11

SAKURA

No conocía bien a Sasuke, pero al menos ahora sabía que estaba a salvo. Uno de mis mayores miedos como mujer era ser violada. Era un acto siniestro y sucio, uno que marcaba la mente y el cuerpo permanentemente. No importaba cuántas duchas pudiese darme, el pasado nunca desaparecería.

Pero Sasuke jamás me haría eso.

Cuando me acosté con él por primer vez, no sabía qué otra cosa hacer. Le había dado una razón para conservarme, una conexión que le haría sentir algo de cariño por mí. Si la comida no era una opción, el otro camino hacia el corazón de un hombre era el sexo.

Así que hice lo que tenía que hacer.

Pero fue mi elección. Yo había tenido todo el poder y el control. Me sentía atraída hacia él, así que lo disfruté. Pero a pesar de mi repetida atracción, seguía siendo el hombre que me mantenía cautiva. No me iba a acostar con alguien que me respetaba tan poco como ser humano. No sabía qué iba a hacer conmigo, pero no iba a ser su puta.

En absoluto.

No vi mucho a Sasuke durante los días siguientes. Se quedaba en su despacho o trabajaba con Karin mientras yo me quedaba fuera. Cuando estaba bajo el cielo no me sentía tan atrapada. El sol me calentaba la piel como a todo el mundo, y aquello me hacía sentir conectada con los amigos que había dejado atrás.

Me sentía revitalizada explorando la isla y sus criaturas. Me hacía olvidar mis circunstancias actuales, que vivía en una prisión. Cuando la corriente me acariciaba la piel y el sol me calentaba la nariz, sentía por fin algo de alegría.

El helicóptero aterrizó en la explanada a medio día, con las hélices girando cada vez más lentamente hasta que al final pararon del todo. Miré de reojo el aparato negro y me pregunté si podría averiguar cómo se usaba. Si tuviese acceso a internet, podría aprender por mí misma en unos meses, pero Sasuke se había asegurado de que no pudiese acceder a nada.

Bastardo.

Uno de sus secuaces, Kabuto, se me acercó en el precipicio, vestido con vaqueros negros y con una pistola sujeta a la cadera.

No confiaba en él: era impredecible e imposible de leer. Podía leer algunas emociones en Sasuke, pero con aquel tío era como si llevase una máscara.

Paró a un metro y medio de mí.

–Ven dentro.

―Tú no me das órdenes. ―Podía estar allí sentada todo el tiempo que quisiese.

Se me acercó más y me cogió del cuello, apretándome con tanta fuerza que no pude respirar. Sasuke me había agarrado de aquel modo docenas de veces, pero nunca había apretado así. Sus toques siempre constituían un aviso, pero no cargaban con una amenaza inminente.

Intenté darle una patada a Kabuto, pero tenía las piernas demasiado cortas.

Kabuto me observó el rostro hasta que empezó a ponerse azul.

―Si no quieres asfixiarte, te sugiero que me hagas caso. ―Acercó la cara a la mía―. ¿Lo pillas?

Asentí, desesperada por aire.

Me soltó y se apartó.

―Arriba.

Me aferré el cuello y cogí aire. Tenía la garganta irritada, lo que me provocó arcadas sobre el suelo, asfixiándome a pesar de que ya no me tenía agarrada. Cada vez que cogía aire tenía que volver a toser.

―He dicho que te levantes. ―Me dio una patada en el costado, golpeándome en las costillas.

Me caí y me aferré el costado mientras tosía. No grité de dolor, negándome a darle la satisfacción. De todas formas, no podía proferir sonido; me era imposible parar de toser.

Cuando no me levanté, volvió a arremeter contra mí.

―Kabuto. ―Aquella voz autoritaria surgió de detrás de mí, dominante.

Kabuto retrocedió, dejando las manos a cada lado del cuerpo.

―Sólo intentaba que la zorra se levantase.

