Shaman King no me pertenece


Capítulo IX


Su día libre en Izumo le recordó sus pequeños paseos con Hana en Inglaterra. Se había entregado tanto a su trabajo que no había notado lo mucho que extrañaba estar con él, comprarle mil helados, juguetes nuevos y tomarse cientos de fotos que probablemente nunca volverían a ver.

—La abuela Keiko me dio esto —El rubio mostró el pañuelo y la pinza de su cabeza— ¿Podemos ir más seguido?

Ya era lunes otra vez y de nuevo iban en el auto rumbo al colegio.

—¿Qué te parece un fin de semana al mes? Usaremos los otros para ir a otras partes del país. Hay muchos lugares que sé que te gustarán. —El niño asintió— Me alegra que Keiko te agrade, la próxima vez conocerás a Kino: es como mi segunda madre.

Hana calló y eso solo significaba que el siguiente comentario que haría no le gustaría en lo absoluto.

—¿Por qué esa mujer dijo esas cosas de ti y por qué Yoh está con ella? —Anna no estaba segura si ese era el momento adecuado para contarle a Hana sobre su pasado y específico su relación con el Asakura, pero conociéndolo, sería capaz de escaparse una vez más para ir por las respuestas que ella quería negarle—. Keiko tiene muchas fotos tuyas y de los demás, no de ella. ¿Qué me ocultas, madre?

Había llegado el momento de revelarle ciertas cosas.

—Éramos muy unidos. Horo, Ren y yo los conocimos en la universidad, Manta era el mejor amigo de Yoh así que también pasaba mucho tiempo con nosotros. Cuando crezcas vas a notar que la vida adulta es complicada y que a veces los vínculos sentimentales más sólidos pueden quebrarse con cosas muy sencillas.

—¿Manta? A ese no lo has mencionado. Además, no le veo lo sencillo a un accidente. Pudieron morir. —¿Cómo contarle la importancia del Oyamada en la vida de todos sin contar detalles que la pudieran perjudicar más adelante? Incluso era una tontería, ese fragmento del pasado era responsabilidad del Asakura, no de ella—. No me gusta cuando te callas porque solo significa que estás pensando en una nueva mentira.

Hana era un atrevido.

—Manta está en Estados Unidos, mientras estuvo con nosotros fue nuestro equilibrio y nos apoyó a cada uno en lo quisiéramos. Su relación con su padre era un tanto difícil así que lo veíamos poco. Al parecer algo pasó en estos años que hizo que se alejara y ahora solo sabemos de él en revistas económicas o de empresarios importantes. Siempre ha sido bueno en lo que hace.

—¿Y respecto a lo otro? Solo has explicado la mitad de las cosas y ni siquiera lo has hecho bien. —No le gustaba sentirse tan presionada por un niño de diez años.

—Lo fácil era hablar, pero yo preferí irme. Sentía que todos me odiaban y que no querían verme, así que facilité el asunto. Sé que te dije que me fui a Inglaterra a estudiar, aunque en realidad sólo quería irme de aquí y empezar de nuevo. —Necesitaba que Hana le reprochara por mentirle, o que siguiera haciendo más preguntas, o que incluso la mirara con odio, pero el silencio fue mucho más cruel—. Hoy le daré a Ren los datos necesarios para localizar a tu padre, también hablé con Lyserg y al parecer vendrá algunas semanas, puedes escribirle para que te traiga lo que le requieras. ¿Recuerdas esos dulces que aquí no se encuentran? Él no te dirá que no si se lo pides.

Ni eso funcionó: Hana no habló más en todo el recorrido.

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Caminó por el pasillo de la empresa que la conectaba a su oficina y al ver a Yoh en la puerta quiso devolverse, escribirle a Ren que trabajaría desde casa y salir de ahí, pero era tarde: él ya la había visto.

—Espero que esa carpeta que tienes en tu mano sea el plan que tenemos que hacer para la siguiente semana. Estamos muy atrasados y no quiero malas referencias en mi hoja de vida por culpa de alguien más.

Entró y el Asakura la siguió, cerró la puerta y pasó directo a su escritorio. Entre más distancia existiera entre los dos sería mucho mejor para ambos y más porque desde el beso no había dejado de pensar en él, en sus manos, en su boca, en su maldito cuerpo. Quiso convencerse de que sus reacciones se debían a la falta de contacto físico, pero no, esa necesidad solo él era capaz de despertarla.

—Tengo que decepcionarte. —Yoh abrió la carpeta y ella la tomó. Tenía que estar jugando—. Es mi acta de divorcio.

Era un idiota, un imbécil.

—¿Vas a acabar tu matrimonio solo porque quieres estar conmigo?

—No. Voy a divorciarme porque no quiero estar con mi esposa.

¿Entonces no era por ella? Eso era un golpe a su ego.

—Tamao no lo firmará. ¿Al menos ya lo sabe? Enloquecerá, Yoh. ¡Piensa en mi hijo! —Las ganas de decirle "nuestro" se alcanzaron a manifestar, pero para su fortuna, su parte racional aún era más fuerte que la emocional—. No lo expondré y no confío en las acciones de ella cuando se entere que la quieres dejar.

—Tamao sabe que la quiero dejar desde el día que nos casamos, solo que por fin me atrevo a hacerlo. No te lo estoy diciendo para que me des permiso de tomar mis decisiones, sino para que estés al tanto y sepas lo que estoy haciendo.

—Yoh, piensa en las consecuencias. Ella estará muy mal, solo vive por ti y para hacerte feliz. Haz el maldito esfuerzo de al menos retribuir un poco todo ese sacrificio que ella hace. No puedes solo…irte. No lo merece.

—¿Por qué presiento que tú hiciste algo similar con tu ex esposo? —Cualquier tipo de reclamo o reproche quedó en el aire—. ¿Fue así, Anna? ¿Acaso estás arrepentida de dejarlo y no quieres que me pase lo mismo?

Las ganas de sacarlo de su oficina a los gritos estaban tan presentes en ella que poco le importaba si Ren la despedía, ¿cómo se atrevía? ¡Se habían besado días atrás! Incluso le confesó que aún lo quería y no lo había olvidado. ¿Cómo podía insinuarle eso?

