Capítulo 21

Karaoke

You are my sunshine, my only sunshine

You make me happy when skies are gray.

You'll never know dear, how much I love you
Please don't take my sunshine away

—Creía que era Quinn Fabray quien me llamaba, no Johnny Cash.

—Pensaba que mi mejor amiga, me iba a llamar más a menudo mientras se da baños de multitudes en sus conciertos —recriminó.

—Ok, mea culpa.

—¿Te atreves a reírte de mí después de recibir mi llamada y hacerlo con una preciosa canción, cantada por mi preciosa voz?

—Vamos, no mientas. Estabas cantando porque detestas los tonos de espera.

—Ok. Me estoy arrepintiendo de llamarte. ¿Qué te pasa? ¿Por qué me tratas así cuando pretendo ser dulce?

—¿Dulce? Oh dios, mio. ¿Quién eres tú y qué has hecho con Quinn? —le replicó sin poder contener la risa.

—Eres una idiota. Voy a colgar…

—No, no, espera. Lo siento. Pero tienes que admitir que es extraño para mí que digas que quieres ser dulce conmigo. ¿Qué te sucede? ¿Por qué estas tan cariñosa?

—Estoy de muy buen humor, a pesar de que hoy tengo una cita con mis compañeros de hotel.

—¿De verdad? ¿Vas a salir con ellos y estás de buen humor? Basta, en serio, Quinn si te tienen secuestrada, por favor, di nuestra palabra secreta.

—Cállate, idiota —masculló desesperada—. Te he llamado para saber cómo estabas, y para comentarte algo muy importante.

—Amm, pues ahora mismo estoy en South Valley, cerca de Albuquerque, tumbada en el sofá de un hotel, descansando para el concierto de esta noche mientras Britt trata de entender que el mando del aire acondicionado, no sirve para encender la televisión.

—Vaya, está siendo interesante la gira.

—Bueno, no me quejaría si no fuera por los últimos acontecimientos.

—¿Qué acontecimientos?

—No voy a poder recorrer ni la mitad de los lugares que me dijeron en un principio.

—¿Por qué? ¿Qué sucede?

—Peter me ha dicho que el promotor se ha retirado, y no va a seguir colaborando para que podamos viajar. Así que vamos a agotar lo que tenemos, y volveremos.

—Maldita sea. Pero ¿por qué hace eso? ¿No estaba encantado de poder invertir en tu gira?

—Sí, y supuestamente sigue encantado, pero ha tenido problemas con la justicia. Al parecer el dinero que tiene no procede de trabajos muy legales, y han embargado sus cuentas.

—Oh dios. ¿Y qué vas a hacer? ¿Hasta cuándo estaréis por ahí?

—Bueno, supongo que podremos llegar hasta Florida.

—Ojalá tuviese todo ese dinero para poder promocionarte en condiciones.

—Tranquila, me conformo con los conciertos que voy a tener. Cuando regrese, buscaré más alternativas, y Peter ya me ha dicho que ha hablado con varias discográficas que quieren lanzar a gente nueva.

—Eso es lo importante, que esos productores te vean de una vez y sepan lo grande que eres.

—Sí, así es. Pero ya sabes que no me voy a deprimir si eso no sucede. Mi único plan ahora mismo, es disfrutar al máximo lo que estoy haciendo.

—Lo sé. Y espero que estés disfrutando mucho. Tiene que ser genial visitar esos lugares. ¿No es cierto?

—Totalmente. Apenas consigo reunir a 50 o 100 personas en cada concierto, pero merece la pena.

—¡Hey Quinn! —la voz de Brittany se colaba en la conversación— ¿Ni siquiera me vas a decir hola?

Quinn comenzó a sonreír al escuchar el grito de la rubia tras el auricular.

—Hola Britt…te echo de menos.

—Britt, dice que te echa de menos—repetía la latina.

—¡Yo también!

—¿Cómo está? —preguntó Quinn tras volver a escuchar la voz de la chica— ¿Se lo está pasando bien?

—Se dedica a escuchar los comentarios del público para saber que opinan tras el concierto. Es la mejor espía que puedo tener.

