—Sirius, voy a la tienda y vuelvo. –dice Remus en un susurro, moviendo con delicadeza el hombro de su novio que dormía plácidamente. No quería despertarlo de golpe, pero no daba señales alguna de que lo hubo escuchado —Sirius ¿Me has oído?

—¿Mmh?

—Que voy a comprar.

El pelinegro levanta la cabeza unos cuantos centímetros de la almohada, se aparta torpemente el cabello desordenado del rostro y sus ojos somnolientos comienzan a buscarlo.

—¿Qué hora es?

—Las diez -responde el licántropo, abotonándose un grueso abrigo que lo protegería del frío invierno.

—Joder, Lunático. –Black chasquea la lengua, como si su novio hubiese despotricado contra su persona, y se envuelve todavía más con las mantas de la cama —Es sábado y no ha dejado de nevar. ¿No podemos quedarnos un par de horas más en la cama?

—Podemos, claro -le da la razón, pero Sirius advierte cierto sarcasmo en su tono de voz que lo hace rodar los ojos incluso antes de que el otro prosiguiese —pero los tres nos veríamos forzados a un largo e involuntario ayuno ¿quieres eso? Seguro que no.

—Tenemos al crup…

Remus suelta una carcajada de sorpresa mientras se guarda en el abrigo algo de dinero.

—Tienes suerte de que Harry no esté oyendo tus planes sobre su mascota. -opina —Por cierto, deberías ir a prepararle el desayuno, está despierto.

—¿Qué ocurre con todos en esta casa? -se queja, tapándose por completo con las sábanas. —¿Desde cuándo acordamos qué deberíamos madrugar?

Lo que sea que Remus fuese a contestar, queda interrumpido por una seguidilla de pasitos suaves, acompañados por la risa de Harry cuando abre la puerta e irrumpe estruendosamente en el dormitorio de ambos.

Sin esperar invitación, se sube de un salto a la cama y Sirius no tarda en sentir un peso sobre su estómago.

—¿Sirius no quiere levantarse, Rem? -pregunta el pequeño, intentando quitar las sábanas para ver a su padrino, pero éste las toma con más fuerzas, rehusándose a que lo destapasen.

—Lo que pasa, Harry, es que Sirius ya está muy viejo y no tiene las energías que tenía antes.

—¡VETE A LA MIERDA, LUPIN! -grita bajo las sábanas que Harry aún intentaba quitar.

—El lenguaje…

—Ya está muy de día, Sirius -insiste el pequeño, ajeno al tono de advertencia con el que Remus le recordaba al mayor que Harry no debía escuchar malas palabras.

—Quiero dormir.

—Sirius ¿Qué coño? Tienes que levantarte -ladra Harry, y tanto Remus como Black quedan atónitos ante la frase del pequeño. El mayor, finalmente, se quita las sábanas de encima y luego de mirar el rostro de sorpresa de Remus y el de confusión de Harry, suelta una estruendosa carcajada, que le hace ganar una mirada de reprobación de Remus.

—Harry, ¿Qué has dicho? -le pregunta, cambiando su expresión a una muchísimo más severa que era poco usual en él.

—Que Sirius se levante. -responde el niño con un tono de voz bajito, sin entender las reacciones tan distintas de los mayores.

—¿Dónde escuchaste esa palabra?

El pequeño no titubea al apuntar a su padrino con un dedo. Remus, esperándose esa respuesta, mira hacia el hombre, molesto, y luego se inclina un poco para quedar a la altura del chico, quien estaba sobre la cama.

—Sirius dice palabrotas que los niños de cinco años como tú no pueden repetir ¿si? Y lo sabes muy bien -luego suaviza su mirada y le revuelve el cabello antes de besar su frente —Eres un buen chico, Harry, y confío en que no las dirás otra vez ¿Bien?

El pequeño sonríe y asiente, feliz al darse cuenta de que Remus no está molesto con él. Y no puede evitar reírse ante la mirada que le dedica a su padrino, quien no dejaba de reír ante su grosería.

—Bueno, ya me voy. Nos vemos más tarde. -les dice a ambos. Luego se acerca a besar los labios de Sirius y vuelve a revolver el cabello de Harry.

