[ XII ]

~ Amistad ~

Ya no había miedo, ni preocupaciones, sólo estaba yo yendo directa hacia esa niebla, dispuesta a atravesarla. Tink me acompañó hasta la puerta de su casa, dándome unos últimos ánimos de más, saludando a Salami que descansaba ahí mismo en un rincón improvisado.

Tink ¿eres tú?— Zeta abrió la puerta antes de lo que esperaba, y se sorprendió al verme.

—¿Podemos hablar?— sentencié, con la mirada fija a sus ojos dorados. Se rascó la nuca, asintió insegura dejando espacio y nos dejó pasar. —A solas— remarqué.

—Iré a ver a Peri, debe de estar con Sil jugando aún. No la fastidies— me susurró.

Nos dejó, y sentí el nerviosismo de Zeta creciendo en cada movimiento y respiración. Me senté en su sillón más cercano, organizando las palabras en mi mente. Ella se cruzó de brazos, de pie, impaciente. Se merecía la verdad.

—No ha sido nada fácil para mí… y estoy segura de que para ti tampoco, la muerte de Honey. La veía ¿sabes? Cuando me acercaba a ti, podía imaginármela hablando contigo como si nada, y aún lo hago— levanté la mirada. —Lo siento mucho Zeta, debí haber estado contigo en vez de… bueno, ojalá las cosas hubieran ido mejor, pero no podemos remediar el pasado, por eso estoy aquí. Sé que es tarde, y no me refiero a la hora, pero quiero arreglar las cosas contigo, hacer lo correcto y apoyarte en todo lo que necesites, ahora más que nunca.

—Te ha obligado Tink ¿verdad?— interrumpió.

—No, y no quiero que pienses eso. Ella sólo me ha ayudado a dar el paso, pero llevo con esta espina clavada desde el día que discutimos, sentí que te había perdido de la misma forma que Honey y no sabía cómo arreglarlo sin hacerme pedazos— me froté los ojos, sentimental de mí. —Eres un hada muy especial para mí, siempre lo has sido, desde que nos conocimos en aquel cumpleaños. Estaba enamorada de ti ¿sabías? Si Honey no me hubiera pedido salir antes seguramente… las cosas serían muy diferentes— respiré hondo, lo necesitaba.

—Debería ser yo la que te pidiera perdón joder…— se frotó la cara entera, con pasos nerviosos. —Me lo pusiste muy difícil, lo intenté muchas veces pero tú… te encerraste.

—Lo sé, perdí lo que más quería y sentí que ya no me quedaba nada, no quería ver a nadie. Pero eso ya pasó, ahora he pasado página, de una vez por todas. No hay más culpa ni rencor, lo que pasó, pasó, y no se le puede hacer nada. Pero lo que está por pasar… quiero volver a estar contigo Zeta, quiero que me dejes formar parte de tu vida y que seamos amigas, como antes.

—Nada puede ser como antes— suspiró —lo pensaré, no puedo darte una respuesta a… esto— señaló al aire con ambas manos.

—Es más de lo que esperaba recibir. Sólo quería decirte la verdad que llevaba tanto tiempo escondiéndote y decirte que te he echado de menos— el silencio y nuestras miradas, no eran incómodas, pasaron unos segundos en los que hablamos sin palabras.

Me puse en pie, sentí que ella necesitaba reflexionar sobre todo eso y yo no tenía nada más que decir.

—Gracias por escucharme. Si necesitas algo, cualquier cosa, sólo pídelo ¿vale?— dije con una tenue voz, a un paso de alejarme de ella.

—Espera— esperé. Me miró intermitente, dudando. —Abrázame— le susurró al suelo, invocando al silencio.

Di un paso hacia ella, cautelosa, y poco a poco juntamos nuestros cuerpos, envolviendo su espalda con mi brazo izquierdo y hundiendo mi mano derecha en su pelo. Llevaba demasiado tiempo deseando hacer eso.

Sentí mi ropa arrugarse por sus manos, su pecho titubeó y finalmente cayó en llantos. La recompuse como pude, me perforó el corazón verla tan triste, tan desesperada, pidiendo consuelo de esa forma.

—Todo irá bien, seguimos siendo el equipo de la guardia espacial ¿no?— la hice reír, así era cómo nos hacíamos llamar las tres. —Mi hechicera de la galaxia.

