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UN ESFUERZO MAS


A LA MAÑANA SIGUIENTE, cuando todos se reunieron alrededor de la gran mesa de caoba para tomar el desayuno, no hubo ningún indicio de tensión, y la conversación fluyó con naturalidad y en un tono ligero. Se ocuparon de política durante algún tiempo, y luego se formaron vanos grupos, cada uno de los cuales hablaba de cosas diferentes. Mientras comía, Hinata escuchaba el tintineo del cristal y los cubiertos, y de vez en cuando intervenía brevemente en cada conversación, pero en general permanecía silenciosa, escuchando con auténtico interés lo que tenía lugar a su alrededor.

Hiruzen, al otro lado de la, mesa, estaba en su mejor momento o quizá en el peor contando anécdotas. Reparó en que aquella mañana parecía existir una verdadera cordialidad entre todos, una cierta atmósfera de unidad que quizá se debía al hecho de que era Navidad. Pero confiaba en que se debiera a algo más, a un principio de entendimiento entre todos ellos. Oyó la voz profunda de Naruto a su lado, afable, relajada, mientras hablaba con su familia. Eso, más que ninguna otra cosa, fue lo que le devolvió el buen humor, y sonrió al tiempo que doblaba la servilleta y la dejaba al lado del plato.

—Y he de contaros el viaje que Hinata y yo hicimos a Monticello un día de invierno, hace años. Fue, bueno...

De nuevo Hiruzen, contando otra anécdota. Hinata buscó su vaso de zumo, lo encontró y se reclinó en su silla, segura de que su buen amigó iba a hacer que se azorase. Hiruzen tendía a contar aquellos relatos con la socarronería de un abuelo demasiado indulgente. Ella se resignó y sonrió, al tiempo que alzaba el vaso, distraída, para tomar un sorbo.

Todo ocurrió en una fracción de segundo. Se había equivocado de vaso, llevándose a los labios uno de helado semiderretido. El movimiento espasmódico de su mano hizo que el espeso liquido se derramara sobre la parte delantera de su vestido. Al dejar el vaso sobre la mesa, chocó con el plato de porcelana y se volcó, derramando el resto del helado fundido sobre el mantel blanco.

El profundo silencio que se hizo en torno a ella fue como un manto que la ahogara. En aquel momento, cuando supo que todas las miradas convergían en ella, se sintió demasiado vulnerable, expuesta, por cometer un error tan humillante. El silencio se rompió con tanta brusquedad como se había producido. Shion y Naruto reaccionaron a la vez, cogieron servilletas y enjugaron su regazo, enderezaron el vaso y le frotaron la espalda cuando tosió, sofocada.

—Lo siento —dijo al fin, casi sin darse cuenta.

Las voces de todos los demás restaron importancia al incidente. Chiyo, en el extremo de la mesa, murmuró unas palabras insinceras, su expresión más acongojada que de costumbre mientras veía la mancha blanca que se extendía sobre el vestido de Hinata. Ashina hizo una mueca, y su mirada se cruzó con la de Sasori. Hiruzen estaba muy ocupado, lleno de una consternación que fruncía su ceño, y limpiaba el mantel con su servilleta, cambiaba los vasos de sitio y apartaba un candelabro.

Para Hinata, toda aquella actividad era más temible que el incidente en sí. Las dos personas que la flanqueaban seguían reparando el desaguisado, y pudo notar que alguien, estaba segura de que era Hiruzen, se golpeaba contra la mesa mientras intentaba ser de ayuda. En la confusión de voces, movimientos y su propio torbellino de emociones, le llegó por fin la voz de Naruto.

—¿Estás bien, Hinata? —le preguntó, preocupado por su palidez.

—Sí, no te preocupes —replicó ella con un deje de nerviosismo, al tiempo que aplicaba su servilleta contra el pecho mojado—. No sé cómo he podido hacer eso...

—Te has equivocado de vaso, eso es todo —le dijo con calma—. Son todos iguales. —Hizo una pelota con la servilleta y la arrojó sobre la mesa, mientras lanzaba una mirada a su abuela, en el extremo de la mesa— Cámbiala —le dijo ásperamente, y se volvió a Hinata—. No ha pasado nada. Te acompañaré a tu habitación para que te pongas otra cosa.

EL ÁRBOL JUNTO a la ventana de la sala de estar estaba iluminado. A través del alto ventanal podía verse el campo cubierto de nieve con sus pinos y arbustos, que eran como un telón de fondo. La pequeña locomotora eléctrica seguía dando vueltas como un portador de buena voluntad en miniatura.

Así es como Naruto se la describió a Hinata mientras permanecían cogidos del brazo en el umbral de la sala de estar. Ella se había quitado el vestido mojado y ahora llevaba una falda escocesa y una blusa blanca. Shion y el resto de la familia estaban dispersos por la amplia estancia, esperando la reaparición de la pareja, y cuando Naruto terminó de hablar, Shion se les acercó. Apoyó una mano en el brazo de su hermana y la miró, preocupada.

