DISCLAIMER: LOS PERSONAJES DE KUNG FU PANDA Y PAWS OF DESTINY NO ME PERTENECEN
Agradecimientos:
lectorfenix2019: gracias por tu review. ¡Gracias, de verdad! Por fin, comentarios. Estaba empezando a pensar que estaba haciendo algo mal con esta historia. Y... como es la que sienta las bases del pandaverso que quiero hacer, me sentí un poco mal por ello. Anyway, muchas gracias por comentar. Me alegra mucho que te esté gustando, y... quisiera responderte las dudas, pero sería alto spoiler, y... bueno, you know, mejor disfruta. Gracias por leer.
James: gracias por tu review. ¡Gracias, de verdad! Por fin, comentarios. Estaba empezando a pensar que estaba haciendo algo mal con esta historia. Y... como es la que sienta las bases del pandaverso que quiero hacer, me sentí un poco mal por ello. Anyway, muchas gracias por comentar. Sí, el fandom parece estarlo, aunque... bueno, es lo que hay. De todas formas gracias. Gracias por leer.
Gracias por leer.
8
Sombrío
Qiang le tendió la bandeja con dumplings a Shin, dejándola entre los dos. El lobo negro estiró la pata buena, apartó la cadena en su tobillo y tomó uno; su rostro al morderlo no tuvo precio. Se le borró la expresión irreverente que tenía y fue reemplazada por una de deleite absoluto. Qiang sonrió para sus adentros, sus abuelos y padre estaban orgullosos que había adquirido sus destrezas culinarias.
Shin estiró su otro brazo para tomar uno más, pero gruñó por lo bajo al intentarlo. Su pata izquierda estaba entablillada: fuertes tablitas de madera le cubrían los dedos como un emparedado, pudiendo tenerlos nada más estirados. Proceso de curación después del encuentro con su madre; se suponía que Jing le sanaría en algún momento.
—Están deliciosos, Kuiang —exclamó Shin, diciendo mal su nombre por su lengua. El idioma, segun le había dicho, se denominaba kish al igual su tribu, no simplemente bárbaro como estaba documentado. No era tonal como el chino, sino que tenía muchas más palabras para compensar el único tono en lugar de cuatro que tenía el chino—. Casi parecidos a los de mi baaba.
Qiang tardó un momento; baaba era el equivalente a abuela, en kish.
—Los hice yo —presumió—, aprendí de mi padre y mis abuelos. —Tomó uno de los pergaminos que había traido de la biblioteca antes de su paso por la cocina, justo cuando su madre, padre y Jing se habían ido—. En fin —dijo, abriendo el rollo, uno que hablaba de los nigromantes—, ¿procedemos?
—Cumpliré mi palabra, Kuiang —dijo Shin con solemnidad—, si me enseñas sobre mi habilidad de semidios.
Qiang asintió. Ignorando el hecho de que los kish creían con un fervor enorme que los maestros que dominaban el Chi eran hijos de un dios con un animal. Uno de sus dioses elementales. Aquello tenía un aire chamanista que interesaba a Qiang. Se emocionó por ello, ¡al fin sabría algo de su poder!
Extendió el rollo por el suelo en toda su extensión; la escueta luz de las velitas en las esquinas apenas le servía para leer.
—Esto es todo lo que se sabe sobre los nigromantes y sobre Muerte, Shin.
El lobo tomó otro dumpling y miró con concentrado interés. Le dio un mordisco al bocadillo y se mantuvo en silencio durante un rato. Fijó sus ojos avellanas en los del panda.
—¿Y bien? —preguntó, masticando—. ¿Qué pone?
Qiang frunció el ceño.
—¿No lo estabas leyendo?
—Qué va —rió, zampándose el otro trozo—. Yo no se leer o hablar chino, sólo observaba los dibujos pequeños de fondo, son muy bonitos.
