18

Hinata

La primera media hora, estuve completamente inconsolable. Ino solo me sostuvo y me dejó llorar. Trató de tomar a Sumire, pero esta noche no podía desprenderme de otro bebé. Así que me obligué a calmarme lo suficiente como para dejar que Sumire encontrara algo de descanso en mis brazos. Y fue entonces cuando empecé a lloriquear.

—Es todo culpa mía. Si no la hubiera atacado. Yo y mi gran jodida boca. Le cabreé y tomó a mi bebé. Oh, Dios. Naruto nunca me lo va a perdonar. —Cerré los ojos y traté de no desmayarme—. ¿Y si lastima a Boruto? ¿Y si lo deja en cualquier lugar y…?

—Shh. —Ino me acarició el pelo—. No vayas allí, cariño. No pienses en eso.

—Pero…

—No. Es tarde. Estás exhausta. Tu hija está agotada. Vamos a llevarte a la cama.

Trató de sacar mis pies del sofá, pero me resistí. —No, no puedo. — Negué con la cabeza enfáticamente. De ninguna manera podía volver a la habitación que compartí con Naruto en los últimos meses—. No puedo quedarme aquí. Llévame a casa.

Ino se mordió el labio. —¿Estás segura? Asentí.

—Él me debe odiar en estos momentos.

—Dudo que él…

—Perdí a su hijo, Ino. —Fruncí la barbilla cuando una nueva oleada de lágrimas cayó—. Por favor. Solo llévame a casa. —Aunque su apartamento no se sentía como mi casa. Esta era mi casa.

Ino concedió mi deseo, y me llevó a su dúplex. Tomó de mis brazos a Sumire, que dormía, y la depositó suavemente en la cuna. Entonces me subió a la cama y se acostó conmigo. Apoyé la mejilla en su hombro y miré hacia el frente, insensible y fría.

En algún momento, Sai llegó a casa del trabajo. Apareciendo en la puerta, nos miró.

—¿Ella se encuentra bien?

—Todavía no. —Ino le hizo un gesto para que se fuera y volvió a acariciar mi cabello.

—¿Crees que Naruto lo encontrará? —pregunté, mirando la pared del fondo.

—Creo que va a seguir buscándolo hasta que lo haga.

Cerré los ojos. Sí, lo haría. Esa idea me consoló, en tanto repetía mis últimos segundos con Boruto. Ni siquiera fui capaz de darle un beso de despedida. Cuando el oficial de policía, finalmente, accedió a que Fūka se lo llevara, intentó salir por la puerta sin su asiento de seguridad o su bolsa de pañales.

La detuve y la cargué con todo, cada pañal que tenía, y toda la leche de fórmula en polvo que no bebía desde hace más de un mes, botellas, mantas, todo lo que se me ocurrió, con la esperanza de abrumarla para que cediera y dejara que se quedara. Pero la presencia de los policías la asustó demasiado. Colocó todo sobre sus hombros y se fue corriendo.

Nunca olvidaré las últimas palabras que dijo antes de que se llevara a mi hijo.

Después de mirarme de arriba y abajo con una mueca de desprecio degradante, dijo entre dientes—: Solo quiero que sepas que realmente nunca te amará. No eres su Lunita.

No fui capaz de resistirme a resoplar. —Oh, pero sí soy su Lunita.

Pero, ¿Lo era realmente? Perdí a su hijo, y tal vez destruí cualquier amor que alguna vez haya sentido por mí. ¿Cómo podría perdonarme por esto? Yo no sería capaz de perdonarme nunca.

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Naruto

Adolorido, agotado, y muy asustado, volví a entrar en mi apartamento en las primeras horas de la mañana. Sin Luchador. Había buscado en cada casa de drogas y guaridas de heroína en las que pude pensar, tratando de encontrar a Fūka. Nunca había sido cercano a esa multitud, pero me encontré con unas viejas amistadas que la conocían, y me dieron un par de ideas de dónde podría estar. Pero cada una dirigía a un callejón sin salida.

