N/A: Y aquí vengo con un nuevo capítulo, he tenido algún problemilla técnico pero por fin he logrado subirlo. Esta vez, toca POV de Hermione, sé que en este fic la tengo un poco olvidada, así que espero que en cierto modo, este capítulo lo compense un poco.
Como siempre, gracias a todas las que estais ahí, visibles o en las sombras (jeje), significa mucho para un intento de escritora que alguien dedique tiempo de su vida a interesarse por su trabajo. Y sin más, ¡a leer!
Un asunto provisional
Capítulo 11
Hermione acunaba el vaso de vodka entre sus manos deseando ahogarse en él. Frente a ella, sobre uno de los taburetes del Caldero Chorreante, Lavender estaba sentada sobre el regazo de Ron, ambos enredados en una sesión de apasionado besuqueo, ajenos al mundo a su alrededor.
–¡Ugh! Si lo hubiera sabido, habría venido cargado de poción contra las náuseas –la voz de Malfoy a sus espaldas la sobresaltó–. Prefiero presenciar la ejecución del Beso del Dementor antes que ver eso.
La chica giró la cabeza hacia él. Malfoy había apoyado distraídamente una mano sobre el respaldo de su silla alta.
–Hola a ti también, Malfoy.
–No pareces estar divirtiéndote mucho, Granger ¿no se supone que es lo que hace la gente en las fiestas?
Hermione se encogió de hombros; la verdad era que se sentía algo decaída y el encontrarse a Ron no había ayudado demasiado a levantar su ánimo. Tener a Malfoy allí, a su lado, su pulgar cerca de su propia espalda, sin llegar a tocarla, hizo que volviera a pensar en su acuerdo. No habían vuelto a mencionarlo: entre la visita del embajador y el resto del trabajo, habían estado demasiado ocupados como para que ninguno de los dos volviera a hacer referencia a ello. Por más que reflexionaba acerca del asunto, menos se arrepentía de haber accedido. Era cierto lo que le había contado a Malfoy: se sentía sola, apática y aburrida; necesitaba divertirse, salir de la rutina, pasarlo bien y no podía dejar de admitir que las dos veces que había tenido sexo con él la habían permitido disfrutar y pasárselo como nunca.
A Hermione le apetecía seguir experimentando, explorar su sexualidad y los términos del acuerdo de Malfoy había resultado ser de lo más lógico y sensato ¿por qué razón iba a decirle que no? Le dirigió una mirada evaluadora; con un codo apoyado de forma distraída, su habitual pose indolente, la sonrisa torcida y el flequillo cayendo sobre sus ojos, estaba tan atractivo como siempre. Sí, hubiera sido una estúpida si se hubiera negado.
Le acarició de pasada el brazo, enfundado en una impecable chaqueta gris.
–Tal vez deberíamos divertirnos juntos –susurró en su oído, en un tono que esperaba sonara sugerente– lejos de aquí.
Malfoy se la quedó mirando, impasible. «Mierda –pensó la chica– ya sabía yo que esto no se me iba a dar bien.» Entonces percibió un cambio casi imperceptible en él: una chispa brilló en sus ojos grises; algo peligroso, feroz. Se estaba acercando a ella, a punto de responder a su desafío cuando alguien los interrumpió.
–¡Malfoy! –Seamus se acercó a ellos, con una amplia sonrisa– ¡Ya me han contado lo espectacular que estuviste en el campo de quidditch durante mi ausencia! ¡Me alegro de haber dejado el fuerte en tan buenas manos!
Hermione sabía que Seamus nunca se había llevado bien con Malfoy. Durante su octavo año en Hogwarts, había mostrado abiertamente su hostilidad hacia él –a su juicio, la condena de los Malfoy había sido demasiado laxa– y ella tampoco podía culparlo: el padre de Seamus era muggle, entendía perfectamente que tuviera tanta animadversión hacia él. Sin embargo, en los últimos tiempos, su rencor se había aplacado considerablemente; Seamus trabajaba en el departamento de Transportes Mágicos, a menudo se había visto obligado a trabajar con Malfoy y probablemente había descubierto que no era el monstruo que siempre había creído que era. El que en aquellos momentos se acercara a él voluntariamente en actitud cordial y casi amistosa, era una buena muestra de su cambio de percepción sobre el chico. Hermione sabía que a Malfoy no le sobraban los amigos: más allá de Theo y Blaise, dudaba que existiera alguien más merecedor de tal apelativo para él, así que supuso que una charla entre chicos no le vendría nada mal. Discretamente, se bajó del taburete y estaba a punto de a marcharse para hablar con Ginny, a la que acababa de divisar al fondo del bar, cuando la mano de él en su muñeca la detuvo.