—Genial…Oye, ¿y cuándo se supone que regresáis? Porque tu habitación está ya alquilada.

—Sí, ya sé que me has remplazado pronto —bromeó—,pero tranquila, cuando vuelva, voy directamente al apartamento de Britt.

—¿Estáis decididas a vivir juntas?

—Sin duda, es lo que más deseo.

—Entonces no me eches en cara que te he sustituido. Eres tú quien me abandona por otra rubia.

—Ésta rubia me da cosas que tú ni te imaginas —espetó divertida.

—Bien, pues yo me busco a una morena que me da cosas que tú no me das —le replicó a consciencia.

—¿Qué? ¿Cómo que te da cosas que yo no? ¿Te has acostado con ella?

—¡Nooo! —exclamó rápidamente— ¿Qué dices?

—Quinn, sexo es lo único que yo no te he dado, así que ya me dirás.

—Rebecca me invita a cenar a un restaurante asiático, y luego paseamos bajo la lluvia —le dijo sin perder el sarcasmo.

—¿De verdad? ¿Has salido a cenar con ella?

—Sí, anoche.

—Oh dios… Pero esa chica va a por todas.

—¿Quién va a por todas? —Brittany volvía a interrumpir la conversación, consciente de que algo estaba sucediendo.

—La chica nueva, Rebecca. Al parecer va a por todas con nuestra Quinny, y nuestra Quinny no pone impedimentos.

—No seas imbécil, sólo me invitó a cenar porque quería conocer el restaurante —interrumpió Quinn.

—Sí, claro —murmuró Santana segundos antes de dejar escapar una sonora carcajada.

—Es verdad. Es chef y quería conocer ese restaurante para saber si tenía posibilidades de trabajar ahí o no.

—Eh…San, voy a bajar a recepción, éste mando está mal —espetó Brittany buscando la más absurda de las excusas.

—¿Ahora? Ese mando está bien, no es el de la tele.

—Bueno, da igual, quiero salir un rato. Ahora vuelvo… ¿Ok?

—Ok.

—¡Adiós Quinny! —gritó a escasos centímetros del teléfono, provocando un severo susto en Santana, y el total desconcierto en Quinn que no se esperaba aquel grito bajo ningún concepto.

—Adiós Britt —susurró tras recuperar la compostura.

—Dios, me ha dejado sorda—espetaba tras comprobar como Britt había abandonado la habitación—. Está loca.

—¿Ahora te das cuenta?

—Bueno, ¿me cuentas? ¿Qué es eso tan importante que me tenías que decir? Aparte de que estás con pie y medio fuera del armario.

—Eres una imbécil —le recriminó Quinn—. A ver, antes quiero que me prometas que no vas a decir nada. No quiero que nadie lo sepa, ¿ok?

—Quinn, ¿no confías en mí?

—Creía que podía confiar en ti.

Britt apenas había esperado a salir de la habitación para tomar su teléfono y comenzar una llamada que se antojaba urgente, al tiempo que recorría el pasillo del hotel, completamente molesta.

—Britt, ¿qué ocurre? ¿A qué viene eso? —respondía Rachel completamente sorprendida por la llamada.

—¿Qué se supones que estás intentando con Quinn? ¿Quieres acostarte con ella?

—¿Qué? —Rachel se encerraba en el baño, tratando de evitar que cualquier vestigio de su voz traspasase alguna ventana, y llegase hasta la terraza, dónde Quinn podría aparecer en cualquier momento.

—Acabo de escuchar a Santana decirle a Quinn que si te habías acostado ya con ella. ¿Es eso cierto?

—¡No! ¿Qué dices?

—¿Saliste anoche con ella?

—Sí, fuimos a cenar.

—Oh dios.

—Britt, se supone que he venido aquí para estar con ella mientras vosotras no estabais, y eso es lo que hago. Además, fue ella la que se ofreció a acompañarme a un restaurante. Solo salimos como amigas.

—Pues no es eso lo que ella parece entender. De hecho, ella habla de una cena romántica en un restaurante asiático, y un paseo bajo la lluvia.

—Oh dios, ¿de verdad lo ha dicho así?

