelante, de cuanto más me podía acercar a esa dama de púrpura.
El resto de estudiantes asintieron a lo que dijo el extraño joven. Yo lo negué con una falsa modestia, pues debía esconder el ego que subía poco a poco. El ego que intenté quitarme de encima por años y de forma inconsistente.
Blanca Nieves llegó un poco después. Me fijé de reojo como pasaba desapercibida ante el bullicio. A diferencia de mí, no había captado todas las miradas de la clase.
Las semanas pasaron y noté como me llenaba de gente a mí alrededor, alabándome como una celebridad en potencia, mientras que la morena estaba sola, dibujando en su banco. Fue sorprendente, pues a ese punto la que solía estar rodeada de alumnos era ella y en cambio estaba callada; callada como en la primaria y como ese día antes de terminar la secundaria.
Se habían invertido los papeles.
Siguió así por un tiempo, en el que me rodeaba un gentío adolescente para admirarme, junto con Rook, que me seguía por todas partes. Debo admitir que era agradable ser el nuevo rostro de la clase 1-C, sobre todo cuando se comenzaron a destacar mis notas en los primeros exámenes. En algún momento me dijeron que podía convertirme en Líder de Dormitorio ¿Se lo imaginaban? ¿A mí en el vestido largo y púrpura? Pues yo sí.
De todas formas, no era lo suficientemente narcisista para cometer el mismo error dos veces. La atención no me desviaba lo suficiente del otro objetivo, aunque costaba bastante. Increíblemente, el hecho de que ella estuviera más sola que un dedo, sin hablar con nadie, lo hacía más difícil ¿Por qué? Porque seguía siendo la niñita cerrada y desconfiada, simplemente. En clases no abría la boca a menos de que los maestros lo ordenaran; a nuestros compañeros no les contestaba; en el patio se sentaba bajo un árbol y en el casino su mesa estaba vacía. Varias veces intenté acercarme, no obstante, el asunto se ponía incómodo y me evitaba o una multitud me rodeaba. Un completo fastidio.
La situación dio un vuelco unos meses después, en un evento escolar. Se trataba de una gala de exhibición de los dormitorios y todos teníamos que poner de nuestra parte, sobre todo los de primer año, así que teníamos que formar grupos. En ese tiempo me gustaba un chico de grado mayor y sacaba a flote mi inmadurez de dieciséis años, por lo que obviamente quería hacer un grupo con él, pero eligió a otra persona. Mi enojo, celos y resentimiento eran notables.
Sin embargo, algo me molestó más en ese momento. Miré un segundo a la solitaria Blanca Nieves, quien estaba siendo incomodada por un tipo.
– Hey, lindura ¿Te gustaría hacer equipo? – le preguntó, acompañado de otros dos alumnos.
– Eeh… No lo creo. – le contestó ella, con una mueca de asco. Seguramente le molestó que le llamara "lindura".
– ¡Oh, vamos! Eres muy guapo y la podemos pasar muy bien en mi cuarto. Mis amigos también vendrán. – empezó a invadir su espacio personal, a lo que la otra le puso la mano en el pecho, como un intento de mantener distancia. – ¿No te parece, niño bonito?
– No, no me parece. Yo trabajo solo. – negó firme. – ¿Podrías quitarte de encima, por favor?
Su rostro pedía ayuda urgente y mi rabia tenía que descargarse. No me contuve y fui al rescate.
– ¿Acaso no entendiste que no es no? – anuncié mi llegada, acercándose y poniendo mi mano sobre su hombro. Ambos me miraron muy confundidos, sobre todo la morena.
– ¿Y tú quién eres? – cuestionó el tipo, a la defensiva.
No me sentí orgulloso de lo que dije, pero fue lo que se me ocurrió en el momento.
– Soy su novio.
– ¡¿QUÉ TÚ ERES MI…?! – exclamó la más baja, reclamo que no pudo concretar porque le tapé la boca lo más rápido posible.
– Sígueme el juego si quieres que te lo saque de encima. – le susurré.
– ¡¿Eres su novio…?! – el otro se puso nervioso al instante.