—¿Tanto te pesa que haya hecho una vida lejos de ti? No intentes comparar nuestros matrimonios de nuevo porque yo no soy Tamao y tú no eres Wat.

—¿Y te gustaría que yo fuera él? —No estaba entendiendo muy bien los celos del Asakura— ¿Si yo fuera él estarías conmigo?

¿Por qué tenían que discutir cada vez que estaban encerrados en una oficina? Anna se estaba ahogando entre tantas mentiras que no veía la hora de sacar la cabeza y respirar. No podía decirle nada en ese estado o de lo contrario el escándalo en la oficina sería un chisme de pasillo que no estaba dispuesta a tolerar; además su conversación con Hana la tenía tan inestable que tenía miedo de decir cualquier cosa que terminara de lastimarlos más, pero si de algo estaba segura es que quería estar con Yoh, no le importaba nada de lo ocurrido durante los últimos diez años porque cada parte de sí imploraba que él estuviera cerca.

—No. —Yoh suspiró. Cualquier oportunidad de estar con ella había muerto para él—. No quiero estar con él, Yoh, quiero estar contigo. —El Asakura se acercó a ella con intenciones obvias de tocarla, pero Anna lo detuvo a tiempo—. Ya te dije que no quiero tener en mi consciencia el peso de un divorcio ni expondré a Hana a la furia de Tamao, así que vete y arregla tu vida, porque de mí no tendrás nada. Si en verdad lo estás haciendo por ti te deseo lo mejor, de lo contrario, si lo haces por mí, renuncia a ese sueño y salva tu matrimonio. Ten esa familia que quieres formar conmigo solo que con alguien más.

—¿Te vas a negar a la posibilidad de ser feliz?

—Ya soy feliz, Yoh, no te necesito para eso.

El Asakura iba a seguir renegando: él tenía muchos más argumentos para convencer a Anna de darle otra oportunidad cuando los papeles del divorcio estuvieran firmados. ¿Por qué lo hacía? ¿Qué ganaba ella rechazándolo? ¿Días atrás no le había dicho que lo quería? Pero la puerta de la oficina se abrió y eso daba por terminada la conversación.

—Lamento mucho interrumpir su amena plática, pero necesito a Anna. —Yoh dejó la oficina de inmediato y por la forma en la que la rubia se había desplomado sobre su silla, supo que la conversación no había sido provechosa para nadie—. Pensé que renunciarías. Horo Horo me propuso buscarte un reemplazo.

—Tengo un hijo que mantener y no te culpo por tus indirectas: no era un buen día para nadie, aunque todavía espero mi aumento de sueldo por hacer tu trabajo mientras tú no estás aquí. —Con el favor que tenía que pedirle ya se veía comprándole casi una isla completa—. ¿A qué vienes, Ren? ¿A decirme que hoy también te vas y debo atender tus reuniones? ¿O que te haga un informe para mañana de cosas que no necesitas pero que solo me pides porque no sabes qué estás haciendo con la empresa?—¿Qué carajos había pasado entre esos dos? La agresividad de Anna nunca había llegado a ese punto. ¿Debía preguntarle? ¿O era mejor hacer lo que tenía que hacer?— No tengo todo el día.

La segunda opción era la más viable.

—¿Conoces a Men? —¿A qué venía la pregunta?— Es muy inteligente para su edad. No quiero presumir, pero…

—Al grano.

—Quiere vivir con Horo Horo mientras pasa todo el trámite de la custodia. Supongo que serán un par de días. Mis abogados están agilizando el proceso.

—¿Vienes a pedirme que te dé al Usui? Es un adulto, puede hacer lo que quiera, aunque si quieres que viva con tu hijo no dudará ni dos días vivo. Si Horo Horo quiere irse de la casa para cuidar a Men no puedo detenerlo, ya buscaré la forma de que Hana esté bien mientras no hay nadie en casa. Te complicas mucho, Ren. ¿Necesitas algo más?

¿Por qué todo era tan difícil con Anna?

—Horo Horo no quiere irse de tu lado. Aún se siente culpable por lo que pasó y no va a dejarte sola ni tampoco va a dejar a Hana. —La rubia se llevó las manos a la cabeza y las ganas de asesinar a alguien iban en aumento— Solo serán unos días. Te daré lo que me pidas, ayúdame en esto.

Anna se levantó de la silla y comenzó a recorrer toda la oficina para calmarse. Si no hubiese tenido un pésimo comienzo de día sabía que esa petición de Ren no representaba un verdadero problema, pero ahora que Hana estaba tan obsesionado con el pasado de todos y que Yoh la confundía de todas las maneras posibles, no podía ni tan ni siquiera pensar en algo positivo sobre el ingreso de Men a su casa.

—Nada bueno va a salir de esto, Ren. Tu hijo y el mío se odian, además no le caigo bien a Jeanne. ¿Cómo es que no pensaste en otra solución?

—¿Eso es un no?

Anna no iba a dejarlo solo en esto.

—Mañana nos daremos la tarde libre para organizar todo en mi casa, pero te lo juro Ren: nada bueno va a salir de esto. —El Tao se acercó con intenciones de abrazarla, aunque Anna lo detuvo— No te he dado tantas confianzas prefiero que me aumentes el sueldo.

Un ascenso era lo menos que se merecía.

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La vivienda de Anna tenía tres habitaciones: la principal en la que, por supuesto dormía Hana, una más pequeña, aunque no por eso menos cómoda que era ocupada por la rubia, y una de mucho menor tamaño en la que sólo cabía una cama y un pequeño armario: ahí dormía Horo Horo. En realidad, no había problema por el espacio si otra persona iba a vivir con ella, lo preocupante es que Men fuera esa persona.

—No le quitaré el cuarto al mío para dárselo al tuyo. ¿Quieres que Hana me odie por el resto de su vida? —Esa discusión la estaban teniendo desde que Anna había aceptado que el heredero de los Tao era el nuevo miembro de su extraña familia— Es un no rotundo.

—¿Qué le cuesta ceder su espacio por unos días? Lo tienes muy consentido, Anna. Dile que dormirá contigo y que Men se quedará con el cuarto mientras todo se soluciona. —Ren ni siquiera la miraba, estaba organizando, desde su celular, los últimos detalles sobre el traslado de su hijo a su nuevo hogar.

