Señorita Constructora
Esta historia es una adaptación.
La historia original es Miss Fix-It de Emma Hart
Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer
Capítulo 21
—Mierda —fue todo lo que pude decir cuando me detuve en mi entrada.
Llegué una hora tarde, y el auto de mi mamá se encontraba ahí. Mi cortina se movió en el salón, así que obviamente trajo su llave de repuesto y entró.
Realmente esperaba poder entrar y ducharme y no tener esta conversación mientras usaba la camiseta de Edward.
Maldición.
Esto es lo que pasa cuando tengo la gran idea de tener sexo y dormir justo después.
De todas las veces que los gemelos pudieran interrumpirnos, despertarnos habría sido grandioso.
Ni siquiera discutiremos el hecho de que salí corriendo mientras Edward luchaba para explicar en lenguaje infantil por qué me encontraba en su cama esta mañana.
Por un lado, quería agradecerle a mi mamá. Por el otro… no. No en absoluto.
Salí de mi camioneta y caminé hacia la puerta principal. Demonios, tenía veintiséis años, y sentía como si estuviera a punto de tener un interrogatorio acerca de dónde estuve toda la noche. Como si tuviera dieciocho años y me pasé el toque de queda o algo así.
De hecho, me sentía un poco avergonzada.
Querido Dios.
Cerré de golpe la puerta detrás de mí. Mamá se encontraba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, y sus manos descansado sobre las rodillas.
—Bueno, buenos días —dijo sin darse la vuelta.
Ahí fue cuando miré en el espejo e hice contacto visual.
—Solo voy… —Señalé hacia las escaleras—. Si.
—¡Bella! ¡Regresa aquí!
Subí las escaleras de dos en dos y me metí en el baño antes de que pudiera seguirme. Afortunadamente para mí, había dos toallas en la baranda.
Tomé mi tiempo duchándome y limpiándome. Cuando por fin salí del agua, estaba segura de que nunca estuve más limpia en mi vida. Prácticamente podía escucharme rechinar de limpia mientras me apresuraba a mi habitación a vestirme.
Acababa de levantar el secador de cabello cuando mi madre tocó la puerta. —Bella. ¿Estás vestida?
Encendí el secador de cabello.
No la detuvo. Claramente ya había tenido suficiente de mi mierda, y entraría estuviera o no vestida.
Por eso tuve una cerradura en mi puerta cuando era adolescente. Sin embargo, nunca imaginé que necesitaría una en mi propia casa.
—Buenos días —dije alegremente—. Lo siento. Llegué tarde. Me quedé dormida.
Me quitó el secador de las manos, lo apagó, y lo puso encima de mi tocador.
—¿Y por qué te quedaste dormida, jovencita? Y, ¿dónde, exactamente, fue eso?
Quería decirle que hay algunas cosas que los padres no necesitan saber acerca de sus hijos, pero en su lugar murmuré algo incoherente y di un paso atrás.
Señaló mi cama dándome una orden sin palabras.
Me senté. Como una adolescente desgraciada.
»Explícame porque tu auto se encontraba estacionado en la casa de Edward Cullen a las once de la noche y aparentemente seguía ahí esta mañana. Y por qué llegaste usando algo que sospechosamente parecía una camiseta de hombre.
Hice una pausa. —¿Quieres, er… realmente quieres que lo haga?
Agitó las manos y se sentó a mi lado. —Bueno, supongo que rompiste la regla de "no retozar con los clientes".
¿Ves? Es una frase real, sin importar lo mucho que se riera de mí.
—Un par de veces —respondí—. ¿Ups?
Mamá se echó a reír. —Sabía exactamente lo que hacías ahí. También tu padre.
—Ups. —Esta vez, lo quería decir.
—Oh, era obvio. Cada vez que lo mencionaba, ponías esos ojos soñadores. Como aquella vez que estabas convencida de que ibas a casarte con Justin Timberlake cuando te llevé a verlo en concierto.
—Eso todavía podría pasar.
Puso los ojos en blanco. —Cuéntame, cariño. Puedo ver que tienes algo en mente.
—¿Podemos tomar café primero?
—Claro. Prepararé un poco. Ven conmigo.