—Los di... —Qiang inspiró profundo. «Paciencia». Shin entraba en confianza demasiado rápido, tal vez por eso le mandaron primero en el ataque. Los novatos morían rápido—. Vale, vale. Aquí dice que la nigromancia o el Chi de alto maestro de Muerte, proviene del Inmortal Muerte, aquel animal que consiguió rozar la divinidad. Él podía traer de los muertos a los animales, controlando sus almas, y junto con el arma de los Guardianes del Inframundo, manifestarlas físicamente.
—Ya.
—Los altos maestros con la capacidad de Muerte son muy raros, nacen uno en cada cinco mil animales. Y muy pocos despiertan su capacidad latente. —Qiang enrolló la parte que leyó y desenvolvió más de la que le faltaba—. Dice también que el poder que manifiestan varía dependiendo del maestro. Hay registros de tres: uno usaba las almas como armas dañando el alma de su enemigo, el segundo atormentaba la mente de sus enemigos usando las voces de las almas y el tercero conseguía usar las almas como un potenciador a su fuerza. —Llegó al final—. Los nigromantes sólo manifiestan su poder en combate.
Alzó la mirada hacia Shin, quién se la mantenía fija, inquisitiva, pidiendo algo. Qiang casi se soltó a reir cuando se dio cuenta que esa última parte la había leído tal cuál del pergamino. Le relató de nuevo lo que ponía, pero traduciéndolo al idioma del lobo. Le costó un tiempo, porque imitar los sonidos silbantes era extraño.
—Entonces puedo controlar a los muertos —dijo Shin—. De lujo.
—No necesariamente, creo —dijo Qiang, frunciendo el ceño—. Dice que puedes o podrías controlar las almas de los muertos. ¿Lo has hecho alguna vez?
—No. —Negó con la cabeza, bajando las orejas al ver que ya no quedaban dumplings—. En fin, si quieren que use mi poder en su favor, tendrán que liberarme.
—No has cumplido tu parte —se molestó Quiang.
—Ya, ya. —Shin rodó los ojos—. Portador de muerte. Ese es tu poder, creo. Aunque no sé si es portador de muerte silenciosa o portador de muerte violenta.
—¿En qué se diferencian?
—El portador de muerte silenciosa se mezcla con las sombras, las usa y manipula de forma física. Mi madre era una, murió peleando contra un oso enorme que usaba hachas. —«Oh, el maestro oso»—. El portador de muerte violenta es más, pues, violento. Podía arrancarle el alma a los animales de una palmada, arrebatarle la vida a un cuerpo con tocarlo, dejándolo seco como una planta muerta. En las estepas hay... habían, buena cantidad.
—¿Habían? —Sin intencion, había hecho hablar a Shin sobre el ejército de Khang. Insistió con sutileza.
—Sí. El poder de portador de muerte no dura mucho. Sus usuarios mueren muy rápido; mi mamá, por ejemplo, murió al mes de despertarlo. Quedó como un esqueleto, con la piel tensa sobre los huesos. —Se encogió de hombros—. El poder mata a su portador, está vivo, ¿sabes? Ayuda a su Contenedor, pero lo mata por su uso; luego se mueve a un nuevo cuerpo y así.
Qiang unió los cabos de lo que daba a entender. Si sólo existía un único usuario de portador de la muerte de cada tipo, quiere decir que siempre deben haber dos en activo. Si él era uno y seguía vivo, quería decir que existía uno tipo violento por ahí. «Por ahí no, con Khang, fijo».
Shin observó su pata entablillada, se miró la palma y después alzó los ojos con una especie de lástima por Qiang.
—¿Hace cuánto despertaste tu habilidad, Kuiang? —preguntó.
—Diez años —respondió. Poco antes de que Po y Tigresa le adoptasen y le dieran una gran vida. «Diez años siendo un portador de muerte silenciosa. Siendo el Contenedor del poder de uno de los Guardianes». Suspiró quedito, qué bien se sentía saber qué era y en qué le convertía ello.
—¿Diez años? —se sorprendió—. ¿Cómo es posible? ¡Estás mintiendo, el poder consume el cuerpo y la vida, no hay animal que durase más de tres meses! ¡Un año como mucho!
Qiang se cruzó de brazos, con falsa modestia.