—¿Todo va bien?

Hinata no tenía deseos de seguir hablando del incidente.

—Estoy perfectamente. —Entonces dirigió la cabeza hacia donde creía que se encontraba su anciano amigo—. Vaya, oigo que has puesto el tren en marcha, Hiruzen.

Este se abría paso entre los muebles hacia ellos, y cuando se aproximó dirigió a Naruto una mirada inquisitiva; un gesto imperceptible le tranquilizó, y besó a Hinata en la mejilla.

—Naturalmente. ¿Qué sería del Expreso Festivo sin un maquinista de confianza?

—Es cierto —replicó ella, sonriente—. Ahora vamos. Creo que ya lo hemos retrasado demasiado. ¿Empezamos?

Al tomar la iniciativa, dejó definitivamente atrás el episodio. Lo hizo más en beneficio de los demás que en el suyo propio, lo cual no era raro en ella, pues lo había hecho durante toda su vida.

—Sí, empecemos.

Shion se levantó, haciendo un gesto a Sasori para que colocaran las sillas adecudamente. Él así lo hizo, con ayuda de los demás, y las dispusieron en un semicírculo delante del árbol, con la de Ashina en el centro. Entonces se reunió el grupo, y Hinata dio instrucciones a Naruto para apostarse en el suelo, cerca de los paquetes.

Una vez más, aquello habría tenido un endeble comienzo si no hubiera sido por Hinata. Decidida a ocuparse de todo, y haciendo un esfuerzo por disipar la formalidad de la atmósfera, tomó de inmediato un paquete oblongo y se lo ofreció a Sasori. El pañuelo de seda que contenía inició el alegre intercambio de regalos.

La caja destinada a Naruto era pequeña. Cuando le tocó su turno, Hinata se lo ofreció.

—Aquí tienes, Naruto —le dijo quedamente—. Lee la tarjeta.

El aceptó el regalo, mirando un instante el rostro ruborizado de Hinata antes de volver su atención a la tarjeta, que no tenía más que una serie de impresiones en alfabeto Braille. Él se concentro y pasó los dedos por el papel. Poco después repitió lo que decía: «Para Naruto, por lo que eres para mí. Hinata».

Hinata bajó la cabeza, apretando los labios mientras entrelazaba las manos sobre el regazo. Naruto abrió la caja y desplegó el papel de seda del interior, y poco después extrajo la pequeña talla. La contempló sin decir palabra, girándola una y otra vez, y al final la depositó en la palma de la mano, limitándose a mirarla.

—¿Qué es? —preguntó Sasori, rompiendo el silencio, y se movió en su asiento a la izquierda de Naruto, algo incómodo por la tensión palpable que se había establecido en la sala.

—Un hombre a caballo —murmuro Naruto—. No lo entenderías.—Al fin apartó la vista del caballo y miró lentamente a Hinata—. Lo has hecho tú misma, ¿verdad?

Hinata asintió, con los labios apretados. Él miró de nuevo el objeto que tenía en sus manos, sin saber qué decir. Pese a todos los regalos costosos que había recibido, ninguno tenía mayor significado que aquel, y probablemente ninguno volvería a tenerlo. Buscó en su mente algo que decirle, algo que pudiera transmitir la profundidad de su emoción, pero fue inútil.

Ella estaba arrodillada a su lado, y finalmente no pudo soportar más su silencio. Aunque era muy consciente de que los demás les rodeaban, la necesidad de saber su reacción era imperiosa, y, buscando sus hombros alzó ambas manos hasta su rostro. Con dedos casi trémulos, le tocó suavemente las mejillas, los labios, tratando de leer su expresión. La suya propia era insegura mientras se inclinaba hacia él.

—¿Te gusta, Naruto? —susurró.

Él la miró y entonces, lentamente, dejó la talla y tendió las manos para quitarle las gafas. Tomó su rostro entre las manos, mientras ella aún sujetaba las suyas, y por un momento el tiempo pareció suspendido.

Permanecieron así, tocándose los rostros y unidos por un amor tan profundo que no podía tener expresión en el mundo de las palabras. Irradiaba de ellos, dejando a quienes les miraban involuntariamente hechizados y en silencio. De súbito, Naruto bajó las manos y la atrajo hacia sí. Y entonces la besó tan intensa y apasionadamente como si no hubiera nadie más en la sala.

Ella quería responderle, pero no podía hacerlo bajo todas aquellas miradas; jamás podría abstraerse como él de lo que la rodeaba. Sintiéndose muy incómoda, a pesar de la elocuente reacción de Naruto, intentó zafarse de su abrazo.

Él la soltó al fin, y la tensión desapareció. Hiruzen fue el primero en hablar.

