Ocho:


Seducción


Cuando Hinata se despertó al anochecer, Naruto salía ya del baño, con sólo una toalla alrededor de la cintura que dejaba al descubierto demasiados centímetros de aquel musculoso cuerpo. Contuvo el aliento, contemplándolo con admiración.

Su piel bronceada se veía tersa y sedosa, sin rastro de los disparos que había recibido el día anterior. El torso y la espalda del demonio estaban todavía húmedos por la ducha.

Haciéndose la dormida, Hinata lo vio moverse por la habitación. Había soñado con él, el mismo sueño del día anterior. Tragó saliva, con los ojos pegados al misterioso bulto que había detrás de la toalla y que se balanceó cuando él se agachó para coger su petate.

Naruto se volvió hacia ella de repente y la pilló mirando aquella parte de su anatomía masculina antes de que Hinata pudiera desviar la vista. Le sonrió, y la incipiente barba rubia que le oscurecía la mandíbula brilló a la tenue luz de la habitación. Incluso con cuernitos, era un espécimen demasiado guapo para su propio bien. Y lo peor era que él lo sabía.

Hinata se juró a sí misma que jamás se enteraría de lo atractivo que le parecía.

—Genial, estás despierta. Necesito que me ayudes.

—¿Disculpa?

—Necesito que me saques una bala del cuerpo. No he logrado extraerla.

Ella se sentó y se frotó los ojos.

—¿Y cómo quieres que haga tal cosa?

—Con tus afiladas garras.

Con todas sus fobias, la sangre era una de las pocas cosas a las que no le tenía miedo. Pero para ayudarle tendría que tocarlo. «Ni hablar.» Había pasado demasiado poco desde el beso de aquella mañana.

Luego había tardado horas en poderse dormir, y al final llegó a la conclusión de que, mientras compartieran habitación, tendría que mantenerse lo más alejada de Naruto que le fuera posible.

—Es una de tus tretas para seducirme, ¿no es así?

—Mira, no te lo pediría, pero está en la parte trasera de mi muslo y no llego. —La miró a los ojos antes de añadir-: —Princesa, recibí ese balazo tratando de salvarte la vida.

Hinata se sintió culpable. Naruto estaba herido y necesitaba su ayuda.

—Tienes razón. —Se puso las gafas y se colocó bien el albornoz. —Por supuesto que trataré de ayudarte —añadió en seguida, —pero no te quites la toalla.

—De acuerdo —contestó él, y luego farfulló, —aunque no creo que sirva de nada.

Ella frunció el cejo. Por supuesto que serviría. Así estaría tapado.

Naruto se tumbó en la cama y Hinata se sentó a su lado, tratando de no mirar la amplia espalda del demonio.

Con mano temblorosa, apartó un poco la toalla, rozando con la tela el vello rubio de sus muslos.

—¿Dónde está? —preguntó, sin poder evitar que la voz le saliera más ronca.

—Más arriba.

Tragó saliva y levantó más la toalla. Desvió la vista hacia sus propias manos y vio que las uñas se le estaban afilando.

Una serie de inquietantes pensamientos estaban inundando su mente. Quería lamer cada una de las gotas de agua que había sobre la piel de Naruto, quería recorrerle la columna vertebral con la lengua hasta llegar a la base...

Sacudió la cabeza en un intento de alejar esas imágenes.

—Más arriba —repitió él.

—Sí, sí...

Cuando llegó al lugar donde la bala seguía alojada, soltó una exclamación de sorpresa. Pero no por la herida en sí, sino porque vio el pene de Naruto entre sus piernas. «Date la vuelta. Date la vuelta. ¡Date la vuelta!»

Con la cara sonrojada, por fin lo hizo.

—Ya te he dicho que la toalla no serviría de nada.

Hinata estaba furiosa, tanto con él como consigo misma. Le bastaba con ver las partes íntimas de Naruto para empezar a excitarse y perder los papeles.

—¡Te podrías haber puesto de otro modo!

—Lo habrías visto igual. ¿Qué importancia tiene?

—¡Mucha!

Incapaz de evitarlo, su mirada volvió a desviarse hacia allí. ¿Había crecido? Entreabrió los labios.

—¡Tú... te estás excitando!

El la miró.

