La Propuesta


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Capitulo 10

-He rescatado el pan y el guiso está casi listo. Le he añadido unas cuantas verduras, de modo que tendremos estofado.

Como si recitara el alfabeto, Naruto enumeraba la lista de las cosas que había hecho. También había ordenado la habitación. Se las arregló para ponerle un camisón a Hinata para que pudiera taparse con las mantas y cubrir así su desnudez, algo necesario para que pudiera relajarse.

Pero no la había mirado a la cara ni una sola vez. Ni siquiera al soltarle la trenza y pasarle los dedos por los cabellos oscuros.

En cierto modo, Hinata se lo agradecía. Tenía miedo de los minutos que Naruto había pasado curándola, cuando las señales secretas de su cuerpo habían sido reveladas a la luz del día. Hinata se había dado cuenta de su reacción, de cómo había entornado los ojos al contemplar sus pechos. Ella se encogió sobre sí misma, tratando de evitar el contacto de sus dedos mientras él seguía la forma del desgarrón, avergonzada al mismo tiempo por la oleada de deseo que la invadía al sentir las asperezas de su mano.

Naruto únicamente había visto algo con lo que cualquier marido debía estar familiarizado. Pero no el marido de Hinata Hyūga. No cuando ella había pactado dormir sola en su cama para que él nunca descubriera que no era virgen y la rechazara.

Y ahora Naruto lo sabía. Hinata tembló y trató de refugiarse en los pliegues del camisón, consciente del dolor del pecho y el desgarrón del brazo. Las demás heridas no tenían importancia, no eran sino unos recordatorios molestos e irritantes de su propia estupidez. En cuestión de pocas semanas, las costras habrían desaparecido, aunque quedarían las pequeñas cicatrices para recordarle su atolondramiento.

Naruto Namikaze era un asunto completamente distinto. Lo que había descubierto lo convertía en un extraño mudo y receloso. La trataba con ternura y cuidado, pero recitaba aquella lista de tareas desde la puerta, como si no quisiera acercarse.

-Muy bien, Naruto. Te agradezco que te hayas encargado de todo.

Hinata se dio la vuelta hacia él, mordiéndose los labios para evitar que se le escapara un gemido de dolor. Su piel protestaba ante el movimiento de los músculos que cubría.

-¡No te muevas, Hinata! Yo te ayudaré si necesitas levantarte.

Con dos zancadas rápidas, Naruto estaba a su lado y levantó las ropas de la cama para facilitar sus movimientos. Hinata empezaba a sentir la necesidad de ir al retrete, pero temía el tormento que eso suponía y dudaba de que sus piernas pudieran sostenerla hasta el patio.

-Espera, traeré la bacinilla de tu habitación por si la necesitas. Deja que vaya a buscarla y te ayudaré a levantarte.

-Dentro de un rato podré ir a mi propia cama. La usaré entonces.

Las risas de Arashi rompieron el silencio de Naruto, que optó por volver a arroparla con las mantas.

-Yo creo que no, Hinata. Vas a pasar la noche aquí. Intentaré darte de comer y te ayudaré a levantarte a hacer lo que sea necesario antes de dormir, pero no voy a consentir que esta noche duermas al otro lado del pasillo.

-¿Y dónde vas a dormir tú?

Era algo que la preocupaba desde que él la dejó en aquella cama. La misma cama que Naruto le había dicho que no iba a estar obligada a ocupar. Sin embargo, ahora que la verdad había salido a la luz, no se le ocurría nada más reconfortante que tener a Naruto echado a su lado para que le diera calor con su cuerpo.

-Ya hablaremos después de comer, Hina. No te preocupes. Volveré dentro de media hora y procuraremos incorporarte con las almohadas de tu cama.

No había duda, Naruto había visto las señales que delataban su maternidad. Hinata ni siquiera había sabido lo que significaban hasta que tuvo que atender a su madre durante los días anteriores a su muerte. Las respuestas de su madre la dejaron pasmada y, puesto que había descartado por completo el matrimonio, creyó que ningún otro ser humano vería jamás las suyas.

