No poseo os derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Jasmin Wilder. Yo solo me divierto un poco.
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El ascensor privado de Anthony nos llevó a un garaje subterráneo. Era un espacio cavernoso, bien iluminado, con techos de ocho pies, suelo azul brillante, paredes blancas bordeadas con antiguos afiches de estilos de los años 20 y de los años 30 que representa un día en la playa, coches de carreras, cruceros, marcas de cigarrillos ya desaparecidos y las compañías de vino italiano. Había filas de armarios de herramientas Craftsman de color rojo y plata, varios bastidores llenos de aún más herramientas, una mesa de trabajo dispersado con partes grasosas y las partes del motor desmontadas.
Conté nueve vehículos: un Maybach, un Mercedes-Benz cuadrado todoterreno, un Maserati, un Tesla, un Bentley convertible, dos tipos diferentes de motocicletas —una Crotch Rocket y una Chopper—un modelo Hummer civil-militar, y un modelo viejo negro BMW, el último era el coche que su padre que le había dado, supuse. Era una impresionante variedad de vehículos, y no quería ni pensar lo mucho que habían valido.
En la pared de al lado de las cajas de herramientas, había una pequeña caja metálica con un escáner de huellas dactilares con dispositivo de bloqueo. Anthony llevó el pulgar a la plataforma y el armario se abrió cuando la cerradura sonó, revelando dos juegos de llaves para cada vehículo colgando de los ganchos.
Me miró.
—¿Qué auto quieres llevar?
Era bastante común en una chica como yo, que para mí, en su mayor parte, un coche era un coche. Sabía lo suficiente para saber que se trataban de autos sumamente caros, la más moderna línea de autos, pero todavía no había ninguno de los coches deportivos al usual tipo rico. No había Ferraris o Lamborghinis o Corvettes en este garaje, lo cual me pareció interesante. Esos autos no le favorecían, sin embargo, me di cuenta cuando lo pensé. Él era rico, pero no llamativo u ostentoso.
Me encogí de hombros y señalé el convertible.
—Ese se ve divertido.
Anthony sonrió.
—Buena elección.
La puerta del ascensor se abrió detrás de nosotros, revelando a Sue llevando un bolso isotérmico.
—La comida que ha solicitado, señor Anthony.
—Gracias, Sue.
—Es un placer, señor. ¿Debo esperarlo para la cena?
Anthony negó con la cabeza, tomando el bolso isotérmico de Sue y ubicándolo en el asiento trasero del Bentley.
—No, creo que encontraremos algo en la ciudad. Puedes irte, si quieres.
—Gracias, señor. Hasta mañana, entonces. —Me sonrió y se fue por la puerta del ascensor enfrente de ella.
Unos momentos más tarde, Anthony estaba guiando el tranquilo y poderoso coche por una rampa y hacia la brillante luz solar del amanecer tardío a distancia. Anthony sacó un par de lentes de sol Ray-Ban desde el bolsillo interior de su chaqueta, señalando con ellos en la guantera.
—Creo que hay otro par ahí.
Abrí la guantera y encontré un par de lentes de sol de repuesto, me las puse, y até mi cabello hacia atrás con la coleta de goma que tenía en mi muñeca. Pasamos Manhattan hacia el puerto deportivo que fue breve pero agradable, el viento en mi cara, el sol brillante y cálido, Anthony a mi lado, sosteniendo mi mano.
Cuando Anthony había dicho "vamos a navegar", había imaginado un pequeño barco lo suficientemente grande para nosotros dos. Debería haberlo sabido mejor. El barco de Anthony era largo y bajo, una cosa elegante y sexy, todas de brillante plata y madera pulida, líneas masculinas y curvas suaves. No sabía mucho más sobre veleros que sobre coches pero, conociendo a Anthony, tenía que ser la más cara y de elevadísima calidad de velero que el dinero podía comprar.
Anthony llevó el bolso isotérmico por la correa a su hombro, sin soltar ninguna vez mi mano. Me ayudó a saltar desde el muelle hacia el barco, señalando un asiento al lado del volante.
—Siéntate.
Me senté, observándolo desatar las cuerdas y enrollarlas cuidadosamente en la cubierta. Se sentó, encendió el motor, nos alejamos del muelle y apuntó la proa hacia mar abierto. Cuando estábamos despejados del puerto, apagó el motor y desplegó la vela, ató la red, y luego hizo lo mismo con la vela triangular más pequeña en la parte delantera del barco.
—¿Puedo ayudarte? —pregunté.
Se encogió de hombros.
—Ya lo tengo.
—Me gustaría hacerlo, si pudiera. No he venido a quedarme aquí sentada sin hacer nada.
Anthony asintió, pasando por debajo de la barra horizontal de la gran vela y cogiendo el volante. El viento estaba rígido, soplando hacia nosotros en un ángulo, haciendo que las velas se agitaran.
—Bien. En primer lugar, una rápida lección. La pequeña vela, enfrente, se llama el Foque. La grande es la vela mayor. La gran barra se llama el mástil. Las cuerdas se llaman "obenque". El siguiente paso es saber que los veleros modernos no viajan en línea recta, y que no funcionan cuando el viento viene directamente desde atrás. Si navegas en zigzag, se llama "viradas", manteniendo el viento en un ángulo. Así que cuando te digo que estamos "virando", el mástil, la gran barra que sostiene la parte inferior de la vela mayor, va a pivotar alrededor. Tienes que prestar atención y asegurarte de que el mástil no te golpee por la borda cuando estemos virando. Te voy a advertir antes de que avancemos, pero tenlo en cuenta, ¿bien, amor? —Hizo un gesto hacia la cuerda que conduce a la vela mayor—. Desata eso, tira de la cuerda hasta que la vela esté tensa.
Nos movíamos ligeramente, la vela ondeando, el arco en ángulo hacia la costa de Nueva Jersey. Nos dirigíamos al sur, lejos de Manhattan y hacia la Isla Staten. Solté la cuerda que había indicado, envolví ambas manos alrededor de ella, y tiré con fuerza. Cuando tiré, la vela mayor se tensó, y la cuerda se puso tirante, cada vez era más difícil tirar mientras el viento lo atrapaba. Una ráfaga de viento jodió la vela, casi tirando la cuerda de mí y me sacó fuera de balance. Jalé de nuevo, pero la ráfaga nuevamente golpeó, tirándome fuera de mis pies. Envolví la cuerda alrededor de mis puños, reforcé un pie contra el costado del barco, y tiré tan fuerte como pude, entonces envolví la cuerda alrededor de la cosa de soporte de amarre. La vela se hinchó pero firme, sin agitarse con el viento más, y sentí el velero aumentar la marcha inmediatamente. Eché un vistazo a Anthony, quien me dio una sonrisa brillante y un pulgar hacia arriba.
—¡Perfecto! —Palmeó el asiento junto al suyo, y me senté.
—¿Cuándo aprendiste a navegar? —pregunté.
—He estado navegando durante toda mi vida. Crecí en el paradisiaco de Grecia, y pasaba casi todos los días durante los veranos navegando con papá o con mis amigos cuando me hice mayor. Después de que me fuera de casa a los dieciocho años, terminé trabajando en un barco de pesca en el Mar Egeo por un tiempo. Fue divertido. Trabajo duro, pero divertido. Ese fue mi primer negocio. Compré ese barco, contraté el mismo equipo que me había enseñado el negocio. Con el tiempo, me compré un segundo barco, y luego un tercero. Todavía poseo varios barcos en el Mediterráneo, en realidad. Algunos son barcos de pesca comerciales, algunos son trasportes marítimos privados. Virando. —Aflojó la cuerda de la vela mayor, se aferró a él con una mano, y giró el volante con la otra, llevando la proa alrededor, y luego re-ató la cuerda de nuevo. Lo hizo parecer fácil, pero me acordé de lo duro que el viento había tirado a la vela, y por lo tanto, la cuerda casi levantaba mis pies, pero él se había mantenido en su lugar con una mano mientras manejaba el volante—. No importa lo ocupado que llegue a estar, me hago tiempo para navegar. Es mi único escape real.
Observé a Anthony mientras hablaba. Parecía relajado, las arrugas de tensión y el estrés en su rostro desparecieron, su postura era tranquila. El viento alborotó su cabello y ondeó los bordes de su chaqueta y el algodón debajo de la camisa, la tela moldeaba su cuerpo duro como una piedra. Tenía una mano en el volante y la otra estirada hacia fuera para agarrar la parte de atrás de mi silla, con sus nudillos rozando mi omóplato.
