Capítulo 8
Estaba muy feliz. Hacía tiempo que no recordaba haberse sentido tan feliz y plenamente satisfecho consigo mismo. Desde antes de que su madre tuviera que prostituirse seguramente. Desde entonces, su vida había entrado en una espiral de sucesos lamentables que ya no tenían remedio. Ese día se había liberado al fin de toda esa presión sobre sus hombros y allí tenía a su lado la respuesta a sus plegarias.
Kagome era perfecta. Era el ángel salvador que llevaba esperando tanto tiempo. Nunca imaginó que le calaría tan hondo. Ella era capaz de disipar todas sus dudas, de liberarlo de los horrores de su vida, y de convertirlo en un hombre mejor. ¿Era ahora mejor? Él sentía que había cambiado desde que entró en la mansión Higurashi. Ya no le importaba el dinero, la fama o el poder. Ya no necesitaba estafar a nadie. De hecho, repentinamente sentía odio hacia su profesión. La memoria de su madre merecía algo mejor.
Bien, repasando los acontecimientos del día, el desenlace había sido perfecto. Primero, Miroku y Sango organizaron todo aquel espectáculo del lago para separarlo de Kagome, y ella se fue enfadadísima. Luego, él fue a buscarla al orfanato y, aunque no terminaron de amigarse, al menos quedaron en paz. Más tarde, el idiota de Kouga Wolf le había dado una de las peores comidas de toda su vida. Ni todo aquel delicioso y carísimo marisco podía evitar que tuviera pensamientos asesinos hacia él. A continuación, le contó a Kagome su pasado, algo que guardaba muy celosamente bajo llave en los recovecos de su corazón. Ella sabía cosas que ni siquiera Miroku conocía. Finalmente, tras tanto sufrimiento, hicieron el amor. Sí, el desenlace perfecto.
Lo único que lamentaba era haber llorado frente a ella. ¿Qué pensaría de un hombre que se ponía a llorar como una nena? No lloraba nunca, ni siquiera cuando era un niño. La verdad era que nunca fue demasiado sensible. Sufrió muchísimo, pero llevaba la profesión por dentro. Había aprendido a no llorar para que su madre no se sintiera peor, para proteger sus tiernos sentimientos. Frente a Kagome se había desplomado. Era lo único que le avergonzaba un poco. Sin embargo, Kagome no era como otras mujeres que habrían reaccionado con apatía ante un hombre en ese estado de debilidad. Debilidad… Una pregunta cruzó por su mente inevitablemente. ¿Y si lo hizo por pena? ¿Y si se acostó con él porque sentía lástima por él después de haber escuchado su relato? Se dijo a sí mismo que no podía ser. Por esa misma razón, se acostaría con todos los indigentes que se presentaban en el comedor social. No, Kagome no se acostaría con un hombre por pena. No era de esa clase, y tampoco era tonta. Decía que él le gustaba, así que la creería. ¿Por qué no iba a gustarle a una mujer como ella? Era estúpido pensar que Kagome no pudiera, tal vez, enamorarse de él. La tenía al alcance de su mano en ese instante. ¿Iba a ser tan idiota como para dejarla escapar?
Cogió la salida de la izquierda en la rotonda, la cual los conducía directamente hacia las verjas de la mansión Higurashi. Nunca había conducido un coche como aquel. No era de los mejores que tenía Kagome en su garaje, pero era increíble. Se deslizaba como la seda por la carretera. Cambió la marcha para poner una más corta según se iba acercando a la verja y levantó el pie del acelerador lentamente. Estuviera del humor del que estuviera, siempre conducía muy cuidadosamente. Sabía bien lo fácil que era tener un accidente de coche si se estaba alterado. Ojalá Kagome pudiera comprenderlo. Tendría que hablar de ese asunto con ella más tarde.
