Harry Potter: Una lectura distinta, vol. 4

Por edwinguerrave

Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008

El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.


El Cáliz de Fuego

CAPÍTULO 9 La Marca Tenebrosa

Las risas volvieron a llenar la Sala, a la vez que Seamus colocaba el pergamino en el atril. Cuando Charlie notó que éste se ubicaba al frente de él, tomó el nuevo pergamino y arrugó la nariz al ver el título.

—Parece que este capítulo nos mostrará La Marca Tenebrosa.

—¿La quéee? —varios de los más jóvenes, extrañados, habían armado cierto alboroto al oir eso. Sin embargo, los mayores habían suspirado y se habían estremecido ante tal perspectiva.

—Esa —tomó la palabra Lily, suspirando— era una marca que dejaba Voldemort o sus secuaces cuando cometían algún asesinato. Pero —mirando a Harry—, no me quiero adelantar, para que todo transcurra como hasta ahora, ¿verdad? Charlie, por favor.

No le digáis a vuestra madre que habéis apostado —imploró a Fred y George el señor Weasley, bajando despacio por la escalera alfombrada de púrpura.

—Sin embargo, terminé enterándome —comentó Molly, aún impactada por el nombre del título de este capítulo.

No te preocupes, papá —respondió Fred muy alegre—. Tenemos grandes planes para este dinero, y no queremos que nos lo confisquen.

Por un momento dio la impresión de que el señor Weasley iba a preguntar qué grandes planes eran aquéllos; pero, tras reflexionar un poco, pareció decidir que prefería no saberlo.

—Y realmente fue así —indicó Arthur, sonrojándose—. Tenía mi sospecha, pero preferí quedarme callado.

—Me imagino —comentó JS en un susurro que escuchó Ginny, quien se inclinó a acariciar la cabellera rebelde de su primogénito.

Pronto se vieron rodeados por la multitud que abandonaba el estadio para regresar a las tiendas de campaña. El aire de la noche llevaba hasta ellos estridentes cantos mientras volvían por el camino iluminado de farolas, y los leprechauns no paraban de moverse velozmente por encima de sus cabezas, riéndose a carcajadas y agitando sus faroles. Cuando por fin llegaron a las tiendas, nadie tenía sueño y, dada la algarabía que había en torno a ellos, el señor Weasley consintió en que tomaran todos juntos una última taza de chocolate con leche antes de acostarse. No tardaron en enzarzarse en una agradable discusión sobre el partido. El señor Weasley se mostró en desacuerdo con Charlie en lo referente al comportamiento violento, y no dio por finalizado el análisis del partido hasta que Ginny se cayó dormida sobre la pequeña mesa, derramando el chocolate por el suelo (las risas regresaron, haciendo sonrojar a Ginny, quien trató de quitarle peso encogiendo el hombro). Entonces los mandó a todos a dormir. Hermione y Ginny se metieron en su tienda, y Harry y el resto de los Weasley se pusieron el pijama y se subieron cada uno a su litera. Desde el otro lado del campamento llegaba aún el eco de cánticos y de ruidos extraños.

—Habían más ruidos extraños que cánticos —se interrumpió Charlie—, pero en ese momento, y con el cansancio, no podía identificarlos.

Los demás Weasley asintieron, al igual que Harry.

¡Cómo me alegro de haber librado hoy! —murmuró el señor Weasley ya medio dormido—. No me haría ninguna gracia tener que decirles a los irlandeses que se acabó la fiesta.

Harry, que se había acostado en una de las literas superiores, encima de Ron, estaba boca arriba observando la lona del techo de la tienda, en la que de vez en cuando resplandecían los faroles de los leprechauns. Repasaba algunas de las jugadas más espectaculares de Krum, y se moría de ganas de volver a montar en su Saeta de Fuego y probar el «Amago de Wronski». Oliver Wood no había logrado nunca transmitir con sus complejos diagramas la sensación de aquella jugada... Harry se imaginó a sí mismo vistiendo una túnica con su nombre bordado a la espalda e intentó representarse la sensación de oír la ovación de una multitud de cien mil personas cuando Ludo Bagman pronunciaba su nombre ante el estadio: «¡Y con ustedes... Potter!»

Snape cruzó sus brazos sobre el pecho, notando con cierta satisfacción cómo el ego Potter se exhibía en esas reflexiones que leía Charlie. Sólo Rose, frunciendo el ceño, notó la reacción del profesor.

Harry no llegaría a saber a ciencia cierta si se había dormido o no (sus fantasías de vuelos en escoba al estilo de Krum podrían muy bien haber acabado siendo auténticos sueños); lo único que supo fue que, de repente, el señor Weasley estaba gritando.

—¡Hey! —exclamó Al, sorprendido como los demás jóvenes en la Sala—, ¿qué pasó?

—Espera que sigan leyendo, Alburrido —le reclamó Rose, provocando risas y que el aludido se cruzara de brazos, lo que notó Lily era la pose de Snape en ese mismo momento.

¡Levantaos! ¡Ron, Harry... deprisa, levantaos, es urgente!

Harry se incorporó de un salto y se golpeó la cabeza con la lona del techo.

¿Qué pasa? —preguntó.

Paula, por señas, preguntaba lo mismo. Kevin, susurrándole algo al oído, la hizo calmarse.

Intuyó que algo malo ocurría, porque los ruidos del campamento parecían distintos. Los cánticos habían cesado. Se oían gritos, y gente que corría. Bajó de la litera y cogió su ropa, pero el señor Weasley, que se había puesto los vaqueros sobre el pijama, le dijo:

No hay tiempo, Harry... Coge sólo tu chaqueta y sal... ¡rápido!

Harry obedeció y salió a toda prisa de la tienda, delante de Ron. A la luz de los escasos fuegos que aún ardían, pudo ver a gente que corría hacia el bosque, huyendo de algo que se acercaba detrás, por el campo, algo que emitía extraños destellos de luz y hacía un ruido como de disparos de pistola. Llegaban hasta ellos abucheos escandalosos, carcajadas estridentes y gritos de borrachos. A continuación, apareció una fuerte luz de color verde que iluminó la escena.

—Parece como si estuvieran atacando el campamento —comentó Frank, muy serio, a la vez que James, Sirius y Remus asentían gravemente.

A través del campo marchaba una multitud de magos, que iban muy apretados y se movían todos juntos apuntando hacia arriba con las varitas.

Harry entornó los ojos para distinguirlos mejor. Parecía que no tuvieran rostro, pero luego comprendió que iban tapados con capuchas y máscaras.

—Mortífagos —sentenció James gravemente. Los más jóvenes se miraban extrañados, sin entender bien de qué se trataba.

Por encima de ellos, en lo alto, flotando en medio del aire, había cuatro figuras que se debatían y contorsionaban adoptando formas grotescas. Era como si los magos enmascarados que iban por el campo fueran titiriteros y los que flotaban en el aire fueran sus marionetas, manejadas mediante hilos invisibles que surgían de las varitas. Dos de las figuras eran muy pequeñas.

Al grupo se iban juntando otros magos, que reían y apuntaban también con sus varitas a las figuras del aire. La marcha de la multitud arrollaba las tiendas de campaña. En una o dos ocasiones, Harry vio a alguno de los que marchaban destruir con un rayo originado en su varita alguna tienda que le estorbaba el paso. Varias se prendieron. El griterío iba en aumento.

—¿Por qué la gente tiene que ser así? —preguntó Alisu, suspirando molesta—, divertirse a cuenta de lastimar a los demás.

—Esa era su naturaleza, mi niña —le dijo Neville, abrazándola.

Las personas que flotaban en el aire resultaron repentinamente iluminadas al pasar por encima de una tienda de campaña que estaba en llamas, y Harry reconoció a una de ellas: era el señor Roberts, el gerente del cámping. Los otros tres bien podían ser su mujer y sus hijos. Con la varita, uno de los de la multitud hizo girar a la señora Roberts hasta que quedó cabeza abajo: su camisón cayó entonces para revelar unas grandes bragas. Ella hizo lo que pudo para taparse mientras la multitud, abajo, chillaba y abucheaba alegremente.

Dan ganas de vomitar —susurró Ron, observando al más pequeño de los niños muggles, que había empezado a dar vueltas como una peonza, a veinte metros de altura, con la cabeza caída y balanceándose de lado a lado como si estuviera muerto—. Dan verdaderas ganas de vomitar...

—Estoy totalmente de acuerdo contigo, tío Ron —comentó Violet, con cara descompuesta—, eso es horrible, y eso que apenas es una lectura. No quiero ni imaginarme verlo en persona.

Hermione y Ginny llegaron a toda prisa, poniéndose la bata sobre el camisón, con el señor Weasley detrás. Al mismo tiempo salieron de la tienda de los chicos Bill, Charlie y Percy, completamente vestidos, arremangados y con las varitas en la mano.