Nos quedamos en silencio por un largo tiempo, viendo subir el sol en lo más alto del cielo, mirando el paisaje urbano al otro lado pasarse de largo y el mar abierto en la distancia acercarse. Finalmente, nos enfrentamos a la apertura de la bahía y al terreno abandonado. Pude ver por qué le gustaba esto. La sensación de libertad, la niebla salina del agua en mi cara, el viento llevándonos lejos de todo... Nunca había sentido nada parecido. Parecía contento con solo navegar sin hablar, y yo también.
Charlamos aquí y allá, sobre todo yo que lo impulsé a contarme historias acerca de él. Me enteré de que había vendido su negocio de pesca para un beneficio y se metió en la industria de importación y exportación, y luego, eventualmente, vendió ese negocio para un beneficio aún mayor, lo que le había llevado, a la edad de veintiún años, a Asia, donde consiguió meterse en bienes raíces y el desarrollo urbano.
Tengo una idea del hombre que fue Tony, cómo había hecho su camino en el mundo por sí mismo. Había aprendido de la peor manera de que no podía confiar en nadie, después de haber sobrevivido más de una traición en el mundo de los negocios. Había aprendido a ser despiadado y desconfiado, dependiendo de nadie más que de sí mismo, manteniendo sus pequeñas empresas, con el menor número posible de empleados. Con el tiempo, se había mudado a Nueva York y probó suerte en varias empresas de negocio, construyendo su riqueza poco a poco. No pude averiguar lo que su negocio principal era actualmente, a pesar de varias preguntas capciosas.
Yo, a su vez, le dije acerca de haber crecido en los suburbios de Detroit, los veranos los pasaba en una cabaña en el lago Michigan, los viajes con mamá a Chicago. Las historias divertidas y agradables en mi vida se detuvieron en seco cuando papá murió. Nos quedamos en silencio cuando mis historias llegaron a ese nivel, y Anthony parecía conforme de dejar el momento en silencio.
Después de unas horas, Anthony aflojó la vela mayor, reduciendo la velocidad hasta detenerse, y entonces, plegó las velas y dejó caer un ancla. Estábamos a la vista de terreno, pero era un lugar para escapar, proporcionando un fondo nebuloso y hermoso para un almuerzo en el mar. Sue nos había preparado carnes frías, queso, pan recién horneado, una botella de vino, un poco de Perrier y fruta fresca. Anthony preparó un sándwich para mí, sirvió el vino blanco en copas, y luego sostuvo la suya para brindar.
—Por un agradable día y una noche muy larga.
Le sonreí y choqué su copa con la mía.
—Brindemos.
El almuerzo terminó, nos quedamos en la cubierta y tomamos el sol. Era extrañamente cómodo, pasar el tiempo con Tony. No necesitábamos ocuparnos cada momento de conversaciones vagas, parecíamos estar satisfechos con dejar que los silencios se extendieran por largos períodos de tiempo, disfrutando el momento, disfrutando de nuestra mutua compañía. La conversación iba y venía, preguntas dirigidas y contestadas, flujo y reflujo fácilmente.
Estaba acostada de espaldas en el suelo, dejando que el sol me bañara, cuando sentí a Anthony ponerse de pie a mi lado. Abrí un ojo, observándolo. Me miraba mientras se quitaba su chaqueta, entonces su camisa, y luego sus zapatos. Me senté y sentí a mi corazón acelerarse cuando puso sus gafas de sol a un lado y cogió la cremallera de sus pantalones.
—Es hora de nadar —dijo.
Puse mis gafas de sol sobre mi cabeza.
—No he traído traje de baño.
Sonrió.
—Yo tampoco. —Se bajó los pantalones y la ropa interior, de pie, desnudo frente a mí.
Tragué saliva, mi corazón palpitando, el deseo creciendo. Tony desnudo era un espectáculo pecaminosamente glorioso. Mis pezones se endurecieron y mis muslos se tensaron, mi entraña estaba húmeda de solo mirarlo. Abdominales de paquete de seis conduciendo a una V bien formada, una gruesa erección que sobresalía orgullosamente, muslos fuertes, amplio, pecho firme, cubierto de pelo dorado, protuberantes, brazos tonificados. Mierda. Ese hombre me desea. A mí. Su cuerpo, esas manos, esos abdominales, esa polla... para mí.
Me guiñó un ojo, luego se volvió y se zambulló en el agua, cortando las olas azules cuidadosamente.
—Desnúdate y ven aquí, Isabella.
Me puse de pie sobre mis rodillas temblorosas, puse a un lado mis gafas de sol, bajé el cierre de mi vestido, y lo dejé caer a la cubierta alrededor de mis pies. Miré a mí alrededor, pero el mar estaba vacío. Habíamos atajado al este, una vez llegamos a aguas abiertas, y sospechaba que el terreno gris nebuloso a lo lejos era Long Beach. Había un barco fuera del mar, un grande, económico barco aljibe de algún tipo, pero estaba lo suficientemente lejos que incluso con binoculares dudé que pudieran vernos con claridad. Y entonces... no me importó.
Vi la reacción de Tony cuando desenganché mi sujetador y salí de mi ropa interior. Estaba manteniéndose a flote, mirándome fijamente, con los ojos encendidos y caídos.
—¿El agua está fría?
Se encogió de hombros.
—Un poco. —Una hambrienta sonrisa curvó sus labios—. No te preocupes, amor, te mantendré caliente.
Eso era todo lo que necesitaba oír. Con una respiración profunda, me zambullí. Surgí balbuceando.
—¿Un poco? —chillé—. Está c-c-congelada, ¡l-lunático!
Solamente se rio.
—Es el Océano Atlántico, Isabella, ¿qué esperabas? ¿Agua de la bañera? —Hizo una brazada de pecho, acercándose fácilmente hacia mí—. Ven aquí.
Le dejé envolver sus brazos alrededor de mí, sintiendo la calurosa dureza como una piedra, de su erección entre nuestros cuerpos. Mis brazos rodearon su cuello, mis piernas rodearon su cintura, y él se dio la vuelta por lo que estaba flotando sobre su espalda, la columna vertebral arqueada para flotar, una mano acariciando la longitud de mi cuerpo, los demás moviéndonos a través del mar, las piernas pateando con poderosas brazadas.
—No voy a ahogarte así, ¿verdad?
Agarró mi culo con una mano.
—De ninguna manera, cariño. Eres ligera como una pluma.
Moví mis caderas, empujando su erección en mi muslo.
—¿Estás seguro?
Sonrió.
—Ya te tengo. No te preocupes.
—Me tienes a mí, ¿eh?
Su mirada fue seria.
—¿No lo hago, entonces?
Si meneaba mis caderas, él estaría dentro de mí.
—Sí. Lo haces. —Me quedé quieta, con gran esfuerzo.
Anthony me llevó alrededor del bote, dando muchas vueltas, abriéndonos paso a través del frígido mar Atlántico con sencilla gracia. Eventualmente me aleje de él, y nadamos uno junto al otro. Él fue el primero en dirigirse al barco, y yo lo seguí, temblando. Se agarró a la escalera en la popa de la barca y prefirió empujar innecesariamente mi culo para ayudarme a subir. Subió detrás de mí y me llevó hacia el camarote, envolvió una toalla blanca alrededor de mis hombros, y me secó con ella.
Me puse de pie y lo dejé secarme, entonces coloqué la toalla debajo de mis brazos y usé una toalla limpia para secarlo. Tony estaba todavía rígido, estremeciéndose ligeramente cuando lo sequé allí. Cruzó mi mirada con la suya, pasando un dedo en su longitud.
—Esto parece doloroso.
—Un poco.
—Deberías dejar que me ocupe por ti.
—No.
—¿No? —Envolví mis dedos alrededor de él, pero cogió mi muñeca y tiró de mi mano.
—Solo no. —Se inclinó y me besó, alejándose de mi alcance—. Voy a dejar que hagas todo lo que deseas... más tarde. Por ahora, quiero esperar. Quiero estar dentro de ti cuando me venga la próxima vez. Si me tocas ahora, voy a perder todo el control. Te arrojaré en esa cama de allí y estaré dentro de ti antes de que puedas parpadear dos veces. E Isabella, te hice una promesa. Yo siempre cumplo mis promesas.