—Sí…O no sé, igual era Santana quien lo dijo, pero no entiendo nada. ¿Quieres acostarte con ella?

—No…—sonó poco convincente— Britt, yo solo quiero ayudar a Quinn, y eso es lo que hago. Salimos y ella se desenvolvía perfectamente. De hecho, incluso terminó animada porque nadie se daba cuenta que era ciega, y ya sabes cómo es Quinn. Se sentía bien, estaba segura de sí misma.

—¿Y por qué San habla de sexo?

—Ya sabes cómo es Santana, siempre ha bromeado con eso y Quinn.

—Rachel, no soy imbécil, ¿qué está sucediendo?

—Nada Britt, puedes quedarte tranquila.

—¿Estás tratando de conquistarla? —fue directa.

—¿Qué? —titubeó.

—Es lo que parece.

—No Britt, no intento nada, solo quiero hacerla sentir bien, útil, nada más.

—¿Lo prometes? ¿Me prometes que no estás intentando sacar a Quinn del armario, tal y como dice San?

—Te lo prometo —le dijo, y no mintió. Ella realmente no estaba intentando conquistarla, simplemente había tomado la determinación de dejar que fuese Quinn quien tratase de conquistarla a ella si así lo quería.

—Bien —respondía Quinn tras explicarle la grata noticia de la llamada del hospital a Santana—, espero que no me falles y cumplas tu palabra. No quiero que se entere nadie, ni siquiera Brittany. ¿Ok? Solo lo sabe Dana, porque me va a acompañar a la consulta, y Dave. Te lo digo a ti porque creo que debes saberlo.

—Tranquila rubia, prometo no decir absolutamente nada. Y sí, tengo que saberlo, al igual que tengo que saber lo que te diga ese médico, ¿entendido?

—Te llamaré en cuando salga de allí.

—Ok. Oye…Te voy a tener que dejar, me tengo que empezar a preparar para el concierto y no tengo ni idea de dónde está Britt.

—Está bien. Yo también tengo que colgar ya. He quedado a las 8 con los chicos del hotel.

—Pues como no te des prisa, vas a llegar tarde. Te falta media hora.

—¿Qué? Oh dios. Ok, te dejo San, hablamos el lunes.

—Estaré esperándote. Cuídate.

—Y tú, y comete el escenario.

—Adiós, Quinny…

—Un segundo Britt —Rachel no dejaba que la rubia se despidiese de ella.

—Dime…

—Tengo número de teléfono nuevo, y como ahora voy a vivir en el apartamento de Quinn, será mejor que me llames a ese, no al mio.

—Ok, dámelo…

—Te hago una llamada perdida. Aún no consigo memorizarlo.

—Perfecto, es buena idea esa de tener otro número, Rachel.

—¿Rachel? —Santana salía al pasillo del hotel dónde estaba situada su habitación, y escuchaba aquella última frase de Britt, que completamente ajena, caminaba por la estancia con el teléfono pegado a su oído.

—Eh… Oye…ya hablamos, Santana me espera —se excusó ante Rachel tras descubrir a Santana.

—Ok, Adiós, Britt.

—Adiós…

—¿Estabas hablando con Rachel? —cuestionó Santana confusa.

—Sí —le dijo sin darle importancia.

—¿Qué diablos haces hablando con esa?

—Hey…tranquila. ¿Ok? Yo hablo con quien quiera.

—¿Con quién quieras? No, con Berry no debes hablar.

—¿Perdona?

—Le dijiste a Quinn no habías vuelto a tener contacto con ella, ¿qué haces llamándola?

—En primer lugar, puedo hablar con quién me dé la gana, ¿entendido? Y segundo, no hablo todos los días, solo me ha llamado para preguntarme algo.

—¿Y qué quería? ¿Qué te ha preguntado?

—Nada que te interese.

—¿Ahora tienes secretos con ella?

—No San, no tengo secretos —espetó enfadada—, solo me ha llamado para darme un número de teléfono y punto. Nada más, deja de ser paranoica.

—No me lo puedo creer, ¿ahora discutimos por culpa de esa?