Tocó el timbre y notó como la cámara los enfocaba. A continuación, las verjas se abrieron. ¿Comentarían algo los criados? Se fueron por separado y estaban volviendo juntos. Además, él conducía el coche de Kagome mientras que ella viajaba en el asiento de copiloto. ¡Pues que comentaran! No pensaba separarse de Kagome tan fácilmente. Miroku ya podía darse por enterado también. ¿Qué importaba la clase social? Él se esforzaría. Sabía que podía entrar en la universidad y sacarse una carrera e incluso el doctorado. El único problema era que tardaría un mínimo de siete años, y que necesitaba dinero. ¡Pues pediría un crédito estudiantil y trabajaría mientras tanto! No podía consentir que Kagome lo mantuviera.
Cogió el camino de grava, giró alrededor de la glorieta y se dirigió hacia la rampa lateral de la mansión que daba al garaje. Se fijó por primera vez en que la mansión parecía construida para tener por lo menos un par de torreones. No estaba seguro, pero tenía toda la pinta de que una vez los hubo.
― Kagome, ¿habéis tenido torreones?
Ella reaccionó como si acabara de despertarse y le señaló con la cabeza el lateral de la mansión. Seguro que estaba agotada tras el largo día.
― Sí, había cuatro torreones. ― comentó ― Yo no los conocí. Souta Higurashi, tras la masacre, los mandó retirar.
― ¿Souta Higurashi? ― no le sonaba.
― Era el hermano de Kikio Higurashi, mi antepasado. Quiso retirar cualquier cosa que le recordara a lo sucedido en la mansión. Como se suicidaron en uno de los torreones, pidió que los retiraran.
Retiró todo menos aquel cuadro que permanecía en el vestíbulo. ¿Por qué? Cogió la rampa del garaje y la fue rodeando hasta entrar en él mientras pensaba en ello. Kagome le señaló un sitio vacío, donde aparcó. Al salir, quedó fascinado una vez más por la colección de coches de Kagome. Había coches de lujo de todas las épocas. Tenía toda la pinta de que su familia llevaba coleccionándolos desde que se inventó el primer automóvil.
― ¿Te gustan? ― le preguntó Kagome a su espalda.
― Tienes una buena colección.
― Bueno, ha sido el trabajo de cuatro generaciones enteras. ― confesó confirmando sus sospechas ― Es terrible tener todos estos coches y no utilizarlos con lo caros que son... ― admitió ― Pero mi padre era un apasionado del automovilismo y me lo transmitió. Creo que este es mi mayor defecto. Colecciono coches cuyo valor podría dar de comer a todo un poblado africano durante un año…
Podía permitírselo, no tenía por qué avergonzarse. No tenía por qué disculparse siempre por haber nacido con más que el resto. Hacía cuanto podía por ayudar a aquellos que no fueron tan afortunados. No tenía que sentirse culpable por tener una afición, aunque fuera tan cara. No afectaba en nada a sus obras sociales y, calculando su edad, suponía que ella, como mucho, solo había añadido dos coches nuevos a la colección desde que falleció su padre. No era para tanto.
― No debes sentirte mal. ― se acercó al Lanvorghini y echó un vistazo como en la otra ocasión ― Tú no eres la culpable de que pasen hambre. ¿O tu familia ha sido colonizadora?
― No que yo recuerde… ― musitó ― Sí que hemos sido gobernadores. Por eso nos envió aquí el rey, para controlar la colonia. Eso terminó con la Declaración de Independencia.
Eso ya lo sabía. Cuando investigaron a su familia, encontraron a sus antepasados gobernadores. No sabían qué clase de gobernadores fueron. Lo que sí sabía con absoluta certeza era que Kagome no podía ser juzgada en su nombre.
― ¡Qué tarde es! ― Kagome consultó su reloj ― Le prometí a mi abuela que le ayudaría con unos documentos legales. ― se lamentó ― Seguro que ya ha llegado el notario.
