La reina de mis caprichos
Cuando Candy y yo volvimos a encontrarnos en Londres, me sorprendió verla fuera del colegio a aquellas horas tan intempestivas. Se estaba convirtiendo en una muchacha hermosa y risueña. Pero era lógico, no podía ser de otra manera, así era ella. Me alegré de haber escuchado las peticiones de mis sobrinos. Sentí que estaba haciendo por ella algo que merecía la pena. Le pedí que me viniera a ver al Zoológico Blue River, así también podría saber, de primera mano, como le iba a ella y a mis otros sobrinos.
Mi amistad con Candy fue una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Gracias a ella pude estar cerca de mis sobrinos sin levantar sospechas y conocerlos a todos mejor, tanto en Londres como en Chicago, durante mi amnesia.
Londres era la ciudad donde también conocí a Felicity y, a pesar del tiempo, no lograba olvidarla. Cuando vi que Candy se había enamorado de Terry y él la correspondía, sentí que podía partir con tranquilidad, pues él cuidaría de ella. Pese a su rebeldía, él, en el fondo, era un buen muchacho y creía que su relación podía beneficiarlos a ambos. Él era la fuerza protectora que precisaba Candy y ella la carga de optimismo vital que le faltaba a Terry. Por otra parte, mis otros sobrinos contaban con el apoyo de sus padres y del resto de la familia y estaban bien, no me necesitaban, nunca lo habían hecho en realidad.
Decidí tomarme un verdadero año sabático y una vez ordenado todo, volver definitivamente a mis obligaciones. Informé a George y partí a Kenia, un país del que mi hermana siempre decía que nuestro padre se enamoró en varios de sus viajes de negocios. Él nos había dejado varios diarios de viajes, que, tanto Rosemary y yo, habíamos devorado hasta desgastarlos. Quería ver con mis propios ojos todos aquellos parajes de los que tanto había leído, pasar por los mismos lugares que mi padre y, de ese modo, quizás, recuperar algo de él.
Y allí fue donde conocí a Vicky. Creo que fue casi amor a primera vista. Su rubia y lacia cabellera brillaba al sol mientras curaba y hacía cariños a unos niños. Ellos la miraban extasiados y se notaba que apreciaban la ternura con que los trataba. Al igual que Candy, se hacía querer por casi todos. Era encantadora, avispada, espontánea, alegre y trataba a todo el mundo por igual. Cuando ella me miraba me temblaban las piernas y sentía que el corazón iba a escapárseme por la boca.
Si ella me hablaba, apenas lograba tartamudear alguna estupidez, pero me sentía feliz, porque eso siempre la hacía reír. No parecía darse cuenta de que aquello me pasaba por lo que ella provocaba en mí. Al poco tiempo descubrí que yo tampoco le era indiferente y que me correspondía ¡Me sentí el hombre más feliz del mundo! Había recuperado la alegría de vivir y, por primera vez en mi vida, creí que podía haber un futuro mejor con alguien con quien realmente compartirlo...
¿Entonces qué paso? ¿Por qué no estábamos juntos? ¿Por qué no había recibido noticias suyas tras tanto tiempo?
Sentía que poco a poco, si intentaba concentrarme y repetir mentalmente lo poco que recordaba de ella, lograría recuperar cada vez más detalles, a costa de aumentar mi dolor de cabeza, pero quería recordar ¡Lo necesitaba!
Me daba cuenta, cada vez más, de lo intensos que habían sido mis sentimientos hacía Vicky. Superaban incluso lo que alguna vez sintiera por Felicity y, para mi mayor consternación, tenía la sensación que podían superar, incluso, lo que fuera que sintiera por Candy ¿Cómo fue que acabamos entonces? ¿Qué pasó?
En mi despacho, rebusqué las cartas que le había enviado a George desde Kenia. Quizás en ellas lograra encontrar más respuestas ¿Por qué no se me había ocurrido hacerlo hasta ahora? Seguramente porque, hasta esa misma noche, no pensé que en ellas pudiera hallarse nada de vital importancia, para asumir el cometido como Patriarca, ya que tampoco George me había comentado nada destacable respecto a su contenido.
Fui revisándolas una a una, durante dos horas, con decepción. Eran apenas mensajes telegráficos, con breves instrucciones en respuesta a las consultas que, de vez en cuando, me habían llegado de George; acerca de los negocios, de los chicos, de Candy... Y la última era la peor, solo rezaba: "Vuelvo a casa, George. Prepara todo para mi presentación".
