Disclaimer: Los personajes de la Saga Crepúsculo son creación de la Sra. S. Meyer y la historia es adaptación de una novela contemporánea, cuya autora y biografía se publicarán al final. Es la continuación de MI QUERIDO PRESIDENTE. La producción de este fics es una mera actividad recreativa, sin fines de lucro. - Advertencia: Lenguaje adulto.


En Campaña

Edward

La multitud está cantando mi nombre mientras conducimos el primer rally en Filadelfia.

—Tienes las mejores multitudes que jamás he visto —dice Carlisle.

Exploro la multitud, deseando poder verla. Eso siempre la tenía excitada. Isabella se quedó atrás en el hotel con el pequeño Edy, ambos durmiendo hasta tarde en la mañana.

—Aquí estamos, sesenta por ciento de mujeres, cuarenta por ciento de hombres. La mayoría está aquí para ver tu cara bonita. Incluso casado, tienes tu toque con las damas —se burla Sam.

Mis labios se tuercen en una sonrisa irónica. —Un voto, es un voto.

Él ríe. —Sí, sé que le molesta como el infierno, sin ofender, Señor Presidente. Y no se preocupe, todos los presidentes acaban viéndose malditamente demacrados, su rostro de actor de cine, seguro disminuirá con cuatro años más. Si todavía atrae las multitudes como ahora, entonces quiere decir que hizo algo bueno.

—Sam, tengo un horario aquí. —Señalo para que detenga el coche.

—Claro.

—Oye, hazme un favor. —Me apoyo en el coche mientras salgo—, llama a Isabella después. Oh, y dile que Jake no ha comido.

—Siga con su día ocupado. Entendido Señor.

Salgo con Carlisle y el resto del servicio secreto detrás de mí. La mayor discreción posible, dentro de lo que se puede, incluso algunos disfrazados de civiles, mientras nos dirigimos al podio y la multitud espera.

Isabella

Estoy mirándolo hablar en la coalición de Florida, para los dueños de pequeños negocios, y por un segundo, él me mira.

—...porque no sólo es nuestro objetivo, sino nuestro deber, fortalecer nuestro país para aquellos que no han nacido todavía. Y para aquellos que amamos.

Mi respiración muere, y él desliza su mirada lejos y mira a los miembros de su equipo con su media sonrisa.

Nadie lo nota, sin embargo, yo sé que es la mirada que compartimos. No tienen idea de la conexión real que tenemos, que este hombre es una parte de mí. Marido y mujer. Saben que lo somos, pero estoy segura de que nadie tiene una verdadera idea de lo que significa para mí, o lo que yo sé que soy para él.

Los hombres están tomando notas utilizando bolígrafos con el logotipo de la campaña de Ed, y luego todos están de pie mientras se levanta para salir y empieza a dar la mano, dándoles las gracias. Me sorprende que muchos de los varones, miembros del equipo, se acercan a mí para decir adiós también.

Ed camina a mi lado mientras nos dirigimos fuera de la habitación.

—Será mejor concederte la palabra en este momento —dice, extendiendo la mano y deslizando el pulgar hacia mi mandíbula. Me río a medida que salimos del edificio, pero su mirada sigue conmigo mientras conducimos de regreso al hotel.

Se supone que nos arreglemos y asistamos a una recaudación de fondos más tarde, y decido que voy a cambiar mis tacones por zapatillas, porque mis pies me están matando, pero no me lo pierdo por nada en el mundo.

—Mi primera dama es toda una atrae audiencia —dice, levantando su mano para agarrarme por la parte posterior del cuello y besarme. Lo toma con calma, dejándome sin aliento. Mi esposo.

Él está sonriendo. Me está tomando el pelo, por supuesto, pero tiene esa mirada de orgullo, como si dijera: Hice la elección correcta.

—Tú, por el contrario, eres horrible en este momento. Creo que tu equipo quiere patearte fuera de la campaña, Sr. Presidente. —Niego con la cabeza en broma—. Eres cuatro años mayor, ya no eres el jovencito que solías ser.

Sus ojos comienzan a bailar. —Me has envejecido, bebé, ¿qué puedo decir?

—Quiero decir, al menos hiciste el esfuerzo. No creo que lleguen a ello, aunque, eras mucho más encantador cuando estabas soltero.

