Miedo
Huir había sido una decisión de último momento, ella pensó que iba a morir tras su actuar tan desesperado y arriesgado. Sabiendo que podría fracasar terriblemente si actuaba sola, de manera discreta y tratando de ocultar la mayor parte de su plan, pidió a Leandros y Zale protegerse los unos a los otros y a cualquier inocente que estuviera involucrado en caso de librarse alguna batalla. Además, suplicó encarecidamente la protección de su amigo Magnus, por quien sentía un gran aprecio, pero consideraba que era demasiado débil aún.
Ahora conocía el rostro del señor de la guerra, el mismo hombre que se encargó de forjarla como un guerrero implacable era quien hería gravemente a aquel ser que se había convertido de manera involuntaria en su compañero inseparable. Ni siquiera sus premoniciones fueron lo suficientemente acertadas como para prevenirle el gran dolor que sentiría con esa cadena de sucesos desafortunados. Fue en ese instante en el que ella comprendió que no podía confiar eternamente en el supuesto futuro que sus ojos veían, pues este podía cambiar de manera abrupta en menos de lo que se imaginaba.
Las cosas no estaban saliendo de acuerdo a lo planeado, todo se había ido de su control. Al empuñar aquella espada por la cual su familia fue asesinada brutalmente, sintió como esa sed de venganza que reprimió durante todo ese tiempo se liberaba. Pensó que iba a morir al sentir su piel arder producto de las invisibles llamas de la misteriosa criatura que se apoderaba de su cuerpo. ¿Apofis tendría piedad de ella y la dejaría morir? Al parecer las deidades de esas tierras no eran tan bondadosas como su adorada Athena.
De manera involuntaria, se había convertido en el recipiente para dicha entidad. Sabía muy bien que ella no era ninguna encarnación de alguna diosa o algo parecido, su cuerpo no resistiría, no podría contener todo ese poder por mucho tiempo. Temiendo convertirse en una amenaza más grande que Ares, dio una breve y amarga despedida al chico que hasta entonces había sido su mejor amigo en el santuario. No quería irse sin asegurarse que su vida no corriera peligro. Con dificultad y tristeza, escribió en un pequeño trozo de papel viejo algunas cosas que serían su adiós definitivo.
Después de todos esos eventos, deambuló por muchos lugares para evitar ser encontrada. Había abandonado su preciada armadura de bronce y ahora era una desertora. El castigo para los desertores era la muerte, así que no podía dejar que la encontraran. ¿A dónde podría ir? Volver a casa era la única opción que le quedaba, no al enorme castillo en el que se hizo pasar por un príncipe, debía volver al lugar en el que nació.
No lo pensó demasiado, sabía que no contaba con el tiempo suficiente; al menos allí tendría a personas capaces de ayudarla a mitigar o al menos a contener el dolor tanto físico como emocional que estaba sintiendo.
Sintió su cuerpo temblar al pisar nuevamente el mismo suelo por el que corría libremente cuando niña, mismo suelo que vio teñido de la sangre de los suyos antes de partir en busca de su padre biológico hasta Egipto. Dos guerreros enmascarados y portando ropajes negro metálico interceptaron su paso. Antes de que pudiera siquiera pensar en atacarlos, ellos se despojaron de sus máscaras y se mostraron ante ella: eran sus viejos amigos de la infancia. Yixing y Zhang la abrazaron fuertemente y llenos de emoción. Fue llevada inmediatamente al templo en el cual vivían y entrenaban los Taonia.
Grande fue su sorpresa al ver que un gran número de ellos entrenaba arduamente, mientras los guerreros de rango más alto brindaban las lecciones; entre ellos estaba Cheng, su líder. Él abandonó inmediatamente sus labores para tender a la invitada que durante un tiempo estuvo esperando. No se imaginaba que la encontraría en un estado tan lamentable, pero se alegraba de tenerla con vida, tanto que le brindó un fuerte abrazo al verla nuevamente.
-Hiciste cosas muy locas e imprudentes ¿No te enseñaron a ser más consciente de tus actos?-Preguntó él mientras la abrazaba.
Ella esbozó una leve sonrisa y respondió: -El último maestro que tuve me enseñó a hacer lo que fuera necesario para salvar a los demás, incluso si eso me lastimaba a mí o manchaba mi honor.-
Antes de que la conversación pudiera fluir adecuadamente, la pobre chica perdió el conocimiento y tuvo que ser llevada al interior del templo. Algunos de los acólitos se encargaron de brindarle los cuidados básicos necesarios para evitar que su cuerpo se deteriorara con mayor velocidad. Todo su brazo derecho tenía serias quemaduras, así como parte de sus hombros y cuello. Estas partes fueron cuidadosamente tratadas y vendadas a la brevedad. Cheng la visitaba frecuentemente, con la esperanza de que pudiera despertar, sabía que no lo haría en varios días, pues ya había pasado mucho tiempo como una fugitiva y su integridad física se vio seriamente deteriorada.