—Pequeña, creo que puedo decir sin equivocarme que le ha gustado.

—Sí, Hinata, puedes estar segura de que me gusta —confirmó él, deslizando un dedo por el contorno de sus mejillas.

Hinata sólo podía agitar la cabeza, los ojos bajos. Naruto se puso en pie, mientras los demás empezaban a dispersarse por la sala, y se dirigió al teléfono. Marcó un número, habló brevemente y regresó. Hinata seguía arrodillada en el suelo, y él la tomó de la mano para ayudarla a levantarse.

—Vamos.

—Naruto, ¿qué estás haciendo? —inquirió ella, risueña.

Su sonrisa era enigmática.

—Tengo algo para ti. Ven.

Salieron de la sala, cruzaron el vestíbulo y llegaron a la puerta. Ella sonreía, ilusionada y un poco confusa, mientras Naruto le ayudó a ponerse el abrigo y luego se puso el suyo. La luz que penetraba por la ventana circular encima de la puerta principal iluminó el pequeño grupo de personas que salían de la sala de estar para seguirles. Naruto tomó de nuevo el brazo de Hinata.

—¿Adónde vamos? —inquirió ella.

Naruto abrió la puerta, sonriendo brevemente a la corona de acebo colgada del picaporte, y que él mismo había colocado allí la noche anterior.

—Vamos a dar un paseo, sencillamente.

La acompañó al sendero cubierto de nieve, y al llegar a la explanada circular con un pequeño estanque en el centro, Naruto miró hacia delante y sonrió al hombre que se aproximaba sujetando la brida de una yegua árabe de color gris plateado.

Dejó que el hombre llegara casi a su lado antes de hacer un gesto para que se detuviera. La yegua alzó la cabeza, aguzando las orejas al ver a los dos extraños. En el fondo, la casa color hiedra se alzaba majestuosa hacia el cielo cerúleo, sus ventanas como ojos que contemplaran la escena. En el umbral había un grupo de personas, tan silenciosas como expectantes.

Una breve ráfaga de viento 1evantó algunos mechones del cabello de Hinata, haciéndolos oscilar ante su rostro a medida que avanzaba lentamente con Naruto. Cuando llegaron junto al animal, él le cogió la mano y la colocó en el cuello de la yegua. Hinata se sobresaltó visiblemente.

—Para ti, amor mío —le dijo sonriente—. El mejor caballo que he podido encontrar. Es una yegua, árabe y gris plateada, como me dijiste que siempre habías querido. Ahora es tuya.

Ahora le tocó a Hinata quedarse sin habla. Se llevó una mano a los labios, sin poder dar crédito a sus oídos, mientras mantenía la otra en el cuello de la yegua, deslizando las puntas de los dedos por su piel suave. Sí, era lo que siempre había querido, el sueño de una niña que un día confió en que se realizaría, con sólo que tuviera la paciencia de esperar, y que ya de mujer se convirtió en otra ensoñación, hasta que apareció en su vida un hombre llamado Naruto.

Tragó saliva una vez, y de repente se adelantó y rodeó con sus brazos el cuello de la yegua, mientras aplicaba la cabeza contra el cálido cuerpo. Curiosamente, el animal miró a su alrededor y alzó el hocico, husmeando el hombro inmóvil de Hinata. Ella alzó la cabeza, encontró el suave hocico y lo besó, y entonces se volvió hacia Naruto, tendiéndole la mano. Sus ojos grises estaban humedecidos.

Él la atrajo hacia sí y apoyó su cabeza contra el hombro.

—Naruto... —empezó a decir.

La sonrisa de Naruto era de profunda satisfacción.

—¿Cómo se llama?

—No tiene nombre. Tú has de dárselo.

Hinata permaneció un momento pensativa, y entonces tuvo una inspiración.

—La llamaré Navidad —dijo quedamente—. Jamás olvidaré este día.

EL ALMUERZO FUE LIGERO, pues la cena navideña iba a ser muy copiosa. Después de la comida fría, el grupo se separó. En el vestíbulo, Shion vio que Hinata se dirigía sola a la sala de estar y se puso a su lado, cogiéndola del brazo. Le agradeció el regalo que le había hecho, un hermoso medallón.

—Shion, tengo que hablar contigo un momento, sobre Hiruzen. Traté de explicártelo antes de que viniéramos aquí...

—No importa, Hinata, no es importante. —Y era cierto, en vista de los acontecimientos—. Tuve una reacción excesiva, eso es todo.

—De acuerdo —concedió su hermana, y pasó a otro tema que le preocupaba mucho más en aquel momento—. Creo que todo el mundo ha pasado un buen día, ¿no te parece? Naruto estaba muy escéptico, pero creo que los Uzumaki han estado receptivos.