Él me mira de nuevo, con esa extraña tierna mirada y sé que estoy mintiendo. Él está más atractivo que nunca. Casi con cuarenta años, tan maduro, tan precioso, sin canas, sin embargo, creo que se vería aún más atractivo con un poco de gris en esa hermosa cabeza.

Se quita las gafas, las mete en el bolsillo, y me envía una mirada de advertencia, que reconozco —una que me hace sospechar que cuanto entremos en la habitación, me empujará contra la pared y me besará hasta el cansancio.

Me estoy poniendo nerviosa; está consiguiendo debilitarme con solo mirarme, y entrar en la suite se me hace un poco difícil.

—¿Hay alguna razón por la cual pones la mitad de la habitación entre nosotros, Isabella?

—No. ¿Por qué? Sólo quería estirar las piernas un poco —digo con indiferencia. Él levanta una ceja, poco a poco llegando a colocarse detrás de mí.

—¿Crees que te pedí venir aquí para destrozarte, mujer? —Pregunta, deslizando su mano hacia abajo y ahuecando mi trasero.

—No —jadeo.

Agacha su cabeza para acariciarme y parece que tomo un último aliento.

Su sonrisa comienza vacilante mientras sus ojos comienzan a oscurecerse, y luego… la sonrisa lo abandona, sustituido por una mirada de pura frustración y cruda necesidad. Él está demasiado cerca, tan cerca, su cara colonia en mis fosas nasales y los ojos mirando hacia mí, con disgusto.

—Ay Isabella —dice—. No tenemos tiempo para esto, bebé.

—Lo sé. Es por eso que estaba aquí y tú estabas allí. Pero ahora estás aquí también, así que, ¿qué vamos a hacer?

Él extiende la mano y dirige su pulgar sobre mi labio. Una vez. Dos veces.

—Me parece que cuanto más viejo me hago, más me gusta la espera —confiesa, con el ceño fruncido.

Me río, y camino hacia el sofá.

—Mis pies me están matando —digo mientras tiro mis zapatos a un lado y me relajo durante apenas un minuto, antes de apresurarme hacia la ducha.

Hacer campaña es tan agotador como recuerdo, y lo amo tan intensamente como recuerdo. Hace años, los jóvenes nos hicieron creer en lo imposible, pero son sólo aquellos los que creen en lo imposible, quienes en realidad pueden hacer que sea posible. Y por cuatro años, lo hemos intentado, y tuvimos éxito, tantas veces.

Ed me da una mirada realmente de admiración. —Aprecio que estés aquí.

Sonrío con cansancio y consigo una botella de agua fría de la nevera, luego, vuelvo a la sala de estar para tomar un sorbo. —Siempre lo he encontrado inspirador. Cuando veo que desplazas a todas esas personas. —Frunzo el ceño un poco—. Me hace preguntar la mitad del tiempo, qué es real y qué es mentira. Los slogans tontos. El circo y fanfarria.

—Isabella —reprende—. No ponemos tonterías en las lapiceras de las oficinas. Son declaraciones de intención. Nada de esto es mentira.

—Todos los políticos mienten.

Él levanta las cejas. —No soy un político.

—Lo eres ahora.

Se ríe, y luego lo observo aproximarse.

El aire crepita con adrenalina. Su satisfacción pulsa desde él, en oleadas, y mi propio cuerpo responde en consecuencia.

Toma asiento junto a mí mientras estoy acostada acurrucada en el lado del sofá, inclinándose hacia delante sobre los codos y llegando a tirar de mis piernas hacia él. Está muy cerca ahora.

Nuestras energías se fusionan, se combinan, y parecen multiplicar la emoción de una noche de éxito, por mil.

—Estaba en lo correcto.

—¿En lo correcto sobre qué? —Pregunto.

—En traerte ese primer día.

—¿Por qué? ¿Por los viejos tiempos? ¿Te deslumbré con mis buenos modales la noche que nos conocimos? ¿O mi gran apetito por la quinua? ¿O con mi carta?

Él sólo sonríe y no contesta.

Sonríe mientras toma mis pies en su mano. Sonríe cuando traza el pulgar a lo largo de los arcos. Por un momento estoy paralizada viendo el pulgar. El más delicioso escalofrío recorre mi espina dorsal, por mi estómago y las puntas de mis senos.

—Estoy cosquillosa.

Y sin aliento, excitada y enamorada.

