No me tengas miedo

Paralizada. Totalmente paralizada. Emma estaba ahí, contemplando a Regina, con la boca abierta ante la que debía considerarse como su amante después de las palabras que acababa de lanzarle a la cara. ¿Cómo era posible ser tan lunática y tan neurótica como Regina Mills? Pero al mismo tiempo, ¿cómo era posible que fuera tan deseable, tan atrayente? Pues, si durante algunos minutos Emma quería permanecer fría, a la defensiva, sabiendo que Regina no le había dado noticias desde hacía varios días, y sobre todo desde que Henry las había sorprendido en su despacho, esa decisión caía cuando la que había huido se encontraba calentando a la sheriff, murmurándole palabras que ponían todos sus sentidos a flor de piel. Y Emma estaba segura de que era imposible resistirse a eso. Imposible resistirse a una mujer que te ordena con voz erótica que le hagas el amor. Sobre todo cuando esa mujer agarra tus caderas para pegarse a tu cuerpo de tal manera y te mira con unas pupilas tan cargadas de deseo que te da la impresión de que te vas a derretir si te atreves a apartar la mirada de ella.

Porque sí, mientras que Emma intentaba calmar su cerebro que se estaba volviendo completamente loco y su bajo vientre que gritaba de deseo por la morena que tenía delante, esta última se había aprovechado de eso para pegarse más apasionadamente a ella, para después retroceder tirando de la rubia, para meterla dentro de la casa. Tras cerrar de golpe la puerta con el pie, agarró el top blanco de Emma para quitárselo como si hubiera una cuenta atrás, como si se quemara de deseo desde hacía meses, años. Como si…

–¡MIERDA! ¡REGINA!

La rubia se apartó rápidamente de la morena, escondió con sus brazos su pecho medio descubierto aunque el sujetador negro de la rubia escondía lo esencial de sus pezones ya excitados por los asaltos de la morena. Esta última, con la mirada ardiente de deseo y ganas, miraba a su presa con la más grande incomprensión.

–¿Qué…? ¿Eres…vergonzosa?

–¡Claro que no! ¡Eres idiota! No quiero…Hacer esto así como así…¿Ya has tenido a alguien en tu vida…? ¿En fin…En tu cama? Quiero decir. Ya has…

Una risa cristalina se escuchó en la estancia, la rubia se murió de vergüenza mientras que Regina se retorcía de risa, sin contención, por primera vez, antes de poder recomponerse y contestarle a Emma, que se decía que si antes de 20 segundos ella no dejaba de reírse, se marcharía para no ser más humillada.

–¿Me preguntas si soy virgen? ¡Pero Miss Swan! ¿En qué mundo vives? Te doblo la edad…en teoría. Por supuesto que ya he tenido hombres y mujeres en mi vida, en mi cama…Aunque la primera vez no fuera la mejor experiencia y aunque sepa que pocas son las personas que me aprecian, eso no impide que la mitad de la ciudad aceptara sin rechistar pasar una noche conmigo. Diría incluso que lo adorarían. Así que no te preocupes por mí…No soy novata en la materia…

Emma suspiró de alivio, sus mejillas aún rojas debido a la incomodidad, antes de que la morena, al ver que su compañera había perdido de repente todo valor, pegara su cuerpo al suyo, una de sus manos se aferró a la entrepierna de su pantalón con una sonrisa pícara que hizo crisparse a la rubia. Entonces la voz de la morena le susurró a su oído, con voz tan ronca

–Y tú…¿Te debo preguntar si tienes conocimientos en la materia?

Incapaz de responder, la rubia se conformó con soltar un ligero gruñido ante la sorpresa de la mano de la morena, incapaz de moverse ni un solo centímetro para no sentir cómo flaqueaba ante el contacto ardiente del cuerpo de la morena. Solo con el contacto de su mano en su pantalón, entre sus muslos, solo con la respiración ronca de la alcaldesa contra la suya. Como el juego del gato y el ratón, una buscaba a la otra desesperadamente, mientras que con la misma rabia, la otra intentaba salir, como si le quedara una onza de control cuando las dos ya habían sucumbido, más, más y más. Y sucumbirían aún más, sin duda, esa noche lo harían físicamente. Así que en un suspiro, Emma murmuró

–¿Henry…?

–Con tu padre…Toda la noche.

Emma esbozó una ligera sonrisa inclinando la cabeza en el momento en que sintió los labios vagabundos de Regina por su cuello. Ligeros suspiros se escuchaban, envalentonando a la morena a continuar, mientras sus labios besaban delicadamente cada zona del cuello de la rubia, con su cuerpo aún pegado al de ella, ascendió sus manos por las caderas de Emma y continuaba asaltando su cuello con besos, y pequeños mordiscos, que hicieron gemir a Emma, quien se decía en su mente que no podía mostrarse débil y doblegada a la loca del control que la seducía. Entonces, en un momento de fuerza innata, Emma agarró las nalgas de la Reina, quien soltó un gritito de sorpresa ante el asalto inesperado, y comenzó a caminar hacia delante, haciendo que Regina retrocediera hasta el sofá. La espalda contra el cuero negro, las piernas rodeando la cintura de la sheriff. La rubia se había acostado sobre ella y se prestaba a retirar rápidamente la blusa de la morena para finalmente descubrir su cuerpo. Su piel ambarina, su pecho perfectamente apretado en un sujetador de encaje negro, ligeramente transparente, lo que hizo sonreír a Emma ante la manera en que Regina la sorprendía siempre.