Agarré una liga para el cabello, además de mi cepillo, y la seguí abajo. Tomé asiento en la mesa de la cocina y me peiné mientras ella preparaba café.
Unos minutos más tarde, puso dos tazas en la mesa y se sentó. No dijo una palabra mientras jugaba con mi trenza. Simplemente se sentó, bebió su café y esperó.
—Sé que ya hemos tenido esta plática. Algo así —empecé—. Pero, ¿cómo lo sabes? ¿Que puedes hacerte cargo de los hijos de alguien más?
Levantó las cejas. La sorpresa se registró en su rostro por un segundo antes de darse cuenta y suavizar sus rasgos. —Solo lo supe. No desperté una mañana con una epifanía de que era la Madre Teresa o algo así.
—Maldición. Creo que eso hubiera sido más fácil.
Asintió una vez. —Por mucho. Esta pregunta me dice que la forma en que te sientes con respecto a cierta familia ha cambiado muchísimo.
Tomé un sorbo de mi café antes de dejarlo y envolví las manos alrededor de la taza. No tenía frío, pero se me ponía la piel de gallina. —No sé cómo pasó —admití. Le expliqué lo que sucedió anoche, y cuán fácilmente me acomodé en un papel donde los cuidaba a ambos sin parpadear.
—Los amas. A los gemelos. —Era una afirmación.
Asentí, mirando hacia mi taza. —Son fáciles de amar. Trabajo duro, pero fáciles de amar. Pero, ¿cuándo deja de ser una novedad? Lo hice porque pude, no porque tuviera que hacerlo.
—No estoy de acuerdo —dijo en voz baja—. Sabías que Edward trabajaba. Sabías que obviamente era algo importante, algo que no podía ser interrumpido. Alguien tenía que cuidar a los gemelos y lo hiciste.
—Pero la responsabilidad. Cuando se convierte en una responsabilidad y no una cosa de una sola vez, ¿entonces qué?
Mamá me estudió por un momento. —Tienes miedo.
—No estoy… asustada —dije con incertidumbre—. Yo… no sé. Este no era mi plan. No quería niños. No quería entrar en esa casa y enamorarme de todos los de ahí. —Enterré mi rostro entre mis manos, inhalando profundamente.
Ahí.
Lo dije.
Salté por el acantilado.
Mamá me dio un momento antes de acercarse suavemente y quitar mis manos de mi rostro. Dejó mis manos en la mesa y apretó mis dedos, entonces, en voz baja y tranquila, dijo—: No puedes planear de quién te enamoras. Lo siento, cariño, pero no puedes. No puedes planear de quién, cómo o cuándo sucede. Solo tienes que ir con eso cuando pasa. Si pudieras planificarlo, nunca me hubiera enamorado de tu padre.
—¿No? —dije en voz baja.
—Nop. Me acababa de divorciar. Era mi culpa. Yo era la que no podía tener hijos. Mi ex esposo no pudo lidiar con eso. Y déjame decirte, cariño, estaba furiosa. —Apretó mis manos otra vez como para hacerme entender—. No quería estar cerca de niños. Especialmente, no quería ser una madrastra. Si no podía tener mis propios niños, no quería los de alguien más tampoco.
—Nunca supe que te sintieras así.
—Me sentía afligida. A diferencia de ti, una familia es todo lo que siempre he querido. Me habían quitado la elección. Hasta que conocí a tu padre.
—¿Cómo pasaste de eso? ¿De estar tan enojada a ser lo que eres ahora?
—Me enamoré de tu papá —admitió—. Suena voluble, pero es todo lo que me tomó. No era como si fueras un secreto, sabía que te tenia, y aunque al principio no me interesaba, la forma en que me sentía acerca de él pesó al final más que todo mi enojo. Salimos por meses antes de que nos presentara, ¿te acuerdas?
Asentí. —Estaba enojada porque no me diría nada sobre ti.
—Y lo hiciste saber. —Mamá rio—. Hasta ese momento, seguía en negación acerca de tener hijos. Seguía enojada. Entonces, entré a tu casa, y levantaste la vista de tu tarea, me miraste, después a tu papá, y dijiste "estoy ocupada. Te he preguntado por semanas, ahora, tienes que esperarme".