—Entonces es mejor que te pongas algo de ropa, porque si sigues haciendo alarde de esa enorme hermosa polla enfrente de mí, no puedo ser responsable de lo que haga con ella.
—No voy a hacer alarde. No puedo dejar de estar duro con solo mirarte. —Envolvió la toalla alrededor de su cintura, la parte delantera cubierto.
—Con solo mirar, ¿eh?
Se encogió de hombros.
—No hay tal cosa como solo mirar, Isabella. No contigo. No cuando te tengo desnuda. Incluso vestida, una mirada es todo lo que hace falta. Veo esas exuberantes tetas tuyas, apenas ocultas por el vestido, y fantaseo con presionarlas una contra otra y follarlas. —Su voz se vuelve profunda, grave y ronca—. Veo ese dulce redondo culo tuyo moverse bajo tu vestido, y pienso en enterrar mi polla en él. Miro tu boca moverse a medida que hablas, y pienso en tus labios envolviéndose alrededor de mí, tomándome por tu garganta. Así que, no. No solo con mirar. Necesito una mirada de ti, y pienso en todas las cosas que voy a hacerte.
Tuve que cerrar mis ojos y apretar mis puños para no saltar encima de él en ese mismo momento.
—Necesitas cerrar la maldita boca o hacer algo de eso en este momento.
Gruñó, acortando los centímetros que quedaban entre nosotros.
—¿Sí? ¿Por qué? ¿Estás mojada, Isabella? ¿Tu coño apretado está goteando por mí? ¿Duele por mí?
Retrocedí, agarrando la toalla en mi pecho.
—Sí. Ahora deja de molestarme.
Me siguió, tomando mi cintura con una mano y apretándome contra él.
—No estoy bromeando, cariño. Oh, no. Cumpliré con todo lo que digo. Pero te quiero loca por mí. Te quiero desesperada de necesidad. Te quiero a punto de explotar por un toque.
No podía dejar apretarme contra él.
—Ya lo estoy.
—Oh, cariño. No tienes ni idea. Pasaré cada momento a partir de ahora hasta que te tenga en mi cama volviéndote más y más loca. ¿Crees que estás mojada y dolorida ahora? Solo espera. Te tendré empapada antes de que termine.
Me aplastó contra la pared, la cabeza inclinada para que cupiera dentro de la cabina baja, su erección presionando a través de su toalla y la mía en mi interior, tan cerca pero tan lejos. Arañé su hombro y me retorcí contra él, sintiendo solo un toque de la fricción que necesitaba, sintiendo la redonda dureza de su pene y el tejido blando de las toallas y la humedad de mi deseo de difundirse a través de mí.
Las manos de Tony se deslizaron bajo mi culo, agarró mis muslos y me levantó. Mi toalla se subió, desnudándome para él y a la vez envolví mis piernas alrededor de su cintura, mi cabeza chocando en el techo. Era una posición incómoda, imposible, pero no me importaba. Si él simplemente se movía, solo un poco, estaría donde yo lo necesitaba.
Los bordes de su toalla se separaron, y entonces retorcí mis caderas y mis piernas, sintiendo su dura polla caliente contra mi muslo interno, desplazándose para llegar más cerca, desesperada, en ese momento, para tomar lo que quería si estaba dispuesto a darlo o no. Mordió mi piel en el hueco de mi hombro, moviendo sus caderas, deslizando la gruesa punta blanda contra mi apertura, quedándose tan cerca a lo largo de mi clítoris.
Di un grito ahogado, aferrándome a él, envuelta a su alrededor, esperando, tensa, deseosa, esperanzada. Un golpe, otro, la presión y el ardor del clímax construyéndose dentro de mí, y entonces, a pocos minutos de explotar, me bajó y se alejó, nuestras toallas cayendo en su lugar, y dejándome sin aliento y con dolor.
—Eres un bastardo —gruñí.
Sonrió.
—Lo sé. —Retrocedió otro paso hacia las escaleras que conducen a la cubierta—. Venga, vamos a vestirnos y regresar. —Llevaba puesto mi sujetador y mi ropa interior cuando la voz de Anthony me detuvo—. Deja el vestido. Toma sol. Dame algo sexy para mirar mientras navegamos de regreso. —Me tiró un tubo de protector solar, sonriéndome.
Dejé que Anthony untara protector solar en mi piel —incluyendo pocos lugares que probablemente no lo necesitarían técnicamente—y luego extendió la toalla sobre la cubierta para inclinarse y ponerla sobre mi estómago, desenganchando mi sujetador. El calor del sol y el implacable viento y el movimiento de la embarcación sobre las olas trabajaron juntos para tranquilizarme haciéndome dormir, y no me desperté hasta Anthony llamó mi nombre. Me di la vuelta y me senté, sosteniendo mi sostén desenganchado hacia mi pecho, parpadeando adormilada hacia él. Me dio una sonrisa.
—Ponte tu vestido, nena. No tengo ganas de compartir tu belleza con todos en Hudson River.
Sujeté mi sujetador y me puse mi vestido, luego deslicé mis dedos a través de mi cabello.
—¿Supongo que ninguna de tus ex novias dejó un cepillo para el pelo a bordo?
Anthony me frunció el ceño.
—Isabella. ¿Realmente crees que he traído a otra persona a bordo de mi barco?
Use mis rígidos dedos para arreglar la peor de las marañas de mi pelo apenas lográndolo, y luego la arregle de nuevo en una cola de caballo apretada.
—¿No lo haces?
—No. Nadie. Ni siquiera Sue, ni siquiera Felix, ni siquiera Jasper. Nadie. Y yo no diría que he tenido ''novias''.
Era mi turno de fruncir el ceño.
—Guau. No lo note. —Suspiré—. No lo entiendo, Carlisle. ¿Porque yo? ¿Qué es tan especial acerca de mí?
—Todo, Isabella. Tú eres especial. La fuerza de tu carácter, tu belleza, tu inteligencia. La valentía que has demostrado en jugar mi juego. Estar aquí conmigo, encontrar una manera de encajar en mi vida, a pesar de las demandas injustas que te he hecho. Dudo que otra mujer en todo el mundo pudiera hacer lo que tú has hecho, en ganar mi confianza como tú has hecho.
—Oh. —Me encogí de hombros.
—Así que la respuesta corta es no, no tengo un cepillo de pelo conmigo. Pero no necesitas uno. Eres impresionante, Isabella. Ya sea que estés emperifollada en Dior y joyas, o simplemente despierta en un vestido de verano y el cabello desordenado, eres, muy honestamente, la mujer más hermosa que he conocido. No necesitas el cabello sofisticado o maquillaje para quitarme el aliento, Isabella. Solo tienes que ser tú.
Santo cielo. ¿Cómo es que una chica no va a derretirse por palabras como esas? Esperaba que alguien como Carlisle Anthony fuera atrapado por las apariencias, que esperara que me viera bien todo el tiempo. Esa impresión se vio reforzada por la vestimenta para la ópera, y el armario lleno de ropa en mi habitación. Él mismo nunca se vio nada menos que espectacular, pero entonces, no creo que él pudiera alguna vez ser desagradable a la vista. Quiero decir, ahí estaba yo, maquillaje quitado por la natación, cabello en un enredo, recogido en una cola de caballo, usando un simple vestido de verano, ¿y él pensaba que yo era hermosa? Me veía como la mierda. Pero la apreciación en sus ojos, la sinceridad en su voz... borró mis preocupaciones. Él me hizo sentir hermosa. Me hizo sentir segura. A pesar de que estaba jugando un exasperante juego de frustración sexual y dominación, nunca me hizo sentir como un objeto, o un pedazo de carne. No se trataba sobre sexo. Y eso, más que nada, me hizo quererlo y apreciarlo. Todos los chicos con los que había salido me habían hecho sentir, incluso sin intención, como si el objetivo de nuestra relación era solo buen sexo. Las citas fueron diseñadas para terminar en la cama. Incluso si había un elemento romántico en la relación, el romance estaba dirigido en mantequillarme hasta follarlos.