Él no pintaba nada allí. Cuando Kagome pretendió marcharse sin una despedida en condiciones, tomó su muñeca y tiró de ella hacia atrás. Kagome se volvió sorprendida por su agarre; él aprovechó su sorpresa para inclinarse y besarla. La sorpresa inicial fue sustituida por un gemido, y en seguida le correspondió. Se abrazaron y se besaron como si aquella despedida fuera más larga que un par de horas. Como si ya no volvieran a verse. Era increíble sentirse así hacia otra persona.
Salió del garaje a toda prisa. Su abuela debía llevar un buen rato esperándola y ya habían discutido más que suficiente desde que Inuyasha llegó a la mansión. Sonrió pensando en Inuyasha. ¡Cuánto lo amaba! Era él, estaba completamente segura. Inuyasha era el hombre que llevaba tanto tiempo buscando, el hombre de su vida. Nunca imaginó que volvería a fantasear con la idea del príncipe azul, no hasta que él apareció. Solo le faltaba el caballo para ser perfecto. Tan gentil y majestuoso…
Se detuvo en el vestíbulo para mirarse en el espejo. Tenía el cabello fatal, con los rizos en todas las direcciones. Después de cómo habían hecho el amor, no podía tener mejor aspecto. Cualquiera podría notar lo que estuvo haciendo esa tarde, y eso era algo que tenía que ocultar por todos los medios. No le importaría presentar a Inuyasha como su pareja, pero todavía no era el momento. Aún tenían muchas cosas que aclarar entre ellos y conocerse más. Un "me gustas" era suficiente, pero solo por el momento. Ella quería un juramento de amor eterno, como en las películas. No aceptaría menos que eso en un futuro no muy lejano. Bueno, no tenía que agobiarse en ese momento por fantasías como aquella. Simplemente, lo mantendrían en secreto por un tiempo mientras se conocían.
Se cepilló el cabello con el peine que siempre llevaba en su bolso y se lo azuzó. Inuyasha lo había enroscado alrededor de su mano y había tirado de él para besarla con tanta fuerza que aún notaba la mandíbula entumecida. Habría de sentirse ofendida por semejante muestra de salvajismos. O se sentiría ofendida si no fuera porque ella le clavó las uñas en la espalda hasta hacerle sangrar. Nunca había perdido el control de esa forma con un hombre. De hecho, frente a ese encuentro sexual, encontraba los otros insulsos.
― ¡Abuela!
Abrió las puertas de la biblioteca de par en par. La encontró sentada en su silla frente al sofá, tomando el té. Allí estaba el notario haciendo algunos apuntes en los documentos.
― Siento llegar tarde abuela. Me entretuve…
No podía mentirle, así que mejor dejar la verdad a medidas. Su abuela le sonrió en respuesta, sin mostrar ningún tipo de enfado por su retraso, y le señaló el sofá. Dejó el bolso sobre la librería de las enciclopedias y tomó asiento junto al notario.
― ¿Puedo echar un vistazo?
El notario le ofreció el documento que estaba manipulando y lo leyó. Parecía todo correcto, aunque ella, en ese momento, no pensaba con demasiada claridad. Todavía estaba muy afectada por lo sucedido con Inuyasha. ¿Se le notaría en la cara? Si una cosa le había quedado clara al mirarse al espejo, era que tenía la piel resplandeciente. ¿Estaría sonriendo también como una tonta?
Se dedicaron a organizar bien los fondos obtenidos de la gala del fin de semana anterior. Tenían que tener todos los cabos bien atados para evitar problemas con el Gobierno Americano, con las aduanas y con el Gobierno Africano. Cuanto menos dinero les restaran por impuestos, mejor. Para ello, tenían que organizarlo de tal forma que no pudieran subirles el porcentaje del impuesto. ¡El sistema la dejaba totalmente alucinada! Tenían que pagar para donar su dinero a una ONG que lo administraría en otro país. El mundo debía estar al revés. Quizás por eso decidió estudiar Ciencias Políticas.