Me mordí el interior de la mejilla, sonriendo.
Era una especie de adolescente idiota.
»Me enamoré de ti ahí y entonces. —Se echó a reír otra vez—. ¿Y, Bella? El día que me enamoré de ti fue el día que acepté que no podía tener hijos. No era necesario, porque había una niña que ya me necesitaba, y esa niña eras tú.
La sonrisa cayó de mi rostro.
»Y, si hubiera tenido mis propios hijos, nunca habría tenido la mejor hija: tú.
Un nudo se formó en mi garganta. —¿No te sentías asustada? ¿Sobre cómo cambiaría tu vida?
—Creí que no estabas asustada. —Sus labios se crisparon.
—Hipotéticamente —dije.
—Hipotéticamente, me sentía aterrorizada. No solo entraba en una relación, entraba en una relación con un hombre que tenía una hija adolescente. Cielos. —Guiñó un ojo—. Tenía miedo de que no me aceptaras. Eso… no lo sé. No ser capaz de ser el tipo de persona que necesitabas en tu vida. No sabía nada de ti excepto lo que tu papá me dijo. Me tomó mucho tiempo antes de entender lo que necesitabas que fuera para ti.
Aparté mis manos de las suyas y respiré profundamente. —¿Qué pasa si no soy lo suficientemente buena para ellos, mamá? ¿Y si lo jodo porque no soy la persona que necesitan que sea?
—¿Suficientemente buena? ¿Qué es suficientemente buena? ¿Cómo mides lo valioso que eres para alguien más? —Levantó una ceja—. ¿Sabes cuántas veces tu padre y yo sentimos que te fallamos, y sin embargo, te diste vuelta y dejaste claro que no? Eso es parte de ser padres. Siempre habrá ocasiones en que sientes que no eres suficientemente bueno, pero siempre y cuando lo des todo, entonces nunca podrás ser mejor que eso.
—Solo es que es… diferente. Son pequeños. Necesitan mucho más de lo que yo necesitaba cuando nos conocimos.
—Me suena a que hablas a través de tus excusas.
Tomé un profundo respiro y lo solté con un estremecimiento. —Tal vez lo hago. Tal vez necesito hablar conmigo misma. No lo sé. Tienes razón. Solo… tienes razón. Estoy aterrada, mamá. De tantas cosas.
Me miró, sus ojos penetraron en mí, viendo a través de mí. —Estás aterrada de nunca estar a la altura de su mamá ante sus ojos, ¿verdad?
Ding ding ding, tenemos un ganador.
Asentí. —La amaba, ¿sabes? Realmente la amaba. ¿Cómo haces frente a eso? ¿Sabiendo que perdió a alguien a quien amaba lo suficiente como para tener hijos?
Cruzó las manos una encima del otro y me miró directo a los ojos. —Lo enfrenté sabiendo que incluso después de eso, a pesar de que la ve cada vez que te mira, confió lo suficiente en mí para abrirme su corazón. Tu papá aún sigue amando a tu mamá, Bella. Entiende eso. Nunca dejará de amarla, y está bien para mí. Es un tipo diferente de amor. —Se detuvo—. Y la parte que olvidas es que los dos son lo suficientemente jóvenes para tener sus vidas por delante. Solo porque la amó de cierta manera, no significa que no pueda amarte tanto de manera diferente. Recuerda, él es el que fue herido.
—¿Qué debo hacer?
—Necesitas pensar acerca de lo que realmente quieres. Él es quien pone tres corazones en juego, y confía en que no los rompas.
—Sin presión, entonces.
—Escucha a tu corazón, Bella. Te prometo que no te guiará mal.
. . . . . .
Dos días después, papá montó las camas de los niños, y sus habitaciones estaban terminadas. No sabía cómo me sentía al respecto.
Por un lado, era increíble ver las habitaciones terminadas. Todo lo que se tenía que hacer era poner ropa de cama, cortinas y desempacar. En lo que respecta a mi trabajo, sin embargo, ya había terminado.
Por otro lado, no me quedaba nada más que mirar las habitaciones terminadas con el corazón en la garganta.
¿Volvería a ver estos dormitorios otra vez?