Vamos a ayudar al Ministerio —gritó el señor Weasley por encima de todo aquel ruido, arremangándose él también—. Vosotros id al bosque, y no os separéis. ¡Cuando hayamos solucionado esto iré a buscaros!

—Era lo menos que podíamos hacer —se interrumpió Charlie nuevamente—, no nos íbamos a quedar de brazos cruzados.

Nadia acarició el brazo de su padre, orgullosa, mientras él retomaba la lectura.

Bill, Charlie y Percy se precipitaron al encuentro de la multitud. El señor Weasley corrió tras ellos. Desde todos los puntos, los magos del Ministerio se dirigían a la fuente del problema. La multitud que había bajo la familia Roberts se acercaba cada vez más.

Vamos —dijo Fred, cogiendo a Ginny de la mano y tirando de ella hacia el bosque. Harry, Ron, Hermione y George los siguieron. Al llegar a los primeros árboles volvieron la vista atrás. La multitud seguía creciendo. Distinguieron a los magos del Ministerio, que intentaban introducirse por entre el numeroso grupo para llegar hasta los encapuchados que iban en el centro: les estaba costando trabajo. Debían de tener miedo de lanzar algún embrujo que tuviera como consecuencia la caída al suelo de la familia Roberts.

—Así es —comentó Percy—, lo principal era proteger a esas personas; ya después nos encargaríamos de los alborotadores.

Las farolas de colores que habían iluminado el camino al estadio estaban apagadas. Oscuras siluetas daban tumbos entre los árboles, y se oía el llanto de niños; a su alrededor, en el frío aire de la noche, resonaban gritos de ansiedad y voces aterrorizadas. Harry avanzaba con dificultad, empujado de un lado y de otro por personas cuyos rostros no podía distinguir. De pronto oyó a Ron gritar de dolor.

¿Qué ha sucedido? —preguntó Hermione nerviosa, deteniéndose tan de repente que Harry chocó con ella—. ¿Dónde estás, Ron? Qué idiotez... ¡Lumos!

Molly ahogó un grito de angustia cuando vió a Ron mirarla con cara de "no me pasó nada, mamá; mírame aquí…"

La varita se encendió, y su haz de luz se proyectó en el camino. Ron estaba echado en el suelo.

He tropezado con la raíz de un árbol —dijo de malhumor, volviendo a ponerse en pie.

Bueno, con pies de ese tamaño, lo difícil sería no tropezar —dijo detrás de ellos una voz que arrastraba las palabras. Harry, Ron y Hermione se volvieron con brusquedad.

En la Sala, las miradas de varios, incluyendo las de Astoria, Scorpius y Christina, se dirigieron a la misma persona, quien sólo encogió los hombros.

Draco Malfoy estaba solo, cerca de ellos, apoyado tranquilamente en un árbol. Tenía los brazos cruzados y parecía que había estado contemplando todo lo sucedido desde un hueco entre los árboles.

Ron mandó a Malfoy a hacer algo que, como bien sabía Harry, nunca habría dicho delante de su madre.

Molly miró a Ron, quien, inocentemente, levantó las manos. Esto provocó algunas risas, a pesar de la tensión que se transparentaba en la lectura.

Cuida esa lengua, Weasley —le respondió Malfoy, con un brillo en los ojos—. ¿No sería mejor que echarais a correr? No os gustaría que la vieran, supongo...

Señaló a Hermione con un gesto de la cabeza, al mismo tiempo que desde el cámping llegaba un sonido como de una bomba y un destello de luz verde iluminaba por un momento los árboles que había a su alrededor.

¿Qué quieres decir? —le preguntó Hermione desafiante.

Que van detrás de los muggles, Granger —explicó Malfoy—. ¿Quieres ir por el aire enseñando las bragas? No tienes más que darte una vuelta... Vienen hacia aquí, y les divertiría muchísimo.

—¿Y tú como que querías vérselas? —soltó Sirius, haciendo sonrojar violentamente a Hermione y palidecer tanto a Draco como a Ron.

—¡Sirius! / ¡Señor Black! —las voces a coro de Hermione, Lily, Alice y la profesora McGonagall, cortaron en seco las réplicas que comenzaban a escucharse. Astoria volvió a ver a Draco, con la decepción en su rostro.

¡Hermione es bruja! —exclamó Harry.

Sigue tu camino, Potter —dijo Malfoy sonriendo maliciosamente—. Pero si crees que no pueden distinguir a un sangre sucia, quédate aquí.

¡Te voy a lavar la boca! —gritó Ron. Todos los presentes sabían que sangre sucia era una denominación muy ofensiva para referirse a un mago o bruja que tenía padres muggles.

—Tienes toda la razón, papá —dijo Rose, descompuesta. Esa misma sensación reposaba en varios de los más jóvenes, quienes veían a Draco con decepción.

No importa, Ron —dijo Hermione rápidamente, agarrándolo del brazo para impedirle que se acercara a Malfoy.

Desde el otro lado de los árboles llegó otra explosión, más fuerte que cualquiera de las anteriores. Cerca de ellos gritaron algunas personas. Malfoy soltó una risita.

Qué fácil es asustarlos, ¿verdad? —dijo con calma—. Supongo que papá os dijo que os escondierais. ¿Qué pretende? ¿Rescatar a los muggles?

¿Dónde están tus padres? —preguntó Harry, a quien le hervía la sangre—. Tendrán una máscara puesta, ¿no?

—No lo dudaría —comentó Sirius, aún molesto. James y Frank asintieron en silencio.

Malfoy se volvió hacia Harry, sin dejar de sonreír.

Bueno, si así fuera, me temo que no te lo diría, Potter.

—En mi pueblo dicen —comentó Christina, con su acento español— que "quien calla, otorga". ¿No es así, Draco?

—El tiempo te va a dar la razón, Christina —respondió Harry—, pero dejemos que avance la lectura, ¿sí?

Draco miró a Harry con molestia, pero no respondió.

Venga, vámonos —los apremió Hermione, arrojándole a Malfoy una mirada de asco—. Tenemos que buscar a los otros.

Mantén agachada tu cabezota, Granger —dijo Malfoy con desprecio.

Vámonos —repitió Hermione, y arrastró a Ron y a Harry de nuevo al camino.

¡Os apuesto lo que queráis a que su padre es uno de los enmascarados! —exclamó Ron, furioso.

—No la tomo —soltó Neville—, es demasiado fácil.

Algunas risas aisladas se dejaron escuchar.

¡Bueno, con un poco de suerte, el Ministerio lo atrapará! —repuso Hermione enfáticamente—. ¿Dónde están los otros?

Fred, George y Ginny habían desaparecido, aunque el camino estaba abarrotado de gente que huía sin dejar de echar nerviosas miradas por encima del hombro hacia el campamento.

—No estábamos tan lejos —indicó Ginny—, aunque sí, había demasiada gente en el bosquecillo.

Un grupo de adolescentes en pijama discutía a voces, un poco apartados del camino. Al ver a Harry, Ron y Hermione, una muchacha de pelo espeso y rizado se volvió y les preguntó rápidamente:

Où est Madame Maxime? Nous l'avons perdue...

—¡Franceses! —comentó Fleur, sonriendo, a pesar que retenía el brazo de Bill— ¡Seguro de Beauxbatons!

—No sería de extrañar, mamá —respondió Victoire—, era la final del mundial; seguramente tú estabas también por ahí.

—No, yo no fui porque me estaba preparando.

—¿Preparando para qué? —preguntó Dom, interesada.

—Seguramente se va a leer mas tarde, ¿verdad, Harry?

Con el asentimiento de Harry y la decepción en el rostro de Dom, Charlie siguió leyendo.

Eh... ¿qué? —preguntó Ron.

¡Oh...!

La muchacha que acababa de hablar le dio la espalda, y, cuando reemprendieron la marcha, la oyeron decir claramente:

«Ogwarts.»

Beauxbatons —murmuró Hermione.

¿Cómo? —dijo Harry.

Que deben de ser de Beauxbatons —susurró Hermione—. Ya sabéis: la Academia de Magia Beauxbatons... He leído algunas cosas sobre ella en Evaluación de la educación mágica en Europa.

—Buen libro —comentó Rose—, pero no abunda mucho en las estructuras educacionales por país,(1) sólo habla de las grandes academias: Hogwarts, Beauxbatons, Durmstrang, Humstall, la Escuela Mágica de los Balcanes…

Ah... Ya... —respondió Harry.

Fred y George no pueden haber ido muy lejos —dijo Ron, que sacó la varita mágica, la encendió como la de Hermione y entrecerró los ojos para ver mejor a lo largo del camino.

Harry buscó la suya en los bolsillos de la chaqueta, pero no la encontró. Lo único que había en ellos eran los omniculares.

No, no lo puedo creer... ¡He perdido la varita!

¿Bromeas?

JS no pudo resistirse, y explotó con su ya conocido:

—¡Por un demonio! ¡Lo que faltaba!

