CAPÍTULO 11

La Estatua del Beso estaba ubicada en el embarcadero de la ciudad de San Diego y representaba la famosa fotografía de Alfred Eisenstaedt en Times Square, Nueva York, que inmortalizó el beso entre un marinero y una enfermera para celebrar el día de la victoria de la Segunda Guerra Mundial.

Hecha en bronce, con más de siete metros y sesenta y dos centímetros de altura, a este lugar acudían cientos de parejas para tomarse fotos imitando a la emblemática estatua y aprovechar para pedir matrimonio.

Allí fue donde Edward se le declaró a Bella, donde le pidió unir sus vidas y ser felices para siempre.

Y allí fue también donde Bella vio aparecer a Edward con Esme, agarrada de su mano como si fuese su novia.

«¡Maldita sea!», se quejó ella interiormente.

Su día acababa de empeorar. A la noticia del embarazo de su hermana, tenía que añadirle que su suegra fuese a comer con ellos cuando ella ya le había dicho que no podía ser. Con toda certeza, Esme había llamado a Edward y le había engatusado para que la invitase a almorzar. Y su marido, tonto del culo, había caído en la trampa de su madre.

—Esme, ¿qué haces aquí? —preguntó ella sin querer darle dos besos a ninguno. Estaba muy, muy disgustada.

—Pues que llamé a mi hijo y le pedí que me invitase a comer —soltó aquella con toda su mala leche.

—Pero si ya te dije yo que íbamos a almorzar los dos juntos y solos —recalcó la última palabra.

Edward las miraba como si estuviera en un partido de tenis. Al escuchar a Bella, preguntó a su madre:

—¿Has hablado con ella esta mañana? ¿Por qué no me lo has dicho cuando me has llamado?

—Obvio —repuso Bella sin dejar contestar a Esme—. Porque si te hubiera dicho que me propuso ir a comer juntas y le dije que no, que íbamos a comer tú y yo solos, no la habrías invitado.

Esme se hizo la ofendida.

—Si os vais a poner así conmigo, me voy. No quiero que discutáis por mi culpa. Yo solo quería veros, saber que estáis bien y pasar un rato con vosotros, pero si os molesto…

—Mamá… —suspiró Edward, pasándose una mano por la cara.

—No, tranquila —replicó Bella—. Así nos enteramos de una vez de qué es lo quieres.

—¿Yo? ¿Lo que quiero yo? —dijo Esme llevándose una mano al pecho—. Ya os lo he dicho. Solo pretendo pasar un rato agradable con mi hijo y con mi nuera, a los que hace tiempo que no veo porque las obligaciones diarias me lo impiden. Pero ya os digo que si molesto, me voy.

Bella estuvo a punto de decirle que sí, que se marchase. Sin embargo, Edward no le dio tiempo.

—Chicas, chicas, tengamos la fiesta en paz. —Las agarró a ambas de la mano y comenzó a caminar con ellas—. Ya que estamos aquí los tres, vayamos a almorzar juntos.

Con Bella enfurruñada y Esme escondiendo una sonrisa victoriosa, anduvieron hasta un restaurante cercano.

Mientras estaban degustando los platos que les iba sirviendo el camarero, Esme les contó su último viaje con dos amigas viudas como ella a las Bahamas. Se lo había pasado muy bien y estaba deseando repetir.

Bella apenas la escuchó, sumida como estaba en los funestos pensamientos que poblaban su mente. Alice estaba embarazada y, aunque de verdad se alegraba por ella y por Jasper, en el fondo de su corazón anidaba la rabia y la desesperación porque ella no se quedaba en estado. A todo esto había que sumarle el hecho de que su suegra se había salido con la suya. Le había hecho una jugarreta y allí estaba la señora, disfrutando de la comida con ellos. ¡Qué día más asqueroso! Estaba deseando que se terminase ya.

—¿Qué vais a hacer el 4 de Julio? —quiso saber Esme.

—Lo de siempre —respondió Edward—. Barbacoa en el jardín, amigos, música, juegos en la piscina…

—¿Solo vais a invitar a los amigos o también a la familia? —preguntó Esme con inocencia.

Y ahí estaba. Bella lo sabía. Sabía que quería algo de ellos; de lo contrario, no estaría haciendo el paripé. Quería que la invitasen a la fiesta que darían, como todos los años. Lo sabía. Su suegra lo tenía todo planeado.

«Maldita sea. Será cabrona la tía…», pensó Bella.

—Por supuesto que también a la familia —replicó Edward—. Vendrán Jasper y Alice con los niños. Y tú, obviamente.

Esme sonrió y asintió con la cabeza.

—Aunque, a lo mejor, tu madre tiene otros planes —dijo Bella mirando a Edward con seriedad

—. Igual tiene que lavar las colchas o jugar una partida de cartas inaplazable, ¿no es así, Esme?

Miró a su suegra esperando que captara el significado de sus palabras.

—Pues no. Ese día no tengo nada que hacer. Puedo ir a vuestra fiesta perfectamente — contestó ella con una sonrisa de superioridad.

Bella la miró mal y Esme desvió la vista para posarla en su hijo e iniciar otra conversación.

De vuelta en casa, Edward y Bella discutieron sobre la jugarreta de su madre, en la que Edward había caído como un pardillo. Pero él, lejos de darle la razón a Bella, se puso de parte de Esme.

—Está sola y no tiene a nadie con quien pasar ese día. Te recuerdo que mi hermano murió cuando yo era pequeño en el mismo tiroteo que mi padre y solo estamos ella y yo —rememoró Edward.