Tenía que tomar una decisión, y una que sabía que tenía que tomar pronto. Mi mamá tenía razón. Esta no era una relación normal, había dos pequeños corazones en juego, y mientras me mantuviera en un estado de indecisión, estaba siendo egoísta.
¿Correr el riesgo o tomar la opción fácil e irme?
Si tomaba el riesgo, todo cambiara. Y, de la manera más extraña, me sentía preparada para eso. La idea de no estar alrededor de los gemelos y reír con ellos… bueno, apestaba.
¿La idea de no estar cerca de Edward?
No quería pensar en eso.
Me apoyé contra el alfeizar en la habitación de Ellie. Acababa de tomar una decisión, ¿no? Alejarse no era la opción más fácil en absoluto. Si lo hiciera dejaría un pedazo de mi corazón aquí.
Dejaría un trozo en la pintura de las paredes y en los clavos en el piso. En los cajones de la cómoda, y en los estantes que sostenían sus alcancías.
Miré alrededor de la habitación. Una caja se hallaba puesta al final de su cama, y una falda con volantes de tul sobresalía de la parte superior. Mientras Edward desempacó la mayoría de la planta baja, finalmente, las habitaciones de los niños habían quedado, comprensiblemente, rezagadas.
Colgadores rosas colgaban de la baranda que papá instaló en la cama. Era del todo lo ancho de la cama, y lentamente, me arrastré debajo de la cama individual y arrastré la caja conmigo.
Uno a uno, saqué cada disfraz y lo colgué. Cenicienta. Bella. Campanita. Moana. Cada disfraz que podrías imaginar que tuviera una niña de cuatro años, lo tenía.
Me detuve, tocando la falda de tul y satén del disfraz de Rapunzel. Papá me escuchó, había puesto ganchos en la cama debajo de la de Eli.
Para sus disfraces de superhéroe.
Alineé los zapatos de vestir de Ellie en el estante debajo de la rejilla y usé una pequeña bandeja para poner dentro tiaras y guantes. Dejando la caja en medio de la habitación, entré en la de Eli. Había dos cajas en la esquina, y maldición.
Emocionada, revisé cada una hasta que encontré su marca especial de disfraces.
Capas.
Tantas. Capas.
Una alegre sonrisa se extendió por mi rostro mientras sacaba una de Batman. Dos capas colgaban de cada gancho, y tomé una pequeña bandeja para poner dentro sus máscaras. Había un par de sombreros que también acomodé ahí.
Me deslicé debajo de la cama, presionando las manos contra mi estómago.
Mi corazón se detuvo.
Ver sus capas colgando. Sabiendo que los vestidos de Ellie se encontraban en la otra habitación. Zapatos y máscaras, guantes y tiaras.
Imaginando las sonrisas en sus rostros cuando los vieran.
Mordí mi labio.
Fuerte.
Algo, algo dentro de mí se encendió a la vida, y estas habitaciones incompletas no eran suficiente. Estas habitaciones necesitaban cortinas, ropa de cama y alfombras.
Edward estaba en el trabajo.
Los gemelos estaban en la guardería.
Debería haber estado en casa.
En cambio…
En cambio, rasgué las cajas. Saqueé el armario del pasillo. Puse alfombras y colgué cortinas. Conecté lámparas e instalé pantallas de lámparas. Doblé las piernas de las figuras de acción hasta que estuvieron sentadas, y pegué un cartel de princesas en la pared.
Ajusté sábanas. Sacudí las fundas de las almohadas. Di vuelta a la ropa de cama antes de darle a los edredones una buena sacudida. Estiré las sábanas y coloqué muñecos de peluche. Retorcí alfombras y las coloqué en el lugar perfecto.
Libros para colorear sobre los estantes.
DVD's apilados junto a la televisión.
Corté la cinta de las cajas vacías y las aplané.
Las quité de los lugares que habían ocupado por mucho tiempo.
Más importante aún, inyecté pequeños trozos de mi amor por cada uno de estos niños en sus habitaciones.
Abracé las cajas vacías sobre mi pecho, y de pie en el pasillo, miré las dos habitaciones.
Perfección.
Nada más y nada menos.
Solo perfección.
. . . . . .