—Veo eso.

Él levanta la cabeza, ahuecando lentamente un pie por el talón y levantándolo hacia arriba, arriba y más arriba. Abre la boca, mirándome mientras pellizca la punta del dedo gordo del pie. Lo envuelve, pasa la lengua por la parte posterior, chupa con suavidad mientras comienza a recorrer con la otra mano por la cara interna de mi brazo y sube hasta mi cara.

Inserta el pulgar en mi boca, frotando lentamente el pulgar con la otra mano.

—Ed —gimo.

Detengo su mano, mirando abajo, hacia nuestros dedos. Sus manos me obsesionan. Por qué me obsesionan, no lo sé, pero son tan grandes, se ven tan poderosas. Él posee tanto en esas manos.

Él agarra mis zapatos y me mira mientras los desliza y los amarra de nuevo; sus dedos tocando los mismos dedos que todavía hormiguean. Ninguno de los dos dice una palabra una vez que los zapatos están puestos, y él mantiene sus manos en el arcosuperior de mi pie durante varios largos latidos cardíacos adicionales.

—Te amo —dice con sencillez, agarrando mi cara y presionando un beso en mis labios.

Exhalando, se pone de pie para estar listo, echo un vistazo al reloj, me pongo de pie y lo sigo.

Estamos viajando extensivamente. A veces Edy viaja con nosotros, las veces que no opta por permanecer en D.C. con mis padres o la madre de Ed.

Las multitudes siguen al Presidente Cullen a dondequiera que va. La gente quiere verlo, quieren ver a su primera dama, quieren adorar a su hijo, quieren acariciar a Jake, y quieren fotos. Madre mía, ¿están los medios de comunicación cubriéndonos a todos los lugares que vamos? Ed es, como de costumbre, un buen deportista con la prensa, pero me pone un poco nerviosa cuando estoy caminando con Edy y los reporteros están tomando fotografías y haciendo a Ángela y los chicos trabajar más que nunca, empujando a todos a tomar medidas extremas.

Aún así, me encanta estar en el campo, viendo el paisaje cambiante. Desde desiertos hasta bosques, ciudades a pequeños pueblos, granjas y pastos, semáforos y carreteras. Y personas diferentes y únicas, cada uno con la esperanza de la gloria para mantener brillando a los Estados Unidos. Todo el mundo confiando en Edward Cullen para mantenerla así.

Hoy estamos en Filadelfia, y consigo presentarlo a la gente.

—Bueno, realmente es un placer estar aquí —digo, sin aliento—. ¡Qué multitud increíble! —Todos ellos aplauden y vitorean—. Sé por qué estamos todos aquí. Es porque mi marido es bastante encantador y da buenos discursos. —Se ríen—. Y también, porque sé que saben que Ed Cullen realmente se preocupa por ustedes, por este país, sobre lo que es correcto. He sido testigo en primera mano, de su dedicación, su esfuerzo, su completa devoción por la gente, y si no estuviera ya irremediablemente enamorada de él, eso sería suficiente para sellar el trato para mí en este momento—. Más risas—. Los cambios que ha puesto en práctica en los últimos años. . . Millones de nuevos puestos de trabajo. Una mejor educación para nuestros hijos, un plan más amplio de salud, una economía próspera, y nuestro destacado libre comercio, lo que te permite, como estadounidenses, tener cualquier producto al mejor precio disponible en la punta de tu dedo... esto es sólo el comienzo de los cambios más extensos que ha estado trabajando para hacer frente... y definitivamente espero que se queden quietos y le escuchen compartirlo con ustedes, esta noche. Así qué sin más preámbulos, damas y caballeros, les presento a mi marido, Edward Cullen , ¡el Presidente de los Estados Unidos!

Toma el escenario, se apoya en el micrófono. —Ella es mejor en esto que yo.

Él me da un guiño, mientras toma su lugar en el banquillo, y me río al mismo tiempo que la multitud lo hace.

—Gracias, señora Cullen —me dice, mientras la multitud lo adora—. Ella está en lo correcto. Es una gran multitud hoy...

—¡Ed! ¡Ve por ella, Ed! —Grita alguien.

—Lo haré. —Promete, con una sonrisa, y luego se serena.