Pero eso fue antes de que Naruto entrara en su vida llevando una nueva alegría y una nueva razón para existir a la rutina cotidiana. ¿Qué iba a pensar ahora? Probablemente pensaba que su vida no era más que una mentira y su matrimonio una unión basada en el engaño. Hubiera tenido que ser sincera con él antes de casarse, pero... ¿qué habría podido decirle?

«Ah, a propósito, señor Namikaze, da la casualidad de que hace algunos años estuve embarazada».

No, Naruto no habría perdido tiempo en salir corriendo de allí como alma que lleva el diablo y ella nunca hubiera conocido su amabilidad y su fuerza varonil. Hubiera seguido trabajando hasta el agotamiento, atendiendo el ganado, recogiendo manzanas durante todo el otoño, yendo a pie a la ciudad dos veces por semana cargada con los huevos y la mantequilla.

Todavía sería Hinata Hyūga, la solterona. Y, aunque no era realmente esposa de Naruto, la gente ya la llamaba señora Namikaze. Naruto le había dado su nombre y, si había alguna manera de conservarlo, Hinata iba a descubrirla. Naruto era lo mejor que le había sucedido nunca. Estaba dispuesta a todo antes que dejar que...

-Papá sube la cena de todos -anunció Arashi desde la puerta-. ¿Estás mejor, señorita Hinata?

Con tal de borrar la expresión preocupada de la cara de Arashi, Hinata era capaz de sufrir aquel dolor hasta el día del juicio.

-Mucho mejor, Arashi. Te apuesto a que podría sentarme, si tú me ayudas. El niño inclinó hacia un lado la cabeza, mostrándose inseguro.

-No lo creo. No soy muy grande, ya sabes.

-¿Para qué tratas de engatusar a mi hijo, Hinata? -preguntó Naruto de buen humor mientras entraba con una olla en las manos. Detrás de él, Misuke esperaba con un cubo en una mano y un mantel meticulosamente doblado en la otra.

-Trataba de convencerlo para que me ayudara a sentarme.

-Ni lo sueñes. Para eso estoy yo aquí. Misuke, trae acá esos platos. Vamos a necesitar la mesa pequeña que hay junto a la ventana para ponerlos. ¿Quieres traerla?

Misuke asintió y obedeció a su padre, evitando meticulosamente mirar a Hinata.

Después se ocupó de sacar platos y cubiertos del balde y poner la mesa.

-¿Qué quieres hacer con el mantel, papá?

-Mira, hijo mío. Primero vamos a preparar a Hina. Arashi, ve por las almohadas de la habitación de Hinata.

Naruto abrió la ropa de cama y, con cuidado infinito, pasó sus brazos bajo las rodillas y los hombros.

-Sujétate a mi cuello. Te levantaré hasta el cabecero y te pondremos algunas almohadas detrás.

Hinata cerró los ojos y apretó los dientes para soportar el dolor que cualquier movimiento le causaba.

-Bien, así. Ahora levanta las rodillas para que podamos meter otra y no te resbales hacia abajo.

Naruto ya la había visto desnuda, pero el roce de aquellas manos en las piernas era mucho más íntimo que la inspección a la que había sometido a su cuerpo. Aquello había sido necesario. Ahora, le parecía que sus manos se demoraban más de lo necesario para acomodarle el camisón.

-Gracias -susurró ella.

-Venga, vamos a darte de comer.

Con un floreo de la mano, Naruto desplegó una servilleta sobre su regazo. Sirvió un cuenco de guiso, se lo puso entre las manos y le alcanzó una cuchara.

-Trae ese mantel, Misuke. Vamos a preparar nuestro picnic.

Naruto lo extendió en el suelo, hizo que los niños se sentaran y les sirvió estofado.

-Hoy le toca rezar a Misuke.

Todos esperaron a que Misuke finalizara. Al cabo, Naruto le dio las gracias y lanzó una mirada humorística hacia ella, que no trató de ocultar su sorpresa. Hinata pensaba que iba a ignorarla para siempre, pero Naruto la había hecho partícipe de aquel picnic con una sola mirada.

-El guiso está bueno, Naruto. No sabía que cocinabas tan bien.

-No me gusta, pero puedo hacerlo en caso de aprieto -dijo él mientras se sentaba al borde de la cama con una sonrisa.