—¿Y? —Con lo que pareció un gemido, Naruto se recolocó la erección hasta quedar tumbado encima de ella. —A los machos no les pasan estas cosas. —Como al parecer en esa postura también estaba incómodo, se tumbó sobre la espalda.

¡Ahora era todavía más grande!

—¿Qué vas... a... hacer con...? No puedes ir por ahí con eso entre las piernas. —Hinata se preguntó qué habría hecho con sus anteriores erecciones.

—Me aguantaré hasta que pueda volver a ducharme.

—¿Hasta que puedas volver a ducharte?

Él le sonrió con lascivia.

—¡Oh! —Se sonrojó. Naruto no se avergonzaba en absoluto de decirle que se masturbaba, y que lo haría de nuevo al llegar al siguiente hotel.

¿Lo había hecho mientras ella dormía? «No te lo imagines, Hinata.» —¿Y lo reconoces así, sin más?

—¿Tú no lo haces? —preguntó el demonio.

—No, yo no... —Se detuvo, empezaba a marearse.

Mientras Hinata seguía mirándolo, a Naruto se le aceleró la respiración y su pene creció todavía más bajo la toalla.

—Si sigues mirándome así, la pierna no será lo único que me dolerá. —Sus miradas se encontraron. —Jamás has visto a un macho excitado, ¿no es así? —le preguntó con ternura, como si ella le despertara ese sentimiento.

Hinata no podía, corría el riesgo de perder el control. ¿Por qué le resultaba imposible apartar la vista?. Lo había conseguido durante mucho tiempo...

Con la mano en el extremo de la toalla, Naruto preguntó:—¿Quieres que me la quite?

Ella temblaba de las ganas que tenía de que hiciera precisamente eso.

—¿Por qué iba a querer tal cosa? —Sus impulsos amenazaban con desbordarla.

—Para poder verlo. Debes de sentir curiosidad.

Él le cogió la mano. Al principio, Hinata creyó que iba a colocársela encima de su miembro, y no supo muy bien cómo reaccionar.

Pero no, se la colocó en la punta de la toalla.

—Tira de ella, Hinata, y echa un vistazo. No tienes que hacer nada más.

Un vistazo. ¿Qué podía pasar? La curiosidad ganó la batalla. Tragó saliva y tiró de la toalla con un movimiento seco.

—Eso es —la animó él con voz ronca, hipnótica.

Al dejarla al descubierto, la erección vibró, como si Naruto se hubiese excitado más al saber que ella lo estaba mirando. Hinata se quedó contemplándolo hechizada.

—Mira tanto como quieras. —Levantó una rodilla para que tuviera mejor perspectiva. — ¿Quieres tocarlo?

¡Quería! Tenía muchas ganas. Sentía un cosquilleo en los dedos de las ansias que tenía de descubrir todo el cuerpo de Naruto. ¿Cómo sería acariciar aquella piel tan suave? Antes se había imaginado deslizándose sobre aquella erección, pero no sabía cómo era exactamente.

Ahora lo sabía.

«Me pregunto qué sabor tendrá.» Se sonrojó sólo de pensarlo.

Cuando el pene volvió a vibrar, una gota de semen humedeció la punta del mismo. El demonio gimió desde lo más profundo de su garganta, como si nunca hubiera sentido nada igual.

Fascinante...

Hinata se imaginó atrapando aquella gota y humedeciendo con ella el miembro de Naruto para ver si eso también le gustaba. «Sólo me separan unos centímetros... pronto podría descubrirlo...» Por el rabillo del ojo, vio que el demonio acercaba la mano hacia ella.

De repente lo comprendió todo.

Le había tendido una trampa: había utilizado su erección como señuelo para atraer a la virgen confiada.

Apartó los dedos como si se hubiera quemado y dejó de mirar su pene para contemplar sus ojos. Los tenía totalmente rojos y brillantes, y los cuernos erguidos, y más oscuros de lo normal. Y también le habían crecido los colmillos. Oh, sí, todo había sido para satisfacer su «curiosidad». ¿Cómo había podido ser tan ingenua?.

Aquel demonio estaba derribando sistemáticamente todas sus barreras. Naruto simbolizaba el lado oscuro, la atraía hacia él, quería engullirla. Todo conspiraba contra sus esfuerzos por resistir.

«Quiere apartarme de todo lo que conozco, de todo lo que quiero ser...»