—¿No es más fácil dormir con mi hijo en el cuarto grande y darle a tu hijo el mío? Eso hará que no me odie tanto, además dormíamos así mientras vivimos con Lyserg en Inglaterra o cuando salíamos juntos de vacaciones. No creo que represente un gran problema para él.

Si Ren lo veía de forma objetiva, la solución de Anna era la mejor, pero había un inconveniente.

—Men me odiará si no le consigo el cuarto grande.

—¿Y dices que es el mío es el mimado? No seas hipócrita, Ren.

Iban en el auto de Anna, primero tenían que recoger a Jeanne y luego ir por los niños. La noche anterior Hana no le había dirigido la palabra así que no tuvo tiempo de decirle la novedad. ¿Cómo se lo tomaría? Si ya de por sí las cosas entre los dos estaban imposibles, no podía ni imaginarse el mal humor que iba a tener en los próximos días, sin contar que veía venir uno de los mayores berrinches de su vida que podía solucionar llevándolo de vacaciones o comprándole otro juguete de colección, pero si lo sacaba de su cuarto, ni mil cosas nuevas lo calmarían. Ren le debía una grande.

Recogieron a Jeanne y el ambiente dentro del auto cambió por completo.

—¿Solucionaron lo del cuarto? —La francesa iba en el asiento trasero inspeccionando cada movimiento de Anna y de su esposo. Ren miró a la rubia que fingió estar muy concentrada manejando: quería ayudarlo, pero no quería empeorar las cosas con su hijo—. ¿Estamos haciendo un minuto de silencio?

Se arrepentiría de eso toda su vida.

—Se quedará con la habitación grande. Yo no tengo tantas cosas ahí así que pasaremos todo a mi cuarto por estos días para que Men pueda estar cómodo y su estadía en mi casa sea placentera. ¿Tienes alguna otra petición, Jeanne?

—Que manejes más rápido. Mi hijo debe estar esperándonos.

Esta vez fue el turno de Ren de fingir que estaba muy concentrado en algún punto de la calle. Al paso que iba ni toda su fortuna alcanzaría para pagarle a Anna.

El primero en ser recogido fue el heredero de los Tao que para desconfianza de todos se veía de muy buen humor. Saludó a todos de buena forma y agradeció a la rubia por recibirlo en su casa; sin embargo, la historia con Hana fue diferente. En primer lugar, no le agradó para nada que Ren ocupara el puesto de copiloto: ese era su lugar; seguido a eso, en la parte de atrás estaba esa mujer completamente desconocida para él y, para completar su desgracia, ese niño malcriado también estaba ahí. ¿Qué estaba pasando y por qué su mamá se veía tan incómoda?

—Madre —Habló desde atrás— ¿Por qué todas estas personas desagradables están acá?

Anna intentó procesar su respuesta, pero Men Tao se le adelantó.

—Seré tu compañero de cuarto, desde hoy viviré con ustedes.

Un meteorito en esos momentos les hubiera caído perfecto.

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—¡Es un niño malcriado! No quiero que viva acá y tampoco le daré mis cosas. ¿Por qué no me lo dijiste? ¡¿Desde cuándo me ocultas cosas?! —Se habían encerrado en el cuarto para evitar que los Tao los escucharan, aunque estaba segura que los gritos de Hana se escuchaban en las demás casas. No esperaba una reacción tan agresiva y mucho menos que mezclara las cosas—. ¿Ya no confías en mí? ¿Es un castigo por evadir mis clases?

Nunca había visto a su hijo tan inestable. ¿Volver a Japón había sido lo correcto? Sus intenciones eran buenas, pero al parecer la resolución de sus conflictos y su reconciliación con su pasado no lo estaban siendo. Se acercó a Hana, se agachó y le pasó las manos por las mejillas.

—Será por unos días. No tocará tus cosas, las pasaremos a mi cuarto y te quedarás allí por un tiempo. Sé que no estamos en nuestro mejor momento, que tienes muchas dudas y preguntas, también sé que todo es mi culpa.

—Tú nunca reconoces tus errores.

—Bueno, mira de quién lo heredaste. —Hana sonrió: había bajado la guardia—. Haz esto por mí. Horo Horo seguirá con nosotros y esto es temporal. ¿Puedes hacerlo este pequeño favor a tu madre?

El rubio asintió y la abrazó. Al menos un problema estaba superado. Salieron del cuarto y el resto de la visita los miraba esperando noticias.

—El cuarto es de Men. —Se escuchó un suspiro grupal. Jeanne tomó la delantera y pasó a la habitación para inspeccionar que fuera segura para su hijo mientras que la rubia se acercó a sus amigos—. Antes de que me des las gracias, Hana tiene una petición para ti, Ren.

¿Qué le iba a pedir ese pequeño demonio a cambio de la habitación?

—Encuentra a mi padre y tráelo.

Ninguno de los adultos presentes esperó eso así que, mientras Jeanne no volviera con Men, nadie mencionaría una palabra más. Para fortuna de todos solo bastaron unos cuantos minutos.

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—¿Cuánto tiempo más vas a ocultarlo? —Estaban en la cocina. Horo ayudaba a Hana a mover las cosas del cuarto mientras que Jeanne y Men organizaban la habitación. Se veía venir una guerra de juguetes—. No me costaría nada traerle al papá.

—Yoh se va a divorciar. Tamao se percató de inmediato así que debo decirle antes de que ella lo haga. Necesito unos cuantos días más, así que solo dile que Lyserg y tú buscarán en todo el mundo de ser necesario. Yo tengo que decírselo, es mi responsabilidad y la tengo que asumir.

Se escucharon unos gritos en el cuarto y el Tao fue a ver el problema. Segundos después, Jeanne salió y se asomó por la ventana de la sala. Suspiró: no veía su vida sin Men en su casa. Anna podía ver el dolor en sus ojos y de alguna manera podía entenderla, ambas eran madres y cada una a su forma estaba experimentando el miedo de perder a su hijo. Dejó a un lado sus diferencias y se acercó a ella.

—No te garantizo que no se intenten matar, pero te doy mi palabra como madre de que no le faltará nada. Estará a salvo conmigo.