–Granger –murmuró en tono insinuante, aunque lo suficientemente alto para que Seamus también pudiera escucharlo–, luego reanudamos el asunto que tenemos pendiente.
Hermione únicamente asintió con la cabeza. Sentía que si respondía con palabras, el temblor de su voz delataría su nerviosismo anhelante.
Escuchó por unos minutos mientras Ginny parloteaba sobre las obras en la casa que Harry y ella acababan de comprar. De pronto, la pelirroja cortó el hilo de la conversación y exclamó:
–¡Puaj! ¡Es repugnante! Puedo ver desde aquí la lengua de mi hermano introduciéndose en la garganta de Lavender. ¿Es que no tiene sensibilidad ninguna? Siento que tengas que presenciar este espectáculo.
–Está bien, no te preocupes, en realidad ni me estaba fijando.
Hermione no mentía: durante toda su charla con Ginny había mantenido la vista fija en Malfoy divagando precisamente sobre cómo se sentiría su lengua en distintas partes de si cuerpo.
–¡Como sea, pero debes pasar página! En serio Hermione, tienes diecinueve años, no puedes pasar el resto de tu vida casta y pura. He estado pensando y creo que tengo la solución: el preparador físico de mi equipo es un bombón y muy buen chico, tal vez deberíais conoceros y ver qué tal.
Seremos exclusivos el uno con el otro, tú y yo.
–No en serio, Gin, creo que no estoy para citas. Toda mi atención está centrada ahora mismo en el trabajo, no quiero distracciones que interfieran y…
–¡Oh vamos, Hermione! Es una cita, no una promesa de amor eterno. Si es porque temes que no haya demasiado tema de conversación más allá del quidditch, puedo buscar a otro. Hay un periodista que…
Ginny comenzó a ponerse pesada. Muy pesada. Tan pesada que terminó por agotar la paciencia de Hermione, que acabo por estallar
–¡Me estoy acostando con Draco Malfoy!
La pelirroja se quedó muda, boquiabierta. Hermione agradeció mentalmente por el hecho de que no hubiera nadie en los alrededores que pudiera haber escuchado su confesión. Reflexionó sobre lo que acababa de decir: se le había escapado sin querer, pero ahora que lo había soltado de su sistema, se encontraba mucho mejor. Ginny era su mejor amiga, su confidente y habiéndose criado con seis hermanos, sabía muchísimo sobre hombres. Además, tenía considerablemente más experiencia que ella en el sexo. Respiró hondo, pidió un par de copas y la arrastró hasta un rincón escondido del bar. Allí se lo contó todo –por supuesto, omitió todo el asunto del gen veela y el período de celo, ése era un secreto que incumbía a Malfoy y nadie más, y pese a que confiaría a Ginny su propia vida, cuanta menos gente supiera de ello, mejor–. Sin embargo sí le habló de su acuerdo, de su propósito de liberarse, de explorar su sexualidad, de introducir un cambio en su vida. Durante todo el tiempo, su amiga la escuchó sin poder disimular su asombro y por fin, acabó preguntando:
–¿Y Malfoy ha aceptado a acostarse solamente contigo?
Hermione se encogió de hombros.
–De hecho, casi fue él el que lo sugirió. Yo no pretendía exigirle nada, sólo establecer los términos de nuestra relación, pero él no tuvo problema en aceptarlo y para mí está bien.
–Que extraño –musitó Ginny–; sólo en el último mes, Corazón de Bruja lo relacionó con seis chicas diferentes.
–Tal vez también le apetezca un cambio.
–Bueno, ahora vamos a lo importante ¿cómo es?
–¿El qué?