—Quizá soy un genio en ese poder, quizá he entrenado como bestia para poder controlarlo.
Shin se rió, despectivo, y fijó sus ojos en los pendientes en su oreja. Sus ojos brillaron de verde por un instante.
—Son esos pendientes, ¿verdad? —Estiró la pata para intentar agarrarlos, Qiang se alejó de golpe, en guardia—. ¡Que no voy a matarte, maldita sea, sólo quiero ver los aretes! —Bufó—. Yo no siembro sobre sangre.
—Eh... ¿qué? —Qiang arqueó una ceja.
—Es una expresión, maldito idioma el tuyo que no lo entiende. —Miró con aprensión los aretes—. ¿Qué son?
—Limitantes —respondió, reacio. Qiang lo veía con fascinación—. Mamá los inventó. Su Chi le permitió crearlos e insuflarlos con alguna técnica que mengua los efectos de mi Chi. Eso y el sou de alto maestro que regula mi poder.
—¿Puedo verlo? —pidió—. Había oído que los grandes usaban esas runas en el piel para darse habilidades, pero no las conozco. Los semidioses de las tribus las guardan con celo.
—En otro momento.
—¡Por favor! —suplicó. «¿Por qué le interesa tanto el sou?»—. Sólo necesito verlo, no te estoy pidiendo gran cosa. Quiero saber si mi...
—Si tu madre pudo haber durado más, ¿cierto? —susurró.
Shin se replegó como si le hubieran dado una paliza, bajó las orejas y escondió el rostro como pudo. Parecía contener el dolor, inspiró con fuerza y le miró a los ojos. Éstos brillaron por un momento de verde oscuro, ponzoñoso.
—Son poderes divinos, Kuiang —susurró, tan bajo que Qiang tuvo que acercarse demasiado para oírle. Estaba demasiado cerca, Shin podía arrebatarle los pendientes con estirarse un poco, pero él confiaba por alguna razón. Reconocía y se sentía identificado con ese dolor camuflado del lobo—. Los dioses ayudan al mundo, pero no a sus habitantes. Sus poderes en mortales siempre traen tragedia. Mi poder es raro y eso me dio. Perdí a mi hermana, a mi madre. Ella murió entre sufrimientos, llorando sangre por no controlarse; mi hermana murió con honor ante la tigresa que me trajo aquí. A mí... a mí me ha dado soledad.
—Depende de cómo lo mires, Shin —dijo Qiang, repitiéndole las palabras que su padre y madre le hubieron dicho el día que le adoptaron, abrazándolo y comprendiendo que él decidía cómo usar el poder. Un abrazo de unos padres que lo amaban, pese a no ser su hijo verdadero—. El poder es una herramienta, tú decides si usarla y pulirla, o dejar que te lastime. El Chi no te quita nada, te da fuerza para proteger a quienes amas.
Se mordió la lengua al terminar la frase.
—Yo no tengo a nadie más, Kuiang. —El dolor era palpable, pero su rostro seguía siendo una máscara de dolor—. Es mi maldición de semidiós.
El estruendo de las campanas de alerta de la Villa de los Músicos rompió la atmósfera. Qiang asió con fuerza el hombro de Shin.
—Te lo enseñaré, ¿vale? —le dijo, comprensivo—. Cuando vuelva te enseñaré mi alto sou y te dibujaré el tuyo para que seas un alto maestro hecho y derecho. Enronces verás que no siempre tener habilidades de Chi es algo trágico.
Se irguió de golpe, corriendo hacia la salida del sitio, dejando atrás a un Shin que le miró con agradecimiento y tristeza al mismo tiempo. Sus palabras le resonaban mientras corría al Salón de los Héroes. «Este poder siempre trae tragedia».
Llegó al Salón de los Héroes, que era donde todos se reunían cuando ocurría una emergencia. Su padre y madre estaban allí, Fan Tong, Bao, Jiziang y Xiao. Qiang se detuvo al lado de la lince, expectante. Curiosamente no estaba cansado y su Chi no le había dado problemas en lo que iba de día.