– S-sí… Es mi novio, aunque es una desgracia que tenga que decirlo para que un acosador como tú acepte un no por respuesta. – se quitó mi mano de encima y manifestó una expresión de lo más dramática. – Oh, cariño ¿Te imaginas que hubiera pasado si no hubieras estado? ¡Probablemente este monigote de ego tan frágil habría reaccionado muy mal! ¡Pensar que ahora uno ya no puede rechazar simplemente porque quiere! – cayó en mis brazos y soltó un par de lágrimas, como manipuladora experta que es. No esperaba menos.
– No te preocupes, amor. Este idiota se disculpará de inmediato ¿Verdad?
– ¡S-sí! ¡Lo siento…! – se lanzó en seguida el victimario. – Oh, viejo. De haberlo sabido…
– Ahora lo sabes, así que ¡chú! – lo espanté, haciendo un ademán de abanico.
Luego de que el tipo y sus amigos se fueron, Blanca Nieves se separó bruscamente de mí. Admito que fue como una daga en el pecho.
– Pude haberlo espantado sola. No necesitaba tu ayuda. – se dirigió de forma apática.
– ¿Esa es tu forma de dar las gracias? – le repliqué. Fue extraño presenciar algo huraño de su parte. No era la misma muchacha dulce que alguna vez me enseñó a agradecer; sin duda algo había cambiado, una cicatriz que nos cambió a los dos.
– Tómalo como quieras. Insisto que no necesitaba de tu ayuda. Puedes irte. – ordenó distante, sin embargo, no le hice caso. No iba a hacerle caso justo cuando el chico de mis sueños había pasado frente a mis ojos.
Ahí se me ocurrió una idea de lo más loca y arriesgada, lo suficiente como para recuperar nuestra deseada amistad, después de estar meses sin poder acercarme a ella. Era mi única oportunidad y debía aprovecharla, pues en tiempos extremos se toman medidas extremas.
– He estado muy bien todos estos meses y lo que menos quiero es que alguien como tú venga a "salvarme" tal princesa, así que…
– ¡Shhh! – callé su orgulloso sermón y apunté hacia mi interés amoroso. Ella se fijó en él y comprendió al instante, con una mirada aún más desconfiada.
– ¿Qué estás planeando esta vez?
– Un trato contigo.
– ¡¿Un trato?! ¡JA! No gracias. – se burló, rechazándome inmediatamente. No podía creer que estuviera actuando de manera mezquina, sin escucharme si quiera; definitivamente debía insistir.
– Será algo que nos beneficiará a ambos, incluso más a ti.
De pronto cruzó los brazos y me observó con aire conspirativo.
– Te escucho.
– Seremos equipo para el evento y alejaré a estos patanes de ti si fingimos una relación.
Blanca Nieves abrió muy grandes los ojos. Su rostro demostraba que le iba a dar un colapso nervioso.
– ¡¿Nosotros qué?! ¡¿Acaso los celos te cegaron, Schoenheit?!
– Yo no diría "cegar". Es más, me parece un buen trato. – le dediqué una sonrisa cómplice mientras que su expresión se agraviaba más. – No es tan terrible si lo piensas. Simplemente tendremos que tomarnos de las manos en público o algo así.
– Esto podría tener consecuencias terribles ¿Lo sabes, Schoenheit?
– Eres una actriz experta, confío en que sabrás manejarlo. Además, no es la primera vez que te pasa, ¿cierto? – mascullé, refiriéndome a los constantes y molestos ligues de los alumnos. Ella redujo un poco su agresividad y tensó los hombros.
– No…
– Entonces no veo el problema.
La morena desvió un poco la mirada y llevó la mano a su mentón, pensativa. Obviamente no estaba muy conforme con el enorme favor que le estaba ofreciendo. Siempre quiere salirse con la suya, sacar algo.
– Está bien, pero tendrás que hacer lo que yo diga. – contestó con arrogancia.
Ja. Sí, claro.