Apilé la última caja de cartón cerca del cubo de basura en el jardín delantero y volví a entrar. El reloj decía que estarían llegando en cualquier momento, así que cerré la puerta y tomé mi posición en el quinto escalón.
No me verían cuando llegaran, pero podría ejecutar la etapa final de mi plan maestro.
Bueno, uno antes del final.
El final era la admisión a Edward de que estaba enamorada de sus hijos. Enamorada de él. Enamorada de todo.
Y lo estaba.
Olvida Keeping Up With The Kardashians.
Me enamoré del caos de los Cullens.
Martillado.
Clavado.
Atornillado.
Perforado.
Hice todas esas cosas desde que entré por la puerta principal, pero ninguna en comparación con las cosas que esta familia hizo conmigo desde ese día.
Edward prácticamente había hecho todo para amarlo, y sus hijos hicieron lo mismo sin esfuerzo, aunque de muchas maneras diferentes.
Un auto entró ruidosamente por el camino de entrada.
Cubrí mi sonrisa con la mano mientras los sonidos de Edward sacando a los niños del auto se deslizaban a través de la puerta.
Había estacionado mi camioneta a una cuadra de distancia hace un par de horas, y en lugar de usar lo que normalmente vestía; un vestido floral azul abrazaba mi cuerpo hasta que se extendía en las caderas, y lo hacía en este momento. Extendido sobre la escalera, me senté mientras mi corazón latía a diez millones de kilómetros por hora.
Quería ver sus rostros mientras veían sus dormitorios.
Quería ver el rostro de Edward mientras veía sus habitaciones.
La puerta se abrió y me plegué en mi misma.
—Tengo hambre —dijo Ellie.
—¿Pastel? —preguntó Eli con esperanza.
—Claro. —La puerta se cerró con un portazo, pero no estaba a la altura del tono de voz de Edward. Sonaba abatido, casi triste…
Me puse de pie, mordiéndome el labio. —Hola —dije.
Los gemelos sonrieron.
Edward se inmovilizó.
»Tengo una sorpresa para ustedes —dije en voz baja—. ¿Quieren verla?
Asintieron.
»Está bien, suban las escaleras y cúbranse los ojos.
Justo a tiempo, ambos me siguieron escaleras arriba y cubrieron sus ojos cuando llegaron a lo alto.
»¿Están listos? —pregunté.
Asintieron.
»Uno… —Abrí la puerta de Ellie—. Dos…—Hice lo mismo con la de Eli—. ¡Tres! ¡Abran sus ojos!
Ambos lanzaron sus manos fuera de sus ojos con una floritura. Dado que veían las habitaciones de cada uno, no movieron un musculo hasta que los empujé en la dirección correcta.
Entonces, Eli jadeó y Ellie gritó.
Edward subió las escaleras como una bala. —¿Qué es…? —Sus pies tocaron tierra a solo unos cuantos centímetros detrás de mí, y se detuvo. Me moví hacia atrás contra la pared. Los niños ya estaban en sus habitaciones. No esperaron nada mientras se lanzaban a través de sus cajas de juguetes y se metieron debajo de sus camas.
Una respiración profunda llenó mis pulmones, y envolví mis brazos alrededor de mi cintura.
»¿Qué hiciste…? —Respiró, mirando primero en la habitación de Eli, después en la de Ellie—. Bella. ¿Qué hiciste?
—Hice sus camas, colgué sus cortinas… —Me detuve cuando Eli salió de debajo de la cama usando una máscara amarilla y una capa verde lima—. Colgué sus disfraces.
Justo a tiempo, Ellie apareció, vestida como Cenicienta.
Eli la señaló. —¡Eres una damisela en peligro! ¡Te rescato!
Ella frunció el ceño, mirándolo de arriba abajo. —No. ¡Yo te rescato!
Se detuvo. —Está bien —dijo, entrando en su habitación y trepando en su nueva cama—. ¡Ayuda! ¡Ayuda!
Edward se pasó la mano por la frente. —No sé qué decirte.
—Dejarme prepararte un café es un buen comienzo —admití—. He estado aquí todo el día.
Me miró un momento, con los labios contraídos, antes de moverse para bajar las escaleras.