Ahora comprendía lo que le había dicho antes. Hinata le había permitido ir más allá de lo que él creía que le permitiría, y lo peor era que estaba convencido de que la próxima vez conseguiría incluso más.

Y seguramente fuera cierto. Por eso Hinata estaba asustada. Si no se sintiera tan atraída por él estaría a salvo. Nunca tendría que entrar en las sombras con Naruto.

«Razonamiento lógico: si no hay demonio no hay tentación. Si no hay demonio no cruzaré al lado oscuro.»

¿Naruto quería seducirla?

—Naruto, creo que los servicios que solicitas no están incluidos. —Se puso en pie y se dirigió al baño. De espaldas, añadió: —Suerte con la bala.

Cuando Hinata salió del cuarto de baño vestida y lista para reanudar el viaje, Naruto aún seguía peleándose con su erección, que había tenido que meter en los vaqueros.

Probablemente había sido mejor que ella no lo hubiera tocado, porque, llegados a ese punto, el más ligero roce habría bastado para incendiarlo como a un cohete. Había estado tan cerca del orgasmo que incluso había derramado una gota de semen, cosa que nunca antes le había sucedido. Había podido intuir lo maravilloso que podía ser llegar hasta el final.

Ni siquiera tener que hurgar en la herida él mismo en busca de la bala había conseguido disminuir su excitación. Los de su especie necesitaban liberar la tensión sexual varias veces al día, de lo contrario corrían el riesgo de tener un ataque de ira y ponerse demoníacos. Por el bien de Hinata, tendría que recuperar el control cuanto antes.

La vio aparecer con las mejillas sonrosadas y vestida con su uniforme de maestra... La recorrió con la mirada y, como siempre, le pareció de lo más sexy.

Los zapatos que llevaba no tenían demasiado tacón, pero la tira que le rodeaba el tobillo le pareció de lo más sensual. Mirarle el collar de perlas le causó incluso dolor, porque cada vez que ella se lo pasaba por los labios, lo asaltaba una de sus fantasías favoritas; esa en la que Hinata le hacía el amor sentada a horcajadas encima de él, y el collar se balanceaba contra su cuerpo desnudo.

Y aquella falda... Anteriormente, durante todo el tiempo que la había estado espiando, nunca había podido entender que llevara unos jerséis tan conservadores y luego se pusiera unas faldas tan provocativas. Sí, le llegaban hasta por debajo de la rodilla, pero eran muy estrechas y se le pegaban a las nalgas.

Ahora por fin lo había entendido: Hinata no tenía ni idea de cómo aquellas telas tan caras se amoldaban a sus generosas curvas.

Naruto sabía que las hembras solían decir «Esta falda me hace el culo gordo». Pero si tomaba a Hinata como ejemplo, tenía que llegar a la conclusión de que en realidad no tenían ni idea de cuál era el aspecto de sus traseros.

«Bueno. Supongo que es cuestión de épocas.»

—¿Estás lista? —le preguntó.

Ella asintió como si no hubiera pasado nada de extraordinario entre los dos, como si él no tuviera las pelotas tan apretadas que temía que nunca más volvieran a su tamaño normal. Si Hinata quería comportarse como si nunca se hubiera lamido el labio inferior mientras los ojos se le ponían plateados al mirar su erección, él también podía hacerlo.

«Allá vamos. Los dos fingiremos que no ha pasado nada.»

Después de que Naruto llevara las maletas al coche y las metiera en el maletero, se apresuró a abrirle la puerta. «Un punto para el demonio.» Pero cuando se disponía ayudarla a entrar, ella dio un paso hacia atrás.

—Ah, no, no —dijo, mirando el salpicadero de la parte del conductor, lleno de envoltorios de pastelitos y de latas de Red Bull. —No podemos empezar el viaje así.

—No pasa nada, Hinata. Lo tiraré a la basura de la próxima gasolinera.

Pero ella ya lo estaba haciendo. Dejando el paquete de toallitas antibacterianas a un lado, se agachó delante de Naruto para limpiar el salpicadero. Y él tuvo que separar las piernas para mantener el equilibrio y no caer desplomado allí mismo. Aquella falda era tan estrecha que podía ver a la perfección la forma del tanga que llevaba.

«Nota mental: dejar cada día basura en el coche.»