No tenía idea de dónde se encontraba Boruto o qué le sucedía. Pensar en él estando herido, asustado o solo, jodía demasiado mi cabeza; así que traté de mantener fuera esos pensamientos, a pesar de que seguían aglomerándose adentro y casi enviándome a un ataque de pánico.

Contacté a cada hospital, ya sea preguntando por Fūka o por él. Había llamado a cada viejo amigo suyo que se me ocurrió, pidiéndoles que pasaran el mensaje. Pero ni siquiera el jodido Quick Shot la había visto en las últimas veinticuatro horas.

Bombardeé su página de Facebook. Conduje durante horas, e incluso me detuve en la estación de policía. No sabía qué más intentar. Me imaginé cuál era el siguiente paso de Fūka, pero no podía aceptarlo. No podía esperar a que ella se volviera a cansar de él. Probablemente no duraría mucho, no por sí sola y como se encontraba. Lo traería de vuelta. Eventualmente. Pero incluso cinco minutos lejos de él eran insoportablemente largos para mí.

Dios, esto dolía.

Necesitando a mi Lunita, para que ayudara a aliviar mi corazón roto, regresé a mi habitación solo para encontrarla vacía.

—Oh… joder.

Ella había estado histérica, y no la consolé. Recordar la forma en que me suplicó que la perdonara destrozó mi pecho. Pero le había dicho que estaba bien, ¿no? Mierda, no podía recordar lo que dije. Había estado demasiado frenético por encontrar a mi chico. Sin embargo, sabía una cosa: no podría dormir en mi cama sin ella.

Me encontré golpeando la puerta de Sai Shimura a las cuatro y media de la mañana. Le tomó más de un minuto abrirla, pero cuando me vio, dejó escapar un gran suspiro, sacudió la cabeza, y se movió a un lado sin decir una palabra. Entré, y me siguió a la habitación de Hinata.

Fui directamente a su cama y toqué su hombro, haciéndola rodar sobre su espalda, solo para darme cuenta que esta mujer tenía el cabello rubio. Al lado de Ino, otra forma se agitaba y la luz del pasillo hizo que sus preciosos mechones oscuros brillaran. Omitiendo a la mujer de Sai, alcancé a Hinata y la atraje a mis brazos. Sus pestañas revolotearon. Cuando estuvo lo bastante despierta como para enfocarse en mi cara, se aferró a mi brazo.

—¿Lo encontraste?

Tomé un aliento. —Aún no.

Ino se levantó de la cama y se apresuró para recoger a Sumire de su cuna. Ni siquiera tuve que pedirle; ella simplemente puso a la niña dormida en su silla de auto y luego recogió la bolsa de pañales para nosotros. Después asintió hacia mí, haciéndome saber que ella me seguiría con la niña. Saqué a Hinata de la habitación y la llevé al auto. No protestó, lo cual era bueno, porque no quedaba nada de pelea dentro de mí.

Cuando llegamos a casa, pusimos a Sumire en la cuna. Parecía extra pequeña allí sola. Luego fuimos al salón principal y nos sentamos en el sofá a esperar. Presionado contra ella y sosteniendo su mano, apreté los dedos de Hinata.

—Gracias por luchar por él —dije finalmente.

Ella no respondió, solo apoyó su mejilla en mi hombro y lloró en silencio, esperando el resto de la noche conmigo.

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Pasaron dos días. Los dos días más largos de mi vida.

No trabajaba, rara vez comía, y solo dormía a ratos, porque siempre despertaba sobresaltado con una nueva idea de dónde podía buscar a Fūka. Pero nunca se encontraba en ningún lugar que busqué. Me llegaban informes de la gente que la vio con un bebé, pero siempre los perdía para cuando llegaba allí.

Al comienzo del tercer día, mi celular sonó a las dos de la mañana. Me encontré despierto al instante para responder el número desconocido. A mi lado, Hinata se sentó de golpe y encendió la lámpara de noche, sus ojos abiertos y alerta.

—¿Hola? —dije. Por favor, que sea Fūka, por favor, que sea Fūka, por favor…

—¿N-Naruto? —La voz ronca de Fūka sonaba asustada e insegura, pero me hizo sollozar con alivio.

