20. Castillo de Azúcar Xion Pov's
Ventus estaba esperándome en la mesa de la esquina encogido tras el menú de la cafetería, con la misma energía torpe que podría tener un pingüino si lo sacan de su hábitat natural. Si bien trata de pasar desapercibido, la verdad es que salta a la vista con esa postura tímida y ese cabello rubio contrastando al verde manzana de su camisa.
Me senté frente suyo.
—Hola caramelo, ¿llegaste hace mucho? ¿te hice esperar?
—No, no, para nada, llegué hace cinco minutos —respondió velozmente—. Estás muy bonita, yo... yo...
—El mocoso llegó hace una hora, ha estado dando vergüenza ajena desde entonces y espantando a la clientela —anunció el mesero, echándose un paño al hombro antes de levantar el lápiz para tomar la orden—. Hasta se debe saber el menú mejor que yo, ¿qué van a querer?
Menuda sorpresa.
—Esto no es zoológico municipal, ¿qué haces aquí, bestia?
Vanitas me escaneó con la mirada.
—Como te puedes imaginar, el alcohol y las putas no se pagan solas —chasqueó la lengua—. Se los advierto, si no van a ordenar nada los saco del local.
—¿Y están muy caras las drogas? —insistí, dando tiempo a Ven para recuperar el aliento.
—La mota subió de precio la semana pasada, es un robo. Y no sabes en cuanto sale la heroína, ya hasta creo que me estorba un riñón.
Se le sentía algo diferente a su habitual agresividad infundamentada del instituto. Quizás un aire más sosegado, más normal. Me atrevería a decir, que incluso con este carácter grosero y antipático que mantiene, está siendo más amable que de costumbre. Quiero decir, si me hubiesen preguntado por Vanitas dos días atrás, de salvaje disociado con problemas alcohólicos no lo bajo.
Los balbuceos repetidos de Ventus rompieron con la línea de mi pensamiento:
—Va-vamos a querer un... No, no, dos... yo no... e-eh... aguarda un instante...
—¿Tu fijación con los rubios maricas, Xion? —me preguntó Vanitas con gravedad, viendo que Ventus no se decidía y empezaba a hiperventilar de pánico—. ¿Es un fetiche o algo?
—Es una religión, me excitan, me calientan, ¿algún problema?
—En lo absoluto, cada quien con sus gustos de mierda.
—Ya, ya. Quiero un pastel de fresas con crema y una gaseosa —Se decidió el niño—. ¿Qué vas a querer tú, Xion?
Me pasó la carta, pero la hice a un lado.
—Lo mismo que tú, caramelo.
Oh dios, se pone rojo de nada.
—Lo tengo apuntado, ¿algo más? ¿un condón? ¿no? Correcto, esperen cinco minutos, ya les traigo el pastel.
Y así como vino se fue. No habían pasado ni dos segundos de eso cuando disparé una mirada ruda a Ventus.
—¿Llegaste hace una hora? —exigí.
—No.
—¡Por el amor al cielo!
—¡Es mi primera cita con una chica, perdón! ¡Estaba muy nervioso! Y mi madre no dejaba de decir que si te hacía esperar me ibas a odiar para siempre jamás, y me daba miedo que no vinieras, pero no me podía quedar en casa, no te molestes, por favor, por favor, te compro dos raciones más de pastel.
—No, cariño, no se trata de eso. No puedes llegar una hora antes a las citas, eso es de gente ansiosa —le regañé.
—Yo soy ansioso.
—Yo también —y suspiré—. Mira, el truco está en que no se note.
Empecé una arenga que ni el parlamento de Suiza ha presenciado. Me sentí una mamá, explicando a su cría cómo tiene que sobrevivir y enfrentar al mundo. El sentimiento de protección que me despierta es enorme. Como si fuese el hermanito menor, empalagoso y amable que no tuve, pero pedí en cada navidad. Ni Roxas, ni Riku generan estas ganas de querer reconfortarlos a cómo de lugar.
Rápidamente desistí del sermón. Lo estaba asustando, quizás le hice sentir que el 95% de su conducta es inapropiada y delata la inseguridad de la cual padece. Terminé sintiéndome mal yo, por haberlo regañado.
—Aquí está su mierda con fresas —dijo el sofisticado mesero, colocando los platillos delante de cada uno—. Disfrútenla.
Una chica de largo cabello naranja recogido en dos coletas llegó tras él, llevando consigo un tazón de galletas de chocolate. Todo en ella poseía un arrollador perfume a manzana recién cortada.
Las colocó amablemente sobre la mesa, luego dijo en verdad preocupada:
—Va por parte de la casa, mis más sinceras disculpas por la conducta de nuestro empleado.
—Hoy me estoy portando bien —replicó Vanitas.
Nadie le creyó.