Durmió durante tres días. Al cuarto día, Cheng se encontraba acomodando algunas cosas en su habitación cuando fue llamado abruptamente con la gran noticia: ella había despertado. Se apresuró a llegar a su encuentro, no se había recuperado por completo, pero sin duda alguna lucía mejor que la última vez que la vio despierta. Su cabello había crecido desde ese día en el que se despidieron, pero ella prefería mantenerlo atado en un tradicional moño que le hacía recordar su juventud, los viejos tiempos en los que su padre le obligaba a llevar ese peinado mientras entrenaba.
-Supongo que esta era la razón por la cual me pediste que eligiera mi destino ese día.-Mencionó ella, siendo la primera en hablar. -De haber sabido lo que me esperaba... habría elegido mil veces volver aquí en lugar de quedarme en el santuario protegiendo a un montón de desconocidos.-Agregó.
Cheng se acercó, tomando asiento a lado suyo para poder conversar. -Elegimos nuestro camino con los ojos cerrados, nadie sabe lo que le espera.-
-Se supone que yo sí sé lo que me espera a mí... lo que le espera a todos.-Dijo ella.
-Yo no lo veo de esa manera. No creo que tus visiones del futuro sean definitivas.-Comentó Cheng.
Cuando estaba por refutar dicha afirmación, ella vio como él ofrecía su mano, ya era momento de ponerse en pie. Pudo hacerlo con algo de dificultad, era un pequeño logro luego de sus enormes fracasos. Caminaron cuidadosamente por un bello y escondido sendero tras el templo, hasta que encontraron un bello arrollo que en un punto tenía una bifurcación. Cheng cortó una flor de un árbol de magnolia y la sostuvo alto, amenazando con lanzarla al afluente.
-¿Cuál camino crees que tomará la magnolia? ¿Izquierda o derecha?-Preguntó.
Ella se mostró confundida al principio, pero con mucha seguridad afirmó que la pequeña flor se desviaría hacia la derecha. Cheng soltó el objeto y este comenzó a ser arrastrado por la corriente. En un inicio, parecía que su predicción se haría realidad, la flor se escabullía entre las rocas y comenzaba a desviarse hacia la derecha. Sin embargo, la magnolia no se dirigió ni a la derecha ni a la izquierda, quedó atorada en la roca que provocaba la división del arrollo.
-¿Ahora lo comprendes? Tú puedes ver los posibles caminos, pero no los posibles obstáculos. Tus visiones se limitan a los resultados, a los caminos existentes. Pero... en la vida existe mucho más. Viste la izquierda y la derecha, mas no pudiste prevenir los obstáculos que ella tenía que sortear. ¿Cuál fue el resultado?-
-Me equivoqué horriblemente porque pensé que mis visiones eran certeras y absolutas.-Respondió ella.
-¿Qué harás ahora?-Preguntó Cheng, sonando un tanto más serio.
La joven guerrera se mantuvo en silencio por un momento antes de responder: -Quiero que me sigas entrenando, quiero forjar mi destino y ver más allá de lo que estos ojos me permiten.-Afirmó.
-Mi nombre es Xiao Cheng, actual líder de los Taonia y deseo saber el nombre de quien se convertirá en mi aprendiz.-Pidió él.
Su nombre... hacía mucho tiempo que no pronunciaba su propio nombre. Izanagi había sido su identidad durante cierta parte de su vida, pero no era el nombre por el cual deseaba ser recordada. Quería ser llamada por quien era realmente, no por el recuerdo de alguien más. Los recuerdos abrumadores intentaban impedir que las palabras fluyeran, pero su deseo por un futuro mejor era más grande.
-Mi nombre es Song Jingfei.-Dijo, con su voz temblorosa.
Al día siguiente, su nueva vida dio inicio. Su entrenamiento físico tuvo que empezar desde cero debido al estado de su cuerpo, por su complexión pequeña y delgada, algunas cosas se le dificultaban. No tenía tanta fuerza como sus compañeros y eso la frustraba. Por mucho tiempo luchó para poder igualarse a los demás jóvenes, es por ello que alcanzó un nivel muy alto en el santuario a pesar de portar una armadura de bronce. Llegó a confiar mucho en su fuerza bruta, pero toda esa confianza se vio perdida durante su última batalla.