—¿Dónde está Hai? —soltó Bao, con la voz muy cansada.
—Indispuesta —dijo Tigresa. Aquello hizo saltar las alarmas de todos, pero su madre los hizo callar con un alzamiento de la pata, pidiendo silencio—. Está indispuesta, como bien dije. Por ahora necesita guardar reposo, Jing la está cuidando.
—Debemos enfocarnos en el ataque —agregó Po, conciliador—. El ritmo nos dice que nos atacan por las cuatro entradas del Valle. Nos separamos. Yo iré a una, Ti a otra, Bao y Jiziang a otra y Fan Tong, Xiao y Qiang, a otra. ¿Entendido?
Todos asintieron con solemnidad, sin cuestionar, aunque a Qiang se le hizo extraño no ver a Tai-Lung. Su padre y madre se fueron corriendo sin mediar palabra, ambos brillando de Chi, seguidos poco después por Jiziang y Bao. Éste emanó una densa capa de Chi púrpura que envolvió a ambos, él y la osa, cuando habían saltado y estaban en el aire, ahorrándose las escaleras, cubriéndolos con un enorme escudo caparazón.
Fan Tong iba en direccion a ellos, pero Xiao le detuvo, pidiéndole que se quitara el chaleco que tenía, para dibujarle los sou. Él se sentó, obediente, esperando a que su novia se los grabara. Siendo todos altos maestros, y las Constelaciones algo más que Xiao y Jiziang, pero menos que Po y Tigresa, dejaban un poco de lado los sou comunes.
Con una maestría y delicadeza de años de caligrafía en sus años de preparación al trono, Xiao dibujaba un sou con cada pata, trazando con dedos seguros y certeros las líneas de los caracteres en el cuerpo de Fan Tong. Las líneas gruesas con los pulgares, las comunes con los índices y usaba los meñiques para las más finas.
En cuestión de segundos le dibujo directo en el cuerpo, para más efectividad, los sou de fuerza, resistencia, agilidad, claridad mental, rapidez de pensamiento, velocidad fisica, supresión del dolor y silencio corporal. Una vez acabó, le dio un toquecito en el brazo, indicativo para que se levantase; Fan Tong se colocó el chaleco con un gesto veloz, pero no emitió sonido alguno.
—Gracias, Xi —sonrió; se volvió a ver a Qiang—. ¿Vas a querer también?
—No... —empezó a decir, antes de que Xiao le cortase.
—Date vuelta, Qiang —apremió—. En la piel van mejor.
—No, de verdad, Xiao. —Alzó las patas, haciendo un gesto dubitativo—. En serio, gracias, pero no hace falta.
—Vamos a pelear, Qiang —recalcó Xiao, dibujándose los sou directamente sobre los brazos, la líneas de Chi eran hipnóticas—. Si vas sin los sou, vas a medio armar.
Los ojos de Xiao casi que se parecian a los de Tigresa cuando quería intimidar, aunque a ella no le salía igual. Sin embargo, Qiang le mantuvo la mirada por unos tensos momentos, casi diciéndole que los sou no importaban con él; su poder era suficiente. Ella no cedió, alzó un dedo e hizo que su garra brillase de Chi, Qiang bufó.
—Sólo uno —cedió, alzando el dedo indicándole—. No más. Y será el de resistencia, por favor. —Estiró un brazo hacia ella y cuadró la mandíbula justo antes de que los dedos diestros de Xiao le dibujaran sobre el pelaje el ideograma de resistencia, que brilló de dorado y se adhirió a su brazo, dejando marcas negras. Qiang soportó el atroz dolor, como un corazón palpitante, del símbolo—. Gracias. Y ahora, a proteger el Valle.
Lince y panda asintieron y salieron corriendo escaleras abajo. Ellos saltaron toda la extensión, pero Qiang prefirió saltar de explanada en explanada de las escaleras. Parte por prevención como por el dolor atroz que le embargaba; era como si le echasen agua hirviendo en las venas, a partir del sitio donde el sou estaba trazado.