—¿Quién quiere bajar por su desayuno? -pregunta Sirius, incorporándose finalmente y desperezándose una vez que Remus ha desaparecido.

—¡Vamos, a caballo!

Salta Harry, y Sirius se transforma en el enorme perro negro, para que su ahijado se fuese en su lomo hasta la cocina.

—¿Por qué hay que comer frutas por las mañanas, Sirius? -pregunta el menor, mirando con un puchero su plato de fruta en trozos. El aludido le da una mordida a su manzana antes de contestar.

—Porque nos hacen bien, Harry -dice —Porque Remus insiste en que las comamos, y porque tenía razón; no hemos hecho las compras y es lo único que nos queda.

Harry asiente. Se queda mirando la fruta con una extraña expresión que hace que Sirius junte las cejas en un ceño fruncido.

—¿Qué ocurre, Harry?

El pequeño quita la vista del plato y sus enormes ojos verdes se encuentran con los suyos.

—¿A papá y a mamá le gustaban las frutas?

Sirius siente que le oprimen el corazón cada vez que veía esa triste expresión en el rostro de su ahijado cuando preguntaba por sus padres. Le parece lo más injusto que ha presenciado nunca. ¿Por qué Harry tenía que crecer solo con los recuerdos que él y Remus le contaban sobre sus progenitores? ¿Por qué Lily y James tenían que haber partido antes de poder ver a Harry haciendo preguntas de por qué hay que comer frutas?

Suspira, le dedica la sonrisa más dulce que puede y le acaricia la espalda.

—Te puedo asegurar que sí.

—¿Y por qué jamás vienen a comer frutas con nosotros? -pregunta. La voz se le quiebra en las últimas palabras y los ojos se vuelven repentinamente llorosos. Sirius se incorpora de su silla y lo toma entre sus brazos.

—Ya hemos hablado de eso, Harry. -le dice despacio, depositando un cortito beso en sus mejillas —Ellos no pueden venir ¿lo recuerdas? Y aunque no los podamos ver están siempre con nosotros, y te aman más que a nada en todo el mundo.

—¿Más que el quidditch?

—Más que el quidditch.

—¿Más que el chocolate?

—Pfff, mucho, mucho más que el chocolate.

—¿Algún día los podré ver? -pregunta, con cierta esperanza apoderándose de sus ojos.

—Claro. Todos los veremos un día -le sonríe. Harry corresponde a su sonrisa, aunque no parecía más animado. Así que mira a su alrededor, en busca de una distracción para subir el ánimo a su ahijado. Se fija en la ventana de la cocina, que tenía vista completa hacia el patio. —¿Quieres salir a jugar con la nieve, Harry?

Los ojos del menor se abren de par en par, acompañados de una enorme sonrisa mientras asiente con emoción.

—Terminemos la fruta y vamos.

Media hora después, padrino y ahijado, arropados con abrigos, gorros y guantes, se instalaban en el patio de la casa.

Lo bueno de vivir en un lugar sin muggles alrededor, era que podían hacer toda clase de magia sin tener que preocuparse de que vecinos chismosos los pudiesen ver. Y eso era perfecto para ocasiones como esas, en las que Sirius agitaba su varita unas cuantas veces para formar una pista de patinaje en medio, una pequeña montaña para lanzarse en trineo y dos fuertes en los cuales se lanzaban bolas de nieves entre sí.

—Harry voy al baño. No hagas nada peligroso ¿sí? Yo no tardo.

El pequeño asiente.

No pasan muchos minutos antes de que Sirius se de cuenta de que Harry aún no tenía muy claro lo que significaba peligro. Y es que cuando se lavaba las manos, listo para volver con el niño, escucha un grito que fácilmente pudo haberle perforado los tímpanos a esa distancia, seguido de un llanto igual de fuerte.

Con el corazón en un hilo se aparece en el jardín, e inmediatamente se percata de que en medio de la pista de patinaje, el pequeño se encontraba en el suelo con el trineo sobre él.

—¡Harry! -grita, con el pulso corriendo como loco cuando ve como se comienza a formar una enorme posa de sangre bajo el niño.