—Tú eras el piloto de la nave— dijo con su voz rota.

—La más rápida del universo— le di un beso en la cabeza, y la ayudé a refrescarse la cara. —¿Estás mejor?— consiguió esbozar una sonrisa.

—Sí, mucho— aún no me hacía a la idea de lo que acababa de pasar. —Te queda bien el pelo suelto— no me esperaba ese cumplido.

Las ganas de irme se me esfumaron, no podía dejarla sola después de aquello, no quería. Me arriesgué un poco, pero es que si no se lo preguntaba me arrepentiría.

—¿Tienes planes para cenar?— negó rápidamente, alegrándome un poco más si cabe.

Estuve con ella todo el tiempo que pude, nos metimos en la cocina después de hablar sobre lo de sus alas, y preparamos la cena juntas. Parecía que hacía siglos que no hacíamos algo así juntas, olvidé lo bien que se le daba trastear con las recetas.

Comimos lo que me pareció una delícia, entre una paz compartida que no me quitaba la sonrisa de la cara. Me pareció ver a Tink por la ventana un segundo, pero desapareció, y disfrutamos de una velada muy agradable.

Nos quedamos charlando un rato más después de recoger los platos, había pasado tanto desde la última vez que hablamos.

—Bueno, se está haciendo tarde e imagino que querrás dormir así que…

—S-sí, necesito descansar un poco. Gracias por todo Vid, de verdad.

—No tienes por qué dármelas— la abracé una vez más para despedirme, se me acomodó en el hombro.

—Yo también te echaba de menos— dijo, antes de separarnos.

—Nos veremos mañana, supongo.

—Sí— asintió —buenas noches Vid— sonreí.

—Buenas noches, descansa— sonrió.

Salí de su casa como si flotara, la gravedad había desaparecido, y todo se había vuelto mucho más ligero.

Volé dando vueltas hacia casa de Tink, tenía que contarle lo que había ocurrido, no podía esperar a mañana.

Nada más entrar, intuí lo que estarían haciendo, el sonido de un cálido suspiro de Peri me lo confirmó. Toqué la puerta antes de entrar a la habitación.

¿Vid?

—¿Se puede?

Claro, pasa— desnudas, Tink estaba en la cama encima de Peri, alegremente despeinadas, Peri tenía las manos atadas al cabezal. —¿Cómo ha ido?

—Bien, muy bien— apoyé la espalda en la pared, feliz por cómo resultó todo. —No sabes cuánto me alegro de haber arreglado las cosas por fin.

—¿Lo ves? Sabía que lo conseguirías, eres la mejor. ¿Te apuntas? Acabamos de empezar.

—No, qué va, estoy agotada mentalmente, me gustaría dormir esta noche. ¿Cómo vais vosotras?

—Genial, Sil me ha estado enseñando un montón de trucos con el agua.

—Sí~ es toda una experta ahora.

—Yo no diría tanto. Mañana tenemos pensado ir a Invierno a pasar el día, antes de que a Tink se le acaben las vacaciones.

—¿Cuándo empiezas?

—En dos días… Me da mucha pereza volver a tintinear~ ojalá tuviéramos el mismo talento.

—Estaré ocupada igualmente con las hadas del agua, me he propuesto ir a Tierra Firme para la siguiente primavera— Peri llevaba la mismísima ilusión encima —pero tengo que practicar mucho.

—Lo harás genial, estoy segura— se pusieron a besuquear, enrollándose la una con la otra de brazos y piernas.

—Muy bien, buenas noches~ no os acostéis muy tarde.

—Nas noches Vid~

Salí de allí dándome cuenta de algo. Todo estaba bien así, todos estábamos a gusto, en nuestro lugar. Nada necesitaba ser cambiado, éramos felices y teníamos lo que podríamos necesitar.

Volé despacio por el camino, sin prisa, tomándome mi tiempo para escuchar los tenues murmullos nocturnos. Llegué a mi hogar, bebí un poco de agua y me puse el pijama.

Me metí en la cama sabiendo que iba a dormir plácidamente por primera vez en mucho tiempo, iba a recuperar muchas horas de sueño.

Caí dormida en nada, tan a gusto como feliz.