—Yo misma me aseguré de que sus dulces estén aptos para el consumo, no tienen ninguna sustancia extraña —prosiguió, al ver la cara de Ventus—. Tanto las galletas como el pastel, lo prometo. Cualquier cosa que necesiten, por favor, no duden en avisarme.
Así angelical, delicada y sutil como llegó, así mismo cogió a Vanitas por la corbata y arrastró con él a la cocina. Otro camarero lo relevó.
—Me extraña que dejen trabajar aquí a alguien que tiene tatuajes hasta en el culo y piercings en la nariz —comenté mosqueada. Sabiendo que yo también tenía tatuajes (nunca en el culo) aunque no tan desagradables, y piercings, que procuraba no usar en los lugares o eventos importantes. Salvaje-salvaje no soy, me considero más domesticada que ese animal.
—Es el novio de Strelitzia, la chica que trajo las galletas y Strelitzia es la hija del dueño, así que le gusta ayudar por aquí los fines de semana.
—Oh, ¿la conoces? Es muy bonita.
—N-No demasiado, no en realidad, soy cliente frecuente, por eso lo sé. Pero ella no me interesa de esa forma, es decir, hay que estar demente para meterse con la novia de Vanitas.
—Hay que estar demente para ser la novia de Vanitas —corregí.
—No lo sé, Strelitzia parece una pequeña princesa, pero no es una santa, no es del tipo de chica sometida que le gusta la mala vida —analizó Ven jugando con una fresa suelta—. Hay dos opciones: o bien Vanitas debe tener algún atractivo y no es tan patán como nosotros pensamos que es...
—...O bien Vanitas es la perra de Strelitzia —concluí.
—Ambas cosas son igual de probables.
(...)
Cuando pregunté a Ventus que si había planeado algo en especial para la cita, perdió el aire e intentó explicarme infructuosamente alguna excusa súper elaborada que tal vez había ensayado previamente. Pero hablaba en voz tan baja y tan aprisa que no fui capaz de distinguir ninguna palabra concreta.
Al final balbuceó un "no" y yo sonreí. No quería causarle molestias ni que se complicara la vida.
—¿Entonces qué tal si vamos al Arcade que queda en el cuarto piso del centro comercial? —propuse rodeándolo con mi brazo—. Yo invito, ¿aguantas el hockey de aire y los videojuegos?
Es más fácil tratarlo como si fuera mi hermanito menor. Quiero ser lo más gentil posible con él. Pero al mismo tiempo, su talento para ponerse rojo y nervioso hace que la idea de provocarlo o fastidiarlo sea atractiva. Es como un conejito indefenso.
Mientras lo abrazaba, de pronto sentí que su nariz estaba en mi cabello. Fue desconcertante, porque aún después de que me di cuenta, él no se apartó, ni hizo nada por disimularlo.
—Tú... —cerró los ojos un momento—. Tú... hueles bien.
» Hueles a moras.
Y repentinamente la que se puso roja y se echó para atrás fui yo.
Eso fue escalofriante viniendo de él. Juras que todo va de las mil maravillas, hasta que el chico tímido toma por cinco segundos la iniciativa y te sacas tan fuerte de onda que no sabes ni cómo demonios reaccionar. No lo dijo como «vaya, que agradable es este aroma», fue algo más como «hueles a una fruta que me quiero comer».
—Gracias —atiné a decir dándole un golpecito en el brazo, y recuperando la compostura a punta de fuerza de voluntad—, si me ganas en hockey te regalo mi perfume. Te lo podrás aplicar en fiestas, bautizos, o usarlo como pisapapeles.
Me cogió de las manos.
—¿L-Lo dices verás? —inquirió súbitamente lúcido, como si acabase de salir de un suave trance—. Acepto, acepto. ¡Hay que jugar hockey de aire! ¡Soy bueno! ¡Ya verás! ¡Ven! ¡Vamos arriba!
Había recuperado su aire de encantador e infantil afán. iba dando saltos de un lugar a otro, arrastrándome en su emoción. Y hubiese sido irremediablemente mil veces más adorable sino fuese porque quería quedarse en serio con mi frasco de perfume, tiene todas las intenciones. No pienso mal de Ven, para nada, es tan ingenuo, es solo un niño, Pero no me atrevo a imaginar para qué mierda iba a querer en serio un objeto que contiene mi olor.
Me sacudí esa idea de la cabeza y decidí llevarlo con calma, de cualquier forma, es imposible que Ventus tenga una oportunidad contra mí en hockey de aire. Antes de poner sus manos en el perfume necesita ganarme, y eso jamás pasará.
Corrimos hacia arriba por las escaleras automáticas y atravesamos el tercer piso del centro comercial en dirección al Arcade que queda junto a un puesto de batidos. Entramos por el umbral de vidrio, codo a codo, con las luces de colores derramándose sobre aquel lugar lleno de pantallas plasma grandes y máquinas clásicas. Donde el suelo era una alfombra gruesa azul con círculos negros. Y una rocola enorme con discos coronaba la decoración retro, se hallaba en el centro exacto, rodeada por dispensadores de caramelos.