Haciendo acopio de toda su delicadeza e ignorando el terror que sentía en ese momento, lo levanta con cuidado. El llanto ensordecedor de pronto no le importa, porque lo que ve hace que el alma se le caiga a los pies. El brazo de Harry estaba en una extraña posición y parte del hueso perforaba su piel, pudiéndose ver sin problema alguno.

Mareado, intentando mantener la calma, toma al niño entre sus brazos y sin pensarlo dos veces, se aparece en San Mungo.

La cosa había sido así: resulta que Harry, quien ya estaba mostrando signos de magia involuntaria, se había subido a la montaña de nieve que Sirius había hecho, y cuando estaba en la cima, sin querer la hizo más grande. Mucho más grande. Entonces, cuando se subió al trineo, no solo se asustó, sino que cuando intentó bajar, el juguete ya iba cuesta abajo, lo que hizo que la caída fuese inevitable.

Eso le contó el mismo Harry, una vez que había dejado de llorar cuando la sanadora le atendió el brazo.

Cuando volvieron a la casa, Harry lamiendo la paleta que le habían dado los medimagos por su valentía al dejar de llorar, se percataron de que Remus todavía no había llegado.

El brazo de Harry estaba protegido por un cabestrillo que debía usar solo por veinte minutos. Y es que, a pesar de que la poción reparadora era rápida, sobre todo en niños, los efectos tardaban un poco más cuando se trataba de fracturas expuestas.

Sirius, aún demasiado asustado como para proponer cualquier juego a Harry, lo sienta en el sofá y le prende la televisión que habían logrado que funcionase aun con las protecciones de la casa.

Recién recomponiéndose del susto y de toda la situación en sí, deja salir un largo suspiro de alivio.

—Harry, necesito que hagamos un trato. -le dice, cuando repara en cierto asunto sobre un licántropo demasiado exagerado.

—¿Cuál? -pregunta, desviando la vista de la pantalla.

El mayor se acerca hacia él, baja el tono de voz y le mira con cierta complicidad que al menor parece interesarle.

—A Remus no le va a gustar nada esto, así que será un secreto entre tú y yo.

—¿Qué cosa? -pregunta confundido.

—Que tuvimos que ir a San Mungo ¿bien?

—¿Por qué?

—Porque no queremos preocuparlo.

Harry asiente con efusividad.

—Bien, no me gusta que Remus esté enojado.

—Entonces, sin menciones al hospital.

Sirius le sonríe y le da un apretón a su manito para cerrar el trato.

—¿Quieres que te quite el cabestrillo? Ya han pasado más de veinte minutos.

El menor asiente.

Entonces, Sirius libera su brazo con cuidado. Harry inmediatamente lo estira y flexiona, como si quisiese asegurarse de que funcionaba bien e igual que antes, sin dolerle.

Sirius está a punto de preguntarle si siente alguna molestia, pero las protecciones vibran, anunciando la aparición de alguien.

Sobresaltado, agita su varita a toda velocidad para no dejar evidencia alguna de la existencia del cabestrillo

—El supermercado muggle estaba llenísimo –dice Remus a modo de saludo cuando se aparece en la sala y se percata de la presencia de ambos —¿Cómo han llevado ustedes la mañana?

Sirius pasa un brazo por los hombros de Harry, quien se acurruca en su pecho, y ambos miran al licántropo con una dulce sonrisa inocente.

—Bien, hemos estado viendo televisión.

—Y me comí toda mi fruta, Rem .-dice Harry. El mayor le sonríe y agita la varita para que las bolsas de compra apareciesen en la cocina.

—¿Se portó bien?

—Harry siempre se porta bien, Lunático.

—La pregunta iba para Harry. -replica el otro, con sorna.

El niño ríe, pero asiente.

—Harry, lo siento, pero no encontré las galletas que te gustan. Pero traje las de dinosaurios

—Esas no tienen crema, Remus -se queja, haciendo un mohín caprichoso que había aprendido de Sirius.

Remus rueda los ojos, y se fija en la paleta que el chico tenía en una de sus manitos.

—Harry, luego de esa paleta tienes que lavarte muy bien los dientes ¿bien? No querrás que te salgan caries.