¿Ya está? ¿Eso era todo? ¿Viví un romance en un país extranjero, lo más intenso que recordaba haber sentido en mi vida y lo había abandonado sin más? Había algo que no encajaba ¿Pero qué era? Me sentía frustrado. Por más que lo intentaba, no conseguía recordar.
Ayer, casi me sentía liberado. Las cosas, por fin, parecían adoptar el curso más adecuado. Empezaba a creer que las suposiciones de todos eran ciertas y que solo me había estado engañando a mí mismo, por miedo a ser rechazado por Candy. Pero ahora...
Vicky ¿Qué había sido de ella? ¿Por qué me sentía tan triste al recordar su nombre, su risa, sus verdes ojos, el olor de su pelo, el sabor de su boca? Si al menos lograra recordar cómo fue que nos despidiéramos...
Pasó una hora más hasta que alguien llamó. Al abrir me encontré con Candy esperando un tanto nerviosa- ¡Hola Albert! La tía Elroy y los chicos me han enviado para avisarte que hoy estábamos invitados a comer a casa de los Leagan... Sorprendentemente, yo también estoy invitada ¿Te lo puedes creer? -Rio, aún inquieta y yo tardé un poco hasta que reaccioné.
Pese a ciertos rasgos comunes, Candy y Vicky no se parecían tanto físicamente y una idea loca paso por mi mente. Quizás si intentaba besar a Candy, como recordaba hacerlo con Vicky, lograra recordar algo más de aquella...
- Albert ¿Estás bien?
- ¿Qué? Ah sí, perdona, Candy, solo estaba pensando en algo que había estado revisando ¿Decías?
- Tía Elroy quiere saber si vendrás también a comer a casa de los Leagan -¿Qué le pasaba? Candy no dejaba de moverse y jugar con sus manos.
- Sí, dile que sí ¿Cuándo salen para allí? Ya debe ser casi la hora.
- Sí, de hecho están esperando en el auto.
- Pues entonces será mejor que vayamos.
- ¡Sí! -contestó alegre y con la clara intención de salir corriendo a su encuentro.
- Pero antes... -La retuve por el brazo, para evitar que escapara. La entré, sorprendida, en el despacho, cerrando la puerta tras nosotros-... Princesa, me gustaría volverte a besar -susurré mientras me acercaba a su boca y notaba como mi corazón se aceleraba. Sin dejar de mirarla a los ojos, alerta al rechazo que no llegó, empecé a rozar nuestros labios.
Candy permaneció quieta unos segundos, como un ratoncillo acorralado entre mis brazos, frágil y delicada, pero pronto sus pequeñas manos se deslizaron a mis lados, acabando de anudar nuestro abrazo, tan similar y tan distinto a todos los que habíamos compartido como amigos.
Al notar las curvas y calidez bajo las ropas, mi cuerpo fue reaccionando, apresado por el creciente deseo, mucho más real e intenso que lo recordado en mis inquietantes y recientes sueños. Me atreví a delimitar su boca, empujándola a que me cediera la entrada, mientras recordaba sin proponérmelo; no mi sueño, no a Felicity, ni a Vicky, ni a vidas pasadas, sino nuestros húmedos besos, en la invadida intimidad del mirador de Florida.
Recordé sus jadeos, sus manos clavándose en mis hombros, exigiéndome más, mirándome con pura lujuria, sudorosa e impregnada con el olor de nuestros sexos.
- ¡Candice! ¡William!
- Creo que nos reclaman -Me separé a desgana. Apenas podía respirar, pero aun así, tras tantas horas de malestar, dudas y mareos, aquel beso con Candy, me había devuelto el sosiego que tanto necesitaba.
Ella salió corriendo, no sin antes volver a mirarme con una sonrisa cómplice. Yo la seguí, sonriendo con tranquilidad, esperando que mi polla volviera a su letargo antes de salir por la puerta principal, mientras ella gritaba eufórica y riendo.
- Chicos, ¡El Tío Abuelo viene con nosotros también!
- ¡Candice! ¡Quieres hacer el favor de comportarte! Una dama nunca grita de esa forma... ¡Por dios que muchacha! -rechistaba la tía y no pude evitar reír, a la par que Archie y Annie, mientras Candy se ruborizaba aún más de lo que ya estaba tras nuestro beso. Aquella era ahora mi familia y me gustaba ¡Qué importaba una tonta pesadilla o las historias pasadas que no pudieron llegar a ser!
Continuará...