Antes, cuando ella había ido a ducharse, a Naruto sólo le dio tiempo de hacer una de las dos cosas que tenía pendientes: o bien practicar el contorsionismo y sacarse la bala él solo, o bien solucionar el problema de la erección. Mirando cómo aquella falda se pegaba al trasero en forma de corazón de Hinata, supo que había hecho mal al decantarse por la bala.

Se mordió el labio para no gemir y empezó a caminar de un lado a otro.

Un hombre pasó por allí y repasó a Hinata con la mirada. El muy bastardo frunció el ceño con cara de deseo. Naruto le enseñó los dientes. «No mates al mortal.» El hombre se dio cuenta de que lo estaba mirando y tuvo el acierto de irse de allí volando.

Después de tirar toda la porquería a la basura del hotel, Hinata utilizó una toallita para aniquilar a todos los inocentes microorganismos que encontrara a su paso.

—¿Podemos irnos ya, princesa? —Tenía la voz tan ronca que ella lo miró preocupada.

—¿Qué te pasa en la voz? ¿Te encuentras mal?

El oyó que le estaba diciendo algo, pero toda su atención estaba centrada en otra parte. El aire de la noche era algo frío, y los pezones de Hinata se marcaban bajo el jersey beige que llevaba puesto.

—Los inmortales no nos ponemos enfermos —respondió sin atinar demasiado.

La joven vio lo que estaba mirando y apretó los labios.

—¿Es necesario que seas tan descarado?

«Sí.»

—¿Sujetador nuevo?

Hinata echó mano de la poca paciencia que le quedaba y respondió resignada:—Sí, Naruto, sujetador nuevo. Cuando por fin se pusieron en marcha, ella volvió a hablar:—Cuéntame algo del punto de encuentro. ¿Quién es esa tal Fûka? ¿La conoces?

—Personalmente, no. Al parecer, es la hija de un hechicero y una demonio, y se supone que posee la fuerza de ambos. Dicen que es una belleza —añadió, ansioso por ver la reacción de Hinata, pero no pudo detectar nada. —Es la propietaria de una taberna en el río Suna llamada el Sandbar; sólo la frecuentan miembros de la Tradición.

—Genial. —¿Había sonado demasiado cortante?

Naruto no tendría más remedio que llevarse a Hinata con él al bar. Lo que pudiera pasarle estando sola en el hotel podía ser mucho peor que lo que pudiera sucederle en el local. Además, aquel sitio solía estar abarrotado de firmes seguidores de Momoshiki.

Seguro que no harían nada que pusiera en peligro lo que el hechicero tanto ansiaba...

—¿Y en el Sandbar nos darán información sobre el siguiente punto de encuentro? —Tras ver que Naruto asentía, continuó: —¿Tienes idea de dónde puede estar Momoshiki?

— Algunos dicen que vive en el norte.

—¿A qué se dedica? Tengo la sensación de que dar con él es muy difícil.

—Es herrero además de hechicero. Dicen que puede dominar el metal a voluntad.

—¿Por qué cuesta tanto verlo?

«Cíñete a la verdad.»

—Toneri, mi enemigo, quiere verlo muerto. Así que Momoshiki se pasa la vida escondiéndose.

—Porque puede forjar la única espada capaz de matar a Toneri.

—Exactamente.

—Entonces, si él y Toneri son enemigos, supongo que Momoshiki es de los buenos.

«No concretes nada.»

—Bueno o malo, no olvides nunca que todos los hechiceros son peligrosos.

—¿Qué hará Momoshiki para retroceder el proceso de transformación? ¿Me hechizará?

—No lo sé. Supongo.

—Lo importante es que lleguemos a tiempo. ¿Por qué no tomamos un avión hasta Amegakure?

—Mito me hizo jurarle que no cogeríamos ningún avión en todo el trayecto. Supongo que vio algo que no le gustó.

—¿Siempre crees todas sus predicciones?

—Nunca se equivoca... Nunca —reiteró. —Pero uno nunca sabes si está diciendo la verdad.

—Pareces conocerla bastante bien. ¿Ha habido algo... entre vosotros dos?

—Queee, por Dios podría ser mi madre. Jamás. Además por si no te has dado cuenta, Mito está loca. —Se señaló la frente con un dedo y lo hizo girar.