—Él sabe Remus, no lo molestes.

—Solo le recuerdo. Por cierto ¿de dónde la has sacado?

El niño se incorpora ante la pregunta de Remus, levanta el pecho y orgulloso se la enseña, sonriendo.

—Me la han dado porque no lloré nada cuando repararon mi brazo.

Sirius le hace una sutil seña para recordarle su trato de no-contar-nada, pero Harry estaba demasiado feliz narrando su hazaña como para acodarse de ello.

—Me alegro, Ha… -se interrumpe —¿POR REPARAR TU BRAZO?

Sirius se lleva la mano a los labios, indicándole a Harry que no prosiguiera, pero el no lo mira y Remus de todas formas se está acercando a toda velocidad hacia el niño.

—¿Qué tiene tu brazo?

—Se rompió. Remus, el hueso se veía, salía de mi piel, y me desangré tanto que pude haber morido, Rem. -le cuenta, con asombro mientras Remus se va poniendo más blanco a cada segundo.

—¿Cómo? -pregunta en una exhalación.

—Me caí en la nieve.

—¿Cuándo? ¿Ahora? ¿Y fuiste al hospital?

Harry, entonces recuerda que Sirius le había dicho que no debían contar nada sobre el hospital, entonces, le dedica una mirada cómplice antes de negar efusivamente con la cabeza.

—No, nada de hospital, Remus.

El licántropo ya estaba como el papel, y con los ojos desorbitados se gira a ver a Sirius y luego volver la vista al pequeño.

—¿Cómo te curaste?

—Aaaaam -viéndose en aprietos mira hacia su padrino. —No lo recuerdo. Debí haberme desmayado.

Sirius se lleva una mano a la frente, sus ojos buscan a Remus, pero es a Harry a quien le habla.

—Harry, ¿por qué no vas a buscar esas galletas de dinosaurios?

El pequeño asiente, se deshace de los brazos de Lupin y corre hasta la cocina. Sirius lo sigue con la mirada y cuando desaparece por la puerta, vuelve la vista a Remus.

Ya no estaba pálido, sino todo lo contrario. Rojo de ira era poco para describirlo.

—La imaginación de Harry ¿Puedes creerlo? -bromea, pero el ceño fruncido de su novio le indica que no le hizo gracia.

—Sirius Black, dime que lo que ha dicho Harry es mentira.

—Mira, puede que haya sido cierto… pero sabes que los niños alteran las historias.

—¿Qué parte alteró?

Sirius se toma un segundo, como si en realidad tuviese que pensar su respuesta.

—-Bueno, digamos que sí hubo hospital.

—Sirius. -le dice, en tono de advertencia.

—Lunático, ya pasó. Harry está bien.

Remus se cruza de brazos y levanta una ceja.

—¿No pusiste hechizos contra caídas verdad?

—A decir verdad, pensaba que exagerabas con eso de los hechizos anticaídas.

—Ya vez que no. -replica.

—Lo sé, lo sé. -dice Sirius, rodando los ojos.

—¿Me contarás que ocurrió exactamente?

—Si, pero vamos a tomar un chocolate caliente primero… ¿Me creerás si te digo que el que estuvo a punto de morir fui yo, pero del susto? -propone el pelinegro, tirando de una de las manos de Remus para que se incorporase también.

—Estarás a punto de morir, pero de mi mano, Canuto. -escupe, levantándose ante el agarre del otro.

Sirius lo tira lo suficiente como para que chocase contra su pecho.

—Joder, Lunático, como me pones cuando hablas así. -confiesa, hablando más bajita, haciendo ademán de besarlo.

—No me creo que cambies el tema así…. -le regaña, deshaciéndose del agarre de su mano —Y deberías consultar a un especialista si esto te pone.

Sirius se larga a reír, y lo sigue cuando este comienza a caminar hacia la cocina.

—Que pesado, Remus

El licántropo continúa insistiendo sobre el tema y Sirius hace lo posible por zafarse de ello. Harry los observa divertido comiendo galletas. En ese minuto es muy pequeño, pero años más tarde se dice que si bien no pudo crecer con sus padres, no pudo haber crecido en un mejor lugar como lo era estar con Remus y Sirius.