—Hoy, quiero hablar de algo con ustedes. Ayer por la noche, recibía la noticia de que voy a ser padre de nuevo. La primera dama está a la espera. —La sonrisa en su cara es absolutamente deslumbrante y tan contagiosa que no hay una cara triste en todo el gentío.

Me siento mareada al recordar cuando le dije —cómo arrancó sus gafas, luego, sólo me agarró y me levantó del suelo. —Me haces tan feliz, tan jodidamente feliz —y el resto fue suprimido con un beso.

—Así que es algo que quiero hablar con ustedes. Nuestros hijos —continúa, y hace una pausa—. Es con nuestros hijos, que nuestro mayor potencial como país, yace. Estamos creando cambiadores del mundo, líderes, niños y niñas que pueden hacer una diferencia real. Y todo comienza contigo. Conmigo. Con nosotros.

Siento deslizar la mano de Edy en la mía, y con el ceño fruncido, no muy feliz de ser destronado pronto. —¿Todavía me quieres?

—Te amo mi rey primogénito, sí —prometo, y él asiente y comienza a inquietarse—. Siéntate aquí conmigo. Mira a papá —susurro, lo aliento, aferrado a cada palabra de Ed.

Me encanta que la gente lo vea como yo, que conozcan el verdadero hombre, el que está detrás de la fachada, el nombre y la presidencia.

El Ed Cullen que a todos nos gusta.

Miro hacia afuera de las ventanas del Air Force One, las nubes debajo de mí se ven como una alfombra de algodón de azúcar.

Pongo mi mano sobre mi vientre y pienso en él.

Estoy tan enamorada y no puedo creer que esté embarazada de cuatro meses de nuestro segundo hijo.

Los debates han terminado, la campaña ha sido exhaustiva, pero inspiradora, y ahora nos dirigimos de vuelta a casa.

Nuestra pequeña familia de tres miembros, la que pronto será de cuatro.

Sé, por mirar a mis padres, que no importa cuán fuerte es el amor, las relaciones siempre se prueban. Los límites son empujados, algunas promesas rotas, y las decepciones suceden. Así es la vida. Ningún camino es perfectamente liso o recto.

Pero también sé, al mirar a mis padres; que el amor es una elección. A veces la más difícil elección de todas.

Me vuelvo a mirar a Ed , su perfil muestra la belleza masculina perfecta, sus labios fruncidos pensativo mientras mira con curiosidad a una pila de carpetas delante de él con sus gafas posadas en su nariz, Y sé, que siempre lo elegiré.

Una constatación que me reconforta.

Lo elegí sobre una vida normal.

Lo elegí sobre la privacidad.

Lo elegí sobre la inseguridad acerca de si alguna vez sería suficiente, como esposa, como madre, como primera dama.

Lo elegí por encima del miedo.

Lo elegí por encima de todo...

El amor puede ser apasionado, salvaje, consumidor, fascinante. Te atrapa en la estela de lo que parece ser una vida ordinaria y lo vuelve boca abajo, hasta que estés completamente viviendo por él, con cada célula, cada poro, cada átomo en tu cuerpo. Te hace vivir la vida a su máximo potencial. El amor realza todas tus emociones, hasta que tu vida pasada parece que estabas viviendo en silencio, como si vivieras con los sentidos parcialmente adormecidos.

Este despertar y experimentar todo en su máximo potencial, es lo que hace que la experiencia de la vida sea más alegre y feliz, y también la más dolorosa. Mirando hacia abajo en las nubes debajo de mí y el cielo azul que se extiende, simplemente dejo que me abrace todo lo que venga.

Me veo a mi misma con Ed. Me veo teniendo hijos con él. Me veo extendiéndome entre sus piernas, descansando en él, mientras sostengo una taza de chocolate caliente en mis manos, escuchando el crepitar de una chimenea.

Me veo sosteniendo su cara a mi pecho, en silencio calmándolo después de un día duro.

Después de tener que tomar algunas decisiones difíciles.

Lo veo subir a la cama a mi lado y acariciando mi cuello, diciéndome lo mucho que me ama, cómo soy su ángel.

Lo veo de la mano de nuestra hija, ¡sí, es una niña, tuvimos la confirmación la semana pasada! Su pelo cobrizo en dos pequeñas trenzas mientras salta sobre su padre, mirando hacia él con todo el amor y admiración en el mundo y él mirándola como si fuera el tesoro más grande.