Hinata asintió, aliviada ante aquel intento de bromear.

-Procuraré no olvidarlo.

Comieron deprisa. Arashi estaba encantado con la novedad. Misuke, por otro lado, parecía más relajado al constatar su mejoría. Recogieron en un abrir y cerrar de ojos, pero, cuando se quedaron solos, Naruto cerró la puerta.

-Tenemos que hablar. Mírame, Hinata.

-Yo creía que eras tú el que no quería mirarme -dijo ella con tranquilidad-. Has estado evitándolo desde esta tarde.

-No quería ser grosero. Además, tenía algunas cosas en las que pensar. Hinata lo miró entonces. Los ojos azules habían perdido el brillo.

-Creo que tienes algo que contarme, Hina.

-¿Ahora? -dijo ella, sintiéndose como un animal enjaulado-. Los niños...

-Los niños se están preparando para irse a la cama. Esto es algo entre tú y yo, señora Namikaze.

Naruto se sentó al borde de la cama, le tomó la mano y la estrechó entre las suyas.

-Quizá me esté equivocando con esto, Hinata, pero creo que debemos...

-Por favor...

Tenía la sensación de que el corazón iba a estallarle. Con un esfuerzo doloroso, levantó las rodillas para apoyar la cabeza. El cabello, sin nada que lo sujetara, se derramó sobre su rostro, ocultándolo.

-¡Maldita sea, Hina! No quiero hacerte más daño del que ya has tenido que soportar.

Naruto se le acercó un poco más y le acarició el pelo.

-No era mi intención ser tan terco antes. Supongo que ha sido una especie de rabieta -dijo con una voz suave mientras apoyaba la cabeza contra la suya-. Vamos, Hina. No te lo tomes así. Hablaremos en otra ocasión, si es lo que quieres. Hinata asintió sin cambiar de postura, deseando que él la estrechara contra su pecho. Sin embargo, Naruto se aclaró la garganta.

-¿Necesitas levantarte?

Hinata volvió a asentir. Aquélla era una de las cosas que más temía, que él fuera testigo de sus actos más íntimos.

-Ven, siéntate en el borde de la cama -dijo él, ayudándola-. ¿Crees que podrás aguantar así mientras voy a por la bacinilla?

Hinata asintió por tercera vez, aunque levantó la cabeza cuando él salía por la puerta. Todo el comportamiento de Naruto, cuidándola, consolándola, no había hecho sino aumentar el terrible anhelo que llevaba años sintiendo, la vocación de pertenecer a alguien, de contar con un ser humano en su vida.

La muerte de su madre la había dejado destrozada. Sasuke Uchiha le había dado la espalda, la había abandonado negando su amor por ella. Su padre había preferido la muerte a la vida, aun a sabiendas de que la dejaba sola.

Pero el dolor más insoportable de todos fue la pérdida de su pequeño, un ser diminuto que podía haberse convertido en la única luz de su existencia. Quizá fuera un castigo divino por el pecado terrible que había cometido. Quizá Dios le había quitado su hijo como una venganza, arrebatándole la vida antes de su primer aliento. Quizá fuera que estaba condenada a vivir sola y aislada el resto de sus días.

-¿Hinata? Deja que te ayude.

Hinata asintió una vez más y levantó las manos para apoyarse en sus muñecas.

Naruto la levantó y la mantuvo contra su pecho.

-Bien. ¿Crees que podrás llegar al biombo?

Había dejado la bacinilla tras el biombo que su madre utilizaba para vestirse. La acompañó hasta allí, pero ella se empeñó en que la dejara sola, mandándolo a que fuera a echar un vistazo a los niños.

-Ahora mismo vuelvo -dijo acariciándole el pelo-. Llámame si me necesitas. Era un compromiso serio, incondicional, y ella asintió sin palabras.


Hinata había regresado sola a la cama. Naruto pasó una hora ordenando las vacas, que lo esperaban ansiosas en el establo. Sin querer despertarla, la llamó suavemente.

-¿Hinata? ¿Duermes?

Un movimiento en la cama le contestó. Fue a encender la lámpara, pero ella se lo impidió.

-No hace falta luz, Naruto. A menos que tú...