Cuando discutieron cómo se iban a repartir los fondos una vez dentro del país de destino, recordó a Inuyasha. Él dijo que nunca había comida para su madre en el comedor social. Imaginarlo de niño sacando a hurtadillas comida para su madre la enterneció. No quería que eso sucediera con otros niños. Quería que hubiera comida para todos. Fue por eso que subió la suma de dinero que había donado inicialmente hasta casi doblarla. La siembra que estaban preparando para los poblados tardaría en darles fruto para abastecerse. En ese tiempo, algunos pasarían hambre e incluso morirían. No iba a permitirlo.
Acababan de finiquitar ese asunto cuando se empezó a escuchar un martillazo fuerte y claro. Otra vez. ¡Estaba harta! ¿Por qué la torturaba de esa forma? ¿Acaso quería volverla loca? Ya no lo podía soportar más. Los cortes de luz, el martillazo, el goteo, el viento, la furgoneta de Inuyasha... Todo se acumulaba en su cabeza y empezaba a ver la sombra de la demencia acechándola. Le importaba bien poco lo que dijera su abuela. Ya iba siendo hora de abrir ese maldito sótano y sacar de dentro al intruso, aunque eso supusiera la partida de Inuyasha.
Después podrían seguir viéndose, ¿no? De hecho, sería más cómodo quizás que se vieran fuera del entorno de su casa. El asunto de su trabajo todavía era una barrera entre ellos que tenían que salvar. Si él dejaba de trabajar para su abuela, podrían hablar de ello más cómodamente. Le ayudaría a dejarlo y a buscar un trabajo honrado. Estaba segura de que él lo preferiría a ser un estafador de por vida, y ella le perdonaría todo lo que hizo anteriormente.
Entonces, la luz se cortó. Apenas había luz natural por la hora tardía y sería incómodo trabajar con velas, así que le pidieron al notario que regresara al día siguiente. En cuanto cerraron la puerta de la entrada, se volvió hacia el corredor del que provenía el infernal ruido de ese martillo. Su paciencia había llegado al límite. Estaba harta de soportar aquella tortura diaria y apartar la mirada, como si nada sucediera. Estaba sucediendo algo muy gordo en su casa, y su paciencia ya había tocado techo. No perdonaría más, no permanecería por más tiempo allí parada. Quien quiera que fuera, la iba a oír.
Corrió hacia el corredor como si estuviera poseída.
― ¡Kagome!
No había nada que pudiera decir o hacer su abuela para detenerla. El corredor estaba vacío una vez más y el ruido provenía del interior del sótano. Abrió el cajón de una cómoda donde se conservaba un atizador de hierro y se dirigió hacia el sótano. Primero, echaría la puerta abajo; después, le daría bien fuerte con el atizador a ese tipejo.
― ¡Basta! ― gritó ― ¡Detente de una maldita vez con ese martillo!
Corrió hacia la puerta del sótano y la golpeó con los puños.
― ¡Detente! ― le gritó ― ¡Ya verás cuando te coja, desgraciado! ¡Te voy a partir la cara!
― ¡Kagome!
Lo único que lamentaba era que su abuela la viera en ese estado.
― ¡Lamentarás haber intentado asustarme!
Agarró con fuerza el atizador y empezó a golpear la puerta del sótano con todas sus fuerzas. Fuera como fuese, conseguiría entrar y sacar de allí al intruso.
…
― ¿Dónde has estado todo el día? ― le preguntó Miroku ― Te estuve buscando.
― No es asunto tuyo.
― ¿No me digas que sigues enfadado? ― preguntó con fastidio ― Sabes que esa mujer no te conviene…
¿Y él qué sabría? Para su información, Kagome sentía algo por él, le correspondía y costara lo que costase, conseguiría que estuviera perdidamente enamorada de él. Tanto como él lo estaba de ella. Dejaría ese maldito fraude y se labraría un buen futuro, digno de la mujer a la que amaba. Ella se sentiría orgullosa de él. Podría presentarlo a sus amistades y decir que, aunque no era millonario, tenía un buen trabajo como profesor de literatura en la universidad. Estaba decidido a serlo.