O por lo menos, se dijo, no habían mostrado una falta absoluta de acogida. Se ruborizó de nuevo al recordar la reacción de Naruto a su regalo, pero ahora que ya no estaba sometida al escrutinio de los demás, lo recordaba también con placer. Aquello y el magnífico regalo que él le había hecho, hacía que disminuyera su percepción de todo lo demás, y por ello había formulado a Shion la pregunta.

Su hermana no le respondió de inmediato. Llegaron a la arcada de la sala de estar y se detuvieron allí. Naruto estaba allí, encendiendo un cigarrillo; Ashina se encontraba sentado en su sillón, la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados.

Sasori, como siempre, preparaba una bebida en el bar, y Hiruzen ojeaba ociosamente los libros bellamente encuadernados de los Uzumaki. Alzó la vista cuando los pasos de las mujeres sonaron en el suelo y su mirada se cruzó con la de Shion; la sostuvo hasta que ella desvió la suya. Ella se volvió hacia Hinata y aprovechó la apertura que le brindaba la pregunta.

—Precisamente quería hablarte de eso, y de algunas otras cosas. Pero vayamos a algún sitio tranquilo. Yo... Bueno, ya te lo diré cuando estemos a solas.

Hinata reprimió la punzada inmediata de inquietud que le había producido la respuesta de Shion.

—De acuerdo —dijo sonriendo—, pero déjame que primero se lo diga a Naruto. Se preguntará dónde estoy.

—No —dijo Shion, y suavizó su tono imperativo mientras empezaban a ir hacia la escalera—. No tardaremos mucho, sólo unos minutos. De verdad.

Para tranquilizarla, dio unas palmaditas en la mano de Hinata.

—De acuerdo, pero quiero que me hagas un favor. Si me amodorro mientras me hablas no lo tomes como algo personal. Estoy empezando a sentirme muy cansada.

Hinata tomaba la ofensiva contra la inquietud que todavía la acosaba.

Shion se echó a reír y acompañó a su hermana hacia la escalera. Ascendieron lentamente, mientras Hiruzen, junto a la arcada de la sala de estar, con un libro abierto entre las manos, observaba su ascenso con el ceño fruncido. Finalmente las dos mujeres desaparecieron en el rellano.

Hiruzen miró atrás, por encima del hombro, y al ver a Naruto pensó en reunirse con él, pero no lo hizo, porque en realidad no tenía nada que decirle, excepto que la amable actitud de Shion durante todo el día le inquietaba sobremanera, al igual que el incidente a la hora del desayuno. Ninguna de ambas cosas era natural.

Volvió a mirar lentamente la escalera desierta, el rellano con su enorme retrato de algun pariente olvidado mucho tiempo atrás, y entonces suspiró. «Demasiado amable», murmuró sombríamente, y regresó pensativo al interior de la sala de estar.

SASORI REGRESÓ del bar y miró a Naruto, silueteado contra la alta ventana. Le miró un momento y se acercó a él.

—¿Quieres jugar al blackjack?

Naruto le miró inexpresivo y luego sus ojos indicaron la estancia contigua.

—No, gracias. Quiero estar cerca de Hinata.

Sasori contempló un momento las profundidades de su vaso de whisky, y algo irreconocible pasó velozmente ante sus ojos. El recuerdo de aquella mañana, y dos personas presas en una emoción que él no podía sondear. O quizá era que ya había bebido demasiado. Alzó la vista y agitó el vaso.

—Está bien. Ha ido con Shion arriba, supongo que a cambiarse, o quizá a charlar. Vamos, anímate. ¿Sólo un par de manos?

Naruto miró a su alrededor una vez más. Ashina dormitaba, y Hiruzen leía un libro, sentado en el sofá. Algo le llamó la atención, y se fijó más atentamente en el volumen. Un momento después soltó una risa involuntaria: estaba al revés.

Se preguntó vagamente cuál sería la preocupación del hombre, y entonces volvió a pensar en Hinata. Le había parecido un poco fatigada, y era probable que hubiera ido a descansar. Decidió que le haría bien, y a falta de algo mejor que hacer, se volvió hacia Sasori y capituló.

—De acuerdo, jugaremos al póquer.

Sasori asintió y se dirigió a paso vivo a un alto secreter de estilo georgiano, en uno de cuyos cajones localizó una baraja de cartas. Poco después se habían instalado ante una mesita taraceada cerca del árbol navideño, y Sasori repartió las cartas. Reclinándose en la incómoda silla de respaldo recto, Naruto abrió el juego.

—Cinco —dijo, mirando las cartas, y las depositó sobre la mesa.

Tomó el cigarrillo y miró inexpresivamente a su hermano a través de las volutas de humo.

—¿Cien? —preguntó Sasori con naturalidad.

—Dólares.

—Dios mío, no te arruines.

Naruto se limitó a mirarle, y perdió la mano. Jugaron otra y varias más, hasta que decidieron pasar al black jack. Por entonces Sasori estaba en su elemento y barajaba rápidamente. Pasó el tiempo. Chiyo hacía viajes intermitentes a la cocina, supervisando la preparación de la cena.