Jeanne volteó a verla. Anna le estaba sonriendo y se sintió muy mal por juzgarla tanto y por haber insinuado que era la amante de Ren.

—Espero no darte muchos problemas. Intento pensar en por qué Men nos pidió esto y no encuentro un motivo. Quizá solo nos esté castigando o ya está harto de nosotros. Pensé que la época en la que se iría de casa llegaría dentro de muchos años.

La francesa se estaba abriendo a ella. ¿Era prudente seguir la conversación? Tentada estuvo a ignorarla, pero al ver sus ojos llorosos no pudo apartarse.

—Es curioso: mientras están en tu vientre deseas que llegue el momento de verlos crecer, pero cuando lo hacen quieres parar el tiempo para que no se vayan nunca de tu lado. Yo tampoco imagino mi vida sin Hana, Jeanne, así que como madre no puedo darte ánimos, pero como divorciada sí te puedo dar un consejo y pregúntate si en realidad quieres separarte porque luego no hay marcha atrás.

—Ren es el hombre que más he amado en la vida, Anna, pero amo más mi tranquilidad y él no me la está dando. ¿Cambiarías tu paz por un hombre?

—¿Y qué pasa cuando es un hombre el que te da paz?

—Entonces prepárate para perderlo todo.

De todas las personas con las pensó tener esa conversación, Jeanne era la última en su lista, aunque si lo veía de manera objetiva, ella era la única que en ese momento podía entenderla: eran madres y cada una, a su forma, tenían miedo de perder a lo más preciado que tenían.

—Nadie menciona que una de las consecuencias de la maternidad es que dejas de pensar en ti y comienzas a pensar en cómo tus acciones pueden afectar a tu hijo. Desde que está en tu vientre y decides seguir ya no eres solo tú la que manda sobre tu propia vida.

Jeanne no podía estar más de acuerdo.

—Sé que eres la mejor amiga de Ren y estarás de su lado en el juicio, pero me gustaría acudir a ti cuando esté cansada de ser madre y solo quiera ser mujer.

—Lo dices como si no tuvieras muchas amigas.

—¿Tú sí?

Esas confiancitas no las iba a permitir. Iba a reclamarle, pero los gritos de los niños las alteraron de inmediato. Esperaron unos segundos y suspiraron de alivio al sentir de nuevo el silencio: al parecer entre Horo Horo y Ren lograron calmarlos.

—Siento que debo guardar los cuchillos en un lugar seguro.

—Con ellos dos juntos creo que necesitarás guardar todo.

Y sí, Anna no sabía cómo iba a sobrevivir con tantas personas en su casa.

No habían pasado ni dos días desde la pequeña mudanza y ya Ren estaba harto: entre la empresa, la ausencia de su hijo, el divorcio y la presión de mantener un matrimonio perfecto ante sus padres, sentía que en cualquier momento iba a mandar todo a la mierda. ¿Desde cuándo dejó que sus sueños fueran la proyección de los sueños de los demás? ¿Por qué había permitido que todo eso pasara?

¿Era prudente renunciar a la compañía? Sabía que el mayor problema de su matrimonio se debía a que jamás supo balancear su vida laboral con su vida privada. ¿Pero podían culparlo? Sobre sus espaldas estaba todo su legado familiar y dependían de él para seguir siendo una de las familias más importantes de Asia. ¿Y Jun? Jun también tenía una gran responsabilidad con los Tao y aun así ella era feliz en Europa y, aunque sus padres renegaran de sus decisiones, ella se les había enfrentado para defender su estilo de vida y lo mejor de todo es que no tuvo mayor complicación para lograr un equilibrio. ¿Entonces por qué a él le costaba tanto? Si bien a él le habían exigido más por ser el hombre, su hermana era la mayor, por lo que las cargas eran prácticamente las mismas. ¿En qué había fallado?

—Señor Tao —la secretaría lo llamaba por línea privada—, su padre está aquí.

Tenía que ser una jodida broma. En Tao entró a la que fue su oficina como si aún le perteneciera y Ren no tuvo más remedio que recibirlo: así se hubiera negado no había forma de que alguien le dijera "no".

—Creo que me acaba de dar un golpe de nostalgia.

No era el único golpe que iba a recibir ese día.

—Buen día, padre. ¿A qué vienes? Pensaba que ya estabas en China.

—El avión me está esperando. Puedo irme cuando quiera, no necesito una hora de vuelo establecida. —Claro que no. Tenía el poder suficiente para cancelar todos los vuelos de Japón si se le daba la gana— Además, acá tengo negocios más importantes que atender. ¿Qué ha pasado con tu esposa y por qué aún no tengo otro nieto?

No estaba de humor para tener esa charla, sin contar que sentirse una inversión de su padre y no como una persona con sentimientos y con razón no le ayudaban a mantener la calma.

—Jeanne no es una incubadora, padre. Aún no queremos otro hijo.

—Creo que no me has entendido, Ren. —Al parecer al que le costaba entender era a otro—. La familia Tao necesita crecer y no dejaré que alguien que no tenga mi sangre herede todo lo que hemos construido a través de tantas generaciones.

¿Qué significaba eso? La sonrisa del mayor de los Tao le contestó la pregunta. ¿Cómo? Se suponía que esos procedimientos eran privados y que no había forma que esa información se revelara, sin contar que su hermana quería mantener todo en secreto porque de lo contrario, En Tao se encargaría de destruirle ese sueño. ¿Entonces cómo? ¿Cómo se había enterado que Jun planeaba adoptar?

—Está Men. Aún somos jóvenes, podemos verlo en el futuro, lamento decepcionarte, padre, pero ahora no es una opción otro hijo.

Pero un nieto a largo plazo no estaba en los planes de En Tao.

—Para el otro año quiero que tu mujer esté embarazada o sufrirás las consecuencias, Ren. —¿Qué significaba eso? ¿Se desquitaría con él, con Jeanne o con Men? No lo iba a permitir, si perderlo todo era el pago por proteger a su familia pues no tendría problema en asumirlo: En Tao jamás los tocaría.

—¿Vas a quitarme la empresa? —Su pequeño arranque de valentía se mezclaba con la rabia. No había vuelta atrás, esa conversación no iba a tener un buen desenlace.