Y cuanto más descubría, y desnudaba el cuerpo de la alcaldesa, más se sorprendía al ver que la morena se dejaba hacer. Sin buscar retomar el control sobre ella o tomar las riendas de la situación. Regina, sin moverse, dejaba que las manos de Emma se pasearan por su piel temblorosa. Las manos finas continuaban deambulando, rodeando su pecho lentamente, sus uñas rozaban sus costillas, su vientre, provocando que la morena se arqueara, estrechando aún más sus piernas alrededor de Emma.

Una nueva sonrisa pícara en los labios depredadores de la rubia al ver que la morena se movía, se fundía, se retorcía para conseguir su liberación, y sobre todo al ver que se contenía para no saltar encima de la rubia y hacerle el amor sin contención.

Los gestos se encadenaron, las ropas desaparecieron, y las dos mujeres se encontraron completamente desnudas. La una pegada a la otra, buscando los gestos que hacían suspirar o gemir a la otra. Los ávidos besos de la rubia en el pecho desnudo de Regina la hacían retorcerse un poco más mientras que Emma notaba el muslo ardiente a causa de la intimidad de Regina pegada a él, quien no podía ocultar su placer, ni que estaba lista para acoger a su sheriff, quien se deleitaba haciéndola esperar. Ella bajaba maliciosamente sus labios a lo largo del cuerpo ardiente de la alcaldesa, mordisqueaba su bajo vientre, sus muslos, su nariz rozando su centro de placer antes de subir rápidamente hacia sus labios para atraparlos con los suyos. Regina, al borde del abismo, al borde de la explosión debido a la intensa frustración, dio un golpe de pelvis a Emma gruñendo. Emma se echó a reír, antes de levantar una pierna de la morena por encima de su hombro, y seguir sobre ella, metiendo una mano entre sus muslos, despacio, mientras miraba a Regina a los ojos y comenzaba a acariciar delicadamente el centro del placer de la morena, aparentemente al borde del orgasmo.

Los suspiros de la morena se amplificaron mientras que su cuerpo entero se movía contra el de Emma. Sus pechos pegados, sus caderas frotándose la una contra la otra, cuando en un movimiento de Emma, únicamente uno, un suspiro más profundo, más largo, se escuchó. Señal de liberación cuando sintió los dedos finos de la rubia entrar en ella. Entonces sonrió tontamente, embriagada, disfrutando del contacto físico y carnal, mientras que la estancia se llenaba de otra atracción. Sin esperar, la morena se enderezó contra el cuerpo de su reciente amante para reproducir los gestos de Emma sobre ella, sentándose sobre sus rodillas, mientras que a coro, sus gemidos se intensificaban, poco a poco. Una gemía más fuerte al escuchar los de su compañera. Finalmente, una nueva batalla de control comenzó a reproducirse, para saber quién daría más placer a la otra, quién gemiría con más intensidad, quién poseería más a la otra.

Y los movimientos se encadenaron, se aceleraron, se intensificaron a un ritmo cada vez más desenfrenado mientras el orgasmo las rozaba más, más y más hasta explotar literalmente en los riñones de cada una. Las dos mujeres se abandonaron al placer recíproco soltando un último grito, casi estridente antes de dejarse caer sobre el cuero negro del sofá, jadeando del esfuerzo. Las manos volvieron a colocarse en los cabellos de la otra, mientras se miraban a los ojos, como si el momento fuera propicio a la ternura después de una sesión de sexo medio bruto, pero prueba de un amor naciente. Las dos estaban hundidas en sus pensamientos, o en los pensamientos de la otra, el tiempo pasaba rápidamente, y fueron despertadas de sus devaneos por golpes violentos en la puerta.

Regina se levantó sobresaltada, y le hizo señas a Emma para que no se moviera mientras ella se ponía de nuevo sus bragas negras y su blusa, sencillamente, para cubrir su cuerpo. Se precipitó a la puerta mientras se pasaba la mano por los cabellos, que mostraban el típico peinado de post coito, y con sus mejillas enrojecidas. Pondría como excusa una pelea con las sábanas, y ya está. Abrió la puerta y desorbitó los ojos al ver al padre de su amante.

–Charming…Vaya…¿A qué debo el disgusto de su visita? ¿Quizás le apetece algo de lasaña?

–¡Regina, no se haga la lista! Los vecinos me han alertado. Tiene secuestrado a alguien y lo está maltratando. Los gritos se escuchan desde el comienzo de la calle, y a mi hija, de momento, no la puedo encontrar. Así que, mala suerte, ha dado conmigo y tengo una orden de registro.

Se encogió de hombros y extendió un papel, seguro de que esta vez tenía pruebas infalibles, y de que estaba vez, estaba seguro, iba a ponerla contra la espada y la pared, la encerraría por el resto de sus días y pondría fin a una de las amenazas que pendía sobre la ciudad y su familia.

Sin embargo, la morena, conteniéndose para no echarse a reír ante las amenazas de Charming, se apartó de la puerta para dejarlo entrar. Una sonrisa traviesa nació en su rostro imaginándose la cara del padre cuando viera que había corrompido a su hija querida. La salvadora con la reina malvada.

–Oh, pero adelante, venga a descubrir a quien oso torturar y gritar de dolor.