¿Anthony? Él hizo al sexo obvio, anticipado. Me dijo lo que quería, lo que iba a hacer. Y estaba a punto de convertirme en algo jodidamente feroz, él hizo las cosas sinceramente. Yo sabía qué esperar. Y cuando estábamos hablando, o pasando el rato, eso era todo lo que estábamos haciendo. Simplemente pasar el tiempo juntos. Él no estaba constantemente atrapándome para tenerme en estado de ánimo para el sexo. Cuando hablaba, él escuchaba. Su atención se centraba en mí, y solo en mí. Su mirada nunca vacilaba, nunca interrumpía, y sus respuestas me dijeron que estaba escuchando y realmente escuchando, e interesándose, en lugar de esperar su turno para hablar. No era encantador, algo bueno para mi libro.
El encanto siempre me pareció adulación. Se sentía como publicidad engañosa. No confiaba en los chicos que podían encantarme. Coqueteaba con ellos, claro, y podría incluso conectar con ellos de vez en cuando. Pero jamás sucedería algo con un chico que era encantador. Anthony era una contradicción. Era reservado y desconfiado. Tenía paredes de una milla de altura. A pesar de todo eso, era abierto y honesto. Decía como era, me decía que estaba pensando y decía lo que esperaba, lo que quería. Sí no quería responderá una pregunta, lo diría así. No iba a cambiar hábilmente el tema o distraerme, solo me diría: "Prefiero no contestar a eso". Esa parte la respetaba.
Todo esto pasó por mi cabeza mientras me sentaba al lado de Anthony en el viaje hacia Hudson River y de regreso a su atracadero. Nunca había conocido a un hombre que respetara antes. Nunca había conocido a un hombre que realmente me hubiera impresionado antes. Había habido chicos que realmente me gustaron, que eran frescos y divertidos y calientes, chicos decentes de buenas familias. Pero no me dejaban sin aliento. No me hacían sentarme y tomar nota. No exigían mi atención, y sin duda, no podrían haber demandado mi respeto, no como Tony lo hizo. Había sido echado de su casa a los dieciocho años, dándole lo que era en su mundo, una pequeña cantidad de dinero, y dejándolo a su suerte. Para una niña que vivía de salarios, eso era una fortuna. En el mundo de los negocios, cien mil dólares no era mucho. Para un hombre que había crecido en lujos, eso era apenas suficiente para empezar. Si yo escatimaba y ahorraba y comía con moderación y vivía en el apartamento más barato que podía encontrar, podría ser capaz de hacer cien en un par de años. Así que ¿el hecho de que Anthony lo hubiera convertido en miles de millones? ¿O billones, o por mucho que valiera la pena? Una hazaña bastante increíble, creo.
Anthony amarró el barco y me tendió la mano para ayudarme a bajar.
—Estás sumergida en tus pensamientos —comentó. Me encogí de hombros.
—Supongo.
—¿Qué estás pensando?
¿Cómo se suponía que debía responder a eso? Me encogí de hombros otra vez.
—Un montón de cosas.
Llegamos al Bentley, y Anthony sostuvo la puerta para mí mientras me deslizaba dentro, luego dio la vuelta para tomar el asiento del conductor.
—Un montón de cosas, ¿eh? —Encendió el motor, y este retumbó con un potente ronroneo suave—. ¿Cómo cuáles?
—Vas a hacerme hablar, ¿cierto?
Sonrió.
—Obviamente.
—Estaba pensando... —pensé en desviar o mentir, pero decidí ir por la verdad. O al menos una versión de ella—. Estaba pensando en ti. No eres lo que esperaba, Carlisle. No en lo más mínimo.
—¿No? ¿Qué esperabas?
Sacudí mi cabeza de lado a lado.
—Un montón de cosas diferentes. Al principio, esperaba algún malhumorado, solitario viejo tipo rico, sin nada mejor que hacer que ir por ahí recolectando chicas.
Anthony se rió entre dientes.
—Bueno, al menos tienes bien una de esas palabras —dijo en voz baja a si mismo más que a mí. Me lanzó una mirada de reojo—. De verdad piensas que eres la excepción al ser recogida, ¿cierto?
—¡Sí! —Lo miré—. No soy un jodido cheque, Anthony. Soy una persona. Y cuando Felix se presentó en mi puerta para recogerme, como él decía, estaba enojada. Y sí, todavía me cabreo cuando pienso en eso.
—Bueno, pido disculpas por el malentendido. Pero no podía correr el riesgo de que te negaras a acompañarlo, así que le ordené que te dejara sin una opción. —Su expresión se ensombreció, endurecida—. Siempre has tenido una opción, Isabella. Todavía la tienes. Puedes irte en cualquier momento. Lo sabes, ¿verdad?
Rodé los ojos.
—No voy a ir ninguna parte, Anthony. Todavía no. Tienes mi interés en este momento.
—¿Solo tu interés?
Le di una sonrisa burlona.
—Sí. Se podría decir que me interesas, por lo menos.
—Y yo que pensaba que desperté un poco más que un mero interésen ti. Supongo que tendré que redoblar mis esfuerzos. —La mirada que me dio era abrasadora, virulenta, y mezclada con una promesa erótica. Me estremecí, tomé una respiración profunda.
—Deberías hacer eso. Estás aflojando, Tony.
La noche había caído en el momento en que tuvimos el barco atracado, y cuando entramos en los imponentes cañones de cristal y acero del centro de Manhattan, la oscuridad se extendía en sombras espesas entre los edificios. Todavía teníamos descapotado el Bentley, así que estaba helado por el frío del aire de la noche, tenía la piel de gallina. Anthony se dio cuenta de esto, y cuando nos detuvimos en un semáforo en rojo, tocó un botón para que la parte superior se desplegara y se deslizara en su lugar.
—Parecía que tenías frío —dijo, mirándome.
—¿Qué me delató?
Su lengua se deslizó sobre su labio inferior.
—Tus pezones. Están empujando a través del vestido. Burlándose de mí. Poniéndose duros. Rogando por mi boca.
Miré hacia abajo y vi que, efectivamente, mis pezones estaban duros, mostrándose claramente. La mano de Anthony abandonó la palanca de cambios y la llevo hacia arriba, me pellizcó el pezón izquierdo. Me mordí el labio para no jadear, pero Anthony lo pellizco más duro y lo hizo rodar entre su índice y pulgar, haciendo que me retorciera en mi asiento, su toque al borde de lo doloroso. Cuando aumentó su presión, tomó el placer que sentí convirtiéndolo en algo incómodo, me aparté, dejando escapar un suspiro.
—Eso me dolió, Carlisle.
—Solo me aseguro de que todavía tengo tu interés —dijo. Su mano se posó en mi muslo, justo encima de mi rodilla—. ¿Todavía lo tengo?
—Sí —suspiré—. Estoy interesada.
Apartó la mirada, de nuevo hacia la calle haciendo un giro a la izquierda, frenando mientras el tráfico se hacía más lento delante de nosotros. Estábamos en la Pequeña Italia, me di cuenta tardíamente. Nos estaba llevando a algún lugar específico, algún restaurante que conocía, supuse. Mi capacidad para pensar claramente se desvaneció cuando la mano de Anthony se deslizó hasta mi piel desnuda, sus dedos rozando la cara interna de mi muslo, empujando hacia arriba el dobladillo de mi vestido.
—Quítate la ropa interior —dijo Anthony.
Lo miré, parpadeando, y luego miré por las ventanas. Estábamos rodeados de coches, paramos en un semáforo. Había gente en la acera y un camión frenó a nuestro lado, el conductor fumando un cigarrillo y mirando hacia mí. Observando la mano de Anthony subir en mi muslo.
—Ese conductor de al lado nos está mirando —protesté.
—Entonces mantén tu vestido hacia abajo mientras te lasquitas. Te lo dije, no voy a compartirte. No tanto como una mirada, no con nadie. Pero sí quiero tus bragas en mi mano en los próximos treinta segundos. —Su voz era fuerte y baja, exigiendo.
Tiré el dobladillo de mi vestido hacia abajo, y luego levanté mis caderas, enganchando mis dedos en el elástico de las bragas a través del algodón del vestido. Moviendo mis caderas, me las arreglé para deslizar la ropa interior de corte negro abajo más allá de mis caderas, y luego fui capaz de llegar hasta debajo de mi vestido y sacarlas por completo.
Se las entregué a Anthony, quien miró al conductor del camión a la izquierda de nosotros. El conductor estaba en trance, la mirada fija en nosotros, no prestaba atención al hecho de que el semáforo se había puesto en verde; había visto todo el espectáculo, me di cuenta, sonrojándome. Anthony llevó mi ropa interior a su nariz y olfateó, mirando hacia el conductor con una sonrisa.