– Mmm… Pensándolo bien, no lo vale tanto. – me encogí de hombros y me di la vuelta para irme. No iba a ser su títere por segunda vez.
– ¡NO, ESPERA! – exclamó de pronto. Yo me detuve y la observé desentendido. – Por favor, no me dejes sola…
– ¿Así que…?
– Acepto. Sin condiciones. – concluyó, extendiéndome la mano. Sonreí triunfante y le correspondí el gesto.
Con esta retorcida situación, inició nuestra alianza. Bastante extraña, cabe decirlo, y con una partida desastrosa; pues, Blanca Nieves activó todos sus mecanismos de defensa para contradecir a todos los del grupo. El día que comenzamos a trabajar iba a presentarla al resto para que no se sintiera excluida, aunque, no conté con que ella se pondría tan difícil desde el primer minuto y siendo Rook la primera víctima de su actitud huraña.
– ¡Ulalá! ¿Qué tenemos aquí? – preguntó con su característica curiosidad de cazador, examinándola de pies a cabeza. – ¡Pero qué apariencia más singular! – habló con suma emoción.
– ¿"Tenemos"? ¿"Singular"? – cuestionó la otra, con la ceja enarcada. – ¿Acaso soy tu mercancía?
Aquel comentario puso algo nervioso al de melena, sin embargo, mantuvo la calma con una risa.
– Qué lengua más filosa. Interesante. – sonrió. – Rook Hunt, un placer. – le extendió la mano. Ella lo "correspondió" tomando uno de sus dedos y sacudiéndolo en forma de "saludo".
– Claro… Vladia Duirrogel. – dijo con desconfianza. – Cada vez te consigues compañías más excéntricas, Vil. – se dirigió a mí, yo sólo bufé y rodé los ojos.
– ¿Y de dónde se conocen ustedes?
– Somos novios. – contestamos ambos sin pudor. Parecía ensayado.
– ¡¿De verdad?! ¡Magnifique! – exclamó Rook, muy conmovido. – ¡Ya lo presentía, ustedes tienen mucha química!
Inmediatamente, los colores se elevaron a nuestras mejillas. Yo carraspeé un poco.
– ¿Puedo preguntar por su historia de amor?
– Eeh… – murmuré.
– No, no puedes. – se apresuró a negar la morena, de forma tosca. El otro se sobresaltó, confundido. De alguna u otra forma, agradezco no haber tenido que inventar algo.
– ¿Por qué no?
– Porque no te conozco.
– Pero nos presentamos.
– Sí, sin embargo no sé nada de ti y tú no sabes nada de mí. No le confío cosas personales a gente que no conozco.
Mientras los niñitos discutían, yo me fui a sentar y preparé las cosas para empezar el trabajo, no obstante, no ponerle atención al chisme era inevitable. Rook se sentó también y me miró como si estuviera buscando ayuda.
– Es muy reservado. – encogí los hombros, eludiendo la situación. No iba a resolver sus problemas ahora.
– Para ser un petimetre, eres muy entrometido. – le escupió ella con unos ojos prejuiciosos y se unió a nosotros en la mesa de estudio.
Ouch. Golpe bajo para el cazador.
– ¿Petimetre…? – masculló, dolido.
Ok. Admito que me estaba aguantando la risa en ese momento. Intenté disimularla escondiéndome detrás de un libro, en serio. Hunt, por su parte, la fulminó con la mirada.
– Que curioso que sepas ese término, para alguien que con esas pintas parece bagayo. – contraatacó con una sonrisa macabra. – ¡Oh, claro! Dudo que sepas lo que significa.
Bueno, eso no podía disimularlo, no siendo que esa palabra definía a Blanca Nieves; quien aproximó su cara a la del cazador y comenzaron a gruñirse con furia, como un par de perros.
– ¡¿De qué te ríes?! – exclamaron ambos.
– Nada, nada.
Y con él agregué a otro más en la lista de enemigos de Blanca Nieves.