—Eres tú quien está discutiendo —respondía colándose en el interior de la habitación ante la confusa mirada de Santana, que completamente enfadada se lamentaba por aquella situación.

—Ok, muy bien, Berry, primero destruyes a Quinn, y ahora vienes a fastidiarme a mí —susurró siguiendo los pasos de su chica.

Sin embargo, Rachel no era consciente de aquello.

Tras la breve conversación con Brittany, se dispuso a prepararse para salir a comprar algo de comida, con aquellas palabras bombardeándola constantemente.

Que Quinn y San hablasen de ese tema concreto realmente le ponía nerviosa. Había tomado la decisión de no hacer nada de lo que pudiese arrepentirse, y tratar de conseguir algo con Quinn, siendo Rebecca, no iba a traerle nada bueno. Su único objetivo era el convertirse en alguien con quien Quinn pudiese distraerse durante aquellas semanas. Alguien que saldría de su vida, dejándola con el ánimo y la seguridad que siempre tuvo, y no con el corazón roto.

Sabía que le iba a costar, que cada vez que Quinn se acercaba a ella, algo le impedía detenerse, y más aún ahora, que, tras aquella charla con Britt, sabía que Quinn, realmente estaba interesada en conseguir algo más con ella. Aunque fuese por pura diversión o un simple experimento.

Tenía que ser fría, sin resultar desagradable, sin romper esa confianza que poco a poco iba ganándose.

Y también tenía que ser rápida.

Robert, su ex compañero de NYADA, era su cita para aquella noche. Una cena que iba a preparar ella en su apartamento, pero que como siempre, le pillaba completamente desprovista de ingredientes.

La mejor solución era comprar la cena en cualquiera de los restaurantes que abundaban por la zona, y salvar aquel pequeño imprevisto de la mejor manera. Pero tenía que bajar, y ni siquiera se había duchado.

—Vamos Rachel —susurró encerrándose en el baño—, tú puedes hacerlo en tiempo record.

—¡Quinn! —exclamó Dana al entrar en el apartamento y descubrir a la rubia, cubierta por una toalla, y cruzando el salón a marchas forzadas hasta su habitación.

—No tengo tiempo. He quedado en media hora.

—Cielo…—la siguió hasta su habitación—, me parece perfecto que te duches sola, pero ¿puedes tener más cuidado? No creo que cruzar el salón corriendo, descalza y semidesnuda, sea lo mejor que puedas hacer.

—No tengo tiempo Dana, y el salón está libre, nadie ha dejado cajas por medio —espetó mostrándose un tanto irónica.

—Ok, culpa mía, pero…Igual también deberías de cuidar que el jabón no quede en tu cuerpo.

—¿Qué? ¿Tengo jabón? —se detuvo en mitad de su habitación.

Dana no dudó en entrar y acercarse a ella para eliminar un resto de la espuma sobre el hombro de la rubia.

—Listo. Estás perfecta.

—Ayúdame a vestirme, por favor.

—Ok, ¿qué ropa interior? —se acercó hacia una cajonera que permanecía en uno de los laterales.

—Da igual. Lo primero que aparezca —espetó Quinn—. ¿No sales hoy?

—No —respondía tomando un conjunto de ropa interior y entregándoselo a Quinn, que, sin duda alguna, comenzó a colocárselo ante la atenta mirada de la chica—. Me quedo en casa.

—Vaya…Bueno, yo no creo que tarde demasiado, ya sabes que estos chicos son bastante aburridos. ¿Me traes el vestido rosa?

—¿El de flores? —cuestionó mirando ya en el interior del armario.

—Sí, ese…Oye, ¿y por qué no sales? ¿No has quedado con tus amigas?

—No, en realidad, bueno tengo algo que decirte —respondía al tiempo que se acercaba a la rubia, y le ayudaba a colocarse el vestido.

—¿Qué ocurre?

—Es Michael. Me…me ha escrito diciendo que le gustaría verme esta noche, que tiene algo que decirme…O no sé.

—¿De veras? Ok ¿Y tienes idea de lo que es?

—No, pero parecía interesado.