Me cubrí la cara con las manos, mortificada. Bocinas sonaban, y el conductor del camión arranco, sorprendido, y puso el camión en movimiento.
—Maldita sea, Anthony. ¿Era realmente necesario?
Metió la ropa interior en el bolsillo interior de su chaqueta, sonriéndome.
—Sí. Lo era.
—¿Por qué?
—Porque me divierte. Te deseaba, Isabella. ¿Has visto la mirada en sus ojos cuando me entregaste tus bragas? Los quería para él. Te quería a ti para sí mismo. —Recolocó su mano en mi muslo, más alto esta vez, dedos arrastrándose bajo el dobladillo de mi vestido—. Y yo, que soy un hombre de las cavernas posesivo, quería probar un punto. Eres mía.
—Estoy avergonzada, Anthony. Me vio quitarme las bragas. Tú las oliste. Fue horrible.
Anthony trazó sus dedos hasta la línea de mis muslos cerrados, exigiendo entrada. Separé mis piernas, solo un poco, y su dedo medio encontró mi centro, encontrándolo húmedo, caliente y esperando.
—Olían a tu deseo, Isabella. Como tú. Cuando separas los muslos para mí, puedo olerte. Me deseas. Quieres que te toque, ¿no? —Aceleró el motor, lanzándose hacia delante y rodando hacia la izquierda entre el camión y un taxi, luego de vuelta al otro lado de la calle que habíamos dejado, su dedo sin dejar la lenta penetración en mi hendidura mientras se abría paso a través del tráfico de Nueva York—. ¿Lo quieres, Isabella? Podría hacerte venir antes del momento en que lleguemos al restaurante, ¿no te parece?
—Eh... estoy segura de que puedes. —Agarró mis brazos y presionó la cabeza contra el asiento—. ¿Vas a hacer que me corra mientras que el conductor mira?
Anthony emitió un sonido en su pecho.
—Ahora, eso sería divertido. Creo que podría hacer eso. Buena idea.
—No, ¡no lo hagas!
—¿Por qué no?
Tragué saliva mientras llevaba su largo y grueso dedo medio hacia arriba contra mi clítoris.
—Porque... es vergonzoso. Degradante.
—No va a ver nada, excepto mi mano bajo tu vestido. Estás completamente cubierta, Isabella.
—Pero sabrá lo que estás haciendo.
—Exactamente.
Traté de empujar su mano, pero era implacable, y me tenía retorciéndome en ese momento, llevándome al borde con círculos lentos y precisos, demasiado lejos para hacerlo detenerse, para querer que se detuviera, pero solo lo suficiente consiente para estar mortificada y con adrenalina por esa misma vergüenza, lo que hizo que la sensación del inminente clímax, aún más intensa.
—Tony...
—Todavía no, Isabella. No te corras todavía. —Continuó sus movimientos alrededor de mi clítoris, llevándome más cerca con cada círculo.
—Estoy cerca, Tony.
—Todavía no —redujo la velocidad del Bentley, y me las arreglé para mirar a la izquierda, vi la expresión del conductor con los ojos bien abiertos mientras mis caderas se movían con la mano de Anthony enterrada bajo el borde de mi vestido.
Arqueé mi espalda mientras me acercaba a la cima, mordiéndome el labio, incapaz de detener a un gemido de escapar. Cuando estaba a una fracción de segundo de correrme, Anthony quitó la mano y giró el coche en una esquina en un callejón. Me dejé caer en el asiento, empujando mi vestido en su lugar, respirando con dificultad y luchando por mantener la compostura mientras Anthony aparcaba al lado de un contenedor de basura y sin problemas se deslizó fuera del coche. Me temblaban las manos, mis muslos se estremecieron, y mi núcleo dolía. ¿Cómo sabia siempre cuándo estaba a un suspiro del clímax? Lo hacía, sin embargo. Sabía, y se estaba convirtiendo en un experto en traerme a ese borde y deteniéndose justo antes de correrme. Era enloquecedor.
Apreté los puños para evitar que mis manos temblaran, y luego me obligué salir del coche, alisando mi vestido alrededor de mis rodillas. Anthony alargó su brazo hacia mí, y lo tomé, todavía débil de mi casi orgasmo.
—Eres un idiota —murmuré.
—¿Tengo tu interés, Isabella?
—Estaba bromeando, Anthony. Tienes un infierno de mucho más que mi interés. —Me concentré en mi respiración, en alejar el dolor entre mis muslos.
—Oh, lo sé.
—¿Entonces para qué castigarme?
Abrió la puerta, sosteniéndola para mí. La puerta era estrecha y baja, llevándonos a un piso de mosaico blanco y negro aún más estrecho, las paredes cubiertas de fotografías antiguas de Nueva York en los años 30 y los años 40, una variedad de personajes famosos y camiones de reparto de leche y Frank Sinatra con su característica sonrisa y el cigarrillo. El pasillo desembocaba en un pequeño restaurante italiano, mesas redondas con típicos manteles rojos y cuadros blancos y botellas caras de vino de la casa.
Anthony se inclinó para susurrarme al oído mientras me llevaba entre las mesas para sentarnos en una cabina en un rincón oscuro.
—No es un castigo, amor. Es juego previo.
—¿Juego previo? —Metí mí vestido debajo de mis muslos y me deslicé en el asiento de vinilo agrietado—. Mantenerme al borde del orgasmo no es juego previo, es crueldad.
En lugar de tomar el asiento frente a mí, Anthony se movió a mi lado, metiendo la mano entre mis muslos con intimidad propia. Agarró mi mano y la llevó a yacer sobre su erección.
—Sé muy bien lo doloroso que es ser constantemente excitado, Isabella. He estado duro por ti desde el momento en que me desperté. Desde el momento en que te conocí, honestamente. —Puso su boca en mi oreja, apretando mi mano—. Siempre estoy duro por ti, Isabella. Me duele por ti cada momento de cada día. Me despierto por la noche, después de haber soñado con enterrar mi polla dentro de ti, y cuando me despierto estoy a meros momentos de venirme sobre mí mismo como un adolescente cachondo. Estoy desesperado por estar dentro de ti, Isabella. Esta tortura es para los dos.
—¡Signor Anthony!—Un hombre italiano corpulento con el cabello entre canoso y una sonrisa brillantemente blanca saludó a Anthony con un efusivo apretón de manos de dos manos, soltando un flujo incomprensible de rápido italiano.
Anthony, por supuesto, respondió en italiano con fluidez, y luego se volvió hacia mí y me hizo un gesto hacia el propietario.
—Isabella Swan, este es mi muy buen amigo, Marco. Marco, esta es Isabella.
—¡Es para mí un gran placer conocerla! ¡Bienvenida, bienvenida! —Marco me dio la mano como lo había hecho con Anthony, con una mano regordeta sobre la mía, y otra debajo, apretándola y moviéndola hasta que mi brazo se entumeció—. ¿La especialidad de la casa, signore?
—Sorpréndenos, Marco. Vino, por supuesto. —Anthony me sonrió, sosteniendo mi mirada.
Sentí su mano deslizarse entre mis muslos, girando para ahuecar mi montículo por debajo de mi vestido, sus acciones ocultas debajo de la mesa, y luego deslizó un dedo entre mis pliegues y lo mantuvo allí, inmóvil. Levantó una ceja en un claro desafío, o una advertencia.
No hagas ruido, dijo con la ceja arqueada. No daré marcha atrás.
A su vez le di una sonrisa atrevida, palmeé con las manos la dureza en sus vaqueros. Cada uno de nosotros tenía una mano sobre la mesa, la otra estaba escondida debajo. Marco desapareció, gritando a través de la cocina. Anthony sostuvo mi mirada, curvando el dedo dentro de mí, rozando mi centro aún sensible.
—Espero que te guste la comida italiana—dijo conversacional.
—Es mi favorita. —Deslicé mi mano hacia arriba y abajo a través de su erección.
—Bien, porque cuando comes en Marco, comes hasta que revientas.
—Bueno, estoy muy hambrienta —le dije, trabajando su longitud lentamente con mis dedos—. Simplemente hambrienta.
Los ojos de Anthony se estrecharon, y su dedo igualo mi ritmo, burlándose con toques lentos.
—Yo también.
La llegada de Marco impidió más insinuaciones, y dejó una botella oscura y polvorienta de vino, con una garrafa y dos copas.
