CAPITULO 20
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El quinto año de su búsqueda, ya avanzada una lluviosa noche, Aurea iba a trompicones atravesando un bosque lúgubre, tenebroso. Unos delgados harapos le cubrían escasamente el cuerpo, tenía ampollas en los pies descalzos, estaba extraviada y agotada. El único alimento que tenía era un trozo de pan seco. De pronto, en medio de la negra oscuridad, vio brillar una parpadeante luz. La luz provenía de una diminuta choza que se alzaba sola en el centro de un claro. Golpeó. Se abrió la puerta y apareció una anciana desdentada y encorvada, casi doblada en dos por la edad, y la invitó a entrar.
—Uy, cariño —graznó la anciana—, esta es una noche muy fría y húmeda para estar sola. Entra a compartir el calor de mi lumbre, por favor. Pero me temo que no tengo nada de comer para ofrecerte. Mi mesa está vacía. Ay, qué no daría yo por tener algo para comer.
Al oír eso, Aurea sintió compasión por la anciana. Hurgó en el bolsillo, sacó su último trozo de pan y se lo ofreció.
DeEl príncipe Cuervo
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A la mañana siguiente, a Edward lo despertó bruscamente un chillido agudo, afeminado. Sobresaltado, se incorporó y miró hacia el lugar de donde provenía ese horrible ruido. Davis, con la cara sin afeitar casi cubierta por mechones canosos, lo estaba mirando horrorizado.
Entonces Edward oyó a su lado una protesta en voz femenina. ¡Condenación! Se apresuró a cubrir a Bella con las mantas hasta más arriba de la cabeza.
—En nombre de lo que es más sagrado, Davis, ¿qué diablo se te ha metido ahora en el cuerpo? —gritó, aunque sentía arder la cara de rubor.
—No le basta pasarse la vida metido en prostíbulos; ahora ha traído a casa a una, a una… —El resto sólo lo moduló con la boca.
—Mujer —dijo Edward, terminando la frase—. Pero no una mujer del tipo que estás pensando. Es mi novia.
Las mantas comenzaron a moverse. Él colocó una mano en el borde superior, atrapando dentro a la ocupante.
—¡Novia! Puede que sea viejo, pero no estúpido. Esa no es la señorita Gerard.
Bajo las mantas sonaron palabras ominosas, masculladas.
—Ve a buscar a la doncella para que encienda el fuego —ordenó Edward, desesperado.
—Pero…
—Ve inmediatamente.
Ya era demasiado tarde.
Bella había logrado salir por la parte superior de las mantas y asomó la cabeza. Tenía el pelo deliciosamente revuelto y la boca pecaminosamente hinchada. Edward sintió hincharse una parte de su anatomía.
Bella y Davis se miraron, y los dos entrecerraron los ojos al mismo tiempo.
Gimiendo, Edward bajó la cabeza y la hundió entre las dos manos.
—¿Usted es el ayuda de cámara de lord Masen?
Jamás una mujer desnuda sorprendida en una situación comprometedora había hablado en tono tan remilgado.
—Claro que lo soy. Y usted es… —Davis se interrumpió, ante la mirada que le dirigió Edward, y que prometía mutilación, desmembramiento y fin del mundo, y luego continuó con más cautela—. Eh… la dama de milord.
—Eso —repuso ella y, aclarándose la garganta, sacó un brazo de debajo de las mantas para echarse atrás el pelo.
Edward la miró enfurruñado y le remetió las mantas por los hombros, dejándoselas más firmes. No tenía por qué haberse molestado; Davis estaba mirando el cielo raso con la mayor atención.
—¿Tal vez podría traerle su té a su señoría y enviar a la doncella para que se ocupe del fuego?—dijo Bella.
Davis cogió al vuelo esa novedosa idea.
—Inmediatamente, señora.
Ya estaba a punto de salir por la puerta cuando la voz de Edward lo detuvo.
—Dentro de una hora.