Al final no avanzamos mucho en el trabajo, sólo un par de páginas sobre la investigación y unas cuantas guirnaldas a medio hacer porque ellos siguieron discutiendo. Para lo único que se detenían era para ir al baño, pero el resto de la tarde fueron ofensas para allá y ofensas para acá. Buscaron mi defensa en algún momento, aunque, no me molesté en detenerlos porque no contribuiría a mejorar la impresión que acababan de definir sobre el futuro de la relación, sólo sería tiempo perdido. Además, no quería parecer que estuviera defendiendo a uno sobre el otro al ser el primero mi adulador y la segunda mi "novio"; sería inconsistente ¿Para qué calentarme la cabeza el primer día? Era innecesario.
Cuando terminamos nuestros paupérrimos avances, quedé a solas con ella; y a pesar de que no me metí en el conflicto en ningún momento, tenía que hablarle sobre el escándalo que hizo, pues pudo haber arruinado el plan. Iba a ser directo, preciso y conciso.
– ¿Lo hiciste a propósito? – cuestioné intentando no sonar pesado.
– ¿Qué cosa? ¿Alejar a ese rarito del corte bob? – contestó con una ironía, disgustada e imitando el corte con un ademán. – Ojalá lo hubiera tenido anticipado para evitar todos los insultos que me lanzó.
– Tú fuiste la que estuvo hostil desde el inicio. No vengas a hacerte la víctima. – agregué mientras guardaba las cosas en mi bolso.
– ¿Y qué esperabas? ¡Él es como todos los idiotas egocéntricos de este campus! – habló con un puchero, cruzando los brazos y apoyándose en la mesa. – Les hace falta que le digan cosas feas de vez en cuando.
– Oh, vamos. No me digas que de pronto olvidaste tus habilidades sociales. – le comenté con sorna. – A parte, Rook no acostumbra a hacerse enemigos.
– En mi defensa… – desvió la mirada, apenada. – Hace tiempo que no hago un trabajo en grupo.
Ignoré su rostro de cachorro abandonado y me reí, apoyando mi mano en su cabeza.
– Pues tendrás que acostumbrarte, porque en el Night Raven College tienen una obsesión por el trabajo en equipo.
– Argh. Como sea. – chasqueó la lengua y apartó mi mano al ver que su teatro no surgió efecto. Luego, tomó sus cosas y se dirigió a la salida del salón. – Hablando de trabajo en equipo ¡Se supone que eres mi novio y debes defenderme!
– No podía tomar partido en ese momento.
– ¿Por qué no? – enarcó una ceja y puso las manos sobre sus caderas, reprochándome. No le contesté.
– Bueno, perdón por ser mal novio hoy. Mejoraré mi desempeño a la próxima. – me encogí de hombros, desenfadado.
– Entonces sé un novio decente y ven a darme la mano.
Ella la extendió y yo… yo me puse rojo.
– Espera ¿Qué?
– Por favor. No es la primera vez que me la das. – rodó los ojos. – Además, tú mismo dijiste que la actuación debía verse convincente, ¿no?
Cierto, la actuación. Olvidé por un segundo que debíamos hacer cosas empalagosas también.
– Bien, vamos. – dije, acercándome y correspondiendo el gesto.
Puedo afirmar que fue el sentimiento más caótico y extraño del día, pues apenas toqué la mano de Blanca Nieves me recorrió un impacto eléctrico. Era cálido, sudoroso y no entendía el por qué me ponía tan nervioso, puesto a que cada vez que miraba las manos tomadas era… ¡Tan raro! ¡Y no sé la razón! ¡¿Qué demonios me pasaba?! No me lo explicaba, pero tal vez el hecho de que teníamos que fingir lo hacía distinto, tanto como para que yo sintiera vergüenza. Espera, ¿vergüenza? ¡NO! ¡Es sólo Blanca Nieves, no puede darme vergüenza!
– ¿Por qué…? – murmuré torpemente. – ¿Por qué tu mano suda tanto?
– ¡Y-yo no estoy sudando! ¡TÚ ESTÁS SUDANDO! – se apresuró en contestar, alterada.
Sí, estaba igual de nerviosa que yo.