—Pero es muy guapa.

—Nunca he visto a una valquiria que no lo fuera. —Se quedó mirándola a los ojos hasta conseguir que se sonrojara y apartara la vista. —Hablando de Mito, ¿qué has hecho con su carta?

—La memoricé y la destruí cuando te fuiste a por comida.

—¿Sabías que iba a curiosear entre tus cosas?

—Por lo que sé de ti, era bastante probable.

Durante las tres horas siguientes, viajaron en silencio. Hinata se puso a trabajar en su portátil, concentrada en sus cosas, y Naruto trató de no mirarla más de un par de veces por minuto.

Ella llevaba las gafas, se había puesto el lápiz puntero del ordenador detrás de la oreja, y acariciaba el collar de perlas con los dedos.

«No lo hagas... no lo hagas...»

Pero lo hizo. Cogió el collar y se lo pasó por los labios.

¡Malditas fueran ella y sus deliciosas manías! Y la muy boba no tenía ni idea de a todos los que dejaba excitados por el camino.

Allí estaba él, encerrado en un coche con su compañera, sabiendo que ella necesitaba que le diera placer, con una voz interior diciéndole que se dejara de tonterías y que lo hiciera, y, a pesar de todo, incapaz de hacer nada.

Estaba a punto de estallar.

Justo en ese instante, Hinata juntó las cejas y golpeó las teclas a toda velocidad. Se detuvo, se mordió el labio inferior y apretó enter, al ver la pantalla, se le iluminó la cara. Naruto se preguntaba qué pruebas, qué teoremas o ecuaciones descartaba y cuáles elegía. ¿Qué pasaba dentro de aquel cerebro tan increíble?

Pero a lo largo de las últimas horas, las matemáticas no habían sido lo único que había pasado por la mente de Hinata. El sabía perfectamente que de vez en cuando ella se había acordado de lo que había sucedido antes de subirse al coche. Cuando eso sucedía, se sonrojaba y se pasaba el collar por los labios, pero a más velocidad.

¿Le había gustado lo que le había enseñado? Naruto se sentía orgulloso de que ella lo hubiera visto tan excitado, le gustaba que supiera que le bastaba con que lo mirara para sentirse de aquel modo, y quería que eso la tentara a tocarlo. Y había estado a punto de hacerlo.

Sabía que lo que había pasado en el hotel no había sido uno de sus mejores momentos, pero cuando la vio hablando con el cretino de Kiba, los celos estuvieron a punto de volverlo loco.

Trató de recordar la última vez que sintió tanta envidia de un macho. Seguramente cuando el licántropo, Shikamaru Nara, encontró a su alma gemela. Eternos rivales, tanto Shikamaru como Naruto se habían pasado siglos sin encontrar a sus respectivas hembras. Pero, de repente, el licántropo se tropezó con una diminuta y alocada bruja.

Ahora sabía que su compañera era una brillante y preciosa valquiria, tan segura de sí misma que lo dejaba sin habla. Pero no podía quedársela para siempre. Volvió a escuchar el rápido teclear y vio que ella volvía a mirar la pantalla.

—¿Te ha dicho alguien alguna vez que estás increíblemente sexy cuando te pones en plan matemática?

Hinata suspiró, cerró el portátil y se quitó las gafas.

—¿Es que sólo piensas en el sexo?

—Cuando lo echo tanto de menos sí. Los de mi especie necesitamos practicarlo tres o cuatro veces al día. Y después de lo que ha sucedido entre tú y yo hace un rato... Tú también tienes que estar algo inquieta, ¿no?

—En absoluto.

—Reconócelo. Ha estado muy bien. —Aunque ni siquiera se habían tocado, Naruto no podía recordar la última vez que había experimentado algo tan excitante.

—Eso ya no importa. Soy perfectamente capaz de controlar mis bajos instintos.

—Antes has dicho que no solías solucionar esos asuntos por ti misma. Y, por cierto, sé que eso es mentira.

—¡No lo es!

—Tiene que serlo —insistió él. —Si no, la lujuria iría acumulándose dentro de ti.

—Vas a seguir con este tema hasta conseguir que te responda, ¿no es así?

—Veo que empiezas a conocerme.

—Me niego —dijo ella, negando con la cabeza. —No pienso hablar de eso.