Ventus y yo nos instalamos en una de las mesas de hockey de aire que estaba hasta atrás, por el puro gusto de apartarnos un poco. No estaba tan lleno, pero como es sábado, dentro de unas horas, cuando caiga la noche, se va a infestar de gente. Entonces, supongo que buscaremos otro plan que sea más agradable.
(...)
He sido... ¿cómo es que se dice? derrotada por el rubio. Mi orgullo y mi amor personal justo ahora estarían gravemente heridos si no fuese porque acabo de apostar (y perder) mi perfume. Eso me preocupa un poquito más. No porque sea costoso ni nada parecido, sino porque en el fondo, muy en el fondo, no dejo de preguntarme ¿para qué querría un angelito como Ventus tener una botella con mi aroma? E-es decir, sé que es una cosita adorable y pura, pero... pero... ¡es un chico! ¡y yo soy una tonta arrogante! ¡jamás creí que perdería!
—Si me acompañas de camino a casa te lo puedo dar hoy mismo —propuse. Un trato es un trato—. Solo... solo no le digas a nadie acerca de esto, ¿de acuerdo?
—¡Te doy mi palabra de boy scout! —Sonreí espontáneamente ante tan linda afirmación. Todas mis dudas y preocupaciones se disiparon con esa brillante mirada de ingenuidad. No puedo evitar que me encanten los chicos como él.
—Correcto, correcto, no tengo nada más que decir, el frasco es tuyo.
Me ganó por un mísero punto, pero me ganó jugando limpio.
Empezamos el camino de regreso. El centro comercial se encuentra a una distancia razonable de mi casa, así que si quiero puedo venir a pie. Y algo más allá de las rejas negras mi jardín hay una parada de autobuses en la que Ventus se regresará a los suburbios. Ambos sabemos que a partir de aquí casi no tenemos tiempo para hablar, pero es más cómodo hacerlo ahora que estamos cerca de despedirnos. Como nadie ha mencionado el tema del otro día, esa conversación permanece pendiente y persiste en el aire cual humo de cigarrillo. Alguien lo tiene que sacar, pero ninguno de los dos quiere, tuvimos una bonita tarde y la podríamos arruinar en tres simples líneas.
Jugamos por horas en el Arcade y aunque sigo frustrada por haber perdido en el hockey de aire, me divertí mucho y Ven demostró ser un rival admirable en todos los videojuegos que probamos, desde los más clásicos hasta los más modernos. Incluso consiguió para mí un pequeño peluche de nutria de la maldita maquina dispensadora que tenían cerca de la entrada. Yo en mi vida he sido capaz de sacar nada de esa cosa. Me sentí halagada cuando me tendió el premio.
Comimos dulces, bebimos malteadas, jugamos, todo fue tan perfecto para que ahora yo...
—Oye Ventus...
Lo eche a perder por completo.
—No lo hagas, por favor, no hace falta que lo hagas —dijo con increíble naturalidad—. Ya yo lo sé, no te gusto, ¿por qué te iba a gustar un niño? así me ves, ¿verdad? así me ven todos, no es ningún secreto. Así me hacen sentir también.
—¿Por qué declararte entonces? ¿Por qué decirlo en voz alta? ¿Por qué exponerte así?
Caminábamos hombro a hombro.
—fue un impulso en el momento, mi corazón se aceleró mucho y por un pequeño instante olvidé que eres la chica que le gusta a Riku, mi mejor amigo. Pero en todo caso eso no importa mucho, ¿a ti también te gusta Riku, no?
—¿Por qué piensas que me gusta Riku? —Me sentí descubierta.
—¿No te gusta Riku entonces? —comentó con genuina extrañeza—. No te creo, Riku es el tipo de chico al que cuesta mucho rechazar.
Le propiné un codazo en las costillas.
—No des las cosas por hecho. Aunque muchas chicas del insti estén interesadas en él, siempre habrá alguna que te preferirá a ti.
—¿Como segunda opción?
—Como primera y única opción —El mundo es demasiado grande para pensar así. Todas las personan tenemos a alguien afín que nos está esperando, sería cruel y estadísticamente improbable que no fuese de este modo.
—¿De verdad lo crees? Nunca he tenido novia, y tampoco he dado mi primer beso y eso es... bueno, ridículo para alguien de mi edad.
—No es ridículo, solo es poco común y eso no lo vuelve necesariamente malo.
—¿Mi primer beso puede ser contigo? Por favor, quiero darlo de una vez... y... ¡No me mires así! ¡Ya sé que aceptaste la cita solo porque eres muy amable conmigo! No estoy confundiendo las cosas lo juro, sé que paso por ingenuo, pero...
—Aurora