—¿Crees que quiere…? Bueno ya sabes, hablar contigo sobre la relación…

—No lo sé, no tengo ni idea. Apenas he hablado con él desde el martes, aunque el martes no hablamos precisamente.

—¿Volviste a caer?

—Sí. No tengo fuerza de voluntad para negarme siempre, y él…bueno, ya sabes que su forma de hablar pues…

—Ya, no es necesario que jures que es un auténtico conquistador, yo misma pude comprobarlo. Pero, aun así, deberías plantearte bien lo que haces. Al final eres tú la que termina pasándolo mal.

—Lo sé, por eso he aceptado quedar hoy con él y hablar. No sé lo que querrá decirme, pero yo sí sé lo que le voy a decir.

—Ok, pues si necesitas algo, ya sabes…Me llamas.

—Tranquila, tú trata de divertirte.

—Lo dudo… ¿Cómo estoy? —se giró tras terminar de colocarse el vestido con la ayuda de la chica.

—Perfecta… ¿Qué vas a hacer con el pelo?

—Nada, me lo recojo ahora mismo y ya está —espetó tras acercarse a un tocador y alcanzar el cepillo.

—¿Maquillaje? —cuestionó tras observar cómo Quinn se peinaba perfectamente sin necesidad de verse.

—No, prefiero no llevar, solo vamos a cenar en el hotel y nada más.

—Ok. De todos modos, no lo necesitas. Estás guapa siempre.

—Estás muy cariñosa hoy, espero que no te pase factura —bromeó— ¿Qué tal mi pelo?

—Perfecto…Tu pelo, tu vestido, tu cara, solo te faltan los zapatos y el bolso.

—Están junto a la puerta.

Dana no dudó en girarse y tomar el par de zapatos que ya esperaban impacientes ser utilizados, y el pequeño bolso que colgaba de una percha.

—¿Quieres que te acompañe hasta el hotel?

—No, no te preocupes…Voy sola.

—¿Seguro?

Quinn ya regresaba al salón, dispuesta a tomar su bastón y salir.

—Seguro, he ido tantas veces al hotel, que no voy a perderme.

—Ok…Como quieras.

—Pásalo bien —se despidió—, y ya sabes, templanza y paciencia. Es Michael.

—Lo sé. De paciencia voy sobrada con él —respondía divertida al tiempo que abría la puerta, y descubría que no era la única.

En ese mismo instante, Rachel salía al rellano y se sorprendía al verlas aparecer.

—Hey…Hola Rebecca.

—Hola… ¿Qué tal? —saludó aun sorprendida.

—Bien.

—Hola Quinn.

—Hola —respondió Quinn sin poder disimular la sonrisa tras ser consciente de la casualidad.

Las palabras de Santana, resonaron en su mente. Rebecca parecía jugar a la perfección y no supo por qué, pero creyó que lo había hecho a conciencia, que la había escuchado salir y no dudó en hacerlo ella también.

Sin embargo, estaba equivocada.

Rachel no tenía intención alguna de mantener contacto con Quinn durante aquella noche. La visita que esperaba la reconocía por Rachel, no por Rebecca, así que su idea principal era la de pasar totalmente desapercibida. Aquel encuentro le tomó por sorpresa.

—Vaya, que guapa… ¿Vas a salir? —preguntó extrañada.

—Sí, tengo una reunión. ¿Y tú? ¿Vas a salir?

—Eh…pues no, voy, voy a bajar para comprar algo de cena.

—¿Cena? ¿Y tú eres Chef? —bromeó.

—Eh…sí, pero mi nevera está completamente vacía —susurró divertida—. Soy chef, no maga —bromeó provocando la sonrisa en ambas.

—Espero que cuando vivas aquí, si puedas cocinar.

—Eso, que nosotras necesitamos que alguien nos cuide con comida sana —añadió Dana.

—Por supuesto —musitó tratando de sonar convincente. Ni siquiera sabía cómo iba a ser capaz de fingir que sus conocimientos de cocina eran equiparables a los de una chef. —. Mañana en cuanto firme el contrato, seré vuestra chef.

—¿Tienes todo preparado? Si quieres puedes dejar tus cosas aquí ya.