Los dos nos dimos vuelta por un segundo para comprobar a los gemelos, pero verlos recreando un gran rescate desde la imponente cima de la Montaña Cama obviamente nos tranquilizó a los dos, porque segundos después mis pies tocaron el piso y estábamos juntos en la cocina.
La torpeza teñía el aire.
Me apoyé contra la mesa y respiré profundamente. Me sentía agotada. Nadie se molestó en decirme cuán agotador era colgar cortinas y hacer camas.
No, nadie me dijo cuán agotadoras eran las pequeñas cosas.
—¿Alguien te ha dicho alguna vez —empecé—, que encontrar cinta adhesiva en tu casa es imposible?
Con una cuchara llena de azúcar en su mano, Edward se detuvo. —Todos los que alguna vez necesitaron cinta en mi casa.
—Está bien, entonces, para futuras referencias, está en un dispensador rojo en tu escritorio.
—Por ahora. A Ellie le gusta colgar sus dibujos en sus paredes.
—Ellie puede aprender a regresarlo a donde pertenece cuando termine con él.
Otra vez, se detuvo. Solo por un segundo, pero suficiente para ser conmovedor. —Siento que hay una parte de esta conversación que no conozco.
La había.
—La hay —dije.
—Principalmente la parte de por qué estás aquí.
—Bueno, esa es una historia divertida.
—¿No siempre lo son contigo?
—Por lo general —concordé—. Entonces, mi papá y yo terminamos con las camas bastante rápido, y me quedé para asegurarme de que todo estuviera hecho. Y solo… no podía irme.
—Suena más a vudú que a una historia divertida para mí.
—Cállate y déjame hablar.
—Sí, señora. —Se dio vuelta y me dio un café con una sonrisa, luego se apoyó contra el mostrador con los brazos cruzados sobre el pecho—. Por favor continúa.
Tomé un buen trago de café, bajé la taza e hice exactamente eso. Bueno… —Ahora, me interrumpiste, ¿dónde dejé de hablar?
—Tu solo no pudiste irte —me recordó.
—¡Oh! Cierto. Gracias —Esto no iba como lo planeé.
La historia de mí jodida vida.
»Así, que sí, no me pude ir. Entonces, encontré la caja de disfraces de Ellie, y una cosa llevó a la otra.
—Una cosa te llevó a completar sus habitaciones casi por completo —señaló.
—Cierto. Otra. —Me encogí de hombros y usé mi taza de café como un escudo para esconder mi sonrisa—. Semántica y todo eso.
Edward me miró por un momento. —¿Por qué? —La pregunta fue breve. Aguda. Al punto. Pero no cruel. Todavía amable, pero muy curioso—. ¿Por qué te quedaste?
—Te lo dije. No me pude ir.
—Esa no es una respuesta.
—Lo es si quieres que lo sea.
—Bella…
—No me pude ir porque no quise —espeté. Puse la taza en la mesa junto a mí y me armé de valor—. No me pude ir si no conseguía decir adiós —añadí en voz baja.
Tomé una respiración profunda. —Correcto. Entonces, ¿adiós?
Negué, bajé la mirada por un momento antes de levantarla para encontrar la de él. —Eso no es lo que quiero decir. Yo… pensé acerca de lo que dijiste. El otro día en Coastal. Y lo que no dije y lo que debería haber dicho.
Cerró la distancia entre los dos. Sus manos ahuecaron mi rostro, y me besó justo cuando vacilaba. —No te dije lo suficiente —dijo mientras curvaba los dedos en su camisa—. No te dije que no solo me gustas. No te dije que me estoy enamorando de ti, y debería haberlo hecho. No te dije…
Esta vez, el beso para interrumpir fue mío.
Lo callé.
—No te dije que me estoy enamorando de ti —repetí—. Que amo a tus hijos. Que tu familia me cambió de alguien que nunca los quiso a alguien que no puede imaginar la vida sin ellos.
Tomó un profundo respiro.
Se retiró.
Me miró a los ojos.
»No sé lo que estoy haciendo —susurré—. Nunca seré tan buena en lo que tú haces como padre. No sé si alguna vez será natural o correcto. Pero, quiero intentarlo. Quiero intentar ser suficiente para ellos. Para ti.