–¿Pues que va a ser? ¡El sexo con ese pedazo de hombre! ¿Es tan bueno cómo se rumorea?
Hermione desvió la vista: sentía sus mejillas arder. Dio un buen trago de vodka, pero aquello sólo empeoró las cosas porque entonces todo su cuerpo se sintió en llamas.
–¡Lo sabía! –Ginny dio un saltito emocionado en su asiento– ¡Es aún mejor!
–No te pongas así, Gin, tampoco es que tenga mucho con lo que comparar.
–¡Tonterías! Una mujer sabe esas cosas, llámalo… instinto.
–Señoritas… –como invocado por sus palabras, Malfoy surgió frente a ellas– detesto interrumpir pero… Potter te estaba buscando, Ginevra.
Ante el uso de su nombre de pila, Ginny lo fulminó con la mirada, pero se levantó y abandonó la mesa, murmurando en el oído de Hermione "esto no se queda aquí". Finalmente, se quedó sola con Malfoy.
–Déjame adivinar, Malfoy –Hermione contempló cómo él tomaba asiento frente a ella–: era mentira.
Malfoy esbozó una sonrisa maliciosa, sin mostrar rastro de culpabilidad.
–¿Qué te puedo decir, Granger? Comenzaron a congregarse Gryffindors… por separado sois tolerables, pero en pandilla… resultáis más de lo que cualquier hombre cuerdo es capaz de aguantar.
–¡Oh vamos! –Hermione le golpeó en el brazo, juguetona– ¡Admítelo de una vez: te encantamos!
–Algunos más que otros… –la voz de Malfoy sonó baja, oscura y seductora y ella se vio obligada a tragar saliva.
–¿N…nos vamos? A un sitio más tranquilo, quiero decir.
Por toda respuesta, él se puso en pie, en un gesto fluido y elegante y extendió la mano hacia ella.
–Cuando esté lista, señorita.
Se aparecieron directamente en el salón del apartamento de Malfoy. Él no perdió el tiempo: la tomó de la mano y la condujo hasta su dormitorio. Hermione sentía su sangre palpitando, cargada de anticipación ante lo que estaba por venir. Una vez en su cuarto, Malfoy la atrajo hacia sí y le robó el aliento en un beso devastador; Hermione respondió con ganas, con hambre. Mientras, él se fue quitando la chaqueta, la corbata; Hermione le ayudó con los botones de la camisa. Luego, fue lo suficientemente audaz como para desabrocharle también el cinturón y colar los dedos por dentro del pantalón. Emitió un jadeo de sorpresa: estaba ya duro, muy duro.
Malfoy no había dejado de besarla en ningún momento. Por fin, él se apartó un poco, lo justo para respirar, al tiempo que sostenía su cara entre sus manos y susurraba contra sus labios:
–Llevo soñando con hacer esto cada segundo de los últimos 3 días.
Hermione se inclinó hacia delante, le mordió el labio inferior y fue dejando un camino de besos por su garganta. Mientras tanto, Malfoy le metió las manos por debajo del jersey: estaban frías, pero se sentían bien en la piel sobrecalentada de su cuerpo; después le sacó la prenda por encima de la cabeza y a ella le sorprendió que ya no sintiera ni pizca de vergüenza al mostrarse en ropa interior frente a él. Previendo lo que podía pasar aquella noche, Hermione había escogido un conjunto de bragas y sujetador negros, simples y sin adornos. Algo sencillo pero que la hacía sentirse sexy.
Cuando trató de arrancarle la camisa a Malfoy, él se apartó un poco y se arrodilló frente a ella para quitarle los zapatos. Hermione se dio cuenta de la forma sutil en la que había desviado su atención, de manera semejante a la vez anterior, pero no dijo nada porque comprendía el motivo: era el mismo por el que ella casi siempre llevaba manga larga en público. No sentía vergüenza por su cicatriz, pero odiaba ver las miradas de pena o conmiseración de la gente, así que supuso que a Malfoy le ocurriría algo similar: no soportaría que ella viera la Marca Tenebrosa. A Hermione le daba igual, no creía que la marca en cuestión determinará la persona que era Malfoy, él le había demostrado lo mucho que había cambiado desde los tiempos del colegio; no obstante, no lo presionaría con ello: cuando Malfoy se sintiera listo, él mismo se revelaría tal cual era.