Cuando él tenía siete años, la misma edad que Renesmee en la actualidad, hubo un atentado en el centro comercial que visitaba ese día su familia. Un par de locos armados con rifles de asalto comenzaron a disparar indiscriminadamente a la gente que compraba en las tiendas, que tomaba algo en las terrazas, que salían o entraban del recinto, sembrando el caos y el terror por donde pasaban.

Su padre y su hermano fallecieron en el acto por los impactos recibidos cuando habían ido a comprar unos helados. Su madre y él se salvaron porque los esperaban dentro del coche.

—Lo entiendo, Edward, pero no es justo que pase de nosotros todo el año, que le pidamos ayuda alguna vez y nos conteste con evasivas, y ahora venga a llorarnos porque se siente sola y no tiene con quién pasar el 4 de Julio —replicó Bella pensando que su suegra era una mujer extraña.

Debido a lo que había sufrido cuando perdió a su marido y a su hijo, tendría que abogar más por la familia que le quedaba, estar más con Edward, con Nessie y con ella. Sin embargo, no era así. Parecía que Esme no quería relacionarse con ellos más de lo necesario por si la desgracia se repetía de nuevo. Si no les tenía cariño, no sufriría.

—Ya basta. Mi madre pasará el 4 de Julio con nosotros, te guste o no. Además, yo podría decir lo mismo de Alice. ¿Por qué tiene que venir a nuestra casa ese día? Puede irse con la familia de Jasper, ¿no?

—Es mi hermana y es la única familia que me queda. Mis padres eran hijos únicos los dos, así que no tengo ni tíos ni primos, y mis abuelos murieron antes del accidente —replicó apretando los dientes por la rabia—. Tu madre tiene una hermana en Fresno con la que puede pasar ese día perfectamente.

—Ya se va con ella en Acción de Gracias —contestó Edward a la defensiva—. ¿Quieres que también lo haga ahora? Entonces sí que te quejarías de que no está nunca con nosotros.

Bella supo que no iban a llegar a un acuerdo, por lo que decidió dejar de discutir.

—Me voy al colegio a recoger a Renesmee —informó a su marido.

—Bien. Yo voy a volver al gimnasio.

Edward se acercó a ella para darle un beso en los labios. Bella le giró la cara y se cruzó de brazos.

Él emitió un profundo suspiro.

Se dio la vuelta y salió de la casa.

En cuanto él abandonó el hogar, ella rompió a llorar por todas las emociones acumuladas en esa jornada.

Cuando se hubo repuesto, Bella salió de la vivienda, parapetada tras unas grandes gafas de sol para que nadie supiera que había estado llorando, y fue a recoger a su niña a la escuela.

Esa noche, en la intimidad de su habitación y una vez que Nessie se hubo dormido, Edward intentó reconciliarse con Bella. No le gustaba nada pelearse con su esposa y quiso hacer las paces.

—Déjame —le pidió ella.

—Vamos, cielo, no quiero que estemos enfadados.

Estaban en la cama, tumbados, y Bella le daba la espalda a Edward. Él había intentado girarla y ponerla de cara a él sin éxito.

—Hoy he tenido un día de mierda.

—Por favor, no denomines lo que ha pasado con mi madre como un día de mierda —replicó Edward.

—No es solo eso —rebatió Bella—. Me han pasado más cosas.

—Cuéntamelas y después te haré el amor para que las olvides.

Edward se inclinó sobre su hombro y depositó un tierno beso junto con una caricia por todo el largo de su brazo.

Bella dudaba entre si confesarle a su marido la información recibida de Alice o no. Le había prometido a su hermana que no le diría nada hasta que ella hablase con Jasper. Cosa que se imaginó que ya habría hecho.

Así que se decidió y le soltó a Edward lo que sabía.

—Alice está embarazada otra vez. Dicho esto, rompió a llorar.

Edward se quedó un momento en silencio, sin saber qué hacer o decir. Después abrazó a Bella.

Sabía lo que estaba pasando por su mente y se sentía culpable por no dejarla en estado.

—Lo peor —declaró Bella con las lágrimas corriendo por sus mejillas, llegando hasta la almohada para mojarla— ha sido que cuando me lo ha dicho… Yo… yo no he reaccionado bien y en lugar de… de estar alegre y feliz por la noticia… me he puesto a llorar… como ahora…

—Tranquila —susurró Edward junto a su oreja. Le dio la vuelta y la apretó contra su pecho—.

Seguro que Alice comprende tu reacción y no se ha molestado contigo.

—Le he aguado la noticia.

Lloró más fuerte durante un buen rato y cuando comenzó a calmarse, confesó:

—Me da rabia que ella vaya a tener otro hijo y yo no. ¡Si ya tiene dos! —levantó un poco la voz—. ¿Para qué quiere otro más? Y encima sin buscarlo. La vida es muy injusta.

Edward estuvo a punto de decirle que sus palabras no eran adecuadas, que su hermana tenía todo el derecho del mundo a tener otro hijo más o veintitrés, pero se calló. Se calló porque sabía que Bella no pensaba de verdad eso. Se calló porque sabía que la rabia hablaba por ella y que al día siguiente se arrepentiría de lo dicho.

—En lugar de estar aquí llorando y lamentándote, podríamos ir a buscar ese bebé que tanto ansiamos los dos, ¿no te parece?

Bella alzó la cabeza y lo miró.

—Sí, deberíamos, pero hoy no me apetece. Esta noche solo quiero… Solo quiero llorar hasta quedarme seca.

—Está bien, cariño —respondió Edward abrazándola más fuerte.