—Puedo quitarte toda tu vida si me da la gana, porque recuerda que yo fui el que te la dio.

Pues que lo hiciera. Ya era hora de que él mismo comenzara a tener una propia.

—Entonces hazlo ahora porque Jeanne y yo no pensamos tener otro hijo: nos estamos divorciando, es más, el juicio será la próxima semana. ¿Gustas acompañarnos, padre?

Lo siguiente que Ren sintió fue un golpe en su quijada. Su padre no lo lastimaba desde que era un adolescente.

—No te atrevas a manchar el nombre de esta familia. Tienes una obligación con nosotros y no vas a desecharla por un simple capricho. ¿Creías que el matrimonio era fácil? Pues ya ves que no. Ahora cancela ese maldito divorcio o tendré que hacerlo yo. ¿Me escuchaste, Ren? —El menor de los Tao seguía en el piso. El golpe lo tenía casi que inconsciente y su pequeño momento de valor se había esfumado— ¿Tengo que repetir lo que quiero que hagas, Ren?

Seguía en el suelo. ¿Qué había pasado? ¿Cómo es que permitía que su padre siguiera controlando sus decisiones? No podía ni defenderse: en esos momentos no era el hombre seguro y optimista que aparentaba ser, sino un niño que necesitaba protección pues ante su padre, no tendría ninguna oportunidad de ganar.

—No, padre. Hablaré con ella para cancelar el divorcio. Esta semana te daré noticias.

En Tao sonrió complacido, ayudó a levantarlo y le dio un abrazo.

—Estaré pendiente de tus informes, recuerda también el de mi próximo nieto, si bien no me molestaría tener una niña, prefiero que sea barón, así nos encargaremos que no tenga esa influencia de tu hermana. Espero que tengas un bien día, hijo —En Tao le dio un beso en la frente y dejó la oficina.

Ren solo pudo llorar. Había olvidado lo temible y lo malvado que era su padre. Unos minutos después su oficina se abrió: era Anna.

—Vi salir a tu padre hace unos minutos. —Ren tenía la cara maltratada, los ojos llorosos y las manos le temblaban—. ¿Quieres que nos vayamos de aquí?

Asintió. Apenas dejara de llorar buscarían un lugar seguro en alguna parte de Tokio para poder hablar.

Se estaba enloqueciendo: esos dos iban a matarlo. Agradecía que solo tuvieran que compartir unas cuantas horas porque de lo contrario, ya habría, al menos, un muerto en esa casa. Quería salir, respirar aire puro y organizar su cabeza mientras pensaba qué sería de su vida. Si bien tenía ahorros y vivir con Anna le disminuía los gastos, eso no significaba que su dinero fuera infinito. Tenía que inventarse algo que le generara ingresos o de lo contrario sería un mantenido más y eso no lo iba a permitir. Revisó que los mini demonios estuvieran separados y, desde su celular, empezó a buscar ofertas de trabajo. Sí, él no tenía tantos estudios ni preparación como sus amigos, pero sí tenía experiencia y eso sería un gran punto a favor. Inició su búsqueda, pero los mensajes de Damuko aparecieron en su pantalla.

"Quiero verte, estaré donde siempre en más o menos una hora. No faltes"

A la mierda el trabajo: corrió hasta a su habitación, buscó el mejor traje que tuviera, se peinó lo mejor que pudo y salió de nuevo, mas los dos niños sentados en las sillas del comedor lo detuvieron en seco. ¿Cómo es que había olvidado ese pequeño detalle? Tenía que llevárselos, no había forma de que se le ocurriera un plan B en menos de diez minutos.

—¿Si les compro un helado se quedarán quietos en algún lugar visible y donde yo los pueda controlar mientras me reúno con alguien? —Se veía nervioso. Si los niños se negaban estaba más que seguro que perdería cualquier oportunidad de recuperar a Damuko.

—No quiero destruir tus ilusiones, pero mi mamá va a matarte si nos sacas de casa sin contarle. —Hana comía su fruta en la mesa, no tenía intenciones de ganarse un regaño de su madre por más helado que le ofrecieran—. Y te ves ridículo con corbata. ¿Es una entrevista de trabajo?

—No, es algo mucho mejor. —Horo se agachó para estar a la altura del rubio—. Si Anna se entera seremos hombres muertos, es por eso que esto será un secreto entre nosotros tres. ¿Men, me ayudarás?

El menor de los Tao estaba hacia el otro lado de la mesa haciendo sus deberes, miró fijamente a su padrino y sonrió. En ese mismo momento el Usui supo que ese encuentro con Damuko le saldría más caro de lo planeado.

—Quiero una cajita feliz y que me lleves a jugar al parque.

Horo Horo aceptó de mala gana. Hana reclamó de inmediato.

—¿Por qué él tiene una hamburguesa y yo solo un helado? ¡También quiero ir al parque! Y mi madre es más temible que la de él, tenlo presente.

—¿Entonces quieres una cajita feliz? —Horo empezó a buscarles los zapatos para agilizar el proceso de la salida. Revisó el reloj y tendría unas tres horas para ir y volver antes de que Anna regresara a casa. Alcanzaría, la conversación con Damuko sería corta y él se encargaría de eso—. ¿Ya están listos?

Los niños colaboraron con la causa y se arreglaron de inmediato: no tenían por qué fingir que salir de casa les agradaba porque, muy en su interior, necesitaban tener contacto con otra parte de la naturaleza que no fueran los adultos o los niños de sus colegios.

—En realidad quiero una pizza.

¿Por qué entre todos los niños del mundo precisamente tenía que cuidar a los dos más caprichosos? Salieron y la calle los recibió.

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—¿Vas a darnos dinero mientras tú tienes tu encuentro? —Caminaban por el parque, Damuko debía estar en algún lugar—. Así no te vamos a molestar mientras tienes tu cita.

Ese niño era la peor combinación entre Ren y Jeanne.

—Yo solo quiero estar en mi casa. ¿Por qué no me dejaste solo? Ya sé cuidarme.

Un poco tarde a Hana se le había ocurrido la mejor idea del día.

—Miren, necesito que se queden quietos y en un lugar donde pueda verlos. No tardaré más de diez minutos.