El ayuda de cámara pareció escandalizado, pero no dijo una palabra, por primera vez, según la experiencia de Edward. Cuando Davis salió y cerró la puerta, él se bajó de la cama de un salto, fue hasta la puerta, giró la llave en la cerradura y luego la tiró hacia el otro extremo de la habitación; la llave tintineó al chocar con la pared. Y volvió a meterse en la cama antes que Bella tuviera tiempo para sentarse.
—Tu ayuda de cámara es bastante raro —comentó ella.
—Sí —contestó él, cogiendo las mantas y echándolas totalmente hacia atrás.
Ella estaba tendida toda cálida, adormilada y desnuda para su deleite. Gruñó su aprobación, y su erección matutina se endureció más aún. Qué maravillosa manera de despertar. Ella se lamió los labios, gesto que su vibrante pene aprobó totalmente.
—He-he notado que tus botas rara vez están brillantes.
—Davis es un incompetente terminal —dijo él, colocando las manos a cada lado de sus caderas y comenzando a instalarse entre sus piernas.
—¡Oh! —exclamó ella.
Él pensó que había logrado distraerla, pero pasado sólo un instante ella continuó:
—¿Por qué lo conservas, entonces?
—Davis era el ayuda de cámara de mi padre.
La verdad, no estaba prestando atención a la conversación. Sentía su olor en el cuerpo de Bella, y eso lo llenaba de una especie de satisfacción primordial.
—Así que lo tienes por sentimentalis… ¡Edward!
La exclamación se debió a que él hundió la nariz en su vello púbico e inspiró. El olor de él era más intenso ahí, entre sus rizos dorados, tan bonitos a la luz de la mañana.
—Supongo —dijo, con la boca metida entre esos rizos, haciéndola estremecerse—. Y le tengo cariño a ese viejo réprobo. A veces. Me conoce desde que yo era niño y me trata sin un ápice de respeto. Eso es refrescante, o por lo menos diferente.
Le introdujo un dedo en la vagina; los pliegues se separaron tímidamente dejando ver el interior rosa oscuro. Ladeó la cabeza para ver mejor.
—¡Edward!
—¿Quieres saber cómo contraté a Vulturi?
Afirmándose en los codos se instaló entre sus piernas. Y manteniéndoselas abiertas con una mano, la atormentó frotándole el clítoris con el índice de la otra.
—¡Ooohh!
—Y apenas conoces a Dreary, pero tiene un interesante pasado.
—¡Eeedward!
Ah, cómo le encantaba el sonido de su nombre en sus labios. Se debatió un momento pensando en lamerle ahí, pero decidió que no sería capaz de aguantarse a esa hora tan temprana de la mañana. Se deslizó hacia arriba por encima de ella, hasta sus pechos, y le succionó uno y luego el otro.
—Luego está todo el personal de Ravenhill. ¿Quieres saber algo de ellos? —le preguntó al oído en un susurro.
Las tupidas cejas casi le ocultaban los ojos castaños a ella.
—Hazme el amor.
Dentro de él se detuvo algo, tal vez su corazón.
Ella tenía los labios tiernos, amorosos, y no protestó, aunque su beso no fue suave; le abrió la boca dulcemente y se entregó a él, dándole, dándole, hasta que ya no pudo aguantarse.
Se incorporó, echándose hacia atrás y con la mayor delicadeza la giró hasta dejarla boca abajo. Deslizando las palmas por sus redondas nalgas, le cogió las caderas y la levantó hacia él, hasta que ella quedó apoyada en las rodillas y los codos. Se tomó un momento para observarle el vulnerable sexo. Se le agitó el pecho con esa vista. Esa era su mujer, y sólo él tenía, y tendría para siempre, el privilegio de verla de esa manera.
Se cogió el miembro y lo guió hacia su mojada entrada. Fue tal el placer del contacto que embistió con más fuerza de la que hubiera querido. Detuvo el movimiento, para ahogar la exclamación. Embistió otro poco y otro poco, y cedieron las paredes de su vagina alojándolo totalmente en su calor. Se apretaron los músculos de la vagina alrededor de su miembro.
Apretó los dientes para controlarse y no eyacular demasiado pronto.