—Un muy buen 75' cabernet, signore. He estado guardándolo para un momento muy especial, y creo que es este.
Descorchó la botella, luego limpió el borde con una servilleta de tela. Hubo un filtro protector metálico en la boca de la botella, y Marco, muy lentamente, vertió cuidadosamente el líquido rubí a través del protector y la garrafa, dejando una pulgada o menos de sedimentos de espesor en la parte inferior de la botella y una malla de sedimentos en el filtro. Hecho esto, se inclinó en una de las copas casi horizontales y sirvió un poco de vino, luego le entregó la copa a Anthony, quien la hizo girar varias veces antes de tomar un pequeño sorbo.
—Esto es fantástico, Marco. Gracias. —Anthony devolvió el vaso a Marco con un movimiento de cabeza agradecido.
No sabrías, si juzgaras la impasible expresión en el rostro de Anthony, que el curvaba rítmicamente su dedo dentro de mí, rozando la punta de mi clítoris, enviando descarga tras descarga de placer a través de mí. Estaba pellizcando su erección pellizcado entre el dedo y el pulgar, pero sabía que si movía mi brazo el movimiento sería evidente, así que simplemente lo apreté hasta estar cerca de la punta. Era un juego, y yo estaba perdiendo. Él todo lo que tenía que hacer era un movimiento con su dedo, y los espasmos se dispararían a través de mí.
Me tomó toda la fuerza y el control que poseía no moverme, no jadear, y actuar con normalidad con Marco cuando llenó dos copas hasta la mitad y las colocó delante de nosotros. Él se apresuró para marcharse, pero antes de que pudiera abrir la boca para pedirle a Anthony que se detuviera, Marco estaba de vuelta con un plato de pan de ajo y dos pequeñas ensaladas al lado.
Anthony cogió su tenedor hacia la ensalada y lo enterró en ella, mientras que yo optaba por una rebanada de pan. Ambos utilizábamos la ausencia de Marco como una excusa para seguir con la intensidad de nuestro juego. Deslizó un segundo dedo dentro de mí y apretó la punta contra mi clítoris y lo acarició lento y suave, mientras que yo seguía con mi mano, primero con el pulgar y el índice, entre sus vaqueros y bóxer para agarrar la piel desnuda.
Apreté con fuerza, una vez, dos veces, y luego solté mi agarre y deslicé mi puño, luego me dio un duro apretón involuntario mientras se deslizaba por mi centro hasta mi clítoris entre sus dos dedos y tiró de ella, haciendo que todo mi cuerpo saltara con el inicio del clímax.
Me tragué el bocado de pan y tomé otro, masticando lentamente para disimular mi agitación interior. El pan era realmente el más delicioso pan de ajo que había probado, y a la vez lo suficientemente suave para derretirse en la boca y todavía con una corteza crujiente, suave y lleno de sabor. Lo digerí con un sorbo de vino, que era diferente a cualquier cosa que jamás había probado. Solo tomé el más corto de los sorbos, sin embargo, el sabor explotó en mi boca, sobre mi lengua, un sabor tan fuerte que casi pude saborearlo, el líquido deslizándose por mi garganta y calentando todo mi cuerpo mientras caía. Así que, no. Distraerme a mí misma con la comida no funcionaba en absoluto.
Todavía estaba manteniendo apenas el control de mi cuerpo, que estaba en caos, el esfuerzo necesario para contener mi orgasmo haciéndose cada vez más fuerte. La pregunta era, ¿debo decirle lo cerca que estoy, sabiendo que él se detendría? ¿O debería seguir el juego el mayor tiempo posible, y correr el riesgo de correrme en público, posiblemente en voz alta y vergonzosamente?
Anthony llegó frente a mí, inclinándose para susurrarme en mi oído mientras agarraba un pedazo de pan.
—Estás cerca, ¿verdad, cariño? Sé que lo estás. Puedo sentir tu muy apretado coño alrededor de mis dedos. —Deslizó sus dedos en mi canal, y casi me atraganto con mi bocado de ensalada, un temblor desgarrador corrió a través de mi—. Debería parar ahora, ¿cierto? No me gustaría que te avergüences a ti misma en el restaurante de mi amigo, ¿verdad?
Negué con la cabeza, pero qué quería decir ese no, no pares o no, no me hagas venir, no estaba segura. Mi única respuesta fue acariciar su longitud, desde el origen hasta la punta y luego agarré en un puño su cabeza lenta y superficialmente, apretando. Lo miré de reojo y fui recompensada por una expresión de concentración tensa, como si él también tuviera que tener que centrarse en retenerse tanto como yo.
En ese momento, sin embargo, retiró sus dedos y los deslizó de nuevo, luego los presiono en mi clítoris con mis jugos, lentamente haciendo círculos, y fui incapaz de contener una inhalación aguda y una ligera elevación de caderas.
—Para, Anthony —dije en voz baja—. Detente. O me vendré.
Anthony desaceleró, pero no se detuvo, y luego, Marco apareció frente a nosotros con un plato gigante, de lasaña llena de queso, y otro gran plato de rigatoni y salsa de carne, y un tercer plato de pollo a la parmesana con una pequeña ración de linguini al lado. Y, por supuesto, Anthony eligió este momento para acariciarme justo ahí, en el lugar correcto con la presión perfecta, y me vine.
No podía hacer un sonido, no podía moverme, no me atreví siquiera a respirar, lo único que podía hacer era sentir la explosión expandiéndose través de mí, sintiendo mi coño apretarse como un tornillo alrededor de sus gruesos, dedos deslizantes, llevándome al más alto y más caliente clímax. Apreté la polla de Anthony y mi tenedor y me quedé mirando la mesa, rechinando los dientes y un grito burbujeando en mis labios.
Fue, posiblemente, el orgasmo más potente que había sentido alguna vez, sucio y escandaloso y el más intenso para los que tienen lugar en una mesa de restaurante en plena vista del propietario, que fue enumerando los platos y hablando elocuente sobre la comida que iba a traer a continuación, y yo seguía viniéndome, ola tras ola rompiendo a través de mí, haciendo que mi vientre y mis muslos se tensaran, por lo que apliqué aplastante presión en Anthony...
No pude evitar que un chillido ahogado se me escapara.
—¿Signora? ¿Está bien? —Marco me dirigió una mirada extraña.
Asentí con la cabeza, luchando por respirar.
—Sí —tosí para cubrir otro jadeo—. Sí, es que... ejem. Tenía un poco de ensalada... en el equivocado... por el tubo equivocado. —Levanté el trozo de pan a medio comer en la mano como prueba, luego me di cuenta de mi metedura de pata—. Pan. Quise decir pan. Es–bueno. Oh... tan bueno. —La última frase salió con una intensidad sorprendente, ya que otra oleada me sacudió, y ahora Marco me miraba como si me hubiera brotado una segunda cabeza.
Anthony, por supuesto, estaba perfectamente calmado, como si sus dedos no se estuvieran deslizando fuera de mí en una penetración enloquecedoramente lenta, llevándome a lo que parecía ser un clímax que nunca terminaría.
—Es solo pan de ajo, signora, la receta de mi esposa... si le gusta tanto, tal vez... ¿podría darle la receta? —Marco miro de mí a Anthony.
—Yo–no, um...
—Simplemente está abrumada. —Anthony hablo por mí—. Es su primera vez en la Pequeña Italia.
—Ah, bueno, eso lo entiendo —dijo Marco—. La comida aquí no puede ser igual que en cualquier parte del mundo, tal vez incluso en Italia. Y, por supuesto, ha elegido el mejor ristorante en Pequeña Italia.
El orgasmo acabó, y por fin recuperé algún tipo de control, así que sonreí a Marco.
—Esto se ve delicioso, Marco. No puedo esperar a probar todo.
—Así que, ¡no más conversación! —Marco hizo un gran gesto a los platos de comida—. ¡Mangia!
Fui primero por la lasaña, y ahora que de nuevo estaba en control de mis facultades, seguí acariciando a Anthony con toques ligeramente lentos y sutiles, lo que hizo que aumentara mi ritmo, lo sentí tenso a mi lado, vi cómo apretaba su puño al tenedor hasta que se inclinó bajo su pulgar, retiró su otra mano de mis pliegues y agarró mi pierna con una gran fuerza.