Hana soltó la mano de Horo de mala gana. ¿Tanto esfuerzo por tan poco? Además, no quería quedarse cerca de Men porque eso significaba que tenía que cuidarlo o, por lo menos, prestarle la suficiente atención como para que no se perdiera en el lugar o le pasara algo que le generara algún problema con Ren: no le convenía lastimar a ese niño caprichoso o, de lo contrario, la ilusión de ver a su verdadero padre quedaría para siempre en su cabeza.

—¿Una hora en un estúpido tren solo por un par de minutos? Ahora sí quiero el dinero. —Men sonrió: esos niños lo dejarían en la ruina. Sacó un par de billetes y se los dio al rubio— ¿Y cuándo iremos por la cajita feliz y por mi pizza?

Al parecer la única forma de que esos dos no quisieran matarlo era cuando se ponían de acuerdo para estafarlo.

—¿Si les doy más dinero se quedarán quietos en alguna parte donde pueda verlos mientras intentan no herirse? —Los dos niños sonrieron. Eran peor que sus padres. Siguieron recorriendo el parque hasta que Damuko pudo verlos—. No se vayan a mover de aquí. Hicimos un trato.

Los dejó cerca de un árbol y se acercó a su exnovia que lo esperaba sentada en una banca.

—¿Cuándo pasaste de ser el jefe a ser niñero? Sabía que querías ser padre, pero no pensé que te lo tomaras tan en serio.

Esa no era la bienvenida que esperaba. Si bien ya había pasado un mes y las cosas entre los dos al parecer podían ser bastante cordiales y amables, con ese recibimiento quedaba más que claro que Damuko no se lo iba a dejar fácil.

—Sabes que soy el padrino del más pequeño de ellos. El otro es el hijo de otra amiga. Estoy viviendo con ella y mi retribución es cuidar de él.

Damuko había bajado la guardia, aunque eso no significaba que el ambiente estuviera más relajado. Sumado a eso, no podía estar concentrado en ella pues los demonios, a lo lejos, habían comenzado a discutir. No alcanzaba a escucharlos, pero las miradas de ambos solo representaban peligro. Intentó ignorarlos y volvió a verla.

—He pensado en lo que hice y sé que me precipité. —Si reconocía las culpas podría dar pie a la reconciliación que anhelaba.

—Estás viviendo con una nueva mujer. ¿En serio crees que por reconocer que tuviste la culpa algo cambiará? No sé ni para qué te dije que vinieras si por lo visto estás muy bien. —¿Bien? Nada estaba bien, o por lo menos no de la forma en la que ella pensaba. Las primeras noches lloraba hasta quedarse dormido y además había dejado su casa, su trabajo y su vida de comodidades gracias a la ruptura. Quizá no lo aparentaba, pero dentro sí seguía sufriendo como desde el primer momento en el que ella lo dejó—. Lo siento, me he dejado llevar, sé que también ha sido caótico para ti.

Algo dentro de él estaba mal. Había deseado ese momento tantas veces y ahora que podía vivirlo no lo disfrutaba a plenitud. ¿Qué pasaba? Aún sentía que la amaba y que de ser necesario entregaría todo para estar con ella. ¿Entonces por qué se sentían tan distantes y que ese pequeño encuentro solo era el comienzo de una ruptura dolorosa que les dejaría secuelas emocionales a ambos?

—Solo estoy viviendo con Anna porque dejé el apartamento, no quería seguir ahí y ella se ofreció a ayudarme. Es mi mejor amiga.

—Te traje un obsequio. —Horo sabía que era la forma que tenía ella para cambiar de tema—. Es una tontería, espero que te guste, ya se acerca el invierno. —Ahora se sentía peor: él no le había llevado nada.

Era una bufanda azul con algunos símbolos que no lograba descifrado en su totalidad.

—¿Tu familia sabe por qué terminamos? —Damuko no pudo ocultar su cara de incomodidad y el Usui la conocía tan bien que ese gesto solo podía significar una única cosa—. No les has dicho. ¿Aún creen que estamos juntos?

La mujer asintió.

—Me estoy quedando con una amiga, si te soy honesta no creo que tarden en notarlo, a menos... que vivamos juntos de nuevo. Quiero estar contigo, pero no quiero que me presiones. —¿Y lo que ella hacía no era eso? Llevaban varias semanas separados, que le pidiera que vivieran juntos otra vez era apresurado y él no quería fallar, no de la misma manera—. ¿Qué dices? Hoy mismo podríamos mudarnos. Extraño dormir juntos.

Ese "dormir" implicaba de todo menos dormir y, si bien lo deseaba, no quería que una posible reconciliación se quedara solo en la parte física: había muchos más problemas de fondo que no podían solucionarse con sexo. ¿Pero cómo decirle que no sin que se sintiera mal? Desvió la mirada un momento para buscar una respuesta y, justo se mostró ante sus ojos: Men estaba mordiendo a Hana mientras que el rubio le tiraba el cabello para alejarlo. Se matarían.

—Creo que tenemos que hablarlo con los días, hay que tomarse las cosas con calma. —Se levantó de la silla y corrió hacia los niños para separarlos. Los odiaba y los amaba al tiempo. Damuko lo siguió—. Además, estoy con ellos, como puedes ver no hay que dejarlos solos.

Llegaron hasta el árbol en el los que había dejado y, de inmediato, se separaron. Los ojos de culpa que habían puesto solo era una actuación más, aunque reconocía que se estaban esforzando. Damuko comprendió que no podía hacer nada y ver a Horo como niñero no estaba en sus planes. Se despidió de él no sin antes decirle que mantuvieran el contacto para volverse a ver. El Usui estuvo de acuerdo y la vio alejarse.

—Creo que no hubo reconciliación.

¿Cómo es que un niño de diez años podía alterarlo tanto? Sacó su celular del bolsillo para ver la hora, pero un mensaje de Anna lo alteró por completo: "Horo Horo, Ren tuvo una pelea con su padre y no está bien. Yo me quedaré con él hasta que logre calmarlo. Explícale la situación a Hana, ya Jeanne está enterada. Ocúpate de los niños, trataré de llegar lo más temprano que pueda".