—Oh, Dios. Oh, gracias a Dios. Fū, ¿dónde estás? ¿Boruto está bien?

—¿Boruto? —se burló después de un fuerte resoplido—. Todo lo que te importa es Boruto, ¿no? Solías preguntar si yo estaba bien.

—Cristo, Fūka. Lo abandonaste aquí, a tu propio hijo. Jodidamente lo dejaste conmigo para cuidarlo. Así que lo hice. ¿Me puedes culpar por amarlo? ¿Por preocuparme por él? ¿Por qué te lo llevaste?

—¡Porque él es mío! ¿Por qué no debería llevármelo? Es mi hijo. Tú anulaste nuestro matrimonio.

—Anulé el matrimonio porque te fuiste. Ahora, ¿dónde te encuentras? Iré a buscarte, y podemos hablar, cara a cara. —Cuando no respondió, cerré los ojos y apreté los dientes—. Fū , por favor. Me asustaste mucho. Estos últimos días, sin saber tu paradero, sin saber lo que pasaba con él, han sido los peores días de mi vida. Solo… háblame. Por favor… dime dónde estás.

—No te creo —dijo con voz ronca—. Mira, no creo que esa sea la razón por la que anulaste nuestro matrimonio.

—¿Qué? —Negué, completamente confundido—. No tiene ningún sentido. ¿Por qué haces esto? ¿Dónde estás? ¿Por qué te fuiste sin siquiera hablar conmigo primero?

—Debido a esa puta pelinegra que tenías en tu apartamento, esa es la razón.

Mi mirada se disparó a Lunita. Mordía la uña de su pulgar mientras me miraba, sus ojos grises malva muy abiertos por la preocupación. —¿Qué? — articuló.

Sacudí la cabeza y volví mi atención a Fūka . —¿Qué pasa con ella? — pregunté con cautela.

—¿Quién era ella? ¿Y por qué cuidaba a mi hijo?

—Cuidaba al hijo que tú abandonaste porque es la niñera.

Hinata se enderezó, su pulgar cayendo de su boca cuando se dio cuenta que fue sacada en la conversación.

—Pensé que la señora Rojas lo cuidaba.

—Los Rojas se enfermaron. Tuve que contratar a alguien más. ¿Por qué eso debería molestarte? ¿Estás diciendo que de repente te importa lo que le sucede, después de que jodidamente lo dejaste solo? Pasaron horas antes de que lo encontrara ese día. Jesús, Fūka, ¿cómo pudiste hacer eso? Él no está solo ahora, ¿verdad? ¿Está allí contigo? ¿Está bien?

—Él está bien —murmuró con desdén—, y sigo pensando que mientes. Creo que ella es mucho más que solo la niñera.

Siseé una maldición y froté un lugar en el centro de mi frente, que comenzaba a doler. —¿Por qué estamos hablando de esto? ¿Me estás diciendo que te llevaste a Boruto lejos de mí por culpa de Hinata?

Hinata jadeó y puso la mano sobre su corazón. Las lágrimas brotaron de inmediato en sus ojos. Estiré la mano y agarré sus dedos con fuerza, haciéndole saber que no había hecho absolutamente nada malo.

—Ella me dijo que era tu Lunita. — Excepto tal vez eso.

Maldición. Apreté los ojos.

Sin embargo, no solté la mano de Hinata. Lo único que había hecho era decirle la verdad a Fū. No podía culparla por eso. Fūka simplemente habría llegado a alguna otra razón para reaccionar de forma exagerada. Siempre lo hacía.

—Sí —dije, soltando a Hinata para bajarme de la cama y pasear por la habitación—. Sí, lo es. ¿Y qué? ¿Cómo te afecta eso en algo? Te fuiste.

Esnifó. —¿Así que, es verdad? La encontraste. ¿Realmente encontraste a la chica que esa bruja te dijo que era tu único amor verdadero?

Mi garganta se secó. Por qué odiaba hablar de esto con Fūka, no lo sé, pero lo odiaba. Lo detestaba.

Con una inclinación, le di la respuesta practicada. —Sí. La encontré.