―Yo me encargo de ella. ―Sasuke apareció sobre mí, con un traje gris y corbata negra―. Prepara el helicóptero. ―Lo despidió con una mirada fría.

Kabuto debió de saber que había hecho algo malo, porque se marchó sin decir palabra.

Cuando estuvo a unos metros de distancia, Sasuke se volvió hacia él.

―Kabuto.

Éste se dio la vuelta, mirando a su jefe a los ojos.

―No vuelvas a tocarla de esa forma. ―No levantó la voz, pero era imposible ignorar la amenaza implícita en sus palabras.

Incluso yo me asusté un poco.

Kabuto asintió.

―Me disculpo, señor. Sólo intentaba...

―Si tienes algún problema con ella, acude a mí. Puedes retirarte.

Kabuto cerró la boca y se marchó, siguiendo sus órdenes con los hombros tensos.

Sasuke se arrodilló y me examinó, tocándome el costado.

–No tienes costillas rotas. Sólo están magulladas.

―¿Y se supone que tengo que estar agradecida? ―Me senté y me masajeé el cuello.

Posó los dedos sobre mi barbilla y me movió ligeramente la cabeza, echándole un vistazo a mi cuello.

―Te pondrás bien.

―Lo sé ―dije en tono defensivo―. No he dicho que no fuera a hacerlo. ―Sasuke sólo me estaba ayudando, pero estaba enfadada con él. Para empezar, estaba enfadada por permitir que un hombre fuera tan desconsiderado conmigo. Debería haber luchado más. Debería haberle roto la nariz a Kabuto nada más tocarme. Pero desde mi posición en el suelo, había resultado imposible.

―A veces me recuerdas a mí mismo. ―Apartó los dedos, observándome con la misma expresión de enfado que le había dedicado a Kabuto―. Odiamos mostrar debilidad ante nadie.

―No soy débil... ―Me masajeé la garganta y volví a toser.

―Nunca he dicho que lo fueses. ―Se puso en pie y me tendió la mano―. Y ahora levanta. Si haces que vuelva a repetirlo, seré peor que Kabuto.

Ahora sí que estaba furiosa.

―Acabas de amonestarlo por hacerme daño, ¿y vas a ser todavía peor que él? ―No tenía sentido alguno.

―Eres de mi propiedad ―dijo en voz baja―. Soy el único que puede castigarte. Es igual que con un niño; sólo sus padres deberían castigarlo. Y ahora levanta el culo, o te arrastraré a la casa por el pelo. ¿Qué eliges?

Sabía que esta vez hablaba en serio. No tenía problemas a la hora de abofetearme o cogerme del cuello. Había ciertos límites que no cruzaría, pero había muchos otros que sí. Me puse en pie y me aclaré la garganta, sintiendo todavía el escozor del agarre helado de Kabuto.

Sasuke se apartó, satisfecho con mi obediencia.

―Teyaki te preparará un té.

Crucé los brazos sobre el pecho mientras caminaba a su lado.

–¿Por qué me quieres de vuelta en la casa?

―Nos vamos a Glasgow. Tengo negocios que resolver.

Me paré en seco.

―¿Voy contigo?

―Sí.

Iba a salir de aquella isla. En cuanto estuviésemos en Escocia, podría escaparme. Tenía que haber una embajada o una comisaría que pudiese ayudarme. Aunque me encontrase en otro país, seguía siendo una víctima de secuestro, y estaban obligados a ayudarme.

Sasuke leyó la expresión de mis ojos.

―No vas a escapar, monada. Puedes intentarlo, pero ten esto en mente: si fallas, habrá consecuencias. ―Me fulminó con sus ojos negros; su voz rebosaba amenaza―. No te diré cuáles son; dejaré que tu imaginación haga su trabajo.