Nadie pudo reclamarle. Todos estaban de acuerdo: un mago sin varita, especialmente a la edad de Harry, y aún más el propio Harry, era un blanco fácil para cualquier ataque. Hasta Christina, que conocía de la magia sin varitas por la tradición vascona, entendió la gravedad de la situación.

Ron y Hermione levantaron las suyas lo suficiente para iluminar el terreno a cierta distancia. Harry miró a su alrededor, pero no había ni rastro de la varita.

A lo mejor te la has dejado en la tienda —dijo Ron.

O tal vez se te ha caído del bolsillo mientras corríamos —sugirió Hermione, nerviosa.

—Que es lo más seguro —comentó Lily, pero Rose, reflexiva, comentó:

—En ningún momento se dijo que tío Harry agarrara la varita.

Charlie, regresando en la lectura, le dio la razón a su sobrina:

—Así es, pequeña, no se dice que la llevara.

Sí —respondió Harry—, tal vez...

No solía separarse de su varita cuando estaba en el mundo mágico, y hallarse sin ella en aquella situación lo hacía sentirse muy vulnerable. Un crujido los asustó a los tres. Winky, la elfina doméstica, intentaba abrirse paso entre unos matorrales. Se movía de manera muy rara, con mucha dificultad, como si una mano invisible la sujetara por la espalda.

—Le ordenaron no separarse de un lugar determinado —comentó sombríamente Hagrid, a lo que varios asintieron en silencio.

¡Hay magos malos por ahí! —chilló como loca, mientras se inclinaba hacia delante y trataba de seguir corriendo—. ¡Gente en lo alto! ¡En lo alto del aire! ¡Winky prefiere desaparecer de la vista!

Y se metió entre los árboles del otro lado del camino, jadeando y chillando como si tratara de vencer la fuerza que la empujaba hacia atrás.

Pero ¿qué le pasa? —preguntó Ron, mirando con curiosidad a Winky mientras ella escapaba—. ¿Por qué no puede correr con normalidad?

Me imagino que no le dieron permiso para esconderse —explicó Harry. Se acordó de Dobby: cada vez que intentaba hacer algo que a los Malfoy no les hubiera gustado, se veía obligado a golpearse.

—Exactamente —indicó Frank—, no tenía permiso de alejarse de un lugar, seguramente del campamento, y eso la estaba frenando.

¿Sabéis? ¡Los elfos domésticos llevan una vida muy dura! —dijo, indignada, Hermione—. ¡Es esclavitud, eso es lo que es! Ese señor Crouch la hizo subir a lo alto del estadio, aunque a ella la aterrorizara, ¡y la ha embrujado para que ni siquiera pueda correr cuando aquéllos están arrasando las tiendas de campaña! ¿Por qué nadie hace nada al respecto?

—Y aquí, señoras y señores —dijo Harry, levantándose y señalando a Hermione—, les presento a Hermione Granger, defensora de los elfos oprimidos, y futura Ministro de Magia de Inglaterra.

Una salva de aplausos hizo sonrojar a Hermione, a la vez que sonreía por la ocurrencia de su amigo, quien insistió:

—Ya desde ese momento, estableciste que tu futuro sería como defensora de los derechos de las criaturas mágicas.

—Eso es verdad —admitió Hermione.

Bueno, los elfos son felices así, ¿no? —observó Ron—. Ya oíste a Winky antes del partido: «La diversión no es para los elfos domésticos...» Eso es lo que le gusta, que la manden.

—En cierto modo —comentó Astoria—, ya lo habíamos comentado.

Es gente como tú, Ron —replicó Hermione, acalorada—, la que mantiene estos sistemas injustos y podridos, simplemente porque son demasiado perezosos para...

Oyeron otra fuerte explosión proveniente del otro lado del bosque.

¿Qué tal si seguimos? —propuso Ron.

Harry lo vio dirigir una mirada inquieta a Hermione. Tal vez fuera cierto lo que Malfoy les había dicho. Tal vez Hermione corría más peligro que ellos. Reemprendieron la marcha. Harry seguía revolviendo en los bolsillos, aunque sabía que la varita no estaba allí.

La tensión se había vuelto a instalar en la Sala.

Siguieron el oscuro camino internándose en el bosque más y más, todavía tratando de encontrar a Fred, George y Ginny. Pasaron junto a unos duendes que se reían a carcajadas, reunidos alrededor de una bolsa de monedas de oro que sin duda habían ganado apostando en el partido, y que no parecían dar ninguna importancia a lo que ocurría en el cámping (—Seguramente —comentó Bill). Poco después llegaron a una zona iluminada por una luz plateada, y al mirar por entre los árboles vieron a tres veelas altas y hermosas de pie en un claro del bosque, rodeadas por un grupo de jóvenes magos que hablaban a voces.

Yo gano cien bolsas de galeones al año —gritaba uno de ellos—. Me dedico a matar dragones a cuenta de la Comisión para las Criaturas Peligrosas.

Aunque algunas risas se dejaron escuchar, Nadia notó como su padre endureció la voz al leer esa línea de diálogo.

De eso nada —le gritó su amigo—: tú te dedicas a lavar platos en el Caldero Chorreante. Pero yo soy cazador de vampiros. Hasta ahora he matado a unos noventa...

Más risas se oyeron, y Charlie relajó su voz al leer la forma en que interactuaban.

Un tercer joven, cuyos granos eran visibles incluso a la tenue luz plateada que emitían las veelas, lo cortó:

Yo estoy a punto de convertirme en el ministro de Magia más joven de todos los tiempos.

A Harry le hizo mucha gracia porque reconoció al de los granos. Se llamaba Stan Shunpike, y en realidad era cobrador en un autobús de tres pisos llamado autobús noctámbulo.

Sonaron nuevas carcajadas, relajando por completo el ambiente, especialmente del lado de los más jóvenes. Sin embargo, los mayores seguían preocupados por la ausencia de la varita de Harry.

Se volvió para decírselo a Ron, pero vio que éste había adoptado una extraña expresión relajada, y un segundo después su amigo decía en voz muy alta:

¿Os he contado que he inventado una escoba para ir a Júpiter?

¡Lo que hay que oír! —exclamó Hermione con un resoplido, y entre ella y Harry agarraron firmemente a Ron de los brazos, le dieron media vuelta y siguieron caminando.

Ron había enrojecido de la vergüenza, mientras más risas se dejaban escuchar.

Para cuando las voces de las veelas y sus tres admiradores se habían apagado, se encontraban en lo más profundo del bosque. Estaban solos, y todo parecía mucho más silencioso. Harry miró a su alrededor.

Creo que podríamos aguardar aquí. Podemos oír a cualquiera a un kilómetro de distancia.

Apenas había acabado de decirlo cuando Ludo Bagman salió de detrás de un árbol, justo delante de ellos. Incluso a la débil luz de las dos varitas, Harry pudo apreciar que Barman estaba muy cambiado. Había perdido su aspecto alegre, su rostro ya no tenía aquel color sonrosado y parecía como si le hubieran quitado los muelles de los pies. Se lo veía pálido y tenso.

Con esta descripción, se instaló nuevamente la tensión en la Sala.

¿Quién está ahí? —dijo pestañeando y tratando de distinguir sus rostros—. ¿Qué hacéis aquí solos?

Se miraron unos a otros, sorprendidos.

Bueno, en el campamento hay una especie de disturbio —explicó Ron.

Bagman lo miró.

¿Qué?

El cámping. Unos cuantos han atrapado a una familia de muggles...

Bagman lanzó un juramento.

¡Maldición! —dijo, muy preocupado, y sin otra palabra desapareció haciendo «¡plin!».

—¡Vaya! —exclamó Hugo—, ¡qué estilo el del señor Bagman!

No se puede decir que el señor Bagman esté a la última, ¿verdad? —observó Hermione frunciendo el entrecejo.

—Lo que decía —ratificó Hugo, mientras su madre le acariciaba la cabellera.

Pero fue un gran golpeador —puntualizó Ron, que salió del camino para dirigirse a un pequeño claro; se sentó en la hierba seca, al pie de un árbol—. Las Avispas de Wimbourne ganaron la liga tres veces consecutivas estando él en el equipo.

Se sacó del bolsillo la pequeña figura de Krum, lo posó en el suelo y lo observó caminar durante un rato. Como el auténtico Krum, la miniatura resultaba un poco patosa y encorvada, mucho menos impresionante sobre sus pies que montado en una escoba.

—No lo dudo —mencionó Charlie, interrumpiéndose.

Harry permanecía atento a cualquier ruido que llegara del cámping. Todo parecía tranquilo: tal vez el jaleo hubiera acabado.

Espero que los otros estén bien —dijo Hermione después de un rato.

Estarán bien —afirmó Ron.

¿Te imaginas que tu padre atrape a Lucius Malfoy? —dijo Harry, sentándose al lado de Ron y contemplando la desgarbada miniatura de Krum sobre las hojas caídas en el suelo—. Siempre ha dicho que le gustaría pillarlo.