Se le escapó un siseo de alivio cuando él la quitó los tacones. Luego, Malfoy besó su ombligo; su boca ascendió por su abdomen hacia sus pechos, la despojó del sujetador y Hermione no pudo reprimir un gemido al sentir la lengua de él en su pezón. Malfoy se puso en pie y cargó con ella en brazos, hasta depositarla sobre la cama. Se lanzó directo a besarla y ella hundió los dedos en su pelo, atrayéndolo más cerca, sus cuerpos prácticamente fundidos.
¿Cómo es posible que cada vez se sienta mejor?
Malfoy forcejeó con los pantalones ajustados de Hermione hasta deshacerse de ellos junto con la ropa interior. De pronto, maniobró con un rápido movimiento y los giró a ambos, hasta que ella quedó a horcajadas sobre él. Él recorrió su sexo con un dedo: estaba húmeda, lista para él. La chica le abrazó por los hombros, buscó de nuevo sus labios, pero Malfoy se apartó un poco y la miró fijamente.
–Quiero hacerlo contigo encima –dijo él, con la voz ronca por el deseo. Cuando vio que Hermione dudaba, añadió–: dijiste que estabas dolorida, así será mejor para ti.
Ella se removió un poco sobre él, la fricción de sus cuerpos les hizo jadear al unísono. Malfoy la alzó un poco y luego observó, con los dientes apretados, cómo se dejaba caer sobre su miembro, hasta que estuvo profundamente enterrado en ella. Hermione cerró los ojos y se quedó muy quieta: él tenía razón, en esa postura no sentía ni rastro de la incomodidad de las primeras veces. Sin embargo…
–Malfoy, yo… –él la miraba expectante– No sé muy bien qué hacer.
–Sólo… déjate llevar. Trata de encontrar tu propio ritmo.
Las manos de Malfoy se aferraba a sus caderas, mientras sus pulgares trataban círculos tranquilizadores sobre su piel. Hermione hizo un movimiento tentativo hacia delante, usando sus hombros como punto de apoyo. Él gruñó y entonces, Hermione repitió el movimiento.
–Mmmm… –Malfoy enterró su rostro en su cuello, acariciándolo con la nariz–. Joder Granger, te sientes increíble. Eres increíble.
Sus cuerpos completamente pegados lograron acompasar los movimientos a la perfección. Malfoy elevó la pelvis, incitándola a ir más rápido, al tiempo que rodeaba su cintura con un brazo, presionando sus pechos contra el suyo y con la mano libre acariciaba su clítoris a un ritmo tortuosamente lento. Hermione le tiró del pelo: necesitaba sentirlo más. Sentir todo él. Y las palabras que susurraba en su oído, aunque sin apenas sentido, no hacían más que enardecerla.
–Eso es, Granger. Perfecta, tan perfecta. Me vas a matar… me vas a matar aquí mismo… en mi cama.
Cuando la tensión se hizo insoportable, Hermione echó la cabeza hacia atrás y Malfoy aceleró los movimientos de su dedo, profundizando sus embestidas, que estuvieron a punto de levantarla por completo del colchón.
Hermione se corrió primero. Emitió un sollozo ahogado y cayó sobre él, casi laxa. Un par de estocadas más y él se fue con ella. Se quedaron así, uno encima del otro, con el sudor de sus cuerpos entremezclándose. Poco a poco sus respiraciones se ralentizaron y al cabo de un rato, ella supo que Malfoy se había quedado dormido. Se levantó de la cama, casi lamentando abandonar el calor que emanaba de su cuerpo y caminó de puntillas por la habitación, tratando de recuperar su ropa desperdigada por el suelo.
Se apareció directamente en su casa, se duchó y se metió en la cama, pero conciliar el sueño resultó imposible. Hermione había creído la opción más sensata regresar a su apartamento y evitarle a Malfoy la incomodidad de encontrarla en su casa a la mañana siguiente; Ginny se lo había dejado claro: él estaba acostumbrado a acostarse con una chica distinta cada semana, lo más seguro era que nunca se quedara dormido acurrucado con ninguna de ellas y su trato era bastante claro: sexo como diversión –aunque también existiera un acuerdo de fidelidad entre ellos–. ¡Por el amor de Merlín si él ni siquiera era capaz de quedarse completamente desnudo ante ella!