«Dioses, sólo pido un poco de ayuda para que este dolor no me impida pelear», pensó, sin mucha lógica. Si hubieran dioses reales, no habría esa carnicería de guerra. Pese a que el sou le dolía como el demonio, su efecto se hacía sentir, porque corrió detrás de Xiao y Fan Tong sin apenas notar nada.
Observó con detenimiento la zona bajo ataque cuando llegaron: el arco de la entrada al Valle fue derribado y gran parte de los puestos ambulantes destruidos. Habían animales muertos en el suelo y otros que huían despavoridos. Escuchó sendas explosiones en varios sitios a la vez, para que después fragmentos de piedra los golpearan. Uno particularmente grande le hizo un corte en el hombro del sou. «Pero qué suerte».
—¡Son de Khan! —gritó Xiao, emanando Chi. Fan Tong se fue de frente a una línea de animales, blandiendo su espada de Chi y brillando entero de rojo—. ¡Hay que proteger a los aldeanos!
Qiang lo que menos pensaba era en los aldeanos a priori. «¿Soldados de Khang? ¿Cómo?». Esquivó un flechazo que vio venir por un destello de luz, comprendiendo. «¿La tropa que atacó al grupo de Hai? No puede ser, el camino lleva como mínimo una semana y apenas han pasado cuatro días. A menos que...»
Alzó la mirada, con urgencia, pudiendo distinguir el titileo del cielo cuando se abría un portal. Corrió hacia Xiao y la embistió, rodando con ella hasta un sitio seguro: una casa de piedra, o puede que fuese un local. Acto seguido, un estruendo le sacudió hasta los huesos y los oídos le quedaron pitando.
Tosió, sin escucharse, intentando mover la pared de piedra que estaba suspendida sobre ellos, sosteniéndose por un trozo de pared derrumbada detrás suyo. El corazón le latía con celeridad, pero Qiang mantuvo la calma. O lo intentó, mientras el pitido remitía.
Había mucho silencio fuera, se percató, cuando pudo oír con claridad.
Xiao tosía bajo su cuerpo, se separó de ella un poco, flexionando los brazos. Tenía un corte en la frente, que le empapaba el pelaje y el rostro de sangre. Qiang gruñó aliviado, era un corte que parecía más de lo que era. Ella le miró con el ojo que podía abrir.
—¿Un saltador? —tosió ella.
—Sí —gruñó Qiang. Alzó la cabeza atento, golpeándose con la pared, cuando escuchó un tumulto—. Fan empezó a hacer de las suyas. —La miró al ojo—. ¿Puedes sacarnos?
Xiao no respondió, sólo se limitó a brillar de Chi, chasquear los dedos y crear un portal bajo ellos. Por un instante el tiempo se detuvo cuando entraron para después salir en una zona relativamente segura.
Se encontró cayendo al suelo desde una altura media y con un gañido de dolor, estiró el brazo herido y asió con fuerza a Xiao, mientras ajustaba su ángulo de caída. Ella cayó como la felina que era, de pie, mientras que Qiang rodó como la bola incoordinada que era. Panda al fin. Bufó, alzando la mirada del suelo, poniéndose de pie lo más veloz que podía.
—Analiza —se dijo, quedito. El brazo herido le temblaba; maldito sou. «Si no fuera por el sou, el dolor me incapacitaría»—. Una tropa de enemigos, divididos en flancos equitativos. Si es así, aquí nos tocó los más débiles. Los gruesos deben de estar con padre y madre.
Pasó la vista con rapidez por los enemigos. Había un saltador poderoso, capaz de crear portales dimensionales importantes, como la Inmortal Dimensión, que recordó su madre le dijo invocaba rocas en llamas y demás cosas alucinantes. «No, no puede ser un saltador completo, habría más caos, si es que no estaríamos muertos ya; ¿uno que casi estaba completo?».
La zona estaba vuelta escombros; casas y construcciones de dos pisos eran estructuras derruidas de las que si se enfocaba bien, asomaban brazos, rostros, trozos de cuerpos y sangre pintando el suelo. Muchas bajas. La visión se le emborronó un instante; se apretó el corte del brazo.