—Eh… no, no te preocupes, lo tengo todo listo, pero prefiero hacerlo cuando esté todo firmado.

—Ok, si necesitas ayuda, estaremos aquí.

—Mañana, seguro que mañana me aprovecho de vuestras buenas intenciones para que me ayudéis con las maletas —espetaba sonriente—. Pero ahora mismo, será mejor que baje antes de que se me haga tarde.

—Ah…Pues mira, Quinn, ya tienes acompañante.

—No necesito…—espetó tras permanecer atenta a la conversación

—¿Vas sola? —interrumpió Rachel.

—Sí y no me deja que le acompañe —respondió Dana—. A lo mejor tú si eres buena compañía para ella.

—No seas imbécil, Dana, solo he dicho que puedo ir sola —masculló Quinn—Voy…voy al hotel, así que no hay problema.

—Ok —respondía—, pues vamos, al menos podemos utilizar el ascensor juntas, ¿no?

—Sí…claro —se despedía de Dana—, al final llego tarde.

—Diviértete Quinn.

—¡Y tú! —exclamaba al tiempo que se colaba en el ascensor, mientras Rachel seguía sus pasos.

—Buenas noches, Rebecca.

—Buenas noches —se despedía justo cuando la puerta del ascensor se cerraba ante ellas.

—Entonces, ¿ya tienes todo preparado? ¿Estás nerviosa? —bromeó Quinn nada mas sentir como la puerta se cerraba ante ellas.

—Un poco, eso de compartir casa con tres personas más es un gran paso para mí—sonreía—. Por cierto, antes de que se me olvide, no…no te he dado mi número de teléfono y me gustaría que lo tuvieras.

—Ah…eh, ok…—balbuceó.

—Siempre te digo que cuando necesites algo me llames, pero es imposible si no tienes mi número —se excusó buscando su reacción.

—Cierto, toma, márcalo en mi teléfono, por favor —le dijo entregándole el terminal. Rachel no dudó en tomar el teléfono y llevar acabo la acción.

—Listo, te lo agrego como Rebecca, ¿ok?

—No, espera —la detuvo—, dale al icono del micrófono.

La morena buscaba el símbolo indicado por Quinn y no dudó en accionarlo. Quinn se acercó tanto al dispositivo, que ambas quedaron completamente frente a frente. Un pequeño sonido indicaba que la grabación había comenzado.

—Rebecca —espetó de forma concisa y clara, dejando a Rachel completamente paralizada.

El tono utilizado, la cercanía de Quinn, y para colmo aquella sensación que no se marchaba nunca de ella, habían conseguido dejarla helada tras aquel gesto, sin perder la vista del rostro de la rubia.

Una voz automatizada repitiendo su nombre desde el teléfono, hizo reaccionar a Rachel, que rápidamente le entregó el teléfono.

—Necesito que mis números estén guardados por voz, sino me es complicado poder llamar —sonreía tras bloquear el teléfono.

—Lógico —acertó a responder.

—¿No vas a salir luego? —preguntó.

—Eh…no —respondía apretando el botón del panel—. La verdad es que tengo visita. Va a venir un ex compañero mio.

—Ah…Un ex compañero —repetía un tanto extrañada. No sólo por aquel momento de silencio provocado por la morena sino por la sensación extraña que sintió al ponerse en movimiento el ascensor.

—Sí, está en la ciudad y no lo sabía. Me llamó hace un par de días y bueno, viene para contarme que tal le va.

—Pues genial. Me alegro.

—Sí, tengo ganas de saber cómo le va.

Ahora sí. Quinn había descubierto el motivo de aquella extraña sensación tras ponerse en movimiento el ascensor, y no dudó en sonreír. No estaban bajando sino subiendo, y no sabía si la morena se había equivocado queriendo o realmente había sido un error, como ya había demostrado que le sucedía en los ascensores.

La puerta no tardó en abrirse y Quinn esperó impaciente sin decir absolutamente nada, tratando de dejar que Rebecca se diese cuenta de su error. Pero ésta no lo hizo.

Rachel no dudaba en salir al pequeño rellano y tras unos segundos, permaneció pensativa, observando una puerta que aparecía ante ella.