Se desabotonó la camisa con esa idea en mente y la dejó sobre una silla. Después, abrió la puerta del armario y buscó otra camisa que ponerse tras la ducha que pensaba darse.
― ¡Guao! ¿Y esos arañazos?
Al escuchar a Miroku, intentó mirarse la espalda sin ningún éxito. Enfadado por la bobada que había hecho, se dirigió hacia el espejo de cuerpo entero del dormitorio y se volvió. Tenía la espalda llena de arañazos y sabía muy bien quién se los hizo. Una apasionada Kagome que le clavó las uñas mientras le hacía el amor.
― Pensé que lo de esta mañana la alejaría de ti…
― ¡Pues te equivocaste! ― regresó al armario ― Nos ha unido más.
― ¡Inuyasha, despierta! ― dijo a su espalda ― Sabes de dónde venimos y lo que somos. Nada me haría más feliz que ver que encuentras a una persona especial para compartir tu vida, como yo he encontrado a Sango. ― le aseguró― Pero creo que Kagome no es esa mujer…
― ¿Tú qué sabrás? ― le contestó enfadado.
― Sé que, por más que nos esforcemos, ni tú, ni yo podemos vivir en este mundo. No encajamos y, cuanto más alargues esto, más sufrirás.
No compartía su opinión. Kagome no era como otras personas de clase alta. Creía que una relación entre ellos podía florecer. Era cierto que había otros que intentarían inmiscuirse, que querrían hacerles daño, que se reirían de él, y que publicarían cosas horribles. Seguro que así sería. Aun así, él quería intentarlo. La única forma de perder era no intentarlo.
― Lo intentaré igualmente.
Y, con esas palabras, terminó de escoger su ropa y se dirigió hacia el cuarto de baño. Cerró la puerta sin querer continuar hablando con Miroku, abrió el grifo del agua caliente y se metió bajo el agua desnudo. ¡Qué bien le sentó esa ducha para despejarse! La visita de Miroku había fastidiado por completo su estado zen de relajación tras haber hecho el amor con Kagome. ¡No, no permitiría que lo estropeara! Kagome y él habían dado un paso muy importante en su relación. Se pondría bien guapo al salir de la ducha y le propondría a Kagome algún plan para hacer juntos.
¿Qué podría proponerle que le gustara? Estaba dispuesto a acompañarla al orfanato, se divertía allí. El comedor social era otro asunto… Aún no se sentía preparado para entrar en uno. También tenían que hacer otras actividades de puro ocio. ¿Ir a la playa? ¿Al cine? ¿Cenar en algún restaurante? ¿Hacer un picnic? ¿Montar a caballo? Sí, podían hacer todo eso. Había oído que pronto serían las fiestas del municipio. Podían ir a las atracciones, a la verbena y a los stands que pondrían. Sí, podían hacer muchas cosas juntos.
Salió de la ducha con ánimos renovados. Se puso la ropa interior y los pantalones y se secó superficialmente el cabello mojado con el secador. Lo removió para darle un aire desenfadado y se puso la camisa sin abotonar mientras salía del cuarto de baño. Miroku lo esperaba allí. Pensó que se habría marchado tras su discusión. ¡Diablos! No tenía ganas de continuar discutiendo sobre ese tema. Para él, ya estaba zanjado.
― He estado pensando. ― comenzó Miroku ― Creo que estás muy colado por Kagome.
En eso estaban de acuerdo. La luz, al parecer, no tanto, porque se fue en ese instante. Levantaron la cabeza al mismo tiempo para mirar la lámpara y fruncieron el ceño. Tendrían que echarle un vistazo a los contadores otra vez.
― Nada de lo que yo pueda decir te hará cambiar de parecer respecto a ella. ― continuó, ignorando el apagón.
Nada en absoluto.