-Como tú digas -dijo, encendiendo en cambio la vela de la cómoda-. Voy a quitarme los pantalones, quizá quieras cerrar los ojos.

Hinata volvió la cabeza hacia la ventana. Naruto no tardó en quedarse en calzones y camiseta. El colchón cedió bajo su peso.

-¿Tienes frío? Puedo poner otro edredón. Hinata, con los dedos aferrados a la colcha, giró el cuerpo para poder mirarlo.

-Tienes las manos heladas, Hina. Deja que te las caliente.

-No seas tan bueno conmigo.

Por primera vez, Naruto oyó una nota petulante en su voz y sonrió satisfecho en la penumbra.

-¿Por qué no? Eres mi esposa. Supongo que no te conozco tan bien como creía, pero todos tenemos nuestros secretos, ¿no? Hay algunas cosas que yo tampoco te he contado, Hina. No sé si son importantes o no, pero...

Hinata le apretó las manos y Naruto se dio cuenta de que contenía los sollozos.

-No, Naruto. No puedo soportar que seas tan bueno conmigo cuando yo te he engañado desde el principio.

-Puede que tengas razón. Y puede que ése no fuera el momento más adecuado para que yo me enterara de ciertas cosas. Todavía no nos conocíamos.

-¿Y ahora sí?

Naruto se llevó la mano a la boca y se la besó.

-Antes de que amanezca, vamos a conocernos mejor.

Hinata guardó silencio. Él se aventuró a darle otro beso, pasando los labios sobre los dedos y luego apretándoselos contra la ruda mejilla. Deslizó la mano sobre el hombro. Aprovechó para arroparle la espalda y se acercó a ella hasta que sintió en las espinillas sus pies fríos.

-Yo te daré calor, Hinata. Si tú me lo permites.

De alguna manera, su voz había perdido el timbre de tenor para dejarse invadir por una urgencia desconocida. Hinata respiró hondo.

-No irás a... hacer eso... ¿Verdad, Naruto?

-No, cariño -dijo él, aquietando sus temores con decisión-. Sólo quiero darte calor. Estás helada, Hinata.

-Hace años que estoy helada, Naruto –confesó ella-. Incluso en verano, siento frío por dentro.

-Bueno, señora Namikaze. Ahora ya no es necesario que pases más frío.

-Es hora de que te cuente una cosa, Naruto. Creo que siempre he sabido que acabaría llegando este día, pensaba enseñártelo, pero quizá sea mejor que primero te prepare. Hay tres tumbas en la colina. La de mi madre, la de mi padre y...

-¿La de tu hijo, Hinata? -preguntó él en un murmullo.

-Sí.

Fue como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones. Naruto se acercó aún más, hasta que sus rostros casi se rozaban.

-¿Quién fue, Hina? ¿Quién te dio un hijo para luego abandonarte?

-Se llamaba Sasuke Uchiha. Vivía en la ciudad y trabajaba en el molino. Mi madre acababa de morir -dijo pasándose la lengua por los labios, un gesto que Naruto siguió con atención-. Fue una enfermedad muy larga y, cuando... terminó, creo que fue un alivio. Me sentí culpable porque...

Naruto le puso la mano sobre la mejilla.

-A veces es difícil ser el que sobrevive, el que se queda, Hinata.

Tenía el cutis suave y Naruto lo mimó con sus dedos, buscando algún mechón errante de su cabello, sintiendo la piel aterciopelada de sus oídos. Ella cerró los ojos y saboreó el consuelo que él le ofrecía.

-Sasuke me venía a visitar, incluso empezó a hablar de casarnos y de establecernos en su propia casa. Él fue un gran consuelo para mí, Naruto. Supongo que me sentía agradecida por haberme dedicado tanto tiempo desde la muerte de mamá.

-¿Te convenció para que hicieras el amor con él?

A pesar de las caricias, no le resultó fácil pronunciar aquellas palabras, que salieron de sus labios en un tono cortante y duro.

-Yo no quería. Le dije que debíamos esperar, pero él insistió diciendo que no podía, que me amaba demasiado. E incluso...

-Se aprovechó de ti, cariño.

Como si se sintiera obligado a reconfortarla, le besó la frente y enterró los dedos en sus cabellos, inmovilizándola con sus caricias.