Por suerte, sólo las primeras veces fueron así de incómodas, ya que aprendimos a ocultar nuestra vergüenza como buenos actores que somos. Después pasó a ser parte de una rutina y nos acostumbramos, presentándonos como los novios ideales ante toda la clase; aunque aún sentía ese molesto choque eléctrico a veces. Supongo que es uno de los efectos que produce Blanca Nieves.
A la semana siguiente ya teníamos un tercio del trabajo hecho, no obstante, no fue gracias a mis dos compañeros, pues estaban muy ocupados en competir y estropearlo en el intento, como siempre. Me vi obligado a separarlos esta vez, esperando a que trabajen mejor solos o conmigo. El día lunes me tocó con la morena y teníamos que buscar hierbas en el invernadero para la muestra de pociones en nuestro dormitorio.
– ¿Tomaste la bata equivocada? – le pregunté, viendo que la suya le quedaba enorme. Incluso la arrastraba por el piso.
– No. Se equivocaron en la lavandería. Aun no entiendo cómo. – rodó los ojos mientras revisaba un libro. Por cada página que pasaba debía remangarse las mangas, pareciendo una niña pequeña. – Necesitamos dos de estas flores, creo que están por esta zona. – agregó, examinando el jardín. Me acerqué para ver la lista y reconocí la flor de pétalos violetas.
– Es esa de allí. – señalé.
Me pasó el libro y tomó unas tijeras de la mesita que estábamos ocupando. Se aproximó al arbusto con las flores y procedió a cortarlas, sin embargo, algo le estaba dificultando. Movía demasiado los brazos y me ponía algo nervioso.
– ¿Qué estás haciendo?
– ¡Trato de cortar la flor pero la estúpida bata no me deja! – gruñó molesta, bajando los brazos.
Bufé y deje el libro sobre la mesa. Iría a cortársela, aunque seguro se quejaría de lo lindo con que podía hacerlo sola y terminaríamos discutiendo.
No tiene remedio.
Me quité mi bata y se la ofrecí.
– Ponte la mía.
– No lo haré. – me miró con rechazo.
– Te quejarás por el resto de la tarde. Póntela. – le insistí. – Además, soy más alto que tú así que no la tendré arrastrando.
Suspiró resignada e hicimos el cambio de batas. No diré que me veía espléndido con ella, pues hasta para mí era ancha, pero no me dificultaban mis movimientos y al menos Blanca Nieves no estaría tan incómoda con la mía. De hecho, dejó de rezongar cada cinco segundos para remangarse las mangas y pudo cortar las susodichas flores. Posteriormente seguimos recolectando hierbas hasta completar la lista y las reunimos todas en la mesita, para después sentarnos y guardarlas en cajas herméticas que nos entregó el maestro Crewel.
– ¿Estás segura que tenemos todo?
– Sí. He revisado mi lista por lo menos cuatro veces, he anotado todo en la lista de respaldo y he contado todas las hierbas tres veces también, así como las he clasificado. – respondió de forma automática, con la ya mencionada lista en la mano.
– Heh. No esperaba menos de tu obsesión por organización. – reí por lo bajo.
– Cuando eres hija de sastres tomas ciertas costumbres.
No respondí a eso. Me imagino todo lo que debe trabajar en el taller de sus padres.
– Oye, Vil. – masculló, llamándome por mi nombre luego de años.
Me volteé hacia ella. Tenía una expresión seria.
– ¿Por qué te molestas en ser amable conmigo?
Porque se lo debía.
– Porque tus quejas son irritantes. No dejas de zumbar por lo que sea que te moleste.
Y me daba vergüenza admitirlo.
– Idiota. – bufó.
Al día siguiente debíamos mezclar las hierbas en el laboratorio de alquimia. El maestro Crewel nos supervisaría al ser nuestro primer año, por lo que no nos sería tan difícil realizar las recetas, sin embargo, él es bastante estricto cuando de su clase se trata. Su mirada sobre nosotros era taladrante y el… látigo que traía imponía terror.
– Muy bien, cachorritos. Esta es la receta que ustedes deben seguir al pie de la letra. – dijo, señalando las páginas del libro con su varilla. – Eviten cometer algún error, porque si no resultará una catástrofe.