Me veo dentro de treinta años, sentada junto a un viejo y todavía resistente y guapo Ed, hablando de lo que nos encontramos, cómo ganó la presidencia, la forma en que propuso la vida que hemos tenido.

Porque incluso si gana, cuatro años más como presidente no es mucho en comparación con los años en los que seremos un ex presidente, y su esposa. El término no es lo único que cuenta. Lo que realmente dura, es lo que hizo. Su legado para todos los tiempos.

Es una elección simple, realmente. Yo le escogí. Siempre.

Y a pesar de sus propios miedos y preocupaciones, decepciones e ideas sobre su capacidad para ser a la vez presidente y esposo, presidente y padre, presidente y hombre... me eligió.

Pase lo que pase, nos elegimos entre sí.

Está frío afuera, pero es donde Ed y yo pasamos la noche de Noviembre, el día de las elecciones. Traje una pequeña bocina y reproduzco algo de música, buscando una canción de Hozier que fue tocada en nuestra boda, Better Love. Y bailamos, como nosotros a veces hacíamos.

Me balanceo en sus brazos mientras nuestro equipo mira la televisión en una de las habitaciones de La Casa Blanca, el pequeño Edy duerme, el país espera conteniendo el aliento, y yo solo bailo con su papá

Y así es como Carlisle nos encuentra, cuando sale.

—Bueno, Sr. Presidente —dice, sonriendo con ironía cuando nos ve—. Parece que te has asegurado para un segundo mandato.

Jadeo, mi mano vuela hacia mi boca. La mano de Ed se aprieta en mí, su mandíbula se tensa, sus ojos destellan felicidad, gratitud.

Enmarca mi rostro y planta un fiero y firme beso en mi frente, entonces llega hasta Carlisle para estrechar su mano. —No podía esperar para escuchar nada más.

Ellos estrecharon sus manos y Carlisle palmea su espalda. —Me haces sentir orgulloso, Edward.

—¿Dónde está el pequeño Edy? —Me pregunta inmediatamente.

—En la cama, no puedes despertarlo…

—Oh, por supuesto que puedo —dice, ya dando zancadas dentro. Lo sigo a la habitación, donde abre lentamente la puerta y entra para encontrar a nuestro hijo durmiendo.

Ed se sienta en el borde de la cama y se inclina hacia abajo para susurrar—: Oye, bichito —espera a Edy para que se despierte.

—Papá —dice, con una sonrisa desdentada.

Ed sacude una mano sobre su cabeza. —Nos quedamos.

Los ojos de Edy se ensanchan. Había estado preocupado. No importa cuánto le había asegurado que encontraríamos otra casa, que su padre tenía muchas casas en las que podríamos mudarnos, él había argumentado que ninguno de los empleados que quiere, estarían allí, y tampoco los cisnes en la fuente.

—¿Jake también? —Él parpadea, Ed ríe y toma su rostro, besando la parte superior de su cabeza.

—Jake también.

—Bien —dice felizmente—. ¡Jake, nos quedamos! —Dice, y lo arropamos de vuelta en su cama, mirándolo por un minuto en las sombras mientras vuelve a dormirse.

Nuestro chico, el niño de nuestros ojos. Jake está moviendo la cola en la esquina de la habitación cuando Ed me abraza desde atrás, ahuecando mi vientre con ambas manos, su mentón apoyado en lo alto de mi cabeza, su dedo pulgar moviéndose adelante y atrás. No necesita trazar las letras: Te Amo; la forma en que me sostiene me dice que nos ama, a todos, a todos por igual.

EL FINAL

Ganó.

Tanto por voto popular como por el colegio electoral de nuevo. Los empleados de la Casa Blanca suspiran de alivio. Ed y yo vagamos por la West Colonnade, el pequeño Edy duerme escaleras arriba. Los ruidos de la Casa Blanca son tan familiares para nosotros, cada crujido y movimiento, los zumbidos y el ajetreo. No habrá transferencia de poder hasta dentro de cuatro años —cuatro años más de cambio Cullen están en marcha, de pasos de avance lento, a un aumento continuo de la economía y de la seguridad.

Es un día frío de invierno, y cientos de miles de personas inundan el National Mall para ver la segunda toma de posesión de Edward.