Me levanté con mucha energía, no era temprano pero tampoco tarde, y el sol me acariciaba el hombro con una especial calidez. Todo se sentía diferente ahora.

Pensé en organizarme el día mientras desayunaba tranquilamente. El par de desastres estarían en Invierno, intuí que las salamandras no podían patear por la nieve, y que Zeta se quedaría en el lado cálido. Quería verla de nuevo, estar con ella, divertirnos aunque fuera un rato. Le di vueltas al tema, pensando en algo que no requiriera volar, no era fácil pero algo se me ocurrió.

Salí hacia el área de entrenamiento de las hadas de los animales, Fawn estaría por ahí.

La encontré con unos conejos, en lo que me pareció una competición para ver quién saltaba más alto.

—¡Vidia! Creo que es la primera vez que te veo por aquí, ¿qué te cuentas?

—¿Se pueden hacer carreras con salamandras?

—Con lo que quieras, hasta con caracoles si tienes mucho tiempo libre, ¿a qué viene esa pregunta?

—Quisiera echar unas carreras con Salami— se le iluminó la cara.

Me acompañó al valle donde correteaban las salamandras, había un circuito no muy lejos, perfecto para lo que tenía en mente. Le dije que iría a por Zarina y que si le hacía ilusión nos pondríamos a corretear por ahí. Fawn se apuntaría para dar el toque de salida y cronometrarnos.

Volé entusiasmada a por mi hechicera de la galaxia. No me hizo falta llegar, la vi cabalgando hacia Otoño.

—Pero si es la domadora de salamandras con más talento de Pixie Hollow~— la hice reír, y me puse a andar a su lado.

—Buenas Vid, justo iba a… bueno, dar un paseo. ¿A dónde vas?

—A buscarte, ¿te apetecen unas carreras?— me miró extrañada —Tu Salami contra una salamandra que me deje Fawn. He hablado con ella, dice que podemos usar la pista para echar carreras, podría ser divertido ¿qué me dices?— la tomé por sorpresa.

—¡Suena genial! ¿Vamos ya?

—Si quieres— asintió impaciente, salturreando sus rizos.

Nos tomamos el camino con calma, charlando simplemente, tan cómodas que podríamos pasarnos el día entero hablando sin parar. Me ofreció cambiar de puestos y montar en Salami para acostumbrarme, era más difícil de lo que parecía. Entre una cosa y otra, llegamos en un parpadeo.

Fawn tuvo el detalle de ofrecerme una con manchas lilas, para ir de conjunto, y nos enseñó a ir a toda velocidad sin caer de bruces en el intento.

Entrenamientos, vuelta de calentamiento, carreras al mejor de cinco y hasta podio. Reímos como nunca imaginé que volveríamos a reír, disfrutamos como hadas de los animales y al final perdí por los pelos. Fue una mañana especial que no olvidaría, verla feliz de esa forma me llenaba de vida.

Comimos vegetariano en casa de Fawn por la hora que era, nos contó las mil y una sobre los animales, curiosidades e historietas. Las tres estaríamos encantadas de volver a echar carreras de salamandras.

El hada de los animales tuvo que volver a sus labores entrada la tarde, así que nos tomamos un tiempo para digerir la comida, paseando por Otoño sin prisas.

No estaba para nada acostumbrada a andar tanto, las piernas me estaban matando. Me negué a volar a su lado, así que me ofreció cambiar de puestos otra vez y subir a Salami.

—Podemos pasar por tu casa a descansar un rato si quieres, yo también estoy algo cansada— dijo, con una pizca de timidez.

—Suena bien— no tardamos en llegar, estábamos ahí mismo.

Fui directa al sofá para caer rendida como si hubiera estado andando todo el día.

—No hace falta que vayas andando por mí, no me molesta que vueles— le sonreí.

—Las hadas de vuelo veloz tenemos un dicho que dice, si uno pierde el vuelo-

—Los cien perdemos el vuelo, lo había escuchado, suena a forma barata de haceros sentiros mal si tenéis un problema.

—Yo no lo veo así, la idea no es motivarnos a hacer las cosas perfectas, si no convertirnos en una piña unida que acude a ayudar aunque sólo uno de nosotros tenga problemas, sea cual sea. ¿No te sientas?