—Así es —admitió Arthur, sonriendo con orgullo y provocando una mirada seria de parte de Draco.

Eso borraría la sonrisa de satisfacción de la cara de Draco —comentó Ron.

Pero esos pobres muggles... —dijo Hermione con nerviosismo—. ¿Y si no pueden bajarlos?

Podrán —le aseguró Ron—. Hallarán la manera.

Es una idiotez hacer algo así cuando todo el Ministerio de Magia está por allí —declaró Hermione—. Lo que quiero decir es que ¿cómo esperan salirse con la suya? ¿Creéis que habrán bebido, o simplemente...?

Pero de repente dejó de hablar y miró por encima del hombro. Harry y Ron se apresuraron a mirar también. Parecía que alguien se acercaba hacia ellos dando tumbos. Esperaron, escuchando el sonido de los pasos descompasados tras los árboles. Pero los pasos se detuvieron de repente.

—¿Quién será? —preguntó JS, angustiado.

—Buena pregunta, primo —dijo Louis, pálido.

¿Quién es? —llamó Harry.

Sólo se oyó el silencio. Harry se puso en pie y miró hacia el árbol. Estaba demasiado oscuro para ver muy lejos, pero tenía la sensación de que había alguien justo un poco más allá de donde llegaba su visión.

¿Quién está ahí? —preguntó.

Y entonces, sin previo aviso, una voz diferente de cualquier otra que hubieran escuchado en el bosque desgarró el silencio. Y no lanzó un grito de error, sino algo que parecía más bien un conjuro:

¡MORSMORDRE!

Todos los mayores y de la generación de Harry se quedaron congelados, especialmente porque sabían qué significaba. Los más jóvenes se miraban sorprendidos por la actitud de los demás.

Algo grande, verde y brillante salió de la oscuridad que los ojos de Harry habían intentado penetrar en vano, y se levantó hacia el cielo por encima de las copas de los árboles.

¿Qué...? —exclamó Ron, poniéndose en pie de un salto y mirando hacia arriba. Durante una fracción de segundo, Harry creyó que aquello era otra formación de leprechauns. Luego comprendió que se trataba de una calavera de tamaño colosal, compuesta de lo que parecían estrellas de color esmeralda y con una lengua en forma de serpiente que le salía de la boca. Mientras miraban, la imagen se alzaba más y más, resplandeciendo en una bruma de humo verdoso, estampada en el cielo negro como si se tratara de una nueva constelación.

—La Marca Tenebrosa —comentó Alice, con voz temblorosa.

De pronto, el bosque se llenó de gritos. Harry no comprendía por qué, pero la única causa posible era la repentina aparición de la calavera, que ya se había elevado lo suficiente para iluminar el bosque entero como un horrendo anuncio de neón. Buscó en la oscuridad a la persona que había hecho aparecer la calavera, pero no vio a nadie.

¿Quién está ahí? —gritó de nuevo.

¡Harry, vamos, muévete! —Hermione lo había agarrado por la parte de atrás de la chaqueta, y tiraba de él.

¿Qué pasa? —preguntó Harry, sobresaltándose al ver la cara de ella tan pálida y aterrorizada.

—Eso es lo que me pregunto —dijo Frankie, extrañamente serio.

¡Es la Marca Tenebrosa, Harry! —gimió Hermione, tirando de él con toda su fuerza—. ¡El signo de Quien-tú-sabes!

¿El de Voldemort?

¡Vamos, Harry!

—Estaba realmente impactado —admitió Harry—, tanto por la marca como por saber quién era ese que la había conjurado.

Harry se volvió, mientras Ron recogía a toda prisa su miniatura de Krum, y los tres se dispusieron a cruzar el claro. Pero tan sólo habían dado unos pocos pasos, cuando una serie de ruiditos anunció la repentina aparición, de la nada, de una veintena de magos que los rodearon.

—Para completar —soltó Freddie, impresionado como todos.

Harry paseó la mirada por los magos y tardó menos de un segundo en darse cuenta de que todos habían sacado la varita mágica y que las veinte varitas los apuntaban. Sin pensarlo más, gritó:

¡AL SUELO! —y, agarrando a sus dos amigos, los arrastró con él sobre la hierba.

—Reacción de buscador —dijo Sirius, sonriendo a pesar de la tensión por lo narrado.

¡Desmaius! —gritaron las veinte voces. Hubo una serie de destellos cegadores, y Harry sintió que el pelo se le agitaba como si un viento formidable acabara de barrer el claro. Al levantar la cabeza un centímetro, vio unos chorros de luz roja que salían de las varitas de los magos, pasaban por encima de ellos, cruzándose, rebotaban en los troncos de los árboles y se perdían luego en la oscuridad.

¡Alto! —gritó una voz familiar—. ¡ALTO! ¡Es mi hijo!

—Al menos ya Arthur había llegado —suspiró Molly, abrazando a su esposo, quien tenía las orejas coloradas.

El pelo de Harry volvió a asentarse. Levantó un poco más la cabeza. El mago que tenía delante acababa de bajar la varita. Al darse la vuelta vio al señor Weasley, que avanzaba hacia ellos a zancadas, aterrorizado.

Ron... Harry... —Su voz sonaba temblorosa—. Hermione... ¿Estáis bien?

Apártate, Arthur —dijo una voz fría y cortante.

Era el señor Crouch. Él y los otros magos del Ministerio estaban acercándose. Harry se puso en pie de cara a ellos. Crouch tenía el rostro crispado de rabia.

—No lo dudo —comentó Percy—, el señor Crouch estaba preocupado.

—No creo que sea eso —rebatió Harry—, pero que la lectura lo aclare. Charlie, por favor.

Hermione frunció el ceño, al recordar lo que había pasado minutos después.

¿Quién de vosotros lo ha hecho? —dijo bruscamente, fulminándolos con la mirada—. ¿Quién de vosotros ha invocado la Marca Tenebrosa?

¡Nosotros no hemos invocado eso! —exclamó Harry, señalando la calavera.

¡No hemos hecho nada! —añadió Ron, frotándose el codo y mirando a su padre con expresión indignada—. ¿Por qué nos atacáis?

¡No mienta, señor Potter! —gritó el señor Crouch. Seguía apuntando a Ron con la varita, y los ojos casi se le salían de las órbitas: parecía enloquecido—. ¡Lo hemos descubierto en el lugar del crimen!

Percy iba a comentar algo, pero sólo suspiró e hizo señas a su hermano para que siguiera la lectura.

Barty... —susurró una bruja vestida con una bata larga de lana—. Son niños, Barty. Nunca podrían haberlo hecho...

Decidme, ¿de dónde ha salido la Marca Tenebrosa? —preguntó apresuradamente el señor Weasley.

De allí —respondió Hermione temblorosa, señalando el lugar del que había partido la voz—. Estaban detrás de los árboles. Gritaron unas palabras... un conjuro.

¿Conque estaban allí? —dijo el señor Crouch, volviendo sus desorbitados ojos hacia Hermione, con la desconfianza impresa en cada rasgo del rostro—. ¿Conque pronunciaron un conjuro? Usted parece muy bien informada de la manera en que se invoca la Marca Tenebrosa, señorita.

—Por algo será —comentó ácidamente James—, si era una prefecta perfecta en potencia.

Hermione sonrió, apenada pero satisfecha.

Pero, aparte del señor Crouch, ningún otro mago del Ministerio parecía creer ni remotamente que Harry, Ron y Hermione pudieran haber invocado la calavera. Por el contrario, después de oír a Hermione habían vuelto a alzar las varitas y apuntaban a la dirección a la que ella había señalado, tratando de ver algo entre los árboles.

Demasiado tarde —dijo sacudiendo la cabeza la bruja vestida con la bata larga de lana—. Se han desaparecido.

No lo creo —declaró un mago de barba escasa de color castaño. Era Amos Diggory, el padre de Cedric—. Nuestros rayos aturdidores penetraron en aquella dirección, así que hay muchas posibilidades de que los hayamos atrapado...

—Es muy probable —comentó Frank, con su instinto de auror. Tonks afirmó en silencio, al igual que Remus.

¡Ten cuidado, Amos! —le advirtieron algunos de los magos cuando el señor Diggory alzó la varita, fue hacia el borde del claro y desapareció en la oscuridad.

Hermione se llevó las manos a la boca cuando lo vio desaparecer. Al cabo de unos segundos lo oyeron gritar:

¡Sí! ¡Los hemos capturado! ¡Aquí hay alguien! ¡Está inconsciente! Es... Pero... ¡caray!

¿Has atrapado a alguien? —le gritó el señor Crouch, con tono de incredulidad—. ¿A quién? ¿Quién es?

—¿Tono de incredulidad? —repitió Rose—, ¿Cuándo estaba tan seguro? Ese señor Crouch parece tener una agenda oculta, no sé.