El dolor de su agarre en mi muslo valió la pena por el conocimiento de que él apenas estaba reteniéndose. Su mandíbula estaba apretada, con el torso hacia adelante, su muslo se tensó bajo mi brazo, su la respiración volviéndose entrecortada. Sus caderas se levantaron una vez, y luego me agarró la muñeca y la saco de ahí.
—Basta ya —gruñó. Puso ambas manos sobre la mesa, con la cabeza agachada, respirando pesadamente y con gruñidos ásperos, cada músculo de su cuerpo se tensó mientras visiblemente luchaba por contenerse. Después de varios minutos, finalmente se relajó y se volvió para mirar hacia mí—. Soy un hombre de treinta y seis años de edad, y casi me vine en mis pantalones.
Le sonreí y me encogí de hombros.
—Lo mismo para los dos es lo justo, ¿no? Tú me hiciste venir delante de Marco. ¿Crees que no fue vergonzoso?
—Es diferente —dijo. Fruncí el ceño.
—¿Ah, sí?
—Bueno, sí. Si te vienes, no tiene que lidiar con un desastre. —Movió las caderas como si estuviera incómodo—. Estoy un poco... húmedo... como ves.
Metí mis dedos por debajo de la cintura de sus pantalones vaqueros para tocar sus bóxer, y sentí un gran círculo húmedo de pre-seminal. Le sonreí, retirando mi mano y entrelazando de mis dedos con los suyos.
—Es solo un poco. No es gran cosa.
Dio un suspiro y un movimiento de cabeza.
—Realmente no tenía intención de hacerte venir. Solo quería torturarte un poco más, pero la forma en que te vienes es, sencillamente, demasiado sexy para resistirme, y lo que siento cuando te vienes alrededor de mis dedos en el restaurante de mi amigo... sin hacer ruido o regalando nada... era imposible que me detuviera.
Esperé hasta que tomara un sorbo de vino antes de inclinarme para susurrarle al oído.
—Todavía es una tortura. Cualquier cosa que sea menos tu polla dentro de mí es una tortura. No necesito venirme más, Carlisle. Solo necesito sentirte dentro de mí.
Pareció tragar con dificultad poniendo su copa hacia abajo con fuerza.
—Si tienes intención de terminar tu comida, es mejor que mantengas esos sentimientos para ti misma.
Me estremecí ante el calor abrasador de sus ojos cuando dijo la amenaza.
—¿Ah, sí? ¿Me vas a llevar sobre tu hombro, al estilo hombre de las cavernas?
—Puede ser. —Bebió otro trago de vino, y comió un bocado de pasta, otro trago de vino y un bocado de pan—. Come. Necesitarás tu fuerza, amor. Te lo garantizo.
Comí, sintiendo un nudo en mi interior por sus palabras. No podía dejar de insistir.
—No lo harías realmente. No serías capaz de eso.
Solo me dedicó una breve mirada.
—No sería, ¿qué?
—Capaz de llevarme fuera al estilo hombre de las cavernas.
—Oh, ¿no? —Anthony arqueó una ceja hacia mí, divertido, luego miró a la distancia, hacia la cocina—. ¡MARCO!
Marco salió corriendo.
—¿Signore?
—Envuelve esto para nosotros. Ponle el corcho al vino también. —Me miró, con sus ojos chispeando pálido fuego azul—. Algo ha... surgido.
—Desde luego, desde luego. Puedo preguntar, si todo...
—Maravilloso, como siempre, Marco. Isabella y yo simplemente tenemos algunos... asuntos personales que atender.
Marco se movió incómodamente en su lugar, tal vez dándose cuenta de lo que Tony quería decir.
—Por supuesto, señor. Un momento, per favore. —Se apresuró rápidamente, gritando en italiano.
Anthony, por su parte, simplemente siguió comiendo tranquilamente, cada bocado con un pequeño sorbo de vino. Traté de imitarlo, actuando indiferente y casual, pero estaba totalmente en conflicto. No tenía miedo en sí, sabía que en realidad nunca me haría daño, pero estaba nerviosa, y ansiosa, preguntándome si realmente estaba a punto de ser llevada sobre su hombro como una especie de hombre de las cavernas. Eso sería vergonzoso, por decir menos.
Comí unos cuantos bocados y terminé el denso vino rubí en mi vaso, al mismo tiempo que Marco regresaba con las cajas de comida para llevar. Rápidamente y eficazmente apiló la comida en contenedores en bolsas de papel, a continuación, puso el corcho en la botella de vino y también la colocó en la bolsa. Hizo una mueca de desaprobación mientras tapaba la botella.
—Este vino, signore, no debe guardarse de esta manera por mucho tiempo, debe respirar. —Anthony se deslizó suavemente fuera de la cabina y se levantó, limpiándose la boca con una servilleta.
—Sí, Marco. Entiendo. Gracias. —Sacó su billetera del bolsillo interior de su chaqueta, rebuscó entre los billetes, y luego, con un resoplido de impaciencia, simplemente tiró toda la pila a la mesa.
Eche un vistazo rápido, y por lo menos vi cinco o seis billetes de cien dólares, que no eran más que lo que había en la parte inferior. Tenía que haber un millar de dólares allí, supuse. Antes de que pudiera procesar otro pensamiento, Anthony ya había guardado su cartera y estaba volviéndose hacia mí. Me moví fuera de la cabina y me levanté, enderecé mi vestido, y me moví hacia la puerta.
—Oh, no, no. —La voz de Anthony era tranquila, pero estaba mezclada con potencia.
—Tony...
No me dejó terminar. Se puso delante de mí, agachó el hombro, y me levantó. Grité en protesta cuando mi vientre golpeó su hombro, luego nos movimos a través del bajo, estrecho pasillo y salimos por la puerta. Alcancé a ver a Marco, mirándonos aturdido, desde la cabina, con la pila de billetes olvidados en su mano.
Afuera, la noche era caliente y tranquila, el viento fuerte desde temprano se había amainado. Tenía apenas un segundo para procesar los sonidos de Nueva York —pitidos, voces, frenos de neumáticos chirriantes, sirenas en la distancia, el olor del callejón, ajo y la cocción de los alimentos socavado por el fuerte olor agrio enfermizo de la basura—y luego Anthony estaba abriendo la puerta del pasajero con una mano, todo mi peso sobre su hombro, su brazo sobre mis muslos que me sostenían en su lugar.
—¡Suéltame! —sisee—. Te creo, ¿de acuerdo?
—Demasiado tarde para eso. —Le dio a mi culo un golpe duro, lo suficiente para hacerme jadear mientras el ardor de su palma se disparó a través de mí—. Demasiado tarde. —Otro golpe, en el otro lado, este lo suficientemente duro para sobresaltarme en un poco digno chillido de protesta.
—¡Está bien! ¡Lo siento! —En el espíritu del momento, golpeé su espalda con mis puños, la única cosa correcta para hacer cuando cuelgas sobre el hombro de un hombre.
—¿Lo siento? —sonaba genuinamente divertido—. No necesitas disculparte. No has hecho nada malo. Simplemente desafiaste lo último de mi auto-control. —Deslizó su palma sobre mi aún punzante culo, y luego me dio una tercera bofetada, esta, bordeando sobre el dolor real.
Y entonces me bajó, atrapándome en sus brazos y dejándome con gracia natural en el asiento del pasajero, manejándome como si fuera una adormilada, renuente niña. Incluso me abrochó el cinturón, haciendo caso omiso de mi mirada indignada. Tenía el Bentley rugiendo hacia el tráfico, y esta vez conducía imprudentemente, oscilando alrededor de los coches que se movían lentamente, en dirección al inminente tráfico, acelerando el motor cuando había un espacio abierto en la línea de tráfico.
Me aferré al reposabrazos con los nudillos blancos.
—Anthony, no tienes que...
—Ni una palabra de ti, Isabella. —No me miró, su voz reteniendo intensidad tranquila—. Una palabra de ti, y voy a colapsar. Voy a meternos en el callejón más cercano y follarte donde estás sentada. Estás sonrojada y nerviosa y eres la cosa más hermosa que nunca he visto, y hueles a vino caro y buena comida y a coño. Apenas estoy conteniéndome en este momento, así que, si quieres que nuestra primera vez juntos tenga algo de romance en él, entonces solo cállate. ¿Está bien, amor?
Solo asentí y me aferré mientras Anthony nos conducía a través del espeso tráfico tarde-noche de regreso a su edificio.