Asentimos y nos instalamos alrededor del enorme caldero, comenzando nuestra tarea. Vertimos agua y químicos para establecer la base de la poción, revolviendo un poco hasta que estuvo lista para meter las hierbas.
– Hay que hacer una mezcla primero. – mencioné yo.
– Deja que me encargue. – contestó Blanca Nieves.
– ¿Estás seguro? Podemos hacerlo juntos.
– No. – se apresuró de forma tosca. – Lo haré solo. Tú sigue revolviendo. – me ordenó, a lo que sólo resoplé.
Seguí moviendo el cucharón mientras ella machacaba las hierbas con suma firmeza, moliendo meticulosamente cada pedacito de hoja hasta que casi se convirtieran en polvo, como si estuviera matando a alguien sin que se notara la furia en sus ojos. No obstante, este proceso estaba demorando un poco, lo que significaba que la base de la poción empezaba a reaccionar negativamente.
– ¿De verdad no quieres ayuda? Porque esta cosa está burbujeando. – sugerí otra vez, preocupado.
– Tranquilo. Casi termino. – insistió, aunque no parecía que fuera a terminar.
– Apúrate. Se supone que no debe burbujear.
– Sr. Duirrogel. – le llamó la atención el profesor. – Hágale caso a Schoenheit y apresúrese.
– Sí, maestro Crewel.
Procedió a poner todo lo que había molido en un pocillo y le echó un poco de agua caliente para que se disolvieran; luego, siguió con las que faltaban.
– Puedo revolver eso mientras machacas…
– No. Necesito que revuelvas esto. – señaló el caldero, con expresión antipática.
– Vamos, no seas orgulloso. Crewel nos va a regañar si esto se sube.
Extendí la mano para alcanzar el pocillo, pero ella la quitó de un golpe.
– ¡No toques!
– ¡EH! ¡¿Qué demonios te pasa?! – me molesté. – ¡No tenías por qué golpearme!
– ¡Entonces no toques y revuelve! – exclamó con tono diligente.
– ¡El libro dice que las machaques, no que las hagas polvo!
De pronto, la poción comenzó a burbujear exageradamente y a subir, por lo que nos alarmamos. Intenté ralentizarla al aumentar la frecuencia del batido, sin cambiar mucho la situación.
– ¡Duirrogel! ¡Eche esas hierbas! ¡YA! – ordenó el superior, enojado.
– ¡P-pero aun no termino!
– ¡ÉCHALAS, VLADIA! – le grité.
Rápidamente mezcló el polvo en el pocillo y se puso a agitar, al ritmo de que el líquido subía y subía.
– ¡VLADIA!
– ¡YA ESTÁ! – vociferó la morena, vertiendo el contenido.
A continuación, las burbujas se detuvieron; tal como si le hubiéramos lanzado un filete a un perro rabioso. Crewel nos miró con cierto recelo y anotó algo en su pauta de evaluación, negando con la cabeza. Seguramente nos quitó puntos o algo. Demonios.
De la nada llamaron a la puerta.
– Continúen. – habló él.
En cuanto salió del laboratorio, nosotros soltamos un suspiro largo que liberó los nervios por un segundo. Sólo por ese segundo, pues… ¡PUUM! inmediatamente se originó una explosión sobre nuestras caras, acompañada de una nube de humo.
– ¡¿PERO QUÉ?! – salté, intentando apartar la nube negra y rogando con que el profesor no lo haya notado. – ¡¿QUÉ PASÓ?!
– ¡N-no lo sé…! ¡P-pensé que la había echado a tiempo! – respondió la morena, apenas de lo asustada que estaba. Perdió los estribos en un dos por tres. – Ay no… ¡AY NO, AY NO, AY NO, AY NO! ¡LO ARRUINÉ! ¡ARRUINÉ TODO! – repetía, agarrándose la cabeza.