El trío se vio con la sorpresa en el rostro. La niña parecía no estar tan mal encaminada en su percepción.

Oyeron chasquear ramas, crujir hojas y luego unos pasos sonoros hasta que el señor Diggory salió de entre los árboles. Llevaba en los brazos a un ser pequeño, desmayado. Harry reconoció enseguida el paño de cocina. Era Winky.

El señor Crouch no se movió ni dijo nada mientras el señor Diggory depositaba a la elfina en el suelo, a sus pies. Los otros magos del Ministerio miraban al señor Crouch, que se quedó paralizado durante unos segundos, muy pálido, con los ojos fijos en Winky. Luego pareció despertar.

Esto... es... imposible —balbuceó—. No...

Dumbledore notó la concentración en Rose, quien comentó:

—¿Ahora balbucea? ¿Cuándo acusaba tan confiado a papá, mamá y sobre todo al tío Harry?

—Parece que lo que había construido en su cabeza se le estaba desarmando —dedujo Naira, a lo que Rose asintió en silencio.

Rodeó al señor Diggory y se dirigió a zancadas al lugar en que éste había encontrado a Winky.

¡Es inútil, señor Crouch! —dijo el señor Diggory—. No hay nadie más.

Pero el señor Crouch no parecía dispuesto a creerle. Lo oyeron moverse por allí, rebuscando entre los arbustos.

Es un poco embarazoso —declaró con gravedad el señor Diggory, bajando la vista hacia la inconsciente Winky—. La elfina doméstica de Barty Crouch... Lo que quiero decir...

Rose seguía con la mirada fruncida, pensando en lo que se leía.

Déjalo, Amos —le dijo el señor Weasley en voz baja—. ¡No creerás de verdad que fue la elfina! La Marca Tenebrosa es una señal de mago. Se necesita una varita.

Sí —admitió el señor Diggory—. Y ella tenía una varita.

¿Qué? —exclamó el señor Weasley.

Varios en la Sala soltaron esa misma exclamación, especialmente los más jóvenes.

Aquí, mira. —El señor Diggory cogió una varita y se la mostró—. La tenía en la mano. De forma que, para empezar, se ha quebrantado la cláusula tercera del Código de Usó de la Varita Mágica: «El uso de la varita mágica no está permitido a ninguna criatura no humana.»

—Lo que cambió después de nuestra incorporación al Ministerio —comentó Hermione.

Entonces oyeron otro «¡plin!», y Ludo Bagman se apareció justo al lado del padre de Ron. Parecía despistado y sin aliento. Giró sobre si mismo, observando con los ojos desorbitados la calavera verde.

¡La Marca Tenebrosa! —dijo, jadeando, y casi pisa a Winky al volverse hacia sus colegas con expresión interrogante—. ¿Quién ha sido? ¿Los habéis atrapado? ¡Barty! ¿Qué sucede?

El señor Crouch había vuelto con las manos vacías. Su cara seguía estando espectralmente pálida, y se le había erizado el bigote de cepillo.

¿Dónde has estado, Barty? —le preguntó Bagman—. ¿Por qué no estuviste en el partido? Tu elfina te estaba guardando una butaca... ¡Gárgolas tragonas! —Bagman acababa de ver a Winky, tendida a sus pies—. ¿Qué le ha pasado?

—Ciertamente —murmuró Rose, aún en su actitud reflexiva.

He estado ocupado, Ludo —respondió el señor Crouch, hablando aún como a trompicones y sin apenas mover los labios—. Hemos dejado sin sentido a mi elfina.

¿Sin sentido? ¿Vosotros? ¿Qué quieres decir? Pero ¿por qué...?

De repente, Bagman comprendió lo que sucedía. Levantó la vista hacia la calavera, luego la bajó hacia Winky y terminó dirigiéndola al señor Crouch.

¡No! —dijo—. ¿Winky? ¿Winky invocando la Marca Tenebrosa? ¡Ni siquiera sabría cómo hacerlo! ¡Para empezar, necesitaría una varita mágica!

—El señor Bagman era un poco lento en sus deducciones, ¿no? —comentó Paula, a lo que Kevin, asintiendo, le dijo:

—Seguramente por tanta bludger en la cabeza.

Esto provocó algo de risas, pero no para distender por completo el ambiente.

Y tenía una —explicó el señor Diggory—. La encontré con una varita en la mano, Ludo. Si le parece bien, señor Crouch, creó que deberíamos oír lo que ella tenga que decir.

Crouch no dio muestra de haber oído al señor Diggory, pero éste interpretó su silencio como conformidad. Levantó la varita, apuntó a Winky con ella y dijo:

¡Enervate!

Winky se movió lánguidamente. Abrió sus grandes ojos de color castaño y parpadeó varias veces, como aturdida. Ante la mirada de los magos, que guardaban silencio, se incorporó con movimientos vacilantes y se quedó sentada en el suelo. Vio los pies de Diggory y poco a poco, temblando, fue levantando los ojos hasta llegar a su cara, y luego, más despacio todavía, siguió elevándolos hasta el cielo. Harry vio la calavera reflejada dos veces en sus enormes ojos vidriosos. Winky ahogó un grito, miró asustada a la multitud de gente que la rodeaba y estalló en sollozos de terror.

¡Elfina! —dijo severamente el señor Diggory (lo que hizo bufar a Hermione)—. ¿Sabes quién soy? ¡Soy miembro del Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas!

Winky se balanceó de atrás adelante sobre la hierba, respirando entrecortadamente. Harry no pudo menos que acordarse de Dobby en sus momentos de aterrorizada desobediencia.

Como ves, elfina, la Marca Tenebrosa ha sido conjurada en este lugar hace tan sólo un instante —explicó el señor Diggory—. ¡Y a ti te hemos descubierto un poco después, justo debajo! ¡Si eres tan amable de darnos una explicación...!

¡Yo... yo... yo no lo he hecho, señor! —repuso Winky jadeando—. ¡Ni siquiera hubiera sabido cómo hacerlo, señor!

¡Te hemos encontrado con una varita en la mano! —gritó el señor Diggory, blandiéndola ante ella.

Cuando la luz verde que iluminaba el claro del bosque procedente de la calavera dio de lleno en la varita, Harry la reconoció.

¡Eh... es la mía! —exclamo.

Todo el mundo lo miró.

—¡Para completar! —exclamó Lily— ¡En buena forma apareció la varita!

James y Sirius asintieron, extrañamente en silencio.

¿Cómo has dicho? —preguntó el señor Diggory, sin dar crédito a sus oídos.

¡Que es mi varita! —dijo Harry—. ¡Se me cayó!

¿Que se te cayó? —repitió el señor Diggory, extrañado—. ¿Es eso una confesión? ¿La tiraste después de haber invocado la Marca?

—¡¿Quée?! —saltó James— ¿Ese tipo está loco o qué?

—Perdone, señor James —intervino Cedric—, estamos hablando de mi padre…

—Pero igual, muchacho —interrumpió Sirius—, estamos hablando de Harry Potter, mi ahijado e hijo de los acá presentes James y Lily Potter.

Antes que se generara una polémica, Harry intervino.

—Creo que debemos escuchar lo que sigue; si no me equivoco, el señor Arthur hace ciertas aclaratorias.

—Así es, Harry —dijo Charlie, quien se había adelantado en la lectura.

¡Amos, recuerda con quién hablas! —intervino el señor Weasley, muy enojado—. ¿Te parece posible que Harry Potter invocara la Marca Tenebrosa?

Eh... no, por supuesto —farfulló el señor Diggory—. Lo siento... Me he dejado llevar.

De todas formas, no fue ahí donde se me cayó —añadió Harry, señalando con el pulgar hacia los árboles que había justo debajo de la calavera—. La eché en falta nada más internarnos en el bosque.

Así que —dijo el señor Diggory, mirando con severidad a Winky, que se había encogido de miedo— la encontraste tú, ¿eh, elfina? Y la cogiste y quisiste divertirte un rato con ella, ¿eh?

¡Yo no he hecho magia con ella, señor! —chilló Winky, mientras las lágrimas le resbalaban por ambos lados de su nariz, aplastada y bulbosa—. ¡Yo... yo... yo sólo la cogí, señor! ¡Yo no he conjurado la Marca Tenebrosa, señor, ni siquiera sabría cómo hacerlo!

¡No fue ella! —intervino Hermione. Estaba muy nerviosa por tener que hablar delante de todos aquellos magos del Ministerio, pero lo hacía con determinación—. ¡Winky tiene una vocecita chillona, y la voz que oímos pronunciar el conjuro era mucho más grave! —Miró a Ron y Harry, en busca de apoyo—. No se parecía en nada a la de Winky, ¿a que no?

—Nerviosa, pero también molesta —aclaró Hermione—, esa actitud del señor Diggory me tenía al borde. Me disculpas, Cedric, pero es verdad.

