9. Tiempo

Las primeras palabras vinieron de la pelirroja. Se llamaba Marah y estaba casada con el hombre que se encontraba unos pasos más allá, Selgar.

Esa fue la parte civilizada de la conversación.

Después el coronel exigió abandonar el lugar. Así que no le gustó saber qué la puerta por la que habían entrado no podía abrirse desde dentro. Y no importaba lo amigable que pareciera la pareja que estaba frente a ellos, porque no colaboraban del modo deseado.

Tras algunos gritos y amenazas veladas, llegó el argumento con más sentido.

- No soy su marido – terció cansado. – Mi nombre es Jack O´Neill. No tiene sentido que nos retengan aquí.

- ¿Y por qué iba a querer entrar si no es su esposo?

- Yo no quería entrar, quería que ella saliera – respondió irritado.

- Es que eso nunca ha…

- Por el placer de discutir… Si yo no fuera Jonas, ¿qué pasaría?

Selgar se acercó. Se quedó observándoles durante varios segundos, quizá intentando decidir qué grado de veracidad le concedía a esa hipotética posibilidad.

- La verdad es que ese no sería mi problema – replicó dejándoles atónitos. – La gente de ahí fuera se rige por unas leyes que no significan nada para mí. Nosotros nos guiamos por esto – dijo señalando el lado izquierdo de su pecho. - Nuestra labor se limita a demostrar que, si hay sentimientos, cualquier diferencia puede resolverse.

- ¿Está sordo? ¡Ni es mi esposa, ni sus diferencias son conmigo! – insistió. Evitó a propósito negar la existencia de sentimientos.

- Quién sabe, quizá haya una razón para este supuesto error. Podría ser el designio de los dioses….

Marah interrumpió la conversación dirigiéndose por primera vez a ella.

- Bésele.

- ¿Perdone?

- Tal vez puedan probar que estamos equivocados – justificó en gesto conciliador. – Si realmente son un par de extraños…

De forma inconsciente se miraron.

Un segundo.

Dos segundos.

Mierda.

Selgar sonrió con malicia.

- Ella está casada – se disculpó él. – No puede… besarme. En nuestra cultura está prohibido.

Ese argumento parecía más sencillo que explicar, que iba en contra de las regulaciones.

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"La convivencia iluminará el camino", había dicho Marah de forma enigmática.

Y era todo lo que habían conseguido averiguar, sobre lo que debían hacer para cumplir las demandas de sus anfitriones. Se estaban esforzando en comprender la información, pero era inútil fuera de contexto.

- ¿Cómo funciona el tiempo aquí? – preguntó él, recordando la conversación en el bar.

- Seiscientas veces más rápido – reveló Selgar con una tranquilidad antinatural.

- Eso es… es… ¿cuánto es eso Carter?

Ella desarrolló una repentina mezcla de preocupación y fascinación. Desde luego no era la respuesta que esperaban.

- Cada hora en el exterior equivale a… 25 días, señor.

- Es por los bloques de piedra con los que está construido el templo. Cuando se coloca el número adecuado de la manera correcta, se pueden lograr burbujas temporales – recitó la pelirroja, en un discurso que se antojaba ampliamente ensayado.

En medio del desconcierto, ambos tuvieron que asumir que no podían depender de nadie. Incluso aunque el resto del SG-1 hallase la manera de sacarles, la aldea estaba a una distancia de unos 15 minutos. El simple trayecto de ida y vuelta, suponía estar encerrados durante cerca de dos semanas.

Una vez aceptada la situación, una preocupación pasó a encabezar la lista: no disponían de provisiones. Cuando abordaron la cuestión, descubrieron que eso no limitaría su estancia.

Había cinco salas distintas, conectadas por el recinto central en el que se encontraban. Marah les acompañó hacia el espacio del fondo, en el cual se distinguía un pozo del que podrían extraer agua.

- ¿Y qué comeremos? – bufó el coronel.

Le mostraron algún tipo de cereal, cuya apariencia externa se asemejaba a agujas de pino secas. Visualmente no resultaba apetecible, pero el sabor dulce al hacerlo crujir entre los dientes, compensaba el aspecto.

- Un par de puñados de esto cubren las necesidades energéticas diarias. Aunque considerado su capacidad saciante, tampoco es posible comer más.

La sala estaba repleta de aquella planta. Hacer cálculos sobre cuánto tiempo podrían permanecer cautivos en base al último descubrimiento, era aún más desesperanzador.

Nota: confieso que disfruto leyendo situaciones "cliché". Salvo cambio de última hora, me temo que habrá un poco de eso por aquí.