Se sentó a mi lado, perdiéndose en sus pensamientos. Le pregunté a qué le estaba dando vueltas, y suspiró.

—¿Por qué no fuiste a Invierno con tu novia?— tardó en dirigirme la mirada.

—Las carreras son más divertidas, y no puedes decirme que no— sonrió.

—Ya pero, no sé, no quiero robarte tiempo que deberías estar con ella— suspiré, pensando en si debería contarle toda la verdad o no. Lo tuve claro al ver sus ojos.

Le hablé sobre lo que pasó entre Tink y yo cuando apenas conocía a Peri, sobre lo que ocurrió con ellas dos y la verdadera relación que tenían ahora. Le hablé algo avergonzada sobre las tardes que pasamos las tres en el congelador, y también, con mi corazón en un puño, que Tink siempre preferiría estar con Peri que conmigo.

No éramos novias como tales, lo que teníamos no se podía etiquetar de ninguna forma, y ahora mismo lo único que me apetecía era estar con el hada que tenía delante, porque se merecía todo el amor del mundo.

Me acercó la mano, alcanzando la mía lentamente.

—Gracias por contármelo— se acurrucó a mi lado, tumbando su cabeza contra mi hombro. —Gracias por todo. Ojalá Honey no te hubiera pedido salir.

Cerré los ojos dejando volar la imaginación, dejándonos en un íntimo silencio que saboreé.

—Zeta.

—¿Hm?

—¿Quieres tumbarte un rato?

—Hm— la hice mover, y me levanté. Esperé a que lo hiciera también.

—En la cama estarás más cómoda.

—Oh… y-ya— andamos hasta la habitación —¿tú… también?— conocía esa expresión.

—Tengo algo de sueño, sí— le dije.

Me tumbé como si nada, y esperé a que se acomodara, fijándome en sus alas. Le pregunté si iba a estar cómoda.

—No me duelen si no las muevo bruscamente— y terminó lentamente a mi vera.

Me hice con su mano, y cerré los ojos con una paz que no era de este mundo.

Su respiración se aminoró como las olas tras un ventoso día, y dormí a gusto, sin temores ni preocupaciones.

El cosquilleo de unos rizos en mi nariz me hizo despertar, sentí sus labios en mi mejilla y luego, vi como trataba de hacerse la dormida. No pude evitar reírme.

—¿Qué haces?— se puso roja entera.

—Uhm, sólo, e-estabas… bueno, nada— la invadí con una sonrisa como artillería y le devolví el beso, acomodándome a su lado, dejando el brazo descansando en su barriga.

—Olvidaba lo adorable que eras— gruñó.

Volví a descansar porque en las nubes se estaba demasiado bien. Me la imaginé viviendo juntas, siendo una pareja incluso, y un brillo de emoción me iluminó por dentro.

La miré al cabo de un rato, sus ojos dorados me absorbían, no podía dejar de mirarla.

—¿Qué~?

—¿Cuándo volverás a casa?— su rostro cambió.

—N-no lo sé… ¿Quieres que me vaya?

—No, ese es el problema— se avergonzó.

—Yo… tampoco quiero irme.

Me acurruqué aún más en ella con un cosquilleo en mi barriga, la estaba queriendo demasiado, y no me frenaba.

Hicimos el manta un buen rato más hasta que un suspiro de hambre me dio una genial idea.

—¿Cuánto hace que no comes brownies?— le pregunté, congelándola. Abrió mucho los ojos.

—Una eternidad, desde la última vez que hiciste, ¿por qué lo preguntas?

—Tengo los ingredientes así q-

—Sí, sí sí sí porfa— sabía que le iba a gustar.

Nos metimos en la cocina y fui a por la receta. Se la di por fin, recordé que le dije que se la iba a dar pero se quedó en el olvido. Me abrazó de golpe desbordando felicidad.

Lo preparamos todo y nos pusimos manos a la obra, trasteando de aquí para allá, saboreando el chocolate y las nueces antes de tiempo. Cocinar no era muy diferente a preparar polvos de hada, y le encantaba. Aprendí muchas cosas sobre la cocina gracias a ella a lo largo de los años.

Llegó el momento de probarlos, el aroma a chocolate derretía su corazón y el brownie quedó mejor que nunca. Corté un par de trozos tratando de no dejarme llevar por su impaciencia.