—Bueno —admitió Cedric—, papá tenía esa particularidad de tomar a pecho lo que hacía. Quizás por eso le afectó tanto mi partida.

No —confirmó Harry, negando con la cabeza—. Sin lugar a dudas, no era la de un elfo.

No, era una voz humana —dijo Ron.

Bueno, pronto lo veremos —gruñó el señor Diggory, sin darles mucho crédito—. Hay una manera muy sencilla de averiguar cuál ha sido el último conjuro efectuado con una varita mágica. ¿Sabías eso, elfina?

—Pero que no dice quien lo efectuó, ¿cierto? —preguntó Molls.

—Así es, mi niña —respondió Arthur, asintiendo a su nieta.

Winky temblaba y negaba frenéticamente con la cabeza, batiendo las orejas, mientras el señor Diggory volvía a levantar su varita y juntaba la punta con el extremo de la varita de Harry.

¡Prior Incantato! —dijo con voz potente el señor Diggory.

Harry oyó que Hermione ahogaba un grito, horrorizada, cuando una calavera con lengua en forma de serpiente surgió del punto en que las dos varitas hacían contacto. Era, sin embargo, un simple reflejo de la calavera verde que se alzaba sobre ellos, y parecía hecha de un humo gris espeso: el fantasma de un conjuro.

¡Deletrius! —gritó el señor Diggory, y la calavera se desvaneció en una voluta de humo—. ¡Bien! —exclamó con una expresión incontenible de triunfo, bajando la vista hacia Winky, que seguía agitándose convulsivamente.

—Definitivamente —comentó Lavender—, ese señor Diggory no quería ver más allá de las evidencias.

—Y mucho menos escuchar a los muchachos —complementó Parvati.

—Lo normal —admitió amargamente Harry—, era raro que se nos escuchara o prestara atención.

¡Yo no lo he hecho! —chilló la elfina, moviendo los ojos aterrorizada—. ¡No he sido, no he sido, yo ni siquiera sabría cómo hacerlo! ¡Soy una elfina buena, no uso varita, no sé cómo se hace!

¡Te hemos atrapado con las manos en la masa, elfina! —gritó el señor Diggory—. ¡Te hemos cogido con la varita que ha obrado el conjuro!

Amos —dijo en voz alta el señor Weasley—, piensa en lo que dices. Son poquísimos los magos que saben llevar a cabo ese conjuro... ¿Quién se lo podría haber enseñado?

—Siendo la elfina del señor Crouch —reflexionó Percy, serio—, dudo mucho que le hayan enseñado al menos a usar la varita; como se describió en el capítulo que leí, el señor Crouch creía firmemente en el cumplimiento de las normas.

Quizá Amos quiere sugerir que yo tengo por costumbre enseñar a mis sirvientes a invocar la Marca Tenebrosa —El señor Crouch había hablado impregnando cada sílaba de una cólera fría. Se hizo un silencio muy tenso. Amos Diggory se asustó.

No... no... señor Crouch, en absoluto...

Te ha faltado muy poco para acusar a las dos personas de entre los presentes que son menos sospechosas de invocar la Marca Tenebrosa: a Harry Potter... ¡y a mí mismo! Supongo que conoces la historia del niño, Amos.

—Lo que decía —ratificó Percy. Sin embargo Rose, soltándose de Scorpius, reflexionaba muy seria sobre lo que se iba leyendo, y sobre todo miraba a varios en la Sala: sus padres, Harry, Ginny, Neville y Hannah…

—¿Todo bien, Rosie? —le preguntó Scorpius en un susurro.

—Sí, sólo quiero concentrarme en esto que se está leyendo —le respondió en otro susurro, plantándole después un beso en la mejilla. Al voltearse y ver a su tío Charlie esperar por ella, sonrió apenada y le hizo señas para que siguiera leyendo.

Por supuesto... Todo el mundo la conoce... —musitó el señor Diggory, desconcertado.

¡Y yo espero que recuerdes las muchas pruebas que he dado, a lo largo de mi prolongada trayectoria profesional, de que desprecio y detesto las Artes Oscuras y a cuantos las practican! —gritó el señor Crouch, con los ojos de nuevo desorbitados.

Señor Crouch, yo... ¡yo nunca sugeriría que usted tuviera la más remota relación con este incidente! —farfulló Amos Diggory. Su rala barba de color castaño conseguía en parte disimular su sonrojo.

—No era lo que decía al principio —comentó Al, haciendo que Rose asintiera.

¡Si acusas a mi elfina me acusas a mí, Diggory! —vociferó el señor Crouch—. ¿Dónde podría haber aprendido la invocación?

Po... podría haberla aprendido... en cualquier sitio...

Eso es, Amos... —repuso el señor Weasley—. En cualquier sitio. Winky —añadió en tono amable, dirigiéndose a la elfina, pero ella se estremeció como si él también le estuviera gritando—, ¿dónde exactamente encontraste la varita mágica?

Winky retorcía el dobladillo del paño de cocina tan violentamente que se le deshilachaba entre los dedos.

Yo... yo la he encontrado... la he encontrado ahí, señor... —susurró— Ahí... entre los árboles, señor.

¿Te das cuenta, Amos? —dijo el señor Weasley—. Quienesquiera que invocaran la Marca podrían haberse desaparecido justo después de haberlo hecho, dejando tras ellos la varita de Harry. Una buena idea, no usar su propia varita, que luego podría delatarlos. Y Winky tuvo la desgracia de encontrársela un poco después y de haberla cogido.

—Por lo menos una voz comedida —indicó Lily—, que no se estaba dejando llevar por las emociones.

Molly sonrió orgullosa.

¡Pero entonces ella tuvo que estar muy cerca del verdadero culpable! —exclamó el señor Diggory, impaciente—. ¿Viste a alguien, elfina?

Winky comenzó a temblar más que antes. Sus enormes ojos pasaron vacilantes del señor Diggory a Ludo Bagman, y luego al señor Crouch. Tragó saliva y dijo:

No he visto a nadie, señor... A nadie.

—Está mintiendo —dijeron a dúo Alisu y Rose. Se vieron y sonriendo, la Longbottom dejó que la Weasley hablara:

—Esa vacilación, más otras cosas que se han narrado, me hacen pensar que miente.

Alisu asintió, sonriendo.

Amos —dijo secamente el señor Crouch—, soy plenamente consciente de que lo normal, en este caso, sería que te llevaras a Winky a tu departamento para interrogarla. Sin embargo, te ruego que dejes que sea yo quien trate con ella.

El señor Diggory no pareció tomar en consideración aquella sugerencia, pero para Harry era evidente que el señor Crouch era un miembro del Ministerio demasiado importante para decirle que no.

Puedes estar seguro de que será castigada —agregó el señor Crouch fríamente.

—¿Y por qué? —saltó Alisu, afectada—, ¡Ella no hizo nada malo!

—Escucha a ver que dicen, mi princesa —le indicó Neville, acariciando su cabello trenzado.

A... a... amo... —tartamudeó Winky, mirando al señor Crouch con los ojos bañados en lágrimas—. A... a... amo, se lo ruego...

El señor Crouch bajó la mirada, con el rostro tan tenso que todas sus arrugas se le marcaban profundamente. No había ni un asomo de piedad en su mirada.

Winky se ha portado esta noche de una manera que yo nunca hubiera creído posible —dijo despacio—. Le mandé que permaneciera en la tienda. Le mandé permanecer allí mientras yo solucionaba el problema. Y me ha desobedecido. Esto merece la prenda.

¡No! —gritó Winky, postrándose a los pies del señor Crouch—. ¡No, amo! ¡La prenda no, la prenda no!

Los más jóvenes, especialmente Alisu, exclamaban su malestar por lo que se leía, a excepción de Rose, quien seguía reflexionando.

Harry sabía que la única manera de liberar a un elfo doméstico era que su amo le regalara una prenda de su propiedad. Daba pena ver la manera en que Winky se aferraba a su paño de cocina sollozando a los pies de su amo.

¡Pero estaba aterrorizada! —saltó Hermione indignada, mirando al señor Crouch—. ¡Su elfina siente terror a las alturas, y los magos enmascarados estaban haciendo levitar a la gente! ¡Usted no le puede reprochar que huyera!

—¡Así es, mamá! —exclamó Hugo—, ¡machácalo!

—Hugo —gruñó Ron, aunque con una sonrisa que no pasó descuidada para su esposa.

El señor Crouch dio un paso atrás para librarse del contacto de su elfina, a la que miraba como si fuera algo sucio y podrido que le podía echar a perder los lustrosos zapatos.

Una elfina que me desobedece no me sirve para nada —declaró con frialdad, mirando a Hermione—. No me sirve para nada un sirviente que olvida lo que le debe a su amo y a la reputación de su amo.

Winky lloraba con tanta energía que sus sollozos resonaban en el claro del bosque.