Sus lloriqueos se convirtieron en sollozos en toda regla. —Así que, todo va a hacerse realidad. Vas a irte y vivir con ella en tu pequeño felices para siempre en tu perfecta jodida casa con el césped verde. Y yo voy a morir, joven y sola.

—Maldita sea, no vas a morir joven y sola. No cuando estoy aquí para ti. Siempre he estado aquí. Eres mi amiga más antigua, y me encargaré de ti y Boruto sin importar qué. Solo dime dónde estás, e iré a cuidar de ti.

Sin embargo, no escuchó nada de lo que dije. —Siempre pensé que me amarías… de la manera en que la amabas. Pensé… pensé que seguiríamos casados, y finalmente te darías cuenta de lo mucho que nos pertenecemos. Ya hemos pasado por todo. Nos conocemos por dentro y por fuera. ¿Cómo pudo venir y alejarte de mí?

— Fūka, por favor, no hagas esto. Necesitas ayuda. Solo… déjame ir a ayudarte.

—Ya no quiero ser tu jodido caso de caridad. Quiero… quiero que me mires y… me ames y ya.

—Lo hago —dije, mi voz ronca y todo mi pecho apretado con miedo. No quería mentirle, pero no podía decir nada para causar que colgara sin decirme dónde estaba—. ¿Crees que aguantaría tanta mierda de ti todos estos años si no te amara? ¿Quién estuvo siempre ahí después de que él te violó? ¿Quién te llevó al cuarto de baño y te lavó? ¿Quién golpeó a cualquiera que te lastimó?

¿Quién te acogió cuando tenías tres meses de embarazo? ¿Quién hizo cada puto esfuerzo para ayudarte a superar tu adicción? ¿Cómo siquiera puedes pensar que no te amo? —Solo porque nunca la amaría de la forma en que ella quería que lo hiciera, no quería decir que no me importaba.

Le eché un vistazo a Hinata, preguntándome en qué pensó cuando le expresé mis sentimientos a otra mujer. Las lágrimas corrían por su rostro, haciéndome sentir como una mierda. Alejando la mirada porque no podía soportar verla llorar, estiré mi mano y fui recompensado cuando tomó mis dedos, apretando con apoyo.

—Te amo, Fū —dije, tragando el ácido en mi garganta mientras decía las palabras, todo el rato acercando más a Hinata y enterrando mi cara en su cuello—. Ahora, por favor… por favor, por favor, solo dime cómo llegar a ti.

—Yo… —Hizo una pausa para toser—. Estoy en un subterráneo abandonado junto a la estación de tren.

—Está bien, bien. Bueno. Estaré ahí. No vayas a ninguna parte. Estaré justo ahí. —Tomó todo lo que tenía no preguntar por Boruto de nuevo, pero no quería hacer nada más para molestarla y causar que se fuera antes de que yo llegara.

—Date prisa —dijo, arrastrando las palabras—. Me estoy cansando.

—Lo haré. Estaré ahí. —Colgué y me giré inmediatamente hacia Hinata—. Lo siento.

Parpadeó, luciendo sorprendida. —¿Por qué? Conseguiste que te dijera dónde se encontraba.

Sí, sí, lo hice. Y había sacado una parte de mi alma al hacerlo.

Abriendo el cajón de mi cómoda, saqué la primera camiseta que vi. — Pero odié tener que hacerlo… tener que decir todo eso… delante de ti.

Hinata se inclinó, sus dedos temblando mientras me ayudaba a vestirme. — Naruto, no tenemos tiempo para esto. Lo entiendo. Solo… trae a nuestro hijo de vuelta.

Me detuve y la miré. —Sabes que no puedes venir. —No era una pregunta, sino una revelación sorprendida. Asumí que ella lucharía para ir conmigo. Trataría de llamar a la señora Rojas o a Ino para que cuidara a Sumire y así poder estar ahí cuando viera a Boruto de nuevo. Pero eso no podía suceder. Solo había calmado a Fūka por ahora, y Hinata lo sabía tan bien como yo.