Inclinándose le deslizó la palma por la columna, desde el cuello al trasero y luego hasta el lugar de la unión; giró la mano por ahí, palpando la abertura distendida y la base de su miembro duro introducido en ella.
Ella gimió y empujó el cuerpo hacia él.
Se retiró hasta dejar sólo la cabeza del pene dentro. Y embistió, con tanta fuerza que a ella se le deslizó el cuerpo por la cama. Volvió a retirarse y a embestir, y así continuó, acelerando más y más los movimientos de las caderas, con la cabeza echada hacia atrás y los dientes apretados.
Oyendo los gemidos y gritos de placer y excitación de Bella, le pasó la mano por debajo de la cadera, buscó el tierno botón del clítoris y se lo apretó. Comenzó a sentir las contracciones del orgasmo de ella y ya no pudo contenerse. Eyaculó a chorros, sacudido por un placer tan intenso que era casi doloroso, embistiendo y embistiendo, marcándola como suya. Ella se desplomó en la cama y él se desplomó encima, moviendo las caderas para apretarse a ella, penetrándola hasta el fondo, estremecido por las sacudidas posteriores al orgasmo.
Permaneció así un momento, jadeante, y luego rodó hacia un lado, no fuera a aplastarla y ahogarla con su peso. Se quedó de espaldas, con un brazo sobre los ojos, tratando de recuperar el aliento.
Mientras se le secaba el sudor en el cuerpo, reflexionó sobre la situación en que la había puesto. Ya estaba indudablemente comprometida. Había estado a punto de golpear a Davis, sólo por la mirada que le dirigió a ella. Dios sabía que lo haría si alguien le dirigía algún comentario insultante, lo que sin duda ocurriría.
—Necesitas casarte conmigo —dijo, y enseguida hizo un mal gesto, porque la frase le salió muy brusca.
Al parecer ella pensó lo mismo. Notó su brusco movimiento a su lado.
—¿Qué?
Él frunció el ceño. Ese no era un momento para mostrar debilidad.
—Te he comprometido. Debemos casarnos.
—Nadie lo sabe, aparte de Davis.
—Y todo el personal de la casa. ¿Crees que no se han dado cuenta de que no he dormido en mi cama?
—Da igual. Nadie lo sabe en Little Battleford, y eso es lo que importa.
Dicho eso, se bajó de la cama, hurgó en su bolso y sacó una camisola.
Él arrugó más el entrecejo. No podía ser que fuera tan ingenua.
—¿Cuánto crees que tardará en llegar esto a Little Battleford? Apuesto a que se sabrá antes de que volvamos.
Bella se puso la camisola y se inclinó a buscar otra cosa en su bolso, enseñando su trasero tentadoramente ceñido por el delgado lino de la camisola. ¿Es que quería distraerlo?
—Ya estás comprometido —dijo entonces, con voz firme.
—No por mucho tiempo. Ya he concertado una cita con Gerard, para mañana.
Eso captó la atención de ella.
—¿Qué? Edward, no hagas nada que vayas a lamentar después. No me casaré contigo.
Él se sentó, impaciente.
—Por el amor de Dios, ¿por qué no?
Ella se sentó en la cama para ponerse una media. Él vio que estaba zurcida cerca de la rodilla y eso lo enfureció más aún. No debería vestir harapos. ¿Por qué no quería casarse con él? Podría cuidar muy bien de ella.
—¿Por qué no? —repitió, con la voz más tranquila que pudo.
Ella tragó saliva y comenzó a ponerse la otra media, alisándola con sumo cuidado en el pie.
—Porque no quiero que te cases conmigo por un equivocado sentido del deber.
—Corrígeme si estoy equivocado. ¿No soy yo el hombre que te hizo el amor anoche y esta mañana?
—Y yo soy la mujer que te hizo el amor a ti —dijo ella—. Comparto la misma responsabilidad que tú en el acto.
Edward la observó, buscando las palabras, el argumento que lograra convencerla.
Ella comenzó a atarse una liga.
—Peter se sentía muy desgraciado porque yo no me quedaba embarazada.