—Una pregunta —dijo Rose, provocando que varios la miraran intrigados—, porque no lo entiendo…

—Eso sí que es raro —saltó Al, sorprendido—, que Rose no entienda algo.

—Ja, ja, ja, ja, Alburrido —respondió sarcásticamente Rose, para luego preguntar—: Si en una casa donde hay un elfo doméstico hay dos amos, como decir papá y yo, y le damos órdenes que son contrarias, ¿a quién responde el elfo?

—Se supone que debe responder al amo de mayor jerarquía —respondió Dumbledore, interesado por la pregunta de la chica—, es decir en su ejemplo al señor Weasley antes que a usted, señorita Weasley.

—Gracias, profesor —Rose hizo una inclinación de cabeza, la cual respondió Dumbledore con una sonrisa.

—¿Qué estás pensando, mi niña? —le preguntó Hermione, interesada.

—Que apostaría que la elfina estaba allí no para asistir al señor Crouch, sino para ayudar a alguien más, quizás un hijo. Es lo que pienso.

Los Longbottom mayores y Neville se estremecieron al entender lo que Rose había deducido, mientras que Harry, Hermione y Ron cruzaban nuevas miradas de sorpresa. JS, incentivado por la palabra "apuesta", le extendió la mano a su prima:

—La tomo. Yo creo que simplemente estaba cuidando su pellejo.

Pero más nadie siguió el juego de las apuestas, por lo que Charlie retomó la lectura.

Se hizo un silencio muy desagradable al que puso fin el señor Weasley diciendo con suavidad:

Bien, creo que me llevaré a los míos a la tienda, si no hay nada que objetar. Amos, esa varita ya no nos puede decir nada más. Si eres tan amable de devolvérsela a Harry...

El señor Diggory se la devolvió a Harry, y éste se la guardó en el bolsillo.

Vamos, vosotros tres —les dijo en voz baja el señor Weasley. Pero Hermione no quería moverse. No apartaba la vista de la elfina, que seguía sollozando—. ¡Hermione! —la apremió el señor Weasley. Ella se volvió y siguió a Harry y a Ron, que dejaban el claro para internarse entre los árboles.

—Sí, quería seguir diciéndole lo que pensaba al señor Crouch —indicó Hermione.

—No lo dudo —le susurró Freddie a JS, lo que les hizo reírse en voz baja.

¿Qué le va a pasar a Winky? —preguntó Hermione, en cuanto salieron del claro.

No lo sé —respondió el padre de Ron.

¡Qué manera de tratarla! —dijo Hermione furiosa—. El señor Diggory, sin dejar de llamarla «elfina»... ¡y el señor Crouch! ¡Sabe que no lo hizo y aun así la va a despedir! Le da igual que estuviera aterrorizada, o alterada... ¡Es como si no fuera humana!

Es que no lo es —repuso Ron.

—Mala jugada, Ron —le comentó Sirius, sonriendo.

—Por supuesto que me dí cuenta al instante que lo dije.

—Sí, aquí está —comentó Charlie, y siguió leyendo.

Hermione se le enfrentó.

Eso no quiere decir que no tenga sentimientos, Ron. Da asco la manera...

Estoy de acuerdo contigo, Hermione —se apresuró a decir el señor Weasley, haciéndole señas de que siguiera adelante—, pero no es el momento de discutir los derechos de los elfos. Me gustaría que estuviéramos de vuelta en la tienda lo antes posible. ¿Qué ocurrió con los otros?

Los perdimos en la oscuridad —explicó Ron—. Papá, ¿por qué le preocupaba tanto a todo el mundo aquella cosa en forma de calavera?

Os lo explicaré en la tienda —contestó el señor Weasley con cierto nerviosismo.

—No lo dudo —comentó la profesora Sprout. Molly asintió en silencio.

Pero cuando llegaron al final del bosque no los dejaron pasar: una multitud de magos y brujas atemorizados se había congregado allí, y al ver aproximarse al señor Weasley muchos de ellos se adelantaron.

¿Qué ha sucedido?

¿Quién la ha invocado, Arthur?

¡No será... él!

Por supuesto que no es él —contestó el señor Weasley sin demostrar mucha paciencia—. No sabemos quién ha sido, porque se desaparecieron. Ahora, por favor, perdonadme. Quiero ir a dormir.

—No me extrañaría —comentó Dom—, eso ¿ya era a qué hora?

—Creo que la una o una y media de la madrugada —indicó Bill, a lo que su hija lanzó un silbido de sorpresa.

Atravesó la multitud seguido de Harry, Ron y Hermione, y regresó al cámping. Ya estaba todo en calma: no había ni rastro de los magos enmascarados, aunque algunas de las tiendas destruidas seguían humeando.

Charlie asomaba la cabeza fuera de la tienda de los chicos.

¿Qué pasa, papá? —le dijo en la oscuridad—. Fred, George y Ginny volvieron bien, pero los otros...

Aquí los traigo —respondió el señor Weasley, agachándose para entrar en la tienda. Harry, Ron y Hermione entraron detrás.

—Ya teníamos como media hora en la tienda —aclaró Charlie—, nosotros regresamos cuando papá nos dijo que iba a ver que pasaba en el bosque, y enseguida, cosa de uno o dos minutos, entraron Fred, George y Ginny —y con una sonrisa maliciosa—, pálidos hasta más no poder.

Ginny le lanzó un cojín, el cual atrapó Charlie con gracia para lanzárselo a los gemelos, quienes, al mismo tiempo, lo golpearon para que fuera al asiento de Bill, quien se había reído por el comentario. Este, menos dado para el quidditch, no pudo evitar que le golpeara en el pecho, sorprendiéndolo. Luego de algunas risas, siguió la lectura.

Bill estaba sentado a la pequeña mesa de la cocina, aplicándose una sábana al brazo, que sangraba profusamente. Charlie tenía un desgarrón muy grande en la camisa, y Percy hacía ostentación de su nariz ensangrentada.

Fred, George y Ginny parecían incólumes pero asustados.

—Lo dicho —se interrumpió Charlie, volviendo a sonreir. Percy, sin embargo, se había enrojecido.

¿Los habéis atrapado, papá? —preguntó Bill de inmediato—. ¿Quién invocó la Marca?

No, no los hemos atrapado —repuso el señor Weasley—. Hemos encontrado a la elfina del señor Crouch con la varita de Harry, pero no hemos conseguido averiguar quién hizo realmente aparecer la Marca.

¿Qué? —preguntaron a un tiempo Bill, Charlie y Percy.

¿La varita de Harry? —dijo Fred.

¿La elfina del señor Crouch? —inquirió Percy, atónito.

Con ayuda de Harry, Ron y Hermione, el señor Weasley les explicó todo lo sucedido en el bosque. Al finalizar el relato, Percy se mostraba indignado.

—Creo que esta lectura nos aclaró mucho —indicó Bill, a lo que Charlie y en menor medida Percy asintieron.

¡Bueno, el señor Crouch tiene toda la razón en querer deshacerse de semejante elfina! —dijo—. Escapar cuando él le mandó expresamente que se quedara... Avergonzarlo ante todo el Ministerio... ¿En qué situación habría quedado él si la hubieran llevado ante el Departamento de Regulación y Control...?

Ella no hizo nada... —lo interrumpió Hermione con brusquedad—. ¡Sólo estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado!

Percy se quedó desconcertado. Hermione siempre se había llevado muy bien con él... Mejor, de hecho, que cualquiera de los demás.

—De verdad me sorprendió esa reacción tuya, Hermione.

—Sí, no lo dudo —aceptó la aludida—, pero es que también me lo venía rumiando por el camino.

¡Hermione, un mago que ocupa una posición cómo la del señor Crouch no puede permitirse tener una elfina doméstica que hace tonterías con una varita mágica! —declaró Percy pomposamente, recuperando el aplomo.

¡No hizo tonterías con la varita! —gritó Hermione—. ¡Sólo la recogió del suelo!

Bueno, ¿puede explicar alguien qué era esa cosa en forma de calavera? —pidió Ron, impaciente—. No le ha hecho daño a nadie... ¿Por qué le dais tanta importancia?

Ya te lo dije, Ron, es el símbolo de Quien-tú-sabes —explicó Hermione, antes de que pudiera contestar ningún otro—. He leído sobre el tema en Auge y caída de las Artes Oscuras.

—Un buen libro —comentó Rose—, yo lo pude leer, pero no he podido conseguir una versión actualizada… Me pregunto por qué. Aunque creo que lo hablamos cuando llegamos a esta sala, que lo preguntó el Alburrido al tío Harry: "lo que siempre te preguntamos a ti, a mamá, al tío Ron, a la tía Hermione, hasta a la abuela Molly y nunca nos quisiste contar" y después tú, tío Harry, le respondiste: "No se lo contamos porque no quisiera, o porque no los quisiera, sino para protegerlos. Sí, Jamie, queríamos protegerlos de una fama excesiva; que sean mis hijos es para mí y para Ginny más valioso que incentivarlos a verse como "los hijos del salvador de la Magia" o algo así; y eso es igual para todos ustedes".