Mis brazos se apretaron más en torno a mi cuerpo y un escalofrío me bajó por la espalda. A pesar del tono de su voz, seguía convencida; si no huía cuando tuviese la oportunidad, lo lamentaría durante el resto de mi vida. Aunque me diera tal paliza que me dejase sangrando, habría valido la pena.

Sólo tenía que ser inteligente... y correr como el viento.

Sasuke continuó andando; su traje enmarcaba aquel cuerpo musculoso. Ahora que lo había visto desnudo, sabía lo que había bajo la tela cortada a medida. Estaba lleno de músculos, contaba con una constitución esbelta y tonificada, y me había encantado enterrar las uñas en ella. Mis sentimientos por él eran contradictorios: seguía sintiéndome atraída por él, me ponía a tono por él, pero al mismo tiempo lo despreciaba.

¿Cómo era posible?

Entramos en la casa y vi las maletas junto a la puerta.

―He preparado el equipaje para varios días ―me comunicó Teyaki―. Kabuto le comprará más ropa en Glasgow si la necesita.

―Gracias, Teyaki. ―Era la única persona en aquella casa que me hacía sonreír.

―Teyaki ―dijo Sasuke con su tono de voz autoritario―. Hazle a la señorita Sakura un té con limón, por favor. Tiene la garganta dolorida.

―Por supuesto ―contestó Teyaki―. ¿Con leche?

―Solo ―dijo Sasuke, recordando cómo me gustaba el café.

Teyaki se puso a trabajar en la cocina mientras Kabuto recogía las maletas y lo llevaba todo al helicóptero negro. Sonó el teléfono móvil de Sasuke, por lo que fue a la sala de estar para responder, hablando en voz baja para evitar que nadie pudiese oírlo desde otra habitación.

Teyaki me entregó un vaso de plástico con una tapa.

―Aquí tiene.

―Gracias. ―Sentí el calor a través del plástico y supe que estaba demasiado caliente para beberlo.

Teyaki comprobó que Sasuke seguía todavía en la otra habitación antes de hablar.

―El señor Uchiha no es exactamente lo que parece. La vida no siempre ha estado de su lado ―susurró.

Miré a Teyaki y olvidé que tenía el té entre las manos.

―¿Qué quieres decir?

Teyaki tenía una expresión de culpa en la cara, como si supiese que había hablado demasiado.

―Ha tenido una vida dura, señorita Sakura. Tiene muchas vendettas abiertas, mucha amargura dentro de sí. Intenta convencerse de que es tan malvado como sus enemigos, pero nunca lo es. Tiene mucha compasión que intenta esconder.

―¿Qué le pasó...? ―Me quedé callada cuando Sasuke volvió, habiendo finalizado la llamada. Intenté cubrir la conversación para que no fuese obvio que estábamos hablando de él―. Gracias por el té, Teyaki.

―Es un placer, señorita Sakura. ―Hizo una ligera reverencia antes de marcharse.

Sasuke se acercó, con el descontento escrito en el rostro. De repente me agarró la muñeca y me la apretó, autoritario; no fue como lo había hecho Kabuto, con pura violencia. Me llevó hacia el helicóptero.

―No metas las narices donde no te llaman. ―Dejó de andar y me pegó más a su pecho. No dejó de agarrarme la muñeca en ningún momento, y su rostro estaba lo bastante cerca como para besarlo―. ¿Entendido?

No lo corregí diciéndole que Teyaki había sido el primero en mencionar su pasado; no quería que el dulce anciano se enfrentara a la ira de Sasuke.

―No tiene nada de malo querer saber más del hombre que me ha secuestrado.

Su mano subió hasta mi cuello; tenía los labios prácticamente sobre los míos.

Un ramalazo de excitación me subió por el cuerpo, que reaccionó inmediatamente a él de un modo carnal. Su fuerza, su poder, tenían algo que me atraía. No soportaba las idioteces, y era raro encontrar a un hombre con las agallas como el miembro hechos de acero.