Él esperó. Ella suspiró, sin mirarlo.
—Finalmente se buscó a otra mujer.
Ese estúpido cabrón de mierda, pensó él. Echó atrás las mantas, se bajó de la cama y se dirigió a la ventana.
—¿Estabas enamorada de él?
La pregunta le supo amarga en la lengua, pero no pudo resistirse a hacerla.
Ella se estaba alisando la maltrecha seda sobre las pantorrillas.
—Al principio, cuando estábamos recién casados. Al final no.
O sea, que él pagaba por los pecados de otro hombre.
—Comprendo.
—No, no creo que puedas comprenderlo. —Cogió la otra liga y se la quedó mirando—. Cuando un hombre traiciona así a una mujer, le rompe algo dentro que no sé si se puede reparar.
Edward continuó mirando por la ventana, intentando formar una respuesta. Su felicidad futura dependía de lo que dijera en ese momento.
—Ya sé que eres estéril —dijo, volviéndose hacia ella—. Y me gustas tal como eres. Puedo prometerte que nunca me echaré una amante, aunque sólo el tiempo demostrará mi fidelidad. Es decir, debes confiar en mí.
Bella estiró la liga entre las manos.
—No sé si puedo.
Edward se volvió nuevamente hacia la ventana para que ella no le viera la expresión. Por primera vez comprendía que tal vez no podría convencerla de casarse con él. La idea le produjo una emoción muy semejante al terror.
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—¡Vamos, por el amor de Dios! —exclamó Edward.
—Chss, que te va a oír —le susurró Bella al oído.
Estaban en la charla de la tarde de sir Lazarus Biers sobre la rotación de cultivos de una variedad de nabo llamada naba y remolacha forrajera. Por el momento Edward estaba en desacuerdo con casi todo lo que decía aquel pobre hombre, y no se guardaba para sí su opinión sobre su persona y sus teorías.
—No, no me oirá —dijo Edward, mirando furioso al orador—. Es más sordo que una tapia.
—Pero te oyen los demás.
Edward la miró indignado.
—Es de esperar que me oigan —dijo, y volvió la atención a la charla.
Bella exhaló un suspiro. En realidad, Edward no se comportaba peor que los demás asistentes, y sí mejor que unos cuantos. El público sólo se podía llamar «variopinto». Había hombres de todas clases, desde aristócratas vestidos de seda y encajes a hombres con embarradas botas de montar que fumaban en pipas de arcilla. Todos estaban apretujados en una cafetería bastante lóbrega que, según él, era totalmente respetable.
Ella lo dudaba.
En ese momento se oía una discusión a gritos en un rincón, entre un terrateniente rural y un dandi. Era de esperar que no llegaran a las manos o, peor aún, sacaran sus espadas. Todos los aristócratas presentes llevaban una espada como insignia de su rango. Incluso Edward, que en el campo evitaba la afectación, se había colgado una al cinturón esa mañana.
Antes de salir, él le había ordenado que tomara nota de todos los puntos importantes de la conferencia para después poder cotejarlos con sus propios estudios de investigación. Ella había tomado notas, con poco entusiasmo, pues dudaba que tuvieran alguna utilidad. La mayor parte de la charla le resultaba incomprensible, y no tenía muy claro qué era exactamente la remolacha forrajera.
Había comenzado a sospechar que el principal motivo de su presencia ahí era que Edward no deseaba perderla de vista. Desde esa mañana había mantenido obstinadamente el argumento de que debían casarse; al parecer creía que si lo repetía con frecuencia ella finalmente cedería. Y era posible que tuviera razón, si lograba superar el miedo a confiar en él.
Cerró los ojos y pensó cómo sería ser la esposa de Edward. Por las mañanas saldrían a cabalgar por los campos y durante las comidas hablarían de política y de la gente. Él la llevaría a conferencias sobre temas arcanos, como la que estaban oyendo en ese momento. Y compartirían la misma cama. Todas las noches. Suspiró. El cielo.
Edward soltó un fuerte bufido.