En Tao seguía siendo el hombre más temido por todos así que el peor espectáculo pasó por su cabeza. Quiso dejar a los niños en casa para buscar a Ren de inmediato, pero muy en su interior comprendía que la mejor manera de ayudar era encargarse de esas criaturas, aunque lo único positivo de la situación era que ya no tenía que correr como loco por toda la estación de trenes para volver a casa. Revisó su billetera, hizo cuentas sobre cuánto dinero tenía en su cuenta bancaria y si bien no era millonario, tenía que buscar la forma de entretenerlos.

—¿Quieren ir al cine? Aún tenemos algunas horas antes de que tu madre llegue a casa.

—¿No estás molesto con nosotros? Arruinamos tu cita. No es que estemos arrepentidos, pero sabemos lo que hicimos.

Hana, con tan solo diez años, era la peor figura para Men.

—Ya luego buscaremos la forma de que me paguen.

El menor de los tres tomó la mano de su padrino y le sonrió. El Usui le devolvió la sonrisa y justo ahí supo que su día podía mejorar.

—Quiero sillas preferenciales.

Bueno, tampoco era momento de tener tanta fe.

Comían en la mesa, frente al otro y sin hablar. Desde que habían llegado de Izumo no cruzaban palabra, pero esa noche, en específico, el ambiente entre ellos estaba peor.

—Es tu comida favorita. —Yoh ni le encontraba sabor—. ¿Recuerdas que la primera vez que salimos ordenaste eso para mí? Me llevaste al mejor restaurante de Tokio y también me compraste el vestido. Incluso el que tengo puesto es bastante parecido. ¿No crees?

Nada de lo que hiciera serviría para detener el fin de su vida en pareja. Se levantó de la mesa, buscó su maletín y le mostró la carpeta. Tamao no la recibió, no había que ser un genio para saber el contenido. Sabía que ese momento llegaría, que ni todas las amenazas que le había lanzado días atrás servirían para pausar la determinación de Yoh: su matrimonio estaba roto desde que él había puesto el anillo en su dedo.

—Léela. Te dejo la casa y el auto, no voy a dejarte sin nada.

Tampoco esperaba sonar tan frío, pero sentía que, si marcaba la distancia, la despedida sería más directa y sin posibilidad de arrepentimientos.

—¿Crees que con dejarme las cosas el dolor será menor? Puedes darme el mundo entero, Yoh, aun así, me voy a rehusar a perderte. Solo necesitamos un hijo, estás así por Hana, tienes celos de que Anna haya creado su familia y tú no, pero puedes hacerla conmigo. Yo quiero darte un hijo. Yo voy a darte un hijo.

—No salgas con que estás embarazada porque eso es imposible.

En su cabeza empezó a hacer cuentas de esa opción, así que sí: la posibilidad de un embarazo era casi que nula.

—Yoh no tengo a nadie más. Sabes que mis padres están muertos, incluso Jeanne se irá a Francia cuando el proceso de divorcio se termine. Mis amigos son tus amigos y tu familia nunca me quiso. ¿Te has puesto a pensar qué será de mí si nos separamos? Al menos piensa si Anna quiere estar contigo y si vale la pena sacrificar un matrimonio por un futuro con alguien que te abandonó cuando más necesitabas ayuda.

Eso era una locura. No entendía cómo Tamao se seguía aferrando a un cariño inexistente y a la fantasía de un amor que nunca podía darse. Sabía que era obstinada y que estaba muy aferrada a él, pero jamás imaginó que tanto. ¿Podía cargar con la responsabilidad de destruir emocionalmente a la única persona que estuvo con él cuando Hao murió? ¿Esa era la forma de pagarle tantos años de sacrificio y dedicación? ¿No podía hacer el último esfuerzo? Estuvo a punto de ceder, de tomar esa carpeta y arrojarla al fuego, sin embargo, el beso con Anna llegó a su memoria y esa era toda la fuerza que necesitaba para convencerse de que eso era la correcto: no podían seguir haciéndose más daño.

—Te dejaré el documento sobre la mesa. Por favor, léelo y acabemos con esto. Por el bien de ambos.

Yoh entró al cuarto, sacó una maleta debajo de la cama y empezó a meter la mayor cantidad de ropa que cupiera. No iba a volver, no tenía más motivos para quedarse. Sabía que su vida se acabaría por unos días, que Tamao lo odiaría y que su familia iba a reprochar sus decisiones: el que no la quisieran no significaba que no creyeran que ese vínculo debía respetarse hasta la eternidad. Ella seguía afuera, no quería salir ni enfrentarla. Pasó al baño, recogió sus objetos personales y los metió en una bolsa más pequeña. Recorrió toda la habitación buscando algo más que le perteneciera o que podía hacerle falta: nada, nada de ahí le pertenecía. Salió con las cosas y Tamao aún seguía en el mismo lugar. Dio vueltas por el salón, tomó unas fotografías de las paredes, un álbum que no recordaba que tenía y, por último, dejó su anillo sobre la mesa. Pasó a la cocina por última vez para llevar algo de comer y cuando estuvo a punto de salir de la casa, unos brazos por atrás le impidieron avanzar.

—¿Alguna vez me amaste, Yoh?

Él tampoco pudo contener su llanto. Ella no solo era su esposa, era su amiga de toda la vida a la que le estaba rompiendo el corazón y la estaba condenando a la peor de las humillaciones y los sufrimientos.

—Aún lo hago. Si no lo hiciera seguiría a tu lado haciéndote más daño. —Yoh dio la vuelta y le devolvió el abrazo. La calidez de los brazos de Tamao lo sujetaron más fuerte, como si se rehusara a perderlo, pero ya todo estaba decidido—. Lo siento.

La besó en la frente y ella fue la que lo soltó. Esa vez era para siempre.

—Lo leeré, solo no me pidas que lo haga esta noche o en los próximos días. —Tamao lo tomó del rostro y la obligó a mirarla—. Todo va a estar bien, Yoh.

—Gracias.

El Asakura dio la vuelta y el último recuerdo que Tamao tendría de su matrimonio era la espalda de su esposo marcando el final.

Eran más de las diez y la rubia no llegaba. Se había comunicado con Jeanne y si bien ella le había dejado bastante claro que Anna ya iba en camino, hasta que no la viera llegar no quedaría tranquilo.