—¿Qué es esto? —susurró.

—Abre la puerta —espetó sin salir del ascensor, y completamente consciente de que el error había sido real.

Rachel se adelantó y tiró de la puerta, quedándose aún más sorprendida al descubrir lo que había tras ella.

Quinn no dudó en lanzar el bastón y colocarlo junto al detector de la puerta del ascensor, evitando que ésta se cerrara.

—¿Es la azotea? pero…Oh dios —se lamentó al ser consciente de la situación.

—¿Lo has hecho queriendo? —preguntó Quinn sin salir del ascensor.

Rachel regresaba al interior completamente ruborizada.

—No, me…me…he equivocado, he debido pulsar el botón que no es.

—Ya…lo he supuesto —sonreía divertida—, pero nunca está de más asegurarse de que lo has hecho por error.

Rachel ya pulsaba el botón correcto que las llevaba al destino principal, la salida del edificio.

—Lo siento. Dios, soy una idiota.

—Tranquila…no pasa nada, suele suceder.

—¿Qué? Vamos Quinn, no me digas eso porque no es verdad. Subir hasta la azotea de un edificio y pensar que estás bajando solo puede ser un error de imbécil, o sea…de alguien como yo. Incluso tú sin ver los números, te has dado cuenta.

—Me he dado cuenta porque llevo años utilizando este ascensor, y distingo muy bien la sensación que produce subir y bajar. Sobre todo, ahora que no veo. Es como más perceptible.

—Pues más lo siento aun, debes pensar que soy peor que imbécil.

—No, la verdad es que lo primero que he pensado es que querías llevarme a la azotea para que te mostrase las estrellas —espetó divertida.

—¿Las estrellas?

—Claro…La azotea de este edificio es un buen lugar para contemplar las estrellas.

Rachel se sorprendía. Por un instante pensó que Quinn estaba bromeando, tratando de jugar con ella, pero su gesto se mostraba completamente convencido, como si aquello realmente hubiese pasado por su mente.

—¿No te gustan las estrellas? —cuestionó tras no escuchar respuesta alguna por parte de la morena.

Que ironía, pensó Rachel. Que Quinn le preguntase si le gustaban las estrellas era recordarle, hacerle volver a la realidad de la farsa que estaba viviendo para poder acercarse a ella. Y no pudo evitar sentirse mal.

¿Cómo no le iban a gustar a Rachel Berry las estrellas, si toda su vida había estado marcada por ellas?

—Claro, claro que me gustan —respondía tras ver como la puerta del ascensor se abría, y esta vez sí aparecía el hall de entrada ante ellas.

—Pues entonces tienes que subir a la azotea. Mas aun en esta época. Es impresionante. Se pueden distinguir muchas constelaciones, a pesar de la niebla que siembre sube de la bahía.

—¿Tú subes? —preguntó invitándola a que tomase su brazo para salir al exterior.

—Subía —aclaró—, ahora mismo es absurdo que lo haga, ¿no crees?

Volvía a lamentarse. Rachel no dudaba en maldecir su mala fortuna aquel día. No sólo había hecho el ridículo equivocándose con un simple botón del ascensor, sino que le acababa de preguntar si subía a ver las estrellas, cuando era físicamente imposible.

—Lo siento, Quinn —se disculpó—. Hoy no estoy muy perspicaz.

—No te preocupes. Me alegra que no pienses en esos detalles, me hacen sentir bien. No me gusta que estén siempre pendientes de mí.

—Bueno, supongo que algo bueno tiene que tener ser un completo desastre como yo.

—Hey, tú no eres un desastre. No te sientas mal —espetó tras notar el estado de ánimo en la voz de la morena—. Está todo bien, ¿ok?

—Ok…

—No ha sonado muy convincente, pero bueno…—dejó una pequeña caricia sobre el brazo de la morena—. Ya te convenceré de que está todo bien.

—Gracias por ser tan comprensiva conmigo.

—Que menos, vamos a ser compañeras de piso —sonrió—. Ok, será mejor que me marche, me temo que ya sí llego tarde.

—Ok. Ten… bueno, pásatelo bien.