Ashina seguía dormitando en su sillón junto a la chimenea, abriendo los ojos de vez en cuando para mirar a Hiruzen. Al final, Naruto dejó los naipes y consultó su reloj, sorprendido al descubrir que había transcurrido casi hora y media desde que empezaron. Se enderezó, pasándose una mano por el cabello.

—Ya es suficiente.

Sasori se echó atrás en su asiento y cruzó las piernas.

—Paga —le exigió lacónicamente.

Aunque le había oído, Naruto no respondió de inmediato. Su atención se había dirigido al umbral de la sala, donde acababan de aparecer Hinata y Shion cogidas del brazo. Estudió la expresión de Hinata mientras ésta hablaba sonriente con Hiruzen, y frunció el ceño. Era la misma expresión que le había visto antes en la mesa del desayuno, cuando él bajó por primera vez. Oyó que Sasori volvía a pedirle que pagara.

—Ha sido un juego amistoso —dijo Naruto en tono despreocupado.

Sasori le miró un momento y sonrió.

—Sí, supongo que eso ha sido. Un juego amistoso entre hermanos, entre uno que tiene todas las cartas y otro que no las tiene.

Al ver la expresión inquisitiva de Naruto, desvió la mirada con brusquedad. Había esperado obtener un poco más de satisfacción por aquellas palabras y por haber ganado en el juego. No podía imaginar por qué no era así.

Naruto se levantó y se encaminó hacia Hinata y Shion, que estaban sentadas en el sofá de satén rayado, junto a la chimenea, pero se detuvo cuando Hiruzen le llamó.

—¿Parientes? —le preguntó el viejo, que acababa de dejar a Hinata y observaba interesado una hilera de fotografías agrupadas en la pared, daguerrotipos de hombres con chaqué y chistera, mujeres con faldas abombadas y parasoles, todas ellas con el color sepia de la edad.

Naruto miró una vez a Hinata, la cual sonreía a Shion, y luego a Hiruzen. El hombre estaba claramente interesado y Naruto respondió:

—La verdad es que he visto estas fotos cientos de veces, pero todavía no sé quiénes son. Deberías preguntárselo a mi abuelo.

—¿De qué se trata? —preguntó Ashina, que se había acercado a ellos.

—Los esqueletos de la familia. Hiruzen se interesa por ellos.

Naruto respondió a la sombría expresión de su abuelo con una afable sonrisa. Era una observación que prometía un intercambio al gusto de Sasori, y poco después éste se reunió también con ellos.

En el otro extremo de la sala, Shion había dejado a Hinata sola un momento mientras iba al pequeño bar. Regresó con dos vasos de licor en la mano y depositó uno en la mesita ante las rodillas de Hinata.

—Es jerez. Pensé que te apetecería.

—No, gracias.

Shion se sentó en el borde del sofá, de cara a su hermana.

—Tómalo. Te hará bien.

—Shion —dijo ella apretando los labios—. No necesito nada.

Excepto otra vida, pensó, ser otra persona. Cerró un momento los ojos y, al abrirlos de nuevo, dirigió a Shion una sonrisa fatigada.

—Perdona, no quería ser tan brusca.

Shion se mordía el labio, haciendo cuanto podía por parecer culpable, inquieta, las manos aferradas a las rodillas.

—Hinata, tenía que decir esas cosas. Compréndelo...

Su hermana le tocó el brazo, como para mitigar su inquietud.

—No te preocupes. Ya lo sé, Shion.

Pensó que habría hecho lo mismo por ella..., habría tenido que hacerlo, porque eran sinceras la una con la otra, y sin sinceridad una relación no podía tener significado, no podía mantener su integridad. Sinceridad. De repente odió esa palabra, un concepto al que había tratado de atenerse durante toda su vida.

—No te preocupes —repitió.

—No, Hinata, ¿cómo no voy a preocuparme? Te he lastimado. Pero tenia que decirte lo que siento acerca de ti y Naruto, lo que veo ahora que he pasado algún tiempo con vosotros. No puedo soportar la idea de que sufras, y me temo... —Hizo una pausa y prosiguió resueltamente—: Hinata, no sentiría esto si Naruto no fuera la clase de hombre que es, tan...

» bueno, tan diferente de ti. No puedes ignorar el hecho de que las apariencias constituyen siempre un problema para un Uzumaki. Con la aparente hostilidad de su familia hacia ti y tras el embarazoso incidente de esta mañana, yo... Bueno, tenía que hablar contigo. Eso es todo.

—Lo sé —dijo Hinata de nuevo.

Aquella tarde habían hablado durante largo tiempo. Tras un comienzo vacilante, Shion había hecho lo que se creía obligada a hacer, expresando pensamientos acerca de su futuro con Naruto que no eran más que aquello que la propia Hinata había sabido desde el principio. Aquel conocimiento desde el exterior de sus incapacidades la había herido, y en especial por el doloroso detalle con que su hermana lo había planteado.