Encontrando un par de pantalones para mí, se inclinó y los mantuvo abiertos para que me los pusiera. Más amor y respeto surgieron dentro de mí. Poniendo mi mano en su cabeza, puse el primer pie en la mezclilla y luego el segundo.

—Te amo mucho, Lunita.

Subió los pantalones por mis piernas. —Lo sé. —Su voz estaba un poco jadeante mientras abrochaba mi cremallera—. También te amo. —Su sonrisa tembló y las lágrimas seguían brotando, pero cuando me miró, eso fue todo lo que necesité… su mirada en mí.

—Me tengo que ir.

Asintió, pero cuando empecé a girarme para buscar mis zapatos, agarró mi camiseta y me tiró de vuelta. —Espera. —Cuando encontré su mirada, capturó mi rostro entre sus manos—. Eres el mejor hombre que he conocido, Naruto Uzumaki. Gracias por elegirme.

La besé con fuerza. —Siempre te elegiré.

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Me tomó veinte minutos llegar a la estación de tren, para encontrar que el paso a desnivel del que Fūka me habló era un asunto totalmente diferente. Había tantas líneas ferroviarias y viaductos que ni siquiera sabía por dónde comenzar. Aparcando en la estación, comencé en la más cercana, corriendo y gritando el nombre de Fūka. Me tropecé con un vagabundo sin hogar, pero no estaban Fūka ni Boruto. Él empezó a molestarme hasta que notó el metal y mis tatuajes. Entonces retrocedió y me dejó solo.

Intenté con el siguiente paso a desnivel, sin aliento para cuando lo alcancé. Seguía sin suerte. Haciendo un círculo alrededor de la estación de tren, seguí buscando.

Aproximadamente a una hora de mi búsqueda, escuché las sirenas de policía.

Mi estómago se anudó en un gran manojo doloroso cuando sentí un mal presentimiento. Corrí en esa dirección, ya que venía a medio kilómetro de la estación de tren.

Ya tenían barricadas y bloqueaban a una multitud para el momento en que llegué allí. Respirando con dificultad por mi carrera, codeé a todos para llegar al frente, donde un policía le ordenaba a todo el mundo que se dispersara.

Cuando escuché a un bebé llorando donde todas las luces rojas y azules parpadeaban, entré en pánico. Parecía el llanto de Boruto. Saltando una de las líneas policiales, fui en esa dirección, pero un policía me gritó.

—¡Oye! —Me agarró del brazo.

—Creo que ese es mi bebé. —Señalé y aminoré un poco el paso, pero seguí caminando en dirección a toda la conmoción de coches de policía y ambulancias—. Mi esposa se llevó a mi hijo hace un par de días, y creo que ella está por aquí. Tengo que ver si ese es mi bebé.

—Está bien. Muy bien, chico. Cálmate. Quédate aquí, y averiguaré si ese es tu hijo. —Me señaló a modo de advertencia, pero tan pronto como se dio la vuelta, dando grandes zancadas, lo seguí. Otro oficial de policía nos notó acercándonos. Cuando lo noté, sus ojos se ampliaron, y nos reconocimos al mismo tiempo.

El policía agradable que había estado en mi apartamento por todas las quejas señaló en mi dirección. —Oye, ahí está el padre.

Oh, Dios.

Consciente de que había encontrado a Boruto, me lancé hacia delante, escaneando frenéticamente. —¿Dónde está él? ¿Está bien?

—Justo aquí —contestó alguien. Me giré para encontrar a un policía, de pie en las puertas abiertas de una ambulancia, tratando de sostener a un histérico Boruto. La manta envuelta a su alrededor se hallaba destrozada y lo bastante sucia que bien podría haber estado arrastrándose por el suelo durante los últimos tres días. Pero lo que causó que las lágrimas pincharan mis ojos fue la suciedad que cubría a mi hijo y los moretones hinchados y cortes a través de su frente.

—Oh, mierda. —Mis rodillas cedieron una vez, pero seguí corriendo hasta que estuve con él y lo saqué de las manos del otro hombre—. Mi hijo. Mi pequeño.

Lo giré para presionar su pecho contra el mío, como le gustaba que lo sostuviera cuando estaba molesto, y de inmediato empecé a arrullarlo en su oído. —Está bien, amigo. Estoy aquí. Ya estoy aquí. Está bien, Boruto. Mi pequeño Luchador.