—¡No, no, no! Hasta un lunático sabe que no se debe plantar nabos después de centeno.
Bella abrió los ojos.
—Si te cae tan mal este hombre, ¿para qué asistes a su charla?
Él la miró francamente sorprendido.
—¿Caerme mal Biers? Es un tipo estupendo. Simplemente es retrógrado en su forma de pensar.
Una salva de aplausos, y de rechiflas también, indicó que había terminado la conferencia. Edward le cogió la mano, de modo muy posesivo, y comenzó a abrirse paso hacia la puerta.
—¡Cullen! —gritó una voz a la izquierda—. ¿Te ha atraído a Londres el señuelo de la remolacha forrajera?
Edward se detuvo, lo que obligó a Bella a detenerse también. Mirando por encima del hombro de él, vio a un caballero sobremanera elegante, con tacones rojos.
—Crowley, no esperaba verte aquí —dijo Edward, cambiando de posición para que ella no pudiera verle la cara a él.
Bella intentó mirar por su lado derecho, pero él, con su enormidad, le tapaba la vista.
—¿Cómo me iba a perder la apasionada retórica de Biers sobre el tema de las nabas? —Una mano envuelta en encaje se agitó graciosamente en el aire—. Incluso he abandonado mis preciadas rosas para asistir. Por cierto, ¿cómo están los rosales que me compraste la última vez que estuviste en la capital? Hasta entonces no sabía que te interesaran las plantas decorativas.
—¿Edward le compró a usted mis rosales? —preguntó Bella, pasando por un lado de Edward en su impaciencia.
Se entrecerraron unos ojos gris hielo.
—Bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí?
Edward se aclaró la garganta.
—Crowley, permíteme que te presente a la señora Swan, mi secretaria. Señora Swan, el vizconde Crowley.
Ella se inclinó en una reverencia mientras el vizconde hacía una venia y sacaba sus impertinentes. Los ojos grises que la examinaron a través de las lentes eran más agudos de lo que la habían llevado a imaginar su manera de hablar y su forma de vestirse.
—¿Tu secretaria? —dijo el vizconde arrastrando la voz—. ¡Fas… ci… nante! Y, si mal no recuerdo —añadió, mirando a Edward con una indolente sonrisa—, me sacaste de la cama a las seis de la mañana para elegir esos rosales.
Edward lo miró enfurruñado.
Bella dio marcha atrás y mintió:
—Lord Masen tuvo la inmensa generosidad de regalarme unos cuantos de los rosales que compró para los jardines de Ravenhill. Se están adaptando muy bien, se lo aseguro, milord. De hecho, todos ya han echado ramas con brotes y en unos cuantos ya comienzan a aparecer capullos.
El vizconde volvió a ella los ojos color hielo y se le curvó una comisura de la boca.
—Y el chochín* defiende al cuervo —dijo. Se inclinó en otra venia, más rimbombante aún, y añadió, dirigiéndose a Edward—: Te felicito, amigo mío.
Dicho eso se alejó, perdiéndose de vista en medio de la multitud.
Entonces Edward le apretó brevemente el hombro con una mano y luego le cogió el codo y reanudó la marcha llevándola hacia la puerta, bloqueada por un muro de cuerpos. Se estaban llevando a cabo varias discusiones filosóficas y algunas personas intervenían en todas.
Un joven se detuvo a contemplar los debates, con expresión despectiva. Llevaba un tricornio ridículamente pequeño sobre una peluca empolvada en amarillo con una coleta muy rizada. Bella nunca había visto a uno de esos afectados dandis ingleses que imitaban la moda del Continente, aunque sí caricaturas de ellos en los diarios. El joven la miró mientras se acercaban a la puerta; agrandó los ojos y luego pasó la mirada a Edward. Cuando lograron salir a la acera, vio que él le estaba susurrando algo a otro hombre.
El coche los estaba esperando en la primera calle transversal, en la que había menos tráfico. Al ir a dar la vuelta a la esquina, ella miró atrás.
El dandi la estaba mirando.