Por lo general, el protocolo dicta que el supervisor de operaciones organice las cenas y todo el día de la inauguración, reordenando los muebles para las próximas entrevistas, mudando a un presidente mientras el siguiente entra. Todo en unas pocas horas. Las pocas horas cuando se hace el juramento, se sirve el almuerzo, y se lleva a cabo el desfile en la Avenida Pennsylvania. Este año, no hay movimiento de muebles. La primera familia está quedándose. Pero mientras que la parte del protocolo parece permitir que el personal de la Casa Blanca respire de alivio, otras partes continúan su marcha.

Preparándose para recibir al presidente después de la inauguración a través de las

Puertas de la Fachada Norte. Organizando un buffet para que compartamos con nuestra familia y amigos antes de los bailes de investidura.

Todo el mundo es un hervidero. El ajetreo habitual y el bullicio de la Casa Blanca parece ir al triple de su velocidad habitual.

Paso la mañana con una estilista y una maquilladora, mientras que Ed tiene una reunión de seguridad para reafirmar lo que se ha hecho hasta ahora, y dónde están las cosas.

Nos preparamos para el servicio de la iglesia, Edy y Jake vienen con nosotros a visitar al padre de Ed al cementerio de Arlington.

Siento un inagotable sentimiento de paz y satisfacción, humildad y honor, mientras nos dirigimos al Capitolio de Estados Unidos, donde se llevará a cabo la inauguración.

Me preocupaba que Edy no se comportase durante el evento, pero en cambio me he dado cuenta de que es tan inteligente como su padre, y todo lo que le pedí que hiciera—estar quieto, prestar atención, cantar el himno— lo está haciendo por instinto.

Me siento detrás de Ed mientras él jura, y echo un vistazo a su perfil y luego al de mi hijo. Ed me dijo anoche que se sentía honrado de compartir este momento con su hijo, que recordaba tan claramente los días cuando su padre tomó juramento tanto su primera como su segunda vez.

Ahora veo a Edy beberlo de su padre, mientras él jura proteger y preservar la Constitución de los Estados Unidos.

Vestí de azul la última vez, y blanco el día de mi boda, y ahora fui por un vestido de color vino. Me veo como una llama, dice Ed.

Uno nunca se acostumbra a la adoración con la que la gente te ve; en un primer momento es casi incómodo. Se necesita valor para recibir este amor y adoración, quedártelo, porque en cierto modo, significa que debes corresponder, debes merecerlo.

Sé que ha sido más fácil para Ed, de lo que ha sido para mí. Nació para ser Comandante en jefe. Se podría decir que pertenece donde está, porque nació con América en sus venas, pero también creo que es parte de su personalidad. Es lo que nos ha ayudado a cambiar y crecer tanto en los últimos cuatro años —el conocimiento de que somos fenomenales, y podemos hacer y merecen cosas fenomenales, pero también la humildad de aceptar que no hay perfección, que el cambio lleva tiempo y esfuerzo, que este país no se basa en una sola persona, sino en el esfuerzo conjunto de muchos. Ed es el líder.

No podría estar más orgullosa de él.

La forma en que está, la sonrisa que tiene, la fuerza de sus hombros luchando contra su gabardina.

Una vez que termina su discurso y la inauguración llega a su fin, salimos por las escaleras, y lo abrazo. Sólo un abrazo, y le susurro—: Felicidades, mi amor.

Mechones de pelo caoba caen sobre mi cara, y antes de que pueda apartarlos, Ed los pone detrás de mi oreja. Me río ante el viento que desordena mi pelo. El viento está siendo igual de juguetón con su pelo. Aparto un mechón de su pelo detrás de su frente también.

—Cuatro años más —digo.

—Pasan rápido, ¿verdad?

—Demasiado rápido.

Sonríe. —Vamos a hacerlo.

Sus dedos son suaves y cálidos cuando tocan los míos, el efecto es como un estallido caliente de fuegos artificiales en mis venas mientras toma mi mano, la otra ya tomada por Edy.

—¿Está lista mi primera dama?

—Tan lista como tú.

Después del almuerzo y el desfile, vamos a la Casa Blanca para relajarnos, merendar, y después cambiarnos para los bailes. Voy a la habitación para ponerme zapatos de tacón más cómodos, y cuando me dirijo al Antiguo Comedor Familiar, los chicos no están allí.

—Oh, señora Cullen , Edy está con su padre, creo.

—¿Dónde?