Luego estaba la cuestión de lo que las manos, la lengua, las palabras de Malfoy lograban despertar en su cuerpo. Hermione siempre había creído que el sexo estaba sobrevalorado: sería algo divertido, placentero –ella misma se masturbaba a menudo para liberar el estrés– sí, del mismo modo que una comilona en un gran restaurante o unas vacaciones en la playa; pero siempre había pensado que no sería algo tan excepcional como para justificar las tonterías que hacía la gente. Estaba claro que se había equivocado.
El sexo con Malfoy lograba que su mente se quedara en blanco, que todo desapareciera a su alrededor y sólo quedaran ella, él y sus cuerpos conectados. Era una suerte que fuera viernes y no tuviera que volver a verlo hasta el lunes en el trabajo, de ese modo, tendría tiempo para racionalizarlo todo y poder entrenarse para actuar de forma indiferente ante él. El sol comenzaba a salir por el horizonte cuando logró quedarse dormida.
El sábado, Hermione se sintió cansada y perezosa, no hizo mucho más que hibernar en el sofá, leyendo un libro con Crookshanks calentándole los pies. Durante el domingo la sensación de sopor no hizo más que aumentar; para cuando llegó la noche, le dolía la garganta y tenía fiebre. El lunes, cuando el hechizo-alarma la despertó, se contentó con apagarlo, darse la vuelta en la cama y seguir durmiendo. Se sentía fatal y eso que había muy pocas enfermedades que disuadieran a Hermione Granger de acudir al trabajo. Era mediodía cuando logró arrastrarse fuera de la cama, se dio un baño caliente y se puso un espantoso pijama rosa con estampado de conejitos, cuyos ojos, bocas y hocico eran corazoncitos.
Odiando el estado de malestar general en que se encontraba y que no hacía más que empeorar, Hermione se decidió a llamar al medimago, que no tardó en hacerle una visita, envuelto en un chisporroteo de llamas verdes.
El diagnóstico fue rápido y concluyente: gripe de doxy; nada grave, aunque sí muy contagioso. La sensación de debilidad general se prolongaría durante dos o tres días, durante los que debería guardar reposo y evitar el contacto con más gente. Hermione pagó al sanador y aceptó agradecida un par de pociones vigorizantes; no curarían, pero aliviaría los síntomas..
«¡Menudo fastidio! –pensó la chica al quedarse sola– ¡justo cuando el trabajo exige lo mejor de mí y tengo que caer enferma!»
Entonces cayó en la cuenta: Malfoy. No había ido a trabajar y él probablemente llevaba todo el día preguntándose dónde diablos se había metido. Fue rápida, escribió una carta al Ministerio comunicando su estado y luego convocó un patronus y le remitió el mensaje que debía hacer llegar a Draco Malfoy.
«Malfoy, estoy enferma. Gripe de doxy, deberé quedarme en casa un par de días. Siento dejarte plantado.»
Una vez recibido el recado, la nutria plateada se desvaneció, dejando tras de sí una estela luminosa.
Hermione se dejó caer en el sofá, agotada, y no tardó en volver a quedarse amodorrada. Tiempo después –pudieron ser minutos u horas– unos fuertes golpes la sacaron de su estado somnoliento. Se encaminó hacia la puerta arrastrando los pies y cuando la abrió, no pudo disimular su sorpresa al encontrarse al otro lado, nada más ni nada menos que a Draco Malfoy.
N/A: Bueno, contadme qué os parece. Yo confieso que en este fic no soy nada parcial y que estoy más de acuerdo con Draco que con Hermione. Peeero, la chica es un poco nueva en todo esto y aún tiene que espabilar y abrir los ojos (y no digo más).
Por favor, no dudéis en comentra qué os ha parecido, si sois Draquistas o Hermionistas o cualquier cosa que se os pase por la cabeza. Nos vemos el viernes con POV de Draco.
Con mucho cariño,
Shadow
¡Buen domingo!