Quinn lo notó. Supo que había cambiado un "ten cuidado" por un "pásatelo bien" y eso le gustaba.

—Y tú, con ese chico.

—Lo haré…

—Espero que sea muy guapo.

—Sí, lo es…Y muy gay, también.

Quinn dejó escapar una pequeña carcajada tras aquella respuesta.

—Estás en San Francisco, Rebecca Green. Aquí no hay etiquetas, solo personas.

—Buen punto —respondía más relajada—. Oye, igual no subes ahora, pero lo de distinguir constelaciones, sigue siendo capaz de hacerlo, ¿verdad?

—Alguna que otra, sí.

—Ok…Pues ya sé a quién preguntar cuando quiera verlas.

—¿Preguntar? ¿No sería mejor que te acompañase a verlas? —bromeó.

—Si insistes —respondía volviendo a provocar la sonrisa en Quinn—. Ok, será mejor que te deje ir, o realmente vas a llegar muy tarde a esa cena.

—Cierto…Ya hablamos de estrellas, ¿ok?

—Ok.

—Adiós, Rebecca —se despidió de nuevo con una caricia sobre el brazo de la morena, y dispuesta a comenzar su pequeño trayecto hasta el hotel, que quedaba justo al lado de aquel edificio.

—Adiós… Quinn —susurró de forma que pudo escucharlo.

Había olvidado por completo que es lo que iba a hacer en ese instante. Sus ojos, toda su atención estaba puesta sobre la rubia, que con paso firme pero cuidadoso, caminaba directa hacia la puerta del Four Seasons, dónde un amable botones esperaba en la puerta, y la recibía con un gran abrazo para luego invitarla a pasar al interior.

Rachel no podía evitarlo. Ver a Quinn de aquella forma le llenaba de inseguridad, le provocaba una terrible sensación de fragilidad que no podía demostrar si quería ayudarla.

Se veía tan débil caminando por aquella acera, sin poder ver, sin tener la facultad de defenderse si algo se interponía ante ella, que el miedo la invadía con cada paso que daba. Y no podía imaginar cómo se sentía al caminar por allí en la más absoluta oscuridad, excepto en ese instante en el que dos enormes manos se posicionaban frente a ella, y cubrían sus ojos.

—¿Quién soy?

El inconfundible tono de voz de Robert, consiguió evitar que Rachel se asustara tras aquel divertido ataque en mitad de la acera.

—Robert…—se deshizo del abrazo— ¿Ya estás aquí?

—Claro, quedamos a las 8, son las 8 y 10, llego tarde. Lo siento.

—No…no, más lo siento yo. Ven, vamos, tengo que comprar comida.

—¿Qué? ¿Pero no ibas a cocinar tú?

—Sí, pero llevo un día de locos y no me dio tiempo. No te preocupes, aquí hay un restaurante y podemos comprar comida y…

—Y nada.

—¿Qué?

—Nada de comprar comida, tú y yo nos vamos a cenar a un bar que es genial.

—¿Qué? No…no, de verdad, entramos ahí en el…

—¡Rachel! —la sujetó del brazo— Es un restaurante karaoke —susurró provocando la sorpresa en la morena.

—¿Karaoke?

—Ajam…y Apuesto a que tú quieres dejar constancia de tu talento en San Francisco. ¿No? ¿Te acuerdas cuando nos reuníamos en ese bar de Brooklyn con Blaine y Kurt, y ese amigo tuyo que tenías tan guapo…?

—Si, si, lo recuerdo. Dios, me muero por cantar, llevo sin hacerlo mucho tiempo.

—Pues esta noche nos vamos a saciar.

—Qué fácil es convencerme de algo, ¿verdad? —le replicó sonriente.

—Un micrófono y un público —masculló el chico ofreciéndole su brazo—. ¿Qué mas necesita una estrella como tú?

—Nada, nada más. Con eso me basta y me sobra.

—Pues vamos. Oye, ¿y qué es eso de que hace mucho que no cantas?

—Ufff… Es una larga historia.

—Justo lo que mas me gusta —musitó divertido, obligándola a emprender el camino—. Una historia larga…