«¿Por qué ellos están ilesos?». No existían saltadores capaz de abrir dos portales importantes, y si uno lo abrió para atacar, otro tuvo que abrirlo para absorber el daño de sus tropas y transferirlo lejos. Xiao se unió a la lucha con Fan Tong, peleando como un dúo perfecto, como Po y Tigresa.
Fan Tong poco a poco brillaba más rojo, el Chi de Fénix Rojo ondeando a su alrededor como una niebla viva. Una pareja soldado de Khang se le lanzó atacando a la vez, pero el panda giró sobre sí mismo, dando un mandoble amplio con la espada; Xiao se agachó sin mediar palabra, evitando el corte, y Fan Tong le dio sendo tajo en el estómago a uno de la pareja guerrera.
Una segunda pareja intentó ir por Xiao, pero ella se movió como una serpiente, veloz y flexible, y le dio un puñetazo al rostro potenciado por los sou. Pese a lo lejos, Qiang oyó el crujido del rostro y el gemido de dolor del animal. Con la pareja restante de cada atacante, Fan Tong embistió con el hombro a uno que iba a por Xiao, usando su descuido para atravesarle de largo a largo con su espada. Detrás de la espalda del enemigo atravesado, Xiao hizo aparecer un portal que transportó la hoja que salía hacia la espalda de su atacante; la punta salió por el pecho del animal que iba a por Fan. Ambos enemigos cayeron al suelo, con huecos en el pecho, sin emanar sangre, las heridas cauterizadas por el Chi de Fan Tong.
Qiang despachó a unos cuantos que le atacaron, pero no estaba en peligro, pues todos se concentraban en Xiao y Fan Tong, quienes empezaban a mostrar signos de cansancio, después de tener cerca de ellos una veintena de cuerpos. Qiang se tambaleó: su Chi palpitó, sugerente.
Ni siquiera supo por qué lo hizo o cómo lo sintió, pero por reflejo se agachó. A pocos centímetros de su cabeza, una espada fina como un sable silbó cortando el aire. Observó la trayectoria de procedencia y encontró un brazo que salía de la pared.
Qiang saltó hacia atrás, con la guardia alta, observando el brazo suspendido. Suspendido como tal no, pues salía de la sombra que producía una gran roca. Poco a poco, un zorro fue emergiendo como si saliese del mismo inframundo. Su mirada era perezosa.
—Qué raro —dijo—, hace tiempo que nadie me percibe. ¿Eres un sombrío?
Qiang abrió los ojos con angustia, al constatar toda la zona. El zorro salió por completo, caminando con molestia, arrastrando una espada fina en cada pata. Eran del largo del animal, pero delgadas y de aspecto ágil. «Dioses, todos están cerca de sombras», pensó, con el corazón latiendo frenético y el tajo del brazo doliéndole como el demonio.
Los sombríos, altos maestros que tenían parcialmente las capacidades del Inmortal Sombra, eran los maestros más jodidos de combatir. Podían adentrarse en las sombras, moverse distancias enormes con facilidad y atacar sin ser heridos. Un grupo de sombríos fueron los asesinos de los Cinco Furiosos, y casi de sus padres.
Y para angustia de Qiang, Xiao y Fan Tong estaban alrededor de sombras: las que los cuerpos muertos y las estructuras caídas generaban. Ese sombrío podía con toda la facilidad del mundo sumergirse en las sombras y matar a sus amigos por la espalda.
Por el rabillo del ojo, percibió muy a lo lejos, como las casas y la tierra misma se licuaban similar a una ola, arrojando a cantidad de guerreros lejos en el aire. El sombrío ladeó el rostro, observando con curiosidad.
Qiang inspiró profundo y con un veloz gesto se quitó los dos pendientes limitantes de su Chi, despidiendo gran cantidad de energía negra como el carbón. El dolor explotó en su pecho, su pelaje blanco se tornó negro y el negro se acentuó; sus ojos se volvieron del color se la obsidiana.