Sintiendo bajar un escalofrío por la columna, desvió la vista y giró la cabeza hacia delante.
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Rye observó a la viuda de campo hasta que desapareció por la esquina del brazo de uno de los hombres más ricos de Inglaterra; el conde de Masen, nada menos. Con razón Lauren no quiso decirle el nombre del amante de la viuda. Las posibilidades de beneficiarse de eso eran enormes. Y él tenía una necesidad perpetua de dinero contante y sonante; de bastante, en realidad. Los atavíos de un caballero londinense elegante no salen baratos.
Entrecerró los ojos calculando cuánto podría pedir como primer pago. Lauren la había acertado. En su última carta le suplicaba que contactara con Bella Swan en nombre de ella. Como amante de lord Masen, la señora Swan debía tener cargamentos de joyas y otros regalos valiosos que podría convertir en dinero. Estaba claro que el plan de Lauren era chantajear a la señora Swan dejándolo totalmente fuera a él.
Sonrió burlón; ahora que conocía la situación, sería él quien dejaría fuera a Lauren. Por lo demás, ella nunca había manifestado aprecio por sus habilidades en la cama.
—Riley, ¿has venido a oír mi charla? —le preguntó su hermano mayor, sir Biers.
Parecía nervioso.
Y debía estarlo, ya que él lo había seguido hasta ahí para pedirle otro préstamo. Claro que ahora que sabía lo de Bella Swan no necesitaría el dinero de su hermano. Por otro lado, ese sastre se había mostrado muy arrogante en su último mensaje. Un dinerito extra no le haría ningún daño.
—Hola, Lazarus —saludó.
Se cogió del brazo de su hermano y comenzó el rollo para sacarle dinero.
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Bella observaba a Edward, que estaba sentado a su escritorio escribiendo con verdadero frenesí. Hacía horas que se había quitado la chaqueta y el chaleco, y tenía los puños de la camisa manchados de tinta.
—¿Edward?
—¿Mmm?
Las velas ya estaban chisporroteando, casi consumidas. Ella suponía que Dreary se había ido furtivamente a acostar después de enviarles la bandeja con la cena. Que el mayordomo no se hubiera molestado en ordenar que pusieran la mesa del comedor para la comida decía muchísimo sobre su experiencia con su amo después de una charla del Club Agrario. Desde que volvieron, Edward no había parado de escribir refutaciones a la charla de sir Lazarus.
Exhaló un suspiro.
Se levantó y caminó hasta el escritorio. Allí se puso a juguetear con la pañoleta de gasa que llevaba metida en el escote del vestido.
—Es muy tarde.
—¿Sí? —dijo él, sin levantar la vista.
—Sí. —Y diciendo eso apoyó una cadera en el escritorio y se inclinó por encima del codo de él—. Estoy muy cansada.
La pañoleta se le soltó por un lado y le cayó sobre el pecho. Edward detuvo la mano a media frase. Giró la cabeza para mirarle la mano que tenía sobre el pecho, a sólo unos dedos de la cara de él.
Entonces ella deslizó el dedo anular hasta el centro del escote y lo introdujo en la hendidura entre sus pechos.
—¿No crees que ya es hora de irse a la cama?
Sacó el dedo, lo volvió a introducir, y así continuó.
Edward se levantó tan bruscamente que casi la tiró al suelo. La cogió por la cintura y la levantó en volandas.
Bella se cogió de su cuello al ladearse.
—¡Edward!
—¿Sí, cariño? —preguntó él saliendo con ella en brazos de su despacho.
—Los criados.
Él comenzó a subir los peldaños de la escalera de dos en dos.
—Si crees que después de esa exhibición voy a perder el tiempo preocupándome por los criados, quiere decir que no me conoces.
Llegaron al corredor de arriba. Edward pasó de largo por la puerta de la habitación de ella y se detuvo ante la puerta de la de él.
—La puerta —dijo.
Ella giró el pomo y él la abrió empujándola con el hombro. Ya dentro del dormitorio, ella vio dos macizas mesas cubiertas de libros y papeles. En el suelo había más libros apilados de cualquier manera.