― No volveré a inmiscuirme. ― prometió ― Pero no me obligues a decirte algún día que te lo advertí. Preferiría haberme equivocado…
Le parecía un trato justo. Lo último que quería en el mundo era que él y Miroku terminaran sin hablarse por culpa de una tontería como aquella. Eran muchos años de amistad. Habían compartido demasiadas cosas. Dos buenos amigos no podían terminar de esa forma. Por eso se sintió muy aliviado al darse la mano con él en señal de acuerdo amistoso. Bien, si Miroku y Sango ya no iban a hacer de las suyas, lo único que le quedaba por solucionar era el asunto de su trabajo. ¿Cómo iba a hablarlo con Kagome?
La primera vez que se vieron juró y perjuró que era verdad, que los fantasmas existían y que ellos habían exterminado a varios. ¡Toda mentira! Quería que su relación fuera sincera y estuviera basada en la verdad. Para ello, tenía que aclarar unas cuantas cosas con ella. El problema era que se sentía avergonzado de confesarle que tenía razón al llamarlos estafadores. No quería que Kagome tuviera esa consideración de él, no quería darle la razón, aunque fuera cierto. Iba a ser muy difícil sacar ese tema, y prefería hablarlo lejos de la mansión. La invitaría a cenar en algún sitio medianamente lejos de allí y se lo explicaría todo. Kagome era muy comprensiva, mucho más de lo que trató de aparentar cuando se conocieron. Seguro que lo entendería.
Con esa determinación en mente, cogió la cartera del escritorio y la guardó en el bolsillo trasero del pantalón. Mientras se preparaba para cenar, Miroku y él mantuvieron una charla trivial. También tenían pendiente el asunto del acosador. Ahora más que nunca le importaba que hubiera un intruso deseoso de abusar sexualmente de ella en la casa. Entraría en el sótano y lo sacaría a golpes de la propiedad de los Higurashi si era necesario. Además, no pensaba cobrarles un solo centavo. Lo sentía por Miroku y por Sango, pero no podía cobrarle nada a Kaede, ni a Kagome. Habían vivido durante cerca de un mes de gorra allí, ¿qué más podían pedir?
Agarró las solapas de su camisa para abotonársela cuando escuchó el sonido de unos golpes. ¿Otra vez el dichoso martillo? A Kagome le tenían que estar chirriando los dientes de tanto apretarlos al escucharlo. El notario debía estar consternado. Una casa de millonarios donde se iba la luz y se oían esos horribles martillazos. ¡Era de locos! Lo raro era que nunca se escuchaba desde tan lejos…
― ¡Inuyasha!
Sango gritó su nombre cuando abrió la puerta de su dormitorio. Le faltaba el aire por la carrera y parecía horrorizada. Algo había sucedido.
― ¿Qué ha pasado? ― se apresuró a preguntar soltando su camisa ― ¿Es por los martillazos?
― ¡No es eso lo que se oye tanto! ― exclamó con la voz más aguda que de costumbre ― ¡Es Kagome! ― exclamó ― Está golpeando la puerta del sótano con un atizador y no atiende a razones. ¡Ha perdido la cabeza!
Kagome había explotado. Debió imaginar que un día, tarde o temprano, eso sucedería. Pues estaba de suerte porque él también estaba bastante harto de que un psicópata persiguiera a la mujer a la que amaba. Le hizo una señal a Miroku para que lo siguiera y echó a correr escaleras abajo. De camino, en el vestíbulo, se encontró con una criada que iba a poner la mesa. Le quitó un cuchillo y Miroku a su espalda otro. La joven los miró horrorizada y los siguió con la mirada.