Estaba entrando en un colapso nervioso, no cabía duda de que en cualquier momento se pondría a llorar; y si de por sí la situación era crítica, aquello no lo mejoraría, por lo que decidí tomar cartas en el asunto. Respiré profundo y me centré en todo este lío o como resolverlo.
– Vladia, tranquilízate. – le dije con un tono más calmado.
– ¡¿Cómo quieres que me tranquilice en un momento como este?! – siguió hablando muy rápido, desesperada. – ¡Crewel va a venir y cuando vea esto se va a…!
– Necesito que te calmes y comiences a batir mientras yo busco la solución ¿Puedes hacer eso, por favor? – le pedí con algo de dureza. No nos sobraba tiempo para aguantar uno de sus berrinches.
Me observó incrédula por unos segundos y respiró profundamente también. Se calmó, tomó el cucharón y me obedeció, confiando en que arreglaría todo este desastre. Por mi parte, no tenía mucha idea de lo que estaba haciendo, pero lo intentaría lo suficiente para que el maestro nos pusiera una mala calificación, a lo menos. Hojeé el libro de recetas velozmente y encontré un párrafo que explicaba la fórmula química de la poción, luego observé los implementos que teníamos a la mano y ya estaba. Tenía la solución.
– Mezcla ese químico con agua y bátelo. – le ordené mientras hacía lo mismo con otro. – Puede que enmiende la explosión.
– ¡¿Puede…?! – repitió con incertidumbre. – ¡¿Estás seguro de lo que estás haciendo?!
– Sí, seguro. – contesté, a lo que ella empezó a mezclar. – Te avisaré cuando tengamos que echarlo.
Continuamos así por medio minuto hasta que estuvo listo. Blanca Nieves me miró expectante con sus manos temblorosas.
– ¿Ahora…?
– Ahora.
Esparcimos las fórmulas en el caldero y revolví un poco con el cucharón para que se disolvieran más rápido mientras mi compañera estaba a punto de comerse las uñas. Nos quedamos observando muy tensos, asegurándonos de que las aguas se calmaban y agradeciendo la inexistencia de otra explosión. Por un momento sentimos seguridad hasta que Crewel volvió a entrar al laboratorio; ahí rogamos para que funcionara o por lo menos lo despistara, al ritmo en que el sudor frío recorría nuestras espaldas.
– Vamos a ver si fueron buenos chicos. – habló él, examinando el caldero con atención. Inmediatamente sacó una cucharada y agitó un par de veces su vara, ocasionando una serie de pequeños fuegos artificiales dentro. Se veía satisfecho. – Bastante bien. Es una fórmula potente. – inició su veredicto con expectativas, que cambiaron cuando se volteó a nosotros. – Lástima que no pueda decir lo mismo de su trabajo en equipo, sobre todo de parte del Sr. Duirrogel quien fue el mayor responsable. – la fulminó, produciéndole un escalofrío. – Un cachorro que no atiende órdenes debe ser corregido lo antes posible, así que más le vale tener una mejor disposición para la próxima ¿Entendido?
– S-sí, maestro… – respondió.
– Bien. Limpien aquí y retírense, que vendrá otro grupo luego. – agregó, saliendo del laboratorio y dejándonos solos. Suspiré aliviado, disfrutando la "victoria" y liberando mis nervios.
– Eso estuvo muy cerca. – dije, apilando los pocillos. – Definitivamente te llevas peor con la alquimia cada año ¿eh? – me burlé.
Sin embargo, no me contestó. En vez de eso trasladó un par de cajas a otra mesa y comenzó a ordenarlas con la cabeza gacha ¿Se habrá ofendido por lo que dije?
– Oye, era un chiste… – mascullé intranquilo, pero seguía inmutable. Se quitó las gafas de seguridad y guantes, luego se llevó las manos a la cara sin soltar palabra alguna. Ok, ya me estaba asustando. Me acerqué a ella y me incliné para observarla mejor. – ¿Estás bien? – le pregunté, preocupado.
De pronto sorbeteó un poco y se restregó los ojos… ¿Estaba llorando?
