Conocía las habilidades de todos allí. Salvo el factor sorpresa, ninguno pudiera tener una mínima ventaja sobre él y eso había quedado más que claro varios enfrentamientos atrás. Sin Dazai para detenerlo lo más lógico fue llamar a la policía. Atsushi insistió en ir con Dazai al hospital pero Kunikida decidió que él tenía más cabeza fría para manejar el papeleo que aquello requería. No se atrevió a oponerse, por más que odiara estar allí, en los asientos traseros de la patrulla, vigilando casi sin pestañear a Chuuya, quien parecía muchas cosas menos lo que se suponía era en ese momento.

— Jefe ¿Me permite fumar?

— Esto no es un bar.

— ¿Por favor?

El oficial miró por el retrovisor, sintiendo una cruda burla al tener a uno de los líderes de la Port Mafia así de dócil. Hizo un gesto desinteresado con la mano y Chuuya se las ingenió para buscar en sus bolsillos la cajetilla y el encendedor, colocando el cigarro y dejando que el humo llenara el pequeño espacio. Atsushi comenzó a toser, bajando la ventanilla y Chuuya lo miró de reojo.

— Lo siento, normalmente no fumo en espacios cerrados si no estoy solo.

Atsushi le gruñó en una amenaza que comprendió. Jaló un poco más, buscando algún sitio para tirar las cenizas.

— Toma.

Chuuya agradeció por el vaso de plástico que el otro oficial le extendió, sin querer prestar atención a los murmullos y las risas de ambos, mirándolo por el retrovisor. Sí, era uno de los mafiosos más buscados, uno de los dos integrantes del legendario "Doble Negro" que acababa de cumplir su palabra de vengarse de su compañero por desertor. Era todo eso y más, pero ahora parecía sólo un niño a punto de ponerse a llorar, con la cabeza agachada.

— No tengo intención de escapar, si quieres en cuanto lleguemos a la Estación puedes irte, debes estar muy ansioso por él. Aunque teniendo una doctora tan buena como Yosano no deberías estar preocupado.

— No intentes ser amable.

— Lo siento, tienes razón.

Suspiró, recargándose en el asiento, sintiendo las esposas rozar sus muñecas hasta picarle, pero viendo la fila de tráfico delante de ellos, supo que era mejor que lo soportara. Quizá debía ir pensando en llamar al abogado de la Mafia, pero en cuanto lo hiciera Akutagawa escucharía e iría sin dudas a armar un alboroto y era lo último que quería. Mordió el filtro del cigarro, encorvándose, la cara entre las manos.

— ¿Cómo pude ser tan idiota?— El cigarro terminó y enseguida vino otro, viendo el semáforo en rojo—. En verdad no voy a huir ni tengo intención de causar problemas, si quieres irte.

— Necesito dar la declaración o te soltarán.

— Eres muy prudente.

— Chuuya...¿Por qué lo hiciste? No te conozco mucho, pero sé que no serías alguien que actúa sin un motivo y sobre todo con algo que involucra a Dazai. Quizá no le guardes mucho cariño pero sé el peso que su nombre todavía tiene para la Mafia y dudo que te arriesgaras a matarlo sin una orden. Y Mori hace mucho que dejó de estar tras él ¿No es cierto?

— Es una verdad a medias. El Jefe no dejará pasar ninguna oportunidad donde pueda recuperar a uno de sus mejores elementos, pero sí. No tengo ninguna orden o motivo. Puedes decir que esto fue algo enteramente personal.

— Quizá no sea tan bueno interpretando las cosas pero no puedo pasar por alto la manera en la que te refieres a él, o cómo recurres a él cuando sientes que tu vida está en peligro. La ocasión que fuiste a pedir nuestra ayuda...Es difícil explicarlo, pero no lo mirabas como si lo odiaras.

— No lo odio. Pero siento que cualquier palabra que diga más allá de esto no me hará lucir menos culpable. Y puede que no me creas pero no considero justo causarte un daño que no mereces, Atsushi.

— Siento que no debería creer en ti.

— Haces bien. No soy una buena persona.

— Akutagawa siempre decía lo contrario. Me contaba lo amable que eras con los ancianos o con los niños y con él. Puede que sólo lo haya dicho porque están saliendo pero lo culpo por la visión tan poco neutra que tengo de ti. Siento que no puedo odiarte.

— Empezamos a salir mucho después de que tú lo rechazaras. No creo que estuviera enamorado de mí desde entonces.

— ¿Estás aceptando entonces que eres una buena persona? ¿No daña eso tu imagen de mafioso sin alma?

— No lo sé.

Suspiró, derrotado, el cigarro apagándose en el vaso dejando salir un humo nauseabundo por el tabaco y el plástico quemado. Todo dejó de tener sentido años atrás, dejó de importar cuando la moneda que decía su fortuna se quedó suspendida en el aire y fue tomada por Dazai, ocultada entre sus manos tras su espalda para que no supiera qué suerte le había sido dada. No tenía derecho a sentirse como una víctima, por supuesto. Todas las acusaciones que lanzó Dazai fueron ciertas, así como también era cierto que escudarse en el despecho no era suficiente exculpación. Pero ¿Él realmente quería ser perdonado? Si Dazai lo odiaba, al menos sabía que no podría dejar de pensar en él. El semáforo seguía en rojo y el tráfico se había convertido en un embotellamiento que amenazaba con quitarles cuando menos una hora. Si cerraba sus miedos, sus culpas, vería con la claridad necesaria que Dazai no había previsto hasta ese punto. Si quería una segunda oportunidad, si realmente quería una vida lejos de todos sus errores, debía empezar a confesarlos. Deslizó su cara hasta el regazo de Atsushi, escuchando su jadeo sorprendido pero incapaz de apartarlo. Si quería que ese hilo se rompiera, debía dejar de jalar de él con la fuerza de su vida. Cerró los ojos, restregando su mejilla en el muslo de Atsushi, sintiendo una mano temblorosa en su cabello. Akutagawa tenía razón. Algo había en Chuuya que resulta imposible de odiar o ignorar. Además, algo en su sangre, en sus instintos más dormidos le decía que no debía creer todo lo que sus ojos veían.

— No puedes tomar esto como una declaración pero ya que estaremos mucho tiempo aquí ¿Qué te parece si te cuento un par de cosas?