Kaede estaba con su silla de ruedas en el corredor, justo en el umbral de la entrada, gritando a su nieta para que se detuviera. Parecía realmente agotada de gritar y tenía mal aspecto. Entonces, empezó a oír los gritos de Kagome y sus amenazas. ¿Quién hubiera dicho que una mujer bien educada como ella pudiera tener una imaginación tan macabra? No consentiría que la joven heredera se manchara las manos haciendo nada de eso. Él se ocuparía del trabajo sucio. ¡Maldito bastardo! Ya habían tenido todos más que suficiente de ese tipejo. Se guardó el cuchillo en la cinturilla del pantalón, sujeto por el cinturón, y corrió hacia Kagome dispuesto a quitarle el atizador y tirar él mismo la puerta abajo.
Tuvo que correr como el diablo para cogerla a tiempo. Tras uno de sus golpes, cuando alzaba de nuevo el atizador para darle de nuevo, la puerta se abrió. Con la fuerza que llevaba su golpe, no podría evitar caerse de cabeza dentro del sótano. Agarró su camiseta de punto desde atrás y tiró de ella con fuerza para atraerla hacia su cuerpo. Entonces, la rodeó con un brazo bajo su pecho y la sostuvo. La puerta del sótano estaba abierta.
No había nadie, no visible al menos. Solo se veía oscuridad más allá de la puerta y no le dio la sensación de que hubiera alguien dentro. Lo que sí estaba claro era que la puerta se había abierto para Kagome. ¡Desgraciado! Si creía que iba a permitir que le pusiera las manos encima a Kagome, lo llevaba claro. Aspiró hondo, y, al soltar el aire, se dio cuenta de que salía vapor de entre sus labios. ¿Por qué hacía tanto frío? Kagome también echaba vapor por la boca y lo miró sin comprender. En una ocasión, cuando agarró el pomo de la puerta del sótano, lo notó helado, como si estuviera congelado. En otra, se quemó la mano; de hecho, todavía la tenía vendada como consecuencia. De repente, volvía a hacer un frío invernal. ¿Cómo era posible?
― ¡Inuyasha!
Miroku los alcanzó y les mostró un par de velas. Cogió una, esperó a que Miroku encendiera la suya con un mechero, y acercó la otra para encenderla también. Iban a bajar al sótano y a terminar con aquello de una buena vez. Notó que Kagome hacía amago de seguirles. Entonces, se arrodilló, rodeó sus rodillas con un brazo y se alzó con ella cargada sobre su hombro. Kagome se quejó, gritó y maldijo, pero nada evitó que él la llevara hasta donde se encontraba Sango. Esta, entendiendo el mensaje, agarró a Kagome para evitar que se moviera y otra criada, la mujer de Myoga, la ayudó a sostenerla para que no se escapara. Kaede le lanzó una mirada de puro alivio.
― ¡Inuyasha, maldita sea! ― gritó ― ¡Tengo que ir yo también! ¡Es mi casa!
Y era su vida la que más peligro corría. No pensaba permitir que bajara a ese sótano. Le arrebató el atizador de entre las manos y regresó a la puerta del sótano dispuesto a terminar con todo. Kagome lo insultó a su espalda, pero no pudo detenerlo. La verdad era que le sorprendió que la puerta no volviera a cerrarse. Esperaba algo por el estilo, pero eso tampoco lo hubiera detenido; la habría echado abajo de ser así.
Sosteniendo firmemente el atizador con una mano y la vela con otra, se adentró en la penumbra con Miroku siguiéndolo de cerca. Había un pequeño pasillo a modo de recibidor para evitar que al entrar se cayeran por las escaleras que bajaban. Los peldaños de madera gimieron por su peso. No necesitaba verlos para saber que debían estar pudriéndose por la falta de un buen mantenimiento. Le costaba creer que alguien hubiera podido subir y bajarlos sin terminar rompiéndolos. Estaban en muy mal estado.