—Entonces hablemos de otra cosa. Ya va siendo hora de que te tomes un descanso, y yo tengo que distraerme, para ver si así no me duele tanto el muslo. Una valquiria que conozco se ha negado a ayudarme.

—Te lo tienes merecido.

—Probablemente —reconoció Naruto.

—Está bien. ¿Qué haces en tu día a día como mercenario?

—Mi especialidad es arrebatar tronos. Me llaman «el Hacedor de Reyes». —¿Desde cuándo era tan fanfarrón?

—Entonces eres un insurreccionista.

—Das por hecho que se los arrebato a sus legítimos poseedores.

Ella asintió dándole la razón.

—Lo que hago principalmente es combatir en guerras. La Tradición es un lugar muy violento, es bueno para el negocio —dijo. De repente chasqueó los dedos. —Oh, espera, me olvidaba. Tú eres una... pacifista.

—No es un ningún insulto.

—Lo es cuando estás metido en la industria de la guerra.

Ella enarcó una ceja y, sintiendo una enorme curiosidad respecto a la profesión del demonio, preguntó: —¿Cómo te convertiste en mercenario?

—Me alisté para luchar contra Toneri.

A los diecinueve años, Naruto fue sometido a un duro y brutal entrenamiento por los soldados de Menma, que lo odiaban profundamente. Durante meses estuvo recibiendo a base de bien, hasta que por fin decidió que tenía que ser más rápido, más fuerte y mejor soldado que cualquier otro demonio del ejército.

Al final terminó por conseguirlo, y los demás se dieron cuenta de ello.

—Durante los escasos períodos de tranquilidad entre batallas —dijo, —empecé a recibir ofertas de trabajo. —Como Toneri era cada vez más poderoso y erradicaba cualquier revuelta antes incluso de que empezara, dichos períodos de tranquilidad fueron en aumento. —Tuve un par de éxitos sonados y la cosa se disparó. Ahora tengo a cuarenta y cinco hombres a mi mando.

—¿Todos son demonios?

—Casi todos —contestó.

—¿Discriminas a los no-demonios? —preguntó ella.

—No, no discriminamos a nadie. Lo único que se requiere del candidato es que sea sanguinario, que haya matado antes y que esté dispuesto a volver a hacerlo.

—¿Y a cuántas mujeres tienes contratadas? —preguntó divertida.

—Vaya, he caído en la trampa —replicó él, pero Hinata se limitó a levantar una ceja y a esperar respuesta. —Ninguna mujer ha solicitado entrar en mi equipo. Casi nunca. Unas pocas. Eh, si tú sigues siendo valquiria te contrato. La doctora mercenaria.

—Eso sería como lanzar el título al retrete.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó, poniéndose serio.

—Tengo la sensación de que para tu profesión se requiere más músculo que cerebro.

—Así que, según tú, cuanto mayores sean tus bíceps mejor estratega serás y mejores serán tus tácticas para la batalla, ¿no? ¿Es eso lo que piensas?

Ella se quedó mirándolo.

—Veo que te pones a la defensiva.

—¿Qué? Yo no me pongo a la defensiva —respondió Naruto algo incómodo. —Volvamos a lo de Mito. Le dijiste que estabas a punto de terminar tu código y doctorarte. ¿De qué código estabas hablando?

—Es complicado.

¿Hinata creía que él no podría entenderlo? Eso sí que lo puso a la defensiva.

—Este enorme y estúpido demonio ha conseguido entender un par de cosas a lo largo de sus mil años de vida.

Ella lo miró de nuevo, como si con esa frase hubiera demostrado su teoría.

—¿De verdad quieres saber en qué consiste mi proyecto de final de carrera? —Cuando él asintió, continuó: —Lo llamo el código espino y lo he diseñado para que pueda ser utilizado para proteger información en el sector privado y en los ordenadores personales. El ochenta y cinco por ciento de las compañías reconocen que han perdido información a manos de hackers o de accesos no autorizados.

—¿Estás diciendo que todas esas compañías utilizan códigos de algún tipo?

—Todo el mundo utiliza códigos. O al menos todos los ordenadores. Cuando tú recibes un email, éste está encriptado hasta que el programa del correo electrónico de tu ordenador lo desencripta. Cualquier transacción bancaria que se realiza por Internet, o incluso las multas que se pagan en línea, llevan dentro muchísima información encriptada.