―¿Me has entendido? ―No apretó, negándose a hacerme daño de verdad. Ahora que había tratado con hombres peores, me di cuenta de que realmente estaba más segura con Sasuke que con ningún otro. Al principio creía que sus toques eran bruscos, pero en realidad eran amables. Estaban llenos de lujuria, no de odio.

―Sí. ―Obedecí por voluntad propia; no quería empeorar su estado de ánimo. Podía manejar a aquella versión de él, la que era silenciosa y amenazante. Si no lo retaba más de lo necesario, jamás me causaría dolor.

―Sí, señor.

A eso sí que no iba a rebajarme.

―Tienes suerte de haberme sacado un sí. No sigas tentándola.

Sus ojos cambiaron mientras miraba los míos. El helicóptero cobró vida de fondo; la hélice ronroneó y se levantó viento. Su mano no abandonó mi cuello en ningún momento mientras me miraba. Me acarició la piel suave con el pulgar. En lugar de enfadarse por mi desobediencia, pareció ablandarse.

Se inclinó hacia mí y eliminó la distancia que nos separaba, besándome con fuerza en la boca. Su mano libre se enterró en mi pelo, agarrando los mechones mientras sus labios seguían presionados contra los míos.

No me aparté. Me gustó.

Quería que lo obedeciera, y se enfadaba cuando no lo hacía, pero parecía respetarme más cuando no me dejaba intimidar. Eran dos rasgos contradictorios en un mismo hombre; no tenían sentido.

El beso duró varios segundos, pero parecieron una eternidad. Después se apartó, y sus labios suaves dejaron de calentar los míos. Me miró por última vez antes de agarrarme de la mano y tirar de mí hacia el helicóptero.

―Vamos, monada.

.

.

.

Glasgow era una ciudad grande ubicada en la región oeste, conectada con un ancho río que se extendía hasta la costa. En cuanto aterrizamos en la pista de aterrizaje, noté la intrincada arquitectura de todos los edificios. Eran de estilo victoriano, y quitaban la respiración. Parecía que hubiese entrado en el siglo XVIII, sólo que con automóviles de fondo.

Nada más aterrizar, los hombres de Sasuke nos saludaron en la pista, todos ellos cargando con pistolas enfundadas. Iban vestidos con vaqueros y ropa oscura, y parecían un equipo de los SWAT de incógnito. Nos escoltaron hasta la parte trasera de una limusina con ventanas tintadas, y conducimos por la ciudad.

Sasuke miró por la ventanilla; tenía las rodillas muy separadas, y los dedos sobre los labios. Recordé cómo era estar en su regazo, sentarme a horcajadas en esas caderas y tomar su impresionante sexo. Era el más grande que me había penetrado nunca, y me había sentido realmente como una virgen al acostarme con él. No estaba acostumbrada a tener sexo con un hombre semejante.

Recorrimos las autopistas hasta salir del centro de la ciudad, avanzando entre la vegetación y los árboles hasta acercarnos a un castillo gris hecho de antiquísimos bloques de piedra.

Apenas podía creer lo que veía.

―¿Vamos allí? ―inquirí, sintiéndome idiota por preguntarlo. No había ningún otro destino a la vista. No había otro sitio al que ir.

Sasuke siguió mirando por la ventanilla.

―Sí.

―¿No es propiedad del gobierno?

–No.

Miré aquel enorme trozo de historia conforme nos acercábamos, dándome cuenta de que era diez veces más grande que una mansión normal. La fortificación era indestructible; se había mantenido firme durante cientos de años a pesar del peso del tiempo.

―¿Es tuyo?

―Sí.

Sabía que era rico, pero ¿quién diablos podía permitirse un castillo?

―Este lugar debe de haber costado una fortuna.

―A mí no me costó nada. Soy descendiente de la Casa de Alpin.

Para qué mentir, no sabía una mierda de historia mundial.

―Perdona, no sé qué significa...