Tocó su frente con la mía, sonriendo mientras lo hacía. —Cariño, ya lo eres. Más de lo que sabes.
Dejé que mis ojos revolotearan hasta que retrocedió. —¿Esto está bien? ¿Que no seré perfecta?
Me miró fijamente por un momento, después usó las puntas de los dedos que acariciaban mis mejillas para poner mi cabello detrás de mis orejas. —Hace unos cuantos días, los cuidabas mientras yo ni siquiera sabía qué hora era. No tengo exactamente el mercado en una esquina perfecta.
Bueno… ahí estaba eso.
»Y no importa —continuó tranquilo—. La vas a joder. Yo la jodo todo el tiempo. Es parte de esta montaña rusa.
—Pero, y si…
Presionó su dedo contra mis labios y sacudió la cabeza. —No lo preguntes, Bella. No te atrevas a compararte.
Las lágrimas picaron mis ojos. —¿Cómo no puedo?
—Escúchame. —Su voz era tan suave y relajante, y sus ojos lucían tan brillantes y abiertos y crudos en su emoción—. Tú eres una persona diferente. Katie siempre será su madre, pero eso no significa que no puedas ser quien quieras para ellos. Una parte de mí siempre la amará, pero eso no quiere decir que el resto de mí, todo yo, no pueda amarte. Porque, puede. Y, no quiero que te compares. Tú, Dios, Bella. Tú exhalas tanta vida en mí —susurró, apoyando su rostro en el mío—. No lo hagas. Quiero verte cantando con una brocha y persiguiéndome alrededor de una mesa hasta que muera de risa.
Asentí, apretando la emoción. —¿Puedo estar asustada por esto?
—Por favor, hazlo. Estoy malditamente aterrado.
Por alguna razón, me hizo reír. Sabiendo que sentía lo mismo que yo… no lo sé. Volteó un interruptor, y en lugar de llorar, estallé en carcajadas, envolviendo mis brazos alrededor de su cintura.
Se deslizó a mí alrededor. Su cuerpo se sacudía en una risa silenciosa, y en ese momento, con mi alma desnuda, envuelta a su alrededor, lo supe.
Supe que estaríamos bien.
Porque, era justo como lo dijo mi mamá.
Nunca quise niños. No hasta que conocí a los dos que necesitaban que los quisiera.
Y, nunca quise querer tanto a alguien como a estos alocados niños.
—¡Zoom! ¡Zoom! —gritó Eli, corriendo a través de la habitación en un destello de color con su puño levantado en el aire.
—¡Ewi! —Ellie lo azotó con fuerza, sus zapatos de juego golpeando contra la cocina, mientras se acomodaba la tiara en su cabeza—. ¿Cómo te puedo salvar si continúas corriendo alejándote de mí?
Levanté la vista y me encontré con los ojos de Edward.
Centelleaban.
Mi corazón saltó.
—Eli —llamé—. ¡Quédate quieto y deja que tu hermana te rescate!
—¡Zoom! ¡Zoom! —vino de debajo de la mesa.
—Escoge tus batallas —gesticuló Edward, soltándome para que Eli apareciera entre nosotros. Su rostro enmascarado se sacudió entre nosotros antes de que sonriera y se marchara hacia las escaleras.
—Está bien —respondí—. Tú pelea esta, entonces.
—Eso no es lo que quise decir. —Sus labios se contrajeron.
—¡Ewwwiiiiii! —gritó Ellie.
Acuné mi café con una sonrisa.
Edward suspiró, saliendo de la cocina. —¡Eli!
Hola chicas! y por fin hablaron de sus sentimientos!
El martes subo el capítulo final y terminamos con esta linda adaptación :´)
Pero no se preocupen que vengo con otra y se que les encantara, por el momento vayan al grupo a ver el pequeño adelanto que les dejé ;)
Grupo en Facebook: Maly's Infinity Place
Espero disfruten el capítulo y gracias por sus reviews!
¡Subí nueva reseña al blog! Les hablo sobre la trilogía Elementos Oscuros y como afectó mi corazón xd vayan a darle una miradita a la reseña y a lo mejor les da por leerla ;)
Busquen el blog como: Malys infinity place . wordpress . com
Nos vemos.
Bye Sweeting!