Hinata se volvió un poco, girando todo el cuerpo hacia Naruto para poder mirarlo directamente, demostrando con ello lo mucho que la apasionaba el tema. Cosa que desconcertó muchísimo al demonio.

Si a ella le gustaba tanto todo ese rollo, entonces seguro que querría compartir su vida con un hombre que pudiera entenderlo. Y lo puso furioso pensar que su Hinata y aquel imbécil de novio que tenía hablaban un idioma que él apenas podía entender.

«Repítetelo una vez más... ¡nunca has tenido la más mínima posibilidad de quedarte con ella!»

—Naruto, ¿me estás escuchando?

—¿Qué? Oh, sí, estaba pensando en que... cada vez que tecleo una dirección en Internet el «http» se convierte en «https» cuando se inicia la transacción.

—¡Exacto!

«Salvado.»

—Las «https» ofrecen un nivel adicional de encriptación. —Lo miró con renovado interés. Había dado en el clavo.

—Pero todos los códigos de encriptación son quebrantables —prosiguió ella. —Todos y cada uno de ellos pueden romperse a base de fuerza bruta informática.

—¿Qué es eso?

—Imagínate millones de ordenadores trabajando las veinticuatro horas para descifrar un código. Eso es la fuerza bruta informática. Así que de lo que se trata es de hacer un código tan retorcido y complejo que nadie tenga la suficiente fuerza bruta como para descifrarlo. Pero en teoría dicho código seguiría siendo susceptible a los ataques de los hackers.

—¿Y qué se supone que hace tu código? ¿Por qué lo llamas el código espino?

—Quiero que sea capaz de protegerse a sí mismo cueste lo que cueste.

—¿Y cómo es eso posible? —preguntó Naruto.

—Cuando detecta que va a ser desencriptado se cierra en banda y lanza un ataque cibernético a su atacante.

Él se rió.

—Típico de una valquiria; crear un programa informático sanguinario.

A Hinata se le pusieron los ojos plateados. —Esto va en serio.

Él ya sabía que estaba totalmente entregada a su trabajo, pero nunca la había visto tan apasionada acerca de nada.

—La fuerza bruta informática no podrá desencriptar mi código si éste lanza un ataque simultáneo a todos los ordenadores. Imagínate las aplicaciones que puede tener en otros sectores. —¿Como cuáles?

—En los antivirus, por ejemplo. Ya no se limitarían a proteger tu ordenador de cualquier virus, sino que podrían rastrear el virus hasta su origen y luego mandar una versión mutante al disco duro de su creador y destruirlo. Incluso las aplicaciones de e-mail se verían afectadas. Cuando recibieras spam, tu ordenador reenviaría miles de mensajes de contraataque al correo de la persona que te lo hubiera mandado, aniquilando su sistema.

—Creo que tienes algo muy importante entre manos. Suena como si pudieras eliminar todos los virus y spams en cuestión de segundos.

—¡Así es! La gente que se esconde detrás de esas cosas nos está robando preciosos minutos de nuestras vidas obligándonos a defendernos de sus ataques. Eso no está bien.

—Y entonces, ¿dónde está el fallo?

Ella desvió la vista antes de responder.

—Mi código... lo ataca todo. Incluso los sistemas amigos.

—El guerrero se convierte en sanguinario.

—Sí —suspiró, —así es.

—Y tienes que encontrar la manera de que tu código sea capaz de distinguir los sistemas amigos de los enemigos.

—Imagínate lo que pasaría si le mandaras a un compañero de contabilidad un correo con un virus un millón de veces —continuó resignada. —Los resultados serían catastróficos.

—¿En qué estás trabajando ahora?

—Estoy tratando de comunicarme con mi código igual que lo haría un sistema amigo, para ver si descubro qué es lo que lo hace saltar.

—Hasta que te conocí, estaba convencido de que los códigos eran sólo un montón de símbolos o acertijos.

—La criptología solía estar reservada a los lingüistas, pero ahora es el reino de los internautas —dijo orgullosa, como si se considerara uno de ellos. —Vamos a dominar el mundo, ¿lo sabías?

Lo que Hinata no entendía era que cuando decía cosas como aquélla no parecía una internauta...

sino una valquiria.

.

.

Continuará...