El tiempo pasó rápidamente y cuando menos lo esperaba, habían pasado exactamente tres años desde aquel suceso trágico que marcó su vida y la de aquellos que había dejado atrás. Su progreso no era tanto como todos esperaban, cuestión que la hacía sentir frustrada y triste. Al parecer, ser Izanagi había sido más sencillo que ser Song Jingfei.
Izanagi era el nombre que su difunta madre le pidió llevar para apelar a la misericordia de su padre biológico. Prácticamente era un personaje que había creado. Al ver atrás... ella había sido un personaje durante toda su vida. Fue forzada a ocultar su identidad como chica, incluso su nombre verdadero era masculino. En su afán de protegerla de un mundo implacable con las mujeres, su madre la obligó a fingir ser lo que no era. Ahora ella se encontraba en un punto de su vida en el cual se sentía profundamente aturdida y sin dirección alguna.
Sabiendo que Jingfei se vería afectada por ese tipo de conflictos internos, Cheng decidió recurrir a alguien de confianza para poder guiar a su estudiante. La citó en una cámara especial dedicada a la meditación profunda. Jingfei entró y se encontró con una figura desconocida para ella. Era una persona de gran belleza, su cabello negro era tan lacio y brillante, caía con gracia hasta la altura de su cadera. Sus bellos ojos oscuros lucían amistosos y confiables. Vestía ropas en tonos oscuros y bastante holgadas.
-Tú debes ser Song Jingfei.-Dijo la misteriosa figura.
La chica asintió y se acercó algo temerosa. -¿Puedo saber tu nombre?-Preguntó tímidamente.
-Solamente llámame Roulan.-
Con un movimiento de su mano, Roulan invitó a Jingfei a tomar asiento a su lado. Mientras contemplaban los hermosos gravados de la pared que tenían enfrente y escuchaban fluir el agua del arrollo cercano, la recién llegada sintió una extraña conexión con la persona junto a ella.
-A mí también me criaron como a ti, tuve que ocultar quien era... lo que era.-Comenzó a decir, intentando empatizar con la chica.
La menor Song se mantenía en silencio y pensativa, escuchando atentamente las palabras que Roulan pronunciaba para ella. Su tono de voz era bastante suave, sonaba casi como un dulce susurro, era algo casi seductor. La curiosidad de la pobre chica comenzó a surgir, pero no se atrevía a preguntar por temor a ofender o meterse en una situación indebida.
-Ahora quieres saber si soy un hombre o una mujer ¿No es así?-Cuestionó Roulan en tono melodioso.
Ella simplemente asintió, llenándose de pena al ser descubierta.
-Soy un hombre de nacimiento, pero como podrás notar, mi nombre es femenino.-Respondió él.
-Así como mi nombre es masculino.-Agregó Jingfei.
Roulan sonrió: -Al final del día, son solamente nombres. ¿Qué importa lo demás?-
Aquel comentario logró romper el hielo entre ambos y comenzaron a conversar sobre lo difícil que había sido crecer con una identidad impuesta. La madre de Roulan era una joven aprendiz de una de las varias ramas de guerreros de aquellas tierras, un oráculo profetizó que ella daría vida a una niña que se convertiría en una gran profetiza. Desde una temprana edad, la enorme presión de concebir a una niña le fue impuesta a la pobre chica. Cada uno de sus intentos fue fallido, solamente era capaz de concebir niños, niños que luego eran alejados de ella para siempre y cuyo destino desconocía.
Al nacer un nuevo niño, ella decidió protegerlo a toda costa del cruel destino que seguramente le esperaría si descubrían la verdad. Lo nombró Roulan y comenzó a criarlo como una mujer, haciendo todo lo necesario para que lo fuera realmente. Por mucho tiempo, el pobre chico se sintió confundido y bastante inconforme con su identidad. Intentaba luchar contra ella, haciéndolo quedar como una "mujer rebelde" que no conocía su lugar. Su don de profetizar era la gran novedad entre varios clanes y sectas, era tan popular que llegó a los oídos del ahora líder Taonia la existencia de una oráculo cuyas predicciones eran infalibles.
Cuando conoció a Cheng, una serie de eventos desafortunados comenzó a azotarle. Roulan profetizó su propia caída y destierro del clan Wang. Una antigua enemiga de su madre logró averiguar la verdad, fue así como quien hasta ese entonces era conocido como la mejor oráculo de la historia del clan ahora recibía repudio y desprecio por parte de las personas que pedían sus favores. Sin un hogar o alguien en quién confiar, Roulan decidió aceptar la oferta de Cheng para unirse a los Taonia.