―Mi linaje proviene de la realeza. Mis ancestros solían gobernar Escocia. Soy el último descendiente vivo de la casa y, por lo tanto, es mío.

Me quedé con la boca abierta de la sorpresa. Sabía que quedaban algunas familias reales en el mundo, como en Inglaterra y en otros sitios, pero nunca creí que conocería a uno de los descendientes de una de ellas.

―Guau... Es increíble.

Sasuke se encogió de hombros como si apenas fuese de interés.

―No lo digo con ánimo de ofender, pero... no pareces escocés.

―¿Porque no soy pelirrojo? ―preguntó con una voz llena de aburrimiento―. ¿Porque no tengo pecas ni los ojos azules? Se llama evolución, monada. Supuse que sabrías lo que es, ya que eres aspirante a doctora...

―No tienes que comportarte como un idiota ―espeté―. Una cosa es ser escocés y no parecerlo, y otra ser de sangre real y no actuar como tal. Como he dicho, no tenía ánimo de ofender.

El coche se acercó a la casa, aparcando en la impresionante glorieta que había a lo largo de la entrada de vehículos.

―No puedo creer lo bonito que es...

―Espera hasta que veas el interior. ―El coche se detuvo y el conductor le abrió la puerta a Sasuke.

Éste me cogió de la mano y me ayudó a salir, bajándola a mi cintura en cuanto estuve de pie. Observé los altos muros y los senderos del exterior del castillo; sentía como si hubiera viajado atrás en el tiempo, como si estuviese en otro mundo.

Ignoré su mano en mi cintura mientras asimilaba aquella vista espectacular. No había visto algo así en mi vida, y ser testigo de todo ello con un hombre que descendía de aquella misma historia resultaba incluso más increíble.

―¿Tuviste que renovarlo?

―Un poco. Pero en su mayor parte se ha mantenido muy bien. ―Sasuke ojeó los coches restantes mientras aparcaban; el resto de su gente. Descansó la mano en la parte superior de mis caderas, rodeándome la cintura con los dedos.

―¿Por qué me tocas así? ―pregunté, mirándolo.

―Para que mis hombres entiendan que no estás disponible. Salvo que quieras que piensen que eres una puta a disposición de todos. ―Dejó caer la mano y se unió a sus hombres, dejándome atrás.

Desde luego, no quería que pensasen tal cosa, pero se lo diría yo misma. Con los puños, si se llegaba a eso.

Nos acercamos a la entrada del castillo, deteniéndonos delante de dos grandes puertas de madera que medían al menos tres metros. Entramos a un vestíbulo histórico que exhibía un techo abovedado con una chimenea de enormes proporciones en el muro del fondo. El mobiliario era de estilo victoriano, a juego con la arquitectura del castillo. Dos escalinatas diferentes iban en direcciones opuestas, y la gran alfombra del suelo era de color borgoña oscuro, con un león en el centro.

―¿Dónde dejamos las cosas de la chica? ―preguntó Kabuto, sosteniendo una de mis maletas.

―Tengo nombre ―siseé―. Sakura, y lo sabes.

Miró fijamente a Sasuke, conteniendo su ira y pidiendo permiso en silencio para abofetearme.

―En mis aposentos ―ordenó Sasuke.

―Eh, un momento. ―Me acerqué a él para que pudiésemos tener algo de privacidad―. No voy a dormir contigo.

―¿De verdad crees que voy a perderte de vista? ―Frunció el ceño―. Ni hablar.

No sabía qué más decir, así que me repetí.

―No voy a dormir contigo. Ni siquiera quieres que lo haga.

Acercó su rostro al mío; sus labios quedaron a meros centímetros.

–Puede que no peguemos ojo.

.

.

.

Sus aposentos eran de otra época. La cama era más grande que cualquier cama king que hubiese visto, la chimenea tenía unas proporciones mayores a la de una televisión plana de 70 pulgadas, y la madera de los muebles y cómodas parecían ser reliquias del antiguo castillo restauradas.