Cada parte de su cuerpo gritaba de dolor, mientras su energía salía a raudales, rechazando el sou borrado de su brazo. Y antes de que el zorro reaccionara ante su poder, Qiang se movió como una exhalación, tomó al animal por el cuello y lo estampó en el suelo. El zorro dio un gañido.
—Vamos a irnos de aquí —dijo, su voz sonando seca y moribunda. Sonrió, y se vio a través de los ojos sorprendidos del sombrío; su boca era un revoltijo de energía, sangre y huesos oscuros—. Le tengo especial rabia a los de tu clase, zorro.
El zorro blandió sus dos espadas al tiempo, pero Qiang fue más rápido, usando la sombra que la densidad de su Chi creaba, y se protegió adentrándose en ella.
Era un mundo oscuro, negro como la brea y con una sensación acuosa fría, que por algún motivo le hacía sentir seguro. El zorro, dentro de ese mundo oscuro, se movió con una simpleza abismal, cual pez en el agua, y lanzó tajos a Qiang.
Éste en cambio, ni se molestó en evadirlos. La sensación del corte era muy real y su cuerpo se despedazaba con facilidad por la rapidez de los ataques, sin embargo, su cuerpo se regeneraba con una tranquilidad inusitada. Aquello molestó y preocupó al zorro.
—No puedes matarme aquí, sombrío —dijo Qiang, sonando como susurros—. Este sitio es mío. Aquí yo mando, yo decido cómo suceden las cosas.
Suspiró, dejándose llevar por su Chi que quería almas como si no hubiera un mañana. Una enorme sombra de energía oscura que de alguna forma emitía luminiscencia tomó forma detrás del zorro: un caballo esquelético, con las cuencas de los ojos vacías y una sonrisa perturbadora.
Le asintió a Qiang.
—Yo soy el portador del Chi de Ma Mian. —Chasqueó los dedos y el acuoso Chi con forma del Guardián del Inframundo se separó y solidificó, creando cientos de espadas oscuras con rostros que salían y se fundían en su superficie—. Y su Chi te reclama.
El zorro intentó huir, emanando Chi para abrir un paso de ese mundo de sombras hasta el Físico, pero lo que no parecía o quería entender era que él no podía crear un camino. Sólo Qiang podía.
El grito de súplica porque le perdonase la vida se ahogó con rapidez, cuando las decenas de espadas le atravesaron la carne. Su cuerpo parecía ser tirado de distintos lugares a la vez, mientras perdía el color y se hacia semitrasparenre, cada arma luchando por tomar un trozo de su alma. Qiang chasqueó los dedos y las espadas se fundieron en una esfera acuosa, que disolvió el cuerpo y devoró el alma del sombrío.
Un latido le sacudió por completo, aliviándole por un segundo el dolor; el mundo de oscuridad parecía complacido, tanto que se dividió en una zona: un camino al Mundo Físico. Qiang lo atravesó y emergió, como una tabla que flota en un estanque, de las sombras.
Se aupó en el suelo y salió por completo, rodando para quedar acostado de lado, buscando con desespero y dedos temblorosos los pendientes para colocárselos. Escupió una gran bocanada de sangre y aunque la herida de su brazo se regeneró, el dolor no cesaba. Sintió sangre salir de su nariz y oídos
Jadeó con dificultad, observando cómo Xiao y Fan, sin haberse percatado de él, peleaban como dos entes de otro mundo. De alguna manera, Fan Tong contenía su Chi y lo emanaba al mismo tiempo.
El sonido de un gong retumbó en el ambiente, con la claridad de las gotas en el Estanque de las Lágrimas Sagradas. Xiao y Fan Tong se volvieron apenas, pero Qiang les gritó que se concentraran en sus enemigos.
Él, en cambio, observó al horizonte. A lo lejos, en una de las entradas al Valle, una torre de Chi morado se elevaba hacia el cielo, deformándose como si le costara estar estable.
—¡Es Bao! —gritó Fan Tong, a dos voces—. ¡Qiang, ayúdalo!