Él atravesó la habitación y la dejó de pie en el suelo junto a su enorme cama. Sin decir palabra, la giró y comenzó a desabotonarle el vestido. Ella retuvo el aliento, sintiéndose repentinamente tímida. Esa era la primera vez que ella iniciaba el juego sabiéndolo él. Pero no parecía repelido por su osadía; muy lejos de eso. Sentía el decidido roce de las yemas de sus dedos en la columna a través de las capas de ropa. El vestido le quedó abierto a la altura de los hombros, él lo tiró hacia abajo y cuando ella sacó los pies la giró hacia él. Lentamente le desató los lazos de las enaguas, uno a uno, y de ahí pasó a los lazos del corsé. Se quedó ante él sólo con la camisola y las medias.
Con los ojos entornados, la mirada seria e intensa, le pasó el pulgar por encima del tirante de la camisola.
—Hermosa —susurró.
El tirante cayó hacia el lado y él se inclinó a besarle suavemente el hombro. Ella se estremeció, bien por la caricia o por la expresión de sus ojos, no lo supo. Ya no podía fingir que ese era solamente un acto físico entre ellos; él tenía que percibir su emoción. Se sentía expuesta.
Edward le deslizó los labios por la sensible piel y se la mordisqueó. Entonces pasó al otro hombro y el tirante también cayó. Suavemente le bajó la camisola dejando los pechos al descubierto. Los pezones ya estaban duros. Él abrió las manos y ahuecó las palmas sobre ellos, cálidas, posesivas. Miró un momento, al parecer observando el contraste entre la piel morena de sus manos y la blanquísima de ella. Se le encendió el color en los pómulos. Ella se imaginó sus pezones rosa claro asomados entre los callosos dedos de él, y se le fue la cabeza hacia atrás, como si le pesara.
Él le levantó los pechos y se los apretó.
Ella empujó su peso hacia sus manos. Sintió su mirada en la cara. Él terminó de bajarle la camisola, luego la levantó en brazos, la depositó en la cama, y comenzó a desvestirse a toda prisa. Ella lo observó hasta que él terminó y se acostó a su lado. Entonces le deslizó la mano por el vientre desnudo. Ella levantó los brazos para abrazarlo, pero él le cogió suavemente las muñecas y se las colocó a cada lado de la cabeza. Se echó encima de ella y deslizó el cuerpo hacia abajo hasta que la cabeza le quedó a nivel del vientre; deslizó las manos hasta el interior de sus muslos y le separó las piernas.
—Hay una cosa que siempre he deseado hacer con una mujer —dijo entonces, con voz de terciopelo negro.
¿Qué quería decir? Horrorizada, se resistió. ¿Es que quería mirarle ahí? Esa mañana había sido distinto, cuando ella estaba medio dormida. En ese momento estaba totalmente despierta.
—No es algo que un hombre pueda hacer con una puta —le explicó él.
Ay, Dios, ¿podía hacerlo? ¿Enseñarle sus partes íntimas? Levantó la cabeza y alargó el cuello para mirarle la cara.
La mirada de él fue implacable; deseaba hacer eso.
—Déjame, por favor.
Sintiendo arder la cara de rubor, apoyó la cabeza en la almohada, rindiéndose a él y a sus necesidades. Dejó caer las rodillas hacia los lados, sintiéndose como si se le estuviera ofreciendo. Él le contempló las piernas separadas y se las separó más, hasta que quedó arrodillado entre sus muslos, teniendo a su vista sus partes más secretas. Cerró los ojos, para no verlo mientras la examinaba.
Él no hizo nada más, y finalmente ella no soportó seguir esperando. Abrió los ojos. Él le estaba mirando fijamente el lugar femenino; se le agitaban las ventanillas de la nariz y tenía la boca curvada en una expresión tan posesiva que casi daba miedo.
Bella sintió una contracción en la abertura de la vagina y notó que le salía líquido de dentro.
—Te necesito —musitó.
Entonces él la escandalizó de verdad. Se agachó y le pasó la lengua por la abertura mojada.