Mientras Sasuke trabajaba en el piso de abajo con sus hombres en una de las salitas, yo me quedé en el dormitorio, que tenía su propia sala de estar, un balcón privado, un vestidor, un baño totalmente reformado y otra salita, a saber para qué. Era más grande que la mayoría de las casas.

Se me puso la piel de gallina en cuanto me senté a los pies de la cama y me aferré al poste de ésta. ¿Era aquella la misma estructura en la que había dormido el último rey? ¿Qué más había en aquel castillo que hubiese vivido más vidas de las que yo llegaría a presenciar? Su importancia histórica me aturdió, y eso ya era decir, porque nunca me había importado la historia. Pero podía apreciar algo que tenía doscientos años de antigüedad.

Me preparé para dormir y me puse la camisa más grande y los pantalones de deporte más feos que pude encontrar. Toda la ropa que Sasuke me había comprado era femenina y apretada; demasiado sexy. Así que me puse su ropa. Con suerte, así evitaría sus intentos de seducción. No importaba que fuera el monarca extraoficial de Escocia, además de rico y guapo; no iba a volver a acostarme con él.

Estaba tumbada en la cama, completamente despierta y mirando por la ventana, cuando llegó. Cerró la puerta sin hacer ruido al entrar, como si creyese que estaba dormida, y se desvistió a los pies de la cama, quitándose la corbata y el resto de su traje.

Debían ser las dos de la mañana; me sorprendió que trabajase durante tanto tiempo. ¿De qué habían estado hablando allí abajo? ¿Qué información podía discutirse durante tanto tiempo? No me había quedado dormida aún porque quería estar despierta para cuando regresase. Sabía que podía confiar en él hasta cierto punto, pero me sentiría más cómoda cuando estuviese en la cama y dormido, no despierto y excitado.

Apartó las sábanas y se tumbó a mi lado. No me tocó; se quedó en su lado de la cama.

―¿No puedes dormir?

¿Cómo sabía que estaba despierta?

―Te estaba esperando.

La arrogancia hizo aparición en su voz.

―¿Ah, sí? Bueno, pues aquí estoy, monada. ―Se movió hacia mi lado de la cama.

Me di la vuelta y saqué un brazo, golpeándolo en el duro pecho.

–No me refería a eso, y lo sabes.

Se rió y mantuvo las distancias, poniéndose boca arriba y mirando el techo. Tenía una mano sobre el pecho.

Me pregunté si estaba desnudo. Siempre que había entrado en su habitación de noche, me lo había encontrado así.

―¿Por qué estamos durmiendo juntos? ―pregunté―. La última vez que estuvimos en la misma cama me echaste de tu habitación.

―Aquello fue diferente.

–¿Diferente en qué?

―No quiero que duermas sola en una habitación en este lugar. Uno de los chicos podría entrar e intentar divertirse un poco contigo...

El significado de sus palabras me hizo ponerme a la defensiva.

–Para ser hombres tan leales, no pareces confiar en ellos.

―Confío plenamente en ellos, en realidad. Pero cuando más cuidado debes tener es cuando confías mucho en alguien.

Enarqué una ceja.

–Eso no tiene sentido.

―No, piensa en ello. Si mis hombres piensan que confío en ellos, se sentirán cómodos. Y si se sienten cómodos, podrían intentar algo porque creen que pueden salirse con la suya. Luego podrían mentir, ya que saben que cuentan con mi confianza. Así que, en mi opinión, es mejor curarse en salud. Prefiero tenerte bajo mi vigilancia. Si quieres algo bien hecho, deberías hacerlo tú mismo. O eso dicen, ¿no?

Curiosamente, sí que tenía mucho sentido.

―No, no quiero compartir cama conmigo. Pero el colchón es lo bastante grande para apenas notar que estás aquí. ―Giró la cabeza hacia mí; tenía el pelo algo revuelto por haberse pasado la mano―. No roncas, ¿verdad?