Hizo algún esfuerzo por objetar, pero sólo fue simbólico. Las verdades irrefutables no podían negarse, y ahora, gracias a la visión de alguien que tenía la objetividad de la distancia emocional, y con lo desalentador que había sido el último día y medio, aquellas verdades pesaban mucho más que antes.

Shion la evaluó críticamente. Satisfecha al fin con el efecto conseguido, continuó:

—Hinata, he dicho lo que tenía que decir, pero eso no significa que no pueda decirse nada más al respecto. Tal vez en nuestros esfuerzos por ser tan objetivas, ambas somos demasiado pesimistas.—Su tono se hizo alegre, como si intentara creer en su razonamiento—. Tal vez exageramos demasiado los problemas.

» Hemos hablado de ellos, sabemos que están ahí, pero eso no significa que no existan soluciones. —Tocó el brazo de Hinata y añadió—: Siempre hay formas de hacerlo, y tú deberías saberlo mejor que nadie. Esta situación va a requerir un poco más de esfuerzo, pero nada más. Tienes que esforzarte más en el empeño, querida.

Hinata le dirigió otra sonrisa fatigada, agradecida por dejar al fin aquel tema. Ya no podía pensar más que en él, y se aferró a la esperanza de que, con la luz de un nuevo día, incluso habría una forma de creer en lo que Shion acababa de decir. La frágil esperanza se hizo algo más fuerte, por su necesidad de que así fuera. ¿Que se esforzara más?

Shion jamás podría comprender con exactitud lo que eso significaba, pero hacía mucho que Hinata la había perdonado, a ella y al resto del mundo por sus inexactitudes. No había nadie que se esforzara más que ella, en todo momento de su vida consciente. A veces se esforzaba tanto que quería ponerse a gritar y seguir gritando hasta que sus ecos hubieran dado la vuelta a la tierra. De repente comprendió que se compadecía a sí misma y ahogó aquellos pensamientos. Como tantas otras cosas, la lástima por sí misma no tenía lugar en su vida.

Al cabo de un momento notó que Shion se levantaba y pasaba ante ella. Pudo oír movimientos cerca de la repisa de la chimenea, y poco después Shion regresó y se sentó de nuevo a su lado.

—Hablemos de cosas menos serias —le dijo alegremente—. Quiero mostrarte algo. Toma. —Depositó un objeto en las manos de Hinata, y entonces se recostó en el mullido respaldo del sofá, complacida por su repentina inspiración.

» ¿Recuerdas el juego al que solíamos jugar de niñas? «Toca y ve», le llamabas siempre. Pues bien, dime qué es. —Se cruzó de brazos, señalando con una mano el objeto—. Vamos, ¿qué crees que es?

Hinata mantuvo en sus labios una leve sonrisa. Reconocía demasiado bien el tono de Shion. Ella misma lo utilizaba casi a diario con sus alumnos. Significaba: «Anímate, que vamos a hacer algo divertido». Se preguntó vagamente si cuando ella lo usaba también parecería tan condescendiente y pagada de sí misma, y decidió que la próxima vez escucharía con cuidado, para poder cambiar su tono si ése era el caso.

Sin embargo, a pesar de su ligera irritación por lo que hacía Shion, sabía que ésta sólo pretendía ayudarla. Muy bien; le seguiría la corriente. No tenía más opción que hacerlo o seguir sentada allí, sumida en su abatimiento. Se sintió mejor por la absurda imagen mental que cruzó por su cabeza y suspiro.

—De acuerdo. —Se arrellano en el sofá y pasó ligeramente los dedos por el objeto alargado, tocándolo por todos los lados. Al cabo de un momento ladeó la cabeza y dio la respuesta requerida—: Es un gato.

—Un leopardo. —La voz de Shion tenía un tono de respeto mientras miraba la exquisita antigüedad en las manos de Hinata—. Es precioso, y quería que lo vieras, que tuvieras la oportunidad de tocarlo. Es de Meissen, Hina, y no tiene precio. Ha pertenecido a la familia de Chiyo durante generaciones, y es probable que su sitio sea algún museo...

—¿Cógelo? —Hinata no había querido que su voz sonara tan estridente, pero no pudo evitarlo. Una vez más se había apoderado de ella una inquietud irracional, y ya en un tono más normal añadió—:Shion, por favor. Cógelo y ponlo de nuevo donde estaba.

Shion tenía los ojos muy abiertos y brillantes.

—Por Dios, Hinata. No te preocupes tanto. Tendió las manos para recoger la figura.