-Fue horrible, Naruto. Me hizo daño. Yo estaba avergonzada por haber permitido que sucediera. Cuando supe que iba a tener un niño, fui a verlo. Llevaba semanas sin venir por la granja. Me dijo que tenía mucho trabajo en el molino, que ahorraba todo lo que podía para nosotros. Pero cuando le dije que teníamos que casarnos enseguida, se apartó de mí. Me dijo que todavía no estaba preparado para eso.

-¿Cuántos años tenías, Hina?

-Dieciséis. Lo suficiente para ser responsable de mis actos.

-Sólo eras una niña, Hina.

Con cuidado, Naruto levantó las mantas y la abrazó delicadamente hasta que sus temblores cesaron. Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.

-Se marchó de la ciudad, Naruto. Cuando, a la semana siguiente, fui a llevar los huevos y la mantequilla, Choza Akimichi me dijo que había dejado el trabajo y se había ido.

-¿Y qué hizo tu padre?

De haberle sucedido lo mismo a una hija suya, Naruto sabía que él habría buscado al cobarde y lo hubiera colgado sin remisión. Por lo visto, Hiashi Hyūga había sido un hombre con menos arrestos que él. Hinata dejó escapar una risa triste y seca.

-Cuando no me quedó más remedio que confesárselo, mi padre dijo que había sido yo la que había tentado a Sasuke. Me llamó Jezabel. Y entonces el niño nació prematuro, ni siquiera pudo respirar. Era una cosita pequeñita y estaba todo azul, ni siquiera pude verle los ojos.

Naruto apretó los brazos en torno a Hinata que se quedó rígida, con una maldición entre dientes, Naruto aflojó la presión.

-Lo siento, Hina. No quería apretarte. ¿Te he hecho daño?

-Sólo un poco. Las heridas que más me molestan son las de delante.

La visión de sus pechos níveos y redondos, lacerados con aquellos arañazos, asaltó una vez más a Naruto, que hubo de dominarse para no acariciarlos. Se imaginaba claramente la cicatriz que ella habría de conservar y debió luchar para contener el impulso de aliviar su dolor a besos.

-Los cortes no son profundos, Hina -dijo con una voz en la que vibraba el deseo que lo torturaba por dentro-. Curarán en pocos días.

-Ya lo sé. Esas cicatrices no me importan. Son las otras, las que no se ven, las que más cuesta llevar.

-Hinata, ¿quién te cuidó cuando nació el niño? ¿Tu padre te ayudó a enterrarlo?

Naruto no se explicaba por qué hacía aquella pregunta, pero tenía que saberlo, necesitaba volver a vivir con ella los últimos días de su tormento.

-Nadie me ayudó -dijo ella tristemente-. Estaba sola. Lo envolví en una manta de franela y lo metí en una caja de zapatos. Por suerte, era verano. Tuve que cavar muy hondo. Sabía que no podía ponerle una lápida, pero pensé que quizá... De todos modos, planté un rosal en la siguiente primavera.

. Hinata volvió a temblar y ocultó el rostro contra su pecho

-Fue una noche horrible, Naruto. La más oscura de mi vida.

Naruto consideraba que Hinata le hacía un regalo desnudando su alma ante él, que pudiera confiar en él por completo era mucho más de lo que había esperado. Se enfrentó a su propio dolor. Había querido que ella fuera virgen, ser el primer hombre que pusiera la mano sobre aquellas curvas.

Avergonzado, tuvo que reconocer su desengaño, la amargura de que ella se hubiera entregado a otro.

-Naruto, si quieres divorciarte, lo comprenderé.

Sus palabras eran firmes, valerosas, pero los temblores que sacudían su cuerpo delataban su terror. Naruto volvió a besarle la frente con ternura.

-No voy a divorciarme, Hina. Yo hice los mismos votos que tú, en lo bueno y en lo malo, ¿recuerdas? Tengo la impresión de que ya hemos dejado atrás lo peor.

Sus brazos la rodeaban, su cuerpo le daba calor. Sobre la cómoda, la vela se extinguió con un parpadeo. Por primera vez en más años de los que podía recordar, Naruto Namikaze se sintió completamente en paz.