Comencé a cantar "Kryptonite". Él agarró mi camiseta y enterró su cara en mi cuello. Mis lágrimas seguían fluyendo mientras se acomodaba. Pero él se encontraba tan molesto y pequeños temblores ocasionales de hiperventilación lo inundaban mientras jadeaba por aire. A pesar de todo, se negó a soltarme. Y me negué a dejarlo ir.

—Está bien —repetí cuando no pude cantar más. Mantuve mi voz calma, a pesar de que el resto de mí se ponía más y más furioso. Besando el lado de su cabeza, le acaricié el cabello, y luego descansé mi mejilla contra él antes de mirar al policía que lo había estado sosteniendo—. ¿Cómo pudo hacerle esto? ¿Dónde demonios está ella?

Los ojos del hombre se llenaron de simpatía y pesar. —Lo siento, señor. Pero su esposa tuvo una sobredosis.

No sobrevivió.

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Hinata

Naruto llevaba fuera seis horas. Solo llamó una vez para hacerme saber que encontró a Boruto y que nuestro hijo estaba bien. Ellos venían a casa desde el hospital, donde la policía había exigido un chequeo.

Me asustó la mención de un hospital y la policía. Sin embargo, la voz de Naruto estaba tan temblorosa y sonaba tan frenético, que no lo cuestioné. Si él se hallaba camino a casa, pensé que pronto conseguiría mis respuestas. Y lo hice tan pronto como se abrió la puerta. Vi la cara hinchada y rasguñada de Boruto y enloquecí.

—Oh, Dios mío. Mi pequeño. —Lo arrebaté de los brazos de Naruto y gemí mientras lo apretaba contra mí, respirando los olores desconocidos que emanaban de él. Lo sostuve con fuerza cuando él enterró su cara en mi cuello, agarrando puñados de mi cabello como hacía siempre, lo que me hizo llorar más fuerte—. ¿Cómo pudo hacerle esto? —exigí, girando para enfrentar a Naruto sobre el hombro de Boruto—. ¿Dónde diablos está esa perra loca? —Estaba decidida a rasgarle la cara.

Naruto me miró, su expresión demacrada y los ojos enrojecidos por el llanto. Su voz era ronca cuando dijo—: Está muerta.

Mi boca se abrió. Esperé a que se explicara, pero él simplemente me pasó, caminando con dificultad como un hombre cansado y viejo. Se dirigió hacia el sofá antes de que viera a Sumire durmiendo en la sillita mecedora. Alzándola en brazos, la acercó a él mientras se sentaba con ella y enterró la nariz en su cabello.

Cuando por fin me miró, la expresión aturdida en sus ojos me dijo que se encontraba en estado de shock. Sin decir una palabra, me senté junto a él y los cuatro nos acurrucamos juntos, allí sentados.

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Aunque no estaba lista para soltarlo, sabía que Boruto necesitaba mucho descanso, por lo que en algún momento, me levanté de mala gana y lo llevé a la cuna. Naruto me siguió con una Sumire todavía durmiendo y la recostó al lado de Boruto.

Toqué delicadamente los rasguños en su cara y una vez más sentí que surgía la rabia. Llevando los nudillos a mi boca, deseé que Fūka estuviera en su camino al infierno.

Naruto me agarró la mano, sobresaltándome. Cuando levanté la vista, me impactó la oscuridad en sus ojos. Se veía salvaje. Dándome la espalda, se dirigió a la puerta, llevándome fuera del cuarto de los bebés con él.

No tenía idea de lo que pasaba por su cabeza. Por fin había recuperado a su hijo, sin embargo, debía de estar enojado por lo que le pasó a Boruto. Por otro lado, su amiga más antigua acababa de morir, a pesar de que tal vez no era su persona favorita en el momento. Debía tener muchas cosas en la mente.

Tocándole la espalda, le pregunté—: ¿Estás bien?