En su nerviosismo, Hinata había depositado el leopardo en ambas manos, los dedos curvados protectoramente a su alrededor. Shion lo levantó de sus manos, pero en el mismo momento en que lo hacía, empujó a propósito con la rodilla el vaso intocado de jerez que estaba sobre la mesa, ante ellas, volcándolo y vertiendo su contenido. Se agitó, como si estuviera sorprendida, y soltó el leopardo abruptamente, devolviéndoselo a Hinata.

Esta no estaba en absoluto preparada. Cuando desapareció la presión del objeto, Hinata se relajó y empezó a bajar las manos. De repente el leopardo estaba de nuevo allí, y en la pequeña confusión producida por el juramento que musitó Shion y los movimientos espasmódicos hacia el vaso.

Hinata trató de sujetar el objeto, manoseándolo, casi haciendo juegos de manos con él, sabiendo en aquellos momentos de desesperación cuál era el auténtico sabor del miedo. Se derramó totalmente sobre ella al cabo de un momento, como una ola al romperse, pues no pudo retener al leopardo y éste, finalmente, se deslizó de sus manos.

Instantes después se estrelló contra los ladrillos que formaban un ancho borde alrededor de la chimenea, haciéndose añicos. El ruido fue tan terrible como el grito simultáneo de Chiyo desde el umbral.

—¡Dios mío, ha roto el leopardo!

Naruto giró sobre sus talones. Su mirada sorprendida se fijó primero en su abuela, cuyo rostro estaba contorsionado por el horror, y luego en las dos hermanas, ambas en pie por entonces. Shion se había llevado una mano a la boca, mientras miraba hacia los ladrillos.

La de Hinata se aferraba a la base de la garganta, como si estuviera impidiendo la salida de algún grito de angustia. Naruto cruzó la estancia casi a la carrera, seguido por los demás, que rodearon a las dos mujeres. Chiyo estaba aún demasiado conmocionada para moverse.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Naruto consternado cuando vio lo ocurrido.

No miraba los fragmentos del leopardo desparramados sobre los ladrillos rojos, sino a Hinata. Esta estaba pálida como la cera, y él temió que pudiera sufrir un desmayo en cualquier momento. Tendió las manos hacia ella y dio un paso para rodear la mesita de centro. En aquel instante estalló Chiyo.

—¡No tienes remedio!

A través de la confusión de voces en la sala, la de aquella mujer era como el siseo de una víbora que se imponía a todas las demás.

Naruto detuvo su movimiento poco antes de llegar a Hinata, y se volvió, con una expresión de incredulidad.

—¡Abuela!

La mujer permanecía enmarcada en la ancha arcada, una figura vestida de gris, las venas del cuello sobresalientes y claramente visibles incluso a distancia. Al fin se movió y empezó a acercarse con lentitud, sus ojos como dos estanques de veneno que mantenía clavados en Hinata.

—No has hecho más que desorganizar esta casa desde que has llegado aquí, no has hecho más que barbaridades, ¡y ahora eso! —Alzó el mentón mientras señalaba con gesto espasmódico el leopardo.

Naruto la miraba de hito en hito.

—¡Cállate! —le gritó.

Chiyo no estaba dispuesta a hacerlo, y entonces se volvió hacia él, deteniéndose cerca de la mesita de centro con su charco de jerez y la escena de destrucción más allá. Al lado de Naruto era una figura diminuta, pero su furia violenta la agigantaba.

—¡Esta mujer es un desastre! ¡Un completo desastre! Para nosotros, para ti, para ella misma.

Ante esta injuria, Naruto apenas pudo encontrar su voz.

—Te lo advierto, abuela, si no pones fin de inmediato...

—¡No te atrevas a decirme lo que he de hacer! —le espetó con una ira incontrolable—. Esta es mi casa, ¿me oyes? ¡No vas a decirme lo que he de hacer o decir en mi propia casa! —Dio una patada a la alfombra, con la acumulación de emoción reprimida de toda una vida—. Toda tu vida, Naruto, toda tu vida has sido difícil, has sido una cruz, haciendo sólo lo contrario de lo que tu abuelo y yo queríamos o esperábamos.

» Él ha aguantado tu incurable irresponsabilidad y yo tus insultos. ¿De eso se trata entonces? ¿Es éste tu insulto definitivo? ¿Traer a esta criatura deficiente a mi casa para que pueda ofendernos a todos actuando como una niña mal educada en la mesa, y luego destruir las cosas que han pertenecido a mi familia durante casi un siglo? Y te propones casarte con ella, para que pueda continuar viniendo aquí y andar a trompicones hasta que no quede nada en pie y todos estemos humillados? —Sus ojos estaban ahora vidriosos—. Pues bien, ¡no lo consentiré!

—¡Entonces vete derecha al infierno, que es el lugar que te corresponde! —rugió Naruto.

—¿Cómo te atreves a maldecirme?