Los ojos de su compañero ya no eran de aquel verde amable. Uno de ellos tenía el iris verde, pero el otro era rojo fuego; su cuerpo brillaba como una estrella moribunda con Chi palpitante. Qiang asintió, gruñendo de dolor al ponerse en cuatro patas; escupió sangre.
—Lo que me faltaba —jadeó, poniéndose de pie a duras penas—. Y yo que había pedido un poco ayuda, para variar.
Y una voz le respondió, clara e inesperada.
Y un poco es lo que has recibido, creo.
Qiang se sobresaltó.
«¿Qué demonios? Me estoy volviendo loco?».
Si ese fuera el caso, dijo la voz, con un deje divertido, creo que conversar con la voz en tu cabeza no es lo mejor.
«¿Eres uno de los dioses?».
Sí.
«Bueno, ¿podrías ayudarme un poco más, entonces? Quiero decir, ¿por favor?».
Ya te he ayudado, pudiste canalizar el poder de Ma Mian sin morir, y sin estar preparado del todo. Además, debo tener cuidado en eso, no debo tener favoritismos, dijo la voz en su cabeza. Trastorna el balance.
«Eres un dios, ¿no se trata de tener favoritos?».
No soy «un dios», Qiang Ping, soy el único dios de tu universo. Bueno, de dos, pero soy único. Y no es cuestión de tenerlos, no puedo y no debo. Es cuestión de Equilibrio, de crear un modo para que todos tomen sus decisiones libremente, sin designios míos.
«¿Un único dios?».
Sí. Sus demás dioses eran parte de Orden, incluso sus Bestias y sus Constelaciones. Yo la poseo ahora. Soy Equilibrio.
Qiang respiraba con dificultad, observando como lelo a Xiao y Fan pelear sin descanso.
¿Eres divino, le preguntó la voz, como dice Shin que son los altos maestros?
«Este... —Qiang lo pensó—. Si lo fuera, dudo que sintiese todo este dolor».
¿Y qué eres?
«Esta es una conversación muy rara, esto, ¿dios?».
Pues sí.
«¿Cómo puedes ver lo que Khang está haciendo con nosotros, todos los que han muerto, y no hacer nada?», pensó Qiang.
He hecho algo, dijo Equilibrio. He enviado a alguien para ayudar a tu hermana y a ustedes. Lo he enviado a Ti.
«¿A mí?».
No a ti, a ti. A Tigresa.
Qiang suspiró, aquello no tenía sentido. De hecho, era posible que se estuviera volviendo loco. Apretó los dientes y se obligó a caminar hacia la entrada donde estaban Bao y Jiziang. Por suerte tenía una estela de Chi visible que lo guiaba.
Gracias a los dioses, su cuerpo dejó de doler al menos un poco. No se agudizaba. Pero seguía muy cansado para pelear, y desatar su Chi por completo como antes sería mortal. Podría pelear quitándose un único pen...
Una figura iba corriendo hacia él, que Qiang reconoció de golpe. Con una mirada decidida, Shin llegó con él y se pasó un brazo por el cuello, rodeándole la cintura a Qiang, haciéndole de apoyo.
—Estás hecho un asco —dijo el lobo negro, como si nada.
—¿Qué haces aquí? —murmuró Qiang, sorprendido.
—La panda me liberó —dijo—. Una semidiosa con energía blanca. Tiene cara de haberse pinchado el culo. —«¿Jing?»—. Me dijo algo, pero no entendí. Bajamos las escaleras y ella se fue donde está esa columna de energía.
—¿Cómo sabías que yo estaba aquí? —inquirió.
—Tu Chi —sonrió—, me recordó al de mi madre. ¿Muerte silenciosa, eh? Buen poder. ¿Adónde vamos?
Qiang bufó, al menos no iba a pelear solo. Ya era algo.
—A ayudar a Bao, vamos a esa columna de Chi morado.
Shin le ayudó a caminar más rápido, tarareando una melodía algo lugubre. Qiang rodó los ojos, aunque agradecía el compañero de lucha.
No hay de qué, susurró la voz de Equilibrio.