Entró en su garaje privado, tocó un botón para abrir la puerta cuando nos acercamos. Tenía el coche apagado y mi puerta abierta antes de que pudiera desabrochar el cinturón, su mano en la mía poniéndome de pie y tirándome hacia el ascensor. Tan pronto como se abrieron las puertas del ascensor, me estrelló contra la pared, lo suficiente duro para quitarme el aliento momentáneamente. Giró una llave, y el ascensor se movió hacia arriba.
Su boca se estrelló en la mía, hambrienta y devorándome, su lengua se deslizo en la unión de mis labios. Sus manos ahuecando mi rostro con una gentileza contradictora con la feroz necesidad de su beso, y luego sus palmas se movieron sobre mis hombros y abajo en mi cintura para agarrar mis caderas, tirándome contra él, presionando su dura erección contra mí.
Gemí en su boca, y sus dedos se aferraron en la firme carne de mis caderas, agrupando el algodón de mi vestido para agarrar los gruesos globos de mi culo con ambas manos, sus dedos duros e insistentes y exigentes. Di un grito ahogado por la forma en que sus manos se aferraron a mí, como si no pudiera soportar la idea de retenerse por más tiempo, como si lo último de su control se hubiera agotado.
—Anthony... —susurré, quitando mi boca de la suya justo lo suficiente para mover mis labios en los suyos—. No tengo miedo. Lo quiero todo.
Las puertas del ascensor se abrieron, y Anthony me dio la vuelta, deslizó un brazo debajo de mis muslos y me levantó, me llevó a través del corredor y a su habitación, pateando la puerta cerrándola con su talón. Las paredes de cristal dejaban pasar la luz de la ciudad y la ardiente plaza de ámbar resplandeciendo en los rascacielos cruzando la calle.
Aun sosteniéndome en sus brazos, Anthony de algún modo profundizó en su bolsillo, encontrando su teléfono, presionó su pulgar para desbloquearlo y tocó una aplicación, tocó otro botón, y el cristal se tiñó de oscuridad. La habitación quedó a oscuras, negra como el carbón en un instante. De repente, mis otros sentidos se agudizaron. Sentí sus brazos musculosos debajo de mis piernas y alrededor de mi espalda, sus abdominales tensos contra mi costado, sus manos firmes y suaves. Olí nuestra cena en su ropa, vino en su aliento, la especia familiar de su colonia en su piel.
Su voz rompió el silencio, baja y áspera.
—¿Quieres todo, Isabella?
—Sí, Carlisle. Todo.
—¿Tienes alguna idea de lo que estás pidiendo, cariño?
—Creo que tengo una idea.
Sentí sus labios sobre los míos, un beso rápido, duro.
—No creo que lo hagas. —Cruzó la habitación conmigo, y oí su pie golpear la cama. Se detuvo, se inclinó, y me bajó. Podía sentir su presencia abrumadora, aunque no podía ver nada—. Aún puedes irte, Isabella. Esta es tu última oportunidad.
Me estiré, encontrándolo con mis manos, deslicé mis palmas sobre sus hombros, y tiré de él hacia mí.
—Estoy donde escogí estar, Carlisle.
Su gruñido de aprobación se apoderó de mí.
—Buena respuesta. —Su boca cubrió la mía, y nuestras lenguas se enredaron—. Dime, ¿a quién perteneces, Isabella?
—A ti.
—Dilo.
—Soy tuya.
—Inténtalo de nuevo. —Su peso se instaló en la cama, sus manos al lado de mi cara, sus rodillas a cada lado de las mías.
Sabía instintivamente entonces las palabras que él quería oír. No sentí ninguna duda en decirlas.
—Te pertenezco a ti, Carlisle. Tú eres mi dueño.
—Sí. Eres mía. —Oí su voz moviéndose de mi cara hasta mi pecho mientras se inclinaba para presionar sus labios contra mi piel, de alguna manera encontrando, con infalible precisión, en la oscuridad caliente, el enrojecido de la piel de mi escote.
Y entonces él estaba fuera de la cama, alejándose. Vi el resplandor de su teléfono celular, oí el chasquido de un teclado digital mientras enviaba un mensaje. A quién o por qué no podía comprenderlo y realmente no importaba, excepto para quererlo de vuelta, querer sus manos en mi piel, querer sentirlo quitarme la ropa y besarme e impulsar su gran pene duro dentro de mí. No podía esperar otro momento para sentirlo, saborearlo, tenerlo.
Oí el sonido de él dejando su teléfono hacia abajo, un momento o dos de silencio, y el golpe de los zapatos tirados a un lado. Otro sonido, uno que no podía descifrar. Anthony tomando algo, posiblemente, ¿un plato? No estaba segura. Entonces oí un chasquido-rasguño, y vi una mecha de llama iluminando la mano de Anthony sosteniendo un encendedor, una señal de su brazo, y una alta vela blanca en un soporte de plata.
Me acosté en la cama, viendo cómo Anthony se movía alrededor de la habitación, moviendo la mecha encendida a por lo menos una docena de velas apagadas. En un momento, su habitación estaba iluminada por el suave resplandor ámbar de luz de las velas parpadeantes.
Cruzó la habitación lentamente, moviéndose con una gracia depredadora.
—Ponte de pie, Isabella. —Me puse de pie, temblando con ansiosa ansiedad, la mirada fija en él, tratando de actuar sin miedo, cuando en realidad mi corazón se estremecía con locura en mi pecho—. Tú... eres impresionante, Isabella. Tan hermosa. —Su voz era un murmullo respetuoso.
Extendió la mano y tocó mi mejilla, su dedo cálido, ligeramente áspero. Su dedo rozó muy suavemente por mi mejilla, alzándose sobre mi oído, quitando un mechón suelto de pelo, imitando la forma en que me había tocado por primera vez. Ese día se sentía hace tanto tiempo, como si semanas o meses hubieran pasado, en lugar de meros días. Permanecí inmóvil frente a él, viendo la forma en que sus ojos me recorrieron, la forma en que parecía estar abrazando este momento, tomándome, todo de mí, realmente mirándome, dentro de mí, conociéndome.
Y lo sabía. Yo había visto partes de su corazón, partes de quién era. Lo suficiente para saber que era real, era diferente, él era algo incomparable, y yo estaba lista y esperando y delirantemente preparada para lo que iba a pasar entre nosotros.
Parpadeó una vez, su mirada se movió de mi cara hasta mis pechos. Cogí una respiración profunda, mientras observaba el aumento de mi pecho. Anthony agarró la cremallera de mi vestido entre el índice y pulgar, lo movió lentamente. Ninguna parte de él estaba tocándome, pero sentí su mirada como una caricia. La cremallera bajó, y mi vestido se soltó. Anthony rozó una palma sobre mi hombro, deslizando la manga de mi vestido. Lo hizo de nuevo en el otro lado, y me encogí de hombros, llevando mis brazos juntos adelante, dejando el vestido caer alrededor de mí, deslizándose en mis pies, dejándome vestida con mi sujetador y nada más.
Llegó detrás de mí y desabrochó mi sostén, tirándolo a un lado. Mis pezones se pusieron rígidos, el endurecimiento de los tensos picos bajo su mirada caliente. Esperaba que me tocara, pero no lo hizo. Se inclinó por delante de mí, levantando algo de la cama. Una pequeña prenda de seda de color rojo y un trozo de encaje negro.
Anthony tomó mis muñecas en una de sus manos y levantó mis brazos sobre mi cabeza. Deslizó la seda roja sobre mis brazos, guiando mis manos a través del, tirando de la prenda en su lugar. Ajustó mis pechos en el bustier, así que estaban apenas cubiertos, la parte superior de mi areola asomándose, el dobladillo de seda deteniéndose justo encima de mi ombligo.
Deslizó sus ojos sobre mí desde la cabeza a los pies, sacudiendo la cabeza ligeramente.
—¿Cómo puedes ser tan perfecta, Isabella? —Solo podía encogerme de hombros. Levantó el largo trozo de encaje negro con ambas manos—. ¿Estas lista?
En respuesta extendí mis manos, muñecas juntas, ofreciéndome.
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¡Qué emocionante! ¿no les parece? No olviden dejar un comentario, saben que me encanta saber qué opinan de la historia. Recuerden que, si quieren más noticias, pueden buscar mi grupo de FB 'Twilight Over The Moon'.
¡Nos leemos pronto!