Descendió siempre alerta de cualquier peligro y, al llegar a bajo, se encontró una gran estancia repleta de objetos cubiertos por sábanas. Levantaron cada sábana, inspeccionaron cada rincón sin éxito. Solo había muebles viejos, baúles con ropa, joyas o documentos antiguos y otras pertenencias. No había ni una sola señal de que un ser humano estuviera habitando ese sótano. Tampoco podía haber escapado de ellos mientras inspeccionaban el sótano porque, de usar la escalera, lo hubieran oído y no había ninguna ventana que diera al exterior, ni ningún pasadizo. En el mapa que le proporcionó Kaede vio que nada enlazaba con el sótano. Todo aquello era muy extraño.
Cuando volvieron a subir del sótano, Kagome no estaba allí. Ni siquiera se molestó en preguntar. Como no le había permitido bajar al sótano, supuso que se marchó muy enfadada con él. Esperaba que tuviera arreglo; lo hizo para protegerla. No sabía qué iban a encontrar allí abajo y solo pretendía que nadie le hiciera daño, pero, por lo visto, ella no lo entendió así. Preocupado porque hubiera cogido el coche, registró su bolso en busca de las llaves sin importarle que incluso la propia Kaede lo viera. No, no había cogido el coche. Por lo menos no el Porsche. Percatándose de lo preocupado que estaba, Kaede le dijo que había subido a su dormitorio.
Kagome no bajó a cenar, y él no fue capaz de comer nada. Solo mareó la comida en el plato. Con el beneplácito de Kaede, en vista de que el sótano no se cerraba, al día siguiente lo vaciarían para echar un vistazo a lo que había dentro. Quizás encontraran algo importante, pero lo que más le preocupaba a él era que no había nadie allí abajo. ¿Quién daba los martillazos, entonces? ¿Por qué el pomo estaba congelado o hervía? No podía explicárselo. La única explicación lógica que se le ocurría era la más ilógica en realidad. ¡Los fantasmas no existían! Se negaba a creerlo. Llevaba demasiado tiempo engañando a la gente como para ser capaz de discernir entre la realidad y la ficción. Él solo era un buen vendedor, nada más. Los fantasmas no existían.
Después de cenar, subió al dormitorio de Kagome y tocó la puerta varias veces. No le contestó nadie, así que regresó a su dormitorio. Ella no le había perdonado todavía. ¿Llegaría a perdonarle? No sabía qué hacer. Ahora que parecía que al fin le iba bien, que tenía una buena razón para ser honrado y trabajar duro, lo había fastidiado todo. Eso le pasaba por ser tan iluso de creer que ella lo querría bajo cualquier circunstancia.
No podía dejar de dar vueltas en la cama, pensando en ello. Cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta, supuso que se trataría de Miroku. Se puso los calzoncillos y abrió con cara de pocos amigos. No tenía ganas de que nadie lo molestara. Al otro lado de la puerta, estaba Kagome en camisón, quien puso cara de sorpresa al verlo así de alterado. ¡Qué metedura de pata!
― Kagome…
― Se oye el goteo en mi dormitorio.
No había cesado a pesar de todo. La vio dibujar surcos en el suelo con los pies desnudos y esperó pacientemente. Ya no parecía tan enfadada. ¿Se habría calmado y lo vería todo de otra forma?
― Siento todo lo que dije antes… ― musitó ― Estaba muy alterada. ¡No puedo más! ― se echó a sus brazos ― ¡No lo soporto más! ¡Me quiero ir de aquí!
La estrechó entre sus brazos y besó su coronilla con cariño. No iba a permitir que nada, ni nadie echara a Kagome de su propia casa.
― No lo permitiré. ― cogió su mentón entre sus manos y la obligó a mirarlo ― Nadie va a echarte de tu casa. Te prometo que lo voy a atrapar y se va a enterar.
Se inclinó para pasar un brazo por detrás de sus rodillas y otro por su espalda, y la levantó en vilo. Después, cerró la puerta de un puntapié a su espalda. Intentó aparentar que estaba calmado para no ponerla más nerviosa mientras la llevaba a la cama. Esa noche, a diferencia de tantas otras, se acostó en la cama con ella e hicieron el amor hasta la madrugada.
Continuará…