—En el Ala Oeste.

Voy hacia allí y saludo a Rosalie, preocupada de que Edy puede estar dándole problemas, pero ella simplemente sonríe y señala hacia la puerta. —Los encontrará a los dos allí, señora Cullen. Además, Alice está de camino —oh, ahí está. El presidente quería fotos para la familia.

Sólo sonrío, divertida, y entro en la Oficina Oval. Y ahí está, el Gobernante del Mundo Moderno, mirando por la ventana, con sus brazos cruzados, pero los descruza mientras se vuelve. Pone sus manos sobre el escritorio delante de él, con sus brazos extendidos, su mirada firme y sin concesiones, la mirada del hombre más poderoso en el mundo. Me sonríe.

Cierro la puerta.

Me aclaro la garganta, mis labios curvándose. —Señor presidente.

—Señora Cullen. —Él empieza a rodear el escritorio.

—¿No sabría por casualidad dónde fue a parar un niño más bien inquieto y muy guapo? No puedo encontrarlo por ningún lado.

Sonriendo, niega y deja que sus ojos se posen en su escritorio.

Alice está de repente detrás de mí, su cámara parpadeando mientras el pequeño Edy se asoma desde debajo de la mesa diciendo—: ¡Boo!

—Edy, sal de debajo de la mesa de tu padre —reprendo.

Alice hace unas cuantas fotos.

—Pero no quiero. Es mi lugar especial para esconderme —dice el pequeño.

—Haremos una tienda de campaña en tu habitación, o en la Sala Roja. No, en la Sala Azul. Te haremos el escondite perfecto allí.

—Pero papá no estará allí. No es divertido sin papá.

Ed se ríe y pongo mis ojos en blanco. —¿Eras así de difícil?

—Seguro que no me dejaron ni acercarme a este escritorio. Déjalo —dice, mirándome, su sonrisa se desvanece.

Mira mi boca, y me doy cuenta de que me estoy mordiendo el labio inferior. Inclina su cabeza hacia mí, mientras pasa su pulgar sobre sus labios para que lo suelte. —Quiero besar esos hermosos labios.

Doy un paso atrás para mirarle. —Me estás besando con tus ojos —susurro.

—Al diablo con eso. Mi boca está celosa. —Se ríe.

Agarra mi cara y me besa. Los clic resuenan en ese instante. Es un beso rápido y seco, una clasificación para mayores de trece años en lugar de un beso erótico, pero Edy sonríe y levanta sus brazos para que lo cojamos. Ed le coge en brazos y le dice a Alice—: Atrápale mientras todavía está quieto. —Y Alice está sonriendo mientras empieza de nuevo a hacer clic.

—Jake, ven aquí, muchacho. —Ed le silba a Jake, y estoy sorprendida de verlo arrastrarse por debajo de la mesa también.

—Oh Dios mío. —Me río ahora, y mientras Jake se sienta frente nosotros, todos nos volvemos hacia el objetivo de la cámara de Alice.

Los labios de Ed se curvan en una sonrisa astuta, el pequeño Edy está sonriendo como su padre, y me sonrojo todavía por este hombre, después de todos estos años.

No, no vivimos en un mundo de cuento de hadas, pero entre todas las cosas malas, están estos momentos, estas personas, estos destellos de lo que somos. Qué amamos. Qué aciertos dentro de las dificultades. Es por ello por lo que nos aferramos a cada recordatorio del bien para volvernos fuertes, para encontrar el camino hacia dónde queremos ir. Donde merecemos estar.

Contentos. Libres. Y amados.

FIN


Y esta es la mirada que todos los gobernantes deberían tener. Fuera de la historia de amor y del país en que te encuentres leyendo, creo que el mensaje de esperanza de lo que nos merecemos como pueblo, es lo más relevante de esta historia.

Espero haberle hecho honor a la novela, porque hubo mucha dedicación en ella. Incluso si llegan a leer alguna traducción no oficial, podrán notar cuanto se trabajó para darle sentido a muchas partes del texto.

La autora es Katy Evans, escritora de romance contemporáneo. Posee 28 libros publicados. Lamentablemente este libro, no se encuentra en español, hasta la fecha.

No dejen de tildar mi perfil, para recibir notificaciones de las próximas publicaciones.

Hasta una próxima lectura.

Saludos de La Querida Hermana.