—¡Ohh!
Él la miró a la cara, lamiéndose lentamente los labios.
—Deseo lamerte, saborearte y chuparte ahí hasta que te hayas olvidado de tu nombre. —Le sonrió eróticamente—. Hasta que te hayas olvidado del mío también.
Con sólo oír esas palabras ella se arqueó, haciendo una inspiración entrecortada, pero él ya le había puesto las manos sobre las caderas impidiendo que se moviera. Comenzó a lamerle entre los pliegues de la vulva y la sensación de cada lamida le iba a ella derecha al centro. Le encontró el clítoris y se lo lamió.
Y ella lo olvidó todo. Le salió un largo y ronco gemido por entre los labios y apretó la almohada con los puños a ambos lados de la cabeza, retorciéndola. Movió las caderas para apartarse, pero él estaba resuelto a conseguir su objetivo; continuó lamiéndole el clítoris hasta que ella vio estrellitas y desvergonzadamente le acercó más la pelvis a la cara.
Entonces él le cogió el clítoris entre los labios y se lo succionó suavemente.
—¡Edward! —gritó, sin poder contenerse, inundada por una ola de placer y excitación que le llegó hasta los dedos de los pies.
Antes que tuviera tiempo de abrir los ojos, él ya estaba encima de ella, penetrándola. Estremeciéndose, se aferró a él, arqueándose para corresponder a las embestidas de su pene dentro de su muy sensibilizada cavidad. Y sintió nuevamente la ola, llevándola y elevándola sin parar sobre su cresta, hacia el orgasmo. Abrió más los temblorosos muslos, apretando la pelvis más y más a él. Él reaccionó pasando los brazos por debajo de sus rodillas y empujándole las piernas hacia los hombros. Estaba todo lo abierta que podía estar, expuesta y sujeta, mientras él le hacía el amor; mientras ella tomaba todo lo que él tenía para dar.
—¡Oohh! —gritó él.
El grito le salió de los labios en un estallido, con un sonido gutural. Le temblaba todo el enorme y endurecido cuerpo, apretándose a ella.
Bella cerró los ojos y sólo vio diminutos arco iris, mientras él continuaba enterrando el duro miembro en su blanda cavidad una y otra y otra vez. Ahogó un grito de placer, deseando que ese momento no acabara jamás, ese momento en que estaban unidos a la perfección, en cuerpo y alma.
Entonces él se desplomó sobre ella, con el pecho agitado por fuertes resuellos, y ella le acarició las nalgas, con los ojos todavía cerrados, tratando de hacer durar esa intimidad. Ah, ¡cómo deseaba a ese hombre! Deseaba tenerlo así abrazado al día siguiente y al otro y todos los días de los siguientes cincuenta años. Deseaba despertar a su lado cada mañana; deseaba que la voz de él fuera la última que oyera cada noche antes de dormirse.
Entonces Edward se movió y rodó hasta quedar de espaldas. Ella sintió el roce del aire frío sobre su piel mojada. El delgado y fuerte brazo de él la envolvió y la acercó a su cuerpo.
—Tengo una cosa para ti —dijo.
Ella sintió el peso de algo en el pecho y lo cogió. Era El príncipe Cuervo. Apretando fuertemente los ojos para contener las lágrimas, acarició la tapa de tafilete rojo y palpó con los dedos las suaves hendiduras de la hoja estampada.
—Pero, Edward, este libro era de tu hermana, ¿verdad?
Él asintió.
—Y ahora es tuyo.
—Pero…
—Chss. Quiero que sea tuyo.
La besó con tanta ternura que ella sintió el corazón repleto, a rebosar de emoción. ¿Cómo podía seguir negando su amor por ese hombre?
—Creo que…
—Chss, cariño. Hablaremos mañana por la mañana —musitó él con voz ronca.
Suspirando, Bella se acurrucó apretada a él, aspirando su fuerte aroma masculino. No se había sentido tan dichosamente feliz desde hacía años. Tal vez nunca se había sentido así.
La mañana llegaría pronto.
…
*ave pequeña.