No respondió, solo siguió dándome la espalda mientras él cerraba la puerta en silencio para no molestar a los niños. Luego se giró hacia mí y me empujó contra la pared. Su boca se encontraba sobre la mía y su lengua estaba dentro de mí antes de que me diera cuenta de lo que sucedía.

Rayos de calor estallaron de los extremos de los dedos de mis pies. Excitada al instante, envolví los brazos alrededor de él cuando me levantó contra la pared. Traté de hacer lo mismo con mis piernas, pero él me detuvo para poder lidiar con mis pantalones y empujarlos hacia abajo, junto con mi ropa interior.

Entonces agarró mi muslo desnudo y lo enganchó alrededor de sus caderas. Hundió sus dientes en uno de mis senos a través de mi blusa y me retorcí contra él, queriendo quitarme toda la ropa para que él pudiera morder todo lo que quisiera.

—Te necesito tanto en este momento —jadeó mientras abría sus vaqueros y deslizaba un condón. Me quedé boquiabierta por su dureza y ansiedad.

El hombre estaba desesperado y lo demostró empujando dentro de mí, brusco y rápido. La sorpresa de su penetración voraz me hizo gritar. Necesitándolo de la misma manera, me moví con él, arqueándome hacia su siguiente embestida profunda. Su boca violaba la mía mientras me inmovilizaba contra la pared y me tomaba sin piedad.

—Sí —le dije, mordiéndole la oreja y tensándome a su alrededor cuando él golpeó un lugar que curvó los dedos de mis pies.

—Hinata... —gimió, alejándose para respirar en mi boca mientras sus caderas se sacudían en un ritmo incesante, arremetiendo más rápido hasta que agarré puñados de su cabello y los dos gritábamos. Se liberó dentro de mí con fuerza, usando mi cuerpo para curarse y dándome el honor de aliviar su dolor.

Cuando toda su complexión se apoyó en mí y enterró su cara en mi cuello, supe que él acababa de superar algo de lo que lo acechaba.

—Te amo tanto —murmuró con voz difusa y somnolienta.

Le besé la mejilla y aparté el cabello de su frente. —Yo también te amo.

—No sé lo que haría ahora mismo sin ti.

—Bueno... —Me mordí el labio, con ganas de hacerlo sonreír—. Para empezar, probablemente te hubieras masturbado.

Sus labios aletearon en una media sonrisa cuando levantó su rostro. —Y no se habría sentido tan bien.

Él me levantó en sus brazos y me llevó hacia nuestra habitación. Una vez que nos acomodamos debajo de las mantas, se acurrucó detrás de mí y envolvió los brazos alrededor de mi cintura antes de poner la barbilla en mi hombro.

—Lo digo en serio, Hinata. Sin ti, no tengo ni idea de cómo habría resultado mi vida. Si no hubiera tenido esa visión de ti y querido con cada fibra de mi ser, tal vez hubiese seguido el mismo camino que Fūka, y habría terminado absorbido por las drogas. O habría hecho lo que hizo mi otro amigo Harvey, que se unió a una pandilla. Él fue asesinado en un tiroteo desde coches cuando tenía dieciséis años.

Le besé la mandíbula. —Lamento tanto todas tus pérdidas.

Murmuró algo incoherente, como si no quisiera pensar en eso. Entonces comenzó a acariciar mi costado. —¿Sabes cómo sigues diciendo que yo fui tu héroe y te salvé cuando golpeé a tu ex y tu papá? Eso es mentira. Tú eres mi heroína. Conocerte en esas visiones me salvó. Me hizo querer ser una buena persona para poder merecerte cuando por fin te encontrara. Y ahora que estás aquí, sosteniéndome y dejando que te ame cuando solo quiero explotar... — Enterró su cara en mi cabello y respiró profundamente—. Ni siquiera sabes lo que me hace tu mera presencia. Eres mi cordura.

Llevé la mano detrás de mí para peinar su cabello con los dedos. —Tú también eres la mía. No hay otro lugar en el mundo en el que preferiría estar.

—No me dejes nunca —exigió con voz entrecortada.

Sonreí, pensando que mis próximas palabras eran la promesa más fácil que haría jamás. —No lo haré.

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Continuará….