―No. ¿Y tú?

―Tampoco. ―Volvió a girarse hacia el techo.

Miré atentamente su musculoso pecho, notando que las sábanas le llegaban hasta la cintura.

―No estás desnudo bajo las sábanas, ¿no?

Cuando se giró hacia mí, tenía una sonrisa malvada en los labios.

―¿Por qué no echas un vistazo y lo descubres?

―Estoy bien como estoy ―respondí sarcástica.

―Bueno, él está listo cuando tú lo estés.

¿Cuándo yo esté lista? Como si fuese a estarlo algún día.

―No voy a volver a acostarme contigo. Aquello fue un acontecimiento único.

―Lo que tú digas, monada.

–Hablo en serio.

―Perdona ―dijo con una risita―, pero me cuesta mucho creerte.

―No soy una de tus muñequitas.

―Hala. ―Se incorporó en la cama, sujetándose con un codo―. ¿Qué te hace creer que me acuesto con muñequitas? En realidad me gustan las mujeres fuertes, listas e independientes. Una de mis chicas es diplomática francesa. Es sumamente inteligente.

―¿Tienes varias novias? ―pregunté con asco.

―Novias no. Sólo chicas. ―Volvió a tumbarse y se subió las sábanas hasta el hombro―. Y ahí vas otra vez... te comen los celos.

―Vaya por Dios... ―Quise darle una colleja―. No estoy celosa. Nunca he sido celosa. Jamás seré celosa.

―Te gusta mucho hablar de mi vida sexual.

―No me gusta nada ―dije con frialdad―. Estás limpio, ¿verdad? ―Me odié en silencio por preguntarlo después de haber cometido ya el acto en sí, pero lo había hecho para sobrevivir, para alejarme de Bones, así que no podía castigarme demasiado.

―Por supuesto que sí, monada. Por cierto, tenemos que ponerte la inyección. Karin se ocupará de ello por la mañana.

Me enfadé.

―Te he dicho que no voy a volver a acostarme contigo.

―Bien. Pero te vamos a pinchar igualmente, porque cambiarás de idea.

–No voy a...

Se subió encima de mí y juntó nuestras bocas, dándome un beso abrasador tan agresivo que me dolieron los labios. Me agarró las muñecas y las inmovilizó contra el colchón. Me metió la lengua en la boca y la hizo bailar con la mía.

Mi resistencia desapareció en cuanto exhaló entre mis labios. Tenía los ojos abiertos, mirándome seductor mientras adoraba mi boca con la suya. Estaba desnudo de cintura para abajo, y sentí su miembro a través de los pantalones.

En cuanto sintió mis labios devolverle el beso me soltó una mano y enterró los dedos en mi pelo, sintiendo su suavidad. Empezó a moverse conmigo, frotando su erección contra mi clítoris a través de la tela.

Mis rodillas se separaron automáticamente para dejarle sitio; quería más de aquella fricción, más de aquella barra de acero que tan bien me hacía sentir. Sus labios me hipnotizaron, dándome un beso ardiente que me dejó sin aliento. En cuanto me besó olvidé que aquel hombre era mi captor, que me había quitado todos mis derechos como persona.

Empujó las caderas con más fuerza, empujando su sexo directamente contra mi clítoris palpitante. Me hizo jadear y moverme con él, disfrutando de lo impresionante que era su pene. Gemí en su boca al sentir el éxtasis entre mis piernas. Sin siquiera estar dentro de mí, me hacía explotar como si estuviese hecha de fuegos artificiales.

―Oh, Dios... ―Encogí los dedos de los pies y mis gemidos se convirtieron en gimoteos. La sensación era tan increíble que olvidé la facilidad con la que me ponía a tono.

Sasuke dejó de moverse y me miró con la victoria reflejada en los ojos.

–Te pondrán la inyección por la mañana.