¿Cómo están?

Uno peor que el otro. No te preocupes por Ren, yo cuidaré de él por esta noche. Anna no quiso quedarse así que le pedí a mi chofer que la llevara. No la dejes sola, Horo y por favor, ni una palabra a Men.

Quince minutos después Anna ya estaba del otro lado de la puerta intentando abrirla: agradecía a todos los dioses que los niños ya estuvieran dormidos. La recostó en el sofá tratando de hacer el menor ruido posible y, apenas la pudo acomodar, le envió un mensaje a Jeanne diciéndole que la rubia estaba en casa y que, por varios motivos Anna no iría a trabajar y que lo haría desde casa. Le quitó los zapatos, le puso un par de mantas encima (en específico las de él ya que no podía entrar a los demás cuartos) y se quedó cerca de ella.

—Tuviste suerte de recordar el número de tu casa. —Anna no estaba muy consciente, pero una conversación sencilla le vendría bien: necesitaba hacer tiempo para que su cuerpo decidiera vomitar—. ¿Qué ha pasado?

—En quiere destruirle la vida a Ren; Yoh se va a divorciar y es mi culpa. Arruiné un matrimonio, Horo Horo.

Si bien lo del Tao era un tema serio, eso le correspondía explicarlo a él, por lo que en ese momento solo se centraría en la situación de su amiga.

—No es que no creo que hayas influido, pero la separación estaba escrita desde el día que se casaron. Fue un error, todos los que estuvimos ahí lo sabíamos. Si me lo preguntas a mí creo que duraron de más.

El techo le daba vueltas, sus manos las sentía frías, su ropa le estorbaba y no tenía nada de sueño.

—Besé a Yoh el día que fuimos a Izumo.

—Me extraña que solo hayan sido besos, los dos estuvieron mucho tiempo fuera del mapa de todos. —Anna, como pudo, se apoyó sobre sus codos y se sentó. Necesitaba un castigo mucho más severo de él—. No estoy de acuerdo con lo que hiciste, pero ella lo ha sabido todo este tiempo. No eres la primera mujer con la que él tiene esas aventuras.

Aventura, esa era la palabra que estaba buscando para autoconvencerse de que volver con él era un error. Ella solo sería eso para él. Había pasado más de una década, ese momento juntos no había significado nada para el Asakura: solo había sido un simple desliz recurrente. Bajó los pies al piso y sintió que su vida se organizaba un poco. ¿Qué sentido tenía seguir ocultando la verdad?

—Trae agua. —El Usui no iba refutar la falta de modales de Anna en ese momento, así que se paró y obedeció sus órdenes. Cuando volvió y le ofreció el vaso, ella lo rechazó— Es para ti. Aunque creo que necesitarás algo más fuerte. Siéntate a mi lado.

Una vez más obedeció.

—Estás muy ebria. —Anna asintió, no tenía cómo defenderse ante esa acusación— ¿Qué ocurre?

—Convivir con Yoh me hizo sentir cosas que creí muertas y no vine aquí para eso.

—¿Cuántas veces vas a repetir eso? ¿Hasta que te lo creas? —Horo Horo no se la estaba poniendo fácil—. Sigues sintiendo cosas por él y no creo que sean solamente físicas. ¿Por qué no le das una oportunidad de nuevo? ¿Qué es lo peor que puede pasar?

—Que termine odiándome.

—No lo haría. Jamás podría odiarte.

—¿Ni siquiera si se entera que Hana es su hijo? —Horo se separó de ella, pero aún seguía sentado. Anna, por su parte, volteó su rostro para confesarle toda la verdad de frente— Antes de irme me acosté con él, pasamos por alto que llevaba mucho tiempo sin tomarme las pastillas y estábamos tan entregados y calientes que se nos olvidó cuidarnos. No pensé a futuro y fue en Inglaterra cuando empecé a tener síntomas. —El Usui intentó hablar, aunque falló: sus palabras quedaban atoradas en su lengua y nadie podía detener la verdad de Anna—. Quise decirle a Yoh, pero cuando estuvimos juntos no me dio indicios de querer quedarse conmigo, no tuve certeza de nada y no me quedó de otra que enfrentarlo sola.

El Usui se rindió y bebió el agua de un golpe. Se levantó del suelo y comenzó a caminar en círculos. Él ya lo sospechaba, pero que le confirmaran las cosas no estaba en sus planes.

—Hay que decirle a Ren. Imagino que Lyserg lo sabe. —Seguía caminando por toda la sala, un simple vaso de agua no le calmaría los nervios.

—Ren también —Saber eso no le ayudaba a relajarse— Por eso la discusión en Izumo —Ya las cosas tenían más sentido en su cabeza.

El Usui no lograba tranquilizarse. Tenía tantas preguntas por hacerle y no sabía si era el mejor momento porque, en primer lugar, Anna aún seguía bastante borracha y dudaba de las respuestas; y, por otro lado, los niños podían despertarse en cualquier momento y no era prudente que escucharan esa información. ¿Cómo había sido capaz de ocultar algo tan importante? ¿Cómo es que podía ver a Yoh a los ojos? No quería juzgarla, pero era tan difícil no reprocharle sus acciones que todavía no podía elaborar una oración coherente en su cabeza.

—Hablaremos de esto en la mañana cuando estés sobria.

—Horo Horo… —Falló en su intento de ponerse de pie— Tienes que decirme algo.

Pero el Usui no tenía ganas de hablar. Se acercó a ella y la hizo acostarse de nuevo. La cubrió de una vez más con las mantas y esperó hasta que se durmiera. Ya la consciencia de Anna en sus sueños tenía que ser suficiente martirio.


Continuará


¿Recuerdan que yo actualizaba los lunes? Pues bueno, vamos a volver a esos viejo hábitos ajaja. Entre el fictober y el mankinktober se me fue el tiempo pero aquí sigo: aún falta harto drama por delante así que nada nos detiene. ¿Quién creen que tiene la vida más jodida? Yo todavía no me decido.

¡Muchas gracias a todos por seguir esta historia! Espero que nos sigamos leyendo (L)

¡Que los ilumine la eterna luz!

Pdta: ¿También están confundidos con los videos de presentación? xD