– Vladia…
Ahí se voltea y se deja caer sobre mí, escondiendo su cabeza en mi pecho. Me sobresalté sin saber qué decir, pues fue muy inesperado y me colocó más nervioso en cuanto se agarró de la bata ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Unas palmaditas en la espalda? ¿O en la cabeza? ¿Si quiera estaré a salvo si lo hago? Ayuda, no sé cómo confortar a esta muchacha.
– Gracias… – susurró. Procedí a acariciarle su cabello bicolor y sentí cómo temblaba. Parecía un cordero asustado o una gelatina. Claramente le desconcertó demasiado el haber hecho explotar nuestro trabajo.
Luego se separó, cortando la atmósfera. Tomó los pocillos que yo había apilado y los metió en las cajas, para después cargarlas y disponerse a salir del laboratorio. Por mi parte, sólo la contemplé mientras atravesaba la puerta, con un sentimiento cálido producto de ese inusual abrazo.
Al final tuvimos una buena calificación. Nada mal para un par de novatos que lo estropearon entre medio.
Llegó el tan esperado día del evento y todos estábamos muy ansiosos. Los chicos del dormitorio estaban vueltos locos revisando los últimos detalles de la exhibición; de acá para allá arreglando las decoraciones; contando los premios; comprobando que las pociones estén rellenas; asegurándose de que nadie haya metido sus manos en los pie de manzana y echándole otra lustrada al Trono de la Bella Reina. Por nuestra parte, los de primer año nos esforzábamos vistiéndonos y maquillándonos adecuadamente para dejar satisfechos a los compañeros mayores y dar nuestra mejor impresión.
A mí no me costó tanto al tener práctica gracias a mi trabajo. Podía aplicarme la máscara de pestañas sin que me temblara la mano y elegir los colores de las sombras a la perfección, así como colocarme el uniforme sin ayuda y peinarme sin la necesidad de intentarlo otra vez. Era toda una diva experta y orgullosa en el arte de la belleza, cosa que resaltó al examinarme en el espejo, ya que estaba vestido de púrpura; el púrpura característico de la figura que tanto admiraba; de la leyenda que movía mis días y me daba la determinación de trabajar para ser el más hermoso.
De pronto y con la emoción en mi ser, murmuré casi en un susurro.
– Espejito, espejito en la pared ¿Quién es el más hermoso de todos?
Claramente no me iba a contestar, aunque soñar no cuesta nada.
Cuando terminé de arreglarme, fui a la habitación de Blanca Nieves y toqué la puerta.
– ¿Quién es? – se escuchó una voz del otro lado.
– Soy yo, Vil. – respondí.
– Pasa.
Entré y la encontré allí, frente a su espejo. Parecía muy frustrada al esmerarse tanto en amarrar correctamente el obi del uniforme.
– Hacer esto con las manos en la espalda es muy difícil… – masculló, rezongando.
– Eso es porque no se amarra desde atrás. – le reproché. – ¿Te echo una mano?
– Oh ¿En serio? – saltó desconcertada. – Bueno, si insistes.
Proseguí a darle un par de vueltas a la cinta y la até en un lazo negro y enorme que rodeaba su cintura. La tomé de los hombros para decirle algo, pero me distraje con el reflejo del espejo. Su elegante reflejo que me dejó aturdido, pues ya no tenía en frente a la misma bagaya que debía hacerse pasar por un chico andrógeno todos los días. No, ahora presenciaba a una contorneada, femenina y preciosa muchacha con un traje de princesa, el cual todos los alumnos del dormitorio tenían puesto; y sin embargo, no se veían como ella. No me veía como ella y no dejaba de sonrojarme.
– ¿Por qué te quedaste helado…? – cuestionó, preocupada. – ¿Tan mal me veo?
– ¿Qué? ¿Es un chiste? – sacudí inmediatamente la cabeza, dejando de lado mi sorpresa. – ¡Claro que no! ¡¿No te miraste al espejo?! ¡Te ves…!
Se veía bellísima, incluso mejor que la más hermosa del Reino.
Blanca Nieves era bella, sensible y talentosa.
Y estaba vestida púrpura.