Le dio un bocado ella primero, encogiéndose en un gruñido de placer que poco distaba de un orgasmo.

—Me muero~— me reí, lo estaba disfrutando como si fuera un manjar de dioses.

—¿Tan bueno está?— lo probé, no sólo quedó perfecto por fuera, era delicioso. —Pues no está mal.

—¿Que no está mal?— me dio un golpecito en el hombro —Es lo puto mejor que he comido en la vida, tienes que reconocer que te ha salido mejor que la última vez.

—Eso es porque me has ayudado— se repartió otra ración, algo me decía que esa bandeja iba a terminar vacía antes de terminar el día.

—Podría alimentarme de esto el resto de mi vida— eso me hizo recordar una estupidez de la que no pude evitar reír. —¿Qué? ¿de qué te ríes?

—Nada, me ha venido a la cabeza una tontería muy grande— me miró esperando más información. —¿Tu lista de deseos?— su sonrisa se esfumó de golpe. —¿Cuáles eran? Comer dulces al menos una vez al día… casarte con tu media naranja felizmente hasta el fin de los días…

—No, para, no tiene gracia.

—Ah sí, ser la mejor hechicera de la historia…

—¿Por qué has tenido que fastidiar el momento brownie?— me hizo pucheros.

—Y volar en Tierra Firme en las cuatro estaciones— terminé, en un tono más serio.

—¿Cómo te acuerdas de esas tonterías?— siguió comiendo.

—Eran tus tonterías. ¿Te pedí perdón por leer ese diario?

—No, sólo te echaste a reír y se lo contaste a los demás— dijo borde, con la boca llena.

—Pues perdona, me pareció lo más tierno del mundo y no quería ser la única que lo supiera, no pensé que fuera a molestarte.

—Tienes suerte de que esto esté tan bueno que si no te lanzaba la bandeja a la cabeza.

Al final nos los terminamos, golosas como poco. Fui a darme una ducha porque entre las carreras y la cocina terminé con el pelo hecho un desastre.

Me sentó de maravilla, había renacido. Salí del baño aún con las alas mojadas.

—Si quieres puedes darte una ducha— le comenté sin darle mucha importancia, la pillé por sorpresa curioseando en la cocina.

—A-aoh, s-ya pero no, eh… tendría que ir a por ropa y eso— su mirada no paraba quieta, comprobé que llevara puesta la toalla bien por si acaso.

—Te puedo dejar algo, no te preocupes. Voy a vestirme.

—S-sí, buena idea.

Al salir de la habitación, ya vestida, me la encontré de pie, retorciendo sus dedos.

—¿Ropa?— le cogí la mano y la llevé al armario. Escogí algo que le pudiera ir bien, y se la llevó al baño.

Aproveché para limpiar y ordenar un poco. Tink y Peri aparecieron un rato después, ya estaba anocheciendo.

—¿Qué es este olor tan bueno a chocolate?— dijo Tink olisqueando hacia la cocina.

—¿Dónde está Zarina? Hemos visto a Salami fuera— comentó Peri.

—Dándose una ducha— las dos me miraron a la vez, generando un silencio sospechoso.

—¿Qué tal ha ido el día con Zarina Vid~? ¿Algo que quieras compartir con los aquí presentes?— Tink se estaba haciendo una idea equivocada.

—No es lo que piensas, por la mañana echamos unas carreras de salamandras con Fawn y luego por la tarde… comimos Brownies— entrecerraron los ojos, a por mí.

—¿Y qué es esa sonrisa que llevas~?

—No sé de qué me hablas.

—¿Os habéis besado?— preguntó Peri.

—¡No! Bueno no en los labios…— entonces salió Zeta con mi ropa puesta.

—¿Y por qué lleva tu ropa?

—A-ah, hola chicas, ¿qué tal ha ido Invierno?

—Genial, pero no cambiemos de tema.

—¿Habéis venido sólo a molestar o…?— hice un insuficiente esfuerzo para que pararan.

—Pensamos en que podríamos cenar las cuatro, y quizás invitar a Sil también— aclaró Peri.

—Hemos merendado un montón pero… ¿tú qué dices Zeta?

—Me parece bien, ¿cenamos aquí?

—Claro que sí~ será divertido— me empezaba a dar miedo Tink.