—¿Que cómo me atrevo a maldecirte? ¡Dios mío! —cerró los ojos, lleno de rabia impotente. Cuando los abrió de nuevo, reflejaban un odio que nunca había reconocido tan abiertamente, ni siquiera en su interior—. ¡No es Hinata la que no tiene remedio, sino tú!

El violento intercambio había dejado asombrados y mudos a quienes les rodeaban. Incluso Ashina, el cual podría haber entendido que no era conveniente ir tan lejos. Shion les miraba con los labios separados, Hinata todavía a su lado. Chiyo y Naruto no reparaban en ellos, tan furiosa era la tormenta de sus emociones. La mujer apretaba tanto Los labios que habían perdido el color.

—¿Qué pretendes hacer acerca de esto?

—¿Hacer? —replicó él en tono gélido—. No hay nada que hacer. Estás envenenada sin remedio por tus propios malignos prejuicios, una araña prisionera para siempre en su propia tela, en esta mezquina y trivial existencia que llevas. ¡Aquí entre los preciosos objetos de tu herencia! — Su mano abarcó la estancia en un solo movimiento.

—¡Por los que al parecer no tienes consideración! —Chiyo se acercó un paso, el mentón alzado desdeñosamente—. No respetas nada que tenga gracia y elegancia. Nunca lo has hecho. Y ahora prefieres una vida de desastres constantes y errores con esta mujer en vez de casarte con aquélla para la que has nacido. No debería haber esperado nada más de ti. ¡Debí saber que algún día me avergonzaría de llamarte mi nieto!

—¡Tanto como me avergüenzo yo de serlo!

Hinata permanecía inmóvil ante el sofá, los labios apretados, las uñas clavadas en los brazos con los que se rodeaba el cuerpo. Cada una de aquellas palabras era como un hierro al rojo blanco lanzado contra ella, que atravesaba su corazón y su mente. Pero no dijo ni hizo nada. No podía.

El mundo y la vida parecían haberse detenido para ella, tan inmóvil permanecía bajo aquella diatriba, y sólo se estremeció visiblemente una vez, cerró los ojos ante la voz implacable de Chiyo y las brutales crueldades que pronunciaba. Finalmente sintió el calor de una mano en su brazo, la mano de Hiruzen. Protectoramente, deslizó un brazo sobre sus hombros, hablándole cerca del oído.

—Vamos, pequeña —le dijo, con la voz un poco entrecortada—. No tienes que seguir aquí y escuchar eso. Vamos. Ven conmigo.

Ella se preguntó si las piernas se le habían vuelto de piedra cuando dejó que él la hiciera volverse. Apenas podía moverlas. Entonces le cogió del brazo y los dos salieron en silencio de la habitación. El furibundo intercambio continuó tras ella, y su marcha pasó desapercibida. Lo último que oyó al pasar bajo la arcada del vestíbulo fue la profunda voz de Naruto elevada una vez más, recriminadora:

—¡Has sido una abuela tan inadecuada como tú crees que he sido un nieto!

Hinata cerró los ojos y hundió las uñas en el brazo de Hiruzen.

El viejo se detuvo al pie de la ancha escalera. Sus ojos estaban llenos de dolor mientras miraba su expresión helada, pero le habló con sosiego.

—Cógete de la barandilla y sujeta mi brazo con la otra mano.

Ella obedeció y empezaron a subir. Hiruzen observó el esbelto cuerpo erguido con tanta dignidad, el mentón alzado, mientras subía la escalera, con cuidado pero también con seguridad. Entonces casi estuvo a punto de estallar su propia cólera, que abajo había retenido sólo con el mayor esfuerzo. ¿Qué sabían de ella, ninguno de ellos, excepto Naruto? Habló en un tono que tenía el temblor de la emoción contenida.

—No hagas caso, pequeña. No debes escuchar a esa gente. No eres tú el problema, sino ellos.

«No, Hiruzen, no soy yo», respondió ella en silencio mientras seguía subiendo los escalones, deslizando la mano por la barandilla a cada paso. «Pero es por mi causa. Por mí, esa abuela y su nieto se están atacando como leones enfurecidos. Por mí se ha perdido algo irremplazable para siempre. Y aunque Naruto me quiere, por ser quien soy tendría que vivir rodeado de horror. Oh, Dios mío.»

Al fin llegaron al rellano y ascendieron los últimos escalones hasta el pasillo. Y fue allí, en el último escalón, cuando le llegó a Hinata la voz aterciopelada de Shion, como si repicara proféticamente en el alto y ancho corredor.

«Esto requerirá un poco más de esfuerzo, pero nada más. Tienes que seguir intentándolo, Hinata.»

Hinata se detuvo un momento junto al helecho en lo alto de los escalones, casi como si estuviera escuchando los últimos ecos de la voz cadenciosa que se desvanecían. Y entonces alzó la barbilla y, del brazo de Hiruzen, avanzó con convicción por el pasillo.

No iba a intentar nada más.

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Continuará...