Había pasado casi un año y ambos habían desarrollado una relación muy especial, siendo cada uno la mano derecha del otro. Alcanzaron un equilibrio entre la sabiduría y la fuerza. Esa relación fue la que ayudó a Roulan a comprender y aceptar que ser un hombre iba más allá de lo que había aprendido durante su formación. Los nombres, las expresiones, deberes, obligaciones y acciones iban más allá del cuerpo en el que había nacido. Se presentó ante su nuevo hogar como Wang Roulan, un hombre capaz de hacer más de lo que se le fue impuesto de nacimiento.
Jingfei no pudo evitar derramar algunas lágrimas tras escuchar la historia del mayor Wang, sintiéndose identificada con el conflicto interno que él sintió en su momento.
-Tal vez yo no encaje en el arquetipo del hombre fuerte y hábil como Cheng, pero eso no me hace más o menos hombre que él.-Explicó. -Haz las cosas que te hagan sentir feliz y plena. Si deseas abrazar tu feminidad, hazlo, eso no te restará valor como guerrera.-Agregó Roulan.
-Tengo miedo de parecer débil.-Confesó Jingfei.
Roulan tomó su mano y dijo: -No serás débil, serás fuerte de una manera diferente.-
La antes portadora de la armadura de la serpiente sintió su confianza reestablecerse tras escuchar esas alentadoras palabras. Agradeció con una reverencia que terminó por convertirse en un abrazo y se dispuso a retirarse del lugar para poder continuar con su entrenamiento. Ahora sabía que debía aceptar aquello que la hacía diferente y enfocarse en encontrar su propia manera de sobresalir. Justo como su antiguo maestro Zale le había enseñado, no siempre se podía confiar solamente en la fuerza bruta. Con ese pensamiento en mente, estaba apunto de cruzar la puerta, pero la voz de Roulan la detuvo.
-Creo que ha llegado una visión, una especialmente dirigida a ti.-
Jingfei se detuvo abruptamente. -Dime de qué se trata, lo aceptaré.-
-Pronto te reunirás con alguien muy importante para ti. Es un hombre que porta una deslumbrante armadura dorada.-Afirmó Roulan.
Jingfei agradeció sus palabras y se marchó sin hacer alusión a lo que acababa de escuchar. A pesar de negarlo, le intrigaba saber de quién se trataba. Ya había tenido una charla con Cheng tiempo atrás sobre las profecías y cómo no podía tomarlas como algo absoluto y certero. Sin embargo, eso no evitaba que en ella creciera la esperanza de encontrarse con Zale o Leandros una vez más, ellos se habían convertido en personas importantes para ella y deseaba que estuvieran bien.
Mientras salía del templo, pudo notar como la tranquilidad del sitio parecía estar siendo interrumpida por algo inusual. Algunos altos Taonia corrían en dirección a un sitio desconocido. Incluso ella fue convocada junto con ellos. Al parecer, unos invasores habían traspasado el perímetro permitido, burlaron la seguridad y lograron adentrarse en su territorio. Ese era un grave problema, pues se suponía que la existencia de estos guerreros era un completo secreto desde hacía décadas. Por motivos de seguridad, solamente unos pocos conocían su ubicación exacta.
Ella pudo sentir un par de cosmos conocidos mientras se acercaba y al percibir el destello de una armadura dorada, se interpuso entre el inminente ataque de su compañero Yixing para evitar que el caballero de Athena resultara herido. Su compañero la vio confundido y ella le indicó en su idioma natal que ellos no eran enemigos. Con el afán de darles una bienvenida adecuada al lugar, Jingfei se dio la vuelta para comprobar que se trataba de algún viejo conocido. Sus ojos se abrieron de par en par debido a la imagen que tenía ante ella: Diana y Magnus eran los intrusos.
Diana portaba una armadura de bronce y parecía haber cortado su larga cabellera, lo cual la hacía lucir muy diferente. Pero lo que más la sorprendió fue ver a Magnus ahora siendo el guardián del templo de Acuario. Había crecido definitivamente, sus facciones ya eran las de un adulto joven muy bien parecido. Su cabello negro ondeaba con el viento y caía hasta la altura de su cintura. Sus rojizos ojos parecían destellar y hacer contraste con su pálida piel.
Al instante en el que su mirada y la de Jingfei se cruzaron, se reconocieron de inmediato, quedando paralizados por completo. Era como si el mundo entero siguiera su curso a excepción de ellos dos. Se veían tan ajenos y tan familiares a la vez. Eran tan diferentes de la última vez que se vieron, pero sus sentimientos reprimidos salieron a flote en forma de pequeñas lágrimas que brotaron de sus ojos al darse cuenta de que por fin se habían encontrado. Al parecer, las predicciones de Roulan seguían siendo infalibles después de todo.