—Y que la edición que ustedes estudian en séptimo año es la que incluye parte de los hechos en los cuales está involucrado el padrino Harry y los demás —comentó Teddy, haciendo asentir a los más jóvenes.

Y no se la había vuelto a ver desde hacia trece años —añadió en voz baja el señor Weasley—. Es natural que la gente se aterrorizara... Ha sido casi cómo volver a ver a Quien-tú-sabes.

Sigo sin entenderlo —dijo Ron, frunciendo el entrecejo—. Quiero decir que no deja de ser simplemente una señal en el cielo...

Ron, Quien-tú-sabes y sus seguidores mostraban la Marca Tenebrosa en el cielo cada vez que cometían un asesinato —repuso el señor Weasley—. El terror que inspiraba... No puedes ni imaginártelo: eres demasiado joven. Imagínate que vuelves a casa y ves la Marca Tenebrosa flotando justo encima, y comprendes lo que estás a punto de encontrar dentro... —El señor Weasley se estremeció (como varios en la Sala)—. Era lo que más temía todo el mundo... lo peor...

—Realmente terrible —dijo muy seriamente Susan, al recordar a su tía Amelia.

Se hizo el silencio. Luego Bill, quitándose la sábana del brazo para comprobar el estado de su herida, dijo:

Bueno, quienquiera que la hiciera aparecer esta noche, a nosotros nos fastidió, porque los mortífagos echaron a correr en cuanto la vieron. Todos se desaparecieron antes de que nosotros hubiéramos llegado lo bastante cerca para desenmascarar a ninguno de ellos. Afortunadamente, pudimos coger a la familia Roberts antes de que dieran contra el suelo. En estos momentos les están modificando la memoria.

Varios soltaron el aire, puesto que hasta ese instante no se había vuelto a mencionar a los Roberts.

¿Mortífagos? —repitió Harry—. ¿Qué son los mortífagos?

Draco estuvo a punto de poner los ojos en blanco, pero Harry le hizo una seña, y después dijo:

—Apenas tenía catorce años y sabía poco de eso.

Es como se llaman a sí mismos los partidarios de Quien-tú-sabes —explicó Bill—. Creo que esta noche hemos visto lo que queda de ellos; quiero decir, los que se libraron de Azkaban.

Pero no tenemos pruebas de eso, Bill —observó el señor Weasley—, aunque es probable que tengas razón —agregó, desesperanzado.

Apuesto a que sí —dijo Ron de pronto (—La tomo —saltó Freddie, provocando risas y un manotazo de Angelina a su hijo)—. ¡Papá, encontramos a Draco Malfoy en el bosque, y prácticamente admitió que su padre era uno de aquellos chalados de las máscaras! ¡Y todos sabemos lo bien que se llevaban los Malfoy con Quien-tú-sabes!

Pero ¿qué pretendían los partidarios de Voldemort...? —empezó a decir Harry. Todos se estremecieron (en la Sala, James, Sirius, Frank y Alice suspiraron y negaron en silencio). Como la mayoría de los magos, los Weasley evitaban siempre pronunciar el nombre de Voldemort—. Lo siento —añadió apresuradamente Harry—. ¿Qué pretendían los partidarios de Quien-vosotros-sabéis, haciendo levitar a los muggles? Quiero decir, ¿para qué lo hicieron?

¿Para qué? —dijo el señor Weasley, con una risa forzada—. Harry, ésa es su idea de la diversión. La mitad de los asesinatos de muggles que tuvieron lugar bajo el poder de Quien-tú-sabes se cometieron nada más que por diversión. Me imagino que anoche bebieron bastante y no pudieron aguantar las ganas de recordarnos que todavía están ahí y son unos cuantos. Una encantadora reunión para ellos —terminó, haciendo un gesto de asco.

—Como dicen en una serie de tv muggle que me gustaba ver cuando niña —comentó Daisy—, "no tengo pruebas, pero tampoco dudas".

—Y era así, Daisy —comentó Lily, con voz seria.

Pero, si eran mortífagos, ¿por qué se desaparecieron al ver la Marca Tenebrosa? —preguntó Ron—. Tendrían que haber estado encantados de verla, ¿no?

Piensa un poco, Ron —dijo Bill—. Si de verdad eran mortífagos, hicieron lo indecible para no entrar en Azkaban cuando cayó Quien-tú-sabes, y dijeron todo tipo de mentiras sobre que él los había obligado a matar y a torturar a la gente. Estoy seguro de que ellos tendrían aún más miedo que nosotros si volviera. Cuando perdió sus poderes, negaron haber tenido relación con él y se apresuraron a regresar a su vida cotidiana. Imagino que no les guarda mucho aprecio, ¿no crees?

Entonces... los que hicieron aparecer la Marca Tenebrosa... —dijo Hermione pensativamente— ¿lo hicieron para mostrar su apoyo a los mortífagos o para espantarlos?

—Buena pregunta, Hermione —comentó Seamus, afectado por la narración. Había recordado que una de las tiendas afectadas había sido la de los Finnigan, aunque, gracias a la rápida acción de su madre, se habían refugiado a tiempo en el bosque.

Puede ser cualquier cosa, Hermione —admitió el señor Weasley—. Pero te diré algo: sólo los mortífagos sabían formar la Marca. Me sorprendería mucho que la persona que lo hizo no hubiera sido en otro tiempo un mortífago, aunque no lo sea ahora... Escuchad: es muy tarde, y si vuestra madre se entera de lo sucedido se preocupará muchísimo. Lo que vamos a hacer es dormir unas cuantas horas y luego intentaremos irnos de aquí en uno de los primeros trasladores.

—Buena idea, Arthur —comentó Molly, acariciando el brazo de su esposo.

A Harry le zumbaba la cabeza cuando regresó a la litera. Tenía motivos para estar reventado de cansancio, porque eran casi las tres de la madrugada; sin embargo, se sentía completamente despejado... y preocupado. Hacía tres días (parecía mucho más, pero realmente eran sólo tres días) que había despertado con la cicatriz ardiéndole. Y aquella noche, por primera vez en trece años, había aparecido en el cielo la Marca de lord Voldemort.

¿Qué significaba todo aquello?

Pensó en la carta que le había escrito a Sirius antes de dejar Privet Drive. ¿La habría recibido ya? ¿Cuándo contestaría? Harry estaba acostado de cara a la lona, pero ya no tenía fantasías de escobas voladoras que lo fueran introduciendo en el sueño paulatinamente, y pasó mucho tiempo desde que comenzaron los ronquidos de Charlie hasta que, finalmente, él también cayó dormido.

—Bonita manera de terminar el capítulo —reclamó Charlie, mientras dejaba el pergamino en el atril—, hablando de mis ronquidos.

—Papá —Nadia, con su acento balcánico, aseguró—, tú roncas, y duro. No sé como mamá no ha hecho algo para ayudarte a corregir eso.

Los demás Weasley sonrieron ante el sonrojo del fornido pelirrojo, mientras el atril se movía hasta ubicarse delante de Frank, quien miró el título, negó silenciosamente, pero después aclaró su garganta.


Nota al pie:

(1) Algo que sirve como una de las premisas fundamentales en las que se basa la "Magia Hispanii": En España no hay cultura de internados o institutos de este tipo, entonces, ¿cómo enfocar la educación mágica? Como unas "clases complementarias", así como de danza, música o deportes, así también de magia, la cual se completa en los "Campamentos mágicos" de julio en Picos de Europa. Y así ocurre en Chile, Argentina, Colombia, Venezuela, México, Australia… Cada región con su particularidad histórica, geográfica y cultural. Mucho más detalle, en el Foro de las Expansiones.

Buenos mediodías desde San Diego, Venezuela! Felices Fiestas! Espero que hayan disfrutado de este fin de semana de Navidad, y como mi regalo (atrasado, pero en el día tradicional, domingo), les traigo el nuevo capítulo de esta "aventura astral de tres generaciones y ocho libros", en el cual se aclaran muchos elementos de la idiosincrasia potterica y de lo que las nuevas generaciones van entendiendo de lo que vivieron sus padres. Gracias a quienes me han acompañado desde que inició esta aventura, que poco a poco se han unido a este relato, a esta "lectura distinta"; especialmente quiero agradecer esta semana a Eugre por su comentario (Sí, creo que hasta ahora es la segunda o tercera vez que la Sala colabora en la narración, me alegra que te haya gustado). Esta es la última publicación del año, por lo que les deseo a todos y todas un cúmulo de buenas energías para el año 2021, que les traiga todo lo que deseen, se lleve lo que no les haga progresar y nos permita acercarnos a una "normalidad controlada", llena de magia, Fuerza, alegría y muchas bendiciones! Salud y saludos!